No sé si, como le sugiere el gran Goethe a Friedrich Wilhelm von Humboldt, insigne
lingüista, los idiomas reflejan el carácter de una nación (Alberto Manguel dixit en ‘Diario de lecturas’), o estos
son el producto o resultado de una serie de convenciones sociales que cambian
según los tiempos y sus usuarios. Al respecto, lo último que he leído y que
desde aquí recomiendo sin reservas es ‘El prisma del lenguaje’, libro que ya
reseñé en semanas anteriores, escrito por el lingüista judío Guy Deutscher quien
cita precisamente a Humboldt y el estudio que éste hizo de las lenguas amerindias,
para lo cual tomó como fuente los manuscritos que se conservaban en la
biblioteca del Vaticano y que habían
traído los misioneros jesuitas; manuscritos que puso en sus manos Lorenzo
Hervás, bibliotecario del papa Pío VII, cuando a Humboldt, en calidad de
diplomático, lo nombraron enviado prusiano ante el Vaticano. Entre las
conclusiones de este estudio señala Deustcher que “La diferencia entre las
lenguas no solo está en los sonidos y en los signos, sino también en la visión
del mundo… Dado que la lengua es el órgano que forma el pensamiento, tiene que
haber una relación íntima entre las leyes de la gramática y las leyes del
pensamiento. Pensar depende no solo de la lengua en general, sino también hasta
cierto punto de la lengua de cada individuo”. ¿Identidad o carácter nacional,
pensamiento, individuo… o solo instrumento, medio de comunicación, convención
social? No soy quien ni estoy en condiciones tampoco de responder a tal
pregunta, porque antes de pensar siquiera en una contestación, habría que
preguntarse qué entendemos por carácter o identidad nacional. Y para eso
tenemos un referente muy cercano en tiempo y espacio: Nicolás Sarkozy promovió
en 2009 un gran debate nacional sobre el “orgullo de ser francés”, encuesta que
arrojó resultados tan significativos como que el 74% de los franceses se
sentían orgullosos de su nacionalidad y un 76% creía que existe una identidad
nacional. Además, abogaban por enseñar y cantar “La Marsellesa” en los colegios
y exigir a los inmigrantes un buen nivel de la lengua francesa. El propio
presidente prometió la creación de un ministerio de inmigración e identidad
nacional. Un debate que tuvo, al margen de los consustanciales intereses
políticos, al menos el mérito de hacer reflexionar a los ciudadanos sobre su nación,
sus propias señas de identidad y el modelo de país que querían para el futuro. ¡Y
se hizo en un país con uno de los índices más elevados de inmigración de
Europa! Este mismo debate, reconozcámoslo, es de todo punto imposible abrirlo
en España. Y no es precisamente porque a nuestro himno nacional le falte la
letra para cantarlo en las escuelas, sino porque muchos ciudadanos, cada vez
menos por desgracia, no pensamos de la misma manera que otros ni, por tanto y
según Humboldt, hablamos el mismo idioma que hablan ellos, aunque a los dos se
les denomine español o castellano. José López Romero.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 4 de mayo de 2013
FAHRENHEIT
Se tira a la basura sin pudor de todo, incluso
libros. Esa norma no escrita que afeaba a todo aquel que se desprendía de
libros tirándolos a la basura, en vez de regalarlos, ahora parece algo
trasnochado e incluso a la sombra de los e-reader y e-books, muchos han
aprovechado para despejar las librerías familiares que tantos años costó
llenar. La destrucción de libros siempre se consideró algo difícil de soportar
e incluso la historia señala
algunos de estos sucesos como algo
infame. Alejandría, Granada, Nuremberg, Sarajevo, entre otros lugares han sido
escenario de esta particular historia de la infamia sobre el libro. Sin embargo,
mientras que aquellos sucesos no pueden ser comprendidos sin las circunstancias
que los rodearon –guerras, persecuciones religiosas, racismo- ahora detectamos una peligrosa actitud que se
va propagando imperceptiblemente, en torno al libro en soporte papel, y que se
quiere extrapolar a la misma lectura. En este caso no es algo que emane de
algún poder superior que trata de borrar todo atisbo de libre pensamiento –como tan certeramente se
plasmaba en el ‘Fahrenheit 451’ de Bradbury – sino algo
más sutil que trata arrinconar un soporte, en este caso el papel, a favor de
las bondades de las nuevas tecnologías
sin reparar en todo lo que este tsunami cultural se está llevando, y aún se puede llevar por delante. Y para colmo ya
hay voceros de cierto nombre que jalean esta deriva. Me sorprendió escuchar en
un programa radiofónico de una cadena nacional, cómo algunos participantes -figuras
de cierto prestigio en la cultura de este país- daban por descontado que la
lectura había perdido la batalla frente a la imagen, y de ahí se deducía que no solo la desaparición del libro en
papel era cuestión de tiempo, sino que incluso
la lectura se vería tras esa desaparición seriamente dañada. Hablar de
la desaparición del papel es una cosa, pero afirmar que la lectura tal como la
conocemos hoy se verá transformada ¿no es hacer planear sobre nuestras cabezas
los temores de Bradbury? Ramón
Clavijo Provencio
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