LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 22 de mayo de 2015

¿QUÉ FUE DE BRUCE?

A falta de unos pocos días de cumplirse el  75 aniversario del nacimiento de  Bruce Chatwin,  todo parece indicar que el recuerdo de aquel británico que revolucionara la literatura de viajes, ha ido diluyéndose en nuestro país. Jacinto Antón (Héroes, aventureros y cobardes. RBA, 2013 ) se hacía la misma pregunta en un sentido artículo –Llegan las cartas del nómada dorado- publicado en El País  coincidiendo con la edición del libro Bajo el sol  (Sexto piso. 2012) a la que él mismo respondía no sin cierta ironía No hemos sido tan afortunados como Werner Werzog que heredó su bagueteada mochila. Pero ironías aparte no deja de ser extraño el silencio por estos lares en torno al escritor tras su muerte, sobre todo cuando en vida sus libros atrajeron  tanto a lectores como rendidas críticas. Mario Muchnik, otro personaje irrepetible y que lo conocía bien, escribió hace años unas palabras que hoy se nos antojan algo proféticas: Raramente la ceguera de la crítica literaria españolas ha sido capaz de dejar a su público en tinieblas tan espesas. Raramente nos toca ser testigos  del hundimiento, de una obra mayor como la de Chatwin a causa de la insensibilidad de quienes podrían haber sido sus salvadores. Chatwin es autor de una breve pero deslumbrante obra de la que quizás   En la Patagonia sea la más recordada por el  público español ( poco después Paul Theroux,  uno de los últimos iconos de la literatura viajera actual,  publicaría junto a Chatwin Retorno a la Patagonia, lo que sólo se explica por el éxito del primer libro), pero es en sus dos últimas historias Los trazos de la canción y por fin Utz, donde se vislumbra el Chatwin que nos deparaba el futuro si unos extraños hongos chinos, utilizando  las propias palabras del escritor -posiblemente SIDA- no hubieran acabado con él en tierras remotas.  Toda su obra está motivada por una curiosidad que podríamos calificar de tipo científico. Una piel de brontosaurio  dio lugar a En la Patagonia, los orígenes del lenguaje a Los trazos de la canción, y así sucesivamente fueron surgiendo lo que alguien afortunadamente calificó de  novelas de viajes, fruto de  una curiosidad insaciable que le llevaría de su cómodo despacho en las oficinas de Sotheby´s en Londres a trazar rutas inverosímiles por el planeta. Siempre en continuo movimiento, coincidimos con  Alberto Cardín  cuando escribe que  nunca en un escritor se ha  identificado tanto su literatura con su forma de vivir.  Chatwin era un nómada sin posibilidades de redención, autor de una breve pero singular obra que revolucionó la literatura de viajes, por lo que no podemos dejar –como denunciara Mario Muchnik- que caigan sobre ella las tinieblas más espesas. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

MUÑECAS HINCHABLES

Acababa de terminar el artículo que dediqué hace unas semanas a aquella obra de arte “el vaso medio lleno”, en el que reflexionaba sobre el fraude en el arte moderno, cuando cae en mis manos El chico de la última fila de Juan Mayorga, una más que recomendable obra de este reconocido hombre de teatro. Y en ella, al hilo de las relaciones o redacciones entre profesor y “chico de la última fila”, Germán (el profe) mantiene ciertas discusiones con su mujer, Juana, quien gestiona una galería de arte moderno, cuyos dueños están a punto de cerrar por ser un negocio ruinoso. No es para menos. Germán le reprocha a Juana la exposición de muñecas hinchables, a lo que su mujer le recrimina que dicho de ese modo parecería que había convertido la galería en un sex-shop, cuando una muñeca “llevaba la cara de Stalin, otra la de Franco... Tenía un sentido”, para apostillar finalmente “Para quien quisiese vérselo.” Pero aquí no queda la cosa. Ahora Juana, para levantar el negocio y mantener su puesto de trabajo, está preparando una exposición de “objetos normales, pero manipulados para producir un extrañamiento”. Entre ellos, Germán cuenta un ventilador o un reloj pero con trece números, que Juana explica del siguiente modo: “el artista interviene en el espacio doméstico poniendo de manifiesto rasgos que, de tanto verlos, ya no percibimos…” Pero lo que ya deja patidifuso a Germán es “la pintura verbal”, “la voz del autor describiendo un cuadro”. El artista ha pintado previamente doce acuarelas, ha grabado en un cd sus descripciones y, una vez terminado dicho proceso, las ha destruido; y su propuesta final consiste en colgar de la pared unos auriculares o en un marco vacío, así los oyentes del cd se convierten en cocreadores de un cuadro que se describe con palabras pero nunca se verá. Germán no resiste más las moderneces de arte que pretende vender su mujer, y concluye: “si para salvar la galería tienes que exponerme en una vitrina, aceptaré el sacrificio. Pero no me pidas que me deje tomar el pelo”. Conclusión: Germán también ve el vaso medio vacío. José López Romero.


