LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 13 de diciembre de 2014

LOS LUGARES PROHIBIDOS

Sin duda Sebastián Rubiales es un majareta. Porque solo la generosidad de los majaretas, como él dice, puede escribir y regalarnos un libro como “Los lugares prohibidos” (Renacimiento, 2004). Un libro de viajes que no es exactamente tal, un libro de reflexiones y meditación sobre el ser humano y sus circunstancias pero que tampoco lo es en sentido estricto. Además, ¿qué tienen que ver la plaza de San Marcos, en Venecia, con Majarromaque; qué relación puede existir entre Tesalónica y el Salto al cielo? Quien se acerca a un libro de viajes suele encontrarse con una determinada geografía y una misma perspectiva, la mirada atenta y escrutadora del viajero que quiere apresar el instante, convertirlo en palabras, y con ello elevarlo a la categoría de historia. Más lejos de la intención de Sebastián Rubiales, para quien el paisaje, los distintos lugares que nos va describiendo se forman, como nuestro propio yo, y de ahí la estrecha relación que mantiene el autor con todos, con “mimbres de olores, luces y sombras, vegetaciones, humedades, vientos y mares, sonidos, palabras ignoradas, creencias esplendorosas, sueños fracasados –valga la redundancia-, proyectos, recuerdos…” Porque a través de las descripciones de Rubiales sentimos el olor dulce y pegajoso de Tesalónica, como podemos imaginar la vista de París que a nuestros encendidos ojos se ofrece desde la altura del Château d’Eau; o como disfrutamos de los colores rosados y anaranjados del atardecer de la desembocadura del Guadalquivir; o incluso olemos la derrota en el Cabo de Gracia de todos los que, incautos, naufragaron en ese “mar altanero y desafiante que no esconde los peligros”, ayudado por el viento de Levante, “que tiene la voluntad artera de quien vive en el doblez de la traición, pero en esta costa se siente tan dueño, tan infinitamente poderoso, que ni siquiera se toma la molestia de parecer amable”. Los paisajes o lugares prohibidos de Sebastián Rubiales son, como él quiere, sensaciones, páginas de historia, y sobre todo belleza, perfección (plaza de San Marcos), y sueños (Majarromaque); lugares soñados que si el viajero se deja llevar, sin las prisas y la impaciencia de los europeos, te ofrecen lo mejor de ellos, porque no de otro modo puede encontrarse a sí mismos (San Juan de Puerto Rico). Ya decíamos al principio que no era este libro una meditación, y sin embargo cuando hemos pasado su última página y cerrado el libro, no hemos podido por menos que dedicar unos minutos a reflexionar sobre la necesidad, cada vez más urgente, que tiene el ser humano por hacerse con sus propios “lugares prohibidos”, o soñados, o deseados. Sebastián Rubiales nos invita a celebrar la belleza, a “pasear despreocupados por los lugares prohibidos para recibir en el rostro el airecillo húmedo del mar y, en las manos, la luz azul de la tarde que comienza a ser noche”. Yo, Sebastián, también quiero ser un majareta. José López Romero.

VIAJES DIFÍCILES

Escribía Nuria Amat –escritora  interesante de la que no tenemos noticias desde hace algún tiempo- que  Viajar es muy difícil, aunque no se refería como ya sin duda habrán supuesto a esa moda que nos invade desde hace décadas, en la que cualquiera se cree un intrépido viajero porque un vuelo low cost lo ha dejado en la misma playa donde Cook fue muerto a manos de los indígenas del lugar, o por haberse asomado, en un viaje programado al milímetro, a los  cráteres islandeses donde Julio Verne imaginó la entrada  a esa otra realidad  descrita en su Viaje al centro de la Tierra. Por cierto, moda esta la del viaje organizado, que muchos atribuyen a Mark Twain tras la publicación de su famoso libro Guía para viajeros inocentes. Nuria Amat con la frase con la que iniciábamos estas líneas, se refería a los viajes literarios  y cómo sus protagonistas, con sus miradas privilegiadas sobre el camino, nos ha ido dejando a lo largo del tiempo sublimes textos como Un paseante en Nueva York de Alfred Kazin o El tiempo de los regalos de Patrick Leigh Fermor. No se engañen, viajar en el sentido literal del término sigue estando al alcance de muy pocos, y es que mientras muchos lugares del planeta se hunden materialmente ante el peso  de turistas ilusos, solo una afortunada minoría, la de los peregrinos literarios, siguen logrando captar en las mismas geografías pisoteadas por la marabunta la esencia de lo visitado. Peregrinos literarios hoy quedan pocos, al menos en la mejor tradición de los Burton, Freya Stark, Chatwin o Abadía, entre otros. Quizás Paul Theroux o Reverte –en ocasiones-, entre los nuestros. Además, hoy hay que ser muy precavido pues las crónicas poco escrupulosas abundan, y es que tampoco hay que tomarse demasiado en serio aquellas líneas escritas por  Simone Beauvoir: Viajar una semana a un lugar cualquiera puede animarnos a escribir un libro, quedarnos un año daría para una breve crónica, pero permanecer una década ya no permitiría escribir nada. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 6 de diciembre de 2014

CANIBALISMO

Desde siempre me ha causado envidia esa capacidad de otros lectores de leer varios libros a la vez, de sumergirse en historias distintas y seguirlas  todas con igual intensidad y atención sin aparente dificultad. En cambio yo siempre me he considerado lector de un  titulo, que sigo con fidelidad y sin distracciones hasta su final -no corro el riesgo, no se preocupen, de caer en la maldición de aquel lector que día tras día a lo largo de años, se sentaba en el mismo sitio de la biblioteca y solicitaba siempre el mismo libro al bibliotecario-  aunque la tentación me asalta muy de vez en vez, y entonces me planteo afrontar el que hasta ahora ha sido un reto inabordable. ¿Cómo hacerlo?  En la sobremesa, mi hora preferida para leer, reservarla por ejemplo para Oakley Hall y sus ahora recuperadas y excelentes novelas del oeste norteamericano,  la noche en cambio sería más apropiada para el nuevo caso de Bevilacqua y Chamorro, o la relectura de los libros de González Ledesma, recientemente reivindicados por mi compañero de página. ¿Quizás comenzar con un libro, y cuando el interés empieza a flaquear retomar la lectura del otro que aguarda en la mesilla? Como nunca me gustó pasar por pusilánime,  creí que ya era hora de intentar esa otra nueva experiencia lectora. Mi primer temor fue que el inspector Méndez se equivocara de libro y deambulara perplejo por el Oeste de Hall, o que el sheriff mayestático de Warlock  confundiera a la sargento Chamorro con un facineroso. Pero no, nada de esto sucedió. Aunque  a medida que avanzaba la lectura paralela de mi primera pareja de libros, algo si empecé a notar. Primero sutilmente, luego… Cada vez iba reduciendo el tiempo dedicado a uno de ellos mientras rápidamente acudía al otro libro ansioso para seguir leyéndolo. Finalmente terminé este último por lo que tenía todo el tiempo para el que poco a poco había ido abandonando. Pero fue inútil, a partir de donde había dejado el señalador, todas sus páginas se habían quedado en blanco. ¿Un libro puede devorar a otro? RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

PASIONES Y PENUMBRAS

A diferencia de los narradores, poco proclives a cambios cuando el método funciona, el poeta, el bueno, está en un permanente proceso de transformación y renovación, a menos que quiera convertirse en un productor industrial de poemas prefabricados. Y digo todo esto porque acabo de leer el último poemario que se añade a la ya larga trayectoria poética de José Lupiáñez titulado “Pasiones y penumbras” (ed. Carena, 2014) y los cambios son significativos con respecto a “La edad ligera” (2007), su penúltimo libro, cambios que nos muestran la permanente preocupación del poeta, la búsqueda de nuevos tonos que incorporar a su ya rico acervo literario. Una trayectoria poética la de J. Lupiáñez cuyas  cifras pueden impresionar: el año que viene se cumplen los treinta y cinco de su primer libro “Ladrón de fuego”. Pero es que Lupiáñez –todo hay que decirlo- empezó muy joven en este siempre esforzado oficio de hacer versos. Una obra poética tan dilatada como fructífera y variada, con una exultante madurez que va del barroquismo, al intimismo y de este a una poesía escrita a luz de las pasiones y a las tímidas sombras de las penumbras. Pero ni en los poemas más apasionados la luz nos ciega, ni en las penumbras la oscuridad es tan completa. En muchos de estos últimos poemas se percibe un fondo de melancolía, consecuencia de una madurez que es conciencia de lo vivido y también de lo inexorablemente perdido. No nos sorprende el abundante uso del alejandrino, del heptasílabo, de estructuras estróficas tan clásicas como intemporales como el soneto (ya en alejandrinos, ya en endecasílabos. Magnífico el conjunto dedicado a los meses), y no nos sorprende porque sabemos del gusto clásico, la influencia que sobre Lupiáñez han ejercido (porque los conoce como pocos) desde Garcilaso (“Voseo garcilasiano”), San Juan, pasando por Góngora, Bécquer hasta llegar al gran Darío, y porque ya en su “Número de Venus” nos dejó excelente constancia de su dominio del alejandrino. “Sobre las aguas”, el poema que cierra la primera parte del libro, antes de comenzar con las “penumbras” es un ejemplo del tono decadente, melancólico, misterioso e inquietante que domina buena parte de los poemas: “por esas ondas iba tu belleza, libre, / coronada de trinos, inventando reflejos / de gloria fugitiva, encendiendo deseos / y penumbras en mi alma…”. El poema inicial “Alguien me llama” nos trae ecos del “pórtico” de “Número de Venus”; y otros se resuelven en una de las constantes de la poesía de Lupiáñez: la captación de escenas que evocan momentos de un pasado que ahora, a la melancólica luz de las penumbras se recuerda (“Niño antiguo”) o parecen leyendas en verso (“Otoño en la Alpujarra”). La desnudez de la amada, los abrazos, las caricias forman parte de esas pasiones a veces efímeras, otras insatisfechas, otras interrumpidas (“No le abras a nadie”). Pero también las penumbras, el compromiso con su tiempo (“Éxodo”), la tristeza de los días (“Día gris”) y, finalmente, el sentido de acabamiento y pérdida: “Adiós a cuantos fuisteis marineros conmigo, / cuando la mar nos daba con su furia en el rostro. / ¿Para qué la nostalgia? ¿Acaso fuimos libres? / Adiós, nuestro navío se ha perdido en la noche; / el puerto queda lejos y nadie nos aguarda.” (“Canción del hereje”). “Pasiones y penumbras”, un libro pleno. José López Romero.



sábado, 29 de noviembre de 2014

¡CON LO QUE TÚ ERES!

-“Father, con lo que tú eres, ¿por qué no fundas un partido político?”, me dice mi hija con la misma sonrisa en los labios con la que su madre me mira cuando salgo de la ducha. La puñetera niña no me aclaró qué quería decir “con lo que tú eres”, mejor dejar las cosas así (tampoco me he atrevido a preguntarle a la madre por qué se sonríe en un acto tan cotidiano y natural). Pero la simple propuesta de meterme en política, como están las cosas, no me hacía deducir nada positivo de aquella expresión. Sin embargo, al calor de la ya tan manida y nunca emprendida regeneración y de las nuevas formaciones que van devorando el sistema actual, un partido de lectores sin remedio no digo yo que no tuviera sus simpatizantes. Al margen de ideologías de izquierdas o de derechas, la literatura está llena de textos que nos enseñan el buen gobierno, el ejemplar comportamiento de los gobernantes y la relación que éstos deben mantener con los gobernados. Pero si tuviéramos que elegir uno de ellos, sin duda nos quedaríamos con las lecciones que don Quijote le da a Sancho antes de convertirse en el gobernador de la ínsula Barataria (II parte, capítulo 42). Un modelo de sensibilidad, de sentido común, de dignidad y de honradez en el uso del poder que tanto se echa en falta en estos tiempos. Si los que durante estos años más que mandar, nos han mangoneado, hubieran tenido como texto de cabecera los consejos del divino loco a su escudero, seguro que otra muy distinta sería la triste situación que ahora sufrimos. En cualquier caso, ni tengo edad ni pelo para dejarme la coleta (con lo que la expresión de mi hija es aún más sospechosa por lo hiriente), ni me veo yo en mítines leyendo “El Quijote” a una masa tan desencantada que apenas lo entendería. Aunque yo tengo ya muy claro el eslogan de campaña, el mismo que aparece en el emblema como marca del impresor Juan de la Cuesta: “Post tenebras spero lucem”. José López Romero.

  

CALABAZAS Y CABEZAS

Reír es bueno. Y reír leyendo es gratificante, pero algunos escriben como si el mundo fuera a acabarse. Que se acabará, eso seguro, pero mientras tanto podríamos relajarnos un poco y dejar la escatología para los “iluminados”. Como dice el brigada Bevilacqua en el último libro de Lorenzo Silva, solo se muere una vez, pero los que piensan mucho en la muerte mueren todos los días. Alegría, señores, que son dos días. Por eso, cuando me tropiezo con un escritor jocoso, ingenioso y ocurrente, me olvido de aquellos resentidos que semanal o diariamente balbucean sus ininteligibles diatribas. En el XIX, revolucionario como él solo, la gente tenía un gracejo escribiendo que ya quisieran muchos hoy en día. Si no, lean conmigo a Salvador María Granés, un parodiador madrileño que usó siempre el pseudónimo Moscatel y que firmó más de veinte parodias, como “Juanito Tenorio”. Sus “Calabazas y cabezas”  son buen ejemplo de lo que venimos defendiendo. Impresa en 1880 les da un hilarante repaso en verso a las principales figuras de la política, la banca, la literatura, el arte o la tauromaquia, ilustrada con mordaces caricaturas. Entremos al trapo. Del malagueño Cánovas, que comenzó como profesor en una academia, nos dice: “cuentan que en Málaga un día, tan pobre y mísero estaba, que solo se alimentaba de los niños que instruía”. Entró en política y se acabaron las penurias, eso no ha cambiado. Castelar no sale muy bien parado tras su paso por la jefatura del Gobierno en 1873: “de tribuno sin rival, gozas nombre universal bien ganado y merecido, pero en política has sido un ciudadano fatal”. La verdad es que a los políticos les zurraba de lo lindo, parece mentira que sesenta años más tarde no se pudiera hablar ni del concejal de tu pueblo. A Figueras, que fue el primer presidente de Gobierno con la I República, lo llama “federal, gran abogado, fue valiente presidente del poder ejecutado, y digo lo de valiente en sentido figurado”. Germán Gamazo, varias veces ministro, estaría poco tiempo callado, pues “hablando su vida pasa, y es vicio en él tan marcado, que cuando no es diputado, perora él solo en su casa”. Del jerezano Paul y Angulo, según la Historia instigador del asesinato de Prim, dice: “Con sangre escribió El Combate, mostró destreza en un duelo, hizo luego un disparate, y si no lía el petate y se larga, le arde el pelo”. La pluma de Granés se ocupa de una nutrida galería de personajes, y muchos han quedado en el tintero: Ramón de Cala, Silvela, Salmerón, Pavía... Todos ellos, a buen recaudo y disponible para el público en la Biblioteca Municipal de Jerez. Los lectores sin duda  agradecerán descubrir a este ingenioso y olvidado escritor, y la sorprendente actualidad que tienen hoy muchos de sus  certeros dardos. NATALIO BENITEZ RAGEL.


sábado, 15 de noviembre de 2014

SOMBRAS

Hace unas semanas les daba cuenta de la aparición de dos documentos de gran  valor histórico: uno databa del siglo I d. C. y el otro era un cuaderno perdido de un científico de la expedición de Scott a la Antártida. Ahora me gustaría cerrar el tema acercándome a la otra cara de la moneda, la de  la literatura, donde la aparición muy de vez en vez  de algún manuscrito inédito de un escritor de prestigio ya desaparecido, o un fragmento nunca publicado de algún libro de culto, no suelen estar exentas de polémica. Sucedió el año pasado con la aparición oportuna –lo digo porque se vivían los prolegómenos del aniversario de su muerte- de unas pocas páginas inéditas del libro de Saint Exupery El principito. En esto de las apariciones “espontáneas” en la literatura hay que estar prevenido, pues a diferencia del rigor que rodea los estudios previos a las “apariciones” de los documentos históricos, la sombra siempre planea sobre los literarios. Y es que se juega  con ese convencimiento de que todos estamos predispuestos a desear la aparición de un libro desconocido de un autor que admiramos, predisposición que hace aumentar la picaresca.  Fue muy comentada hace unos años la publicación de una desconocida versión de  la novela de Julio Verne El volcán de oro. Hoy las incertidumbres sobre ella siguen y tenemos dos versiones firmadas por el mismo autor, y ninguna certeza sobre cuál  era la que Verne deseó dar a la imprenta. Revolver viejos manuscritos  siempre trae consecuencias no deseadas, y si no, basta recordar el culebrón que aún sigue sobre el último original inacabado de Capote, Plegarias atendidas, del que periódicamente aparecen algunas páginas. Estos últimos años han ido apareciendo textos de Orwell, poemas de Benedetti, cuentos de Kafka, etc. Y la lista seguirá creciendo puesto que la literatura se rige por unos intereses comerciales lejanos a los de la investigación histórica, y es esto lo que muchas veces arroja serias sombras sobre la auténtica realidad de lo que se nos trata de vender. RAMON CLAVIJO PROVENCIO 

DEUDA

Ha tenido que pasar demasiado tiempo para recordar que tengo una deuda pendiente y, por ello, más vergonzante con un escritor y con los lectores que se acercan a estas líneas. En mi descargo puedo argumentar que son tantos en tantos siglos que no uno, sino un ciento y hasta millares son los escritores que se te pueden escapar, y que necesitaría más de tres vidas para leer algo, no todo, de aquellos que realmente merecen la pena. Por fortuna para mí, aunque debí encontrarme con sus novelas mucho antes (nunca es tarde…), puedo contarme entre el sin duda enorme grupo de rendidos lectores de Francisco González Ledesma. Hace unos meses, después de haber leído varias de sus narraciones, me hice con la reedición que la editorial Menoscuarto publicó de su primera novela “El adoquín azul”, una narración breve sobre la represión de la dictadura. Una novelita por la que podemos comprobar que González Ledesma es mucho más que un escritor de novela negra. Pero no hubiese hecho falta tal demostración, porque en sus propias novelas policíacas, con su comisario Ricardo Méndez como protagonista, ya se puede apreciar que González Ledesma es un escritor de mucho más recorrido y profundidad de lo que te permite o creemos que permite el género negro. Si la figura del Méndez crepuscular, ya de vuelta de tantas batallas cuyas huellas se dejan notar en las cicatrices del cuerpo pero también del alma, nos acerca al tipo de protagonista clásico del género, son la fina ironía, la capacidad del personaje para reírse de sí mismo, la mezcla de lo trágico y lo cómico los rasgos que relacionan a Méndez con los personajes más emblemáticos de la literatura española, y a las novelas de González Ledesma con la mejor de nuestra literatura clásica. Después de leer “Expediente Barcelona” y “Una novela de barrio” me di cuenta de que quizá el género policíaco anglosajón podía estar sobrevalorado, al amparo de las versiones de Hollywood; de que el emergente y ya consolidado género norte-europeo no dejaba de ser una literatura menor, incluso con productos de desecho (caso de Stieg Larsson); y de que la novela negra mediterránea bien merecía un buen periodo de atenta y, de seguro agradecida, lectura. Si ya había descubierto hacía unos años a Donna Leon y su Brunetti enredado en los turbios asuntos políticos, sociales y económicos tan italianos, y a Camilleri con su amable Montalbano (personajes cuyas series televisivas lejos de hacerles justicia, los ensombrecen), o a Petros Márkaris y su comisario Kostas Jaritos, la lectura de González Ledesma ha sido en mi caso uno de los grandes y afortunados descubrimientos de los últimos años. Con él y con los lectores de esta página había contraído una deuda que espero haya pagado. Ya solo me queda seguir leyendo sus obras… ¡Qué pena no encontrar su nombre en un monográfico sobre la novela negra en España publicado por una de las revistas literarias del momento!. José López Romero.