LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 25 de enero de 2014

INGLESES

Francisco Rico (palabra de Dios) comenta al inicio de su trabajo “Tiempos del Quijote” (dentro del tomo del mismo título publicado en la editorial Acantilado y reseñado bajo estas líneas) la escasa repercusión que tuvo en el pensamiento literario español del XVII la novela cervantina, en contraste a la presencia entre los intelectuales de Francia y, sobre todo, de Inglaterra, huella e influencia que se dejan ver especialmente en las novelas de Fielding y en el “Tristran Shandy” de Laurence Sterne. Y fruto de ese interés por Cervantes fue la edición que Lord John, barón de Carteret, sufragó, y que Rico describe como “el más solvente y suntuoso “Quijote” que hasta entonces se había visto, en cuatro soberbios tomos impecablemente impresos en Londres por J. y R. Tonson, con pie de 1738”. Esta referencia que me he permitido coger prestada del maestro Rico es una las muchas, infinitas, que podemos aducir de ese permanente interés y sobre todo admiración que los dos países, Inglaterra y España, han mantenido por sus respectivas culturas. De la misma manera que con Cervantes, podríamos rastrear la inmensa influencia de Shakespeare en la literatura española y, en general, del mundo anglosajón. Admiración y respeto, influencia y convivencia que traspasan los amplios límites de la cultura para dejarse notar en todos los ámbitos de la vida, y en esto nuestra ciudad y nuestros vinos son un buen ejemplo de lo que decimos. Por eso, no podemos por menos que lamentarnos de los bochornosos comentarios que algunos diputados ingleses nos dedicaron hace unas semanas sobre el asunto de Gibraltar. Diputados a los que, por cierto,  se les notaba en las venillas de sus caras su más que afición al sherry. Comentarios despectivos que no hacen más que defender y amparar las trapacerías, engaños y abusos de Picardo, un rufián con pinta de aquel “miles gloriosus” de Plauto, que hace honor a su apellido procedente seguramente de la Picardía. José López Romero.


FRASCUELO

De los valientes siempre se ha dicho eso de que tienen más valor (o lo que sea), que un torero. Salvador Sánchez, “Frascuelo” (en la ilustración), lo tenía, pero no lo abandonaba cuando se quitaba el traje de luces a tenor de la sorprendente historia con la que me topé, cuando repasaba colecciones de prensa decimonónica en la Biblioteca Municipal.  Así descubrí  que en la noche del 26 de octubre de 1874, el diestro esperó al director de la revista “El Toreo” a las puertas del madrileño Café Imperial, siendo el periodista, siempre según el semanario, “objeto de la agresión más alevosa, indigna, vil e infame”. Frascuelo, acompañado por una decena de hombres, “y sacando un estoque… trató de asesinar villana y traidoramente a nuestro director…”, aunque el ataque no se consumó por la intervención de algunos paseantes “que evitaron que se consumase el asesinato”. Según el cronista, el enfado del matador de Churriana se debía a haber adjudicado a Frascuelo el dudoso honor de ser “el que ha pinchado más veces malamente a los toros y ha dado menos estocadas de lucimiento”, dedicándole calificativos como infame, vil y cobarde, y haciendo un llamamiento a las autoridades para que controlen a estos “asesinos desalmados y sin conciencia”. El día 28 el diestro se explica en otro medio, “La Correspondencia de España”, alegando que “El Toreo” le culpó a él, como director de lidia, “de que sacasen la media luna para el toro que en la corrida del 18 no llegó a matar mi compañero Valdemoro”. Rastreando en esa crónica, cierto es que al tal Cabrero le dieron estocadas hasta en el cielo de la boca: “… una estocada baja, atravesada y delantera…, pinchazo de barrena sin soltar el puño…, alfilerazo delantero barrenando…, pinchazo en el cogote con el mayor dolor, otro pinchazo en el testuz, orden de la presidencia, mansos salieron, otro pinchazo, y aparecieron cabestros con doble paseo de enganche…”. Sin embargo el plumilla no se ceba con Valdemoro, “pues culpa fue de toda su cuadrilla y principalmente del director de plaza, pues entre todos consiguieron huir al toro… y entre todos los estropearon”. Salvador Sánchez, que para Sánchez de Neira (1879) era “un muchacho atolondrado que todo lo quería hacer y que nada sabía” y que para José María de Cossío (1943) tenía un “carácter ostentador, ruidoso y un tanto fanfarrón”, no se lo pensó dos veces y  fue en busca del director de tamaño agravio para ajustarle las cuentas. Sin embargo, es difícil saber qué fue exactamente lo que pasó, pues el último de los taurómacos citados, aunque admite alguna bofetada, en lo del estoque añade “… si hemos de creer la información del periódico interesado”.  Yo por mi parte lo dejo aquí. NATALIO BENITEZ RAGEL

domingo, 22 de diciembre de 2013

THE BAY PSALM BOOK

Seguramente sean los libros, de entre los bienes culturales, los grandes desconocidos a la hora de establecer su valor material. Ese desconocimiento lleva a la mayoría a sorprenderse cuando se tasa el valor de una pieza en miles o en centenares de miles de euros, como sucedió hace algunas semanas con el The Bay Psalm Book subastado por 10,5 millones. Cuando algo de esto sucede y trasciende a través de los medios de comunicación, no es de extrañar que a algunos les entre un ansia irrefrenable por husmear en el trastero, o en esas cajas que llevan tanto tiempo en el fondo de algún armario, con la esperanza de que allí aparezca un manuscrito medieval o un incunable impreso en Maguncia. A lo largo de los años me he enfrentado a  situaciones curiosas cuando menos, en las que desconocidos me mostraban viejos libros, la mayoría de las veces sin valor alguno salvo el sentimental, y sobre los que sus propietarios pensaban podían llegarles suculentas ofertas. Pero el valor material de un libro no lo determina exclusivamente su antigüedad. A esa antigüedad hay que sumarle otra serie de detalles que son los que en su conjunto harán que el libro en cuestión sea un ejemplar excepcional o no tanto. Detalles como  lo limitado de la edición, la singularidad de una encuadernación, el contenido, el que sea un ejemplar anterior o de los primeros tiempos de la imprenta, el impresor o el autor, el propietario, las ilustraciones y anotaciones manuscritas, su estado, incluso los propios avatares a los que se haya visto envuelto la pieza desde su confección. Todo ello es lo que irá sumando o restando importancia y valor material a un libro.  The Bay Psalm Book reunía muchos de esos requisitos: edición de 1640 de la que sólo se conservan muy pocos ejemplares, anotaciones manuscritas, el ser el primer libro impreso en Estados Unidos, etc. Sin duda es este mundo de las tasaciones de libros antiguos, algo tan desconocido como apasionante. Ramón Clavijo Provencio


