LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

jueves, 7 de mayo de 2009

Pintores y fotógrafos viajeros


Uno de los aspectos más interesantes, dentro del enorme corpus escrito que nos ha dejado la literatura viajera sobre nuestro país, especialmente la que abarca desde el último tercio del siglo XVIII al primer tercio del siglo XX, es la de los ilustradores. Al mismo tiempo que los viajeros daban cuenta por escrito de sus impresiones sobre España, muchas veces también nos dejaban dibujos e interpretaciones pictóricas de los lugares que visitaban. Unas veces estas eran hechas por acompañantes del propio escritor-viajero, que viajaba solo con este singular cometido; en otras ocasiones concurrían en una misma persona las facetas de escritor y dibujante. ¿Qué imágenes de España, de Andalucía nos dejaron estos dibujantes, y en qué libros y reediciones podemos interesarnos por ellas? Quizás, si hubiera que nombrar a algunos de los más relevantes, apostaríamos por los británicos Edward Locdke (“Vistas de España”, 1824), David Roberts (“Apuntes de España”, 1837) y John Lewis (“Apuntes de España y el carácter español”, 1837, que estuvo precedido por una serie sobre la Alhambra). También los franceses Doré y Davillier (“Viaje a España”) Chapuy, o Parcerisa entre los venidos de la península Itálica. Muy interesante y menos conocido, es el legado fotográfico de los viajeros, cuyo ejemplo más representativo es el libro la “España incógnita”, publicado en 1922, obra del viajero y fotógrafo alemán Kurt Hielscher, cuya visión de nuestro país en los años previos a la segunda Republica, ya con una cámara Nikon y no con los pinceles, siguió reforzando esa España distinta, oscura, trágica, pero cautivadora propia de la mentalidad romántica. Actualmente es la Hispanic Society la que conserva la totalidad de su colección de fotografías (1.600) sobre nuestro país (una de ellas de la Cartuja de Jerez), y de las que solo se han publicado hasta hoy unas trescientas. A Hielscher le precedieron otros ilustres, ahora redescubiertos, como Charles Clifford o Jean Laurent; lo cierto es que cada vez más son los estudiosos que se interesan por el legado fotográfico, de aquellos que recorrieron las rutas peninsulares desde finales del XIX, como lo hemos podido comprobar en la reciente exposición, con vocación itinerante, celebrada en La Carolina “La Andalucía imaginada”. Volviendo a los pintores, nos cuenta el investigador José Alberich (“Del Támesis al Guadalquivir”), que estos debían tener mucho cuidado de no ser detenidos, sobre todo en la convulsa España de mediados el XIX. Era un trabajo incómodo, que levantaba normalmente las sospechas de las autoridades militares. Richard Ford advertía que en cualquier circunstancia serían interrumpidos y arrestados en caso de que el motivo de sus dibujos fuera fortificaciones o vistas de la ciudad. Incluso el mencionado Edward Locdke tiene una obra titulada “El artista vigilado”, lo que demuestra hasta qué punto era obsesivo la preocupación de las autoridades decimonónicas españolas, sobre la actividad de los viajeros extranjeros, especialmente la de los pintores. . Ramón Clavijo Provencio.

