LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 10 de abril de 2026

EL LADO CORRECTO

“Padre, una preguntita (mi hijo cuando utiliza el diminutivo, malo). ¿Tú te consideras en el lado correcto de la literatura?” “Eso, father”, le oigo de lejos a mi hija (cuando los dos están de acuerdo, peor). “Buena pregunta” (leo en la cara de mis hijos una sonrisa de condescendiente satisfacción). Buena pregunta -repito- si supiera cuáles son los lados de la literatura. “¡Pero los de la Historia parece que están muy claros!”, me replican. Sí, para el que se cree que está en el correcto. Y precisamente es la propia Historia la que nos da la lección de que no ha habido gobernante por muy sanguinario que este fuera que no se considerase en el lado correcto de su historia. Los grandes genocidas del siglo XX, Hitler aún lamenta (resucitado por Timur Vermes en su libro ‘Él ha vuelto’) no haber acabado su labor de la “solución final” para exterminar a todos los judíos sobre la faz de Europa. De la misma manera se creería Neville Chamberlain en el lado correcto de la historia cuando se mostró complaciente con el mismo Hitler en sus planes de expansión de los Sudetes. Y así, todos los que han ejercido el poder con la arbitrariedad de la violencia, la represión y la inoperancia. Pero yo no sé qué lados tiene la Literatura, por lo que no podría considerarme en el correcto ni en su contrario. Si como manifestación artística el lado correcto es la belleza, el buen gusto, el estilo elegante y depurado, yo diría que me gusta ese lado; si, por otro, convenimos en el compromiso de los autores para denunciar los problemas y abusos de la sociedad y del tiempo en el que viven a través de sus obras, debo confesar que también estoy muy de acuerdo con este otro lado, porque la literatura es al fin y al cabo fruto de la época en la que se produce y, por ello, debería tener también la función ética de hacernos a los lectores tomar conciencia y, en lo posible, proponer soluciones. Y si unimos los dos lados, entonces no podría estar más de acuerdo que ese sería el correcto de la Literatura. ¿Ejemplos? Vayamos a conocidos. Autores como Fernando Aramburu y sus novelas sobre el terrorismo de ETA; Rafael Chirbes y el desencanto de la transición española (no de las grandes decisiones, sino de las alcantarillas y sumideros de los políticos rastreros y mezquinos); o para irnos más lejos, las obras de Chinua Achebe y de Chimamanda Ngozi Adichie sobre la Nigeria pre y poscolonial; o también ‘Tengo miedo, torero’ de Pedro Lemebel, una novela extraordinaria en todos sus lados. La buena literatura, en definitiva, no tiene lados ni correctos ni incorrectos. Es buena en sí misma y en su todo. ¿La Historia? Como la feria. Mis hijos ya habían huido hacía tiempo. Y en un alarde de atrevimiento se me ocurrió preguntarle a mi mujer ¿y cuál es mi lado correcto de la cama? el sofá. ¡Cuánta ingratitud! José López Romero. 

 

SESENTA AÑOS DESPUÉS

El 9 de octubre de 1966 se publicaba en “La Voz del Sur” una entrevista a Tomás García Figueras. En la misma se informaba de la donación de su biblioteca a la Biblioteca Nacional, y con ella la creación en esta última Institución de la “Sala África”. Sin embargo, no se daba ninguna información en dicha entrevista, sobre por qué el ex alcalde de Jerez tomaba esta decisión. Lo cierto es que García Figueras y Lora Tamayo, ministro de Educación  y que había mediado en la donación a la Biblioteca Nacional, estaban más que satisfechos en aquel momento, puesto que se garantizaba el cumplimiento de las condiciones  que el donador había puesto para llevarla a cabo: unos espacios y medios adecuados y mantener la unidad física de la colección, cosa que al parecer no se garantizaba en Jerez, pese a la opinión del bibliotecario Manuel Esteve Guerrero, viejo amigo de Tomás García. Pero a día de hoy los fondos donados por García Figueras ya no se encuentran en esa sala “África” . Desde 1989, tras una reorganización técnica, dichos fondos fueron distribuidos por otras secciones y depósitos de la Biblioteca Nacional (aunque se mantiene una unidad virtual). Es cierto que en Jerez en el año 1966, la Biblioteca Municipal carecía de los espacios adecuados para albergar una colección de aquella magnitud, pero con algo de tiempo de seguro se hubiera encontrado un lugar adecuado para esta, además de mantenerse su unidad física (no solo virtual). Sin duda de haberse conservado un legado tan singular la ciudad se habría convertido en foco de atracción y encuentro para investigadores y especialistas. Con la perspectiva que da el tiempo estamos convencidos que la opinión de Manuel Esteve, y que cayó en saco roto en su momento, debería haber sido tenida en cuenta. Ramón Clavijo Provencio.

viernes, 27 de marzo de 2026

JEREZ Y EL LEGADO DE 'ATALAYA'

En 1974 Jerez sufre los efectos de una prolongada huelga de viticultores. Miles de trabajadores echan un pulso a las autoridades y patronal que seguirá hasta comienzos del año siguiente, cuando se atendieron parte de sus reclamaciones. Huelgas como la mencionada en Jerez se extienden por toda la geografía española afectando a distintos colectivos. Mientras, la Universidad es un hervidero donde  no son  escasas las intervenciones de la policía en los campus, para disolver concentraciones e incluso impedir actos culturales como los de músicos representativos de la canción protesta, que solían actuar muchas veces sin permisos oficiales. La salud de Franco se deteriora y sus entradas y salidas de centros hospitalarios son frecuentes pese a que los medios de comunicación controlados por el Régimen traten de ocultar la gravedad del estado de salud del anciano dictador. En este ambiente de comienzo de los setenta, cuando el país intuye que se está al final de una larga etapa y se vislumbra esperanzadora una nueva realidad, aún está muy presente en los ambientes literarios de la ciudad el legado de aquel grupo que impulsara el poeta local Manuel Rios Ruiz: el grupo ‘Atalaya’ de poesía del Centro Cultural Jerezano. A finales de los cincuenta y principios de la década siguiente, sus reuniones no pasaban indiferentes a las autoridades, ni a la censura sus publicaciones o emisiones a través de las ondas, en aquel programa radiofónico de corte literario en Radio Jerez, ‘La Bodega de la Luna’. Manuel Rios, poeta emergente y al que el paso del tiempo parece querer sumir en un injusto olvido, logró impulsar desde ‘Atalaya’ una revista poética que aún nos resuena en los oídos a los amantes de la literatura, mientras sus escasos números son codiciados hoy por recalcitrantes bibliófilos. ‘La Venencia’ se llamaba. En su primer número con el que iniciaba la etapa jerezana (1963), bajo una portada del pintor local Juan Manuel Gutiérrez Montíel, encontramos textos entre otros de Antonio Hernández, Carlos Murciano, María de los Reyes Fuentes, Juan Ruiz Peña o Ángel García López. En los siguientes números (hasta cinco publicados en Jerez, a los que seguirán otros ocho ya editados en Madrid) podemos disfrutar con las creaciones de Pilar Paz Pasamar, el arcense Julio Mariscal, el portuense José Luis Tejada y muchos más. ‘Atalaya’ fue impulsora también de una colección de libros de poesía, en la que publicaron algunos de los ya mencionados además de otros como Celaya o Antonio Luis de Baena. Sin duda un legado inolvidable este,  surgido en tiempos más que difíciles y que ‘Atalaya’ contribuyó a superar. Ramón Clavijo Provencio

