LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 24 de noviembre de 2017

DEL GONCOURT A ANA FRANK

Hace unos días nos enterábamos con cierta sorpresa, debo confesar, que el premio Goncourt, el más prestigioso del país vecino, se le concedía a la novela “El orden del día” de Eric Vuillard. La sorpresa no era tanto por el autor del que conocemos algo de su obra, sino por la temática de la novela premiada que se detiene en la reconstrucción de los primeros días del régimen nazi,  su evolución imparable hasta el fatídico año de 1939 y el inicio de la II G.M. Por supuesto en este momento desconozco las excelencias de la novela, de la que ya prepara una edición en castellano la editorial Tusquets, pero  es una prueba más de que aún a inicios del siglo XXI seguimos mirando con intensidad hacia acontecimientos de los que nos separan más de setenta años, lo que no deja de ser inquietante. ¿Por qué?  Asistimos en la actualidad -aunque pensemos que vivimos en un mundo muy distinto al de los años 30, que son en los que  hurga la novela, y por tanto estamos a salvo de sus consecuencias - al auge de fenómenos como el autoritarismo, la xenofobia, los nacionalismos, las desigualdades etc., que  acercan la realidad que vivimos a aquel mundo que creíamos haber dejado atrás y superado.  Está claro que no lo hemos superado. Un botón de muestra, entre otros muchos, es la polémica por la mofa que hicieron de Ana Frank  algunos “hooligans” del equipo de fútbol la Lazio de Roma, a los que en una sentencia ejemplar se les obligó a visitar  posteriormente el campo de exterminio  de  Auschwitz. Pedía hace poco Guillermo Atares leer el Diario de Ana Frank, repartirlo entre los trenes de línea alemanes, en vez de la pretensión de  la “Sociedad de Ferrocarriles Alemanes” de poner su nombre a uno de ellos. En definitiva, quizás el que la literatura siga fijando su atención con tanta intensidad en aquellos años –como hace  la novela premiada con el Goncourt- con su poder de llegar al gran público, sea un buen instrumento para que no olvidemos aquella gran tragedia que se empezó a gestar en 1933, además de antídoto para evitar  parecidos errores futuros. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO




viernes, 10 de noviembre de 2017

JEREZ Y MIGUEL

Durante la pasada semana se han sucedido en nuestra ciudad una serie de actos vinculados a la literatura, de trascendencia más allá del ámbito puramente local: me refiero a la conmemoración del 75 aniversario de la  muerte de Miguel Hernández. Me voy a detener brevemente en ellos. Más de uno, ya en los prolegómenos de estas Jornadas dedicadas al poeta, se preguntaba por la vinculación de Miguel Hernández con nuestra ciudad para justificarlas, incluso recuerdo que en la rueda de prensa donde se presentaban las mismas, algún periodista preguntó por el particular. Siempre he creído que buscar  esa vertiente localista para programar o realizar algo es una premisa equivocada, y si alguien quería comprobarlo lo tenemos en este homenaje. No existe  vinculación alguna entre nuestra ciudad  y el poeta, es cierto. No la visitó que sepamos, ni dedicó a ella alguna de sus creaciones, pero también es cierto  que en Jerez como en tantos lugares Miguel Hernández arrancó con sus escritos y poemas  emociones en miles de personas. Escritos y poemas que siguen arrastrando a su lectura a otras tantas miles, también muchas de ellas en nuestra ciudad. No había que justificar nada más. Y lo acertado de la propuesta se puso de manifiesto en la respuesta del público y de las colaboraciones: La espléndida ponencia de María José Rucio Zamorano, Jefa del servicio de incunables, raros y manuscritos de la Biblioteca Nacional, que hizo un pormenorizado repaso de los originales que se conservan en  la Biblioteca Nacional del poeta. Fue otra manera de acercarse a la obra de Miguel que atrapó al público presente. Luego continuarían actos en el Ateneo –con proyecciones de audiovisuales sobre el poeta- o la Biblioteca Central –en una noche muy emotiva donde se leyeron poemas a cargo de asociaciones culturales como “A Viva Voz” o “Argónida”, alternándolas con la interpretación de piezas musicales a cargo de la Escuela Municipal de Música en el apropiado marco de su Sala de Investigadores, rodeados de libros, algunos también de Miguel Hernández. Seguiría el concierto de Paco Moyano, cantaor, acompañado por Fernando de la Morena, que congregó a un público entusiasta en la Sala Compañía con su propuesta titulada “Carta a Miguel Hernández”. Al final de una semana intensa, en un acto sencillo  en el exterior de la Biblioteca Municipal Central se descubría una placa en honor del poeta de Orihuela, entre los acordes musicales de la Joven Orquesta Álvarez Beigbeder, por lo que aparte de esa vinculación de los lectores de la que hablábamos antes, a partir de ahora permanecerá en la ciudad esta otra, material, visual, que lo hará estar más presente si cabe entre nosotros.  Pero lo relevante de estas Jornadas  no ha sido solamente la altura de algunas de sus propuestas, sino la implicación de tantos particulares y colectivos culturales  en un homenaje, ya no solo merecido sino especialmente  sentido. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO   

