LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 21 de marzo de 2015

LOS NIÑOS

No otra circunstancia que la casualidad puso en mis manos recientemente y en un plazo de tiempo muy corto, tres libros a los que si habría que buscarles algún punto en común, este sería sin duda la muerte de un niño o niña. Tres textos de tres autores diferentes, de nacionalidades distintas: “Deseo bajo los olmos” de Eugene O’Neill (estadounidense); “El misterio de Christine” de Benjamin Black (pseudónimo de John Banville, irlandés), y “Almas grises” de Philippe Claudel (francés). Mientras que en los dos primeros libros (drama el de O’Neill y novela el de Black) son recién nacidos o con pocos meses los asesinados, en “Almas grises” es el asesinato de “belle de jour”, una niña de 10 años, el suceso que da inicio a la trama del relato, aunque el narrador esconde un secreto del que solamente al final hará partícipe al lector y que está relacionado con lo que estamos contando. En las tres historias será la locura, la inmadurez o las bajas pasiones las causantes de estas muertes de inocentes que, por serlo, dotan al texto de una mayor dosis de tragedia. En “Deseo bajo los olmos” es el miedo de Abbie, la madre, a perder a su amante, Ebbe, el hijo menor de su viejo marido, lo que le lleva a matar al recién nacido al que cree el causante de su desamor o incluso rencor. Un padrastro inmaduro y violento, que no soporta el llanto de la niña a la que culpa del distanciamiento de su esposa, será el autor de la muerte de la pobre Christine en la novela de Benjamin Black; y, finalmente, un soldado con antecedentes criminales por violación que pasaba como desertor por los alrededores del pueblo, es el asesino de la dulce “belle de jour”, aunque más relacionado con las obras anteriores es ese secreto que esconde el protagonista y que no desvela hasta el final de la novela. La infancia maltratada hasta llegar a la muerte no es un tema ni nuevo ni excepcional en la literatura, recordemos, a modo de otros ejemplos, el pobre hermanillo de Pascual Duarte que sufre las patadas del amante de una madre desnaturalizada y al que le comen las orejas unos cerdos; o, yendo un poco más lejos, la muerte de niños en las novelas de Blasco Ibáñez (el niño Pasqualet en “La barraca”), punto de inflexión de la trama narrativa. Muertes sin sentido, inocentes que pagan con sus vidas los pecados de sus padres o las perversiones de los adultos; pero ninguna muerte más terrible que la del pequeño Rafael del relato segundo de “Los girasoles ciegos”, que no logra ni siquiera sentir el calor de su madre, Elena, muerta en el parto, y que solo al final encuentra el amor de su padre Eulalio, cuando este ya sabe que ambos van a morir. Hijo de la derrota en una guerra que no llegará a entender. La infancia es, sin duda, la gran damnificada de las guerras y de las crisis, de los problemas de los adultos que marcarán sus vidas para siempre –o sus muertes-. José López Romero.


CALIPSO

En el primer canto de la Odisea de Homero (La asamblea de los dioses), se nos narra cómo estos debaten sobre Ulises quien, una vez terminada la guerra de Troya y  regresados todos los griegos a su patria, en cambio permanece retenido en la isla Ogigia por la ninfa Calipso, que  pretende que olvidé Ítaca. Atenea (La diosa de claras pupilas…), intercede por el héroe ante Zeus, y finalmente  y  pese a Poseidón- el único  de los dioses que se opone-, logra su libertad, lo que se nos narra en el capítulo titulado La cueva de Calipso. Jacques-Yves Cousteau, el gran oceanógrafo y aventurero se sintió en su momento fascinado por el personaje de la ninfa, hasta el punto de que bautizó con su nombre, Calypso (pero ahora sin la i latina), el barco –un dragaminas británico de la segunda Guerra Mundial-  con el que a partir de ese momento se haría leyenda, protagonizando un periplo viajero que no le va la zaga del que nos narrara Homero. Viajes estos del Calypso comandado por  Cousteau, donde sus perfiles se desdibujan y funden hasta el punto de que no podemos imaginarnos el uno sin el otro. Ahora Calypso, el viejo barco de Cousteau, lleva años fondeado en los muelles de Concarneau, y mientras se decide qué es lo que hacer con él, la herrumbre y el salitre van lentamente deformando su casco. En la Odisea, Zeus logra convencer al resto de los dioses para que finalmente liberen a Ulises  del hechizo de Calipso, enviando incluso a su mismo hijo Hermes, como mensajero para anunciar a la ninfa el decreto. En este caso, el del legendario navío de Cousteau, mucho nos tememos que ningún dios interceda y libere sus amarras, y en pago a sus servicios a la ciencia y a la gran  aventura lo libre de tan ignominioso destino. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

