lunes, 24 de agosto de 2020

"OPERACIÓN ESTRAPERLO". Un nuevo caso del inspector Castilla.

La última novela escrita  por Ramón Clavijo y José López, “Operación estraperlo” (Canto y Cuento, 2020), es casi un verdadero viaje en el tiempo al Jerez de mediados de los años cuarenta. Conocíamos al inspector Castilla, su protagonista, de “La ciudad que no sueña” (2018). Todo un personaje. Huraño a veces y taciturno siempre, casi siempre escoltado por su subordinado, el subinspector Romero, un policía barbilampiño de ingenio desbordante. Esta vez la pareja tiene que lidiar con un caso que se cruza con la llegada de los restos mortales de quien fuera presidente de gobierno entre 1923 y 1930, el jerezano Miguel Primo de Rivera. Acontecimiento que trajo a la ciudad a personajes relevantes del momento como José María Pemán, Manuel Halcón o  el general Fidel Dávila, el ministro del Ejército que se fue de rositas después de estampar su firma en un manifiesto que solicitaba la restauración de la monarquía en la persona de D. Juan de Borbón en 1943. Marzo de 1947. Un vehículo con matrícula de Gibraltar se estrella en una calle de Jerez. En su interior encuentran al conductor muerto con un tiro en la cabeza, suceso que lleva al inspector Castilla a introducirse en el turbio mundo del estraperlo. Son unos momentos de incertidumbre política y muchos creen que el régimen de Franco será empujado inevitablemente por la presión internacional, a claudicar en favor de la monarquía en la figura de D. Juan de Borbón. Las investigaciones se van desarrollando mientras el veterano inspector nos pasea por la plaza del Arenal, Pescadería Vieja, Letrados, San Antón, Berrocalas…, pero también por lugares emblemáticos de Cádiz, El Puerto, Gibraltar o Madrid.  “Operación Estraperlo” es la segunda novela de una trilogía sobre la posguerra española, protagonizada por el inspector de la policía franquista Castilla. Una  aproximación literaria a la posguerra pero sustentada en un importante cuerpo documental, que permite dar verosimilitud a la historia que aquí se narra, y que se logre eso que es tan difícil en el género de la novela histórica, - en este caso con su pizca también de “noir”- , cual es que no se noten excesivamente las costuras que unen ficción y realidad. Novela de ritmo trepidante que divierte al mismo tiempo que instruye y que nos  evade de esta dura realidad  que nos rodea, siguiendo las andanzas de este atípico inspector Castilla, que cuando puede se escapa a tomarse un oloroso viejo al tabanco de Lina, su debilidad. O a buscar un bar donde no pongan esa infumable mezcla de malta y achicoria sino café-café. De estraperlo, por supuesto. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

lunes, 20 de julio de 2020

NUESTRA NUEVA NOVELA: "OPERACIÓN ESTRAPERLO"

Marzo de 1947. Un vehículo con matrícula de Gibraltar se estrella en una calle de Jerez. En su interior aparece el conductor muerto con un tiro en la cabeza. Este suceso empuja al inspector Castilla y al subinspector Romero a introducirse en el turbio mundo del estraperlo en Jerez. Mientras, la ciudad se prepara para recibir  los restos mortales del general Miguel Primo de Rivera, que será enterrado definitivamente en su ciudad natal.  Esta circunstancia es aprovechada por algunas figuras relevantes de la época para convertir Jerez en centro de intrigas políticas en un momento en el que el Régimen franquista parece arrastrado inevitablemente, por la presión internacional, a claudicar en favor de la monarquía.

Un nuevo caso del inspector Castilla en el asfixiante ambiente de la posguerra española.
Más datoshttps://www.lavozdelsur.es/en-el-jerez-de-la-posguerra-el-de-los-anos-del-hambre-el-delito-mas-comun-era-robar-alimento/



viernes, 12 de junio de 2020

FIEL COMPAÑERO DE VIAJE


En estos meses en los que se multiplican las discusiones en torno a la pandemia, en los que se rebusca en la historia similitudes y diferencias con otros fenómenos trágicos y que también  pusieron a la Humanidad en serios aprietos o, en fin, en lo mucho que este trágico asunto está afectando a nuestras vidas y que -y es algo en lo que todos estamos de acuerdo- nos seguirá afectando en un futuro, qué duda cabe de que uno de esos objetos de nuestro paisaje cotidiano que se ven especialmente afectados por la pandemia son los libros en papel. Me referiré a partir de ahora no tanto a la lectura, sino a uno de los soportes de la lectura, el más tradicional y que cuenta su historia por milenios, cual es el libro en papel. Por un lado ha sido grato comprobar –quizás sea lo único grato de esta historia- cómo el libro sigue teniendo un protagonismo visual en nuestro entorno doméstico mayor del que sospechaba. En esos vídeos caseros, o profesionales, que se van colgando en las redes sociales o cadenas de comunicación generalista, y donde una infinidad de ciudadanos opinan sobre la pandemia, no es raro  observar cómo en  segundo plano, tras la figura que nos habla, ahí está la estantería atestada de libros en papel. Nunca habíamos visto tal variedad de formas y estilos. Desde suntuosas y valiosas procedentes, pienso, de herencias familiares, y donde el valor patrimonial de los libros no desmerece de las maderas nobles donde están depositados, a minimalistas con escasos pero escogidos volúmenes. Aunque a mí particularmente me atraigan más esas modestas, donde las baldas van combándose por el peso de los libros, que allí se aprietan en un caos ordenado y que delatan a un compulsivo lector. Nos habían hecho creer que el libro iba a pasos agigantados desapareciendo del entorno doméstico, que había llegado con la revolución tecnológica una fiebre que nos hacía desprendernos de los libros en papel, y mira por donde las imágenes diarias lo desmienten, o al menos nos tranquilizan. El otro aspecto que quería señalar en estas breves líneas, es el tortuoso circuito en torno al libro en papel, que se ha impuesto en las bibliotecas públicas para preservar la seguridad de sus usuarios lectores, y que me temo  se ha implantado para quedarse, y de camino complicar lo que hasta ahora era un acto tan sencillo como consultar o llevarse en préstamo un libro. Y es que todo libro que nos llevemos en préstamo, o consultemos, ha tenido previamente que pasar al menos una cuarentena de 14 días, de la misma manera que volverá a pasarla una vez lo devolvamos tras su lectura o consulta. Ello implica la creación de depósitos intermedios donde van siendo depositadas estas piezas una vez consultadas por los lectores, y antes de volver a ser recolocadas en sus lugares naturales en las estanterías de las respectivas salas. Quién nos iba a decir que hasta en eso, el libro nos acompaña como un sufrido y fiel compañero de viaje. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

TOPLES


De todos son conocidos los filtros que algunas empresas de servicios de Internet imponen para que no se cuelguen fotos o vídeos subidos de tono, es decir, de contenido sexual. Pero también sabemos de las artimañas y argucias de las que muchos se sirven para regatear estas prohibiciones, sobre todo si el personaje se dedica al mundo del espectáculo, y necesita de algún empujón suplementario para atraer la atención, y así subir sus índices de popularidad, o incluso por el simple placer del escándalo. Unas semanas atrás aparecía en algunos medios de comunicación digitales, es decir, en la propia red, la noticia de una actriz española que para colgar en Instagram una foto suya en toples y saltarse esos filtros censores, no se le había ocurrido mejor idea que taparse los pechos con un libro, pero no dejándolo caer, a la manera en que muchos hemos hecho mientras reflexionábamos durante dos horas de siesta, sino en posición de en apariencia sesuda y concentrada lectura. Y digo “en apariencia” porque los ojos cerrados de la actriz me dan que sospechar o que la posición de la cabeza no es la idónea, o que solo ha tomado el libro para hacerse la foto. En cualquier caso, sus admiradores nunca habrán odiado más ese vicio que algunos tienen por la lectura y en los momentos más inoportunos. En honor a la verdad, hice mis averiguaciones por Internet y resulta que el libro que sostiene la mano y oculta las tetas se titula ‘Tu lado del sofá’, un poemario de la escritora Patricia Benito, un título muy sugerente y toda una invitación a compartir la lectura y la tumbona donde descansa la actriz. No es aquí ni el lugar ni el momento para enumerar las infinitas bondades, todas útiles que tiene un libro, incluso como ladrillo, pero quizá la foto, aunque involuntariamente y nunca más lejos de la intención, esconda uno de los grandes mensajes de la literatura: dejar volar la imaginación. José López Romero.

sábado, 2 de mayo de 2020

DOÑA EMILIA Y DON BENITO


Hace unas semanas (¿o ya meses?) tuve la satisfacción de acompañar a Juan Manuel Hernández en la presentación del libro ‘Miquiño mío’, del que es coeditor (junto con Isabel Parreño). Una reedición del que ya publicara la editorial Turner Noema en 2013. El título está recogido de una de las cartas que doña Emilia Pardo Bazán le dirige a don Benito Pérez Galdós, de un total de noventa y tres que conforman el libro, la cantidad que por ahora se conserva de una relación que empezó siendo de admiración de la escritora por el que consideraba su maestro y que tuvo su punto más álgido en un íntimo conocimiento, un romance tórrido y pasional, para diluirse finalmente en la distancia cortés de dos personas que tanto se quisieron. El epistolario comienza en 1883 cuando doña Emilia tiene treinta y dos años y Galdós, cuarenta, y se detiene en 1915, a cinco años de la muerte del escritor y a seis de la Pardo Bazán. Hay que aclarar antes que nada que no se conservan las remitidas por Galdós y que, por supuesto, se debe suponer que el epistolario de doña Emilia no se redujo a este número, pues quedan muchos huecos temporales por cubrir. Pocos documentos, por no decir ninguno, nos definen mejor una personalidad que las cartas a veces íntimas, otras corteses que estos dos grandes escritores se fueron enviando durante lo que podríamos considerar su etapa de madurez tanto personal como literaria. Porque a través de la letra de la Pardo Bazán no solo descubrimos a esa personalidad arrolladora, apasionada de una mujer en permanente lucha a brazo partido contra un mundo de hombres, sino también el talante moderado, discreto, por momentos tímido y siempre reservado de un Galdós que si bien tuvo siempre el reconocimiento de sus lectores, no disfrutó tanto del favor y la consideración de sus iguales (póngase como ejemplo las dificultades para entrar en la Real Academia). Ni en vida, ni después de muertos estos dos grandes monstruos de la literatura española del siglo XIX han gozado de la fama y el reconocimiento que se les debe. Se queja ella amargamente en sus cartas de las enormes dificultades, tan insalvables que a veces claudica en su lucha, para que los colegas, con muchos menos méritos que ella, la acepten como una más de entre ellos. Mujer independiente, viajera, políglota, una mujer de rompe y rasga, llevó siempre como un distintivo de orgullo su naturaleza femenina en tiempos en que las mujeres estaban condenadas a la vida doméstica bajo la autoridad del marido. Y si Galdós también tuvo que sufrir los desplantes de sus presuntuosos e ignorantes contemporáneos, más lleva padeciendo desde que algún que otro “exquisito” no consintiera en sumarse al homenaje que se le iba a rendir en el cincuentenario de su muerte. Pues bien, este año se está cumpliendo el centenario de esta, y el año que viene se cumplen los cien años de la muerte de doña Emilia. Seguramente, como suele suceder en este país, estas efemérides pasen sin pena ni gloria. Pero no tengo la menor duda de que a ellos dos les importa eso bien poco. Que les quiten lo bailao. José López Romero.  


REGALOS DEL AÑO CERO


Los primeros pasos por este nuevo mundo que  a la fuerza nos ha traído el COVID-19, son especialmente duros. Más para unos que para otros, qué duda cabe, porque la tragedia sin careta también planea por este año cero, como ha sido siempre en la transición del  ocaso al renacimiento. En estos días de confinamiento lo que más tenemos es tiempo. Tiempo. ¿Quién lo iba a decir cuando tan solo unas semanas atrás era el bien preciado, y todo se desarrollaba a un ritmo frenético del que no éramos capaces de escapar? Entonces añorábamos la lentitud, perseguíamos migajas de esta como un tesoro, y ahora tenemos todo el tiempo del mundo, pero rodeados de silencio y tragedia, camino de un mundo que tendrá un nuevo rostro, lo que no deja de ser inquietante. En estos días de transiciones no buscadas  me topo con la recomendación de un amigo, porque ahora  tenemos tiempo también para atender a nuestros amigos, aunque sea en la lejanía, apoyado en las nuevas tecnologías que hasta hace poco criticábamos. Y este amigo lector empedernido como yo, me recomienda no un libro que mereciera la pena leer en la etapa del confinamiento, sino una serie  televisiva –ya sabemos que hoy las series televisivas son los nuevos dioses del entretenimiento-, aunque inspirada en un libro del gran escritor ya desaparecido Rafael Chirbes, ‘Crematorio’ (2005). Y resulta que a este lector que le impactó hace años aquel libro, duro y crítico, pero a la vez  de lenguaje deslumbrante, que también hablaba de alguna manera del ocaso de otro mundo, de fracasos, tragedias y liberaciones, le ha parecido un gran regalo esta serie. Una serie olvidada del año 2012, en la que he invertido sin remordimientos mi tiempo, como ya lo hiciera con el libro de un  Chirbes que hace años se fue y se ahorró todo esto. Gracias, amigo Juan Carlos, por el regalo. Ramón Clavijo Provencio

martes, 7 de abril de 2020

DE CAMUS A CRICHTON


El  duro golpe que está suponiendo la irrupción de la pandemia del COVID- 19 en todas las esferas de nuestra vida,  afecta ya a nuestros hábitos más cotidianos, entre ellos la lectura. No solo muchos han vuelto su mirada hacia los libros como compañeros de viaje en este tiempo oscuro, sino también sobre historias que parecían sepultadas bajo el peso del tiempo. Hace días comentaba un conocido su sorpresa ante la inesperada aparición como super ventas del libro de Camus ‘La Peste’. De una manera más discreta pero también notoria vuelve ‘La Amenaza de Andrómeda’ de Michael Crichton, libro anterior a aquel ‘Parque Jurásico’ que lo catapultaría al Olimpo de los escritores más conocidos. En relación a la versión cinematográfica de ‘La Amenaza de Andrómeda’ - el libro lo leí por primera vez el mismo año de su publicación en nuestro país, 1972, a través de una cuidada edición del ya también desaparecido Círculo de Lectores-, sucedió un curioso fenómeno: un inicial interés del público por visionar la cinta, al rebufo del éxito que había tenido la novela, y un fracaso de esta tras los primeros días desde su estreno cuando el público comprobó -se supone que la mayor parte de él no había leído la novela y se acercaba a las salas por el eco de su éxito literario- que aquello no iba de batallas contra alienígenas invasores, sino de un virus procedente del espacio exterior. Pero lo cierto es que en aquel año de 1969 en el que se editaba el libro en Norteamérica (a las pantallas de cine llegaría algo después), las preocupaciones de aquella ya lejana sociedad eran otras a las que vaticinaba aquella novela: la guerra fría daba sus últimos coletazos mientras el hombre llegaba a la Luna y la amenaza nuclear era algo muy presente en el imaginario colectivo. Nuestro país, en cambio, seguía atravesando su particular travesía del desierto, y mientras Franco designaba sucesor al que mucho más tarde sería Juan Carlos I,  la tímida apertura al exterior junto a la economía explican que no terminaran de saltar las costuras del régimen franquista. Hoy, más que ‘La Peste’ de Camus, donde si bien es cierto que esa historia centrada en la epidemia que azota la ciudad argelina de Orán, y las consecuencias de tal hecho sobre la población, nos dibuja un escenario en algunos aspectos  asimilables a la situación actual, es en el libro de Crichton donde encuentro una sorprendente y premonitoria visión del futuro, un futuro que se ha hecho presente ante nuestros sorprendidos ojos. Hoy, en la soledad de mi habitación releo nuevamente sus páginas, y siento el escalofrío que en aquel lejano 1972 no sentí, ese escalofrío que nos provoca todo lo desconocido cuando juega con el concepto de nuestra propia existencia. Ramón Clavijo Provencio

ABASTECIIENTO


Aunque a estas alturas quién más quién menos estará del coronavirus hasta la punta de lo que a cada lector se le ocurra, no me resisto a comentar una circunstancia que me llena de nuevo de ese pesimismo cuando del ser humano se trata y, en concreto, de nuestros conciudadanos. Cuando se dio la voz de alerta o alarma, de inmediato todos a la carrera frenética, al asalto a los supermercados; el abastecimiento de alimentos de primera necesidad era la obsesión, y mi pregunta, iluso de mí, fue ¿y las librerías? Por muchas imágenes que salían en la tele, no aparecía ninguna en ellas, solo los rollos de papel higiénico que surcaban los aires con destino al carrito de la compra. En ‘El infinito en un junco’ (un libro que es un pozo sin fondo de posibles artículos y que no me cansaré de recomendar), Irene Vallejo hace un repaso por esas historias en las que el ser humano, ante situaciones límites, ha encontrado el consuelo y la salvación en los libros. Por ejemplo, el testimonio de Nico Rost, prisionero en Dachau, que se atrevió a desafiar las duras condiciones de aquel terrible campo de concentración y que escribió: “Quien habla del hambre acaba teniendo hambre. Y los que hablan de la muerte, son los primeros que mueren. Vitamina L (literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones” (pág. 239). O el ejemplo de Elena Korybut, condenada a diez años en las minas de Vorkutá (más allá del círculo polar), para quien un libro de Pushkin, que pasó por miles de manos, fue su salvación (pág. 241). O el de Michel del Castillo en Auschwitz, salvado por ‘Resurrección’ de Tolstói (pág. 242). No estamos afortunadamente ni en un campo de concentración nazi ni en las minas de Vorkutá, pero el efecto liberador, terapéutico de un libro nunca se ha perdido. En estos malos tiempos que a todos nos ponen a prueba, la lectura sigue siendo un alimento de primera necesidad. José López Romero.