LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

miércoles, 10 de junio de 2009

Mentira


Ya lloramos en estas mismas páginas la muerte de don Fernando Lázaro Carreter (4 de marzo de 2004), por lo que representaba su pérdida para la Filología española, y ya avisábamos en su momento de que con él no sólo perdíamos a un gran filólogo, sino sobre todo a un gran vigilante de nuestro idioma. Su libro “El dardo en la palabra” (Galaxia Gutenberg) y su continuación “El nuevo dardo en la palabra” (edición de bolsillo en Punto de Lectura) fueron, son y seguirán siendo auténticos manuales del buen uso del español; en cada uno de esos “dardos” o artículos puede el lector encontrarse verdaderas lecciones sobre correcciones e incorrecciones lingüísticas, de uso común y actual, sazonadas siempre con el humor y le fina ironía de uno de nuestros grandes maestros. ¡Lástima que nadie haya tomado el relevo de don Fernando y no haya seguido ese camino, siempre difícil, que es enseñarnos a todos la corrección de nuestro idioma! Y digo todo esto porque no hay palabra más utilizada en estos últimos días de campaña electoral que “mentira”, de la que haría Lázaro Carreter, estoy seguro, un artículo excepcional. No hace falta consultar el diccionario para saber su significado, pero los políticos la utilizan como insulto contra su rival en las urnas; unos a otros se tildan de “mentirosos” sin que ninguno coja el camino de los juzgados más cercanos, para denunciar a su ofensor por serio menoscabo de su honor o, al menos, dirigirse a él y endilgarle el correspondiente “guantazo” y anunciarle la próxima visita de sus padrinos para decidir día, hora y lugar del duelo. ¡Qué tiempos aquellos en los que por unos “buenos días” mal dados los hombres llegaban a las armas! Y si no, que se lo pregunten al escudero del “Lazarillo de Tormes”. La mentira está bien, para la literatura; es uno de sus ingredientes imprescindibles y fundamentales, como ya se encargó de estudiar Mario Vargas Llosa en su libro titulado “La verdad de las mentiras”, cuyo prólogo es de lo mejor que yo he leído en los últimos años sobre la naturaleza y características de la narrativa, junto con el prólogo que Somerset Maugham escribe para su ensayo “Diez grandes novelas y sus autores”. Vargas Llosa nos explica en su trabajo: “En efecto, las novelas mienten… En realidad se trata de algo muy sencillo. Los hombres no están contentos con su suerte y casi todos –ricos o pobres, geniales o mediocres, célebres u oscuros- quisieran una vida distinta de la que viven. Para aplacar –tramposamente- ese apetito nacieron las ficciones. Ellas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener”. ¿Nos mienten nuestros políticos con esa misma intención? ¿Nos quieren pintar la realidad de un color pastel cuando todos la vemos gris marengo, por no decir negra? ¿Con sus mentiras nos ofrecen un mundo que está muy lejos de ser el nuestro, ése que sufrimos todos los días? Tengo en esto mis serias dudas. Yo creo que nos mienten porque sólo quieren perpetuarse en el poder y en la silla que los mantienen a él y, en algunos (o muchos) casos, hasta a su familia. Por eso, yo abogo por imponer de nuevo aquel viejo código de honor, por el que toda ofensa debía lavarse con sangre ¿a primera sangre? ¡Por favor! Ya que estamos… José López Romero.

