LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 17 de diciembre de 2016

PASIÓN Y PAISAJE

Con este título el poeta y profesor Jacobo Cortines presentó este mismo año en curso su poesía reunida (1975-2016). En la extensa e interesante “Adenda” final (“huellas de la creación”) Cortines va desvelando, a modo de diario, su proceso creador, las circunstancias que rodean la composición de muchos de sus poemas y, sobre todo, la lucha individual –pero en realidad universal- del poeta con la materia poética para hacerse con una voz personal. La finca familiar en Lebrija, “Micones”, los paisajes marineros vistos y sentidos desde la urbanización portuense de El Manantial, y especialmente la ciudad de Sevilla, en la que vive y en cuya universidad ha ejercido la docencia como profesor de Literatura Medieval, y por último su anhelada y soñada hacienda “El labrador” (magnífico el poema “Nombre entre nombres”), son los espacios en los que Cortines se inspira y trabaja para cincelar sus versos. El contacto tan íntimo con la naturaleza, campo y mar, pero también con los paisajes urbanos se dejan notar en unos poemas que tienen como constante esa relación entre sentimiento e imágenes y motivos naturales (pájaros, flores, árboles) o las calles y plazas de la ciudad, y también con el paso del tiempo; pero otras veces es solo al hombre y su doloroso vivir al que escuchamos y que él mismo desnuda en ese diario final. Poemas como “Reflejo en la ventana (autorretrato)”, o “Declaración”, o “Buenas noches”, por poner algunos ejemplos nos muestran su proceso de introspección. Sin olvidar tampoco la corriente social, el compromiso del escritor con su tiempo, en este caso ante la guerra (“Europa”). Finalmente, tanto en la esclarecedora introducción como en la “Adenda”, Cortines señala como punto de inflexión de su poesía la “Carta de junio” dedicada a su padre, un poema en tercetos endecasílabos que sin duda es el gran poema del libro. Cortines, fino traductor de Petrarca, nos deja un poemario de mesilla de noche. José López Romero.

sábado, 3 de diciembre de 2016

ARTE Y LITERATURA

Al hilo de algunas lecturas últimas y el lejano recuerdo de otras que más adelante citaré, me vino a la memoria el otro día la anécdota que Juan Mayorga incluye en su obra ‘El chico de la última fila’: le refería Juana, gerente de una galería de arte, a su marido Germán, un descreído del arte moderno, la historia de aquel artista que una vez pintadas unas acuarelas y grabadas en un CD la descripción de estas, había decidido destruirlas y exponer, como si de los cuadros se tratara, el disco que el espectador podía escuchar para hacerse una idea de lo que habían sido las pinturas. Ante tal ocurrencia no nos sorprende y hasta comprendemos la falta de fe y confianza del pobre Germán en una expresión artística que más tiene de boutade que de verdadero arte. Y esto me venía a la memoria porque la relación de las distintas artes con la literatura, con la lengua en general siempre ha sido muy estrecha, aunque no exenta de grandes dificultades; expresar con palabras los sentimientos, emociones o reacciones que despiertan en un espectador un cuadro o una escultura o, más difícil aún, la descripción de una pieza musical es un ejercicio literario que pone a prueba la pericia y, lo más importante, el dominio de la lengua y, sobre todo, la inspiración del escritor. ¿Cómo traducir en palabras las notas musicales que provocan en los oyentes  los más exquisitos y profundos sentimientos? Entre los ejemplos que a vuela pluma acuden a mi memoria lectora, el primero es la famosa ‘Oda a Francisco Salinas’ de fray Luis de León, por cuyos maravillosos acordes llegamos, llegaba el fraile poeta al conocimiento de Dios y a la perfección del mundo, movido a través de esa música celestial que salía del órgano de su amigo. La casualidad ha hecho que algunas de mis lecturas recientes aborden el tema que aquí tratamos: música y literatura. Muchos escritores han confesado la influencia de la música en su literatura, como tuvimos ocasión de comprobar en Cortázar, quien en su libro ‘Clases de literatura’ nos daba una lección de jazz; como delicada y atormentada era la música, la relación amorosa que nace y muere entre Erika y el joven violinista en la novela de Stefan Zweig ‘El amor de Erika Ewald’. Tonos grises, otoños e inviernos de aquella Viena de finales del XIX, música de nocturnos de Chopin, que transformamos en ragtime, en ritmos populares, en el más puro jazz en aquel barco, el Virginian, del que nunca saldrá Danny Boodman T.D. Lemon Novecento, el protagonista de la novela de Baricco; o los acordes de ‘norwegian wood’ que Reiko le saca a la guitarra en ‘Tokio blues’ de Murakami. Pero si un escritor tuviera que destacar, en mi opinión, de aquellos que convirtieron en palabras la música, me quedaría sin duda con Bécquer y su leyenda ‘Maese Pérez el organista’. Leer esta joya del relato corto es escuchar al mismo tiempo esa música extremada que nos transporta, como el órgano de Salinas a su amigo Luis de León, al cielo. Sin olvidarnos tampoco de ‘El Miserere’. ¡Y no hace mucho estas leyendas se leían en Secundaria! ¡Qué tiempos! José López Romero.  