viernes, 6 de marzo de 2015

PATRIMONIO Y NEGLIGENCIA

Acabo de leer las reflexiones que Lorenzo Silva publica en torno a la destrucción del museo y la biblioteca  de Mosul (Nínive y los Barbudos. El Mundo). No es algo nuevo. Mejor dicho es algo muy, pero que muy viejo, pues antes que nos escandalizáramos de los destrozos que unos hinchas holandeses infligieron al patrimonio de Roma tras la finalización de un partido de fútbol, o nos enterásemos del tesoro oculto fruto de la rapiña, escondido en Múnich por Cornelius Gurlit, ya la historia estaba anegada de destrucciones similares, premeditadas, fortuitas o negligentes –que para el caso es lo mismo-. Es decir ya disponíamos lamentablemente de una geografía del patrimonio destruido a nivel planetario donde algunos topónimos destacan aún  dolorosamente: Alejandría, Granada, Yucatán, Berlín, Dresde, Sarajevo, Bagdad… En el libro de  Robert M. Edsel  Monuments men, luego llevado al cine por George Clooney en la película del mismo nombre, se nos desvela como en los periodos de guerra –en este caso en la más cruenta de ellas- se libran guerras paralelas como la del patrimonio, donde pese a los esfuerzos las pérdidas son tan inmensas que las pequeñas victorias apenas sirven de bálsamo, como se pone de manifiesto en el espléndido libro de J.M. Merino y  M.J. Martínez, La destrucción del patrimonio artístico español (Cátedra, 2012). De entre todo lo que bajo el concepto Patrimonio Material podemos englobar, sigue siendo el más débil y desprotegido el bibliográfico y documental, sobre el que planea especialmente otra forma de destrucción, más soterrada y silenciosa, cual es la de la negligencia. Pese a las normativas protectoras y lo que eufemísticamente se denomina una mayor sensibilización general sobre el patrimonio, no dejo de toparme con colecciones de valor incalculable desmembradas a la muerte del propietario, personajes inapropiados en instituciones depositarias de colecciones centenarias, tacañería rayana en la irresponsabilidad a la hora de disponer medios para la protección de lo que tenemos obligación de conservar. Sigo topándome con documentos y libros destruidos por la humedad o arrasados por los parásitos, cuando hubiera sido posible y sencillo  evitarlo con muy pocos medios. Hay numerosas formas de destruir nuestro patrimonio bibliográfico y documental, pero la más peligrosa –por su inquietante y silenciosa apariencia- es la de la negligencia. F. Báez acaba de sacar un impactante libro sobre todo lo que comentamos  (Nueva historia Universal de la destrucción de libros. Océano, 2014). En él la protagonista, más que las razias brutales impulsadas por la política, la religión o las mil caras del fanatismo, es la negligencia, una negligencia que se viene disfrazando  y justificando de mil formas diferentes desde el comienzo de la historia. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO


EDICIONES

“¿Usted también escribe?” es el título de uno de los artículos de Jorge Ibargüengoitia incluido en el volumen “Revolución en el jardín”, que reseñamos en esta misma página. Y aunque recomiendo la lectura de todo el artículo y, por supuesto, de todo el libro por la fina ironía con que suele el escritor mexicano acompañar sus textos, para esta ocasión me interesa el dato con que inicia el artículo: “En Estados Unidos el número de personas que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al número de personas que han publicado una novela”. En los años en que Ibargüengoitia escribió este texto sin duda era una evidencia (de ahí su “por supuesto”) que el número de novelas escritas en los EE.UU. fuera infinitamente mayor que el de las publicadas. En la actualidad, esta diferencia con ser también evidente no solo en los EE.UU., sino en todas las partes del mundo, incluida España, se está acortando, está disminuyendo con inusitada rapidez. Y buena culpa de ello la tienen dos elementos que de alguna manera están provocando que la edición de un libro, sea del tipo o género que sea, no se convierta en una tortura para su autor que le conduzca incluso, en casos extremos, a la propia muerte, como a John Kennedy Toole. Por un lado, los portales que en Internet se ofrecen para alojar cualquier tipo de publicación, en los que el escritor puede ofrecer su libro ya sea bajo pago o de forma gratuita; en este sentido, quizá sea Amazon, la empresa más fiable en todos los aspectos. Por otro, si el autor quiere darse un pequeño capricho, o la propia familia hacerle un regalo al joven (o no tan joven) literato, por un módico precio muchas editoriales (modestas pero de calidad) ponen al alcance una edición de 100 ejemplares en papel con los que puede felicitar Navidades a familiares, amigos e incluso a enemigos. ¡Todo un regalo… envenenado! José López Romero. 


