Cerraba Arturo Pérez Reverte en
Cádiz la gira de presentación de su último libro Hombres buenos, y no defraudó. En esta ocasión lo hacía acompañado
por Óscar Lobato y a pesar de mi admiración por este último escritor, algunos
recordábamos con nostalgia a la otra pareja de Reverte en presentaciones
pasadas, el trágicamente desaparecido Rafael de Cózar. Decía Arturo que “la
salvación será la cultura o no será”, y es ese el discurso que subyace en el
libro que presentaba y donde se refleja con nitidez, realismo y amenidad los
hechos que llevaron a dos académicos de la Real Academia Española de la Lengua
a París en el siglo XVIII, para adquirir para la docta institución la Encyclopédie. Desde entonces se ha ido
dibujando en nuestro país la pugna entre el oscurantismo cultural y la cada vez
más imperiosa necesidad de que la libertad cultural llegue a todos. Comparto la
conclusión final de Arturo Pérez Reverte, su diagnostico, sobre que poco tiene
que hacer un país si la cultura es la gran olvidada, como tantas veces a lo
largo de la historia ha sucedido en el nuestro. ¿Será porque pocos tienen claro
lo que hay debajo de la palabra cultura? Lo cierto es que desde hace unos años
esa moda que creíamos pasajera de considerar cultura cualquier cosa - y si
mueve a las masas, mejor que mejor- se ha desvelado funesta. Hoy aquella moda
ya no es moda sino que lo impregna todo,
confundiendo a propios y extraños y haciendo que la sentencia del autor de Hombres buenos esté más cargada de
pesimismo de lo que en principio podría parecer. La degradación de los
servicios culturales públicos en
beneficio de fuegos artificiales temporales es algo evidente, y esto debería
provocar una reflexión sobre el concepto de cultura, sobre dónde deben estar las prioridades culturales
de este país, de esta ciudad. A la evidencia algunos y algunas responden con
indiferencia y
parecen no enterarse de nada, mientras el tiempo corre irremisiblemente.
RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
sábado, 6 de junio de 2015
LA PERINOLA
“Peonza
pequeña que baila cuando se hace girar rápidamente con dos dedos un manguillo
que tiene en la parte superior. El cuerpo de este juguete es a veces un prisma
de cuatro caras marcadas con letras y sirve entonces para jugar a interés”; así
define el DRAE este vocablo. Pero no nos interesa por su significado, sino
porque con este término tituló don Francisco de Quevedo “la que es sin duda la más eficaz,
divertida, original y maligna de cuantas sátiras literarias se han escrito en
español. Así lo sintieron sus coetáneos, y así lo prueba la abundancia de
manuscritos que la reproducen” (Jesús M. Morata, editor de la sátira). En
efecto; hasta medio centenar de manuscritos se cuentan de esta “Perinola” que,
según Jauralde Pou (que la incluyó en su edición de las “Obras festivas”.
Editorial Castalia), cierra el número de obras satíricas compuestas por don
Francisco, entre las que podemos destacar “El Chitón de las Tarabillas” o la
feroz “Execración contra judíos” o, más cercanas a la “Perinola” por el tema
que tratan, “La Culta Latiniparla” o el “Libro de todas las cosas”. El motivo o
blanco de la sátira quevediana fue la publicación de la miscelánea titulada
“Para todos” del dramaturgo Juan Pérez de Montalbán, al que el célebre poeta
madrileño ya le tenía cierta ojeriza no solo porque su padre, librero de
profesión (“sastre de libros y encolador y zapatero de volúmenes” lo llama
Quevedo), había tenido ciertos problemas con las obras de don Francisco, sino
también porque Montalbán hijo era discípulo confeso de Lope de Vega, motivos a
los que hay que añadir la figura del predicador fray Diego Niseno, tan estrecho
amigo de la familia Montalbán como enemigo de Quevedo, al que le negó la
aprobación en 1629 de su obra “Juguetes de la niñez”. Y si la dedicatoria de la
“Perinola” ya nos pone en situación (“Al doctor Juan Pérez de Montabanco,
graduado no se sabe dónde, en qué, ni se sabe ni él lo sabe”), los inicios no
son menos hirientes: “una dueña… con una voz sin huesos y unas palabras mamadas
a tabletazos de las encías, dijo: “Si es para todos, será la muerte”. Sin
embargo, detrás de la crítica a un género, el de las misceláneas u oficinas,
tan de moda en la época desde el siglo XVI, esconde Quevedo “el menosprecio por
un estamento de oficiales al que no se considera digno de acceder al ejercicio
de las letras” (Pedro Ruiz Pérez). Un concepto elitista de la literatura propio
de un escritor como Quevedo, tan orgulloso de la clase social a la que
pertenecía. Sin embargo y como suele suceder en estos casos, la “Perinola” tuvo
el efecto contrario al pretendido por don Francisco, lejos de convertir el
“Para todos” de Pérez de Montalbán en un fracaso, el libelo no hizo más que
acrecentar la curiosidad de los lectores de aquella primera mitad del siglo
XVII y fue todo un éxito editorial, reimpreso y traducido numerosas veces.
¡Cuántas veces habrá pasado lo mismo! José López Romero.
sábado, 30 de mayo de 2015
INTELECTUALES
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| Pintura de Xulio Formoso |
Acabo de leer el discurso que
pronunció Juan Goytisolo en el acto, solemne, de entrega del Premio Cervantes
de 2014, celebrado el pasado 23 de abril en el paraninfo de la Universidad de
Alcalá de Henares. Naturalmente, casi todos los medios de comunicación se han
deshecho en halagos ante un discurso al que han calificado de “indignado” y
“reivindicativo”. Y a continuación he leído la crítica que Fernando Aramburu
publicó al día siguiente, en la que daba toda clase de razones por las que no
le había gustado el discurso de Goytisolo. Entre estas, destaco la falta de
coherencia del autor de “Señas de identidad” al defender el compromiso del
escritor, cuando él lleva casi toda la vida al margen de una sociedad con la
que ahora dice sentirse comprometido desde su dorado retiro en Marrakech,
ciudad de un país que no se caracteriza precisamente por defender los derechos
humanos y del que salen muchas de las pateras que naufragan en nuestras costas.
Así, Aramburu comenta que “es más fácil y menos peligroso indignarse en España
y, sobre todo, contra España”, porque lo dicho por Goytisolo en Alcalá
difícilmente se le permitiría en Marruecos, y él lo sabe. La pose del
intelectual acomodado y de “vientre sentado” (expresión de Cernuda que
Goytisolo cita en su discurso), que se indigna o que critica al sistema que
precisamente le rinde honores o le ha llenado barriga y bolsillos es, por
desgracia, muy común. Más de uno o una han venido por Jerez, han preguntado por
el tipo de público que va a acudir a su improvisada pero bien pagada charla y
ha soltado las dos socorridas gracietas contra Aznar y ya tiene a buena parte de
ese público embotado, entregado y dispuesto a tragarse lo que le eche el
intelectual de turno, por mucha bazofia que sea, porque a veces no tiene la
honradez de prepararse ni dos folios, pero que cobra con la misma religiosidad
que bebe y come, lo que no deja de ser su pequeña contribución a la corrupción
de nuestro país ¿o eso no es corrupción?. José López Romero.
TODO EN BROMA
“¡Estoy
muy mal Nicanor! / ¡Pues yo no estoy bien Severo! / ¡A mí me embarga el dolor!,
/ ¡Y a mi me embarga el casero, que es muchísimo peor!”. Asi escribía en 1891
Vital Aza, un asturiano que, según el crítico Jacinto Octavio Picón, se
aproximaba a Píndaro por la jovialidad y a Quevedo por la melancolía. Hoy lo
apellidaríamos como lo que es, un cachondo mental de finales del XIX. Sigan
leyendo. Al rondar a una muchacha, cuidado con papaito: “Dos cosas he recibido,
/ que recuerdo a cada instante, / el beso que tu me diste, / y el puntapié de
tu padre”. Y qué decir de esos vecinos que piensan que viven solos, como los
que habitan esos híbridos entre chalé y casa de vecinos, y cuya niña nos toca
la flauta casi en nuestro tímpano: “¡Ya mi cabeza se abrasa!, / ¡Canasta con la
manía!, / ¡Esto de la raya pasa!, / ¡O se va usted de su casa, / o me voy yo de
la mía!. Toca también Vital el tema de la cerveza, por cierto no tan apreciada
como hoy: “Dénme marrasquino, ron, / cognac, vino peleón... / ¿pero cerveza? ¡jamás!
/ Primero bebo aguarrás / que esa maldita infusión”. Lejos estaba nuestro
artista de imaginar la colonización mundial que protagonizaría la nutritiva
bebida. Los epitafio los bordaba, y los políticos, también entonces acérrimos prosélitos
del gran Alí Babá, no se escapaban de su afilada pluma: “El político Blas Pinos
/ duerme el sueño de la muerte. / No habléis aquí de destinos, / que es fácil
que se despierte”. Si don Vital viviera hoy, y si además lo hiciera en la
Sierra Norte de Sevilla, le faltaría papel donde escribir sobre esta irrecuperable
ralea. Otro, este de pelanduscas: “Descansa bajo esta losa / la que fue con sus
virtudes / buena madre y buena esposa. / Lo de madre no lo dudes, / lo de
fiel... es otra cosa”. Hay cosas que nunca cambian. Como la elección de carrera
universitaria, de las que nuestro autor decimonónico decía: “Hoy están todas
tan mal / que no es fácil elegir, / y para colmo final, / nos cuestan un
dineral / y no dan para vivir”. Y hay versos que parecen escritos ayer: “La de abogado
antes era / una bonita carrera / de muchísimo provecho, / ¡ pero hombre si hoy
cualquiera / es licenciado en Derecho!”. Y sigue: “¿La de medicina?, ¡horror!,
/ no creo que le convenga, / ¡si es la carrera peor! / Ya no hay casa que no tenga
/ en cada piso un doctor”. Y así hasta casi cuatrocientas páginas de jocosas
ocurrencias que no dejan títere cabeza. Encontrarán “Todo en broma” en el
Legado Soto Molina de la Biblioteca Central de Jerez, donde se regocija
divirtiendo a sus propios compañeros de estantería. NATALIO BENITEZ RAGEL
viernes, 22 de mayo de 2015
¿QUÉ FUE DE BRUCE?
A falta de unos pocos días de
cumplirse el 75 aniversario del
nacimiento de Bruce Chatwin, todo parece indicar que el recuerdo de aquel británico
que revolucionara la literatura de viajes, ha ido diluyéndose en nuestro país.
Jacinto Antón (Héroes, aventureros y
cobardes. RBA, 2013 ) se hacía la misma pregunta en un sentido artículo –Llegan las cartas del nómada dorado-
publicado en El País coincidiendo con la
edición del libro Bajo el sol (Sexto piso. 2012) a la que él mismo
respondía no sin cierta ironía No hemos
sido tan afortunados como Werner Werzog que heredó su bagueteada mochila.
Pero ironías aparte no deja de ser extraño el silencio por estos lares en torno
al escritor tras su muerte, sobre todo cuando en vida sus libros atrajeron tanto a lectores como rendidas críticas.
Mario Muchnik, otro personaje irrepetible y que lo conocía bien, escribió hace
años unas palabras que hoy se nos antojan algo proféticas: Raramente la ceguera de la crítica literaria españolas ha sido capaz de
dejar a su público en tinieblas tan espesas. Raramente nos toca ser testigos del hundimiento, de una obra mayor como la de
Chatwin a causa de la insensibilidad de quienes podrían haber sido sus
salvadores. Chatwin es autor de una breve pero deslumbrante obra de la que
quizás En la Patagonia sea la más recordada por el público español ( poco después Paul
Theroux, uno de los últimos iconos de la
literatura viajera actual, publicaría
junto a Chatwin Retorno a la Patagonia,
lo que sólo se explica por el éxito del primer libro), pero es en sus dos
últimas historias Los trazos de la
canción y por fin Utz, donde se
vislumbra el Chatwin que nos deparaba el futuro si unos extraños hongos chinos, utilizando las propias palabras del escritor -posiblemente
SIDA- no hubieran acabado con él en tierras remotas. Toda su obra está motivada por una curiosidad
que podríamos calificar de tipo científico. Una piel de brontosaurio dio lugar a En la Patagonia, los orígenes del lenguaje a Los trazos de la canción, y así sucesivamente fueron surgiendo lo
que alguien afortunadamente calificó de novelas de viajes, fruto de una curiosidad insaciable que le llevaría de
su cómodo despacho en las oficinas de Sotheby´s en Londres a trazar rutas
inverosímiles por el planeta. Siempre en continuo movimiento, coincidimos con Alberto Cardín cuando escribe que nunca en un escritor se ha identificado tanto su literatura con su forma
de vivir. Chatwin era un nómada sin
posibilidades de redención, autor de una breve pero singular obra que
revolucionó la literatura de viajes, por lo que no podemos dejar –como denunciara
Mario Muchnik- que caigan sobre ella las tinieblas más espesas. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
MUÑECAS HINCHABLES
Acababa de terminar el artículo que dediqué hace unas
semanas a aquella obra de arte “el vaso medio lleno”, en el que reflexionaba
sobre el fraude en el arte moderno, cuando cae en mis manos El chico de la última fila de Juan
Mayorga, una más que recomendable obra de este reconocido hombre de teatro. Y
en ella, al hilo de las relaciones o redacciones entre profesor y “chico de la
última fila”, Germán (el profe) mantiene ciertas discusiones con su mujer,
Juana, quien gestiona una galería de arte moderno, cuyos dueños están a punto
de cerrar por ser un negocio ruinoso. No es para menos. Germán le reprocha a
Juana la exposición de muñecas hinchables, a lo que su mujer le recrimina que
dicho de ese modo parecería que había convertido la galería en un sex-shop, cuando
una
muñeca “llevaba la cara de Stalin, otra la de Franco... Tenía un sentido”, para
apostillar finalmente “Para quien quisiese vérselo.” Pero aquí no queda la
cosa. Ahora Juana, para levantar el negocio y mantener su puesto de trabajo,
está preparando una exposición de “objetos normales, pero manipulados para
producir un extrañamiento”. Entre ellos, Germán cuenta un ventilador o un reloj
pero con trece números, que Juana explica del siguiente modo: “el artista
interviene en el espacio doméstico poniendo de manifiesto rasgos que, de tanto
verlos, ya no percibimos…” Pero lo que ya deja patidifuso a Germán es “la
pintura verbal”, “la voz del autor describiendo un cuadro”. El artista ha
pintado previamente doce acuarelas, ha grabado en un cd sus descripciones y,
una vez terminado dicho proceso, las ha destruido; y su propuesta final
consiste en colgar de la pared unos auriculares o en un marco vacío, así los
oyentes del cd se convierten en cocreadores de un cuadro que se describe con
palabras pero nunca se verá. Germán no resiste más las moderneces de arte que
pretende vender su mujer, y concluye: “si para salvar la galería tienes que
exponerme en una vitrina, aceptaré el sacrificio. Pero no me pidas que me deje
tomar el pelo”. Conclusión: Germán también ve el vaso medio vacío. José López
Romero.
viernes, 1 de mayo de 2015
HISTORIAS DE UN DIOS MENGUANTE
Cuando leo algunos de esos
artículos que mi compañero de página dedica al libro y la lectura en nuestra
ciudad, impregnados de un pesimismo que raya en lo apocalíptico, aunque no le
falta razón en muchas de sus afirmaciones (un buen ejemplo es el que se incluye
en esta misma página y que titula “Hopper”, en honor al magnífico pintor norteamericano),
me asalta la sensación de que somos pocos los lectores que aún quedamos sobre
la faz de esta ciudad (o incluso sobre la Tierra), y que formamos como ese
grupo de últimos supervivientes después de una guerra nuclear que tantas veces,
con mejor o peor fortuna, ha recreado el cine de ciencia ficción; unos Denzer
Washington en El libro de Eli, a los
que se les ha encomendado llevar un libro que debemos proteger para salvar una
civilización que está a punto de desaparecer. Así visto, la sesión del club de
lectura, a la que Ramón alude también en su artículo, celebrada el sábado en la
biblioteca municipal con la asistencia de Pepe Mateos, autor del libro que
comentábamos, Historias de un dios
menguante, ya pasados unos días se me aparece en la memoria como una
pequeña y clandestina reunión de lectores que se atreven a rebelarse contra un
mundo hostil al papel impreso y toman como maravilloso objeto de su rebeldía
los conmovedores relatos de este autor jerezano. Y la verdad es que con un
poquito de imaginación futurista, la sala en la segunda planta del edificio,
cerrada al público, la entrada dispersa de los asistentes, el libro oculto
entre carpetas y otros objetos… no hay que irse muy lejos hacia el futuro, sino
más bien hacia el pasado para que en otras circunstancias nos hubiesen aplicado
la ley contra el derecho de reunión. Y sin embargo, la sesión del sábado, la
presencia de Pepe Mateos, los relatos que incluye en su libro fueron, hasta
para los más recalcitrantes pesimistas, una verdadera fiesta de la literatura,
una celebración, íntima sí y especialmente conmovedora, del libro en general,
de Historias de un dios menguante en
particular y de su autor, porque ni los lectores tienen todos los días la
oportunidad de intercambiar con los escritores sus impresiones, ni los
escritores conocer hasta dónde y cuánto han calado sus historias en el ánimo de
sus lectores. Porque la literatura de Pepe Mateos es sobre todo conmoción, un
zarandeo al lector más impasible, historias cercanas, de vidas que pudieron ser
y de personajes que terminan por reconciliarse consigo mismos porque su autor
ni a los más despreciables les niega su generosidad. Relatos llenos de poesía
porque Mateos es ante todo y por vocación un poeta que mira y analiza los
sentimientos de sus personajes con la mirada distinta que solo los poetas son
capaces de tener. Una fiesta de la literatura cuyo broche final lo pusieron
Mamen Ramírez, que leyó, y Sara Martín que puso música a unos haikus del propio
Pepe. Ahora, después de escribir este artículo no tengo la sensación de haber
sido un clandestino, sino un privilegiado, el privilegio de haber compartido
con unos amigos y con unas amigas un momento maravilloso y espero que
repetible. José López Romero.
HOPPER
Pasaron los días de libros y
rosas y volvemos a la cotidianeidad, a los paisajes diarios donde la lectura y el
libro parecen haber desaparecido. Me comentaba un amigo que el mes de abril dedicado al libro ha estado
cargado de actos de muy distinto cariz e importancia, incluso más que otras
veces. Realmente en esto no nos podemos
quejar, decía. Algunos de estos secundados por numeroso público, y otros si
bien con menor concurrencia no por ello menos entusiasta. Actos todos donde el
libro, la lectura han sido el centro de atención, como en la presentación del último libro de José Manuel
Caballero Bonald, pero también el íntimo y emotivo encuentro que días atrás
mantuvieron en la biblioteca Municipal algunos lectores con José Mateos para
comentar su libro Historias de un Dios menguante. Pero ese amigo también me señalaba
que pese a lo que comentamos, la vida en la ciudad parecía ajena a todo ello y transcurría
como siempre , sin que se visualizara la presencia del libro más allá de los
actos programados entre las paredes de salones, librerías o bibliotecas. Pero es que aquí, en nuestra ciudad, como en
tantas otras –le contestaba- la lectura
ha ido perdiendo espacios cotidianos y por ello llama tanto la atención cuando
observamos a un lector sumergido en la lectura bajo la sombra de un árbol, o
tomando un humeante café en una cafetería. Hopper, el gran pintor americano
al que algunos han descrito como el
retratista de la soledad, también –si
nos detenemos con calma en su obra-
podría pasar por el notario de una época donde la lectura y el libro
estaban muy presentes en las imágenes cotidianas que proyectaba cualquier ciudad,
no solo las genuinamente norteamericanas retratadas por él. Hoy, cuando
contemplo a sus hombres y mujeres –sobre
todo mujeres- leyendo ajenas a todo en el asiento de un tren, en la barra de un bar, en el vestíbulo de un
teatro esperando el comienzo de la representación, aparte de la admiración por
su autor, noto con preocupación como esas escenas me provocan una creciente
nostalgia. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
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