PATRIA

Hay libros que no puede uno dejar pasar. Sin saber bien por qué, entre la marabunta amenazante que  nos sobrepasa, de repente destaca un título y uno siente la necesidad imperiosa de asaltar sus páginas, esperanzado y a la vez temeroso de acertar o errar en esa búsqueda incesante del  lector tras la buena literatura,  cada vez  más esquiva. Algo de eso me ha sucedido con ‘Patria’, la nueva novela de Fernando Aramburu, autor al que habíamos  perdido la pista desde aquel excelente ‘Años lentos’ publicado hace tiempo.  Tratar de explicar la atracción hacia un libro antes de leerlo puede ser compleja, o simplemente inexplicable. Otros libros, como ‘Patria’, que me he ido encontrando y seguiré encontrando en mi periplo de lector, también firmados por un escritor de prestigio, y que  trasladan al lector historias que  gozan del beneplácito unánime de público y crítica,  sin embargo no han logrado captar mi atención hacia ellos o, en todo caso, si finalmente los llegué a ojear o leer, lo fue más obligado por razones profesionales y de opinión que por atracción. Con ‘Patria’, como antes con ‘El mapa y el territorio’ de Houellebecq, ‘Némesis’ de Philip Roth, ‘La Fiesta del Oso’ de Soler o ‘Un año en la otra vida’ de José Mateos, entre otros,  todo vuelve a suceder de una forma tan natural como inexplicable, y en  mi simbiosis con el libro no han intervenido ni comentarios o escritos ajenos, ni tan siquiera el grato recuerdo que me dejó como lector aquel libro de Aramburu que antes mencionaba. ‘Patria’ una novela literariamente perfecta, nos hace llegar una historia pegada a un territorio y pese a ello sortea con maestría el riesgo del localismo para convertir un paisaje reconocible  en el escaparate de los valores y las miserias humanas universales. Pero no, no son estas breves líneas una reseña de esta singular novela, sí en cambio las que quieren dejar testimonio de ese misterio, el de volver a toparme con otro de esos libros que uno no puede dejar pasar, de esos que sin saber por qué te arrastran a asaltar sus páginas y reencontrarte con la cada vez más esquiva literatura. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

viernes, 25 de noviembre de 2016

CULTURA LOCAL: LIBRERÍAS (I)

 A estas alturas de mi vida, toda ella profesionalmente hablando, circunscrita a un ámbito muy concreto de la cultura cual es el mundo del libro, si algo creo haber alcanzado no es por supuesto fortuna o fama, sí en cambio el haber perfeccionado el instinto de  captar la realidad de ese mundo, libre de disfraces y artificios con los que algunos intentan disimular sus carencias, una  realidad  en nuestra país que tiene más de prosaica que  de poética. Si acotamos el espacio geográfico, pues lo que nos interesa es rastrear el peso que el mundo del libro tiene en esta ciudad, Jerez, nuestra atención se debe fijar ineludiblemente en dos elementos: las librerías y las bibliotecas. Por supuesto que hay otros agentes, pero estos dos son sin dudarlo los principales. En cualquier ciudad es fácilmente perceptible, incluso para un observador ocasional, el peso cultural del libro simplemente acercándose a sus librerías y bibliotecas, visita sin necesidad de guías   locales, donde percibiremos el calor o la indiferencia que la ciudanía o las autoridades locales muestran por la cultura, y por extensión por el libro. Jerez para un visitante cultural y ocasional se mostraría como una ciudad donde no proliferan las librerías -dejaremos las bibliotecas para una segunda entrega-, aunque no es este un dato singular pues es la tendencia general en un país donde ha bajado su número -por causas muy diversas, y no solo achacables a las nuevas tecnologías-. Sin embargo, y es este otro dato que no siempre se encuentra en las ciudades que el visitante cultural recorre, las librerías existentes, al menos la mayoría, se muestran como esos pozos de agua -permítaseme la comparación- que buscan los nómadas que atraviesan el desierto y sin los cuales no podrían culminar su viaje. Sería injusto decir que Jerez es un desierto cultural en lo que al libro se refiere, pero para ese visitante ocasional la existencia de un vocacional y apasionado  gremio de libreros locales ayuda a suavizar el paisaje. Es un gremio  digno de admirar por muchas razones, y no la menor por su templanza al tratar de evolucionar al ritmo de una sociedad cambiante, de hábitos lectores muy distintos a los que conocieron nuestros padres, y donde nadie es capaz de profetizar -acuérdense de McLuhan- hacia donde nos lleva esta sociedad de la información donde las nuevas tecnologías lo invaden todo. En Jerez el visitante cultural captará rápidamente que quedan pocas librerías, pero también reconocerá, afortunadamente, que las que quedan, la mayoría, son, aparte de lugares donde se comercializa el libro,  pequeños centros culturales que contrarrestan las carencias más que evidentes que los poderes públicos dejan en este aspecto de su paisaje urbano. (Ilustración: J.F. Petto) RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

CUSTOMIZAR

Hace unos días y paseando por los comercios de una de las grandes superficies de la ciudad, bajo la excusa de “hacer tiempo”, aunque ni mi mujer ni yo sabíamos para qué lo hacíamos, a la madre (que es una blanda) se le ocurrió comprarle una camisa a la niña. Cuando llegamos a casa, la niña cogió la camisa y unas tijeras, le cortó una manga, le hizo dos sietes por los costados, le puso tres cintas adhesivas y dos imperdibles y se la probó. A la camisa ya no la conocía ni la madre o el padre que la cosió. “Mira, mamá. Ya he customizado la camisa”. Menos mal que la madre (una mujer para un pobre), hizo de la manga sobrante un paño de cocina y le respondió a la niña: “Mira, niña. Ya he customizado la manga”. Y yo, que a todo esto asistía tan atónito como atento espectador, me pregunté para mis adentros: ¿podría yo hacer esto con algún poema o relato? ¿podría customizar una obra literaria hasta el punto de que no la conociera ni el padre o la madre que la escribió? Debo aclarar que derecho y veloz me fui al diccionario de la RAE y aún no se recoge en este un verbo tan lleno de posibilidades y tan rico en experiencias. La verdad es que la imitación ha sido desde que tenemos uso de conciencia literaria un concepto muy controvertido, venerado en otro tiempo pero perseguido desde que se impuso la originalidad como principio de creación. Hace ya unos años fuertes polémicas se levantaron en los ambientes literarios por un quítame allá estas customizaciones, que diríamos ahora. Porque de tomar prestados algún que otro verso o algún que otro párrafo, por no hablar de páginas, se trataba; es decir, ponerle dos o tres imperdibles a un poema o quitarle alguna manga al relato. Pocos intentos me bastaron para darme cuenta de las escasas aplicaciones que tiene el verbo customizar en literatura; en esa buena literatura que no consiente ni entiende de parches ni remiendos. José López Romero.


sábado, 12 de noviembre de 2016

PREMIOS

¡Las casualidades que tiene la vida! El mismo día en que los borrachuzos (Sánchez Dragó dixit) de la Academia Sueca anunciaban la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, moría en Milán Darío Fo, el que recibiera el mismo premio en 1997. ¡Y qué diferencia! ¡Qué distinta, imposible de comparar, la talla literaria del escritor italiano con la del cantante, al que se le concede el premio por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”! En el fragor de las copas supongo que no encontraron algo más inteligente con que justificar la concesión. Hay años y galardonados en que se observa una peligrosa deriva de estos premios que lejos de mantener el prestigio, lo terminan por dilapidar. Pero volvamos a la Literatura. En unos pocos meses Italia, y con ella toda la cultura de nuestro occidente, se ha quedado huérfana de dos grandes escritores del siglo XX y comienzos de la actual centuria: el ya citado Darío Fo y el gran Umberto Eco (fallecido también en Milán, el 19 de febrero de este año). Ninguno de los dos, como los enormes clásicos de la cultura renacentista que nos regaló la Italia del Quattrocento y del Cinquecento, necesitan de presentación alguna. Fo es uno de los dramaturgos más influyentes e importantes de la segunda mitad del siglo XX, con obras como ‘Muerte accidental de un anarquista’ o ‘Aquí no paga nadie’, por no citar sus piezas cortas (algunas de ellas recogidas en su volumen ‘No hay ladrón que por bien no venga’), heredero de la más clásica tradición teatral occidental, desde las comedias latinas hasta el esperpento de Valle-Inclán; y Umberto Eco, quien al margen de su labor como novelista y su emblemática ‘El nombre de la rosa’, sigue siendo en sus trabajos la referencia obligada de los estudios semiológicos, porque nadie como él estudió la relaciones del arte y todas sus manifestaciones con el público; a sus tratados de semiología, habría que añadir ‘Apocalípticos e integrados’ o ‘Los límites de la interpretación’. Eco pertenece a esa otra lista de escritores damnificados (con Borges a la cabeza), a los que ni los efluvios etílicos consiguieron que le concedieran el premio Nobel; premio que se hubiera sin duda prestigiado por contar en su nómina de galardonados con este escritor. Y puestos a hablar de premios, ¿por qué las editoriales o ciertos organismos públicos no se dedican a instituir premios para escritores noveles, como hace unos días se quejaba en las páginas de este Diario el joven novelista jerezano Alejandro Berrquero? ¿por qué no hay un Planeta, o un premio nacional o de la crítica para una primera novela (opera prima)? No cabe duda de que es más fácil y seguro apostar por consagrados por aquello del balance final de resultados (ingresos – gastos). Y es que la literatura al fin y al cabo no deja de ser para muchos más que un producto comercial, como las canciones de Bob Dylan; y si no, que se lo pregunten a su cuenta corriente. José López Romero. 

FRENÉTICO

Desde que McLuhan predijo, allá por el año 1970, a través de su famoso tratado  ‘La Galaxia Gutemberg’, que el mundo que conocíamos, el que venía de aquel invento revolucionario y que lo trasformó todo cual fue la imprenta, desaparecería con la irrupción de las nuevas tecnologías, muchas cosa han pasado pero quizás la más evidente es que aquella extrema predicción del canadiense no se ha llegado a cumplir ni nada parece indicar que vaya a serlo alguna vez, al menos tal cual él lo imaginó. Durante décadas, y tras el libro de McLughan, las profecías en torno a la desaparición real del libro en papel proliferaron tanto como las que vaticinaban el fin de los tiempos, sin embargo aunque es evidente que aquellas profecías erraron en lo esencial, también lo es que algo -o más bien mucho-, está cambiando, y lo que es más importante: el ritmo del cambio es tan frenético que realizar hoy día vaticinios y  profecías sobre el futuro del libro tradicional - pero también sobre el  digital o los mismos sistemas y plataformas por donde accederemos a la información- resultan inútiles.  Prestemos atención al ritmo del cambio  que mencionamos: la escritura apareció alreddor de 4000 años ante de C. Los soportes de esta también evolucionaron desde la tablilla de arcilla hasta el papel, al igual que los sistemas de producción que sufrieron una revolución con la irrupción de la imprenta de tipos móviles. Finalmente  en el siglo XIX  las prensas de vapor empezaron a imprimir millones de libros y periódicos a la vez que se popularizaba la lectura entre las capas más desfavorecidas de la sociedad. Pues bien, si se necesitaron milenios para esta evolución, y solo han trascurrido unas décadas, desde 1974 en que apareció la versión más básica de internet, hasta el día de hoy para que el ritmo frenético de cambio de las nuevas tecnologías  vayan trasformando el paisaje - pero todo ello sin que el libro tradicional haya desaparecido- ¿alguien se atreve a vaticinar lo que nos deparará el inmediato futuro? RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

viernes, 28 de octubre de 2016

SENSACIONES CONTRAPUESTAS

(24 de octubre, Día  de La Biblioteca)

Recibí esta efeméride anual, el Día de la Biblioteca, con sensaciones contrapuestas. Por un lado, orgulloso de encontrarme en una ciudad que fue pionera en la implantación de la biblioteca pública en nuestro país, cuando la   lectura entre las clases populares y menos favorecidas era casi una quimera; pero por otro lado, con  tristeza al observar los menguantes recursos con que un año tras otro se dispone para unos servicios públicos que no han terminado de calar en España de igual forma que en otros países europeos, donde la biblioteca pública es algo pegado indisolublemente a la vida cotidiana de sus habitantes. Cuando observo y releo viejos documentos e  impresos  del año 1873, en los que se habla de los preparativos y posterior inauguración en Jerez de la que andando los años se ha convertido en la Biblioteca Municipal más antigua de Andalucía, aún siento una cierta emoción de que aquel hecho lo protagonizaran conciudadanos nuestros, que seguramente entonces no imaginaban que aquella modesta colección bibliográfica de apenas dos mil títulos, y especialmente creada para la instrucción y ocio de las clases populares, llegara a cumplir los 143 años con una colección que hoy supera los 100.000 volúmenes,  algunos piezas únicas de contrastado valor patrimonial. Pero también, por contra, me siento defraudado cuando observo cómo los ingentes esfuerzos realizados desde mediados de los años ochenta del pasado siglo por la administración en pro de una moderna, eficaz y bien dotada red de lectura pública en Andalucía, parecen no solo haber menguado, sino casi se han detenido desde finales de la década pasada, hecho que se deja notar sobre todo en las bibliotecas municipales. En nuestra ciudad,  que además de pionera, como decíamos al inicio de estas líneas, en la implantación de bibliotecas populares lo fue también en la provincia de Cádiz al poner en funcionamiento la primera red de bibliotecas urbanas, no solo sentimos como en otros lugares la virulencia de la crisis económica sobre  las bibliotecas, sino que esta además se vio agravada por decisiones políticas  cuando menos desafortunadas que penalizaron la cultura especialmente, convirtiendo la red de biblioteca públicas municipales en una sombra de lo que fue. Pasé pues el Día de La Biblioteca debatiéndome entre sensaciones contrapuestas, la de ser consciente de que hemos recibido un legado de valor incalculable que debemos preservar, y por otro, las que me provoca la indiferencia histórica de gran parte de nuestra clase dirigente -en esto poco europeístas- sobre esta institución, que sigue siendo tan necesaria en esta sociedad tecnológica como en aquella de 1873 cuando se inauguraban las primeras bibliotecas populares.  RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO