LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 27 de octubre de 2012

TRES COSAS


“Hay tres cosas que ninguno de los jóvenes de la presente generación son capaces de hacer: no pueden saborear el vino, no pueden jugar al whist y tampoco pueden decirle un piropo a una dama”, dice el honesto abogado Sr. Gilmore en relación al joven Walter Hartright, profesor de dibujo y rendido amante, aunque sin esperanzas, de la señorita Laura Fairlie, en la novela “La dama de blanco” del escritor inglés del siglo XIX Wilkie Collins, a quien la inmensidad literaria de un Charles Dickens quizá le haya restado el reconocimiento y la fama que su calidad sin duda merece. Prueba de ello es que precisamente “La dama de blanco” se publicó por primera vez por entregas en la revista “All the year round” que dirigía el propio Dickens, y donde éste también había publicado varias de sus obras también por entregas, entre ellas “Historia de dos ciudades”. Incluso los dos grandes escritores y sin embargo amigos llegaron a escribir algunos relatos al alimón que vieron la luz en la misma revista. “La dama de blanco”, como ejemplo de la producción de Collins, es una novela que al misterio de la trama se le une la sólida narración de las buenas novelas decimonónicas tan recomendables para todas las épocas del año. Háganme caso: una novela del XIX nunca defrauda al más exigente lector. Pero vayamos a la frase del Sr. Gilmore que dicha en pleno siglo XIX parece que no ha perdido vigencia pese a que más de un siglo la contemple. Si no saber o ser diestro en el whist, un juego de cartas a los que tan aficionados son los ingleses, es ya un defecto de la juventud a criterio del Sr. Gilmore, ¿qué decir de no saber requebrar a una señorita o de beber y saborear una copa de buen vino? En lo primero, siempre se nos viene a las mientes el exabrupto grosero a pie de obra al paso de una hermosa mujer; y sin embargo, en otro tiempo, tampoco tan lejano, el español gastaba fama de dominar el arte del piropo, de la elegancia y la sutileza de una frase que halagaba la vanidad femenina cuando a través de ella se destacaba su belleza. Pero en esto, como en tantas cosas, vivimos otros tiempos en los que no sabemos distinguir lo sutil y elegante de la mala educación, o hemos desarrollado para estos asuntos una susceptibilidad tan especial que cualquier piropo nos parece un insulto y, por tanto, motivo de denuncia. Y en cuanto a lo del vino, no hay más que darse una vuelta por los bares de nuestra ciudad, la ciudad del vino, para darse cuenta de que nuestra juventud no aprecia las bondades de un producto que por ser de la tierra nos deberíamos sentir orgullosos de él y hacer patria con su consumo. Somos capaces de ponernos las manos en la cabeza al ver a un joven beber una copa de buen oloroso, y sin embargo miramos para otro lado cuando se prepara una de esas combinaciones por las que un día le explotará el hígado. Enseñar a beber sigue siendo, no cabe duda, una de nuestras asignaturas pendientes. José López Romero.


BÚSQUEDA


Hace algunas semanas un familiar me pedía un favor. Me eché a temblar –uno no sabe lo que le pueden pedir en los tiempos que corren-, pero cuando lo escuche respiré primero aliviado y  luego sorprendido. Quería localizar un viejo libro que había leído en su adolescencia. “Una novelita de gánster, Ramón. No es que sea una obra maestra, pero me trae  recuerdos de lo bien que lo pasé leyéndola, y me gustaría localizar algún ejemplar”. Pensé, aunque no se lo dije, que nada vuelve a ser lo mismo, que el tiempo contamina nuestras emociones y quizás ahora aquella novela no le causaría la misma impresión que la que leyó hace años. Lo cierto es que  aquel ramalazo de nostalgia que atacaba a mi cuñado me asaltó también a mí, y esa epidemia emocional me puso la tarea de  recordar aquellos libros con los que tanto disfruté, cuando daba mis primeros pasos como lector,  y que pasaron al olvido por alguna razón para no volver a toparme con ellos. Y esa máquina increíble que es el cerebro rápidamente puso ante mis ojos el recuerdo de dos libros. A uno de ellos le faltaba la cubierta y lo había encontrado dentro de una caja llena de trastos viejos  de los que un vecino, que se trasladaba de edificio, trataba de desprenderse. Tampoco, como mi cuñado, recordaba el autor, pero sí el título, "El grumete". Del otro libro, uno de los primeros que no me regalaron sino que compré siendo adolescente,  sí me asaltaron más imágenes. Era una antología de relatos cortos editada  en aquella colección mítica de Bruguera “El libro Amigo”, allá por los setenta del pasado siglo. La nostalgia lo mete a uno, de  manera imprevista, en emocionantes aventuras. Hasta ahora he logrado dar –a través del portal en Internet de una librería argentina- con el último libro de los que he mencionado, pero no desfallezco en la búsqueda de los demás. Ramón Clavijo Provencio