LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 13 de febrero de 2026

"ÁFRICA": MÁS ILUSTRACIONES DESCONOCIDAS DE ARTISTAS JEREZANOS

En los fondos bibliográficos y hemerográficos patrimoniales conservados en las bibliotecas de nuestro país, siguen apareciendo a veces piezas desconocidas, olvidadas o dadas por perdidas  de enorme valor y  muy distinta naturaleza. Hace ahora diez años que publiqué en  Diario de Jerez  un artículo con el título de ‘Imágenes africanas’, en el que hacía una aproximación a la revista África’, una rareza de la que la Biblioteca Municipal de Jerez conserva completa su primera época (1926-1936), atraído por los dibujos que habían ilustrado algunas portadas de la misma firmados por el gran Teodoro Miciano. Aquella revista tan ligada a los militares africanistas en los convulsos comienzos del siglo XX (comenzó llamándose ‘Revista de las tropas coloniales’), sin embargo  ilustraba sus portadas con obras de los más reputados artistas de la España del momento como Mariano Bertuchi, J. Pitarch, M. Servent y, por supuesto, Teodoro Miciano. Encontré los dibujos de este  último pero también los de otros  artistas de Jerez  que se habían ido publicando durante el periodo 1926-1936, es decir, hasta el estallido de la Guerra Civil. Esos artistas eran Manuel Esteve el bibliotecario y arqueólogo municipal, Carlos Gallegos García Pelayo (que por las mismas fechas publicaba también en la revista ‘Mauritania’ de Tetuán), y Justo Lara Garzón ‘Ponito’, lo que confirma el gran nivel y prestigio de los artistas jerezanos en aquella época. Aquel  artículo ayudó a dar, desde la perspectiva de esos cuatro artistas de Jerez, una visión del África colonial española lo que daría lugar posteriormente a una exitosa exposición. Ahora, insisto, diez años después de aquel artículo, he vuelto a repasar los números de ‘África’. ¿Por qué? Enfrascado en el borrador de un próximo estudio sobre el arqueólogo y bibliotecario Manuel Esteve, tenía  la sensación de que la ya lejana primera revisión que hice de la misma pudo ser demasiado apresurada y, por tanto, sospechaba pudiera haber pasado por alto más dibujos de aquellos grandes artistas. Culminada esa tarea puedo decir ahora que se confirmaron mis vaticinios. Si en 2016 localicé 23 originales de los cuatro artistas jerezanos que habían ilustrado portadas de la revista (Miciano 12, Esteve 6, de Gallegos 2 y de ‘Ponito’ otros 2), ahora descubría 14 nuevas obras (8 de Miciano, 2 de Esteve, 1 de ‘Ponito’ y 3 de Gallegos)   lo que hacía ascender a 36 el número de originales de estos pintores locales en ‘África’. Merecía la pena volver sobre estos dibujos que en su mayoría nunca se volvieron a reproducir, como el de Miciano que acompaña estas líneas (‘Un café argelino’,1930). Ramón Clavijo Provencio.

EL ALGORITMO ASESINO

Su género favorito desde que tenía uso de lectura era, sin duda, la novela negra o policiaca o de suspense, como gusta llamarles a sus obras la gran Claudia Piñeiro. Había leído a los clásicos norteamericanos, a los ingleses y franceses; y llevaba ya unos años leyendo con avidez las excelentes novelas europeas e hispanoamericanas del género. Sin olvidar a los asiáticos (japoneses y chinos). Y le dio por querer escribir una. Se sabía como pocos los resortes, el engranaje y las piezas que debía reunir una novela: el policía o detective maduro; un muerto o incluso varios, el misterioso asesino, la trama o el motivo del crimen… Y un día al ver una noticia en los informativos, se le encendió la luz: ¡el algoritmo asesino! Y se documentó. ¿Qué era un algoritmo? ¿Cómo podía matar lo que, según la IA, es una “secuencia ordenada, finita y bien definida de pasos o instrucciones para resolver un problema, realizar un cálculo o ejecutar una tarea específica”? Y en la misma definición estaba la respuesta: algún oscuro personaje (quizá un tecnoligarca de moda) sería el que “realizaría los cálculos” para que una máquina “ejecutara una tarea específica”: ¡matar! Y no se le ocurrió otra que un móvil. A través del sonido lanzaría una onda asesina por la que les reventaría la cabeza a las víctimas sin dejar huella. Al cabo de varias semanas lo tenía casi todo bien organizado. Pero faltaba el sexo (“en toda novela debe haber alguna escena de cama”), y surgió la pregunta ¿con quién podría acostarse un algoritmo? Y la respuesta no pudo ser otra: con una ecuación de segundo grado, y así el policía podría despejar la “X”. José López Romero. 