DICHOSAS NAVIDADES

“La vida es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, cuyo significado es nada”, escribió Shakespeare en su enorme Macbeth. En busca de respuestas, de Felipe González; El compromiso del poder, de José María Aznar; Recuerdos, de Pedro Solbes, y El dilema, de José Luis Rodríguez Zapatero. Estas son las novedades que los editores se han empecinado en publicar, para hacernos las Navidades aún más amargas y tristes de lo que ya son por culpa de los anteriormente nombrados. Si leer autobiografías ya es un acto de infinita generosidad lectora para con el protagonista, que siempre termina cayendo en la autocomplacencia, a un punto de la hagiografía, leer a los políticos es ya masoquismo. En un ejercicio de cinismo digno de estudio, lo que pretenden no es otra cosa que la justificación de sus equivocaciones y, con ello, no el perdón (resabios aún de antigua prepotencia), sino el reconocimiento y hasta el aplauso. “Me equivoqué pero que conste que no fue mi intención”, dirán unos; y otros, más cínicos aún, como Solbes, dirán “yo ya te avisé de que te equivocabas”. Uno, González, se creyó más grandes que la España que gobernaba; otro, Aznar, quiso para España un lugar en el mundo que habíamos perdido hacía siglos, una España más grande de lo que nos correspondía; y a Zapatero le vino grande España y no digamos la crisis a la que no supo, ni pudo, ni quiso enfrentarse, y la convirtió en ese “dilema” que ha escogido como título para su libro. Y Solbes es el paradigma moderno de esos ministros tenebrosos que tienen en Fouché su ejemplo más acabado. Aún recordamos su negación pública de la crisis, su relevo en el ministerio de economía para gozar de sus últimos años de actividad en el dorado consejo de administración de Enel; una hoja de servicios por la que en nada podemos certificar su dedicación a los intereses generales de los españoles, sino solo al suyo propio, como tantos otros. El mismo cinismo, la misma cobardía que en otro tiempo demostraron malas personas como un tal Arzalluz y un tal Joseba Egibar, afortunadamente perdidos en el olvido (donde deben estar los recuerdos de Solbes), cuando arreciaban los atentados de ETA contra los políticos del País Vasco. Pero alejemos a los fantasmas de las penalidades del pasado, y vengan a nosotros “las” fantasmas de las angustias del presente. En el mercado persa en que los editores se han empeñado en convertir los escaparates de las librerías, al lado de los oscuros políticos brilla con luz propia Ambiciones y reflexiones de Belén Esteban. Lo de “reflexiones” es otro ejercicio de cinismo que ya no somos capaces de resistir. Mientras que en este país las colas para que la Esteban firme un ejemplar de su libro se midan por cientos de metros, y hasta le dediquen la portada de una revista dominical, no podemos por menos que reconocer que los políticos es una parte más de todo lo malo y cutre que nos merecemos. ¡Habrá libros que comprar y regalar estas Navidades, antes que los de estos abusones de nuestra generosidad lectora y hasta ciudadana! José López Romero. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

ÉXITO

Hacía muchísimo tiempo que le había perdido la pista a Françoise Sagan, hasta que en uno de esos paseos por nuestra librería de guardia, me topé con “Un disgusto pasajero”. Y aunque nunca nos debemos dejar llevar por los resúmenes o reseñas de las contraportadas (mienten más que parpadean), el reencuentro con un texto de la autora de aquella precoz “Bonjour, tristesse”, que tanto marcó nuestra juventud, me devolvió el interés por su lectura. La historia en un principio prometía, pero el desarrollo y, sobre todo, el más que esperado final hacen de esta novela una más del montón. Sin embargo, mientras la leía, me interesé por lo que había sido de la Sagan durante todo aquel tiempo en que la había olvidado. Drogas, alcohol, un accidente de tráfico y, finalmente, una embolia pulmonar en 2004 acabaron con su vida. El caso de Françoise Sagan no puede considerarse un hecho aislado, sino muy al contrario, más frecuente de lo que podemos imaginar. Sagan publica su novela más emblemática, “Buenos días, tristeza”, cuando solo contaba con 18 años, y el éxito fue tan impresionante que su autora se vio superada en todos los sentidos por su propia obra. Demasiado joven para poder aguantar el peso del éxito y, sobre todo, sus consecuencias. La pregunta que se haría la precoz Françoise todos los días era obligada: ¿y ahora qué puedo escribir yo que mejore o, al menos, iguale en interés y calidad a mi primera novela? Porque seguramente todo lo que escribió después, y sobre todo su segunda obra, le parecería desvaída, sin la altura que ahora todos esperaban de ella. La misma impresión que sentí yo al leer “Un disgusto pasajero” a través de la memoria lejana de aquella “… tristesse” que me sedujo en mi adolescencia. El éxito de F. Sagan me recuerda las declaraciones del también precoz Marc Márquez al poco de haber conseguido el Mundial de MotosGP, en las que reconocía que quizá lo había ganado demasiado pronto. A veces es más difícil saber ganar, que saber perder. José López Romero.


