LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 15 de junio de 2013

SORPRESAS BIBLIOGRÁFICAS

Algunas veces la búsqueda de algo te lleva por caminos inexplorados, al final de los cuales lo que se encuentra no es precisamente lo que motivó el inicio del viaje.  En este caso me refiero a una búsqueda bibliográfica  en la que aún no he tenido éxito, pero en la que sin pretenderlo me topé, a lo largo del  tiempo, con una serie de libros cada uno de los cuales fue para mí una agradable sorpresa. No he sido desafortunado en esto de encuentros casuales con curiosos unas veces, excepcionales otras, libros. Y no hace tanto tiempo me sorprendí encontrando una versión desconocida de ‘La Mojigata’ de Moratín, o un manuscrito inédito de un desconocido viajes a las Indias allá por 1606, por no volverles a recordar lo de la sorprendente aparición de un códice medieval que, sí señores, otra vez yo fui el afortunado de encontrar escondido entre las páginas de otro libro.  Sobre la búsqueda de la que le hablaba al comienzo, todo comenzó con el encargo por parte de un conocido y reputado bibliófilo, de un impreso del siglo XVIII, un tratado de Geografía firmado por un tal J. Sarmiento, del que le habían llegado noticias que acrecentaron su interés en adquirirlo para su colección. Finalmente, ante sus reiterados fracasos recurrió a mí. Como les decía la búsqueda continúa y  me está llevando por caminos inesperados a encontrarme con libros tantas veces deseados y que ahora, extrañamente, han salido a mi encuentro sin pretenderlo. Me referiré solo a dos de ellos pero suficientes como  botón de muestra, de lo fructífera que pueden ser ciertas empresas imposibles: Del “Barrio de Santa Cruz” siempre tuve ganas de tener un ejemplar entre mis manos. Este poemario de Pemán, prologado por los hermanos Álvarez Quintero, siempre fue considerado por los bibliófilos un tesoro preciado, sobre todo porque se hizo una edición de tan solo 300 ejemplares. Para mí su atractivo reside más en las magníficos dibujos y xilografías del jerezano Teodoro Miciano.  De Carmen Carriedo hay muchas referencias pero  pocos restos de su obra literaria, salvo algunos artículos que escribiera en la prensa jerezana, bajo el seudónimo de “María de Xerez” en las primeras décadas del siglo XX. Pero fue una novelista de cierto éxito a nivel nacional, y que finalmente recalaría en la capital del reino. “El castillo de Nichopa” es una de esas novelas olvidadas, y de la  que encontré un ejemplar algo deteriorado en los depósitos de una librería de viejo, en mi búsqueda infructuosa de esa Geografía esquiva de un tal Sarmiento. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

NECIOS

“Father. Lee esto pero trátalo con cariño, generosidad y benevolencia”. Tantos paños calientes antes de que ni por asomo se viese el grano me puso de inmediato a la defensiva… Y más viniendo de quien venía. Me puso mi hija por delante unos folios garabateados, en los que advertí a vista apresurada variadas y numerosas faltas de ortografía, algunas cometidas por influencia de ese lenguaje SMS (del que ya se han hecho tesis y hasta diccionarios), virus cuyos efectos deletéreos se extienden no solo entre la juventud, sino en muchos que en su día hicieron una carrera supuestamente universitaria. De las tildes, ni hablamos. “¡Te has fijado –le dije a mi hija- en la cantidad de faltas y que el autor o autora de “esto” debe ser fanático de una secta que le prohíbe acentuar!”. “Tú siempre tan negativo, father. Con esta actitud, ¿cómo se pueden descubrir nuevos talentos?”. Y de pronto se me vinieron a la memoria las sonadas y más célebres meteduras de pata de las que ninguna editorial puede considerarse indemne: el rechazo de manuscritos que después han resultado obras ya consideradas clásicas en la historia de la literatura y, por el contrario, la publicación de libros que resultaron un rotundo fracaso, a pesar del dinero invertido en su promoción (aunque en este caso más habría que echarle la culpa a la torpeza de la agencia publicitaria que al bodrio del texto, porque la gente se traga lo que le echen en forma de anuncio). Un caso que me trae recuerdos especiales (otro encuentro casual y causal con un libro) es el de ‘La conjura de los necios’ de John Kennedy Toole, quien murió sin ver su libro publicado, rechazado por las grandes editoriales, y que fue premio Pulitzer el mismo año en que su madre consiguió que lo publicara una pequeña editorial de Louisiana. ¿Los folios de mi hija? Ni ella quiso decirme su autor ni yo puse mucho interés en saberlo. En todo caso, que la vida me sorprenda, aunque tengo pocas esperanzas de ello, casi ninguna. José López Romero.  

domingo, 2 de junio de 2013

IMAGINACIÓN

Poco hace que en esta misma página sugería las ediciones ilustradas como un reclamo para hacer más atractiva la compra de libros, incluso para las numerosas colecciones de bolsillo, que mejorarían ostensiblemente. Un arte, el de la ilustración, poco extendido o que tiene en los libros infantiles el centro de su atención. El otro día comentaba con mi amigo Raúl, con quien comparto mis lecturas de Ibargüengoitia (él fue quien me lo recomendó), que en el libro ‘Revolución en el jardín’, recopilación de artículos, crónicas y textos varios del gran novelista mexicano, que ha publicado la editorial Reino de Redonda (propiedad, tengo entendido, de Javier Marías) con prólogo de Juan Villoro, se echaban en falta ilustraciones que hicieran al volumen más “redondo”. “Precisamente –me respondió Raúl- su mujer, Joy Laville, es pintora. Podría haber ilustrado el libro”. Ocasión perdida. Pero a veces una ilustración deja de ser un adorno, para convertirse en un elemento imprescindible para un libro e incluso para su lector. En el ejercicio de recreación imaginativa que todos hacemos cuando leemos, ciertos detalles se escapan o requieren de un esfuerzo de la imaginación que algunos no somos capaces de hacer. Me acuerdo ahora de mi total incapacidad por imaginarme cómo era el fusil o escopeta que Chacal, en la famosa novela de Frederick Forsyth del mismo título, diseña para pasar todos los controles policiales embutida en una muleta y así atentar contra De Gaulle. Y de la misma manera, por muy detallada que es la descripción con la que Umberto Eco inicia su ‘El nombre de la rosa’ de la célebre abadía y de la torre-biblioteca, solo pude, como el fusil de Chacal, tomar exacta medida de ellas al ver las películas que sobre estas dos novelas se han hecho. De los ejemplos que me van viniendo a la memoria, otro me resulta especialmente molesto, no por el ejemplo en sí sino porque todo lo que no puede imaginarse molesta al lector, me refiero al aspecto que podían tener las extrañas criaturas que asaltan todas las noches al protagonista de la novela ‘La piel fría’ de Albert Sánchez Piñol, problema o dificultad que podría haberse solucionado con una simple ilustración. La portada de ciertas ediciones ofrece con éxito relativo alguna solución al respecto. Y de mis últimas lecturas, he sentido la necesidad de ese apoyo plástico para poder imaginarme con la exactitud y la maestría con que los retrata su autora el ambiente del Londres años después de la Primera Guerra Mundial, la casa de la protagonista, el aspecto de algunos personajes de la novela ‘La señora Dalloway’, de Virginia Woolf. Y como tantas veces, ha sido el cine el que ha venido en mi ayuda y ha cubierto con creces esa falta de imaginación, a veces alarmante, que sufro con algunos libros. Pero no siempre el cine te saca del atolladero imaginativo y el problema perdura en la memoria cada vez que recuerda la lectura de aquella novela. Además, no cabe duda de que una ilustración alivia y le da un respiro al lector que, entre tanto texto, bien lo merece. José López Romero.  