viernes, 30 de enero de 2026

MIEDO

Pasado ya un tiempo, bueno es siempre reflexionar sobre aquellos grandes hombres que antes que nosotros aquí estuvieron y que son ahora ejemplo de la vanidad de la vida. Uno de ellos, por su pérdida tan próxima es, sin duda,  el difunto Mario Vargas Llosa, como hombre inteligente que era y excepcional escritor que es (pues vive en sus obras), más de una vez se le pasaría por la cabeza en esos últimos momentos de su vida, cuando ya se sabía con los dos pies en el otro estribo, si la fama que había ido adquiriendo y amasando a cada golpe de novela, lo haría inmortal o, por el contrario, cuando ya pasara el tiempo que todo lo destruye, no sería más que otro cadáver en ese montón tirado en la cuneta de la historia de la literatura, que a veces no tiene piedad con sus mejores criaturas. La duda no es baladí pues, conocedor como era de nuestro pasado literario, no sería ajeno a casos y a torres, si no más altas, a una altura lo suficientemente considerable para creerse a salvo del tiempo y sus agravios. A don Mario le asaltarían en la memoria los nombres de autores que en su siglo gozaron de éxito y prestigio y que ahora duermen el sueño del olvido, carne de cañón de nota al pie de enciclopedias que ya nadie quiere. Y seguramente que entonaría, ya en su lecho de muerte, aquel Ubi sunt? al recordar qué fue de aquellos poetas y dramaturgos que dieron brillo a nuestra edad dorada; qué de los grandes escritores de novelones que hacían llorar a las porteras, las mismas que en las postrimerías del siglo decimonónico se peleaban por adquirir la última entrega; qué de los finos y sentimentales escritores de relatos cortos que tanto esplendor dieron a este género en los inicios del siglo pasado, qué, sin ir muy lejos, de aquellos autores de novela rosa  que copaban las listas de éxitos en los años más grises de nuestro siglo XX… Y por su cabeza irían desfilando nombres y más nombres, premios y más premios, fama al fin y al cabo efímera, simple vanidad. Y como un personaje de tragicomedia clásica se preguntaría para qué escribió tanto, para qué edificó historias y construyó sueños, para qué, en definitiva, adquirió fortuna tanta con tantos desvelos. Y ya a punto de expirar reconocería que nadie, ni los más grandes como él tienen la inmortalidad garantizada, ni pueden estar a salvo de la impiedad de un mundo que ha perdido el control y sus referentes, en el que la lectura, por la que tanto luchó, es una actividad anticuada y reducida a grupos de personas que oponen una cada vez más débil resistencia a los embates de un tiempo tan adverso como inoportuno. Don Mario murió en olor de santidad literaria, lo que no garantiza la “eterna-unción”. José López Romero.   

DE JUSTIFICADAS A INNECESARIAS VERSIONES CINEMATOGRÁFICAS

Desde la aparición del cinematógrafo allá por 1895, la relación entre cine y literatura ha sido, como es sabido, continua. Pero como cualquier otra relación que se prolongue en el tiempo, y esta no es distinta, está llena de altibajos. Centrándonos en lo que se refiere a las versiones cinematográficas de obras literarias nos encontramos de todo, desde libros mediocres encumbrados por una nueva y brillante adaptación al cine, hasta admiradas obras literarias masacradas en la gran pantalla, y entre un extremo y otro, multitud de variantes. El año pasado fue prolífico en adaptaciones de interesantes novelas  que en este 2026 acumulan nominaciones a importantes premios cinematográficos. Nos referimos en este caso a tres que reflejan distintas escalas en lo justificado o no de dichas adaptaciones. Serian ‘Una batalla tras otra’  basada en ‘Vineland’ de Thomas Pynchon; ‘Hamnet’, versión de la novela del mismo título de Maggie O´Farrell; y ‘El increíble hombre menguante’, el excelente y poético relato de Richard Matheson. Pues bien, aunque para gustos, colores, mientras la primera es una adaptación arriesgada de un libro hasta cierto punto absurdo y lleno de aristas y matices,  creemos que la visión de dicha novela del director Paul Thomas Anderson, aporta nuevas perspectivas a la historia aunque, repetimos, estas no sean del gusto de todos. El ‘Hamnet’ de Chiloé Zhao es una adaptación muy respetuosa con la novela de O´Farrell, y logra llevar a las imágenes la emoción, sensibilidad y dureza de esa estupenda novela sobre un pasaje poco conocido de la vida de Shakespeare, libro del que no desmerece. En cambio, la versión que se hace por parte de Jan Kounen de ‘El increíble hombre menguante’ no supera en nada a aquella ya mítica de los años cincuenta de Jack Armold, salvo en efectos especiales, por lo que creemos que es totalmente innecesaria salvo que queramos pasar un buen rato sin más, con una buena bolsa de palomitas. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de enero de 2026

"LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA HUMANIDAD" Y OTROS LIBROS

Comenzaba el día  leyendo, mientras tomaba el primer café de la mañana, el excelente artículo de Paco Cerdá sobre aquel libro de Karl Kraus, ‘Los últimos días de la humanidad’ (“Descenso a la locura de la guerra y al cinismo de la patria, El País, 3 de enero) que se ha reeditado recientemente (H&O,Editores), y donde el  inmenso autor austriaco analiza el ambiente lleno de soflamas y llamadas al belicismo en aquella Europa  a punto de despeñarse por el precipicio que fue la Primera Guerra Mundial. Y de repente saltaba la noticia de la operación militar norteamericana sobre Venezuela, algo previsible en un mundo donde el orden internacional saltó por los aires hace tiempo mientras arrecian vientos que no vaticinan nada bueno, y la prueba es la carrera armamentística que se extiende por el Globo, desde el Caribe al mar de China, desde el Cuerno de África al Golfo Pérsico. No nos encontramos en una situación mejor que la que nos describía Kraus hace tantos años ya, lo que nos hace pensar que los libros de historia o las grandes obras literarias que denuncian el sinsentido de la guerra, no nos han servido hasta ahora para nada, entre otras cosas porque a la mayoría de nuestros dirigentes políticos, los de antes y los de ahora, parece importarles poco la historia o los libros que analizan los errores del pasado. Curiosamente este pasado año tres libros editados en nuestro país han acaparado por encima de otros la atención, tres libros que desde distintos enfoques analizan nuestra gran tragedia bélica contemporánea: la Guerra Civil. El primero de ellos, del ya mencionado Paco Cerdá, ‘Presentes’ (Alfaguara) y galardonado con el Premio Nacional de Narrativa 2025, sigue ese surrealista viaje por España, desde Alicante a Madrid, del cadáver de José Antonio Primo de Rivera a hombros de sus fieles. Otro libro, ‘El viaje de mi padre’ (Alfaguara) recoge las impresiones de Julio Llamazares siguiendo las huellas de dos jóvenes combatientes, uno de ellos el padre del autor, que sin saber cómo se ven envueltos en los fragores de un terrible conflicto. Una historia emocionante que invita a la reflexión. Sobre ‘La Península de las casas vacías’ (Siruela) de David Uclés se ha dicho de todo a estas alturas, también nosotros comentamos el libro en esta sección, por lo que eludiré repetirme, pero qué duda cabe que estas espléndidas historias de los tres escritores mencionados vuelven, desde distintas perspectivas, a ponernos frente a los fantasmas bélicos del pasado, como también lo intentaron en su momento Sweitz, Remarke , el mencionado Kraus y tantos otros, en un intento de comprensión y advertencia sobre los errores del pasado que al parecer no terminamos de asimilar en este complejo presente. Ramón Clavijo Provencio.

 

UNA DE TÓPICOS

“Ya sé que estamos siempre solos… / que la felicidad se desvanece… / que la vida carece de sentido… / que quienes andan por la calle / son solo muertos con unos días / de permiso. Lo sé. Sé todos los tópicos. / Y sé que son verdad…”, dice José Luis García Martín en uno de sus poemas. Tan excelente poeta como crítico literario (ver su blog “crisisdepapel.blogspot.com”). Y a todos estos tópicos que Gª Martín va desgranando en sus versos, podríamos añadir otro que también sabemos todos y que, sin embargo, de vez en cuando, nos hace llevarnos las manos a la cabeza: “casi todos los premios literarios en este país están ya dados de antemano” (¡cuidado!: “casi todos”), y si no, que se lo pregunten a García Montero o a Andrés Trapiello, quien tendrá muchas anécdotas que contar al respecto. Por eso, no entiendo, sabiendo como lo sabemos, que haya levantado tanto escándalo la concesión del Planeta. Antes se intentaba premiar a un primera figura, que midiese su dignidad literaria en euros, caso de Cela, con escándalo de plagio incluido, o de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, no se dejó embaucar por la dotación del premio Miguel Delibes, cuya dignidad literaria estaba muy por encima del saldo de su cuenta corriente. Que se premie a una mujer o a un hombre de la casa, y si el personaje despierta cierta polémica no es más que la prueba de que la literatura o, mejor dicho, los premios, como el Planeta, no son más que un negocio, y que la empresa además de recuperar el gasto quiere obtener beneficios, cuanto más, mejor. Y como diría Gª Martín: “Ya sé que somos polvo y sombra/ pero mientras el polvo dura / el mundo está bien hecho”. Pues eso. José López Romero.  

viernes, 12 de diciembre de 2025

DE DIOSES Y DIOSAS

De todos es sabido que el ser humano siempre ha tenido entre sus aficiones más caras crear dioses con el fin de entretener a la masa, a la que es necesario dirigir, educar y amedrentar. Algunos que no han creído en esos dioses convencionales, les han dado forma a los suyos propios, a su imagen y semejanza, dioses que se veneran en grupos, a los que llamamos sectas o partidos. Y ya que estaban en faena, ¿por qué no dioses literarios? De esto todas las ideologías, tanto de derechas como de izquierdas, saben mucho. Sin embargo, a veces se pasan y elevan a los altares a escritores y escritoras cuyo currículum cuando en ellos se escarba dejan las vergüenzas inconfesables al aire. La penúltima, Simone de Beauvoir. Llevada a la santidad por aquella izquierda intelectual y feminista, pero tan sectaria, estaba además avalada por otro de los grandes dioses del Olimpo literario y filosófico: su marido, Jean Paul Sartre. No hace mucho saltaba a los medios de comunicación la revisión que lleva años haciéndose de las aficiones pedófilas de la Beauvoir, de su colaboración en la radio nazi de Vichy y la relación con sus ex alumnas (“Tenemos un problema con Simone de Beauvoir”, El Mundo, 1 de abril de 2025). Y en Internet se puede consultar en el Diario feminista cómo el artículo “Presenting Beauvoir as a Feminist Neglectingher Defense and Accusations of Pedophilia”, publicado en la revista HSE Social and Education History, denuncia “que, a pesar de que es público que Beauvoir defendió públicamente la despenalización de la pederastia, y de que fue condenada y apartada de la enseñanza por un caso de abusos a una estudiante menor de edad, ha sido presentada en muchos artículos científicos como un ejemplo de la lucha por la libertad sexual y contra el acoso.” (29 de marzo de 2022). Y ahora lo que toca es derribar altares y efigies y hasta anatematizar su memoria. Plegar velas y buscar otros santones. Y para ello nada mejor que las efemérides y las muertes prematuras, magníficos caldos de cultivo de esta elevación a los altares a la que tan aficionados somos. Clubes de lectura que les rinden culto, nombre de puentes o de bocas de metro y, en breve hasta estampitas, porque ya se encargan las editoriales de promover sus obras, que compran religiosamente (y nunca mejor dicho) sus fieles. El negocio es el negocio. Y así, todo es poco para estos dioses cuyas vidas nada tuvieron que ver con la ideología que supuestamente representan y que, sin embargo, los hagiógrafos, que ya proliferan (todo sea por la prebenda de algún premio), se empeñan en propagar para entretener a la masa, que tanto gusta (otro divertimiento) hacer revisión permanente de la Historia. Pero que sea de toda la Historia, no de la que les conviene. José López Romero.

 

AQUELLA LEJANA VISITA

Han sido estos días pasados fríos y húmedos pero también ha habido alguna tregua más o menos prolongada, donde un sol tibio animaba a acercarse a alguna viña del entorno de Jerez para tomar mosto y degustar un “ajo a la jerezana”. En estos días otoñales, cuando el alumbrado navideño parece un campo de competición entre las ciudades,  en la nuestra las zambombas de  antaño atraen a una marea humana desde todos los puntos del país, ávida de toparse con esa tradición ancestral, lo que solo lograrán unos pocos  a los que la fortuna llevará desorientados por calles recónditas hasta pequeñas plazas escondidas o ruinosos patios de vecinos. Sí, en estos días, no sé si tristes o venturosos, felices o melancólicos, se nos ha ido uno de los mejores. En un día como estos, lluvioso, frío, a veces con un tibio sol furtivo, hace algunos años lo vi llegar a la plaza del Banco de nuestra ciudad. Traía una bolsa con dos publicaciones que donaba a la Biblioteca Municipal de Jerez: ‘Vida y obra de Adolfo de Castro’, el historiador gaditano cuya obra ‘El Buscapié’ fue protagonista de una curiosa anécdota en la inauguración de la biblioteca mencionada en 1873, y ‘Dos cartas inéditas de Patrocinio de Biedma y Ramón León Maínez’, este último jerezano y gran cervantista. Las visitas de Manuel Ravina Martín, el archivero provincial, a la biblioteca municipal de Jerez me resultaban muy agradables y siempre enriquecedoras por su erudición pero también por su gran sentido del humor. Era frecuente verlo consultando fondos bibliográficos patrimoniales tanto en dicha biblioteca como en el archivo histórico municipal. Seguí en contacto con él cuando pasó a dirigir el Archivo de Indias hasta su jubilación en 2019. Luego sus visitas a Jerez se mantuvieron aunque  fueron poco a poco espaciándose. Se nos ha ido en estos días lluviosos, fríos y húmedos  uno de los mejores, pero a muchos su magisterio nos seguirá acompañando siempre. Ramón Clavijo Provencio