miércoles, 15 de agosto de 2018

AQUELLAS ENCICLOPEDIAS


Un considerable número de jóvenes colegiales hacen cola ante el mostrador de recepción de la biblioteca. Los exámenes están cerca. Hace calor, y las condiciones del edificio no son las más idóneas para una correcta regulación ambiental. Cargados con gruesos volúmenes, la mayoría enciclopedias, se agolpan ante la fotocopiadora para no tener que transcribir varias páginas que necesitan para el trabajo de clase. No hay móviles, ordenadores o wikipedia, por lo que la máquina de reprografía es la estrella. Y el carné de socio siempre en la mano, para que la copia les salga a mitad de precio. Son los años 90 del pasado siglo en cualquier biblioteca pública española. La enciclopedia, una pretendida recopilación de todo el saber humano, lleva ya varios siglos entre nosotros. El primero que la intentó fue el inglés Ephraim Chambers, que en 1728 publicó en Londres en cinco volúmenes la “Cyclopaedia: or An Universal dictionary of arts and sciences ...”. La traducción francesa de esta obra fue la que dio inicio a la “Encyclopedie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et de metiers”, la Enciclopedia por antonomasia. Promovida por Diderot y D’Alembert, dio salida a las mentes más preclaras del siglo XVIII, como Rousseau, Montesquieu o Voltaire. Comenzó en 1751 y concluyó en 1765 con diecisiete volúmenes, aunque más tarde salieron cinco más de suplementos, dos de índices y once de láminas. La portada de uno de estos últimos, que conservamos en la Biblioteca Municipal Coloma (perteneciente al fondo bibliográfico del instituto), ilustra este artículo. La primera en España fue la “Enciclopedia Moderna: diccionario universal de literatura, ciencias, artes, agricultura, industria y comercio”, publicada por el andaluz Francisco de Paula Mellado, que decidió tomar como modelo la segunda edición de la “Encyclopedie Moderne” (1846-54) de los hermanos Firmin-Didot. Afirmaba el granadino que una “enciclopedia no es otra cosa que una escuela preparatoria para la instrucción general… y proporciona con la propagación de los conocimientos útiles, mil medios para mejorar la suerte del individuo y cimentar el bien público sobre bases más amplias, sólidas y duraderas”. En la obra, publicada entre 1851 y 1855 en treinta y siete volúmenes, colaboraron firmas de la talla de Juan Eugenio Hartzenbusch, Modesto Lafuente, Bretón de los Herreros o Pedro Felipe Monlau. Fue la fuente donde bebieron los estudiosos españoles hasta la aparición a finales del XIX del “Diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, ciencias y artes”, en veintiséis volúmenes, de la prestigiosa editorial Montaner y Simón, donde colaboraron Bartolomé Cossío en artes industriales españolas, Menéndez Pelayo en literatura o Pi y Margall en filosofía del derecho, entre otros. Fue la estrella hasta ser desbancada a partir de 1908 por la “Enciclopedia Universal Ilustrada europeo-americana”, la Espasa, que tanto hemos consultado y que tantas aglomeraciones provocó en los servicios de reprografía de las bibliotecas públicas, cuando las protagonistas eran, como reza el título, aquellas enciclopedias. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

ADULTOS


En un trabajo sobre la lectura, mi alumna Teresa Sánchez incluye dos citas del gran Borges; esta para empezar su comentario: “nunca se termina de aprender a leer, tal vez como nunca se termina de aprender a vivir”; y esta otra para cerrarlo: “Uno es lo que es por lo que ha leído”; citas inteligentes y muy adecuadas para el tema del trabajo que les pedía. ¿Que una alumna cita a Borges y los profesores se quejan del analfabetismo funcional de su alumnado? Increíble, pero cierto. Teresa no deja de ser una excepción, que las hay, a una norma que se cumple con terrible exactitud. Y sin embargo, y ya que estamos a punto de cerrar un nuevo curso y me invade el espíritu de las vacaciones veraniegas, quiero romper una lanza a favor de buena parte del alumnado adulto que intenta recuperar el tiempo perdido o invertido en otros menesteres y que llenan año tras año las aulas de los centros de adultos de nuestra ciudad, pedanías y pueblos de alrededor (CEPER y SEPER, e institutos de educación secundaria). Tratar con buena parte de este alumnado es un permanente ejemplo, para sus maestros y profesores, de humildad y esfuerzo personal; más allá de la instrucción académica, muchos de ellos y ellas nos enseñan todos los días la superación de las personas que quieren por diferentes motivos recuperar, reincorporarse a unos estudios que abandonaron prematuramente por razones muy variadas: enfermedad, necesidad de trabajar, fracaso escolar, etc. Algunos compaginan trabajo con estudios en horarios realmente inhumanos, o incluso con embarazo o con las responsabilidades familiares, en un esfuerzo que todos admiramos y valoramos, porque ver en sus caras la ansiedad por aprender lo que no pudieron en su momento, el interés por sacarse un título que les abra nuevas puertas en el siempre difícil mercado laboral, es una de las grandes e impagables satisfacciones que nos reporta a los profesionales que nos dedicamos a la enseñanza de personas adultas este alumnado que, como Teresa, a veces nos sorprenden con dos citas de Borges o con su afición a la lectura. Todo un ejemplo de vida y superación. José López Romero.

jueves, 2 de agosto de 2018

JEREZ DE NOVELA


Uno de los rasgos que caracterizan al género narrativo –los manuales al uso lo registran- es la localización espacial de la trama. Unos escritores prefieren un lugar inventado por ellos (la “Comala” de Juan Rulfo en su “Pedro Páramo”, p. ej.); otros, en cambio, una ciudad “de carne y hueso” (la Barcelona de E. Mendoza o González Ledesma; el Madrid de Galdós; o el Tánger de Ángel Vázquez y su “Vida perra de Juanita Narboni”). Y hasta tal punto el espacio se convierte en un protagonista más del relato que de un tiempo a esta parte se ha puesto de moda introducirse en el entramado urbano de una ciudad a través de novelas donde, aparte de la trama, el autor dedica interés y pasajes a describir calles, plazas, lugares emblemáticos o populares de la ciudad donde transcurre la acción. Nada nuevo, pues, casi desde los orígenes del género. Pero lo que sí es novedad es incorporar como un atractivo más de la narración elementos que proyecten la utilidad, vigencia o interés de esta, más allá de  sus mayores o menores virtudes literarias. Y así han ido apareciendo a lo largo de los últimos años  itinerarios urbanos ofertados a vecinos y  turistas a la sombra del éxito de novelas ambientadas en esta o aquella ciudad. Un caso paradigmático es el de la ciudad de Barcelona –ya desde Don Quijote podemos ir recomponiendo su entramado urbano-, pero a la que solo muy recientemente con novelas como la “Catedral del mar” o “La sombra del viento” entre otras, se acercan visitantes con la intención de recorrer los escenarios urbanos que se dibujan en las mismas. Sí, son un  número nada desdeñable de visitantes los que se acercan a esta y otras ciudades con el mapa  que se  dibuja de ellas en sus novelas preferidas, metido en la cabeza – recordemos el Cádiz de “El Asedio” de Arturo Pérez Reverte o “La Maniobra de la tortuga” de Benito Olmo; títulos a los que añadiríamos el relato “Los otros de sí mismo” incluido en “El pacto y otras novelas cortas” de Sebastián Rubiales, a cuyo término al lector le entran unas ganas irrefrenables de pasear por el gaditano barrio de La Viña-. Son novelas donde se hace fácil trasladar al presente los itinerarios en ellas recogidos del pasado y recorrerlos con cierta fruición fetichista, convirtiéndose así estos libros también en un potente instrumento de conocimiento urbano, en torno al cual se publicitan itinerarios, se publican mapas o se escenifican en escenarios naturales pasajes de tal o cual novela.
En esta corriente que hemos descrito se puede enmarcar también nuestra novela "la ciudad que no sueña". Al igual que otras obras ambientadas en la ciudad de Jerez, más allá de la trama los personajes reales y ficticios que en ella aparecen y se relacionan, se mueven en  unos escenarios que aún –más o menos trasformados- son fácilmente identificables. Escenarios que nos trasladan ni más ni menos  a la ciudad de Jerez de aquellos difíciles años de la posguerra o, llamados por el común “años del hambre”. Un Jerez casi olvidado, quizás porque la memoria trata de olvidar los momentos crueles y duros de nuestro pasado, pero que esta novela trata de recomponer. Monumentos emblemáticos,  plazas, lugares de reunión, bares, calles más o menos principales  por las que aun paseamos hoy,  pero que conocemos con otros nombres, edificios en los que entramos y salimos pero que tuvieron, o no, otros cometidos. Descubrir la ciudad a través de una novela también es posible y en La ciudad que no sueña, a través de sus páginas, encontraremos itinerarios intraurbanos que nos ayudarán hoy a visualizar el Jerez de aquellos aciagos años cuarenta del pasado siglo, y recorrerlos junto a sus protagonistas. Ramón Clavijo Provencio y José López Romero