EL RUFIÁN DICHOSO

Calificada por Francisco Ruiz Ramón como “comedia de santos”, Cervantes escribió ‘El rufián dichoso’ y la publicó en 1615 incluida en el volumen titulado ‘Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados’. En tres actos, a la manera instaurada por Lope, don Miguel escenifica la vida de Cristóbal de Lugo, un truhan, un pícaro insatisfecho dentro del mundo del hampa, plagado de rufianes, que campa con total libertad por las calles de Sevilla, pues la sombra protectora del inquisidor Tello de Sandoval lo libra de ser apresado por la justicia. La primera jornada o acto se cierra con una partida de cartas: si pierde, se hará bandolero; pero gana, y es entonces cuando vive la experiencia interior de su conversión. La segunda jornada se localiza en México y Cristóbal de Lugo se ha transformado en fray Cristóbal de la Cruz, famoso en toda la ciudad por su vida penitente y ejemplar. Y de nuevo Cervantes se reserva una última escena para cerrar este segundo acto: fray Cristóbal lucha para salvar el alma de doña Ana de Treviño, quien no cree en la misericordia de Dios. Fray Cristóbal ofrece todas sus buenas obras a cambio de los pecados de doña Ana, y al tiempo que esta muere en gracia de Dios, fray Cristóbal “queda cubierto por la lepra, signo visible de que el cielo ha aceptado su oferta”. La tercera jornada es una lucha del santo contra las fuerzas del mal. La lepra va desapareciendo de su cuerpo para, finalmente, “recibir el homenaje del máximo representante de la autoridad civil”. Si en clave política actual escribiera don Miguel esta comedia, el título se trocaría en ‘El dichoso rufián’, y el santo en un fantoche más propio del esperpento. José López Romero.  

 

viernes, 13 de marzo de 2026

LA SEMANA SANTA EN LA LITERATURA

La Semana Santa en la literatura’ es una de las últimas publicaciones de la editorial Almuzara que aquí saludamos y damos la bienvenida, pues todo estudio que relacione tradiciones populares con textos literarios siempre suele aportar nuevas visiones y perspectivas tanto de unas como de los otros. El trabajo corre a cargo de Eugenio Vega Geán, un investigador que conoce como muy pocos la Semana Santa en general, y la jerezana, e incluso la andaluza, en particular. El trabajo de E. Vega mantiene los mismos niveles de calidad, profundidad y exhaustividad a los que nos tiene acostumbrados en sus publicaciones, muchas de ellas referidas a la propia Semana Santa, otras a cultos religiosos en general. El repaso que hace de autores y obras literarias alcanza desde la literatura medieval hasta nuestros más actuales días, en cuyas páginas se incluyen ilustraciones que complementan ese recorrido Semana Santa-Literatura en el que podemos destacar, como uno de los valores añadidos del volumen, la cantidad de referencias desconocidas para el común de los lectores, y que estudios como este vienen a rescatar de entre la enorme producción de todo tiempo y época. El grueso del trabajo de centra, como no podía ser otra manera, en las dos últimas centurias (XIX-XX), donde encontramos sobre todo en la novela realista y naturalista los ejemplos más interesantes de esa relación entre la religiosidad popular y la trama narrativa, dos elementos que los novelistas han ido utilizando en sus obras ya sea como complemento al marco espacio-temporal, ya integrado en la propia psicología de los personajes. El pasaje (que E. Vega consigna en su estudio), pongamos por ejemplo, de doña Ana Ozores, la regenta, expuesta a las miradas siempre escrutadoras y severas de la alta sociedad de Vetusta, en procesión de Viernes Santo vestida de nazarena y descalza, exhibida como un triunfo por don Fermín de Pas, el magistral, en la grandiosa novela de Clarín (‘La regenta’, cap. XXVI), es un buen ejemplo de cómo un escritor perfila una escena que se convierte en símbolo de las intrigas y oscuros intereses de sus protagonistas. Trabajos como este de E. Vega, al margen de su indudable interés en todos los aspectos, poseen un enorme valor para lectores en general, aficionados y, sin duda, para estudiosos e investigadores. Reunir las referencias que en la literatura a lo largo de su historia se pueden encontrar sobre la Semana Santa es lo mismo que, en otros tiempos, hacían los grandes humanistas cuando recopilaban adagios (Erasmo), historias de grandes hombres y grandes mujeres (Boccaccio), para que sirvieran de consulta, uso y lectura para todos. Todo un acierto. José López Romero.

 

 

TIERRA DE NÓMADAS

A raíz de la gran crisis económica de 2008 se produjo un fenómeno, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, conocido como el de los “workampers”. Con este apelativo se hacía referencia a los miles de personas que, habiéndolo perdido casi todo, adquirían una caravana ante la imposibilidad de conservar su vivienda y trabajo de toda la vida, y se lanzaban a la carretera no impulsados por una repentina fiebre aventurera, sino por razones alimenticias y de subsistencia. Dicho fenómeno dio lugar a un excelente libro escrito por la periodista Jessica Bruder, que durante meses vivió en su propia caravana para poder documentar y seguir las peripecias de algunas de estas personas adultas, normalmente al final de su edad laboral, y que se veían abocados a un futuro incierto tras la “Gran Recesión”, trabajando en condiciones precarias y saltando como temporeros de un lugar a otro de la vasta geografía estadounidense. El libro tuvo una gran repercusión el año de su edición (2017 en USA; la versión castellana es de Capitán Swing, 2020) y dio lugar a una versión cinematográfica del mismo nombre, dirigida por la directora Chloé Zao, y protagonizada por Frances McDormand (película que cosechó tres Óscars en la edición de 2020). Sin embargo, pese a ser esta última una excelente película, le da una perspectiva más romántica y aventurera al fenómeno de este singular nomadismo. Es cierto que también en la pantalla encontramos ese trasfondo de la pérdida de todo, y la forzada búsqueda en las interminables y solitarias carreteras del sustento diario, pero la versión cinematográfica añade un cierto halo romántico que impregna a la protagonista y que no encontramos en el libro de Bruder. Y es que esa  atracción por la libertad y los “grandes espacios solitarios y vírgenes que proyecta la película está muy lejos de acompañar a estos ‘workampers” engañados por el sistema. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 27 de febrero de 2026

¡CÓMO ESTÁ EL PATIO!

Enciendo el móvil y no paro de ver desde hace varias semanas las dos mismas caras en esas noticias sueltas de Google. Un joven con boina o gorra de las que se le desborda una abundante pelambrera y un señor mayor que luce un buen rapado capilar, enzarzados ambos en réplicas y contrarréplicas a cuenta de no sé qué jornadas sobre la eterna Guerra Civil. El joven no es otro que David Uclés, la sensación editorial del pasado año con su novela ‘La península de las casas vacías’ (Siruela con esta y con ‘El infinito en un junco’ ha dado dos sonoros pelotazos), y debo reconocer el poco interés que tengo en leerla, pues a estas alturas de la vida para encararme con novelas de más de cuatrocientas páginas, prefiero releer a los grandes conocidos que a éxitos del momento, más cuando estamos ante un epígono de una corriente literaria que gozó de su esplendor y hoy ya desgastada de tanto usarla. Y el señor mayor, ya se pueden suponer, es Arturo Pérez Reverte, otro rey Midas de la editorial Alfaguara, pues desde hace muchos años todo lo que ha escrito lo ha convertido en éxito, en especial aquellas novelas en conmemoración de efemérides. Y también debo reconocer que tampoco me he mostrado especialmente interesado en su literatura, aunque leí en su momento sus primeras novelas. Pero este artículo no iba de confesiones de lector vergonzante, sino de la polémica suscitada por esas jornadas sobre la Guerra Civil: que si para uno terminó en el 39 y, en cambio, para el otro en el 75… cuando doctores tiene la Guerra mucho más autorizados que cualquier jornada al efecto. Y esta coyuntura la han aprovechado muchos para disparar (valga la metáfora) a todo lo que se menea. Y así, la que fuera la gran novela del año pasado, ahora se ha convertido en un relato farragoso al que le sobran páginas (¿a qué novela de más de cuatrocientas no le sobran?), y ya que estamos en faena su buen repaso se está llevando la que ha obtenido el premio Nadal, por no hablar de las críticas recibidas por el propio Uclés (cambio de Siruela a Planeta, los escrúpulos ideológicos que de pronto se olvidan cuando de dinero se trata…). Pero tampoco Pérez Reverte se ha ido de rositas y le han llovido las críticas ya no tanto por su currículum literario, sino también por sus posiciones ideológicas. Lo cierto de toda esta trifulca alimentada en las redes (ya saben: bulos, fango, mentiras…), es que el patio literario, como le es consustancial, está a la primera que salta para criticar, despellejar y llevarse por delante a nuevos y veteranos. Lo último, afirmar que ‘La ciudad de las luces muertas’ (el premio Nadal) es peor que las novelas de Juan del Val. ¡Qué maldad! ¡Qué insulto! ¿para quién? José López Romero.