RESCATE

Hace unos días asistía a  una conferencia donde se hacía un repaso por las últimas décadas del sistema educativo de nuestro país y su repercusiones en la zona de influencia de Jerez. En ese documentado y a veces emotivo repaso que hizo Manuel Santander, saltaron ante el auditorio nombres como los de Miciano, Teófilo Azabal,  o Antonio Roma entre otros. Nombres que desde distintos campos de la cultura tuvieron una enorme influencia en la ciudad y que el paso de los años ha ido condenando, premeditadamente en algunos casos, al olvido. De muchos de estos personajes y de otros como José Cádiz, de sus luces y sombras, tuve información a través de un testigo privilegiado como fue el ya desaparecido profesor Antonio Olmedo, gran bibliófilo, y con el que tuve el privilegio de compartir largas conversaciones cuando me visitaba al final de su vida en la biblioteca. En aquellas charlas, no importaba de qué se hablara, siempre saltaba en algún momento las visiones que Antonio me dejaba de una época, la postguerra,  especialmente desde el punto de vista cultural pues, me decía, este aspecto era decisivo para comprender la vida en la ciudad en aquellos años. Lo cierto es que  la información oficial, aquella que podemos encontrar en la documentación conservada o en la tutelada prensa de la época contrasta muy significativamente con la que fueron aportando testigos de aquellos años como Antonio.  Algunos hemos tratado de hurgar en las manifestaciones culturales de ese periodo en Jerez con mayor o menor fortuna, estudios parciales que sin embargo han ido aportando alguna luz sobre el duro golpe que significó para la cultura en la ciudad la desaparición de figuras como las anteriormente nombradas. Falta sin embargo ese estudio multidisciplinar, que rescate del olvido las aportaciones culturales  de aquellos de los que aún nos llegan ecos. Habrá otros - me temo- a los  que no llegaremos a tiempo. Ramón Clavijo Provencio.

sábado, 18 de mayo de 2013

LA PESCA


Aunque no somos partidarios de utilizar anglicismos, haremos una excepción con el término bookcrossing -que  literalmente significa libro corredor o libro viajero- para hablarles de una práctica   que se supone  de fomento de la lectura, y que consiste básicamente en  depositar  centenares de libros en la vía pública  – aunque ha habido alguna ocasión  sonada en que se han “liberado“ miles-  con la esperanza de que los viandantes “piquen”. A algún lector esto último  que decimos puede que les traiga más  reminiscencias de la pesca con “mosca”,  ensalzada en  aquella magnífica trilogía de Norman Mclean - luego llevada al cine por Robert Reford bajo el título de “El rio de la vida”- que de la lectura. Pero no se confundan, sí, hablamos de  lectores y libros aunque con el bookcrossing el paralelismo esté justificado ante esa curiosa visión del libro como carnaza. En estos libros que se abandonan en la vía publica premeditadamente se imprime una nota de advertencia en la que, los que idearon originalmente esta propuesta lectora, depositan toda su esperanza, y  es el ruego al lector que  una vez leído el libro lo vuelvan a depositar en la calle para que este pueda proseguir su periplo viajero  hasta que “el cuerpo”, del libro se entiende, aguante.  Todo esto, pese a los años que lleva realizándose me sigue sonando a muy utópico. Hace unos días en una gran ciudad española  se liberaron miles de libros por distintas zonas del perímetro urbano, y una vez más nos preguntábamos teniendo en cuenta experiencias anteriores, si todo esto  servirá para algo, si algunos de esos libros atrapará a algún lector -la principal razón de ser del proyecto-, o como sospecho cientos de ellos desaparecerán destruidos por  gamberros, o simplemente desaparecerán del circuito cuando algún lector avispado decida dejarlo en alguna estantería de casa de la que jamás saldrán.  Si esta sospecha mía se acercara a la realidad  sería para preguntarse acto seguido, si no hubiera sido mejor distribuir estos miles de libros entre las bibliotecas públicas  donde se garantiza el préstamo público, y que los libros una vez leídos serán devueltos para seguir sirviendo a los lectores. Los tiempos que corren, no haría falta recordarlo,  son  poco favorables para experiencias, que pese a los años, no  terminan de mostrar sus potenciales beneficios. Hace algunos años, cuando surgió esta práctica, fue algo llamativo y original, pero habida cuenta del desastre de cada nueva “liberación“  de libros de la que nos enteramos, sería bueno que no insistiéramos en tanta “pesca con mosca”. Ramón Clavijo Provencio

