LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 23 de febrero de 2018

NOTICIAS RELEVANTES


No ha estado huérfana la actualidad informativa de noticias culturales de cierta trascendencia. Junto a ellas, era inevitable, han llegado a la superficie otras más propia de un sainete, pero que sin embargo han protagonizado las conversaciones fugaces en las barras de los bares, ante ese café mañanero, como la de las “portavozas”, grito que rechina aún en nuestros oídos,  lanzado en una comparecencia en el Congreso por la diputada Irene Montero. Afortunadamente no son estos los hechos relevantes en la actualidad cultural de este país, aunque su monopolio de portadas en los medios de comunicación así nos lo hiciera parecer. Cuando hablo de noticias relevantes me refiero a algunas como la que nos da cuenta de que el historiador Santos Juliá ha sido galardonado con el premio Francisco Umbral. El motivo, la publicación de “Transición. Historia de una política española (1937/2017)”. Premio que aunque solo reconoce la aportación que se hace a nuestra historia colectiva en un excepcional texto –que algunos vaticinan pudiera ser considerado para el galardón de Premio al libro del año- , todo apunta a que es  también un reconocimiento a toda una obra. Pero la noticia que más me ha interesado estos días es la llegada –por fin- de   los archivos privados del gran escritor español Arturo Barea a la Biblioteca Bodleian de Oxford.  Esta importante donación ha estado potenciada con la realización de una importante serie de actos de homenaje a este escritor muerto en el exilio, y al que se deben libros como “La forja de un rebelde” o “La raíz rota”, la mayoría de ellos auspiciados por el Instituto Cervantes y localizados en Londres y Oxford, lugares representativos en su exilio británico. Pero lo que no podemos olvidar es la muy interesante exposición “Arturo Barea, la ventana inglesa”,  inaugurada el pasado diciembre en la sede madrileña del mencionado Instituto y a la que aún quedan algunas semanas para la clausura. Una propuesta esta indispensable para todo aquel que se quiera aproximar no solo a la figura de este escritor, sino a lo que significó el exilio para la historia de la cultura reciente de nuestro país. Ramón Clavijo Provencio

sábado, 10 de febrero de 2018

MÁS SOBRE JOYAS CARTOGRÁFICAS

Un mapa antiguo, tal como escribíamos en mayo del pasado año, puede ofrecernos valiosa información no solo geográfica sino también histórica, política o administrativa. Cambios de régimen político, alteración de los límites administrativos territoriales, desarrollo de campañas bélicas, progresos de las infraestructuras viarias, ubicación de lugares o monumentos desaparecidos, etc., son aspectos fácilmente legibles en cualquier mapa realizado con un mínimo rigor científico. En aquella ocasión, nuestro artículo abordaba algunos de los ejemplares más interesantes que conserva la Biblioteca Municipal Central de nuestra ciudad. Pero contamos con otra valiosa colección de estos materiales en la Municipal del Coloma, donde custodiamos el fondo antiguo del Instituto más antiguo de nuestra provincia, y seguramente de Andalucía. Concretamente son catorce las piezas de esta naturaleza, cuatro del siglo XVIII y el resto del XIX. Si existe algún colectivo profesional que se haya beneficiado especialmente de la aparición de Internet, éste es sin duda el de los bibliotecarios. Hemos llevado a cabo una exhaustiva búsqueda por las principales bases de datos bibliográficas que existen, tanto nacionales como extranjeras: la red de bibliotecas públicas del Estado, el catálogo colectivo del patrimonio bibliográfico español, la red de bibliotecas universitarias,la Biblioteca Nacional de España, la Library of Congress, la British Library, la Nacional de Francia o metabuscadores como “el buscón”, entre otros recursos. Gracias a esta labor de rastreo podemos afirmar con rotundidad que cinco de los ejemplares que conservamos pueden catalogarse como una rareza, por ejemplo la “Geographie moderne” del francés Jean Baptiste Clouet, publicado en París en 1793, un detalle del cual ilustra este artículo. Los sesenta y ocho mapas,  impresos a doble hoja de gran formato, están enmarcados por orlas adornadas con motivos marinos y vegetales. Además de nosotros, solo lo tiene la Biblioteca Pública del Estado en Ávila. Sin embargo, no es la pieza más rara de la colección. Ese honor se lo lleva el “Grand atlas de geographie physique et politique ancienne et moderne”, una edición parisina de P. Lethielleux que no hemos hallado en ningún otro centro por más que hemos buscado. Tampoco es que sea el mapa más llamativo ni más vistoso, ni siquiera el más antiguo, pues el impresor ejerció a principios del siglo XX, pero por escaso es siempre valioso. El más atractivo es otro que solo hallamos en la Nacional de España, el “Orbis vetus”, una obra monumental del cartógrafo de Luis XV de Francia, Didier Robert de Vagaundy. El “Atlas zu Alexander Humboldt's kosmos” (Stuttgart, 1861), otra de las muestras, solo está en la British Library. El  “Atlas del itinerario descriptivo de España”, de Laborde (Valencia 1826), o la serie, en tela desplegable, del“Atlas de España y sus posesiones de Ultramar”, de Francisco Coello (Madrid, 1848-1870), aunque presentes en muchas bibliotecas, son otras de las  joyas cartográficas conservadas en la Red de Bibliotecas Municipales, en particular en la del centro docente P.L. Coloma. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.    

PRESTIGIO

“Y en cuanto a los pequeños libros que todo el mundo llamaba ya aldinos, de formato octavo, era evidente que habían cambiado el modo de leer de la gente… ¿Cuándo se había visto a tantas personas presumiendo con su libro bajo el brazo por la calle, lejos de los oscuros gabinetes?, ¿y las jóvenes leyendo en sus jardines libros que no son rezos? Sentían que los libros los dignificaban.” Este pasaje está extraído de la novela ‘El impresor de Venecia’, de Javier Azpeitia, que recrea la vida de Aldo Manuzio, el impresor que, como bien dice el texto, cambió la historia del libro con sus formatos en octavo, que ahora llamaríamos “libros de bolsillo”. Manuzio no hace mucho también apareció por esta página. Pero no es del impresor del que pretendo que trate este artículo, sino del prestigio del libro. Aún conservo el recuerdo de cómo en aquellos turbulentos años de la década de los setenta (últimos de la dictadura y los iniciales de la transición), la gente (jóvenes y maduritos) sacaban a pasear sus ediciones de Antonio Machado, o de Cernuda, o de algún autor por tanto tiempo perseguido y prohibido por un régimen que, como su caudillo, agonizaba, estaba herido de muerte o había tocado a su fin. En los bares del centro de la ciudad se sentaban aquellos lectores, con sus no menos célebres chaquetas de pana como signo de distinción, “presumiendo con su libro” que exhibían, más que ojeaban a la vista de todos en ese valor de “prestigio” que le confería no solo el libro, sino también y sobre todo su autor. ¿Qué habrá sido de aquellos exhibicionistas o lectores de ocasión? Cuando, con el correr de los años, pasear libros en las terrazas de los bares ya no era signo de prestigio, de la misma manera que desapareció la chaqueta de pana, aquella gente cambió el libro por el periódico, órgano de difusión de otro régimen, y ahora es el móvil de última generación el signo de una distinción artificial y ridícula. Pero no de dignidad. ¡Si Aldo Manuzio levantara la cabeza!  José López Romero.

viernes, 2 de febrero de 2018

ADICCIÓN

Cada vez soporto menos las conferencias o actos culturales en los que, durante un tiempo que se nos hace interminable, un señor o señora se dedica a martirizar a su auditorio con la exposición de un tema que solo a él le interesa, o incluso ni a él o ella siquiera. El formato de monólogo está ya fuera de lugar en una sociedad que se define como la sociedad de la comunicación, y en la que cada vez se exige más la interacción con el público o, si me apuran, al menos la confrontación de distintas opiniones o ideas a través de otras formas de intercambio. Un auditorio sumido en el silencio, siempre incómodo, no puede entenderse si no es porque ya sean familiares del conferenciante, amigos u organizadores del evento (de estos, pocos son los que asisten). Y cuando por los imponderables de la cortesía, formo parte del grupo de “amigos”, me paso toda la conferencia pensando en lo bien que estaría en mi casa leyendo. Y así, la voz monótona que inunda la sala, pero a la que apenas hago caso, se va haciendo cada vez más lejana, distante, como un arrullo… y termino algunas veces por dar una cabezada involuntaria, de la que pronto me repongo, para sumirme de nuevo en ese sueño, ya despierto, de deseadas lecturas. Leer en soledad, al calor de tu mesa y tu flexo, con una taza de café o de té, es un placer incomparable, al que debes renunciar a veces por una insufrible conferencia. ¿Para qué leemos? Nos podemos preguntar. “Leo ficción, dice Philip Roth, para liberarme de mi perspectiva sofocantemente estrecha de lo que es la vida y para entrar en simpatía imaginativa con un punto de vista narrativo distinto del mío. Es la misma razón por la cual escribo”, y continúa Juan Gabriel Vásquez, en su libro ‘El arte de la distorsión’: “El lector de ficciones es un inconforme, un rebelde, y la razón de su rebeldía y su inconformismo es la insoportable camisa de fuerza de la vida humana: el hecho de que esta vida sea sólo una —es decir, que no haya otra después de la muerte—, y además sea sólo una —es decir, que no podamos ser más de un hombre al mismo tiempo”. Es la misma idea que expone con insistencia Vargas Llosa en la serie de textos recogidos en su pequeño gran libro ‘Elogio de la educación’. Leemos novelas para vivir otras vidas que no nos han sido dadas, para imaginarnos paisajes que quizá no veamos nunca, para conocer mundos, ciudades que no podremos visitar. Y a pesar de que todo ello nos pueda crear insatisfacción, o precisamente por nuestra insatisfacción es por lo que leemos, la lectura es un acto que llena todo nuestro tiempo porque nos hace distintos y libres. Leemos para ver con otros ojos, para escuchar con otros oídos. No es un tiempo perdido, como el de las conferencias, sino vivido con la intensidad de nuestra imaginación. Por eso, y como dice Vásquez, “la lectura de ficción es una droga; el lector de ficciones, un adicto”. José López Romero.

PASIÓN POR EL LIBRO

Puede parecer que en esta sociedad que nos ha tocado vivir, donde los medios tecnológicos cada vez copan más parcelas de nuestro quehacer diario, ciertas aficiones o, mejor dicho, pasiones, van quedando desplazadas y pueden ser hoy una rareza o curiosidad en vías de extinción. ¿Es este el caso de la Bibliofilia? Sorprendentemente, y según mi experiencia, la pasión por los libros, el interés y casi necesidad por poseer ediciones en papel que destacan por su belleza, rareza o antigüedad, siguen estando muy presentes y dan sentido a la vida de más personas de las que podríamos pensar por lo dicho inicialmente. Personas que hoy podrían equipararse a bibliófilos de antaño como el marqués de Chalambre que murió de un ataque de desesperación al no poder adquirir un ejemplar de cierta obra que jamás había existido: una Biblia que en un momento de humor había inventado Charles Nodier. También tragico fue el destino de otro bibliófilo, Alejandro Timore. “Timore -en palabras de Javier Lasso- vivía en París con una renta exigua. Su dominio de las lenguas le permitía dar clases particulares que solo le daban lo suficiente para subsistir. En cierta ocasión le visitó en su domicilio de la calle Vieux-Augustins su amigo M. Blanchard, y le encontró trabajando en su biblioteca temblando de frío y envuelto prácticamente en unos harapos que en otro tiempo bien pudiera haber sido una manta”. El círculo de esta precaria vida se cerró definitivamente, cuando la pensión que recibía en cierta ocasión se demoró más de la cuenta, y encontraron al bibliófilo días después muerto por inanición entre sus libros. ¿Por qué Timore no fue capaz de desprenderse de algunas de las piezas valiosísimas que conservaba en su biblioteca, para salir de aquella situación de penuria que finalmente le llevó a la muerte?. Alguien escribió que “el fuego de la bibliofilia no muere sino con el mismo bibliófilo. La edad por tanto no tiene hielo para enfriar esta pasión”. Realmente son muchas las personas enamoradas del libro como pieza  de arte - la mayoría por supuesto sin llegar al sentido trágico de los ejemplos arriba apuntados,-  y que aun hoy sacrifican muchas cosas en pro de esa pasión. Ramón Clavijo Provencio 

viernes, 26 de enero de 2018

145 años de Lectura Pública en Jerez: Los inicios (I)

Este año conmemoramos en nuestra ciudad el 145 aniversario de la creación de la Biblioteca Municipal de Jerez, y no es este un hecho anecdótico ni carente de importancia, pues con el correr del tiempo esta institución se ha convertido en la más antigua de las que dependen de corporaciones locales en nuestro país. El implacable tiempo también vio desaparecer otras bibliotecas públicas, en sus inicios denominadas populares, y  que fueron surgiendo antes o a la par que la de Jerez, en aquella iniciativa pionera en España  que se iniciaba en 1868 con el propósito de ir creando una red de lectura pública, como instrumentos complementarios a la labor de los centro educativos, y con objetivos muy distintos de los de otros tipos de bibliotecas entonces existentes como las Nacionales o Provinciales, dependientes de instituciones privadas o de la Iglesia. Aquel loable propósito que abanderó el ministerio de Fomento de la primera república, especialmente con el ministro Ruiz Zorrilla (en la imagen), tuvo una suerte dispar. La ley Zorrilla pretendía ni más ni menos que “las bibliotecas populares suplan  la falta de comunicaciones, vida científica y literaria y de todos aquellos elementos que abundan en  las naciones más adelantadas y que llevan la instrucción con muy diversos aspectos y motivos a los pueblos más apartados y de menos vecindario”.  La preocupación por la culturalización de las clases menos favorecidas se extendía por Europa –incluso se consideró seriamente que el fomento de la lectura pública combatiría lacras tan extendidas entonces como el alcoholismo-, y la mencionada ley de Ruiz Zorrilla materializaba en nuestro país dichas preocupaciones, reservando un papel muy relevante a las bibliotecas populares, de las que se crearon un centenar por la geografía española en el periodo 1868/73 entre ellas, la de Jerez. Pero lo que empezó siendo un revulsivo cultural comenzó a diluirse. Primero por la inestable situación política española del último tercio del siglo XIX, también por la falta de colaboración de muchos Ayuntamientos implicados en el mantenimiento de los centros bibliotecarios y, por qué no decirlo, debido al poco atractivo para el público al que iban destinadas estas bibliotecas de los libros allí dispuestos –muchos de ellos procedentes de la expropiación de fondos bibliográficos de la Iglesia- , a lo que había que sumar los elevados índices de analfabetismo de la sociedad española de la época. Una tras otra aquel centenar de bibliotecas fueron cerrando sus puertas, y sus libros empezaron a deteriorarse no por el manoseo de sus muchos lectores, sino por el polvo que se les iba acumulando. Sin embargo la Biblioteca Municipal de Jerez que era inaugurada un 23 de abril de 1873 por el alcalde Revueltas y Montel, resistió las duras pruebas que fueron cruzándose en su camino hasta el día de hoy (continuará). Ramón Clavijo Provencio

LA FAMILIA

Cuando el padre murió, los hijos ya bien sabían que apenas la casa familiar y unas cuantas acciones les iba a dejar por herencia. Las acciones se venderían sin problemas, y la casa, donde había vivido toda la familia durante varias décadas, estaba muy bien situada, era espaciosa, y seguro que también se vendería a buen precio. El pobre anciano había dejado este mundo con la misma discreción y modestia como había vivido durante toda su vida. Solo una cosa incomodaba a la familia: la enorme cantidad de libros que había ido acumulando en la casa y que ahora cubrían por completo las paredes de casi todas las habitaciones, solo la cocina y los baños apenas se libraban de tal invasión. A medida que sus hijos habían ido abandonando la casa, el padre no había hecho más que meter estanterías en sus cuartos para albergar lo que había sido su única afición, o incluso vicio: los libros. No se le había conocido a aquel señor otra afición que la lectura, y a ella se había dedicado en los ratos libres que le dejaba su profesión. ¿Qué hacer con tantos libros? Se preguntaban los familiares, porque la casa se debe poner a venta totalmente vacía. Y lo que había sido un alivio (papá se entretiene con sus libros, no necesita que lo visitemos), ahora se había convertido en un problemas de enormes dimensiones. Hasta que alguien hizo una propuesta: crear cuadrillas para ir poco a poco tirando los libros a los contenedores de basura con “nocturnidad y alevosía”, como apostilló queriendo hacer la gracia fácil y grosera. Todos se miraron y no encontraron otra solución. Así, tres días a la semana, para no levantar muchas sospechas, cuatro miembros de la familia se turnaban y sacaban en cajas aquellos libros y los tiraban sin contemplaciones en los contenedores de basura más cercanos. Cuenta la leyenda que avisado por un conocido, un bibliotecario del municipio esperaba pacientemente, protegido por la oscuridad, a que la familia hiciera su trabajo, se acercaba al contenedor y recogía los libros. A los pocos meses, el diario local se hacía eco del hallazgo en la basura de un incunable de la Gramática de Nebrija de valor incalculable.  José López Romero.


sábado, 20 de enero de 2018

TERAPIA

Se consideraba una joven como todas las de su entorno. Tenía sus amigas y amigos, con los que se corría las juergas propias de esos diecisiete años (la edad del pavo, que continuamente le lanzaba como reproche su madre cuando ambas discutían por casi nada), y estaba enganchada al móvil con una adicción que nadie, ni ella misma, quería reconocer. No iba del todo mal en los estudios, hacía el mínimo esfuerzo por aprobar, y con sacar adelante los cursos aunque por los pelos, se creía con derecho a utilizar la frase que cerraba toda discusión familiar sobre su futuro y sus capacidades desaprovechadas: “dejadme en paz”. Cuando le pasaron por “washap” un pequeño vídeo de los cambios en las costumbres producidos en la juventud islandesa, apenas le prestó atención. Los índices de consumo de alcohol y de drogas habían llegado a tales niveles, que las autoridades de aquel lejano país del norte de Europa, habían tomado medidas al respecto; la más importante: atractivas actividades culturales y deportivas que le ofrecían a la juventud. Una oferta que bien vendida y llevada a cabo por los ayuntamientos, había hecho disminuir hasta extremos insospechados aquellos niveles de alcohol y drogas que querían combatir. Todo un éxito. Pero ella no se dio por aludida ¡Los islandeses no saben disfrutar de la vida! Pero de vez en cuando esa misma vida te tira un pellizco donde más duele y nos hace ver la realidad con otros ojos. Bastó un pequeño accidente para que todo cambiara. Una pierna rota tras una tonta caída de la moto de su amiga. A pesar de que no revestía gravedad, la operación y la posterior rehabilitación fueron muy complicadas; y fue en el propio hospital que le ofrecieron un libro de relatos para aliviar esos momentos de aburrimiento, sin poder apenas moverse de la cama. Y recordó que el año pasado en clase de Lengua, el profesor había traído un texto para comentar, en el que se hablaba del poder curativo de los libros, y cómo unas investigadoras  inglesas habían abierto una consulta en la que se recetaban libros a los pacientes en vez de medicinas; recordaba que los alumnos, ella misma, habían discutido con el profesor al dudar de aquella terapia, quizá indicada para ciertas depresiones, pero ¡¿para una pierna rota?! Y le dio por probar si aquello que en su día le había parecido una chorrada, era verdad o, al menos, podía funcionar con ella. Se aficionó a la lectura, hasta el punto de que mientras hacía los ejercicios de rehabilitación o le daban las sesiones de masaje, siempre tenía un libro en las manos. Y con la lectura la recuperación se fue haciendo menos dolorosa.  Los padres no daban crédito al cambio que había experimentado su hija, que ahora pedía para Reyes o por su cumpleaños libros y más libros, en vez del último modelo de móvil, y que a veces prefería quedarse en casa leyendo que irse de juerga con los amigos… Escrito este artículo bajo los efectos aún del espíritu navideño ya pasado, perdónenme, amables lectores, que me haya dejado llevar por los sueños. Era solo un cuento. Pero a veces la vida después de darte un pellizco, “te besa en la boca”. José López Romero.