A LA INMENSA...

“Anda. Pásate esta tarde por aquí y nos tomamos un café. Tengo una buena noticia que darte”. La llamada de su editor le cogió por sorpresa, y más aún lo de la buena noticia, de la que no quiso avanzarle nada. Y con la misma expectación se presentó en el despacho, donde lo esperaba con el café humeante. “Tu libro –le dijo con una sonrisa de oreja a oreja- se está vendiendo muy bien, pero que muy bien. Te confieso que no nos lo esperábamos”. Él se removió en el sillón y se acercó a la mesa para coger la taza y saborear un sorbo de aquel brebaje que le sabía a gloria. Se quemó la boca, pero ¡cómo iba a quejarse ahora! El editor prosiguió: “la campaña publicitaria no ha estado mal; pero hemos tocado a algunos críticos y, oye, ha funcionado. Ya hemos cubierto gastos y todo lo que se venda ya son beneficios. Lo mismo sacamos una segunda edición”. Cuando se terminó el café a duras penas y se dieron el abrazo de despedida, de camino a casa iba rumiando un éxito un tanto inesperado, intentaba digerir el apabullante número de ejemplares vendidos y por vender y el dinero que podía ganar. Pero una sombra, la maldita sombra de la conciencia se le abalanzó de pronto. Él no quería ser un autor de éxito popular, no ahora, en su espléndida madurez como escritor, y recordaba aquella anécdota del divino Borges que ya a una edad provecta se asombraba de las enormes ventas de sus libros, cuando en 1932 había publicado un texto del que solo se habían vendido en todo el año treinta y siete ejemplares. Él quería ser así, un autor de culto, un escritor para pocos (“a la inmensa minoría siempre”), no uno más de entre las listas de los más vendidos, porque eso sería bastardear su literatura, menospreciar su arte. Ya tendría tiempo de ser leído por cualquiera, ahora solo necesitaba a esos pocos que podían saborear su estilo, como se deleita con un sorbo de un buen café. Cuando llegó a su casa, no pudo por menos que compartir con su mujer todas sus inquietudes, la desazón de convertirse en un escritor de best-sellers. ¿Y el dinero? Fue la pregunta que sonó como un golpe definitivo sobre una conciencia cada vez más débil. José López Romero.  