RECORDANDO A CHATWIN


Hace dos décadas que la literatura perdía a uno de sus grandes, pero que paradójicamente empezó a destacar en otros campos profesionales antes de ser seguido con admiración por miles de lectores en todo el mundo. Efectivamente, Charwin comenzó siendo un reputado especialista en Arte, que trabajó para Sotheby´s, pero que rápidamente su ansia de ver mundo hizo que cambiara las salas de arte por la redacción del Sunday Times Magazine. Precisamente entrevistando para la mencionada revista a la arquitecta Eileen Gray, en cuya casa vio expuesto un enorme mapa de la Patagonia, decidió romper con todo y, como vulgarmente se dice, “liarse la manta a la cabeza” para marchar a esa Patagonia a la que, como le confesó a Eileen, “siempre deseé ir”. Aquello fue un verdadero viaje al fin del mundo y del que nos quedaría esa joya de la literatura de viajes como es “Viaje a la Patagonia”. Bruce Chatwin fue un incansable viajero pero con una filosofía muy particular, pues hasta su muerte (Burdeos, 1989) creyó firmemente que el verdadero sentido de la vida humana estaba en el nomadismo. En ello radicaba la felicidad y, por tanto, eso explicaría “la infelicidad” de la historia hasta el momento. Esta particular visión fue la que trató de plasmar en sus libros, y si ello resulta evidente en “Los trazos de la canción” o “En la Patagonia”, también aparece en “Colina Negra”, la historia de dos hermanos gemelos que ven transcurrir toda su vida en la oscura y olvidada localidad irlandesa de Rhulen: “El gemelo que nunca se había aventurado más allá de Herefod, como si quisiera sugerir que los auténticos viajes solo se viven en la imaginación, cerraba los ojos y recitaba lo que le había enseñado su madre: “Rumbo al oeste, rumbo al oeste, Hawata navegó, internándose en el crepúsculo incandescente.” Chatwin, el viajero del que un día nos podían llegar noticias desde el desierto australiano, y otras se le veía sobre una tabla de surf en aguas de Trafalgar, también nos dejó antes de tiempo. Ahora hace veinte años. Otra tragedia para la literatura. Ramón Clavijo Provencio

jueves, 4 de junio de 2009

Viajes inéditos


Nos dice Diego Caro Cancela, que pese a que durante demasiado tiempo se pensó que los testimonios viajeros sobre nuestro país eran nada más que un divertimento para crear una literatura agradable, cometeríamos un grave error si despreciáramos sin más, una fuente que adecuadamente utilizada puede mejorar la comprensión y el análisis de nuestro reciente pasado”. Y es que si bien es cierto, que estamos ante lo que pueden ser imágenes "distorsionadas" de la realidad, también es verdad que las mismas, con la necesaria cautela, nos pueden proporcionar interesantes indicios sobre las costumbres, las mentalidades o la vida social, económica y política de la época. Son muchos los libros de viajes olvidados en los fondos bibliográficos patrimoniales de algunas de nuestras bibliotecas. Y lo digo con la experiencia de 25 años de trabajo en una de ellas, donde he logrado recomponer una sección inexistente, gracias al material de temática viajera que ha ido apareciendo y que, hasta hace poco, apenas habían atraído la atención de los investigadores locales. Esa labor sobre este tipo de fondos, la mayoría inéditos en castellano, me permitió en su día detenerme, en la figura de muchos viajeros, alguno de ellos como David H. Inglis, grandes desconocidos para el lector español, pese, como es su caso , ser el autor de uno de los libros más exitosos sobre nuestro país “Spain”, aún sin versión completa en nuestro idioma. En este libro, entre otros aspectos descubrimos referencias inéditas al negocio vinatero en Jerez; la ciudad, dentro de la provincia de Cádiz, que junto a la capital ejercía una especial atracción para los viajeros, y que se aventuraban hasta ella atraídos por la importancia que a mediados del XIX había adquirido la industria vinícola, y que hacía del “jerez” un vino conocido universalmente. Pero a la espera de ver algún día, este delicioso libro, entre otros, traducido a nuestro idioma, lo que agradecería el lector español, despidámonos con las palabras con las que el inglés saluda su llegada a nuestra ciudad: “Después de alquilar un vehículo de un solo caballo llamado calesa, viajamos hacía la ciudad de Jerez, que estaba a una distancia entre seis y ocho millas. Los campos están totalmente desprovistos de árboles, pero las pequeñas colinas están esmaltadas de abundantes hierbas y flores. Atravesaba el ancho valle a la derecha del río Guadalete, serpenteando por los prados, mientras en sus verdes y fértiles orillas el ganado correteaba tranquilamente y se dispersaba en el aire el suave tañir de melodiosas campanas. Al aproximarnos a ella, la ciudad ofrecía un panorama agradable e interesante; está situada sobre una elevación del terreno y completamente rodeada de ondulantes colinas llenas de viñas y prósperas haciendas. Dirigimos nuestra calesa a la fonda en la gran plaza, donde nos procuramos un tolerable alojamiento, y después de despachar una abundante comida de varios pollos y ternera cocida, acompañada con una botella de excelente sherry, salimos contentos a visitar la población.” Ramón Clavijo Provencio

El patio


Si no es por una cosa, es por otra. Lo cierto es que el patio de las letras siempre está revuelto, y por ello los medios de comunicación no paran de publicar noticias que merecen nuestra atención, y algunas hasta nuestra reflexión, que de eso se trata. En dos de las muchas y variadas me voy a ocupar en estas líneas. Aún no se había enfriado el cuerpo yacente de nuestro admirado Benedetti cuando el poeta Antonio Gamoneda, que por mayor mérito tiene el Premio Cervantes concedido en la Moncloa, criticaba la poesía del escritor uruguayo por el uso del “lenguaje de la comunicación coloquial”; dicho de otro modo, a Gamoneda no le gustan los poemas de Benedetti porque los intenta acercar a la gente de a pie. Aunque no comparto en absoluto la opinión del poeta leonés, siempre podemos aducir en su descargo el proverbial y socorrido “cuestión de gustos” o, en este caso, “de estética”; diferencia de criterio que, por simple higiene literaria, no sólo es saludable sino hasta necesaria. Que en los gustos poéticos de Gamoneda no entren los coloquialismos es tan respetable como defender lo contrario; sin embargo, la historia de la literatura le debería haber enseñado a don Antonio, y ahí tiene al don Antonio por excelencia y antonomasia para confirmarlo, que no hay palabras más poéticas en sí mismas que otras, sino el uso que el poeta hace de ellas. La otra noticia es más delicada. Ya sabíamos desde hace bastante tiempo de la radicalización ideológica del dramaturgo Alfonso Sastre, quien siempre se ha negado a condenar el terrorismo de ETA, de ahí que haberse prestado a encabezar la lista de Iniciativa Internacionalista Solidaridad para los Pueblos (IISP) en las elecciones europeas no haya sido una sorpresa excesiva. Podíamos inscribir a Sastre en ese pequeño (por fortuna) grupo de escritores, a quienes nadie les puede negar su calidad literaria (innegable también en los dramas de Sastre), pero cuya catadura personal deja mucho que desear. En su descargo o, mejor dicho, se aprovechan ellos de que estamos en un país libre para decir lo que se les antoja o defender ideas que si no rozan la ilegalidad, están dentro de ella, a pesar de los dictámenes del T.C. Pero Sastre si algo debería haber aprendido de la literatura, de la cultura en general, es que esas ideas, por muy respetables que sean, nunca pueden defenderse con las armas y a costa de las vidas de los demás. Sastre puede ser un excelente dramaturgo, no lo podemos en duda, pero es por desgracia para todos, no sólo para la literatura, una mala persona. José López Romero.

jueves, 28 de mayo de 2009

Revolución


Mi compañero de página, que alardea de visionario, no para de lanzarnos mensajes sobre la revolución que en el mundo del libro se avecina, si no es que ya está aquí. Si no son los e-books un día, son las maquinitas expendedoras de libros como si de condones se tratasen de las que hablaba la semana pasada. ¿Estaremos realmente ante una revolución? Pues en verdad no sería la primera que remueve los cimientos del libro y, como las anteriores, de seguro que abre nuevas perspectivas, y con ellas, algún que otro cambio en las costumbres. Si definitiva fue la de Gutenberg, no menor fue la de Aldo Manucio a principios del siglo XVI y la de la familia Elzevir a principios del siglo XVII que inundaron toda Europa con los primeros libros de bolsillo, ediciones de los clásicos en pequeño tamaño, en letra cursiva o garamond y a módicos precios; fue la mejor forma de democratizar la cultura: ponerla al alcance de cualquier economía, aunque estuviese sumida en profunda crisis; en mí tienen estos impresores un rendido (por no decir “fanático”, que suena a exageración) admirador. Pero ¿qué se cuece en estos tiempos que todos los lectores nos hemos puesto a la expectativa? Si hasta a las páginas de color salmón ya han saltado los dichosos e-books, no nos debe extrañar que algo de verdad puede que lleven las palabras de mi visionario amigo. En otras revistas leo noticias como el magno proyecto de digitalización de la Biblioteca Nacional bajo la dirección del prestigioso filólogo Pablo Jauralde, patrocinado con 10 millones de euros por Telefónica; o los 14 millones de libros que en cinco años quiere Google almacenar en sus depósitos informáticos; o incluso, con cierta visión de futuro, el proyecto de la agente por excelencia de la literatura española, Carmen Balcells, titulado “palabras mayores” que consiste en ofrecer a muy módicos precios lo mejor de García Márquez, Vargas Llosa o Juan Marsé a través de una distribuidora on-line; o la más llamativa: se estima que en el año 2015 (esto es, a la vuelta de la esquina) el libro electrónico represente el 50% del negocio editorial; y no digamos la iniciativa de cambiarle al infante la mochila por un libro electrónico, en el que estén cargados todos los manuales que tanto daño les hacen a sus tiernas espaldas. ¿Revolución? Vayamos despacio. Y para ello nada mejor que acudir a uno de los señores que hoy por hoy saben más de libros y revoluciones culturales: Umberto Eco, quien acaba de sacar un libro que se titula nada más y nada menos que “No esperéis libraros de los libros”, en cuyas 350 páginas despliega el gran semiólogo, novelista y bibliófilo italiano toda una batería de argumentos para defender precisamente el título de su trabajo. ¿Librarme yo de mis libros? Antes me libraría de mi… (no me había dado cuenta de que la tengo a mi espalda leyendo lo que escribo) ordenador. Por mi parte, con una taza aún humeante de café sobre la mesa, me dispongo a leer la novela de Eça de Queiroz El conde Abraños en una deliciosa edición de Renacimiento. Sin duda que a este libro no se le acaba la batería, ¿verdad, cariño? “Eso. Ahora intenta arreglarlo” –le oigo cuando ya se aleja. Hoy, sin postre, seguro. José López Romero.

Encuesta


Cada vez me resulta más insoportable aguantar esa costumbre de los medios de comunicación, consistente en preguntar a todo personaje medianamente popular, cuando fallece alguien relevante dentro del mundo de la cultura, sobre el recién desaparecido. Y claro luego sucede lo que sucede, que con la mayor parte de esas opiniones cogidas a vuelapluma, y que podrían dar para una nueva antología del disparate (aunque éste no precisamente de escolares), muchos famosos se retratan sin complejos ante el público sobre su auténtico bagaje cultural. La reciente muerte de Benedetti, me ha servido para ratificarme en esta opinión, y no es que, ingenuo de mí, pensara que a todo personaje público que preguntaran por el escritor uruguayo, debería haber leído la totalidad de la extensísima obra que nos ha legado, pero a estas alturas aún me sorprendo de la “cara”, o desvergüenza, con la que algunos hablaban sobre su admiración por el autor de “Poemas de oficina”, aunque no cayeran en la cuenta de que El Aleph lo escribiera Borges o que Madrid no es Montevideo . Estas encuestas propiciadas por la actualidad, aunque puedan parecer anecdóticas, nos dibujan el verdadero papel de la cultura en este país. Nos acordamos de ella en las fiestas y en los cementerios, pero el resto del tiempo la inmensa mayoría del país vive ajena a su pulso. Hace unos días conocí a una gran lectora. Su nombre no es popular, ni falta que le hace, y quizás por ello no suele ser abordada por ningún periodista para recabar su opinión cuando viene al caso, pero pasé unos muy agradables momentos cuando me mostraba su biblioteca formada a lo largo de años de inquietud lectora. Siempre es gratificante, ahora que los tradicionales espacios dedicados a la biblioteca familiar, parecen estar siendo desplazados por discutibles ideas decorativas, o por aparatos que representan los últimos avances de la tecnología, conocer a alguien que no solo mantiene a “la biblioteca”, como el corazón de su vivienda, sino que te puede hablar de Benedetti con la sabiduría de una lectora de muchos de sus libros. Ramón Clavijo Provencio

miércoles, 20 de mayo de 2009

Cine


Creo que fue mi amigo y compañero Carlos Rigual por aquellos años del Instituto Asta Regia (de gratísimo recuerdo), quien me dijo la siguiente frase que él mismo había oído: “de una mala novela se puede hacer una buena película, y viceversa: de una buena novela se puede hacer una mala película”. Y así es realmente la historia de las relaciones que, como los matrimonios, han mantenido siempre el cine y la literatura: buenos y malos momentos por igual. Desde el amor hasta la pasión, desde el odio hasta el rencor. Para Juan Marsé su matrimonio con el cine tiene más de lo segundo que de lo primero; nunca se ha cansado de decir que sus novelas no han tenido suerte cuando se han pasado a la pantalla; y eso le ha llevado a la conclusión de que “el problema del cine español no es la piratería, sino la falta de talento”; una afirmación realmente dura y que muestra a las claras su decepción. Y quizá haya que darle la razón al flamante Premio Cervantes porque honrosas por escasas son las excepciones que ahora se nos vienen a la cabeza de películas españolas que, tomando como guión alguna obra literaria, merece la pena verse, aun participando en aquél el autor de ésta. En cambio, mucho mejores son las adaptaciones para la televisión que se han hecho de algunas de nuestras emblemáticas novelas del XIX: La Regenta, Fortunata y Jacinta, Cañas y barro, o incluso Los gozos y las sombras de G. Torrente Ballester. Parece que la televisión, por su posibilidad de convertir una novela en serie, es un medio que se acomoda mejor a la literatura; como pasa con el teatro y aquel añorado programa “Estudio 1”, donde buena parte de muchas generaciones pudimos disfrutar y conocer lo mejor del teatro tanto nacional como extranjero de todos los tiempos. En esto del cine, la televisión y la literatura, quizá los ingleses sean un referente en el que deberíamos mirarnos y aprender. Ahí están series como Yo, Claudio y, sobre todo, las versiones que de las obras de Shakespeare ya hiciera (muchas en blanco y negro) sir Laurence Olivier y, más moderno, el magnífico actor y director Kenneth Branagh, que deberían ser modelos para nuestros directores de cine. En este sentido, guardo como oro en paño en cinta de vídeo su película Enrique V, que me hizo comprar el drama de Shakespeare sólo para poder leer y releer el emotivo discurso o arenga que el rey le dirige a su menguado y exhausto ejército inglés antes de la batalla de Agincourt. ¿Falta de talento de nuestro cine? Salvando excepciones, ya digo, incluso cuando han versionado clásicos, el resultado no ha podido ser más horrible, y ahí están El libro de buen amor, La Celestina o La lozana andaluza para no desmentirme. Nada que ver con los ingleses. Y ya que hablamos de cine español, valga un ejemplo de bodrio; el otro día me castigué con una película titulada Fuera de carta, realizada a la mayor gloria de Javier Cámara. Si ése puede ser el modelo de comedia o cine, en general, que se hace en España, no dudo lo más mínimo que esté en crisis. Si en la esfera internacional, nuestros más célebres representantes son actualmente Almodóvar y sus chicas y chicos, cuando no hace mucho eran Buñuel, Saura, Paco Rabal, Fernando Fernán Gómez e incluso Alfredo Landa en su espectacular madurez, no me extraña que se dude del talento de nuestro cine. Ni talento, ni color. José López Romero.

Máquinas


“¿Pero no estamos hablando que el libro en papel está condenado a desaparecer?” Me pregunta Atanasio, mientras hojea la prensa local entre el penetrante olor a café del “San Pedro “. Y es que le ha llamado la atención esa noticia que da cuenta de una máquina expendedora de libros (Espresso Book Machine). Sí, sí, como lo oyen…Se elige entre un amplísimo catálogo de libros que oferta el artilugio (400.000), y una vez que nos hayamos decidido, le damos a un botoncito y en breves instantes tenemos el libro como recién salido de la imprenta, incluso con su embalaje de plástico protector. “Por lo visto, vuelve a comentar la noticia en voz alta Atanasio, el éxito de la máquina es arrollador, y la librería donde está instalada en Londres, no da abasto. ¿Pero cómo se explica esto, Ramón?” La verdad, le respondo, es que no lo sé; me parece una especie de paradoja esto de que llevemos décadas hablando de que el libro tradicional desaparece (incluso estos meses son noticia la aparición de nuevos modelos de libros electrónicos), y sin embargo aparece esta máquina que expide al instante el libro en papel que queramos, incluido libros descatalogados desde hace décadas (una de sus evidentes ventajas), y arrasa. Atanasio deja el periódico y parece olvidarse de su efímera curiosidad cultural para concentrarse en el bocata de tortilla que le acaban de traer; yo, mientras, le doy un sorbo al buen café de este acogedor bar, y pienso en la evidente influencia de las nuevas tecnologías sobre muchos de nuestros hábitos. Por ejemplo, cómo gracias a ésta podemos decir que se ha recuperado el género epistolar, aunque por otro lado el correo electrónico esté significando que la carta en papel, esté condenada a la desaparición definitiva. Pero no siempre la implantación de algo nuevo tiene que llevar a la desaparición de lo anterior. En el caso del libro más parece que vayamos a una coexistencia entre nuevos y viejos formatos, ello explicaría el éxito de nuevas técnicas aplicadas a la edición del libro en papel (la nueva máquina londinense), sin que por ello se deje de avanzar en la comodidad y prestaciones de los nuevos modelos de libros electrónicos. Ramón Clavijo Provencio.