viernes, 1 de mayo de 2015

HISTORIAS DE UN DIOS MENGUANTE

Cuando leo algunos de esos artículos que mi compañero de página dedica al libro y la lectura en nuestra ciudad, impregnados de un pesimismo que raya en lo apocalíptico, aunque no le falta razón en muchas de sus afirmaciones (un buen ejemplo es el que se incluye en esta misma página y que titula “Hopper”, en honor al magnífico pintor norteamericano), me asalta la sensación de que somos pocos los lectores que aún quedamos sobre la faz de esta ciudad (o incluso sobre la Tierra), y que formamos como ese grupo de últimos supervivientes después de una guerra nuclear que tantas veces, con mejor o peor fortuna, ha recreado el cine de ciencia ficción; unos Denzer Washington en El libro de Eli, a los que se les ha encomendado llevar un libro que debemos proteger para salvar una civilización que está a punto de desaparecer. Así visto, la sesión del club de lectura, a la que Ramón alude también en su artículo, celebrada el sábado en la biblioteca municipal con la asistencia de Pepe Mateos, autor del libro que comentábamos, Historias de un dios menguante, ya pasados unos días se me aparece en la memoria como una pequeña y clandestina reunión de lectores que se atreven a rebelarse contra un mundo hostil al papel impreso y toman como maravilloso objeto de su rebeldía los conmovedores relatos de este autor jerezano. Y la verdad es que con un poquito de imaginación futurista, la sala en la segunda planta del edificio, cerrada al público, la entrada dispersa de los asistentes, el libro oculto entre carpetas y otros objetos… no hay que irse muy lejos hacia el futuro, sino más bien hacia el pasado para que en otras circunstancias nos hubiesen aplicado la ley contra el derecho de reunión. Y sin embargo, la sesión del sábado, la presencia de Pepe Mateos, los relatos que incluye en su libro fueron, hasta para los más recalcitrantes pesimistas, una verdadera fiesta de la literatura, una celebración, íntima sí y especialmente conmovedora, del libro en general, de Historias de un dios menguante en particular y de su autor, porque ni los lectores tienen todos los días la oportunidad de intercambiar con los escritores sus impresiones, ni los escritores conocer hasta dónde y cuánto han calado sus historias en el ánimo de sus lectores. Porque la literatura de Pepe Mateos es sobre todo conmoción, un zarandeo al lector más impasible, historias cercanas, de vidas que pudieron ser y de personajes que terminan por reconciliarse consigo mismos porque su autor ni a los más despreciables les niega su generosidad. Relatos llenos de poesía porque Mateos es ante todo y por vocación un poeta que mira y analiza los sentimientos de sus personajes con la mirada distinta que solo los poetas son capaces de tener. Una fiesta de la literatura cuyo broche final lo pusieron Mamen Ramírez, que leyó, y Sara Martín que puso música a unos haikus del propio Pepe. Ahora, después de escribir este artículo no tengo la sensación de haber sido un clandestino, sino un privilegiado, el privilegio de haber compartido con unos amigos y con unas amigas un momento maravilloso y espero que repetible. José López Romero.   

HOPPER

Pasaron los días de libros y rosas  y volvemos a la cotidianeidad,  a los paisajes diarios donde la lectura y el libro parecen haber desaparecido. Me comentaba un amigo que  el mes de abril dedicado al libro ha estado cargado de actos de muy distinto cariz e importancia, incluso más que otras veces. Realmente en esto no nos podemos quejar, decía. Algunos de estos secundados por numeroso público, y otros si bien con menor concurrencia no por ello menos entusiasta. Actos todos donde el libro, la lectura han sido el centro de atención, como en  la presentación del último libro de José Manuel Caballero Bonald, pero también el íntimo y emotivo encuentro que días atrás mantuvieron en la biblioteca Municipal algunos lectores con José Mateos para comentar su libro  Historias de un Dios menguante. Pero ese amigo también me señalaba que pese a lo que comentamos, la vida en la ciudad parecía ajena a todo ello y transcurría como siempre , sin que se visualizara la presencia del libro más allá de los actos programados entre las paredes de salones, librerías o bibliotecas. Pero es que aquí, en nuestra ciudad, como en tantas otras –le contestaba- la lectura ha ido perdiendo espacios cotidianos y por ello llama tanto la atención cuando observamos a un lector sumergido en la lectura bajo la sombra de un árbol, o tomando un humeante café en una cafetería. Hopper, el gran pintor americano al que algunos  han descrito como el retratista de la soledad,   también –si nos detenemos con calma en su obra-  podría pasar por el notario de una época donde la lectura y el libro estaban muy presentes en las imágenes cotidianas que proyectaba cualquier ciudad, no solo las genuinamente norteamericanas retratadas por él. Hoy, cuando contemplo a sus hombres y  mujeres –sobre todo mujeres- leyendo ajenas a todo en el asiento de un tren,  en la barra de un bar, en el vestíbulo de un teatro esperando el comienzo de la representación, aparte de la admiración por su autor, noto con preocupación como esas escenas me provocan una creciente nostalgia. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

domingo, 19 de abril de 2015

UN PLACER EXTRAÑO

El paso del tiempo va relegando inexorablemente en algunos casos, o haciendo desaparecer en otros,  profesiones, modas, aficiones que en algún momento formaron parte del paisaje cotidiano de la actividad humana. Dentro del apartado que más nos interesa y preocupa, el de la cultura, los libreros anticuarios y sus librerías de viejo  que antaño proliferaban  por cualquier población que se preciara, hoy luchan contra la desaparición, contra un mundo hostil que parece situarlos contra corriente, con sus subastas on line y su cruzada contra todo lo huela a papel, especialmente a papel viejo. Revisando esas inagotables fuentes de información como son las Guías urbanas comprobamos como en  Sevilla, Cádiz o Jerez desde los inicios del siglo XIX hasta bien entrado el XX, las librerías son un negocio floreciente. En algunas de ellas no solo puede adquirirse lo último editado, sino que también  consiguen para el bibliófilo o especialista en libros raros o antiguos ejemplares fruto de liquidaciones del patrimonio de familias venidas a menos o trueques. La especialización en este último apartado  hizo surgir la   librería de viejo, de la que la de Martínez Pisón en la calle Caballeros fue la última de la que se tiene noticias en nuestra ciudad. No es de extrañar pues, por lo hasta aquí comentado, que cada vez sean menos  los lectores  que  hayan pisado alguna vez una librería anticuaria. Son estas ya otro mundo, y por ello quizás no encontremos –como escribe García Maroto- nada más fascinante que unas buenas memorias de un librero anticuario. Hace ya algunos años tuve la ocasión de conocer al hijo de uno de los más fascinantes de nuestro país, Antonio Palau y Dulcet, hombre ya mayor venía a la biblioteca Municipal jerezana para presentar la reedición del legendario  y monumental Manual de su padre. Fueron horas de charla distendida trufada por él de multitud de anécdotas sobre libreros, lectores y bibliófilos. Y ya que estamos en ello, qué decir de hojear –y ojear- libros en una librería anticuaria. Que placer extraño, diría Battiato, siempre que el librero lo permita lo que ya no es tan corriente. Uno debe prepararse para cualquier sorpresa, como en un viaje a tierras ignotas, y si los más prosaicos querrían toparse con un tesoro –al librero Francisco Vindel le llovió una cantidad nada despreciable de billetes de mil pesetas, al caérsele una balda de libros encima-, otros se toparon con la más variada gama de cuerpos extraños utilizados la mayor parte de las veces como señaladores o  guías de lectura. Catálogo que, como nos advierte Francisco Mendoza en su La Pasión por los Libros, puede ser sorprendente: billetes de metro, entradas de toros, sellos de correos, vitolas…pero también  un huevo frito (muy seco y crujiente) o una hostia (imposible saber si consagrada). RAMÓN CLAVIIJO PROVENCIO


SILVER KANE

Apagadas ya las pocas luces que iluminaron el modesto homenaje que se le rindió al gran Francisco González Ledesma con motivo de su fallecimiento el pasado 2 de marzo, quiero recordar aquí el artículo que le dedicamos el 14 de noviembre del año pasado bajo el título “Deuda”. En él destacaba al González Ledesma escritor de novela negra y creador de la figura crepuscular del comisario Ricardo Méndez, como protagonista, ejemplar en su género, de novelas tan recomendables como “Expediente Barcelona”, “Una novela de barrio” o “Crónica sentimental en rojo”, con la que obtuvo el premio Planeta de 1984. Un premio que venía a engrosar la enorme nómina de galardones literarios que González Ledesma logró con sus narraciones. En aquel artículo también señalaba su novela breve “El adoquín azul” como una pequeña obra de arte, en la mejor tradición del género narrativo breve de nuestro país. Pero hoy quiero destacar otra faceta de Ledesma, la del escritor que perseguido por la censura franquista tuvo que ganarse la vida escribiendo novelas populares, sobre todo del oeste bajo el pseudónimo Silver Kane, como también escribió novelas de amor con el pseudónimo Rosa Alcázar. Mi padre era un buen aficionado a aquellas novelas del oeste que se compraban en los quioscos a muy bajo precio y que incluso se cambiaban por otras de segunda mano. Más de una leí yo también por aquellos grises años del tardofranquismo y más de una bolsa llevé a los quioscos para su reventa en aquel siempre efervescente mercado de la segunda mano, que tenía como uno de sus centros neurálgicos los alrededores de la plaza de abastos. Por aquellos años, de escasa presencia de la televisión en los hogares, la lectura era uno de los pocos entretenimientos que podían permitirse los españoles y Ledesma contribuyó con su calidad literaria a satisfacer esa afición actualmente por desgracia casi perdida. Hoy, fallecido Ledesma, es un buen día para reconocerle de nuevo la “deuda” que los españoles de varias generaciones hemos contraído con sus novelas, un excelente día para leerlas. José López Romero.


