LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 20 de enero de 2018

¿POR QUÉ SE MATA UN LECTOR?

No hace muchos días leí un interesante artículo sobre el escritor norteamericano David Foster Wallace –la gran promesa de la literatura norteamericana a comienzos de este siglo- y que se quitaba la vida en el año 2008. Ello me llevó inesperadamente a un libro que tenía en casa, y que se detiene en este oscuro capítulo de la historia de la literatura: “Los escritores suicidas” (José Antonio Pérez Rojo.  Uno Edt. 2015). En él se escarba en esa  crónica de sucesos, en la que los protagonistas son escritores que por uno  u otro motivo decidieron poner fin a su vida, dejándonos en algunos casos un halo de misterio tras su desaparición terrenal -Larra, Mishima, Zweig, Plath, Kennedy Toole, Virginia Woolf, Cesare Pavese, etc.-. El autor, psiquiatra de profesión, deja caer algunas preguntas una vez llegamos al final de su obra: ¿tienen aquellos que se dedican al noble arte de escribir  una proporción mayor que el resto de los mortales a inclinarse por el suicidio? ¿Ser escritor es una profesión de riesgo? Bueno, es conocida la frase anónima de que “el único riesgo del poeta es el suicidio”, como recordaba Héctor Abad en su artículo ¿Por qué se mata un escritor? (El País). Aunque ni uno ni otro pueden llegar a ser concluyentes en su explicación final,  Pérez Rojo si sentencia  con convicción que “los hombres crean porque se saben incompletos, inventan para llenar esa carencia. Los más radicales, los que se atreven a meter el pie en la hoguera y removerlo, tienen un riesgo mayor", y finaliza “el viaje de la creatividad es azaroso. Se necesita una estructura interior fuerte para que el viaje pueda ser de ida y vuelta, no solo de ida”. Al hilo de esta lectura no he podido evitar “darle la vuelta a la tortilla”, y preguntarme sobre los lectores. Sí, preguntarme si tras el suicidio de muchos personajes célebres llegados a la cúspide en los más variados campos profesionales,   personajes de los que era también muy conocida su pasión por la lectura,  si no estaría tras su decisión de abandonarnos el no haber podido soportar la lectura de un mal libro? Ramón Clavijo Provencio



viernes, 12 de enero de 2018

LOS "ALELUYAS", GERMEN DE LAS VIÑETAS GRÁFICAS

“Con su guitarra en la mano da placer el jerezano”. Esto es lo que reza bajo una de las viñetas del pliego titulado “Habitantes de las provincias de España”.  Son los “aleluyas”, unas estampas, normalmente cuarenta y ocho, contenidas en láminas de llamativos colores y descritas al pie con pareados en octosílabos. La que ilustra este artículo da un repaso a la mayoría de territorios hispanos, tanto peninsulares como de Ultramar: “De La Mancha el buen vino, pero el manchego ladino ; De la honradez es la vid al que es de Valladolid”. En ocasiones los ripios aciertan de pleno: “El natural de Sevilla con suma arrogancia brilla”, “El asturiano infanzón no es de gran disposición” o “El navarro en robustez a nadie cede la vez”. En otras, sin embargo, no sabemos si el dibujante juega con la ironía o estaba desinformado: “En su trato el granadino, es honrado franco y fino”. Hoy circulan otros tópicos sobre los naturales de Granada, que omitimos por razones obvias. Una casa editorial que publicó muchas “aleluyas” fue la de Hernando en Madrid, cuyo taller estuvo abierto desde el último cuarto del siglo XIX, llegando hasta 1921, ya en manos de sus hijos. También salieron estos materiales de las prensas madriñeñas de J. Marés o de Boronat y Satorre. Es un formato de publicación, y un género, si podemos llamarlo así, que tuvo su auge en el siglo XIX. Puede que los antecedentes se encuentren en los llamados “pliegos de cordel”, unos cuadernillos impresos sin encuadernar que los ciegos llevaban de ciudad en ciudad desde el siglo XVI, y que exhibían para su venta en tendederos  de cuerda. Lo que está fuera de toda duda es que estas piezas fueron el germen de nuestras actuales historietas gráficas, dedicándose en sus comienzos no solo a entretener sino también a educar al público lector que, dicho sea de paso, en el XIX no constituía un grupo muy nutrido. Los temas que tocaba eran muy variados: la religión, la historia, las costumbres, la tauromaquia, la literatura, el humor e incluso el ejercicio físico. En el Legado Soto Molina de la Biblioteca Municipal contamos con una veintena de ejemplares, que abarcan prácticamente toda la temática que acabo de mencionar: “Escenas matritenses”, un cuadro costumbrista sobre el Madrid de la época: “En las noches de verbena, al Prado baja la gente, a respirar puro ambiente y a bailar sobre la arena”. Sobre historia trata el llamado “Los Reyes y el ejército de España”, o uno sin título sobre la vida de Napoleón, quizás el más antiguo que conservamos. Son mayoría los de temática cómico-burlesca, tocando asuntos vedados para el humorista actual: “Vida del enano don Crispín”, “Desdichas de un hombre flaco” o “Vida de una criada de servir”, donde la susodicha no sale muy bien parada. Dramas literarios, como “La historia de Fausto” o la llamada “Historia de Atalo”, completan una colección de “aleluyas” que son algunas de las valiosas piezas custodiadas en el Fondo de Materiales Gráficos Patrimoniales. NATALIO BENITEZ RAGEL.  