FÚTBOL ES FÚTBOL


A pesar de mi afición al fútbol, sin llegar al fanatismo, virus que nos inoculó mi padre desde muy pequeños a mi hermano y a mí, no me ha dado nunca, aunque solo fuera por curiosidad, comprobar si hay mucha o poca bibliografía sobre el deporte rey por excelencia. Sin acudir a Internet, fiado solo de mi memoria, algunos cuentos de Eduardo Galeano, uno que leí tiempo hace, magnífico, de Jorge Valdano, pero sobre todo mucha literatura laudatoria en torno a futbolistas, clubes o equipos. Supongo que no habrá héroe o equipo, por muy locales que sean, que no tengan su panegírico o varios de ellos, por muy precoz que la figura sea. Pongamos por ejemplo el de Leonel Messi, del que, a pesar de sus 25 años, ya tendrá una bibliografía a sus espaldas considerable. Bibliografía con la que de seguro contarán clubes como el Real Madrid, Barcelona o, por seguir con futbolistas de época, Di Stéfano, Cruyff, Maradona o Zidane. Panegíricos y hasta hagiografías pero poca literatura ensayística, trabajos de investigación o análisis sobre los resortes y mecanismos que mueven los partidos de fútbol, esto es, las tácticas, los movimientos de las líneas, las estrategias, los cambios, etc. Todo lo que hace que el fútbol pase de ser un juego a querer convertirse en un deporte cuyo resultado dependa de la mejor preparación de un equipo sobre el otro. Y para ello, los grandes entrenadores no descuidan ni el más mínimo detalle. ¿Cuánto daría un editor por los cuadernos de Mourinho o por los estudios que sobre los rivales hace Guardiola? Pero lo más sorprendente de todo es que los glosadores de las gestas balompédicas sean periodistas, y a ninguno de ellos (en lo que alcanza mi memoria) le haya dado por escribir un libro de análisis de tácticas. O quizá no sea tan sorprendente cuando el periodismo deportivo es, al menos en este país, una de las profesiones más ventajistas que puede uno echarse a la cara: elogian al vencedor de la misma manera que critican, e incluso destrozan al vencido. Su eslogan preferido: “eso ya lo sabía yo”. José López Romero. 

sábado, 4 de mayo de 2013

LENGUA Y NACIÓN


La torre de Babel de Brueghel el viejo.
No sé si, como le sugiere el gran Goethe a Friedrich Wilhelm von Humboldt, insigne lingüista, los idiomas reflejan el carácter de una nación (Alberto Manguel dixit en ‘Diario de lecturas’), o estos son el producto o resultado de una serie de convenciones sociales que cambian según los tiempos y sus usuarios. Al respecto, lo último que he leído y que desde aquí recomiendo sin reservas es ‘El prisma del lenguaje’, libro que ya reseñé en semanas anteriores, escrito por el lingüista judío Guy Deutscher quien cita precisamente a Humboldt y el estudio que éste hizo de las lenguas amerindias, para lo cual tomó como fuente los manuscritos que se conservaban en la biblioteca del Vaticano  y que habían traído los misioneros jesuitas; manuscritos que puso en sus manos Lorenzo Hervás, bibliotecario del papa Pío VII, cuando a Humboldt, en calidad de diplomático, lo nombraron enviado prusiano ante el Vaticano. Entre las conclusiones de este estudio señala Deustcher que “La diferencia entre las lenguas no solo está en los sonidos y en los signos, sino también en la visión del mundo… Dado que la lengua es el órgano que forma el pensamiento, tiene que haber una relación íntima entre las leyes de la gramática y las leyes del pensamiento. Pensar depende no solo de la lengua en general, sino también hasta cierto punto de la lengua de cada individuo”. ¿Identidad o carácter nacional, pensamiento, individuo… o solo instrumento, medio de comunicación, convención social? No soy quien ni estoy en condiciones tampoco de responder a tal pregunta, porque antes de pensar siquiera en una contestación, habría que preguntarse qué entendemos por carácter o identidad nacional. Y para eso tenemos un referente muy cercano en tiempo y espacio: Nicolás Sarkozy promovió en 2009 un gran debate nacional sobre el “orgullo de ser francés”, encuesta que arrojó resultados tan significativos como que el 74% de los franceses se sentían orgullosos de su nacionalidad y un 76% creía que existe una identidad nacional. Además, abogaban por enseñar y cantar “La Marsellesa” en los colegios y exigir a los inmigrantes un buen nivel de la lengua francesa. El propio presidente prometió la creación de un ministerio de inmigración e identidad nacional. Un debate que tuvo, al margen de los consustanciales intereses políticos, al menos el mérito de hacer reflexionar a los ciudadanos sobre su nación, sus propias señas de identidad y el modelo de país que querían para el futuro. ¡Y se hizo en un país con uno de los índices más elevados de inmigración de Europa! Este mismo debate, reconozcámoslo, es de todo punto imposible abrirlo en España. Y no es precisamente porque a nuestro himno nacional le falte la letra para cantarlo en las escuelas, sino porque muchos ciudadanos, cada vez menos por desgracia, no pensamos de la misma manera que otros ni, por tanto y según Humboldt, hablamos el mismo idioma que hablan ellos, aunque a los dos se les denomine español o castellano. José López Romero.  

FAHRENHEIT


Se tira a la basura sin pudor de todo, incluso libros. Esa norma no  escrita  que afeaba a todo aquel que se desprendía de libros tirándolos a la basura, en vez de regalarlos, ahora parece algo trasnochado e incluso a la sombra de los e-reader y e-books, muchos han aprovechado para despejar las librerías familiares que tantos años costó llenar. La destrucción de libros siempre se consideró algo difícil de soportar e incluso la historia  señala algunos  de estos sucesos como algo infame. Alejandría, Granada, Nuremberg, Sarajevo, entre otros lugares han sido escenario de esta particular historia de la infamia sobre el libro. Sin embargo, mientras que aquellos sucesos no pueden ser comprendidos sin las circunstancias que los rodearon –guerras, persecuciones religiosas, racismo-  ahora detectamos una peligrosa actitud que se va propagando imperceptiblemente, en torno al libro en soporte papel, y que se quiere extrapolar a la misma lectura. En este caso no es algo que emane de algún poder superior que trata de borrar todo atisbo de  libre pensamiento –como tan certeramente se plasmaba en el ‘Fahrenheit  451’ de Bradbury – sino algo más sutil que trata arrinconar un soporte, en este caso el papel, a favor de las  bondades de las nuevas tecnologías sin reparar en todo lo que este tsunami cultural se está llevando, y aún  se puede llevar por delante. Y para colmo ya hay voceros de cierto nombre que jalean esta deriva. Me sorprendió escuchar en un programa radiofónico de una cadena nacional, cómo algunos participantes -figuras de cierto prestigio en la cultura de este país- daban por descontado que la lectura había perdido la batalla frente a la imagen, y de ahí se deducía  que no solo la desaparición del libro en papel era cuestión de tiempo, sino que incluso  la lectura se vería tras esa desaparición seriamente dañada. Hablar de la desaparición del papel es una cosa, pero afirmar que la lectura tal como la conocemos hoy se verá transformada ¿no es hacer planear sobre nuestras cabezas los temores de Bradbury?  Ramón Clavijo Provencio