LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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viernes, 18 de enero de 2019

ALUCINACIONES


A veces me asaltan preguntas absurdas o inquietantes, muchas relacionadas con mi pasión  por la lectura, como esta que cíclicamente vuelve una y otra vez  “¿qué libro será el que esté leyendo antes de irme para siempre?” Y lo peor es que cuando surge una de estas interrogantes, me provoca ella sola una cascada de nuevas interrogantes relacionadas con la primera cuestión. “¿Lo habré terminado, o lo abandonaré con el marcapáginas como mudo testigo de hasta dónde llegaron mis ojos?” “¿Será uno de esos libros que no terminan de captar mi atención y en los que busco un motivo para abandonar su lectura? ¿O será, en cambio,  todo lo contrario, de esos en los que  ralentizo la lectura para intentar alcanzar lo imposible: no llegar al punto final?” En un principio no le di excesiva importancia al asunto. “Con la edad, me decía un conocido afectado por otra manía (padece ataque breves de “déjà vu”. Piensa que lo que le pasa en un momento determinado ya lo ha vivido anteriormente), uno va explorando territorio desconocido, tanto en lo físico como en lo emocional, es cuestión de dominarla. Mira a Iñaki Gabilondo que le ha dado por preguntarse cómo será el mundo que vivimos “Cuando ya no esté”. Lo cierto es que he llegado a la conclusión de que con el pasar del tiempo y el aumento de los ataques, tengo alguna patología emocional, seguramente catalogada en algún manual, y que va camino, si no lo ha hecho ya, de cronificar. A veces los ataques traicioneros duran unos minutos; otras veces, como una terrible jaqueca, varias horas.  Es curioso, pero desde que arrastro estas  -no sé cómo definirlas- ¿molestias? he ampliado mi campo de lecturas, y he descubierto a Oliver Sacks lo que considero un verdadero regalo. Al principio con la seguridad de  que tan eminente neurólogo como excelente escritor me diera alguna pista a través de sus “Alucinaciones” (Anagrama. De sus varias ediciones leí la de 2013) o “Veo una voz” (Anagrama. 2015). Me convencí tras estas lecturas de que no tenía nada excepcional, por supuesto nada que ver  con síndromes como el que  hace tener la capacidad de imaginar olores (“Unos pocos nanogramos de vino”), o el aún más raro que te hace desdoblarte hasta verte como si tuvieras delante un espejo (“Doppelgängers”). También me tranquilicé al conocer que ilustres de la cultura y de la literatura también afrontaron en algún momento de sus vidas, alguna  -llamémosle “rareza emocional”- que fue determinante en su obra, y la lista de estos personajes –Dostoievski, Evelyn Vaugh, Henry James….- es tan larga según Sacks que necesitaríamos varios libros para recogerla. No, mi modesto síndrome de seguro no me hará escribir una obra maestra, aunque sí al parecer orientarme hacía buenas lecturas… y descubrir a Sacks. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

SUELTOS


Permítanme que les ponga en situación. Una chica cruza un semáforo y a la espera queda un coche con dos jóvenes dentro, y cuando la primera pasa y arranca de nuevo el vehículo, el copiloto le lanza un beso que encierra toda esa lascivia burda, soez y casposa, esa voz interior de la manada que termina siempre por aflorar en ciertos especímenes de la zoología humana. Y mi primera pregunta fue ¿tendrá madre, hermana y le gustaría que le dedicaran ese gesto?, y la segunda, por deformación de lector sin remedio: ¿qué lee ese bulto? Y mi respuesta o conclusión a esta es siempre la misma: afortunadamente, nada. Y digo “afortunadamente” porque nada gana la literatura o la cultura en general con que los ojos de ese individuo se posen en alguna página; todo lo contrario, la literatura perdería porque la mancharía. Mucho antes de que el Renacimiento y el hombre humanista, hicieran más accesible el libro a través de la imprenta, ya los grandes intelectuales de la Edad Media consideraban el libro como un bien que dignificaba al ser humano, que elevaba sobre los demás a aquellos que tenían la destreza de leer y escribir, como así lo certifican grandes intelectuales de nuestro tiempo como Jacques Le Goff o E. R. Curtius y tantos otros. Yo no quiero que ese individuo, el del beso baboso y repulsivo (“como el vientre viscoso y frío de un sapo”) lea, ni me gustaría siquiera que leyese este artículo, aunque solo fuera para reconsiderar su actitud y censurarse el gesto, no creo en ello. Hay edades o etapas en la vida de una persona en las que se deben hacer ciertas cosas, y cuando se pasa esa edad ya no hay remedio. Y está claro que nada vamos a sacar ya de un cerebro que no fue educado en su momento para la lectura, para que los libros le enseñen el respeto a los demás y las más mínimas normas de urbanidad. Rechazo, por supuesto, pero también preocupación. Como padre de una chica, me preocupa que elementos como esos anden sueltos. José López Romero.