domingo, 19 de enero de 2020

HAROLD BLOOM


La muerte de Harold Bloom puede significar un antes y un después para la crítica literaria. Desde hace muchos años el británico se había convertido en una referencia para tomarle el pulso a la historia y evolución de la literatura, tanto más si cabe desde la publicación de ‘El Canon Occidental’ (Editorial Anagrama, 2006), que se convirtió de la noche a la mañana en libro de obligada consulta pese a la pobre presencia en él de la literatura en castellano, lo que en su día originó una gran polémica en nuestro país (aunque este Canon más que Universal  gire en torno a Shakespeare y, en todo caso, a la literatura anglosajona, que es la que realmente importaba a Bloom). El panorama que queda tras su muerte es sin duda el de una crítica empobrecida y de poca influencia (salvo contadas excepciones), donde imperan textos calculadamente ambiguos cuando no prescindibles, y que en muchos casos desprenden un tufillo más propagandístico que crítico. Con este panorama no son extraños casos como el de Ignacio Echevarría, que se vio enfrentado con su periódico “El País” por una mala crítica que escribió de un libro de Atxaga, publicado por el  mismo sello editorial que el  del mencionado diario . “La critica está herida de muerte, apenas quedan críticos y el hombre de letras carece del prestigio que tuvo en los años sesenta o setenta del pasado siglo”, escribía no hace mucho el profesor y también crítico literario Francisco García Pérez. “Sin duda se seguirán escribiendo buenos libros, aunque aumentarán los malos”, vaticinaba también José María Merino, por lo que si estamos de acuerdo con esta última afirmación no es difícil prever la creciente importancia de la crítica  y la necesidad de mantener la objetividad, calidad e integridad de la misma en esta feria de las vanidades e intereses encontrados, en la que se ha convertido el universo literario.  Echaremos de menos sin duda a Harold Bloom. Ramón Clavijo Provencio



martes, 24 de diciembre de 2019

RESEÑAS LITERARIAS II


SIDI

Arturo Pérez- Reverte. Alfaguara, 2019

La figura de Ruy Díaz de Vivar, “El Cid”, sigue pese al paso del tiempo captando el interés y la curiosidad de muchos. Mi visión sobre el personaje siempre ha estado marcada por la lectura juvenil de aquel ‘Poema de Mío Cid’ publicado por Castalia en 1971 (colección “Odres Nuevos”)  que aún conservo, y la espectacular producción cinematográfica “El Cid” (1961) dirigida por Anthony Mann y  protagonizada por Charlton Heston. Ahora la lectura de esta visión del personaje que nos presenta Pérez Reverte en este apasionante ‘Sidi’, enriquece en mi caso ese bagaje del que les hablaba. En esta novela nos alejamos de la leyenda y nos acercamos más a la realidad histórica gracias a una base documental sólida y una prosa que, cuidando los ritmos que exige la trama, nos regala momentos de gran altura literaria. R.C.P.



Allegro ma non troppo

Carlo M. Cipolla. Booket, 2001.


Carlo M. Cipolla (1922-2000)  es uno de los más eminentes historiadores sobre la economía europea que ha dado el siglo XX. A sus libros sobre este tema, también se añaden algunos otros ensayos sobre la cultura y, en concreto en este libro, sobre el comportamiento o naturaleza humana. ‘Allegro ma non troppo’ está dividido en dos partes, y en las dos se observa la fina ironía con que Cipolla trata tanto temas históricos como sociales. La primera, se titula “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”, un ensayo sobre la trascendencia que adquirió la pimienta como uno de los ejes de los movimientos políticos y económicos durante el Medievo. Y la segunda parte y más ingeniosa, es “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”, en que defiende la teoría de que la estupidez no obedece a causas sociales, sino naturales. El estúpido nace, no se hace, y están repartidos por todo el mundo. Imprescindible en estos tiempos. J.L.R.

domingo, 8 de diciembre de 2019

RESEÑAS LITERARIAS


El último pirata del Mediterráneo

Manuel D. Benavides. Renacimiento, 2017.

Precisamente Manuel D. Benavides es uno de los escritores-periodistas que cita y reseña Trapiello en el libro antes comentado. Nacido en Ponteareas en 1895 y fallecido en México en 1947, Benavides es uno de los escritores que con mayor fortuna cultivó la llamada literatura social durante la Segunda República. Un excelente ejemplo de ello es este estudio novelado sobre las andanzas criminales o delictivas de Juan March, el que fuera una de las grandes fortunas de nuestro país, que le sirvió para apoyar económicamente la sublevación militar del general Franco. Benavides en su relato relaciona a March con la delincuencia a gran escala, empezando por el tabaco, en una España convertida en un nido de ladrones y de asesinos impunes en plena dictadura de Primo de Rivera. Sin olvidar la situación política que tiene en el libro como protagonista al radical Lerroux. Este libro le valió la cárcel a su autor y estuvo prohibido durante muchos años. Muy interesante. J.L.R.

El juicio de Adolf Hitler

David King. Seix Barral, 2019.


Se aborda en este libro un hecho histórico protagonizado por Adolf Hitler, y al que quizás no se ha prestado  la importancia que tuvo a la vista de los acontecimientos posteriores. No es pues, en muchos aspectos, uno más sobre el oscuro personaje que por una serie de circunstancias acabó con la República de Weimar y llevó al Mundo a una de las etapas más terribles de su historia. En este estudio en definitiva, se ahonda con rigor en un acontecimiento  sobre el que quizás la historiografía no había calibrado lo suficiente, lo decisivo que sería para el devenir de Alemania y de Europa. Se hurga aquí en la letra pequeña de aquel juicio al que se sometió a Hitler, tras el golpe de estado en Múnich de 1923. Un juicio que en palabras del autor fue "una catástrofe" pues de él salió un Hitler más peligroso que el que entró. Rigurosidad en estas páginas sustentadas en una importante base documental, y que van provocando en el lector un interés creciente. R.C.P.

sábado, 26 de octubre de 2019

EL DOCUMENTO


Hace unos días me topé con un documento que pese a ser testimonio de un acontecimiento de relevancia en la historia cultural de la ciudad, permanecía olvidado en un viejo archivador del año 1975. El documento en cuestión describía el estado en que se encontraba la Biblioteca Municipal y el Museo Arqueológico un 26 de julio del mencionado año en el que Manuel Esteve Guerrero, hasta ese momento su director, ponía fin a su carrera profesional por jubilación tras 42 años al frente de ambas instituciones. Al pie del papel las firmas del secretario general del Ayuntamiento, del que sería su sustituto D. Manuel Antonio García Paz, y de él mismo. La sensación que me produjo la lectura de aquel documento oficial y de apenas un folio de extensión, fue de sorpresa no exenta de amargura. ¿En aquel folio de un papel que ya amarilleaba por el paso del tiempo se podía condensar una vida profesional tan rica como la de Esteve? Lo cierto es que tras aquellas líneas mecanografiadas, tan detallistas como frías, donde se daba cuenta del número de obras que conservaba la biblioteca y su organización, o de las piezas más representativas del Museo y su procedencia, era muy difícil encontrar al Esteve que entre las lomas de Asta se convertiría con el paso del tiempo en recordatorio de lo que aún queda por hacer en pro del conocimiento de nuestra historia, o del bibliotecario que durante décadas luchó contra los imponderables, poniendo los cimientos de un servicio bibliotecario útil para los ciudadanos y garante de su patrimonio bibliográfico. A propósito de todo esto me viene a la mente una de las tantas anécdotas que nos han llegado en torno a Esteve. Transcurría 1952 y se editaba por el Instituto General Franco de estudios e investigación Hispano Árabe (Editora Marroquí. Tetuán) el libro de Juan José Jáuregui ‘Posible localización del mítico Tartessos’ donde se defendía la ubicación del legendario reino en la desembocadura del Guadiana, en Castromarín. Dos años antes Manuel Esteve había concluido su tercera campaña de excavaciones en Asta (en la imagen) con muy escasa financiación y buscaba editar los resultados de las mismas. La publicación de aquel libro de Jáuregui por el Instituto General Franco a la sazón dirigido por Tomás García Figueras, mientras el arqueólogo municipal mendigaba ayuda institucional para publicar el resultado de su última campaña en Asta y encontrar financiación para la siguiente, que sería finalmente la última, provocó un poco conocido desencuentro entre estos referentes de la cultura  de nuestra ciudad. Sin duda  aquel documento  transmitía en su brevedad y concreción más de lo que a simple vista se leía. Lo devolví al archivador y medité sobre si alguna vez alguien volvería a posar su mirada sobre él. Ramón Clavijo Provencio.

AQUÍ NO LEE NADIE


“Al final va a tener razón el protagonista de ‘Intento de escapada’, una excelente novela de Miguel Ángel Hernández, cuando asegura que nadie lee nada”, se me lamentaba el otro día un compañero de profesión y amigo. Y añadía en un monólogo que más tenía de resignación que de rebeldía: “¡pues no se me ocurre preguntar en los primeros días de clase a los alumnos qué han leído en verano y apenas me levantan la mano unos cinco! Pero lo más grave, con serlo, no es esto, lo peor vino después… Me voy a tomar un café y me encuentro con algunos compañeros, entre ellos una profesora de Lengua y por empezar una conversación se me ocurre la dichosa preguntita, y cáete al suelo: ¡no había leído nada!”. Hay personas como este mi compañero que siguen manteniendo una cierta capacidad, cada vez más menguada, de sorpresa y, lo que es peor, una, cada vez también más disminuida, confianza en el ser humano y, en particular, en los compañeros de profesión. Eso de que la lectura se le presupone al profesor de Lengua es una afirmación de otro tiempo, del mismo en que también el valor se le presuponía al soldado. Hoy las cosas han cambiado mucho en todos los órdenes y disciplinas. Hoy basta con saber lo que pone el libro de texto o manual para dar una clase, porque nadie te exige que sepas más que eso. Hoy, basta con tener unos índices de aprobado acordes con lo esperado por el sistema para que se enmascare el fracaso escolar, unas estadísticas que de ninguna manera representan lo que sabe un alumno o alumna, sino un aprobado bajo el que se esconde a veces la mediocridad del profesor. “Esa profesora –concluía mi amigo- terminará por saber a lo largo de toda su carrera profesional como mucho el manual de la asignatura, ayudada claro está por el solucionario de las actividades, y con eso se pasará años y años”. No pude por menos que darle la razón, aunque le aclaré acudiendo al refranero que esa golondrina no hace verano. No sé si le sirvió como consuelo a su desolación profesional. José López Romero.

sábado, 5 de octubre de 2019

MÁS SORPRESAS


El año pasado casi por estas mismas fechas publicaba, a modo de inicio del curso y cierre del periodo veraniego y vacacional, un artículo en el que confesaba una de las sorpresas que me habían deparado las lecturas de aquel ya lejano verano: el retraso con que a veces llega uno a ciertos libros. Y ponía como ejemplo ‘El azar y viceversa’ de Felipe Benítez Reyes y, sobre todo, ‘Galíndez’ de Manuel Vázquez Montalbán (lecturas que sigo considerando muy recomendables). Al menos me consolaba con el socorrido refrán “más vale tarde que nunca”. Pues bien, esa misma sensación he experimentado con otro libro este verano: ‘Las armas y las letras’ de Andrés Trapiello. Quizá sea por una tan subjetiva como absurda prevención contra este escritor (a veces demasiado oportunista en sus publicaciones), o porque lo primero que leí de él fue uno de sus infinitos en número volúmenes de sus diarios (todos bajo el título genérico de ‘El salón de los pasos perdidos’), lo cierto es que no le tenía yo mucha afición ni ganas de seguir leyéndolo; sin embargo, ‘Las armas y las letras’ ha sido sin duda mi gran descubrimiento, tardío ya lo sé, de este verano y que no me he resistido a reseñar en esta misma página. Pero estos últimos meses han dado para mucho más, hasta el punto de que he descubierto otra sensación con las lecturas (¡a mi edad!, como decía el año pasado): la inutilidad de ciertos libros. Tan interiorizada tenía la máxima de Plinio el Joven de que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno, que nunca me he parado a pensar en que pudiera haber libros prescindibles, inútiles, que si no se hubieran escrito no habría pasado nada, incluso el mundo sería algo mejor (exagero, porque esto no hay quien lo arregle). Esa sensación, aunque no logré entenderla del todo, ya la tuve hace unos años con ‘Zonas húmedas’ de Charlotte Roche, una novela ordinaria y de mal gusto, propia de esa literatura que se publicita bajo el calificativo de “transgresora” ¿Y con qué libro he tenido este verano esa sensación? Pues lo voy a decir aunque ello me cueste alguna reprimenda: la novela ‘Lejos de Veracruz’ de Enrique Vila-Matas. De este escritor me gustaron y mucho dos obras: ‘Bartleby y compañía’ e ‘Historia abreviada de la literatura portátil’; pero no me gustó nada ‘Aire de Dylan’ y esta última incursión en su novelística me ha resultado decepcionante. Quizá el comienzo de la novela atrape al lector, pero después resulta insulsa, con poca gracia y apenas interés. Ya sé que Vila-Matas es para muchos un escritor de los llamados “de culto” (otra denominación que hay que poner en cuarentena o bajo sospecha) y quizá yo me tenga que aplicar la variante de Óscar Wilde a la frase de Plinio: “La verdad es que no hay libros malos, lo que hay son malos lectores” y yo sea un mal lector de Vila-Matas. Pero ‘Lejos de Veracruz’, se pongan como se pongan Plinio y Wilde, es un pestiño. José López Romero.

CÓMICS


Durante la guerra de Cuba el potentado americano William Randolph Hearts, dueño de un imperio empresarial  que incluía  28 periódicos, y que sirvió de modelo  para el genial Ciudadano Kane de Orson Welles, fue un elemento decisivo para mover la opinión pública de su país a favor de una guerra contra España. Una opinión pública en principio bastante tibia y despreocupada por lo que acontecía en la mayor de las Antillas. En esa campaña propagandística contra los españoles, en la que también tuvo mucho que ver otro magnate americano Joseph Pulitzer, alcanzó mucho éxito el personaje de “The Yellow Kid” (El Chico amarillo), unas tiras protagonizadas por Mickey Dugan y donde se manipulaba la realidad, lo que fue el origen de lo que andando el tiempo se denominó despectivamente “prensa amarilla”, por el color del personaje de aquellas tiras. Desde entonces el atractivo pero también el poder de los cómics o historietas no paró de crecer, primero como un elemento más de la prensa para criticar o caricaturizar, en lo que conocemos como prensa satírica, la realidad política o social de un país, luego independizándose con publicaciones propias y de temática muy variada, muchas de ellas orientadas al público infantil pero sin desdeñar al adulto para el que fueron andando los años ofertándose cada vez más publicaciones. Durante el largo tiempo trascurrido desde la aparición de aquel “Chico amarillo” estadounidense, o las tiras que aparecían en la británica “Punch”, pasando por la española “La Flaca” o el jerezano Don Fastidio, hasta hoy han ido calando en la memoria colectiva nombres ya míticos de cabeceras de revistas de cómics como “Pilote”, “Cimoc”, “Madriz”, y una interminable lista de superhéroes o aventureros surcando los más diversos escenarios y épocas hasta llegar a la eclosión de la novela gráfica. La novela gráfica  en la actualidad  con la edición de títulos como ‘Persepolis’, ‘Maüs’ o, entre los españoles, ‘Los surcos del azar’, ha llevado al género a sus cotas más altas. A partir del 24 de octubre, la Biblioteca Municipal de Jerez recorrerá en una pequeña pero muy interesante exposición, los principales hitos de esta historia. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de agosto de 2019

LECTURAS DE VERANO III


Una hermosa doncella

Joyce Carol Oates. Debolsillo, 2015.
Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York. 1938) forma parte de esa estirpe de excelentes escritoras norteamericanas que con sus obras llenan las páginas más ilustres de la literatura del siglo XX, entre las que se encuentran Margaret Atwood, Alice Munro o la poeta Sylvia Plath. ‘Una hermosa doncella’ es un relato de esos que desde su comienzo ya empieza a inquietar al lector. El encuentro del viejo Marcus Kidder con la joven niñera, solo dieciséis años, Katya Spivak, da lugar a toda una historia en la que se mezclan el latente erotismo, las diferencias de clase, una educación familiar deficiente y falta de valores… Es decir, todos los ingredientes para que esa relación entre el rico, esteta y manipulador Marcus y la interesada y falta de cariño Katya se vaya desarrollando por unos caminos tortuosos sin que el lector sepa claramente cuál es la meta hasta el final. Un relato en el que Oates nos da una lección de análisis de los personajes. J.L.R.

La oficina de estanques y jardines

Didier Decoin. Alfaguara, 2017


A veces hay que volver sobre determinados libros.  No importa que el tiempo nos aleje de su fecha de edición, pues lo hacemos con la convicción de que hay historias que no pueden o deben pasar al olvido, para dejar paso a la marabunta de  nuevas ediciones, la mayoría de una mediocridad hiriente. Este es uno de esos raros libros con los que a veces nos topamos, y nos convencen de que la literatura es un país para ser transitado por pocos. Didier Decoin no es un desconocido, premio Goncourt en 2017, es toda una institución en las letras francesas que ahora se adentra con especial maestría   en   un   mundo   singular,   el   del   Japón   del   siglo   XII.   El   viaje   de   la protagonista   Miyuki,   la   viuda   que   sorteando   inconvenientes   y   peligros   se aventura   en   un   largo   viaje   a   llevar   las   carpas   cultivadas   con   mimo   por   su difunto marido al estanque real, me ha recordando relatos como   ‘El rumor del Oleaje’  de Mishima. Una bella historia  sustentada en  un estilo fruto de la más elevada literatura. R.C.P.