Algunas veces la búsqueda de algo te lleva por caminos
inexplorados, al final de los cuales lo que se encuentra no es precisamente lo
que motivó el inicio del viaje. En este
caso me refiero a una búsqueda bibliográfica
en la que aún no he tenido éxito, pero en la que sin pretenderlo me
topé, a lo largo del tiempo, con una
serie de libros cada uno de los cuales fue para mí una agradable sorpresa. No
he sido desafortunado en esto de encuentros casuales con curiosos unas veces,
excepcionales otras, libros. Y no hace tanto tiempo me sorprendí encontrando
una versión desconocida de ‘La Mojigata’ de Moratín, o un manuscrito inédito de
un desconocido viajes a las Indias allá por 1606, por no volverles a recordar
lo de la sorprendente aparición de un códice medieval que, sí señores, otra vez
yo fui el afortunado de encontrar escondido entre las páginas de otro
libro. Sobre la búsqueda de la que le
hablaba al comienzo, todo comenzó con el encargo por parte de un conocido y
reputado bibliófilo, de un impreso del siglo XVIII, un tratado de Geografía
firmado por un tal J. Sarmiento, del que le habían llegado noticias que
acrecentaron su interés en adquirirlo para su colección. Finalmente, ante sus
reiterados fracasos recurrió a mí. Como les decía la búsqueda continúa y me está llevando por caminos inesperados a
encontrarme con libros tantas veces deseados y que ahora, extrañamente, han
salido a mi encuentro sin pretenderlo. Me referiré solo a dos de ellos pero
suficientes como botón de muestra, de lo
fructífera que pueden ser ciertas empresas imposibles: Del “Barrio de Santa
Cruz” siempre tuve ganas de tener un ejemplar entre mis manos. Este poemario de
Pemán, prologado por los hermanos Álvarez Quintero, siempre fue considerado por
los bibliófilos un tesoro preciado, sobre todo porque se hizo una edición de
tan solo 300 ejemplares. Para mí su atractivo reside más en las magníficos
dibujos y xilografías del jerezano Teodoro Miciano. De Carmen Carriedo hay muchas referencias
pero pocos restos de su obra literaria,
salvo algunos artículos que escribiera en la prensa jerezana, bajo el seudónimo
de “María de Xerez” en las primeras décadas del siglo XX. Pero fue una
novelista de cierto éxito a nivel nacional, y que finalmente recalaría en la
capital del reino. “El castillo de Nichopa” es una de esas novelas olvidadas, y
de la que encontré un ejemplar algo
deteriorado en los depósitos de una librería de viejo, en mi búsqueda
infructuosa de esa Geografía esquiva de un tal Sarmiento. RAMÓN CLAVIJO
PROVENCIO
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
sábado, 15 de junio de 2013
NECIOS
“Father. Lee esto pero trátalo con cariño, generosidad
y benevolencia”. Tantos paños calientes antes de que ni por asomo se viese el
grano me puso de inmediato a la defensiva… Y más viniendo de quien venía. Me
puso mi hija por delante unos folios garabateados, en los que advertí a vista
apresurada variadas y numerosas faltas de ortografía, algunas cometidas por
influencia de ese lenguaje SMS (del que ya se han hecho tesis y hasta
diccionarios), virus cuyos efectos deletéreos se extienden no solo entre la
juventud, sino en muchos que en su día hicieron una carrera supuestamente
universitaria. De las tildes, ni hablamos. “¡Te has fijado –le dije a mi hija-
en la cantidad de faltas y que el autor o autora de “esto” debe ser fanático de
una secta que le prohíbe acentuar!”. “Tú siempre tan negativo, father. Con esta
actitud, ¿cómo se pueden descubrir nuevos talentos?”. Y de pronto se me
vinieron a la memoria las sonadas y más célebres meteduras de pata de las que
ninguna editorial puede considerarse indemne: el rechazo de manuscritos que
después han resultado obras ya consideradas clásicas en la historia de la literatura
y, por el contrario, la publicación de libros que resultaron un rotundo
fracaso, a pesar del dinero invertido en su promoción (aunque en este caso más
habría que echarle la culpa a la torpeza de la agencia publicitaria que al
bodrio del texto, porque la gente se traga lo que le echen en forma de
anuncio). Un caso que me trae recuerdos especiales (otro encuentro casual y
causal con un libro) es el de ‘La conjura de los necios’ de John Kennedy Toole,
quien murió sin ver su libro publicado, rechazado por las grandes editoriales,
y que fue premio Pulitzer el mismo año en que su madre consiguió que lo
publicara una pequeña editorial de Louisiana. ¿Los folios de mi hija? Ni ella
quiso decirme su autor ni yo puse mucho interés en saberlo. En todo caso, que
la vida me sorprenda, aunque tengo pocas esperanzas de ello, casi ninguna. José
López Romero.