                                                     

SESIÓN DE CLUB DE LECTURA

Lo que hasta hace pocos años era una singularidad, y me refiero a los denominados clubes de lectura, en la actualidad es un fenómeno que ha adquirido importancia en el panorama cultural de las ciudades, donde se aprecia cada vez más esta propuesta sin artificios, frente a la deriva de una sociedad acelerada donde lo efímero parece reinar. Podríamos decir, y no queremos ponernos melodramáticos, que estos espacios de encuentro de lectores y lectoras son los últimos bastiones, junto a las librerías y bibliotecas públicas, en los que se refugia la lectura tal como la hemos conocido hasta ahora, frente a la alienación tecnológica y la omnipresente presencia de los algoritmos. No son los clubes de lectura una novedad, y podemos encontrar antecedentes de estos en la sociedad ilustrada del siglo XVIII, aunque los primeros clubes o sociedades de lectura que podemos identificar con los actuales los encontraremos en la Inglaterra victoriana. Hace unos días un variopinto número de lectores nos reunimos en la correspondiente sesión de uno más de los numerosos clubes de lectura de la ciudad. Fue el comienzo de una grata velada más, donde todos y cada uno de los presentes fuimos desgranando nuestro particular punto de vista sobre la novela que un mes antes se había propuesto para su lectura. Y ahí, en ese momento a mi entender, encontramos la gran aportación y encanto de estos clubes: el escrupuloso respeto por la lectura entendida como un acto individual y privado, y que requiere calma y tiempo y, por otro, el abrir un foro público al termino de esa lectura solitaria, donde encontramos matices, apreciaciones, criticas o aportaciones de otros lectores y lectoras. Finalmente, todos nos llevamos un bagaje enriquecedor a la lectura previa y solitaria, que si bien es el punto de partida no será el final de nuestro recorrido por la historia contenida en un libro. Larga vida a los clubes de lectura. Ramón Clavijo Provencio 

viernes, 13 de febrero de 2026

"ÁFRICA": MÁS ILUSTRACIONES DESCONOCIDAS DE ARTISTAS JEREZANOS

En los fondos bibliográficos y hemerográficos patrimoniales conservados en las bibliotecas de nuestro país, siguen apareciendo a veces piezas desconocidas, olvidadas o dadas por perdidas  de enorme valor y  muy distinta naturaleza. Hace ahora diez años que publiqué en  Diario de Jerez  un artículo con el título de ‘Imágenes africanas’, en el que hacía una aproximación a la revista África’, una rareza de la que la Biblioteca Municipal de Jerez conserva completa su primera época (1926-1936), atraído por los dibujos que habían ilustrado algunas portadas de la misma firmados por el gran Teodoro Miciano. Aquella revista tan ligada a los militares africanistas en los convulsos comienzos del siglo XX (comenzó llamándose ‘Revista de las tropas coloniales’), sin embargo  ilustraba sus portadas con obras de los más reputados artistas de la España del momento como Mariano Bertuchi, J. Pitarch, M. Servent y, por supuesto, Teodoro Miciano. Encontré los dibujos de este  último pero también los de otros  artistas de Jerez  que se habían ido publicando durante el periodo 1926-1936, es decir, hasta el estallido de la Guerra Civil. Esos artistas eran Manuel Esteve el bibliotecario y arqueólogo municipal, Carlos Gallegos García Pelayo (que por las mismas fechas publicaba también en la revista ‘Mauritania’ de Tetuán), y Justo Lara Garzón ‘Ponito’, lo que confirma el gran nivel y prestigio de los artistas jerezanos en aquella época. Aquel  artículo ayudó a dar, desde la perspectiva de esos cuatro artistas de Jerez, una visión del África colonial española lo que daría lugar posteriormente a una exitosa exposición. Ahora, insisto, diez años después de aquel artículo, he vuelto a repasar los números de ‘África’. ¿Por qué? Enfrascado en el borrador de un próximo estudio sobre el arqueólogo y bibliotecario Manuel Esteve, tenía  la sensación de que la ya lejana primera revisión que hice de la misma pudo ser demasiado apresurada y, por tanto, sospechaba pudiera haber pasado por alto más dibujos de aquellos grandes artistas. Culminada esa tarea puedo decir ahora que se confirmaron mis vaticinios. Si en 2016 localicé 23 originales de los cuatro artistas jerezanos que habían ilustrado portadas de la revista (Miciano 12, Esteve 6, de Gallegos 2 y de ‘Ponito’ otros 2), ahora descubría 14 nuevas obras (8 de Miciano, 2 de Esteve, 1 de ‘Ponito’ y 3 de Gallegos)   lo que hacía ascender a 36 el número de originales de estos pintores locales en ‘África’. Merecía la pena volver sobre estos dibujos que en su mayoría nunca se volvieron a reproducir, como el de Miciano que acompaña estas líneas (‘Un café argelino’,1930). Ramón Clavijo Provencio.

EL ALGORITMO ASESINO

Su género favorito desde que tenía uso de lectura era, sin duda, la novela negra o policiaca o de suspense, como gusta llamarles a sus obras la gran Claudia Piñeiro. Había leído a los clásicos norteamericanos, a los ingleses y franceses; y llevaba ya unos años leyendo con avidez las excelentes novelas europeas e hispanoamericanas del género. Sin olvidar a los asiáticos (japoneses y chinos). Y le dio por querer escribir una. Se sabía como pocos los resortes, el engranaje y las piezas que debía reunir una novela: el policía o detective maduro; un muerto o incluso varios, el misterioso asesino, la trama o el motivo del crimen… Y un día al ver una noticia en los informativos, se le encendió la luz: ¡el algoritmo asesino! Y se documentó. ¿Qué era un algoritmo? ¿Cómo podía matar lo que, según la IA, es una “secuencia ordenada, finita y bien definida de pasos o instrucciones para resolver un problema, realizar un cálculo o ejecutar una tarea específica”? Y en la misma definición estaba la respuesta: algún oscuro personaje (quizá un tecnoligarca de moda) sería el que “realizaría los cálculos” para que una máquina “ejecutara una tarea específica”: ¡matar! Y no se le ocurrió otra que un móvil. A través del sonido lanzaría una onda asesina por la que les reventaría la cabeza a las víctimas sin dejar huella. Al cabo de varias semanas lo tenía casi todo bien organizado. Pero faltaba el sexo (“en toda novela debe haber alguna escena de cama”), y surgió la pregunta ¿con quién podría acostarse un algoritmo? Y la respuesta no pudo ser otra: con una ecuación de segundo grado, y así el policía podría despejar la “X”. José López Romero. 

viernes, 30 de enero de 2026

MIEDO

Pasado ya un tiempo, bueno es siempre reflexionar sobre aquellos grandes hombres que antes que nosotros aquí estuvieron y que son ahora ejemplo de la vanidad de la vida. Uno de ellos, por su pérdida tan próxima es, sin duda,  el difunto Mario Vargas Llosa, como hombre inteligente que era y excepcional escritor que es (pues vive en sus obras), más de una vez se le pasaría por la cabeza en esos últimos momentos de su vida, cuando ya se sabía con los dos pies en el otro estribo, si la fama que había ido adquiriendo y amasando a cada golpe de novela, lo haría inmortal o, por el contrario, cuando ya pasara el tiempo que todo lo destruye, no sería más que otro cadáver en ese montón tirado en la cuneta de la historia de la literatura, que a veces no tiene piedad con sus mejores criaturas. La duda no es baladí pues, conocedor como era de nuestro pasado literario, no sería ajeno a casos y a torres, si no más altas, a una altura lo suficientemente considerable para creerse a salvo del tiempo y sus agravios. A don Mario le asaltarían en la memoria los nombres de autores que en su siglo gozaron de éxito y prestigio y que ahora duermen el sueño del olvido, carne de cañón de nota al pie de enciclopedias que ya nadie quiere. Y seguramente que entonaría, ya en su lecho de muerte, aquel Ubi sunt? al recordar qué fue de aquellos poetas y dramaturgos que dieron brillo a nuestra edad dorada; qué de los grandes escritores de novelones que hacían llorar a las porteras, las mismas que en las postrimerías del siglo decimonónico se peleaban por adquirir la última entrega; qué de los finos y sentimentales escritores de relatos cortos que tanto esplendor dieron a este género en los inicios del siglo pasado, qué, sin ir muy lejos, de aquellos autores de novela rosa  que copaban las listas de éxitos en los años más grises de nuestro siglo XX… Y por su cabeza irían desfilando nombres y más nombres, premios y más premios, fama al fin y al cabo efímera, simple vanidad. Y como un personaje de tragicomedia clásica se preguntaría para qué escribió tanto, para qué edificó historias y construyó sueños, para qué, en definitiva, adquirió fortuna tanta con tantos desvelos. Y ya a punto de expirar reconocería que nadie, ni los más grandes como él tienen la inmortalidad garantizada, ni pueden estar a salvo de la impiedad de un mundo que ha perdido el control y sus referentes, en el que la lectura, por la que tanto luchó, es una actividad anticuada y reducida a grupos de personas que oponen una cada vez más débil resistencia a los embates de un tiempo tan adverso como inoportuno. Don Mario murió en olor de santidad literaria, lo que no garantiza la “eterna-unción”. José López Romero.   

DE JUSTIFICADAS A INNECESARIAS VERSIONES CINEMATOGRÁFICAS

Desde la aparición del cinematógrafo allá por 1895, la relación entre cine y literatura ha sido, como es sabido, continua. Pero como cualquier otra relación que se prolongue en el tiempo, y esta no es distinta, está llena de altibajos. Centrándonos en lo que se refiere a las versiones cinematográficas de obras literarias nos encontramos de todo, desde libros mediocres encumbrados por una nueva y brillante adaptación al cine, hasta admiradas obras literarias masacradas en la gran pantalla, y entre un extremo y otro, multitud de variantes. El año pasado fue prolífico en adaptaciones de interesantes novelas  que en este 2026 acumulan nominaciones a importantes premios cinematográficos. Nos referimos en este caso a tres que reflejan distintas escalas en lo justificado o no de dichas adaptaciones. Serian ‘Una batalla tras otra’  basada en ‘Vineland’ de Thomas Pynchon; ‘Hamnet’, versión de la novela del mismo título de Maggie O´Farrell; y ‘El increíble hombre menguante’, el excelente y poético relato de Richard Matheson. Pues bien, aunque para gustos, colores, mientras la primera es una adaptación arriesgada de un libro hasta cierto punto absurdo y lleno de aristas y matices,  creemos que la visión de dicha novela del director Paul Thomas Anderson, aporta nuevas perspectivas a la historia aunque, repetimos, estas no sean del gusto de todos. El ‘Hamnet’ de Chiloé Zhao es una adaptación muy respetuosa con la novela de O´Farrell, y logra llevar a las imágenes la emoción, sensibilidad y dureza de esa estupenda novela sobre un pasaje poco conocido de la vida de Shakespeare, libro del que no desmerece. En cambio, la versión que se hace por parte de Jan Kounen de ‘El increíble hombre menguante’ no supera en nada a aquella ya mítica de los años cincuenta de Jack Armold, salvo en efectos especiales, por lo que creemos que es totalmente innecesaria salvo que queramos pasar un buen rato sin más, con una buena bolsa de palomitas. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de enero de 2026

"LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA HUMANIDAD" Y OTROS LIBROS