domingo, 1 de marzo de 2015

BIBLIOTERAPIA

“Novelas que curan”, “la biblioterapia literaria”, así se titulaba un reportaje que hace unas semanas leía en una de esas revistas dominicales, como si el psicólogo al que hace referencia el dicho reportaje hubiese inventado o hecho el descubrimiento del siglo. Es más, en el mismo texto se hacía alusión a como en el antiguo Egipto ya se consideraba la lectura como medicina para el alma. El método, según declaraciones del doctor Berthoud, consiste en pasarle al paciente previamente un cuestionario en el que este indique gustos y hábitos literarios y, ya metidos en faena psicológica, explique el momento vital por el que atraviesa; y tras una entrevista o sesión de unos 50 minutos, el paciente se lleva su tratamiento en el que se incluye la medicación y seis o siete libros para leer y posteriormente dar su opinión sobre ellos. Así, dice el propio Berthoud, los pacientes tienden a hablar con más distensión y naturalidad de sus problemas personales si toman como referencia los problemas de los personajes de las novelas recetadas. Porque descubrir las obsesiones o los defectos en los demás, aunque sean seres de ficción, y analizar y hasta criticar  su comportamiento, son formas que nos ayudan a superar nuestras propias carencias o debilidades. Nada nuevo bajo el sol, de ahí la alusión a los egipcios para los que ya la lectura, sin necesidad de indicaciones médicas, era por sí misma una fuente de salud. No hace falta demostración ninguna para afirmar categóricamente que las artes en general tienen propiedades terapéuticas, la música es un ejemplo palpable de ello, como la contemplación de una hermosa pintura o escultura produce en sanos y enfermos efectos medicinales; sin embargo, de la literatura estas cualidades no se habían puesto tan de manifiesto o no se les había dado la importancia que se les había concedido a las artes antes citadas. Y en cuanto se publique en español el libro “The Novel Cure”, que ya está al caer, y cuya autoría comparte Berthoud con su compañera de estudios de Literatura Inglesa en Cambridge Susan Ederkin, a nadie debería extrañar que las librerías cambiaran la distribución de libros en sus anaqueles en lugar de géneros, por enfermedades, y que a aquellas acudieran los pacientes con recetas médicas. O incluso que en las farmacias dedicaran algunas de sus estanterías a libros. O, echando más imaginación, las bibliotecas públicas se lleguen a convertir en hospitales.  Pero mucho me temo que en este país en el que tan poco nos gusta ir al médico, pero colapsamos las urgencias, terapias como la lectura de libros tienen los días contados. Ya me imagino a más de uno que ante un tratamiento de choque de cinco libros, con el fin de mitigar sobre todo su ignorancia y de paso algún complejo mal curado en su infancia,  le rogará al doctor “¿y no tendría usted aunque fueran unos supositorios?”. José López Romero.

NAUFRAGIOS

Tuve el privilegio de escuchar a Manuel Ravina –archivero, bibliófilo, reputado investigador de la cultura y magnífico orador- en la intervención que realizó hace unos días dentro del ciclo organizado por el Archivo Histórico de Jerez, sobre patrimonio documental. En la mencionada intervención –cargada de información relevante, pero a la vez con la amenidad que sólo un humanista como él puede lograr- el actual director del Archivo General de Indias nos descubría a los allí presentes, qué colecciones documentales depositadas en el mencionado archivo son relevantes para la historia de nuestra ciudad. Ravina, orador curtido en mil batallas, sabe captar la atención del público, y en esta intervención a la que me estoy refiriendo un elemento para ello era detenerse en la interesante figura del jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca. No reproduciré aquí lo que de relevante, y  fue mucho,  se nos desveló sobre el personaje, aunque sí resaltar la apasionada reivindicación que el conferenciante realizó de un libro, “Naufragios”, escrito por nuestro paisano. Ravina reivindicó con vehemencia, y muchos se lo agradecíamos en silencio, un libro tan admirado fuera de nuestras fronteras  - en Estado Unidos es normal encontrarlo entre las lecturas escolares recomendadas en los planes de estudios- como olvidado por estos lares. Es cierto que Cátedra lo incluye entre  sus colecciones y que Edhasa publicaba recientemente otra edición con el atractivo de estar presentada por José María Merino. Pero no es menos cierto que la gesta de Álvar, pese a la increíble odisea que protagonizó, es poco conocida en sus detalles por el lector de este país, grado de  desconocimiento igualmente aplicable a la ciudad de Jerez donde al menos, hace unos años,  se erigió una escultura en  su honor. Lo cierto es que a los 473  años de la publicación de “Naufragios” (1542) tuvo que venir Manuel Ravina –todo un lujo- a recordarnos la importancia de un libro que podría ser la mejor novela de aventuras escrita jamás, si no fuera por el nada baladí detalle de que todo lo relatado en él es real. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