sábado, 4 de noviembre de 2017

A QUIEN CORRESPONDA

“-Father…” (ya veo venir a mi hija, y de inmediato alcanzo mis posiciones de defensa) “… como tú ya sabes, a mí esto del problema catalán lo veo un poco lejos…” (¡claro! Ahora está trabajando en Inglaterra), “… y me gustaría que con la brevedad que te caracteriza (ironía), me lo expliques sucintamente. Dicho de otro modo, como una de tus clases exprés (nunca he impartido clases exprés) y divulgativas, es decir, “en plan” faena de aliño” (sarcasmo). Consciente de la guasa de la niña, me impuse más que la brevedad, la concisión más precisa: “un grupo de trapaceros y rufianes han declarado el si es no es de una república inexistente”. “-Father, te has superado a ti mismo. Ahora entiendo menos que antes. Igual que tus alumnos.” (puñalada ¿trapera?). “Pues ya que insistes (ahora me tocaba a mí la ironía). Te lo voy a explicar con más detalle”. Y empezaré por una cita: “habla para que te conozca y sepa quién eres”, y en este sentido la declaración de independencia es todo un ejemplo para aplicar esta cita: un político hueco que expresa una idea vacía, y si ya nos podíamos suponer lo que era, sus palabras no han hecho más que confirmar y refrendar la opinión inicial, ahora ya lo conocemos y sabemos quién es. Es el mismo vacío, la misma oquedad que se advierte cuando utiliza términos como nación o patria, porque “la patria es algo que cada individuo construye desde la decencia y claridad de su propio ser. Por eso he dicho alguna vez que no deberíamos enorgullecernos por ser de algún sitio, ni siquiera por tener una determinada lengua –se puede ser perfectamente  imbécil en castellano, en inglés, en vasco, en catalán, en francés-. La lengua materna en la que por casualidad hemos nacido tiene que hacerse lengua matriz, convertirse en lengua propia hecha de libertad, de racionalidad y de sensibilidad”. Utilizar y aplicar la razón y la ley, yo creo que no otra cosa se les pide a los políticos, “el entrar en razón es, por supuesto, un amargo despertar cuando la sinrazón nos cerca”. O dicho de otro modo: solo pedimos de los que nos gobiernan el empeño de administrar lo público, lo que es de todos con entrega absoluta a la justicia y a la verdad”. Y, en cambio, bajo el nombre de una inexistencia lo que se ha conseguido por desgracia es “una guerra perpetua y no declarada de una ciudad contra todas las demás… de una aldea contra otra aldea… y una casa respecto de otra casa, y de un hombre respecto de otro hombre”. Un enfrentamiento que recuerda otros tiempos tan negros como estos, cuando todo nuestro empeño tendría que ir dirigido a luchar “por formar una ciudad feliz… no ya estableciendo desigualdades y otorgando la dicha en ella sola a unos cuantos, sino a la ciudad entera”. Nota importante: todas las citas entrecomilladas proceden del libro ‘Los libros y la libertad’ del gran Emilio Lledó (reseñado abajo), la mayoría pertenece a Platón y Aristóteles. Nihil novum sub sole. Y una última perla del mismo libro: “apoderarse de la educación, condicionarla y maltratarla, ha sido una de las pretensiones fundamentales de toda tiranía”. José López Romero.

ABANDONADOS

Llama mi atención una columna de libros que en perfecto equilibrio yace junto a contenedores de basura. En realidad lo que me llama la atención en sí no es el hecho de toparme con unos libros abandonados en la calle –algo lamentablemente más habitual de lo que pensamos- sino que entre el desorden que observo al pie de esos contendores, donde parecen apilarse más objetos fuera que dentro de ellos - bolsas con desperdicios, cartones o restos de muebles destrozados- estos libros parezcan fuera de lugar, tan ordenados entre el caos y la suciedad. Pese a que el contenedor azul de papel está a apenas medio metro de ellos, intuyo que su propietario  ha preferido darles una  oportunidad,  y quizás llevado por un remordimiento de última hora, haya dedicado unos instantes en levantar esa columna tan pulcra y ordenada, para atraer quizás a algún transeúnte. Me acerco. No son libros valiosos por su antigüedad o bellas encuadernaciones: apenas diez volúmenes en ediciones baratas de autores tan dispares  –alcanzo a leer en sus lomos- como Lindsey Davis, Mankell, Michael Crichton o Roa Bastos, entre otros. Su interés es el contenido y sin duda pueden dar momentos de variadas emociones al que los rescate. Esta escena me trae a la memoria, aquella otra que aconteció en nuestra ciudad años atrás, cuando un ciudadano ejemplar rescató a los pies de otro contenedor de basura un ejemplar de “Mystica Ciudad de Dios”, un impreso del siglo XVIII que depositó en la Biblioteca Municipal donde aún se conserva. Pero como digo, estos libros no son raros ni valiosos materialmente salvo por el tesoro que son sus historias, y pese a ello  nadie los profana, ni rompe el perfecto equilibrio de esa columna de papel, aún cuando son numerosos los transeúntes que pasan ante ellos. La escena sin duda tiene algo de reverencial, de respeto ante esos modestos libros, y por tanto hacia lo que representan. Tengo la tentación de recogerlos, pero un impulso me hace seguir  mi camino convencido –o quiero convencerme de ello- de que esos ejemplares siguen ahí, brillando entre el desorden y los objetos inservibles, porque el destino les reserva unos lectores desconocidos que  finalmente aparecerán. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

