Lo que hasta hace pocos años era una singularidad, y me refiero a los denominados clubes de lectura, en la actualidad es un fenómeno que ha adquirido importancia en el panorama cultural de las ciudades, donde se aprecia cada vez más esta propuesta sin artificios, frente a la deriva de una sociedad acelerada donde lo efímero parece reinar. Podríamos decir, y no queremos ponernos melodramáticos, que estos espacios de encuentro de lectores y lectoras son los últimos bastiones, junto a las librerías y bibliotecas públicas, en los que se refugia la lectura tal como la hemos conocido hasta ahora, frente a la alienación tecnológica y la omnipresente presencia de los algoritmos. No son los clubes de lectura una novedad, y podemos encontrar antecedentes de estos en la sociedad ilustrada del siglo XVIII, aunque los primeros clubes o sociedades de lectura que podemos identificar con los actuales los encontraremos en la Inglaterra victoriana. Hace unos días un variopinto número de lectores nos reunimos en la correspondiente sesión de uno más de los numerosos clubes de lectura de la ciudad. Fue el comienzo de una grata velada más, donde todos y cada uno de los presentes fuimos desgranando nuestro particular punto de vista sobre la novela que un mes antes se había propuesto para su lectura. Y ahí, en ese momento a mi entender, encontramos la gran aportación y encanto de estos clubes: el escrupuloso respeto por la lectura entendida como un acto individual y privado, y que requiere calma y tiempo y, por otro, el abrir un foro público al termino de esa lectura solitaria, donde encontramos matices, apreciaciones, criticas o aportaciones de otros lectores y lectoras. Finalmente, todos nos llevamos un bagaje enriquecedor a la lectura previa y solitaria, que si bien es el punto de partida no será el final de nuestro recorrido por la historia contenida en un libro. Larga vida a los clubes de lectura. Ramón Clavijo Provencio

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