LOS FOTÓGRAFOS DE LOS AÑOS PERDIDOS

1943: Es una mañana más, casi sin esperanza en la realidad diaria de una ciudad como Jerez. Tras la pesadilla de la guerra llegó otra pesadilla, más silenciosa y soterrada a la que sus habitantes parecen resignados: los años del hambre. Y esto último no es un eufemismo. En los fondos gráficos de la Biblioteca Municipal se pueden encontrar una  serie de fotos donde un numeroso grupo de personas esperan en el patio del Ayuntamiento el habitual reparto de pan que se hacía entre los más desfavorecidos. Las fotos de Manuel Iglesias adquieren hoy un valor no sólo patrimonial, sino sobre todo histórico. Son excepcionales por muchos motivos, algunos tan curiosos, o por qué no decirlo, escalofriantes, como la existencia de una placa con la esvástica nazi colocada en una de las paredes del mencionado lugar. Entre las arcadas del patio, niños, ancianos y adultos, mantienen la dignidad ante el fotógrafo que quizás no intuye la trascendencia de su acto, y  nos deja una  pieza de ese puzle aún sin terminar como es el de la vida en la ciudad de Jerez en los años más duros de la postguerra. Otra serie de imágenes no menos importante, y que nos hablan sin palabras sobre la vida local de estos “años perdidos” sea las proporcionadas por la cámara de otro gran fotógrafo jerezano  Manuel Pereiras –luego seguiría sus  pasos Eduardo- donde ha retenido el acto de inauguración de la Barriada España. Obra del arquitecto jerezano  Fernando de la Cuadra, se destinaría a resolver el grave problema que en Jerez significaba el hacinamiento de la población en infraviviendas del casco antiguo, construyendo viviendas sociales en bloques, y teniéndose como punto de partida de una cierta renovación arquitectónica y urbana. Como en la serie del reparto del pan en el patio del Ayuntamiento, esta de Pereiras capta para la posteridad detalles que nos hablan del rígido control de las autoridades sobre la población, el estilo cuartelero de organización social, como el saludo a mano alzada de los centenares de personas de distintos estratos sociales que asisten al acto, presidido  por los símbolos de falange y el retrato a gran tamaño de su fundador José Antonio. Por estos años un joven Manuel Esteve daba por concluida su primera campaña de excavaciones en Asta Regia, de las que nos dejaba testimonio gráfico como también lo hay, en otra excepcional serie de fotos, de la primera visita de Franco a la ciudad, llenas de detalles dignos de estudio e interpretación. Materiales gráficos hasta ahora  poco tenidos en cuenta y que son eslabones esenciales para recomponer –tanto o más que un documento o libro- un periodo histórico aún en sombras en nuestra ciudad.  Ramón Clavijo Provencio


domingo, 24 de noviembre de 2013

LESSING

Me sorprende la muerte de la escritora Doris Lessing, precisamente enfrascado en estas líneas que originalmente iban dedicadas a una curiosa idea de dos arquitectos griegos relacionadas con los libros. Volveré sobre ella en otra ocasión, porque  no podemos pasar de puntillas sobre uno de los iconos literarios del pasado  y terrible siglo XX. El siglo de las guerras según algunos, y en todo  caso el siglo origen de muchos de los males que aún planean sin resolver sobre la humanidad en el momento presente. Como suele suceder muchas veces, nada hacía presagiar que aquella chica  nacida en 1919 en un barrio de Londres, hija de un veterano oficial británico de la I Guerra Mundial, estaba destinada a ser uno de los referentes, como les decía antes, de causas perdidas que, como la de la segregación racial o la de los derechos de las mujeres, hoy nos pueden parecer menos perdidas por el concurso de referentes inasequibles al desaliento como fue su caso. La obra de Lessing tardó en llegar a las librerías españolas pero fue todo un descubrimiento El cuaderno dorado, quizás su obra más comprometida, y que  ya por sí sola era merecedora de ese Nobel que sin embargo le llegaría muchos años después -2007- y no precisamente con el consenso de la crítica literaria, donde se puede decir hubo división de opiniones. Críticos como el influyente Harold Bloon dispararon sus dardos sobre una ya anciana escritora acusando al jurado de haber premiado a alguien cuyas últimas obras  poco menos que eran deplorables. Nunca en la historia del Nobel se hizo tanta “sangre” sobre  el galardonado, nunca se había atacado tan cruelmente e injustamente con un argumento que si se extendiera habría que  desposeer de honores a  muchos de los más admirados creadores de la historia de la literatura. La literatura de Lessing fue y es una literatura - sobre todo la de su época de madurez- marcada por la historia. No es posible comprenderla sin tener una visión diáfana de la historia del siglo pasado. Quizás ahí esté la explicación de la incomprensión de algunos. Ramón Clavijo Provencio


LOS SENTIDOS

“El perfume” (1985) es uno de los casos más ejemplares de cómo una novela termina por engullir a su propio autor; al menos, desde que Patrick Süskind obtuvo un aplastante éxito con aquella breve narración, no se le ha vuelto a ver con la misma fuerza por los lugares más privilegiados de las librerías, es decir, por sus escaparates. Supongo que tampoco le hará mucha falta, especialmente en lo económico, porque a las ventas de la novela se añadieron años más tarde los derechos por llevarla al cine, película que de vez en cuando suelen pasar por algún canal de televisión. Y si algún mérito podemos destacar de “El perfume”, además de que nos parece una buena novela, es el haber puesto de relieve la importancia de los sentidos en nuestras vidas, en concreto uno al que no le prestamos tanta atención como a la vista o al oído, el olfato. Pero el olfato como arma de destrucción, no de placer, como tenemos por costumbre considerar o queremos que sea todo conocimiento que nos entra por ellos, por muy engañosos que aquellos sean. Quizá solo por “El perfume” se puedan entender novelas posteriores como “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel (1989) o “Chocolat” de Joanne Harris (2000), versionadas también para el cine y verdaderos placeres para los sentidos, sobre todo para aquellos a los que nos gusta el chocolate. Sin embargo, últimamente me estoy dando cuenta de que cada libro tiene su propio olor, olor que el escritor le imprime de acuerdo con el contenido. No me estoy refiriendo a ese olor, o incluso tacto, que también nos cautiva como lectores sin remedio: el olor a humedad de las páginas amarillentas de un libro, o el del propio papel. Me refiero al olor a sudor que podemos apreciar en la japonesa (madre de la japonesita), dueña del prostíbulo, y en los borrachos cuando se celebra la fiesta por la victoria en las elecciones del latifundista don Alejo en “El lugar sin límites” de José Donoso, o el olor irrespirable a pólvora en el piso donde acribilla la policía a los criminales de “Plata quemada” de Ricardo Piglia, o el olor a rancio en la comida y en la ropa del pastor que acoge al muchacho huido en la magnífica “Intemperie” de Jesús Carrasco. El profundo olor a vaquería que se desprende de las páginas de “Tess la de los D’Urberville” de Thomas Hardy se mezcla en mi memoria de lector con el penetrante olor a fluidos sexuales que se perciben nítidos en “Plataforma” de Michel Houellebecq. Cuando leemos, quizá no seamos del todo conscientes de cómo todos nuestros sentidos entran en acción atraídos por el libro: el oído a través de una música; el tacto cuando se acaricia; la vista cuando se describen objetos; el gusto con aquel chocolate que preparaba Vianne Rocher en “Chocolat” (excelente interpretación de la siempre atractiva Juliette Binoche en la película del mismo título). El siniestro Jean=Baptiste Grenouille tuvo el acierto de hacernos ver en los libros algo más que la lectura, nos los abrió a todos los sentidos. Ahora no cierro uno sin haberlo leído, acariciado y, sobre todo, olido. José López Romero.