domingo, 2 de junio de 2013
IMAGINACIÓN
Poco hace que en esta misma página sugería las
ediciones ilustradas como un reclamo para hacer más atractiva la compra de
libros, incluso para las numerosas colecciones de bolsillo, que mejorarían
ostensiblemente. Un arte, el de la ilustración, poco extendido o que tiene en
los libros infantiles el centro de su atención. El otro día comentaba con mi
amigo Raúl, con quien comparto mis lecturas de Ibargüengoitia (él fue quien me
lo recomendó), que en el libro ‘Revolución en el jardín’, recopilación de
artículos, crónicas y textos varios del gran novelista mexicano, que ha
publicado la editorial Reino de Redonda (propiedad, tengo entendido, de Javier
Marías) con prólogo de Juan Villoro, se echaban en falta ilustraciones que
hicieran al volumen más “redondo”. “Precisamente –me respondió Raúl- su mujer,
Joy Laville, es pintora. Podría haber ilustrado el libro”. Ocasión perdida.
Pero a veces una ilustración deja de ser un adorno, para convertirse en un
elemento imprescindible para un libro e incluso para su lector. En el ejercicio
de recreación imaginativa que todos hacemos cuando leemos, ciertos detalles se
escapan o requieren de un esfuerzo de la imaginación que algunos no somos
capaces de hacer. Me acuerdo ahora de mi total incapacidad por imaginarme cómo
era el fusil o escopeta que Chacal, en la famosa novela de Frederick Forsyth
del mismo título, diseña para pasar todos los controles policiales embutida en
una muleta y así atentar contra De Gaulle. Y de la misma manera, por muy
detallada que es la descripción con la que Umberto Eco inicia su ‘El nombre de
la rosa’ de la célebre abadía y de la torre-biblioteca, solo pude, como el
fusil de Chacal, tomar exacta medida de ellas al ver las películas que sobre
estas dos novelas se han hecho. De los ejemplos que me van viniendo a la
memoria, otro me resulta especialmente molesto, no por el ejemplo en sí sino
porque todo lo que no puede imaginarse molesta al lector, me refiero al aspecto
que podían tener las extrañas criaturas que asaltan todas las noches al
protagonista de la novela ‘La piel fría’ de Albert Sánchez Piñol, problema o
dificultad que podría haberse solucionado con una simple ilustración. La
portada de ciertas ediciones ofrece con éxito relativo alguna solución al
respecto. Y de mis últimas lecturas, he sentido la necesidad de ese apoyo
plástico para poder imaginarme con la exactitud y la maestría con que los
retrata su autora el ambiente del Londres años después de la Primera Guerra
Mundial, la casa de la protagonista, el aspecto de algunos personajes de la
novela ‘La señora Dalloway’, de Virginia Woolf. Y como tantas veces, ha sido el
cine el que ha venido en mi ayuda y ha cubierto con creces esa falta de
imaginación, a veces alarmante, que sufro con algunos libros. Pero no siempre
el cine te saca del atolladero imaginativo y el problema perdura en la memoria
cada vez que recuerda la lectura de aquella novela. Además, no cabe duda de que
una ilustración alivia y le da un respiro al lector que, entre tanto texto,
bien lo merece. José López Romero.
