Después de la polémica que no por esperada deja de levantar revuelo todos los años por estas fechas, como es la concesión del Premio Planeta y sobre la que ya nos detuvimos días atrás, ahora nos topamos con otra de perfil distinto, sí, pero que igualmente es otro ejemplo de la contaminación de ciertos reconocimientos literarios por circunstancias ajenas a la propia literatura. Nos referimos en este caso a la concesión del Cervantes de literatura, quizás el galardón de mayor prestigio de la literatura en castellano, al escritor mejicano Gonzalo Celorio. Pero no me entiendan mal, en este caso el mencionado escritor tiene a sus espaldas una obra excelente y que ha ido recogiendo merecidos reconocimientos a la vez que lectores a lo largo de los años (Tusquets, en su colección Andanzas, tiene editada varias de sus novelas); sin embargo, esta concesión del Cervantes llega cuando, y como en cascada, han ido produciéndose una serie de gestos culturales entre México y España (cuyas relaciones diplomáticas no pasaban por su mejor momento desde la petición del anterior presidente mejicano López Obrador a nuestro país de pedir “perdón por la conquista”), entre los que se pueden enumerar la espléndida exposición “La mitad del mundo: la mujer en el México indígena” inaugurada en Madrid (Museo Arqueológico Nacional) con más de 400 piezas procedentes del país mejicano , la concesión de los premios Princesa de Asturias de las artes a Graciela Iturbide y de la Concordia al Museo Nacional de Antropología de México, y ahora, finalmente, esta concesión del Cervantes a Celorio. Todo lo que decimos no puede ser fruto de la casualidad, y aunque todos estos galardones concedidos y, por supuesto, el Cervantes, sean más que merecidos, quizás la intervención de la política haya precipitado los tiempos y propiciado esta inusual coincidencia en tan corto espacio temporal, de la concesión de tantos prestigiosos premios a tan significativo número de ciudadanos mejicanos. Ramón Clavijo Provencio

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