domingo, 22 de febrero de 2015

APUNTES DE VIAJE

Entre 1880 y 1923 se publicaba “Madrid cómico: periódico festivo ilustrado”, que dirigió Isidro Sinesio Delgado García desde el 83 hasta el 97. Dramaturgo poco conocido, con una buena dosis de gusto artístico y un entusiasmo poco común al decir de sus propios enemigos, a él se debe la creación de la Sociedad de Autores Españoles en 1895, germen de la actual SGAE. Por el periódico referido, de marcado cariz satírico, desfilaron firmas tan significativas como las de Clarín, Pardo Bazán o Ramón Cilla, dibujante salmantino. Pese a que el paso del tiempo ha ido oscureciendo la figura de Sinesio, este palentino de nacimiento y médico de formación, colaboró en numerosas publicaciones periódicas: ABC,  Blanco y Negro o El Imparcial. Autor teatral, cuenta con más de cien obras en su haber, como “Lucifer”, o “La infanta de los bucles de oro”. Pero vamos a lo que nos interesa: cuando a finales de siglo deja el semanario, de la mano de Cilla comienza un recorrido de cuatro años por España con su afilada pluma y la cámara de Ramón. En el prólogo afirma su propósito: que las generaciones venideras conozcan “la generación presente con sus tipos, sus trajes, sus costumbres, sus viviendas, sus monumentos..., la intimidad de los hogares, la alegría y el dolor, las virtudes y los defectos”. Sin embargo la crónica de aquel viaje fue cayendo en el olvidó, como la de sus autores, y pasa por ser hoy una rareza codiciada por bibliófilos y amantes de la literatura viajera. Un botón demuestra: Bajando en la estación de El Puerto de Santa María, toma el vaporcito a Cádiz donde de seguro debieron empinar el codo pues “nos llevaron al paseo del Parque Genovés.... y nos atiborraron de cañas de manzanilla a las puertas de una tienda de montañés”. A los gaditanos los tilda de alegres, expansivos, galantes y hospitalarios, “si acaso no tan sinceros y constantes como los habitantes de las comarcas del norte”. Lo clavó. Y por fin llega a Jerez, donde lo que más atrae su atención son  las “gorilas” ( “muchachas de vida alegre que andan sueltas y no lo son oficialmente”), los guardias, con “americana negra, sombrero de hongo y sable de caballería”, y los serenos, con “kepis de visera recta, poncho y carabina con bayoneta calada”. Como para olvidarse de la llave a las dos de la mañana. Visitó los casinos y Cilla inmortalizó con su cámara la entonces Colegial, la Biblioteca Pública o la fachada del palacio Riquelme. El mencionado libro es pues, insistimos, un ejemplar raro, curioso y codiciado del que por suerte existe un ejemplar en el legado Soto Molina, que custodia la Biblioteca Municipal. NATALIO BENITEZ RAGEL

SILENCIO

A mi compañero de página le escuché hace ya tiempo la anécdota de aquel lord inglés que cuando el servicio le avisaba del pavoroso incendio que se había declarado en la casa, con la célebre flema británica le recriminaba al mayordomo que cuántas veces le tenía que decir que no quería ser molestado cuando leía. Una anécdota que por exagerada no deja de esconder su buena parte de razón: la lectura es una actividad que exige concentración y para ella, nada mejor que el silencio o la ausencia de cualquier accidente que perturbe la estrecha relación que debe mantener el lector con su libro. Confieso que las pocas veces que he intentado leer en otras condiciones que no sea rodeado de ese silencio cómplice, por ejemplo, delante de la televisión, no he llegado a enterarme ni de la primera línea, por lo que he desistido de hacer dos cosas a la vez, quizá sea debido esto a mi condición de hombre, como seguramente me diría mi mujer si esto estuviera leyendo, pero esta vez no se la voy a poner como a Felipe II. Mi sillón, mi mesa, solo la luz del flexo iluminando el tablero, la persiana echada y, ahora con el frío, sobre las piernas la mantita de lana que me ha hecho mi cuñada Encarna, y por supuesto un buen libro, son las condiciones perfectas para una buena y larga sesión de lectura que puedo acompañar con una humeante taza de café o de té. Pero está claro que no siempre disponemos de esos momentos extraordinarios, y de ahí que tengamos que aprovechar cualquier tiempo vacío o de espera para disfrutar de la lectura. Renuevo mi admiración por aquellos lectores que se concentran (como los que son capaces de dormirse) en cualquier situación o circunstancia, aunque ahora a los que veíamos en los transportes públicos lamentablemente han cambiado el libro por el móvil. Seguro que más de uno si se le quema la casa le hará un vídeo con el teléfono y se lo mandará por whatsapp a sus contactos. ¡Qué tiempos! José López Romero.