RESCATE
Hace unos días asistía a una conferencia donde se hacía un repaso por
las últimas décadas del sistema educativo de nuestro país y su repercusiones en
la zona de influencia de Jerez. En ese documentado y a veces emotivo repaso que
hizo Manuel Santander, saltaron ante el auditorio nombres como los de Miciano, Teófilo
Azabal, o Antonio Roma entre otros. Nombres
que desde distintos campos de la cultura tuvieron una enorme influencia en la
ciudad y que el paso de los años ha ido condenando, premeditadamente en algunos
casos, al olvido. De muchos de estos personajes y de otros como José Cádiz, de
sus luces y sombras, tuve información a través de un testigo privilegiado como
fue el ya desaparecido profesor Antonio Olmedo, gran bibliófilo, y con el que
tuve el privilegio de compartir largas conversaciones cuando me visitaba al
final de su vida en la biblioteca. En aquellas charlas, no importaba de qué se
hablara, siempre saltaba en algún momento las visiones que Antonio me dejaba de
una época, la postguerra, especialmente
desde el punto de vista cultural pues, me decía, este aspecto era decisivo para
comprender la vida en la ciudad en aquellos años. Lo cierto es que la información oficial, aquella que podemos
encontrar en la documentación conservada o en la tutelada prensa de la época
contrasta muy significativamente con la que fueron aportando testigos de
aquellos años como Antonio. Algunos
hemos tratado de hurgar en las manifestaciones culturales de ese periodo en
Jerez con mayor o menor fortuna, estudios parciales que sin embargo han ido
aportando alguna luz sobre el duro golpe que significó para la cultura en la
ciudad la desaparición de figuras como las anteriormente nombradas. Falta sin
embargo ese estudio multidisciplinar, que rescate del olvido las aportaciones
culturales de aquellos de los que aún
nos llegan ecos. Habrá otros - me temo- a los que no llegaremos a tiempo. Ramón Clavijo
Provencio.
sábado, 18 de mayo de 2013
LA PESCA
Aunque no somos
partidarios de utilizar anglicismos, haremos una excepción con el término
bookcrossing -que literalmente significa
libro corredor o libro viajero- para hablarles de una práctica que se supone
de fomento de la lectura, y que consiste básicamente en depositar
centenares de libros en la vía pública
– aunque ha habido alguna ocasión
sonada en que se han “liberado“ miles- con la esperanza de que los viandantes
“piquen”. A algún lector esto último que
decimos puede que les traiga más reminiscencias de la pesca con “mosca”, ensalzada en aquella magnífica trilogía de Norman Mclean -
luego llevada al cine por Robert Reford bajo el título de “El rio de la vida”-
que de la lectura. Pero no se confundan, sí, hablamos de lectores y libros aunque con el bookcrossing
el paralelismo esté justificado ante esa curiosa visión del libro como carnaza.
En estos libros que se abandonan en la vía publica premeditadamente se imprime
una nota de advertencia en la que, los que idearon originalmente esta propuesta
lectora, depositan toda su esperanza, y es el ruego al lector que una vez leído el libro lo vuelvan a depositar
en la calle para que este pueda proseguir su periplo viajero hasta que “el cuerpo”, del libro se entiende,
aguante. Todo esto, pese a los años que
lleva realizándose me sigue sonando a muy utópico. Hace unos días en una gran
ciudad española se liberaron miles de
libros por distintas zonas del perímetro urbano, y una vez más nos preguntábamos
teniendo en cuenta experiencias anteriores, si todo esto servirá para algo, si algunos de esos libros
atrapará a algún lector -la principal razón de ser del proyecto-, o como
sospecho cientos de ellos desaparecerán destruidos por gamberros, o simplemente desaparecerán del
circuito cuando algún lector avispado decida dejarlo en alguna estantería de
casa de la que jamás saldrán. Si esta
sospecha mía se acercara a la realidad
sería para preguntarse acto seguido, si no hubiera sido mejor distribuir
estos miles de libros entre las bibliotecas públicas donde se garantiza el préstamo público, y que
los libros una vez leídos serán devueltos para seguir sirviendo a los lectores.
Los tiempos que corren, no haría falta recordarlo, son poco
favorables para experiencias, que pese a los años, no terminan de mostrar sus potenciales
beneficios. Hace algunos años, cuando surgió esta práctica, fue algo llamativo
y original, pero habida cuenta del desastre de cada nueva “liberación“ de libros de la que nos enteramos, sería
bueno que no insistiéramos en tanta “pesca con mosca”. Ramón Clavijo Provencio
FÚTBOL ES FÚTBOL
A pesar de mi afición al
fútbol, sin llegar al fanatismo, virus que nos inoculó mi padre desde muy
pequeños a mi hermano y a mí, no me ha dado nunca, aunque solo fuera por
curiosidad, comprobar si hay mucha o poca bibliografía sobre el deporte rey por
excelencia. Sin acudir a Internet, fiado solo de mi memoria, algunos cuentos de
Eduardo Galeano, uno que leí tiempo hace, magnífico, de Jorge Valdano, pero
sobre todo mucha literatura laudatoria en torno a futbolistas, clubes o
equipos. Supongo que no habrá héroe o equipo, por muy locales que sean, que no
tengan su panegírico o varios de ellos, por muy precoz que la figura sea.
Pongamos por ejemplo el de Leonel Messi, del que, a pesar de sus 25 años, ya
tendrá una bibliografía a sus espaldas considerable. Bibliografía con la que de
seguro contarán clubes como el Real Madrid, Barcelona o, por seguir con
futbolistas de época, Di Stéfano, Cruyff, Maradona o Zidane. Panegíricos y
hasta hagiografías pero poca literatura ensayística, trabajos de investigación
o análisis sobre los resortes y mecanismos que mueven los partidos de fútbol,
esto es, las tácticas, los movimientos de las líneas, las estrategias, los
cambios, etc. Todo lo que hace que el fútbol pase de ser un juego a querer
convertirse en un deporte cuyo resultado dependa de la mejor preparación de un
equipo sobre el otro. Y para ello, los grandes entrenadores no descuidan ni el
más mínimo detalle. ¿Cuánto daría un editor por los cuadernos de Mourinho o por
los estudios que sobre los rivales hace Guardiola? Pero lo más sorprendente de
todo es que los glosadores de las gestas balompédicas sean periodistas, y a
ninguno de ellos (en lo que alcanza mi memoria) le haya dado por escribir un
libro de análisis de tácticas. O quizá no sea tan sorprendente cuando el
periodismo deportivo es, al menos en este país, una de las profesiones más
ventajistas que puede uno echarse a la cara: elogian al vencedor de la misma
manera que critican, e incluso destrozan al vencido. Su eslogan preferido: “eso
ya lo sabía yo”. José López Romero.
sábado, 4 de mayo de 2013
LENGUA Y NACIÓN
No sé si, como le sugiere el gran Goethe a Friedrich Wilhelm von Humboldt, insigne
lingüista, los idiomas reflejan el carácter de una nación (Alberto Manguel dixit en ‘Diario de lecturas’), o estos
son el producto o resultado de una serie de convenciones sociales que cambian
según los tiempos y sus usuarios. Al respecto, lo último que he leído y que
desde aquí recomiendo sin reservas es ‘El prisma del lenguaje’, libro que ya
reseñé en semanas anteriores, escrito por el lingüista judío Guy Deutscher quien
cita precisamente a Humboldt y el estudio que éste hizo de las lenguas amerindias,
para lo cual tomó como fuente los manuscritos que se conservaban en la
biblioteca del Vaticano y que habían
traído los misioneros jesuitas; manuscritos que puso en sus manos Lorenzo
Hervás, bibliotecario del papa Pío VII, cuando a Humboldt, en calidad de
diplomático, lo nombraron enviado prusiano ante el Vaticano. Entre las
conclusiones de este estudio señala Deustcher que “La diferencia entre las
lenguas no solo está en los sonidos y en los signos, sino también en la visión
del mundo… Dado que la lengua es el órgano que forma el pensamiento, tiene que
haber una relación íntima entre las leyes de la gramática y las leyes del
pensamiento. Pensar depende no solo de la lengua en general, sino también hasta
cierto punto de la lengua de cada individuo”. ¿Identidad o carácter nacional,
pensamiento, individuo… o solo instrumento, medio de comunicación, convención
social? No soy quien ni estoy en condiciones tampoco de responder a tal
pregunta, porque antes de pensar siquiera en una contestación, habría que
preguntarse qué entendemos por carácter o identidad nacional. Y para eso
tenemos un referente muy cercano en tiempo y espacio: Nicolás Sarkozy promovió
en 2009 un gran debate nacional sobre el “orgullo de ser francés”, encuesta que
arrojó resultados tan significativos como que el 74% de los franceses se
sentían orgullosos de su nacionalidad y un 76% creía que existe una identidad
nacional. Además, abogaban por enseñar y cantar “La Marsellesa” en los colegios
y exigir a los inmigrantes un buen nivel de la lengua francesa. El propio
presidente prometió la creación de un ministerio de inmigración e identidad
nacional. Un debate que tuvo, al margen de los consustanciales intereses
políticos, al menos el mérito de hacer reflexionar a los ciudadanos sobre su nación,
sus propias señas de identidad y el modelo de país que querían para el futuro. ¡Y
se hizo en un país con uno de los índices más elevados de inmigración de
Europa! Este mismo debate, reconozcámoslo, es de todo punto imposible abrirlo
en España. Y no es precisamente porque a nuestro himno nacional le falte la
letra para cantarlo en las escuelas, sino porque muchos ciudadanos, cada vez
menos por desgracia, no pensamos de la misma manera que otros ni, por tanto y
según Humboldt, hablamos el mismo idioma que hablan ellos, aunque a los dos se
les denomine español o castellano. José López Romero.
FAHRENHEIT
Se tira a la basura sin pudor de todo, incluso
libros. Esa norma no escrita que afeaba a todo aquel que se desprendía de
libros tirándolos a la basura, en vez de regalarlos, ahora parece algo
trasnochado e incluso a la sombra de los e-reader y e-books, muchos han
aprovechado para despejar las librerías familiares que tantos años costó
llenar. La destrucción de libros siempre se consideró algo difícil de soportar
e incluso la historia señala
algunos de estos sucesos como algo
infame. Alejandría, Granada, Nuremberg, Sarajevo, entre otros lugares han sido
escenario de esta particular historia de la infamia sobre el libro. Sin embargo,
mientras que aquellos sucesos no pueden ser comprendidos sin las circunstancias
que los rodearon –guerras, persecuciones religiosas, racismo- ahora detectamos una peligrosa actitud que se
va propagando imperceptiblemente, en torno al libro en soporte papel, y que se
quiere extrapolar a la misma lectura. En este caso no es algo que emane de
algún poder superior que trata de borrar todo atisbo de libre pensamiento –como tan certeramente se
plasmaba en el ‘Fahrenheit 451’ de Bradbury – sino algo
más sutil que trata arrinconar un soporte, en este caso el papel, a favor de
las bondades de las nuevas tecnologías
sin reparar en todo lo que este tsunami cultural se está llevando, y aún se puede llevar por delante. Y para colmo ya
hay voceros de cierto nombre que jalean esta deriva. Me sorprendió escuchar en
un programa radiofónico de una cadena nacional, cómo algunos participantes -figuras
de cierto prestigio en la cultura de este país- daban por descontado que la
lectura había perdido la batalla frente a la imagen, y de ahí se deducía que no solo la desaparición del libro en
papel era cuestión de tiempo, sino que incluso
la lectura se vería tras esa desaparición seriamente dañada. Hablar de
la desaparición del papel es una cosa, pero afirmar que la lectura tal como la
conocemos hoy se verá transformada ¿no es hacer planear sobre nuestras cabezas
los temores de Bradbury? Ramón
Clavijo Provencio
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