La familia




El otro día se me acerca un compañero, con el que trato escasamente pero al que le consta mi devoción por la lectura, y me espeta la siguiente confesión realmente compungido: “Pepe, tengo familiares a los que sólo les gusta leer best-sellers; cuantos más ejemplares vende un libro, más miembros de la familia lo leen”, pero de inmediato se justificaba: “menos mal que es familia en tercer grado, y alguno sólo familia política. No podría llevar esta carga si no fuera de esta manera”. Ya me habían avisado de lo “raro” del personaje y hasta de ciertas fobias o manías, algunos hasta aventuraban una más que sospechosa afición a toda clase de escritos sobre asesinatos en serie. Los escrúpulos, en lo tocante a familia y gustos literarios, no paraban aquí. Quienes lo tratan con más intimidad dicen que recibe en su casa a aquellos familiares (sólo en festividades muy señaladas) con un ejemplar del “Quijote” que les pasa a modo de detector de metales o como sahumerio por todo el cuerpo, y cuando los hace pasar al salón, les va recitando versos de Garcilaso a sus espaldas, como si fueran plegarias purificadoras. Nadie sabía cómo llegaba a enterarse, pero tenía consignadas en una libretita, que guardaba con verdadero celo, las lecturas que hacían aquellos inocentes familiares y, en unas páginas especiales tenía anotados los nombres de aquellos que habían leído “La catedral del mar”, “Los pilares de la tierra”, “Un mundo sin fin” y tres o cuatro novelas históricas actuales a las que, decían las malas lengua, les había hecho vudú y había posteriormente quemado junto con una foto de sus autores. Yo, al igual que este compañero, también tengo familiares que son lectores exclusivos de best-sellers, aunque afortunadamente también son en tercer grado pero, y valga la diferencia, no tengo una libreta en la que anoto sus infamias ni los recibo con el “Quijote” o con versos de Garcilaso, aunque tampoco esperan ya de mí que les haga una fiesta cuando vienen a mi casa; mi mujer me obliga a ofrecerles una copa de vino, que por supuesto les pongo del peor que tengo. Sin embargo, cada vez que en las reuniones familiares se toca el tema de la lectura, me empieza a correr un sudor frío por todo el cuerpo, las manos me empiezan a temblar y la cara se me transfigura. Hasta mi mujer más de una vez me ha comentado después de una visita: “¿Qué te ha pasado esta noche? Te temblaban las manos y se te puso una cara de psicópata que daba miedo”. De mañana no pasa que me compre una libretita. José López Romero.

jueves, 30 de abril de 2009

Héroe


Lo tengo dicho hasta en arameo: por desgracia, la historia de la literatura en las aulas escolares hoy por hoy empieza en Jordi Sierra i Fabra o en Joan Gisbert y otros bultos sospechosos y termina, en el mejor de los casos, en el Marca o en el Superpop. Por eso cuando en los famosos currículos (palabra a la que no logro acostumbrarme, prefiero la tradicional “programa” o, en su defecto, “pograma”) ya desde tiernas edades se insiste en explicar el Poema de Mío Cid, aunque en versiones edulcoradas, me sigo poniendo las manos en la cabeza y vuelvo a mis blasfemias en arameo. En los últimos años en los que me he atrevido a acercar la épica a la boca de aquellos cuyos paladares ya no están hechos a platos tan fuertes, he preferido aligerarlo con un repaso general por la figura del héroe desde el mismísimo Ulises hasta llegar a los personajes de los tebeos. Así, intento dar una visión de un personaje universal, el héroe, a través de la historia; y aunque en más de una ocasión los intentos se queden en fracaso y de ahí la frustración ya consustancial a la labor docente, otras veces parece como si ese repaso abriese o iluminase ciertas mentes y éstas terminan por llegar a la conclusión de que personajes como Zidane, o Raúl, o Messi, o Iniesta, o Madonna, o Britney Spears bien podrían ser ahora nuestros nuevos héroes y heroinas, con lo cual volvemos al punto de partida o de destino: el Marca y el Superpop. ¿Estudios al respecto? Los que queramos y más. La figura de Rui Díaz de Vivar ha sido desde los estudios de Pidal ampliamente tratada, así como la épica en general, tanto nacional como extranjera, por no hablar aquí de los trabajos sobre Homero y todo el elenco de sus héroes (Héctor, Aquiles, Ulises) o el propio Virgilio y su Eneas. Y sobre personajes como Superman ahí tenemos un trabajo magnífico de Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados, al que en más de una ocasión he citado aquí y que se ha reeditado en edición de bolsillo (¡aprovechen!). Y a pesar de la distancia en el tiempo y los cambios de época, a todos adornan las mismas virtudes aunque en dosis o matices distintos. Ya sean héroes posibles (de carne y hueso, como el Cid), ya sean imposibles (con poderes extraordinarios, como Superman), a todos adornan las mismas virtudes y son a través de ellas cómo componemos la figura universal del personaje: el valor, incluso el arrojo en la batalla, pero también la prudencia y la astucia, la generosidad, la buena estrella (de esto sabe bastante mi amigo Juan Cienfuegos) o la protección de la divinidad, la compostura personal, la belleza física como manifestación externa de la belleza interior, etc. Pero, sobre todo, uno de los rasgos consustanciales a todo héroe, fuente de muchas de las virtudes antes señaladas, es su inteligencia. Por eso, cuando Sarkozy hace unos días le negaba a nuestro presidente esta cualidad, al mismo tiempo que le negaba su calidad de héroe le reconocía el mérito de haber ganado dos elecciones. ¿Elogio o insulto?, se preguntaban algunos periodistas. Sin ser ningún héroe ni haber ganado ni las elecciones a la comunidad de vecinos, yo prefiero pasar por inteligente.¡Qué quiere que les diga!. José López Romero.

Libros, libros, libros...


En más de una ocasión me he referido a la necesidad de recuperar viejas ediciones. Reeditar libros olvidados que nunca tuvieron una segunda oportunidad. Y es que me acompaña la sensación, desde hace ya tiempo, de que muchas editoriales parecen haberse creado artificialmente la necesidad de dar nuevas historias a los lectores a costa de lo que sea. Es algo que me parece magnífico siempre y cuando esas historias merezcan ser publicadas. Y lamentablemente es lo que, en la mayoría de las ocasiones, no ocurre. Desde hace ya demasiados años vivimos esa vorágine del mundo editorial, donde se nos intenta engañar, me refiero al lector, de las mil maneras imaginables, la más recurrida la del señuelo de poner nombres “ilustres” sobre elaboradas portadas, aunque los mejores tiempos de estos (que se prestan a ello por meras razones alimenticias) puede que no vuelvan más. Hace poco, al hilo de esto que decimos, ha habido un curioso pero preocupante cruce de descalificaciones entre representantes del mundo del cine, encabezados por Vicente Aranda (que le pregunten a Gala sobre lo que opina sobre este Director, después de versionar su “Pasión Turca”), y algunos escritores (en este caso, y como en otras ocasiones, espoleados por unos comentarios de Marsé). Unos y otros poco menos que se tiraban los trastos a la cabeza al comparar el valor, desde el punto de vista creativo, que actualmente tiene ambas formas de expresión artística en nuestro país. Si han seguido la polémica seguramente se habrán divertido, aunque me reconocerán que nos deja a los lectores un cierto halo de desilusión. Retomando lo que le decía al principio, es decir, cuando no encuentro atractiva la vertiginosa oferta editorial, algo que me sucede cada vez con mayor frecuencia (y me refiero a que tras ardua búsqueda por los anaqueles de las librerías, no encuentro nada con un mínimo de encanto para llenar mis horas de lectura), vuelvo la vista a esas viejas ediciones que permanecen intocadas durante décadas en las bibliotecas públicas. Les puedo asegurar que cada vez estoy más atrapado por lo que me cuentan esa infinidad de libros, tan olvidados como maravillosos. Ramón Clavijo Provencio

jueves, 23 de abril de 2009

23 de abril: crisis y libros


¿Le ha venido bien la crisis al mundo del libro? Pues depende, le contestaba a un conocido mientras mirábamos las últimas novedades editoriales, en el escaparate de una céntrica librería local. Y es que no puede ser la misma, sentencié, la visión del librero, que la del bibliotecario o el empresario que ha apostado por el negocio editorial. Pero salvados los matices, y que a algunos les va mejor (o peor) que a otros, no parece que el universo del libro sea el más afectado por ese suceso, de proporciones impensables hace tan solo unos meses, y que sigue desconcertando a políticos y analistas. Hoy, antesala de la celebración anual del día Internacional del Libro, nos llegan noticias alentadoras no solo sobre el número de ediciones , sino que el grado de utilización de las bibliotecas públicas, como los índices de ventas de libros parecen ir saliendo de las modestas proporciones que se manejaban hace tan solo un año. Unos meses atrás, el director General del Libro, Rogelio Blanco, manifestaba que “el libro en nuestro país goza de buena salud a pesar de la crisis”, y aseguraba que el sector editorial no parecía dar muestras de debilidad. Hoy, los últimos datos que da a conocer la Federación de Gremios de Editores de España, parecen dar la razón al Director General, cuando hablan que dicha industria mueve alrededor del 0,7% del PIB (unos 4.000 millones de euros), publicando unos 70.000 títulos al año (más de 358 millones de libros). Pero ¿qué pasa con las bibliotecas, y los libreros? No parece aún claro si las librerías se están viendo favorecidas por la crisis económica; en todo caso los datos (según la CEGAL) parecen hasta ahora favorecer en mayor medida a las grandes librerías. Es cierto que el libro se está convirtiendo en un gran competidor, cuando se elige como articulo de regalo, frente a otras alternativas, sobre todo electrónicas, de más alto coste, o que la potenciación de las colecciones de bolsillo, parece ser todo un éxito; pero qué duda cabe que, aparte de la crisis económica, el gremio de libreros se enfrenta a otros retos no menos importantes como los stock, la distribución, la gratuidad de los libros de textos o la irrupción del libro digital. Retos que mantiene al sector en un proceso de reflexión y transformación. En cuanto a las bibliotecas públicas los últimos datos aportados, nos hablan de aumento de afluencia de lectores (alrededor de 100 millones de visitas al año en nuestro país), con una utilización sin precedentes de los servicios de préstamos de libros y materiales audiovisuales, lo que se ve favorecido por los horarios de apertura al público más amplios, de entre los centros culturales. Si las inversiones en materiales e infraestructuras en estos centros se mantienen pese a la crisis, los resultados en pro de la lectura serán palpables. Ramón Clavijo Provencio

Crítica


Creo recordar que fue en uno de aquellos magníficos artículos que publicaba Gabriel García Márquez en un periódico nacional, hace de esto ya sus buenas décadas (por lo que pido de antemano perdón si la memoria me traiciona), donde comentó entre la sorpresa y el lamento la anécdota sucedida en un examen que unos escolares habían hecho sobre su Cien años de soledad; entre las preguntas que el profesor había preparado, una de ellas consistía en que explicasen los sufridos alumnos el significado del gallo que aparecía, a modo de ilustración, en la portada de la edición que habían manejado. El gallo, se puede uno suponer, no era más que el motivo ornamental de la publicación. En esto de las portadas y por poner dos ejemplos sobre el mismo tema, a todos los miembros que componemos el club de lectura de la biblioteca municipal nos sorprendió la escasa, por no decir nula relación que las portadas de los libros Apartamento en Atenas, de Glenwey Wescott, y Un hombre soltero (éste quizá algo más), de Christopher Isherwood, guardan con el contenido de estas dos novelas en la colección Debolsillo. Viene la anécdota de García Márquez a cuento porque el papel de la crítica, por su propia naturaleza, siempre está en entredicho. Famosa es la frase de que detrás de un feroz crítico sólo hay un escritor frustrado. Periódicamente las revistas dedicadas a los asuntos artísticos en general reflexionan sobre la figura del crítico, es decir, de aquellos a los que los escritores desprecian, o dicho de otro modo, de aquellos que odian a los escritores. En la revista Mercurio de este mes, en la entrevista que le hacen a Juan Marsé días antes de que recoja su bien merecido Premio Cervantes, comentaba el catalano-castellano: “sobre mis personajes hay críticos y estudiosos de mi obra que han escrito cosas que han sorprendido al propio autor, que soy yo”. En cierta ocasión, una chica universitaria le hizo ver que su novela Las últimas tardes con Teresa era un ajuste de cuentas que Marsé hacía con la burguesía; a lo que el escritor le respondió que realmente la había escrito “porque siempre soñé con irme a la cama con una chica rubia y con los ojos verdes y los muslos que tú tienes, y como no pude conseguirlo, me inventé a Teresa.” Dice Marsé que la chica cogió su carpeta y salió despavorida. Por eso siguen escribiendo, y no por otra razón, Juan Marsé y tanto otros. José López Romero.

jueves, 16 de abril de 2009

Recuerdos


De los muchos recuerdos que uno conserva de la infancia y primeros años de la adolescencia, cuatro son en mi caso los que con más intensidad se han grabado en mi memoria: la caja de lápices de colores marca Alpino, la primera pluma estilográfica, la primera máquina de escribir y la enciclopedia que antes de nacer ya mi padre había comprado. Tener aquella caja de lápices en perfecto estado de revista, es decir, en su orden correspondiente y con sus puntas bien afiladas, dispuestos a colorear cualquier dibujo, era realmente una verdadera satisfacción. Comenzaba el antiguo y siempre llorado Primero de Bachillerato (yo soy de aquel Bachillerato de seis años, del que ahora tanto nos acordamos) y el profesor de Lengua exigió como material obligatorio una pluma estilográfica, una vez pasada aquella etapa de la caligrafía a plumilla y tintero, también tan añorada. Mis padres me compraron una Parker, la más barata que encontraron, conocedores como eran de lo delicado del objeto y el poco cuidado que un estudiante suele tener por los utensilios de su trabajo. Mi, o mejor, “nuestra” primera máquina de escribir ya fue una necesidad para que tanto mi hermano como yo pudiéramos hacer los trabajos de clase y presentarlos con la decencia que ya aquellos tiempos requerían; yo creo que si no todos, buena parte de nuestra generación aprendió a escribir a máquina con dos dedos (técnica rudimentaria que hemos trasladado al teclado del ordenador) en aquellas Olivetti verdes (todavía alguna queda entre los armarios de mi casa), a las que en unos años o se le iba una tecla o se agolpaban si uno era más rápido de lo que la pobre podía admitir. El ruido de una máquina de escribir sigue siendo uno de esos recuerdos imborrables que lamentablemente nos llevaremos con nosotros cuando a Dios le dé la gana. Pero mucho de lo que yo escribí por aquellos siempre “maravillosos años”, a pesar de la modestia familiar, con aquella estilográfica y después en la máquina de escribir, lo saqué de una enciclopedia que acompañó a la vida de la familia durante mucho tiempo. La componían unos doce tomos de pastas duras de color burdeos, había sido publicada por la editorial Labor, y era una enciclopedia temática. Después se fueron comprando una Espasa abreviada ya organizada alfabéticamente y alguna otra, que utilizábamos ocasionalmente a modo de diccionario para aclarar significados o para ampliar alguna materia. Pero aquella de Labor era para nosotros el perfecto modelo de lo que podría llamarse el “saber enciclopédico”, desde las Matemáticas, la Física, la Literatura, la Historia, y hasta las reglas de un deporte o las medidas de una cancha de baloncesto o de una mesa de ping-pong; y todo profusamente ilustrado con fotos, dibujos o imágenes que reproducían la materia explicada. ¿Internet? Al lado de este teclado desde el que escribo, al que por cierto le falla ya alguna tecla, tengo algunos lápices de colores que ahora me sirven para subrayar, varias plumas (una Parker, por supuesto) y en el salón sigo teniendo una enciclopedia, por si se va la luz. José López Romero.

Blogs y Literatura


Irrumpen con fuerza los blog literarios. Es un hecho incontestable que escritores y lectores se han lanzado a la red de forma masiva, y dan a conocer sus nuevas propuestas o experiencias en ese soporte virtual. ¿Quién nos lo hubiera dicho hace unos pocos años? Y es que Internet lo esta cambiando todo, hasta nuestros hábitos más queridos, por lo que el “renovarse o morir“ parece más vigente que nunca. La prensa en papel, por ejemplo, está siendo arrinconada por las ediciones digitales, e incluso la televisión, la que algunos han calificado como la última frontera por traspasar, parece que es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo, que sea desplazada y absorbida por la red de redes. No podíamos esperar que el mundo del libro quedara intocado ante tal reto. Y por ello, como les decía , escritores y lectores irrumpen, irrumpen con fuerza en el ciberespacio reclamando su propio rincón. Así no es extraño que el blog se convierta en una herramienta eficaz, con la que cada vez más escritores, pongamos por ejemplo a Félix J. Palma, amplían el eco de su última novela, en este caso la atractiva “El mapa del tiempo”; o en una especie de laboratorio experimental desde donde se analiza en clave literaria la realidad cotidiana de una ciudad, en este caso Jerez, como se hace en el muy interesante Diario Inconfeso, del periodista local Marco A. Velo. También esta misma página, como no podía ser de otra manera, se prolonga en la red con el blog, en este caso de perfil totalmente literario, Laberinto-1873. De los blogs literarios que sigo, de escritores o lectores de nuestra provincia (que aún son pocos, entre ellos Hipogrifo violento, El cuartito de pensar…), hay uno que me atrae especialmente. Me refiero al “Blog jerezano de Carlos Jurado Caballero“. ¿Literario? Es éste un blog total, donde la cultura, especialmente la literatura está muy presente, aunque las más de las veces sea al servicio de brillantes análisis, o conseguidas ambientaciones, de la realidad más candente que nos afecta a todos. En este sentido su último post, “Casuales remodelaciones”, resulta un buen ejemplo. Ramón Clavijo Provencio