BIENESTAR

“Sé que cientos de millones de nuestros congéneres prefieren el fútbol a la música de cámara y que se quedarán absortos ante un culebrón o una película porno antes que coger un libro, y menos un libro serio. Amén a todo eso, dice el capitalismo. Que elijan libremente. Que se cocinen en su bienestar”, dice un personaje de la novela ‘Pruebas’ de George Steiner. La verdad es que algunas de las opciones o alternativas al libro o a la música de cámara expuestas tienen su punto. Como aficionado al fútbol y, por tanto, espectador impenitente hasta el cansancio y el aburrimiento (mi mujer dixit) de varios partidos a la semana (“hasta de la liga de Guinea Conakry”, mi mujer dixit), no puedo engañar a nadie: para mí la música de cámara, de vez en cuando y en pequeñas dosis. Sin embargo, nunca he seguido un culebrón en la tele, aunque algún amigo tengo por ahí que no paraba de recomendarme aquel “Caballo viejo” o don Epifanio del Cristo Martínez, por nombre del protagonista, que tanto éxito tuvo por los años finales de los ochenta y que incluso llegó a estudiarse en la universidad. Ahora, en estos tiempos tan azarosos, la libertad de elección que tenemos todos entre las alternativas a la música de cámara o a ese libro serio de lo que se lamentaba el personaje de Steiner ya no es el fútbol o un culebrón; la queja que entonamos los que nos lamentamos del bajo nivel cultural general de este país, y en concreto de la escasez de lectores, va dirigida a las nuevas tecnologías: los móviles, las plays, incluso Internet como instrumento de distracción. No se lee, la gente, sobre todo nuestra juventud, cada vez es más inculta (analfabetos funcionales) porque el mundo de hoy les ofrece muchas más posibilidades de entretenimiento que la música de cámara o la telenovela. ¿Y hay remedio a esto? ¿se puede revertir la situación? ¿qué hacer para formar a una sociedad lectora cuando, como dice Steiner, cada uno se cocina su propio bienestar, es decir, su modelo de vida? Una propuesta: ¿y si los actores de las pelis porno salieran leyendo? Mejor no. Nadie se fijaría ni en el título del libro. José López Romero.  


lunes, 18 de diciembre de 2017

EL ARMA DEL LIBRO

Finalizada la guerra civil el mundo del  libro vivió una verdadera ofensiva de las nuevas autoridades para controlarlo. Es muy significativa  la frase que escribe el presidente del Instituto Nacional del Libro (INLE), Julián Pemartín, en el primer número de la revista Bibliografía Hispánica (Mayo- Junio 1942): “Tenemos que esgrimir el arma del libro en todas direcciones y contra toda clase de enemigos…” Y esa política se intentó llevar a rajatabla sobre todo en el primer periodo de la posguerra, y donde la censura es el primer elemento, incluso para algún investigador casi la única política del libro llevada por el régimen en esos primeros años. Lo cierto es que el control que las autoridades ejercieron férreamente sobre la radio, la prensa, el teatro o el cine jamás dio los mismos resultados con el mundo del libro. ¿Por qué? Gabriel Andrés en su documentada visión de este asunto, quizás esté acertando cuando escribe:  “En el entorno del libro, el Régimen encontró mayores dificultades de las esperadas para imponerse y para disciplinar con sus consignas la voluntad de una multitud de sujetos, protagonistas del mundo editorial no siempre fáciles de gobernar: autores, editores, impresores, libreros, bibliotecarios, traductores, ilustradores y, finalmente, los lectores que parecían mostrarse pertinaz y calladamente insumisos ante las prácticas totalitarias anunciadas en el ámbito de la lectura”. Esa política restrictiva sobre el libro iría suavizándose, aunque no antes de la década de los cincuenta, donde aparecen novedosos medios para acercar el libro a los ciudadanos como los primeros bibliobuses (ver ilustración). En alguna ocasión hemos escrito sobre lo que sucedía en Jerez en torno a este asunto, y la verdad es que no fue esta ciudad  una “rara avis” dentro del panorama general. Aquí se vivieron razias sobre  librerías y  bibliotecas de todo tipo, consecuencia de la aplicación de las directrices que sobre el libro regía para todo el territorio peninsular. La aplicación de esa normativa en muchos casos culminaba en la destrucción, pero no fueron pocas también las ocasiones en que la picaresca hizo acto de presencia cuando algunos reputados hombres de letras colaboradores del Régimen, aprovecharon sus posiciones para desviar a fines particulares muchas de las piezas incautadas -las más valiosas- para enriquecer sus propias bibliotecas y salvando así, y no por fines altruistas, un patrimonio que en muchos casos hubiera desaparecido. El caso más llamativo es la gran biblioteca de José Soto Molina, cuyos fondos  se han podido estudiar en profundidad por una finta del destino, ya que a la muerte del bibliófilo, que no dejó herederos, pasaron a la Biblioteca Municipal de Jerez. Pero hay muchos más casos no tan fáciles de rastrear. También sigue aún no estando claro el papel de la mencionada Biblioteca Municipal en aquellos años, lugar donde se depositaban provisionalmente muchos de los libros que incautaban las autoridades. Casos que solo una paciente búsqueda de nuevos datos logrará desvelar. Ramón Clavijo Provencio

INFLUENCER

“¿Estás leyendo algo? No”, con ese lacónico “No” despachaba la pregunta una tal Dulceida, para el siglo Aida Domenech, barcelonesa, veintiséis años, y de profesión ‘influencer’ o, como ella prefiere, 'fashion blogger'. Para introducir la entrevista la periodista nos adelanta unos datos que a aquellos más que iniciados, enviciados en ese mundo de las redes sociales  pueden parecerles estratosféricos: “una marca que vale dos millones de seguidores en Instagram y atrae colaboraciones de firmas de lujo”. Apabullante. Y ya tenía yo ganas de habérmelas con una de estas ‘influencers’, sobre todo para saber de sus gustos, sus estudios, a qué se dedican, sus lecturas… Y aquella entrevista me vino que ni pintiparada para satisfacer mi curiosidad que, después de leída, se trocó en decepción. La entrevista, tanto las preguntas como las respuestas, no era más que un cúmulo de frivolidades que iba perfilando una vida superficial, expuesta a la contemplación en las redes de esos dos millones de seguidores tan vacíos como la protagonista, la tal Dulceida. Que si su línea de ropa, que si los enormes armarios de su casa, que si su móvil, sus viajes, la música que prefiere, cuándo se pone los cascos… Pero mi curiosidad fue aún más lejos, no quería quedarme solo con la imagen hueca de la entrevista, y me metí en su página: cientos de fotos de todos los colores, y en todos los espacios y tiempos, pero nunca leyendo, en ninguna aparecía un libro. Una pregunta como ¿qué estás leyendo ahora? presupone el hábito lector del interrogado, quizá por eso la entrevistadora la formulase en estos términos “¿Estás leyendo algo?” lo que ya es altamente significativo, ¿qué puede haber dentro de ese “algo”? nada, como la respuesta de Dulceida, a la que siguen dos millones de replicantes, un rotundo “No”. Pues bien, estos son los modelos, las influencias que los jóvenes reciben de las redes sociales. Por eso, a la pregunta ¿qué quieres ser de mayor? La mayoría responde “famoso”, es decir, “algo” o nada. José López Romero.

viernes, 1 de diciembre de 2017

EL QUIJOTE DEL CENTENARIO

Mariano Fortuny se encontraba afincado en Roma cuando se enteró de la llegada de un joven pintor español que no había ido a verle. Se dirigió a su estudio a las afueras de la capital,  y examinó con suma atención los cuadros y bocetos del taller, reparando especialmente en uno de ellos llamado “El rey, que Dios guarde”. Le preguntó al autor el destino de ese cuadro, a lo que el incipiente artista respondió: “Para nadie, llevo seis meses en la ciudad y no he vendido nada”. Fortuny se lo compró, y a partir de ese momento la cotización de aquel pintor subió como la espuma. Se trataba de José Jiménez Aranda, que ilustra este artículo, nacido en Sevilla en 1837. Discípulo de cultivadores del romanticismo como Cabral Bejarano o Eduardo Cano, fue incansable viajero que fijó residencia en lugares como Madrid, París o Valencia, pero jamás estuvo pensionado por persona o institución alguna, viviendo hasta el fin de sus días del producto de su trabajo. Nadie lo subvencionó. Qué diferencia con el momento actual, en el que subsidiados, pensionistas y prejubilados que no llegan a los sesenta van a ocasionar que cuando la generación del “baby boom” lleguemos a nuestra edad “jubilosa” estemos haciendo cola en la beneficencia con una mano delante y otra detrás. Aranda se instaló brevemente en Jerez, pero su estancia fue muy fructífera, ya que además de trabajar en la restauración de las vidrieras de San Miguel (Caballero Ragel, 2007), sacó tiempo para echarse novia, siendo la afortunada Dolores Velázquez, que a la postre se convertiría en su esposa. Pero el motivo de traer al pintor sevillano a esta sección es la colección de más de setecientas litografías que ilustraron el “Qujote del Centenario”, publicado en Madrid a partir de 1905, dos años después de su muerte, y continuando hasta completar la obra en 1908. Prologado por el escritor y arqueólogo José Ramón Mélida y Alinari, se convirtió en el primer coleccionable del clásico de Cervantes, saliendo en entregas sucesivas hasta completar doscientos cuadernos con cuatro láminas cada uno. Aunque también se publicó el texto, lo principal son los dibujos, que se suceden en una secuencia tan fiel al texto que parece que estemos leyendo El Quijote visionando las láminas, pues tal era su intención, contar la historia del Ingenioso Hidalgo a base de ilustraciones. Es una obra rara, que solo encontramos catalogada en unas cuantas bibliotecas públicas además de en la Nacional, entre ellas las de Melilla, Bilbao, la “Celestino Mutis” en Cádiz o la de Palma del Rio en Córdoba. En Jerez no tenemos todos los cuadernos, aunque contamos con unas quinientas láminas. No hemos podido fijar con qué legado vino a parar la obra a nuestra Biblioteca, aunque sabemos que alguien llamado Ignacio de la Hera estuvo comprando los cuadernillos en Sevilla en el año de su edición, al precio de cinco pesetas cada uno, según rezan los recibos que nos han llegado. Hoy completan la colección de Quijotes que custodiamos en nuestra ciudad, a la vez que enriquece el fondo de materiales gráficos patrimoniales. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.  

FIRMAS

Empezó en una presentación de un libro cuyo autor apenas conocía; una amiga le había insistido tanto que no encontró excusa para no acompañarla aquella tarde de un abril lleno de actividades en torno al libro. “Cuando termine el acto, nos compramos el libro para que nos lo dedique el autor”, le había dicho su amiga con la ilusión dibujada en su cara. Y fue aquella dedicatoria y la firma como un pistoletazo de salida de lo que con el tiempo se fue convirtiendo primero en una afición, para terminar en una obsesión por el autógrafo. Había escuchado que incluso grandes intelectuales habían sucumbido a lo que algunos llamaban mitomanía, hasta el punto de acudir a subastas internacionales con tal de hacerse con fragmentos del manuscrito del ‘Fausto’ de Goethe o una página de un cuaderno de trabajo de Leonardo, preciados tesoros que se contaban entre la colección que había logrado reunir un tal Stefan Zweig. Pero ella no llegaba a tanto, se conformaba con la dedicatoria y la firma de los escritores, y para ello no escatimaba ni el esfuerzo ni la tenacidad. No se perdía ni una presentación de libro, a la que acudía ya no con la ilusión dibujada en su cara, que le notó a su amiga aquella primera vez, sino con la obsesión por hacerse con un ejemplar dedicado y firmado de puño y letra. Y todos los años preparaba al detalle su viaje a la feria del libro de Madrid. Apuntaba en una libreta su recorrido por las diversas casetas para que ningún escritor o escritora se le pasara, aunque tuviera que esperar horas en una cola. Y así fue formando toda una colección de libros dedicados y firmados que enseñaba a sus amigos y visitas con el orgullo y la satisfacción de los que se saben privilegiados, únicos, distintos por el prestigio de su afición. Y contaba las anécdotas más sustanciosas para lograr el ansiado botín. Y en la soledad de su casa, cuando se sabía libre de la mirada de sus suyos, pasaba sus dedos por los libros, sacaba alguno de sus estanterías, lo abría por la página de la dedicatoria y lo volvía a colocar en su sitio. Leerlo habría sido una profanación. José López Romero.


