LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 21 de mayo de 2016

CIUDADES INESPERADAS

Hace algunos años tuve la fortuna de conocer a un escritor que se escondía bajo el nombre de Joseph Martin. Francés de origen, o al menos eso afirmaba él, terminaba sus días contemplando  las marismas desde su habitación en una residencia de ancianos de S. Fernando. No me pregunten qué rocambolescas circunstancias me llevaron a conocerlo, ni tampoco si todas sus historias, aquellas que me contó paseando por los jardines de aquella residencia, eran reales o  inventados, como el afirmar que había sido amigo y discípulo del gran Somerset Maugham. Pero lo cierto es que algunos ramalazos de verosimilitud tenían aquellas anécdotas, como real era que estaba escribiendo un libro bajo el titulo de Después de Casablanca, del que me prometió  un ejemplar dedicado y en el que Joseph Martin nada más y nada menos se atrevía a continuar aquella historia, en origen pieza teatral,   que  luego sería  aclamada universalmente cuando Michael Curtiz la lleva al cine protagonizada por Ingrid Bergman y Humphrey Bogart.  Martin me contó las extrañas vicisitudes que le llevarían  a terminar sus días –lo que él preveía cercano, vaticinio que lamentablemente se cumpliría  unos meses después de nuestro primer encuentro- en aquella pequeña población gaditana después de haber recorrido medio mundo y parte del otro. Me explicó una extraña teoría sobre las ciudades que sorprenden al viajero convirtiéndose en el final definitivo de su peregrinaje, y como  la mayoría de las veces no son  las soñadas  ni deseadas, sino ciudades como aquella S. Fernando que de ser una pequeña escala en el camino de aquel ya anciano charlatán –o escritor- finalmente adquieren la notoriedad y relevancia en una vida, como la de ser la que finalmente acoja nuestros último aliento. Era una teoría absurda pero muy bella, y que decoraba con ecos de sucesos y aventuras personales que podían haber sido escritas por el mismo  Stevenson o mi admirado Hugo Prat. Sin embargo era un desconocido de origen francés que se hacía llamar Joseph Martin el que las había vivido –o inventado-. Antes de Martin me habían subyugado aquellos escritos de Ítalo Calvino sobre las ciudades inventadas, o las bellas líneas  con las que Nuria Amat distingue las ciudades turísticas “que se hunden y desmoronan por el peso de curiosos dispuesto a invadirlas”, de las literarias “lugares santos que exponen sus reliquias al peregrino literario”. Nunca había reparado en esas otras ciudades que inesperadamente se cuelan como un ladrón entre las sombras para robarnos nuestras pertenencias o sueños. Ciudades que desplazan a esa Ronda de los románticos, la Petra perdida en el desierto o una Tombuctú como final de peregrinaje de los grandes viajeros. Ciudades inesperadas en las que el viajero exhausto, como Joseph Martin,  se verán anclados impotentes en un final definitivo de su incesante peregrinaje. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

ADELANTADOS

“Que a todo hombre viviente, / en cualquiera lugar que haya nacido, / sea iroqués o patagón gigante, / fiero hotentote o noruego frío, / o cercano o distante / le miro siempre como hermano mío.” Cuando uno lee estos versos de José Cadalso (“Sobre no escribir sátiras”), el gran ilustrado que ejerció tan poderosa como benefactora influencia sobre poetas como Meléndez Valdés o el mismo Jovellanos, no puede por menos que pensar en la rabiosa actualidad de su mensaje, a pesar de los más de dos siglos de distancia y, lo que es más grave, lo poco o lo “casi nada” que ha evolucionado o, lo que es peor, cuánto ha retrocedido este mundo de nuestros pecados cuando seguimos planteándonos si todos los que vivimos en él debemos considerarnos hermanos, al margen de geografías distantes o cercanas, de religiones o de razas. No otra respuesta que los versos de Cadalso piden de nosotros la grave situación de los refugiados que huyen de sus países en guerra, o la cantidad de inmigrantes que intentan llegar a nuestras costas en esos ataúdes humanos a los que llaman pateras. Y de la misma manera, si leemos la oda “El fanatismo” de Meléndez Valdés, comprobamos en sus versos el lamento del poeta por la irracional y sangrienta manera de entender las religiones, sean antiguas o modernas: “Y, ¡ay!, en nombre de Dios gimió la tierra / en odio infando, en execrable guerra”. No otra imagen que la que Meléndez recoge en estos versos nos están dejando los continuos atentados que en nombre de un Dios hecho para el odio y la destrucción asolan países y el nuestro, por desgracia, no ha sido una excepción. Y de nuevo la pregunta es obligada: ¿es que no hemos evolucionado nada? ¿es que lejos de mejorar, realmente hemos empeorado? Cadalso murió en 1782 en el asedio a Gibraltar, y Meléndez Valdés murió en su exilio de Montpellier, una víctima más de la invasión napoleónica. Hoy las obras de Cadalso y de Meléndez Valdés siguen siendo un ejemplo de lo poco que ha aprendido el ser humano. José López Romero.