LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 5 de marzo de 2011

De coleccionistas y viajes

Sé de algunos espíritus inquietos que coleccionan referencias de personajes ilustres que en su día pasaron por la ciudad, de la misma manera que otros coleccionan libros o sellos. Pensando en ellos –hoy me siento generoso- redacto las líneas que siguen, en las que doy cuenta de la breve pero intensa estancia del norteamericano Washington Irving en algunas ciudades de nuestra provincia. Para ello es preciso viajar hasta el verano de 1828 y toparnos con el escritor en el preciso momento en que vuelve de Sevilla, tras visitar los lugares colombinos. Luego, después de una breve estancia en la ciudad, éste decide buscar algo de frescor y tranquilidad en la costa. Así en los últimos días de agosto se le ve embarcando en el vapor “Canario” rumbo a Cádiz. Sabemos que lo que quería Irving era seguir trabajando en su inacabado manuscrito de “La conquista de Granada”, pero el alojamiento que habían encontrado en el nº 4 de la calle Palacios de la capital - la casa de un fabricante de sillas- al parecer no reunía las mejores condiciones para que el escritor pudiera evadirse y concentrarse en su trabajo. La solución la encontró en una fugaz escapada a la vecina Jerez, donde visitando las bodegas de Domecq conoció a R.S. Hackley, uno de los invitados por el bodeguero con el que compartió mesa. Hackley, antiguo cónsul norteamericano en Sanlúcar, y más tarde en Cádiz, tenía una finca en el Puerto llamada El Cerrillo, y que a escasa distancia de esta población, sobre una pequeña elevación del terreno desde donde se divisaba el mar, podría ser el lugar ideal, pensó el norteamericano, para culminar los asuntos literarios que se traía por entonces entre manos: “El edifício se encontraba situado en un lugar privilegiado desde donde podía extenderse la vista sobre una infinita extensión de tierra y mar, con la antigua ciudad fenicia de Cádiz asomando a ocho millas de distancia y las montañas de Ronda cerrando el horizonte a lo lejos.” Llegados a este punto, la verdad es que ignoramos si la costa, o sus periódicas visitas a las bodegas jerezanas, inspiraría alguna de las creaciones del escritor pero de seguro sí que hizo avanzar los asuntos literarios en los que se hallaba enfrascado. Las vistas desde El Cerrillo cautivaron a Irving que ya pensaba alargar su estancia en el Puerto cuando le llegó la terrible noticia de la epidemia de cólera en Cádiz. Para escapar de ella Hackley, el dueño del Cerrillo, reclamó su propiedad para alojarse con su familia por lo que Washington Irving no tuvo más remedio que poner punto final a aquellos felices días. Nuestro viaje toca a su fin también, pues a principios de octubre de 1928 dejamos al norteamericano embarcando en el vapor “Betis” rumbo a Sevilla. ¿Incrementará esta anécdota la colección de algunos de esos coleccionistas a los que me refería al principio? Ramón Clavijo Provencio

CITAS

Cada vez que se ponía a leer, no le faltaba a mano un lápiz con el que iba subrayando algunas frases. Había quien ya llegaba a pensar que sólo leía para subrayar esos breves fragmentos que después pasaba con escrupulosidad oriental a su ordenador portátil. Tenía en el escritorio varias carpetas abiertas cuyos nombres respondían a otros tantos temas, algunos tan universales como el amor, el dinero, la muerte, la amistad; pero otros eran más intrascendentes, asuntos de actualidad, de pervivencia efímera. Pero a la tecnología, añadía procedimientos más artesanales, y siempre se acompañaba de una libretita en la que tenía anotadas las frases más felices, las clásicas y las universales, las conocidas por todos pero también las más originales; en definitiva, aquellas perlas que le garantizaban el éxito social fuera la situación que fuera, ni importaba el contexto para decirlas ni falta que hacía. Y cuando las lecturas no lo abastecían de las citas necesarias, de inmediato se conectaba a Internet, ponía en su buscador el tema o los autores de cabecera y en sus páginas encontraba, seguro, ese buen ramillete de frases que perseguía. Antes de una comida con amigos o de empresa, o de una fiesta, mientras su mujer terminaba de arreglarse, él encendía el ordenador, ponía encima de la mesa la libreta e iba memorizando las veinte frases de la noche que, de una manera u otra, largaría a sus interlocutores. Pero antes de aquel ceremonial, se había informado con todo detalle de la lista de invitados y había hecho previamente una buena selección de citas, con las que al tiempo que quería agradar, lo importante era quedar elegante. Por su cabeza paseaban Óscar Wilde (un verdadero clásico en esto de citar), Montesquieu, algún que otro filósofo ocurrente (entre su repertorio no faltaba algo de Pascal o de Descartes), algunos escritores alemanes (Goethe era siempre un seguro de éxito) y últimamente había incorporado a Coetzee, cuyo premio Nobel lo avalaba, y entre los hispanos Borges no tenía todavía igual. Notaba que de un tiempo a esta parte los clásicos grecolatinos, Shakespeare y los escritores áureos empalagaban un poco a su auditorio; alguna mueca de hastío había observado en la última cena cuando citó dos versos del “Othelo” que se había aprendido un poco antes de salir de su casa. Pero aquella noche, cuando el matrimonio se preparaba para otra cena en casa de unos amigos, el ordenador no le encendía y no encontraba la libreta, entonces se fue para la cocina y se tomó una cerveza y una ginebra doble porque esa mezcla era el recurso recomendado por Dickens -¡huy, otra cita!- a quienes están a punto de suicidarse. José López Romero.