viernes, 27 de octubre de 2017

LITERATURA PERIODÍSTICA Y LA TROMBA DEL 79

“La Voz del Sur”, en su edición del 12 de septiembre de 1979, informaba: “es posible que en un futuro no muy lejano falte agua en nuestra provincia”. Y los dioses “lo leyeron”, porque al día siguiente, a pesar de una previsión meteorológica de tiempo soleado, “a las dos de la tarde, el cielo tembló”, como lo expresaba Juan P. Simó en el “Diario de Jerez” en una crónica de 2011 rememorando la tromba de agua de finales del verano, cuando en apenas seis horas cayeron ciento ochenta litros por metro cuadrado. En el Jerez de los años 70, las inundaciones se habían convertido en un clásico, y los escolares de aquellos tiempos hacíamos piragüismo cuando teníamos que cruzar las calles Arcos, para acceder al Buen Pastor, o Porvera para llegar a la Escuela de San José. Pero lo de aquel día de septiembre superó  todas las previsiones, y sesenta familias estuvieron dos meses viviendo en el Ayuntamiento, que volvía a ser democrático, porque sus hogares en las “casitas bajas” de La Asunción habían pasado a la Historia. El temporal se cebó también con varios inmuebles de la calle Larga, como el Banco de Bilbao, que perdió su archivo, o una famosa relojería hoy inexistente, en cuyo sótano el agua alcanzó los dos metros. En el casco urbano no hubo que lamentar desgracias personales, pero en el campo un hombre cayó fulminado por un rayo mientras realizaba labores agrícolas en una finca de la carretera de Cortes. En las semanas que siguieron, el  periódico siempre abría con titulares alusivos a la riada: “las viñas arrasadas…, petición de zona catastrófica…, 200 millones son los daños en los colegios...”, ilustrados con imágenes del desastre: vehículos apilados en pleno centro, inmuebles que habían perdido la techumbre, e incluso un coche empotrado contra la cárcel cuyo dueño aseguraba haberlo abandonado en el puente de la calle Arcos. En este contexto colocamos la instantánea captada por la cámara del dermatólogo jerezano García Filgueira, cedida dentro de la “Campaña para la Recuperación del Patrimonio Fotográfico” organizada por la Biblioteca Municipal. En la imagen, un “Cuatro Latas” se aventura, solo ante el peligro, en el cruce de Diego Fernández Herrera con la calle Mariñíguez, mientras al fondo dos ejemplares del inolvidable “Seiscientos” se refugian aparcados a buen recaudo. Fotografías inéditas como ésta, tomadas en aquellos tiempos donde casi nadie llevaba una cámara al cinto, son las que buscamos para la campaña referida. Gracias a ella, nos han llegado fotos de reuniones de concejales republicanos, de toreros de la época agasajados por los vecinos, de enfrentamientos deportivos entre los concejales de la recién estrenada democracia, de estampas de calles y plazas antes de ser remozadas, etc. Y ahora están aquí, en una Biblioteca Pública, donde, parafraseando a Parménides, “todo permanece”, pero en este caso al servicio de la investigación.  NATALIO BENITEZ RAGEL. 