Comenzaba el día  leyendo, mientras tomaba el primer café de la mañana, el excelente artículo de Paco Cerdá sobre aquel libro de Karl Kraus, ‘Los últimos días de la humanidad’ (“Descenso a la locura de la guerra y al cinismo de la patria, El País, 3 de enero) que se ha reeditado recientemente (H&O,Editores), y donde el  inmenso autor austriaco analiza el ambiente lleno de soflamas y llamadas al belicismo en aquella Europa  a punto de despeñarse por el precipicio que fue la Primera Guerra Mundial. Y de repente saltaba la noticia de la operación militar norteamericana sobre Venezuela, algo previsible en un mundo donde el orden internacional saltó por los aires hace tiempo mientras arrecian vientos que no vaticinan nada bueno, y la prueba es la carrera armamentística que se extiende por el Globo, desde el Caribe al mar de China, desde el Cuerno de África al Golfo Pérsico. No nos encontramos en una situación mejor que la que nos describía Kraus hace tantos años ya, lo que nos hace pensar que los libros de historia o las grandes obras literarias que denuncian el sinsentido de la guerra, no nos han servido hasta ahora para nada, entre otras cosas porque a la mayoría de nuestros dirigentes políticos, los de antes y los de ahora, parece importarles poco la historia o los libros que analizan los errores del pasado. Curiosamente este pasado año tres libros editados en nuestro país han acaparado por encima de otros la atención, tres libros que desde distintos enfoques analizan nuestra gran tragedia bélica contemporánea: la Guerra Civil. El primero de ellos, del ya mencionado Paco Cerdá, ‘Presentes’ (Alfaguara) y galardonado con el Premio Nacional de Narrativa 2025, sigue ese surrealista viaje por España, desde Alicante a Madrid, del cadáver de José Antonio Primo de Rivera a hombros de sus fieles. Otro libro, ‘El viaje de mi padre’ (Alfaguara) recoge las impresiones de Julio Llamazares siguiendo las huellas de dos jóvenes combatientes, uno de ellos el padre del autor, que sin saber cómo se ven envueltos en los fragores de un terrible conflicto. Una historia emocionante que invita a la reflexión. Sobre ‘La Península de las casas vacías’ (Siruela) de David Uclés se ha dicho de todo a estas alturas, también nosotros comentamos el libro en esta sección, por lo que eludiré repetirme, pero qué duda cabe que estas espléndidas historias de los tres escritores mencionados vuelven, desde distintas perspectivas, a ponernos frente a los fantasmas bélicos del pasado, como también lo intentaron en su momento Sweitz, Remarke , el mencionado Kraus y tantos otros, en un intento de comprensión y advertencia sobre los errores del pasado que al parecer no terminamos de asimilar en este complejo presente. Ramón Clavijo Provencio.

 

UNA DE TÓPICOS

“Ya sé que estamos siempre solos… / que la felicidad se desvanece… / que la vida carece de sentido… / que quienes andan por la calle / son solo muertos con unos días / de permiso. Lo sé. Sé todos los tópicos. / Y sé que son verdad…”, dice José Luis García Martín en uno de sus poemas. Tan excelente poeta como crítico literario (ver su blog “crisisdepapel.blogspot.com”). Y a todos estos tópicos que Gª Martín va desgranando en sus versos, podríamos añadir otro que también sabemos todos y que, sin embargo, de vez en cuando, nos hace llevarnos las manos a la cabeza: “casi todos los premios literarios en este país están ya dados de antemano” (¡cuidado!: “casi todos”), y si no, que se lo pregunten a García Montero o a Andrés Trapiello, quien tendrá muchas anécdotas que contar al respecto. Por eso, no entiendo, sabiendo como lo sabemos, que haya levantado tanto escándalo la concesión del Planeta. Antes se intentaba premiar a un primera figura, que midiese su dignidad literaria en euros, caso de Cela, con escándalo de plagio incluido, o de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, no se dejó embaucar por la dotación del premio Miguel Delibes, cuya dignidad literaria estaba muy por encima del saldo de su cuenta corriente. Que se premie a una mujer o a un hombre de la casa, y si el personaje despierta cierta polémica no es más que la prueba de que la literatura o, mejor dicho, los premios, como el Planeta, no son más que un negocio, y que la empresa además de recuperar el gasto quiere obtener beneficios, cuanto más, mejor. Y como diría Gª Martín: “Ya sé que somos polvo y sombra/ pero mientras el polvo dura / el mundo está bien hecho”. Pues eso. José López Romero.