Siempre
ha sido la actualidad uno de los principales motivos de inspiración o, mejor
dicho, para recuperar la inspiración, para esos escritores que alguna vez se
atascan, y ven pasar las horas ante el papel o la pantalla del ordenador en
blanco. Hace algunos años un conocido escritor local, también articulista, me
decía que cuando le venía uno de esos días tontos, donde no se le ocurría nada
sobre lo que escribir, echaba mano del santoral y que este era infalible, pues en él se escondía
tras un nombre muchas veces desconocido,
una historia apasionante que siempre se podía adaptar para captar el
interés del lector. Hoy la actualidad política y económica, se antoja un campo
fértil para el escritor espabilado, y como en un año de buena cosecha, donde la
climatología ha sido benigna con los cultivos, no deja de proporcionar historias, algunas
verdaderos diamantes en bruto. Algunos ya han encontrado ese filón, y con
notable éxito (lean lo último de Márkaris
o Eduardo Mendoza), y otros muchos no dudo que ahora mismo estén enfrascados en
otras tantas historias que de seguro les den una efímera fama, a costa del
calvario que la actualidad nos está haciendo pasar al resto de los mortales.
¿Cómo dejar pasar el culebrón de la banca y no sacar de él un gran argumento?
Como les decía Márkaris ya ha dado su versión (en la imagen) inspirada en la
realidad griega, pero sin duda el caso español añade aspectos realmente
notables. Como el de ese recién llegado
gestor vasco, que mayestático pide dinero público a mansalva y a fondo perdido,
mientras no se le mueve un músculo de la cara. No hay preguntas, por tanto no
hay alusiones a cómo se ha llegado a esto, o si podremos también pedir los
ciudadanos de a pie dinero a fondo perdido. Otra historia: antigua responsable
máxima de entidad bancaria, a la que por
supuesto lleva a la bancarrota, y que una vez descabalgada de su poltrona, se
asegura una pensión millonaria (algo por lo visto común a los malos gestores) y
acto seguido se apunta al paro. La actualidad española da, sin duda, para sacar del atolladero al escritor con
síndrome de “la página en blanco”. Ramón
Clavijo Provencio
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 2 de junio de 2012
SUBRAYAR
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| Jonathan Wolstenholme |
Tuve yo en
mis ya lejanos (¡muy lejanos!) años de estudiante universitario a un profesor
de crítica literaria, poeta por aquellos tiempos en ciernes y hoy consagrado,
que afirmaba, seguramente por su propia experiencia, que el poeta está en permanente
búsqueda de un verso feliz, ése sobre el que hace gravitar todo el poema o,
incluso, el que puede salvarlo del olvido; pero para esto último, más que
feliz, habría que calificarlo de divino. Es posible. Concedámosle a la teoría
de aquel profesor al menos el beneficio de lo plausible, porque en esto de la
poesía cualquier afirmación puede convertirse en dogma; ese dogma que, a partir
de cierto momento como lector, he seguido y rastreado en buena parte de los
libros que he leído en busca de ese verso o de una frase, siquiera una, que me
iluminara la novela o el poema que estaba leyendo. Y así, me he convertido en
subrayador de fragmentos en los que (me atrevo a decirlo) adivino la
inspiración celestial que alienta al creador, o quiero destacar por alguna
experiencia personal o porque los considero simplemente interesantes. En un
principio hacía el subrayado de forma inconstante y apresurada (aún me acuerdo
de aquel inicial “Narciso y Godmundo” de Hermann Hesse), pero con el tiempo he
perfeccionado la mecánica y no falta en mi mesa la regla y el lápiz de color
(rojo o azul), instrumentos callados pero sabedores de la importancia que les
he concedido en mis lecturas. Y así, cuando reviso o releo alguna obra, siempre
encuentro la huella que dejé en aquella primera lectura, huella a veces
inexplicable pasados los años, aunque en la mayoría reconozco el pálpito que me
hizo destacarla sobre el resto de las páginas. Permítanme que, a modo de
ejemplo, ponga la última obra que estoy leyendo (aún no acabada), se trata de
“Balas de plata”, interesante novela del mexicano Élmer Mendoza. En una de sus
páginas he subrayado la frase siguiente: “Como dice Rudy, reflexionó, la comida
para que sea buena debe hacer un poquito de daño”; una frase que seguramente
responde a mis vivencias personales, más cuando uno ya está amarrado al duro
banco del omeoprazol. Y, en la misma página, he subrayado: “los asesinos
carecen de algo que él tiene a mares (se refiere a un sospechoso): aptitud para
la tristeza”. Una frase que, en mi opinión, salva toda una novela, al margen de
la indudable calidad del relato de Élmer
Mendoza. Sin embargo, hay novelas y autores que por mucho que he intentado
subrayar pasajes, frases o pequeños fragmentos, me ha sido del todo imposible,
porque tendría que gastar cajas y cajas de lápices: “El amor en los tiempos del
cólera” o el relato “El rastro de tu sangre en la nieve” del gran García
Márquez, por ejemplo, y últimamente “Los girasoles ciegos” de Alberto Méndez. De
los muchos, muchísimos pasajes que he ido subrayando de esta excelente novela,
me quedo con el siguiente: “Él y yo sabemos qué largo es el tiempo sin un beso
y ahora, probablemente, no nos quede suficiente para resarcirnos. El miedo, el
frío, el hambre, la rabia, la soledad desalojan la ternura”. El dedo de Dios.
José López Romero.
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