viernes, 24 de noviembre de 2017

OBSESIÓN

Fue por casualidad, como tantas otras veces en que había seguido la pista de un libro hasta lograr poseerlo. Quizá fuera en una conversación en un congreso de bibliófilos, círculos que frecuentaba por esa obsesión ya tan suya de hacerse con una pieza codiciada, que se enteró de la existencia de un magnífico ejemplar de los ‘Adagia’ de Erasmo, en aquella edición que en 1508 saliera de los talleres de Aldo Manuzio, al cuidado del propio autor. Conocía la historia de aquella edición: el gran humanista había renunciado a su proyectado viaje a Roma con tal de trabajar en la imprenta de Manuzio, de quien admiraba sus tipos y el tamaño de su letra. Erasmo quería un libro manejable y de bajo coste, y solo en los talleres del veneciano podía conseguirlo, como sabía que de su relación con Aldo podía salir buena parte de su obra, siempre bajo su cuidado y atención. Aquel ejemplar de los ‘Adagia’ era una pieza a la que no iba a renunciar y, conocido el poseedor, de inmediato pasó a la estrategia. Y como si de un asesino por encargo se tratase, lo primero fue informarse y seguir a la víctima: su vivienda, sus costumbres, sus amistades, sus gustos, hasta que a través de amigos comunes, lograra introducirse en la casa, y ya allí localizar el preciado tesoro. Por los datos que había recabado, el trabajo no parecía muy complicado, su víctima era un hombre de negocios, que solía invertir parte de su dinero en obras de arte, sobre todo pintura, y seguramente convencido por algún amigo se habría hecho con aquel ejemplar aldino. Su incursión en este mundo del libro antiguo se reducía prácticamente a este texto de Erasmo. Lo que significaba que no era uno de esos bibliófilos profesionales obsesionados por la posesión de libros valiosos. Y dio su último paso: se hizo invitar a una de esas fiestas que aquel hombre celebraba con cierta asiduidad, y una vez en la casa, paseando por sus inmensos salones, descubrió dentro de un mueble, y reposando sobre un atril el maravilloso volumen en 8º. Observó si tenía alguna medida de seguridad que no fuera exclusivamente la cerradura de la vitrina y no vio ningún cable que se conectara a una alarma. “El trabajo va a ser más sencillo de lo que me esperaba”, pensó. En el descuido del anfitrión que se multiplicaba por atender a sus invitados, cerró la puerta del salón y con una simple ganzúa pudo abrir la puerta de cristal que lo separaba de su preciada presa. Cuando tuvo el libro en sus manos, no se resistió a abrirlo, pasar sus dedos por las páginas y acercar su nariz para oler el fuerte aroma a humanismo que desprendía. Pasado aquel momento de éxtasis, se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, salió del salón y se incorporó a la masa de invitados que en amenas conversaciones se repartían por toda la casa. Cuando, transcurrido el tiempo oportuno, fue a despedirse de su incauta víctima, esta, al saber de su afición por los libros antiguos, le comentó con cierta complicidad: “Nunca perdonaría al que roba obras de arte o libros por negocio, pero puedo perdonar al que lo hace por el deseo de poseerlo, porque usted y yo sabemos que la posesión y la contemplación de lo deseado no tiene precio, solo es pecado. Dentro de dos semanas doy otra fiesta; espero que venga.” José López Romero.