domingo, 12 de abril de 2015

LOS HUESOS

Leo a José María Ridao en su trabajo “Renacimiento como relato” (incluido en su libro “Apología de Erasmo. Ensayos sobre violencia, barbarie y civilización”, que se reseña abajo) explicar el uso o selección que la historiografía hace de los materiales o datos de acuerdo con la intención o los “sueños y anhelos” del poder establecido, y me viene a la mente en una de esas extrañas asociaciones de ideas todo el despliegue científico que se ha montado en el convento de las monjas trinitarias de Madrid. Nueve meses de trabajo, una treintena de expertos, la más sofisticada maquinaria para la detección de restos humanos, más los pertinentes análisis de ADN, etc., etc. para encontrar unos huesos desperdigados dentro de un féretro con las iniciales M.C. Demos crédito a la ciencia y admitamos (que es mucho admitir) que los huesos hallados son exactamente los de Don Miguel de Cervantes Saavedra, y digo que es mucho admitir porque si a mí me enseñan tres huesos como carbones no tengo más remedio que creer que son del muerto que dice un señor con bata blanca que son. ¿Y qué si son de Cervantes? ¿Va a resucitar don Miguel? ¿Va a tener mejor muerte? Ese rastreo, persecución obsesiva por los huesos de los muertos ilustres no se entiende si no es bajo la sospecha de que algún fin espurio hay detrás del hallazgo; si no, no se gastarían tanto dinero público en algo que en apariencia no tiene más interés que la peregrinación turística y la foto del japonés de turno. Detrás de la obsesión por encontrar los restos mortales de García Lorca, otro muerto ilustre perseguido, se esconde indudablemente la manipulación política. Los expertos nos dicen ahora que con los novedosos mecanismos de análisis podemos saber hasta si padecía de estreñimiento nuestro príncipe de las letras, como si eso fuera un dato fundamental para explicar su obra (lo mismo sí). Y mientras científicos, políticos y a los que les gustan más un entierro que una feria se afanan por encontrar más huesos, el nivel de lectura de nuestro país sigue bajando en las estadísticas internacionales; no hay más que ver, da vergüenza, los mensajes sobreimpresionados en las pantallas de nuestros televisores: plagados de faltas de ortografía. Ese es por desgracia nuestro nivel cultural. ¿Quién lee ahora a Cervantes? Cuando precisamente el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer su obra, no encontrar tres o cuatro huesos como tizones. Tengan por seguro que si el pobre de don Miguel volviera a esta España de hoy, borraría de su féretro las iniciales M.C., para no dejar huella, se metería de nuevo en la caja y mandaría cerrarla con siete llaves para que no lo pudiera encontrar una sociedad que nunca hemos hecho el suficiente mérito para merecer su obra. Este año se cumple el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de su “Quijote”, una buena oportunidad para encontrarse con don Miguel de Cervantes, en carne y hueso. José López Romero.  



INDIFERENCIA

El calendario nos adentra en el mes de abril, mes por excelencia del libro y donde surgen por doquier conversos a la lectura cuya fe dura lo que tarda el calendario en ir dejando atrás el día 23, fecha  donde Cervantes y su  novela universal El Quijote son objeto del anual homenaje. En nuestra ciudad también  estos detalles los encontramos casi sin matices, aunque en 2015 las celebraciones primaverales  en torno al libro vienen marcadas, en el caso de Andalucía, por dos detalles muy relacionados con nuestra ciudad. Por un lado, el reconocimiento a la jerezana Pilar Paz Pasamar como escritora del año por el CAL, lo que se materializará con la edición de una antología, y por otro la celebración del centenario del fallecimiento de otro paisano vinculado a las letras como Luis Coloma. Hasta ahora ni una cosa ni otra parecen haber tenido mucho eco en una ciudad donde el libro y la lectura  siguen desempeñando un papel secundario, y donde sólo la aparición por estos lares  de figuras popularmente reconocibles como María Dueñas, acaparan muy brevemente y sin alardes la atención mediática. A Pilar Paz, cuya obra injustamente no ha recibido el reconocimiento merecido, como indica el CAL, tendremos ocasión de dedicarle la atención y el espacio  que merece las próximas semanas, en cuanto a Coloma ya lo hicimos hace otras tantas. Pero en todo caso, la ciudad y sus gentes parecen ajenas a estas efemérides a las que sigue sin mucho entusiasmo pese a esos matices locales, como han vivido ajenas un año más a ese 2 de abril, donde recordando a Andersen  celebramos el Día del libro infantil y Juvenil, por cuya difusión tanto hace  desde estas mismas páginas el profesor García Oliva. Pero cuando la realidad diaria es la de las bibliotecas escolares o públicas languideciendo ante la falta de atención o de medios, las administraciones   de perfil priorizando otros asuntos y  los lectores  agrupándose casi en secreto  en clubes, como en un intento de autoprotección ante una sociedad  hipócrita ante la lectura, abril, el mes del libro va quedando como  una molesta efemérides que a duras penas sobrevive entre el potente, este sí, calendario festivo local. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO