LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
Mostrando entradas con la etiqueta 25 de noviembre de 2009.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 25 de noviembre de 2009.. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de noviembre de 2009

FIERABRÁS


La actual crisis económica de la que desafortunadamente nuestro país como saben, a diferencia del resto de Europa, va a salir el último, nos trae situaciones cotidianas harto curiosas, cuando no penosas, situaciones que nos dibujan de forma más realista que esos informes macroeconómicos o los datos estadísticos a los que tan aficionados son los políticos cuando tratan de llevarnos al huerto, la realidad, la dureza con la que algunos sufren más que otros sus embates. En el paisaje cultural de una pequeña ciudad como esta, también parece que la crisis es la causa de la proliferación de ciertas escenas cotidianas, y aunque, como en todo, también la cultura soporta leyendas urbanas como aquella de que cuando el hambre apretaba algunos poetas habían escrito sus mejores obras, no es precisamente una leyenda urbana el que algunas instituciones culturales, por ejemplo las bibliotecas públicas, se conviertan en lugares de irresistible atractivo, algunos dicen que parecen ejercer cierto poder balsámico, para muchas personas en épocas de penuria. Hace unos días se comentaba en cierta Biblioteca Pública, como un señor de cierta edad había preguntado por la sala de prensa, a la que se encaminó una vez se le hubo indicado el lugar. Al poco tiempo salía un tanto contrariado, y educadamente dejaba caer un comentario al ordenanza de la puerta, “se estaba muy agradable, pero me habían dicho que también daban un cafetito con el periódico”. Hoy, más que ayer, pasean por las galerías de la biblioteca más solitarios que nunca, gentes que jamás estuvieron aquí y sobre las que los bibliotecarios, recelosos, tratan de descifrar qué hacen dando vueltas y vueltas, pero sin coger un libro o un periódico. Yo creo que buscan compañía, solo que quizás tarden en encontrarla pues los observo cómo miran con asombro y mucha timidez, mientras van cayendo las horas, las estanterías repletas de libros de todas y cada una de las salas, sin atreverse a coger ninguno. Quizás llevaban demasiado tiempo de espaldas al libro, y ahora cuando el mundo parece darles la espalda a ellos buscan tímidamente uno que los acompañe, quizás así luego lleguen otros hasta que los alcancen tiempos mejores. “Manué” es un caso aparte. Llega puntualmente todas las mañanas y sale a la hora de cierre. Pide desde hace meses el mismo libro y ha confesado a un usuario del centro, el único que ha logrado cruzar alguna frase con él, que busca en este la fórmula del auténtico bálsamo de fierabrás (ya saben aquel que es capaz de curar todas las dolencias del cuerpo humano) pues, según él, no es correcta la que aparece en el capitulo XVII del Quijote. Lo más curioso de lo que les he narrado hasta ahora es que “Manué”, desde que pide el libro hasta que lo devuelve al bibliotecario, no parece pasar de la primera página del mismo. Dichosa crisis. Ramón Clavijo Provencio

CABEZA DE TURCO


Acabo de leer “Cabeza de turco” del alemán Günter Wallraff, un descarnado documento sobre las condiciones de trabajo a que son sometidos los turcos en Alemania, y que el mismo autor sufrió al hacerse pasar por uno de esos inmigrantes que buscan fortuna en uno de los países más ricos de la Unión Europea. Una crónica de infamias que data de 1985 y que, según la contraportada de la edición de Anagrama, “levantó una auténtica conmoción” en aquel país. No era para menos. En un artículo de hace unas semanas comentaba yo cómo la literatura ha sido siempre un buen canal para denunciar las pésimas condiciones (humillantes incluso) en que obreros y campesinos han trabajado durante años, por no decir siglos. A los ejemplos allí aducidos podemos ahora añadir buena parte del Naturalismo decimonónico (“La taberna” de Emilio Zola) y todo el Realismo Social de los años cincuenta (Alfonso Grosso, Luis Romero, López Pacheco, e incluso Caballero Bonald con su “Dos días de setiembre”). Pero lo que relata Wallraff no es literatura, sino la realidad en toda su crudeza, tanta por momentos que uno llega a dudar de la veracidad del relato. Pero es la propia realidad quien nos convence de que lo vivido por un turco en la Alemania de 1985, puede superarse. Sin ir más lejos, basta con asomarse a los periódicos; no hay fin de semana que en sus páginas no nos encontremos con crónicas de verdadera esclavitud, por no hablar de la desesperación de trabajadores (ver Diario de Jerez, domingo, 8 de noviembre) que no ven la salida a una negra crisis que tantos y por tanto tiempo negaron. Y mientras, no paran de sacarse de la manga planes y leyes. La última, la populista de los impuestos a los jugadores extranjeros. Si tienen que pagar, que paguen, por supuesto, ¡faltaría más!. Pero mucho mayor y más grave es el daño que se hace a la democracia y a sus instituciones cada vez que cogen a un político con las manos en la masa. Más de 4.000 millones de euros en diez años por sólo 28 causas abiertas darían para la creación de muchos puestos de trabajo. Por cada político (y me van a permitir también el femenino) o política trincón/a, todos los ciudadanos nos sentimos “cabeza de turco”. José López Romero.