HACE UN MILLÓN DE AÑOS

Acabo de cruzarme por la calle con dos bultos sospechosos, dos jóvenes (masculinos) que después de comer sendas bolsas de patatas fritas o producto parecido han tirado los envases al suelo, y después de beberse unas latas de otro producto propio de su edad, han eructado y las latas han seguido el mismo camino que los envases de patatas. A la vista de su atuendo y figura, la primera conclusión a la que llegué: desconocen el invento papelera. O más exacto: lo conocen, pero a la que se han encontrado en su camino, le habrán arreado una patada y la habrán tirado al suelo, o es posible que la hayan quemado. Y estuve en un tris de acercarme a ellos y preguntarles no por su actitud tan ciudadana, sino por los libros que han leído. Pero de nuevo me asaltó la conclusión: ninguno. Y más: y si han leído alguno, de muy poco les ha servido, o incluso es posible que lo hayan quemado. ¿Juventud? La misma historia y la misma pedagogía buenista de la que estamos hasta la punta del pelo (eufemismo) ¿Qué hacen esos especímenes más propios de hace un millón de años, en un aula metidos durante seis horas los cinco días de la semana escolar? Seguramente lo mismo que en la calle: molestar, eructar, tirar las cosas al suelo del aula, del patio de su colegio, porque no otra educación han tenido ni creo, por desgracia, que la vayan a mejorar. ¿Los profesores educadores? No, gracias. La educación se trae de casa, incorporada a la mochila, a esa mochila de respeto, de ganas de trabajar, de estudiar que antes nos inculcaban en casa nuestros padres. Preguntarles por los suyos a estos bultos hubiera sido una temeridad, porque ya sabemos cómo se las gastan estos seres primitivos cuando de los culpables de sus vidas se trata. Pero no hay que hacer mucho esfuerzo para imaginárselos. Basta volver a ver alguna película de la prehistoria para ver reflejado el ambiente familiar de estos seres que aún no han evolucionado a personas. ¿Libros? Predicar en el desierto. José López Romero. 


viernes, 13 de octubre de 2017

VUELTA A LA REALIDAD

Una vez pasado el estío con su efecto adormecedor, o como mi amigo Atanasio dice “la estación mágica que parece detener el tiempo” – nos volvemos a topar con la realidad cultural en torno al libro y observamos con preocupación que todo sigue igual o casi. Para evitar el desasosiego busco como cualquier lector que se precie, libros notables  a los que nos podamos subir para evadirnos en este retorno –  acabo de iniciar la lectura de 4,3,2,1  de Auster, y  otros como “Berta Isla” de Javier Marías, o La “Mirada de los peces” de Víctor del Árbol  esperan turno-.  Pero volviendo a la realidad, lo  cierto es que brillan por su ausencia las iniciativas culturales en torno al mundo del libro que atraigan nuestra atención, pero sobre todo que nos ilusionen. Y me refiero a las planteadas como proyectos estables y de futuro. Por otro lado los libros siguen siendo muy caros. La lectura siempre ha sido un placer caro, que como todos los placeres tiene un costo material para disfrutarlo. Lo curioso es que pese a todas las herramientas que las nuevas tecnologías ponen a nuestro alcance, como es el caso de los libros digitales, lo siga siendo, incluso estos últimos lo son, propiciando que la puerta del pirateo sigue entornada como una tentación para los que por distintas razones no pueden o no quieren pagar  el “vicio”. Todo esto va sucediendo ante la desesperación de los intermediarios naturales, las librerías, que resisten como pueden en un paisaje tremendamente hostil, y donde los autores  pierden el control de sus creaciones apenas las entregan a los editores. La solución no parece fácil.  Sí, es cierto, la industria editorial española sigue siendo muy potente, pero tras las bambalinas se puede  atisbar un coloso con los pies de barro, además de la paradoja de una oferta editorial no acorde con los modestos índices de lectura del país. ¿Y las bibliotecas públicas? Pues si a finales de los años 80 del pasado siglo resurgieron, creándose nuevos equipamientos, adaptándose a las nuevas herramientas que proporcionaba la sociedad de la información y  ofreciendo un nivel de servicios y fondos bibliográficos nunca vistos, hoy siguen sufriendo los efectos de la crisis, que en  el ámbito bibliotecario ha sido devastador: reducción de servicios, recortes de medios materiales y humanos cuando no cierre de muchos centros. Les decía que volvemos a la cruda realidad, que en el caso del mundo del libro en nuestro país, son políticas cortoplacistas que miran más al espectáculo que a las auténticas necesidades. Llamar más la atención que solucionar los problemas de la sociedad, paradójicamente cada vez más necesitada de información. El paisaje vuelve a ser el mismo tras el estío, y solo nos queda la esperanza un año más de que algunos libros notables me evadan de esta realidad tan prosaica y miope. (Ilustración de Edward Hopper, 1952). RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO