viernes, 15 de junio de 2018

LAS "NOTICIAS" SOBRE EL JEREZ DE PARADA Y BARRETO


Este año se cumplen los 150 de la publicación de un libro que ha marcado un antes y un después entre los estudios hasta ese momento editados sobre la vid, ocupando desde entonces un puesto destacado en la historiografía jerezana. Se trata de las “Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid”, cuyo autor fue el médico jerezano Diego Ignacio Parada y Barreto. Libro fundamental sin el que no se comprenderían estudios posteriores como el que años después publicaría Manuel María González Gordon, el afortunado  “Xerez, Xerez Sherry”. Volviendo a las “Noticias...” diremos que el libro se divide en ocho capítulos centrándose el primero en aspectos históricos del cultivo y comercio vinatero, para desarrollarse en los siguientes las clases de vinos de Jerez, sistemas de plantación y cultivo, consumo, explotación... Se cierra el libro con unas breves pero sustanciosas referencias a “Noticias de los diferente centros vinateros andaluces, que se hallan en relación y afluencia con Jerez.” El marco cronológico es tan sumamente amplio -comienza en el siglo XIII, para detenerse en 1866- que se comprenderá fácilmente las dudas del autor de no salir indemne de tal reto. Pese a ello Parada y Barreto nos legó en las 152 páginas del libro su mejor aportación a la historiografía local. Las “Noticias….” aparecieron en un principio como entregas en el periódico El Guadalete, pero solamente en lo que se refiere a la parte histórica, y fue precisamente el éxito que tuvo entre los lectores del mencionado Diario el que le hizo plantearse en ampliar y profundizar dichos estudios, hasta finalmente presentar el libro que aquí reseñamos. Sobre esto último el mismo llega a comentar que “continuaremos, pero ahora bajo forma de libro, nuestro trabajo, ampliándolo con una descripción del viñedo jerezano, enumerando los pagos y dando una idea del cultivo y plantación de nuestras viñas con la descripción de cada uno de los viñedos más comunes”. Y proseguirá “asimismo daremos noticias de nuestras diferentes clases de vinos y su método y sistema de formación y conservación y estado e influencia de su comercio en la localidad, con lo que creemos quedará consignado en este trabajo todo lo más importante que pueda conducir a conocer el centro vinícola que constituye nuestra localidad”. El libro, como ya hemos indicado, tuvo un éxito indiscutible y ha sido hasta bien entrado el siglo XX texto de obligada consulta para los estudiosos, quedando hoy como como uno de los trabajos de investigación que en su momento más contribuyeron a popularizar entre el gran público, la importancia que históricamente y en todos sus aspectos la vid siempre tuvo para la ciudad de Jerez. Ramón Clavijo Provencio 

MARÍA Y MARIELA


“Existe la manía de que lo que vende es de dudosa calidad”, decía María Dueñas en este Diario hace unas semanas al presentar su novela “Las hijas del capitán”. Y es cierto que esa literatura llamada de best-sellers tiene sus detractores, entre los que me podría incluir aunque con matices, con muchos matices. No creo que a los grandes escritores, los ya consagrados por la historia, y que convierten en grandes ventas todo lo que escriben, se les haya puesto en duda su calidad; pero mezclados, aunque no revueltos, con estos también aparecen en las listas de los más vendidos algunos autores u obras que dejan mucho que desear en todos los sentidos. Y la pregunta es obligada ¿cómo han llegado hasta ahí? ¿quién o qué ha hecho que esos libros “de dudosa calidad” alcancen ventas que ni el propio autor hubiese imaginado en sus mejores sueños? Está claro que las campañas publicitarias, los suplementos de libros, etc. encumbran a autores y obras que de otra manera hubieran pasado sin pena ni gloria. Y entonces, viene la siguiente pregunta ¿y los buenos libros que se quedan en el camino o terminan siendo lectura de pocos? De entre los cientos de miles que podemos escoger como ejemplo de ello, pongamos uno muy reciente y muy cercano. Hace unas semanas se presentó en el instituto Coloma la novela “Los hombres de los ojos violetas” de Mariela Arévalo Barquero (entrevista en este Diario el 24 de mayo y reseñado en esta página), quien fuera profesora de este centro educativo. La novela poco o nada tiene que envidiar a otras que han conseguido fama y éxito de ventas, muchas de las cuales son sin duda de “muy dudosa calidad” en comparación con la de Mariela. Y sin embargo, sería muy triste y hasta desalentador para lectores y escritores noveles que “Los hombres de los ojos violetaS” no tuviera al menos cierto eco entre la crítica literaria o no apareciera en algún suplemento de libros. Pero, claro, quizá a Mariela le falten esos padrinos tan necesarios para el éxito, quizá los mismos que desde su primera novela no le han faltado a María Dueñas. José López Romero.

viernes, 1 de junio de 2018

ANTONIO OLMEDO ESTEVE, BIBLIÓFILO


Al historiador de carrera no le gusta el intrusismo. Cuando cualquier aficionado firma un artículo de periódico o de revista como “historiador”, está usurpando de un plumazo cinco años, como poco, de interminables sesiones ante la mesa de estudio. Don Joaquín Portillo, aunque autodidacta, no era ningún aficionado, y reconoce abiertamente, al final de sus “Noches jerezanas” (1839): “estoy muy lejos de haber adquirido el título de historiador, no soy literato ni tengo los conocimientos necesarios … un deseo puro por las glorias de mi pueblo … son las causas que me han movido a llevar adelante mi plan”. Todo un señor, este bibliófilo con librería abierta en la calle Francos. La bibliofilia se atisba ya en la Grecia Clásica, pero eclosiona en la Francia de la Ilustración con personajes como Louis de La Valliere. En Jerez también proliferaron los coleccionistas de libros: el marqués de Villapanés o Juan Díaz de la Guerra en el siglo XVIII ; Manuel Bertemati, José Piñero o el propio Portillo en el XIX ; Paco Bejarano, José Mateos, José Manuel Sanz Zamorano o Fernández Lira ya en época reciente, etc. Hoy abordamos una figura poco conocida fuera de los círculos culturales, el maestro don Antonio Olmedo Esteve, que recaló en Jerez siendo un adolescente cuando a su padre, también maestro nacional en un pueblo de León, lo destinaron aquí. En la imagen, un retrato de 1949, tiene veintisiete años, ejerciendo ya la docencia en una escuela de la calle Juan de Abarca, muy cerca de la Catedral. En las aulas estaría unos veinte años, pues ganó una nueva oposición y pasó el resto de su vida profesional como secretario de la inspección educativa de educación primaria. No abandonaba la lectura ni paseando por la calle. Y tenía donde escoger en una gran biblioteca que fue formando a lo largo de toda su vida. Una edición de la ‘Argonautica’ de Valerio Flaco de 1548, impresa en Lyon por Sebastian Greiff, que introdujo en Francia los tipos itálicos de Aldo Manuzio, es la obra más antigua de la colección. Solo la hemos encontrado catalogada en la Library of Congress de Washington, estando ausente de bibliotecas importantes como la British Library o la Nacional francesa. Una obra sobre mitología, “De Incredibilibus”, de un griego del siglo IV a.C. llamado Palaephatus, es una auténtica rareza que solo hemos localizado en la Princeton University y en la Osterreichische Nationalbibliothek. Está impreso en 1649 por Luis Elzeviro, de la prestigiosa familia de tipógrafos holandeses del siglo XVII, que tuvieron casa abierta en Amsterdam hasta 1680 y en Leiden hasta 1712. Las “Cartas familiares” de Cicerón de 1600, la “Imitatio Christi” de Kempis de 1724,  las “Recitationes” de Heinecio de 1826, grandes obras como la “Monarchia hebrea” de 1760, colecciones de novelas, clásicos españoles y extranjeros, misales y libros de horas…, son otros tantos ejemplos de una biblioteca que sobrepasa con creces los diez mil volúmenes y convierten a don Antonio, que nos dejó en 2002, en un claro referente de la  bibliofilia jerezana. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

PRESENCIAS


Cuando terminé de leer hace ya unos años ‘La fiesta del chivo’, una de las novelas más impresionantes en todos los sentidos de la ya por sí misma impresionante producción literaria de Vargas Llosa, me picó la curiosidad de cuánto había de ficción y cuánto de historia en aquel por momentos estremecedor relato; pero mi interés no fue más allá que algunas comprobaciones a vuela-ratón por Internet. No me pasó lo mismo con algunos personajes de aquella monumental ‘Bomarzo’, a los que les seguí la pista para verificar hasta dónde Mujica Lainez había sido fiel a ese pasado, a esa Italia del Renacimiento que recrea de forma magistral. Todo esto viene a cuento porque leyendo uno de los excelentes artículos que Juan Bonilla incluye en su ‘Biblioteca en llamas’ que dedica a la extraña identidad de Matilde Urbach, debo confesar que yo también caí en la seducción de aquella inquietante mujer, de quien alguien reconocía que a pesar de haber sido tantos hombres, no fue nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía la citada. Una seducción que no me indujo a rastrear la identidad de la Urbach, como lo hiciera Bonilla en un juego literario, tan de su gusto (como él mismo reconoce), y que ahora al parecer se ha convertido en fe de vida incuestionable hasta para los más sesudos borgianos. A veces leer libros en los que se mezclan personajes reales con ficticios, o al leer un poemario en el que aparece un nombre determinado, nos deja siempre esa inquietud por saber algo más de ellos, su referencia histórica o su vinculación con el poeta, y no digamos si el personaje tiene su punto de perversión o si las relaciones con el escritor no son precisamente amigables, lo que añade esa dosis de morbosidad que incita con más intensidad a la investigación. Volviendo a Matilde Urbach, reconozco que en otro tiempo utilizaba el dístico de Borges en mis clases, y siempre había algún alumno o alumna que hacía la pregunta inevitable: ¿quién es Matilde Urbach? Ahora, después de leer a Bonilla, ya estoy en disposición de explicárselo ¿o no?. José López Romero.


jueves, 24 de mayo de 2018

LAPSUS


“Se dice que cuando Eva Perón visitó España en 1947 un conocido periódico madrileño hubo de retirar a toda prisa la edición porque un pie de foto en el que se había escrito “Eva Perón frunce el ceño” acabó convertido en “Eva Perón frunce el co…”. Esta es la primera anécdota que nos cuenta José Luis Melero al inicio de un breve artículo titulado “Erratas” incluido en su ‘La vida de los libros’, magnífico ensayo como lo son también ‘Escritores y escrituras’ y ‘El tenedor de libros’ (muy recomendables los tres para todo lector que se interese por los azares más delirantes de autores y textos). Y en una sola página que ocupa el artículo, Melero nos va contando anécdotas a cual más divertida sobre esos errores o erratas tipográficas que se suelen cometer de forma involuntaria, o quizá no tanto habida cuenta de cómo se las gastaba la gran dama argentina. De “maldición de los escritores” las define Melero, pero lo cierto es que desde que se inventó la imprenta, y si me apuran desde los principios de la escritura, las erratas forman parte consustancial de toda publicación e incluso ellas mismas terminan por convertirse en libro, al modo de los repertorios de barbaridades de los exámenes de Selectividad, o al menos en artículos como el de Melero. Ya hemos visto cómo el cambio de una grafía puede hacer que se retire toda le edición de un periódico por la transformación en el significado que sufre la oración entera, pero si esto por anecdótico llega a ser hasta divertido, menos gracia, por no decir, ninguna, tienen las faltas de ortografía gratuitas de que algunos libros están plagados. ¿Culpa? En primer lugar y sin duda del autor. Me comentaba hace unas semanas un escritor famoso que el corrector que le tiene asignado su editorial era realmente escrupuloso en su trabajo y le llenaba las galeradas de rojo, no solo por alguna falta de la que nadie está libre, sino por expresiones que podían ser poco inteligibles para ciertos lectores; y sin embargo, en una novela no se dio cuenta de que en una escena el nombre de un personaje no se correspondía con el que el autor le había dado a lo largo de la narración. El escritor había cambiado el nombre del personaje pero se le había olvidado en aquellas páginas que pasaron desapercibidas para el corrector, menos para un lector amigo que le avisó de la errata. Contar con un corrector de cabecera no es habitual salvo en las grandes editoriales; es más, parece como si el descuido o despreocupación por la ortografía, uno de los males del actual sistema educativo, se haya extendido a las publicaciones de todo tipo. Un ejemplo: ahora estoy leyendo un libro de poemas cuya introducción y textos líricos están plagados de erratas ortográficas imputables todas a la persona que ha hecho el estudio previo y ha cuidado (o descuidado) los poemas, licenciada o incluso doctora en Filología para más descrédito. Si “las faltas de ortografía son el mal aliento de la escritura”, como dice el hidalgo disoluto de Héctor Abad Faciolince, algunos libros padecen de halitosis crónica. José López Romero.


LITERATURA Y TRANSICIÓN


Desde hace muy poco tiempo son notables los estudios que centran su atención sobre la denominada transición política española y el fin del periodo franquista. El último de ellos es el notable trabajo de investigación firmado por el prestigioso historiador Santos Juliá titulado precisamente Transición (Galaxia Gutenberg, 2017). Cuando nos separan cuarenta años de aquel periodo, en Jerez tanto la Fundación Caballero Bonald, por un lado, analizando lo que significó la Literatura, Cultura y el Arte y, por otro, las XXIV Jornadas de Historia de Jerez introduciéndonos en la política, sociedad, economía y transformación urbana (CEHJ/CEP), nos dejarán una visión bastante completa de aquellos años decisivos en nuestra ciudad. Pero estas líneas no van precisamente destinadas a hacer un repaso sobre los trabajos de investigación que se han realizado sobre el mencionado periodo histórico, y que como les decía van en aumento, sino sobre la visión de la literatura con respecto a la mencionada transición. En este sentido podemos hacer un cierto paralelismo sobre lo que sucedió  con la posguerra española: mientras durante mucho tiempo escasearon estudios serios sobre la misma, sin embargo la Literatura pronto la hizo escenario de muchas y notables novelas.  Algo parecido, pues, sucede con la Transición. Pocos son los estudios de peso aún, como el nombrado al inicio de estas líneas sobre la Transición, sin embargo la Literatura desde el primer momento empezó a aportarnos una visión de la misma que no encontrábamos en los estudios históricos. Una visión que ha ido migrando desde la aceptación de la “versión oficial” de la Transición hasta posiciones más críticas sobre la verdadera realidad y significado de la misma. En este último sentido no podemos olvidar las novelas de Manuel  Vázquez  Montalbán o Juan Marsé, desconfiados con los rasgos de ese cambio político. Más recientemente Isaac  Rosa (El vano ayer. 2004) o el auténtico aldabonazo que supuso la publicación de Anatomía de un instante de Javier Cercas (2009). A partir de ahí un número creciente de autores – Martínez de Pisón, Benjamín Prado, Rafael Chirbes o Javier Calvo entre una extensa nómina- han anclado sus historias en este aún poco hurgado periodo, reflexionando desde distintos puntos de vistas lo que significó  aquel momento y lo que ha influido en nuestra realidad presente.  Ramón Clavijo Provencio

domingo, 20 de mayo de 2018

NUESTRA PRÓXIMA NOVELA: "LA CIUDAD QUE NO SUEÑA"

PRESENTACIÓN:
DÍA: 7 de junio, jueves.
HORA: 21:00 horas.
LUGAR: Claustros de Santo Domingo.


El 6 de mayo de 1943, el General Franco visita Jerez de la Frontera. Alrededor de esta visita, los autores de LA CIUDAD QUE NO SUEÑA desarrollan una trama sobre el negocio de libros antiguos. El crimen de un modesto impresor, miembro de un órgano creado por el Régimen para requisar libros y papeles subversivos, será el detonante de una historia trepidante, verosímil y bien documentada. En estas páginas el lector se encontrará, además, con algunos de los personajes destacados que han hecho de Jerez la ciudad que hoy es: Manuel Esteve, Julián Pemartín, el Marqués de Villapanés o Soto Molina, entre otros.

jueves, 17 de mayo de 2018

PEREIRAS


Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el eco de los “grandes” nunca se extingue. A quince años de su fallecimiento uno de esos “grandes” a los que me refería, Eduardo Pereiras Hurtado, nos dejó muchos recuerdos, pero los recuerdos pecan de ser muy sensibles al paso del tiempo y se ven trasformados por la visión subjetiva de los que los compartieron con él. Otra cosa es el eco de su obra y las pruebas materiales por las que hoy día sigue estando vigente y con la fuerza que para sí quisieran otros creadores aún en activo. Eduardo como todos los grandes estuvo siempre muy por encima de los localismos. Nacido en Arcos, pero muy vinculado a Jerez desde su adolescencia, su obra fotográfica trasciende más allá de estas poblaciones y desborda la campiña jerezana o la bahía de Cádiz. De familia de fotógrafos, algunos del prestigio y la influencia de su propio padre Manuel Pereiras Pereiras, del que adquirió sus grandes conocimientos técnicos, la obra que nos ha dejado Eduardo va más allá del legado fotográfico aún cuando este sea magnífico (en imagen uno de sus retratos), y donde su manera de captar la luz, a decir de los entendidos como el añorado Adrián Fatou, fue  una de sus señas de identidad. Multitud de premios a nivel nacional corroboran lo que decimos. Pero hay otra faceta de Eduardo que con el paso del tiempo se nos antoja trascendental: la de investigador de la historia de la fotografía. Profundo conocedor de los fondos de numerosos archivos y bibliotecas de nuestro país,  no era extraño observarlo en la sala de investigadores de la Biblioteca Municipal jerezana repasando las colecciones de prensa antigua o de “Folletos varios. Gracias a su minuciosidad y tesón hoy disponemos de un legado  de obligada consulta para todo investigador que quiera profundizar en esta parcela de la historia.  En 1986 publica su primer libro “Donde Jerez sueña”, libro para disfrutar visualmente de lo que hasta ese momento había sido su obra fotográfica. Pero será el año 2000 el que verá aparecer sus dos más relevante estudios. El primero “Andalucía en blanco y negro” (Espasa. Con la colaboración de Manuel Holgado Brenes) y “La Fotografía en el Jerez del siglo XIX” (Servicio de Publicaciones Ayuntamiento de Jerez). Aún poco antes de su fallecimiento nos dejaba otro libro para recordar o, mejor, para volver a releer y contemplar: “Rota, el esplendor de ayer” (2002). Todos libros esenciales hoy día para desentrañar los orígenes y evolución de la fotografía en Andalucía y sus protagonistas. Hombre inquieto, Eduardo nos dejó muestras de  su buen hacer en el campo de la pintura con un estilo personal y reconocible. Como todo maestro dejó discípulos. En el campo de la investigación el más destacado y prematuramente desaparecido Adrián Fatou, que cogió su testigo con acierto y ambición y siguió hurgando en una historia en la que quedaban aún muchos puntos que documentar. En definitiva,  el eco de los “grandes” nunca se extingue. Gracias, Eduardo. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO


CIEGO


“¿Adónde nos llevas, ciego?”. Recuerdo que con esta frase el pueblo polaco mostró su desprecio, y quizá también su miedo, cuando el general Jaruzelski impuso la ley marcial en el país (13 de diciembre de 1981- 22 de julio de 1983), con el fin de acabar con las revueltas sociales dirigidas por el sindicato Solidaridad de Lesch Walesa. Y no es que fuera ciego el militar, sino que usaba gafas con unos gruesos cristales ahumados que le daban esa apariencia. Y cada vez que me acuerdo de la frase, pintada en las paredes de toda Varsovia, siempre la relaciono con el ‘Lazarillo’ y las enseñanzas que recibió de su primer amo, el ciego. Todo un símbolo de que un ciego no puede enseñar el buen camino a un niño, de que no se puede aprender nada bueno de quien necesita ser dirigido, del que no ve. Jaruzelski era, para sus paisanos polacos, ese ciego que por la fuerza quería dirigir una nación, sin distinguir siquiera el camino correcto. Y yo, que por circunstancias familiares, he mantenido contacto directo con personas invidentes, puedo asegurar que si les falta un sentido, lo suplen a la perfección con una mayor agudización de los demás. Ser ciego, a pesar de la tradición literaria, no es hoy, ni tampoco ayer, motivo para incapacitar a una persona para dirigir a un país. Calificar al militar golpista de ciego en aquella frase, más tenía de crítica hacia su comportamiento político (ciego ante unos acontecimientos que el tiempo confirmó imparables), que de un insulto a su aparente discapacidad. El ciego del ‘Lazarillo’ no deja de ser un tipo literario, es decir, un modelo o ejemplo de esa enorme masa popular que pedía limosna por todas las ciudades de España en aquellos siglos del imperio, muchos de ellos inválidos por las inacabables guerras. O también podría ser que sus padres lo hubieran cegado a corta edad para mover a mayor compasión limosnera. Sea como fuere, Lázaro de Tormes aprendió de su primer maestro a valerse por sí mismo y a desconfiar de todos, incluso de alguien que no veía pero que le enseñó a base de golpes, lágrimas y hambre. La buena enseñanza no depende de la ceguera física, sino de la integridad moral, ¡a cuántos políticos de hoy habría que gritarles “¿Adónde nos llevas, ciego?!”. José López Romero.

viernes, 27 de abril de 2018

B.A.E.


El 25 de enero de 1856 Cándido Nocedal, a la sazón miembro del Partido Moderado, presentaba en el Congreso de los Diputados una proposición: el gasto a cargo del presupuesto del Ministerio de Fomento de 400.000 reales para la compra de ejemplares de la Biblioteca de Autores Españoles (B.A.E.), que serían repartidos entre los centros de enseñanza de todo el país. Argumentaba dicha inversión el político en los siguientes términos: “mientras haya en el mundo un resto de buen gusto, mientras haya amor a las letras, mientras haya afición al estudio, no se borrarán jamás nuestros monumentos literarios. Allí donde no llega nuestra espada, allí donde no alcanza nuestra influencia política, allí llegará el nombre glorioso e inmortal de Cervantes y de Lope, de Calderón y Quevedo. En vano es que se hayan borrado nuestras conquistas; no por eso ha desaparecido nuestra nacionalidad, porque no estaba en nuestras conquistas ni en nuestras influencias: estaba en nuestros monumentos literarios”. Tenía claro Nocedal o, al menos, se puede deducir de sus últimas palabras que la cultura de un país es lo que realmente lo identifica como nación y, por ello, es responsabilidad de los políticos preservar y proteger cualquier manifestación cultural, en este caso la célebre Biblioteca de Autores Españoles, como medio de difusión de nuestros clásicos, esos escritores por los que somos conocidos en todo el mundo. Al mismo tiempo, con aquella subvención o compra de ejemplares se mejoraba la economía de la editorial de Manuel Rivadeneyra, que publicaba la colección y que no atravesaba por sus mejores  momentos. Hoy, todas las campañas de fomento o animación a la lectura, desprovistas ya de ese matiz patriótico tan del gusto decimonónico, tienen como fin la mejora de la competencia lectora especialmente de niños y jóvenes, cuyos índices de lectura por sus bajos porcentajes llegan a producir cierta alarma entre las autoridades culturales y docentes. Pero ¿hay alguna iniciativa que podamos comparar con aquella del diputado Nocedal? Es ya una resignada afirmación de que cuando faltan o escasean los dineros públicos, los grandes damnificados son los proyectos culturales, que de inmediato pasan a los cajones de los políticos sin muchos remordimientos de conciencia; y así, en los centros educativos desde hace sus buenos años no se reciben ni libros ni una dotación especial para su compra, con lo que las modestas bibliotecas escolares se nutren o con cargo al presupuesto general del centro, cada vez más menguado, o con la aportación de las sufridas Ampas. Dicho de otro modo, las campañas de animación a la lectura, presentadas a bombo y platillo, dependen de la voluntad, gratia et amore, de los que en ellas participan; y en las aulas, de los profesionales que a pesar de los escasos medios, no dejan de predicar en el desierto las bondades de la lectura a un público cada vez más desafecto a ella. Hoy, como a mediados del siglo XIX, podemos seguir pensando, al igual que Cándido Nocedal, que en la cultura residen las señas de identidad de una nación, y en los niveles de lectura un elocuente indicador de aquella. Leer el discurso de aquel político moderado en la sesión del 25 de enero de 1856, es un ejercicio muy recomendable para los políticos de hoy. José López Romero.


DETRÁS DE LA SIMPLE ANÉCDOTA

Reconocimiento a los clubes de lectura

Cuando se publiquen estas líneas estarán culminando los actos que en torno al Día Internacional del Libro se han venido celebrando en nuestra ciudad desde el pasado día 21. Actos entre los que no han faltado algunos –quizás no tan llamativos pero sin duda emocionantes- como el celebrado en la Biblioteca Municipal donde se hacía un reconocimiento a los lectores o a las personas que se han significado por su esfuerzo en pro de la lectura en nuestra ciudad. Siempre es bueno que una sociedad muestre interés y reconocimiento a temas trascendentes, y el de la lectura y con ello el homenaje al libro y escritores insignes como Cervantes o Shakespeare es uno de ellos sin duda, pese a que en nuestros días el calendario esté plagado de efemérides, la mayoría de ellas intrascendentes y poco justificadas.  Pero también este año el Día del Libro ha pivotado en torno a un acontecimiento histórico importante y para muchos desconocido como es la inauguración de la Biblioteca Municipal de la ciudad, de la que el pasado 23 de abril se cumplían 145 años. A día de hoy es la única superviviente de aquella red de bibliotecas populares que el ministerio de Fomento trató de implantar en España durante la Primera República, y de la que una tras otra en un periodo muy corto de tiempo fueron desapareciendo salvo la de nuestra ciudad, que ininterrumpidamente ha tenido sus puertas abiertas hasta el momento presente. Pero  este dato, que convierte a la biblioteca jerezana en la más antigua de las municipales españolas, va más allá de lo anecdótico o  curioso, y ese algo es que la ciudad de Jerez es punto de referencia indiscutible para los estudiosos que quieran rastrear el origen de la lectura pública en nuestro país, es decir, cuando algunos intelectuales y políticos –como el ministro Moyano, a nivel Nacional, o Ramón de Cala , Revueltas y Montel o Herrán y Lacoste en nuestra ciudad- se embarcaron en el loable propósito de acercar el libro y la lectura a las clases sociales más desfavorecidas.  Ramón Clavijo Provencio.

viernes, 20 de abril de 2018

UN PERIODISTA SEVILLANO


La tarde del lunes 11 de mayo de 1801, José Delgado Guerra, Pepe-Hillo, no estaba en su mejor forma en Madrid. Ese día toreaba sesión doble, y en la corrida matutina había sufrido un puntazo en una pierna. No sabemos si al entrar a matar tiró la muleta y echó mano al reloj de su padre (“la suerte del reloj”), pero lo cierto es que “Barbudo” lo empitonó por el estómago por más de un minuto, destrozándolo por dentro ante el horror de la reina María Luisa, presente en la plaza, y la angustia de su amigo José de la Tixera, que describió la cogida con todo detalle. Casi cien años después, un periodista sevillano le rendía honores con un “Ensayo biográfico, histórico y bibliográfico”. Era Manuel Chaves Rey, nada que ver, ni él ni su hijo, el también periodista Chaves Nogales, con el personaje que hoy calienta banquillo no precisamente en el Sánchez-Pizjuán. Redactor en “El Liberal”, fue un escritor prolífico que abordó variadas disciplinas: historia, arte, crítica literaria, costumbres, arrimándose incluso a la poesía, la comedia y la zarzuela. El mundo cofrade de la ciudad aún disfruta con “La semana santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823”. Sucedió a Guichot como cronista oficial, y fue académico tanto de la Sevillana de Buenas Letras como de la Real de la Historia. En la Biblioteca conservamos una decena de sus obras, entre ellas “Historia y biografía de la prensa sevillana” (1896), “Bocetos de una época” (1892), o “Una carta del rey Neto” (1894), pero lo más singular son tres cuadernos manuscritos y dos “Newspaper cuttings”, unos álbumes plagados de recortes de prensa y sabrosas fotografías de la época. Estas piezas, además de únicas, son un interesante testimonio de la Sevilla de finales del XIX y principios del siglo XX: reuniones o banquetes de los partidos políticos, como el del Partido Liberal en 1909 con discurso de un tal Pedro Rodríguez de la Borbolla ; biografías manuscritas sobre sevillanos ilustres, efemérides, y sobre todo críticas de sus obras en periódicos como El Baluarte, El Noticiero Sevillano, El Cronista o El Universal, entre otros muchos. Chaves era auxiliar del Archivo y Biblioteca Municipal, donde había pasado años de sesudas indagaciones. De hecho, algunos contemporáneos vieron en él a un investigador serio y concienzudo más que a un consumado escritor, un “observador perspicaz y curioso, cuya constancia y laboriosidad para rebuscar y revolver los archivos y bibliotecas le dan una supremacía sobre sus méritos como buen literato”, según narraba El Progreso a propósito de su folleto “Pro-patria: dos héroes sevillanos” (1893). Lo cierto es que había empezado a escribir a muy temprana edad, pasando a mejor vida apenas cumplidos los cuarenta, por lo que si su legado no es de una excelente calidad literaria, sí constituye una generosa aportación a la cultura de la capital de Andalucía. Por eso se exponen algunos de sus cuadernos, incluido el dibujo que le hizo Diego Ballester que ilustra este artículo, en “No solo libros”, la muestra que se exhibe en la Biblioteca de Jerez. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

EL MÉTODO


“-Pá. Ya sé cómo nos vamos a hacer ricos”. Mi hijo siempre preocupado por los aspectos espirituales de la vida. “Ya sabes que ahora me ha dado por las novelas policiacas” (¡claro que lo sé! La madre, una blanda, no para de comprarle novelitas al niño). “Y después de unas diez que llevo, el método es el mismo, y como dice mamá: conocido el método… Pues bien, lo primero, el muerto, lo segundo el detective o policía, o mejor, una pareja de ellos, después la trama, y si esta es por intereses económicos o políticos, perfecto, y completan los personajes los típicos y siniestros asesinos a sueldo y los cabecillas cínicos y despiadados; desenlace final y a forrarnos”. Un discurso que, como puede comprobarse, desprendía literatura por todos sus poros. Y aunque parte de razón no le falta a mi hijo en lo que al método se refiere, porque buena parte del género negro está cortado por el mismo patrón, la categoría literaria de unos y otros autores marca la diferencia entre una buena novela y otras que podemos tirar a la basura sin remordimiento alguno. No es lo mismo, ni comparable, un González Ledesma que un Stieg Larsson. Y en esto de lo policiaco ha sido tanto el furor de la moda que todos (y cuando digo “todos” me refiero al género humano y no sé si incluir también al animal, porque hay novelas por ahí que no son humanas) se han lanzado a la frenética carrera de escribir un relato negro, y ¡así han salido algunos!. De tal manera que no hay país casi en el mundo que no tenga un buen elenco de escritores dedicados a la novela policiaca.  Por mi parte, también debo entonar el “mea culpa”, aunque compartido con mi amigo y compañero de página, Ramón Clavijo. “Bueno, y a todo esto, ¿a mí en qué me afecta “tu método” y tus ganas de forrarte?” “Pá, está claro. Yo pienso y tú ejecutas. Ya sabes, el principio universal de la idea y la acción.” “Entonces, si no he entendido mal, tú me cuentas la historia que te inventes y yo escribo la novela”. “Y vamos a 70-30. Ya estoy viendo la trilogía. Un pastizal, Pá.” “¿Y por dónde andas de la idea?”, “¡si empezamos con presión…!”. José López Romero.

viernes, 6 de abril de 2018

EL XEREZ DE LUIS PÉREZ SOLERO


El paso del tiempo va difuminando en muchas ocasiones iniciativas que, precisamente con el trascurrir de los años, van adquiriendo ante nuestros ojos una importancia que quizás en el momento que surgieron nunca se les reconoció. Una de estas iniciativas directamente relacionada con la difusión del vino de Jerez, y por tanto con poner en valor el que durante siglos ha sido el motor económico de la ciudad que le da nombre y su seña de identidad, nacería cuando aún no había terminado la Guerra Civil española, y fue debida al entusiasmo casi exclusivo de una persona: Luis Pérez Solero. No nos engañemos, quizás los aciagos años en los que surge el proyecto editorial “Xerez” auspiciado por la casa González Byass, explique el porqué años después conozcamos poco de aquella publicación seriada, incluso los ejemplares que se conservan sean raros y, por tanto, tentación no solo para los profesionales o amantes del vino universal que surge de la campiña jerezana, sino para bibliófilos y coleccionistas.  El proyecto que ideó Pérez Solero consistía en sacar a la luz doce cuidados álbumes, cada uno dedicado monográficamente a  un aspecto relacionado con el vino de Jerez, y que a lo largo de muy pocos años estuviera culminado. El proyecto no llegó a  realizarse según lo previsto por su creador, pero nos queda del mismo sus dos primeros números. Dos magníficas publicaciones: “Visitando la Bodega” de enero de 1938, y  “La Campiña Jerezana” de septiembre de ese mismo año. Cuando sale a la luz este segundo número ya su creador vaticinaba las dificultades que presentía para culminar el proyecto felizmente: “Por causas ajenas a mi voluntad, este número no pudo ser publicado a su debido tiempo. Espero, y Dios lo quiera, que los sucesivos aparezcan pronto….” Pérez Solero, como es sabido, era un burgalés que es contratado por los González en 1935 para impulsar la imagen de la marca, y cuya creación más conocida –y que quizás ha ensombrecido otros importantes logros conseguidos en su larga y brillante carrera profesional como publicista- fue la “humanización de la botella de “Tío Pepe”. Por tanto la revista “Xerez” es una de sus primeras y ambiciosas iniciativas, y que como decíamos al principio el paso del tiempo –y también para algunos, la nada disimulada inclinación de su fundador hacia el bando franquista- amenaza con difuminar. Los dos primeros números a los que nos referimos en este breve artículo, y salvo una pequeña colaboración del escritor Federico García Sanchíz, son en su totalidad fruto del espíritu creativo de Pérez Solero: cientos de fotografías y  dibujos junto a unos textos dignos de ser rescatados del olvido, logran mostrarnos lo que fue históricamente, pero también lo que significaba el vino de Jerez en el primer tercio del siglo pasado, y con él los personajes y paisajes vinculados a este universal mundo del “jerez” que tanto debe a un personaje singular y genial como Luis Pérez Solero. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

RAP


“Father. Acabo de leer un libro de poesía, en el que se incluyen poemas para rap. Conque ya te puedes ir olvidando de tus Garcilasos, tus Góngoras, tus San Juan de la Cruz, y hasta de tus Machados y Salinas, te pones un poquito más moderno, que falta te hace (pulla gratuita), y empiezas a explicar en tus clases y a tu alumnado las nuevas direcciones, los caminos de la actual poesía”. “Hija mía, cuando te pones a leer, parece ser que no puedes resistirte a la crítica. Seguramente el libro que has leído se titula ‘Nosotros los de entonces’ de José Manuel Benítez Ariza. Como ves, estoy al tanto de esas moderneces que dices. Te agradezco el interés, pero permíteme que te recuerde quién en este asunto es el profesional”. Mi hijo, como ausente, pero atento: “Ahí ta dao, niña”. “Bueno, si quieres seguir aburriendo a las ovejas es tu problema o, mejor dicho, problema de tus alumnos ¡pobrecillos!” (ironía gratuita). “2 a 1”, mi hijo en modo marcador simultáneo. “Pues ya que tanto te interesan mis alumnos, te voy a dar una lección. Partiendo de la base de que hasta vuestras redacciones escolares (¡¡pocas redacciones se hacen en estos tiempos!!) con motivo del Día del Padre o de la Madre me parecían verdaderas obras de arte, porque las hacíais con el corazón, para mí cualquier texto escrito con sentimiento y que despierte en el lector cierta emoción, es digno de llamarse literario, aunque la verdadera calidad debe ir acompañada de la técnica, de esos mecanismos necesarios para que todo escritor se exprese de forma adecuada. Y eso es trabajo, esfuerzo, conocimiento… lo que Lorca definía de la siguiente manera: “No sé si soy poeta por la gracia de Dios o del diablo, pero mi trabajo me cuesta todos los días”, o la famosa frase de Picasso al decir que cuando le vinieran los musas a visitar, esperaba que lo cogiesen trabajando. El rap, como cualquiera otra manifestación artística tendrá esos mecanismos técnicos y merece respeto y reconocimiento, aunque confieso que soy más de boleros”. “Antiguo no, de parque jurásico, father”. “Razón lleva la niña, Pa. 3 a 2”. “La paga peligra”. “Pues dejémoslo en empate”. José López Romero.

viernes, 23 de marzo de 2018

FUEGO


Pasaba en su barrio por ser una mujer discreta, que no se metía en nada. Hacía ya más de veinte años que vivía en el mismo bloque desde que se instaló en aquella ciudad, a la que había llegado procedente de un traslado obligatorio y que había convertido con el paso del tiempo en su hogar. “No se es de donde se nace, sino de donde se pace”, les decía a sus amigos cuando le recordaban su procedencia para bromear con ella. Y ella se sentía cómoda, muy cómoda en una ciudad que lo tenía todo para disfrutar y ser feliz; una felicidad que no había querido la vida que compartiera con nadie, pero en su recalcitrante soltería a nada ni a nadie echaba en falta, tenía su buen trabajo y, sobre todo, una afición que le ocupaba esos restos del día en que más se puede echar de menos a alguien a su lado: los libros. Compartía su soledad con los personajes de las novelas que leía, con esa tranquilidad, con la serenidad y el sosiego que produce el sentirse a solas pero viva, intensamente viva y en paz. Pero un día, su librero le avisó: “Ten cuidado. Han venido preguntando por los clientes que compran libros en castellano”. El aviso solo le hizo confirmar algunas sospechas o impresiones que había tenido en las últimas semanas, cuando en la librería paseaba por los estantes y ojeaba algunos libros; más de una vez se le había acercado demasiado un individuo con mala pinta y casi había metido sus narices en el libro que tenía en las manos. E incluso, alguna vez había escuchado murmullos como “habrá que quemarlos todos”, y recordó de pronto una antigua frase que había leído no hacía mucho tiempo en una novela: “los que queman libros tarde o temprano llegan a quemar seres humanos”, que se titulaba ‘Asuntos de un hidalgo disoluto’ de un tal Héctor Abad Faciolince. Cuando llegó a su casa, empezó a notar una sensación que nunca hubiera creído que podría ser capaz de sentir: el miedo, el miedo a una ciudad que la había acogido como ella la había llegado a acoger en su corazón y la había hecho suya. Y de repente se le ocurrió una idea: la resistencia contra la maldad, contra los que lo mismo queman bibliotecas que personas, y recordó una forma ya antigua de conservar los libros, de ponerlos a salvo de la bestialidad humana: el emparedamiento; pero prefirió una variante, la que había leído en el libro de los libros, ‘El Quijote’, en el famoso escrutinio del cura y el barbero: tapiar una de sus habitaciones, aunque abrió por la contigua un acceso muy bien disimulado, y en aquella estancia fue metiendo sus libros en castellano al resguardo de la infamia. Un día, al volver del trabajo, se encontró la puerta del piso abierta, habían forzado la cerradura y el desorden de sus enseres indicaba que habían buscado a conciencia lo que no habían logrado encontrar. Ella sabía que tarde o temprano aquello sucedería y tenía la precaución todas las mañanas, antes de ir a trabajar, de esconder el libro que estaba leyendo y de dejar en la mesita de noche dos o tres a modo de trampa, en esta ocasión les había tocado a dos biografías de un entrenador de fútbol que siempre lucía un ridículo lazo amarillo, y una novela de un viejo cantautor venido a menos, libros en castellano que, por supuesto, no se atrevieron a tocar. Y entonces recordó una frase atribuida a Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. José López Romero.

INÉDITOS


No sé si a todos nos pasa lo mismo, pero lo cierto es que me invaden extrañas sensaciones cuando me contemplo al cabo de los años en una vieja fotografía.   Primero   la   sorpresa   ante   la   juventud   ya   perdida,  pero luego algo más inquietante: la sospecha de tener poco que ver ya  con aquella imagen del pasado, y que el tiempo ha ido alejando irremediablemente del que ahora somos. Contemplamos a un desconocido. Algo parecido se nos antoja le sucede al escritor cuando  se topa con viejos manuscritos  de juventud inacabados algunos, desechados otros y que milagrosamente no han terminado en la papelera. ¿Escribí esto? imagino se preguntan algunos al toparse con esas antiguas creaciones. En ese fortuito encuentro algunos en un acto de sensatez destruirán lo encontrado, otros por nostalgia o cualquier otro inexplicable motivo volverán a cometer el error de devolverlos al cajón donde los encontraron, pensando con ingenuidad que allí permanecerán hasta el fin de los  tiempos. Digo todo esto a tenor de una práctica vieja pero que observamos con preocupación que va camino de cronificarse, cual es  la de dar a la imprenta  textos  de autores  desaparecidos pero que estos en vida descartaron publicarlos  por distintos motivos. No me refiero a aquellas obras perdidas fortuitamente y que hicieron lamentarse a más de uno por tan tremenda pérdida - que no se ven ya con fuerzas para reconstruir- pero que pasados los años alguien por azar o una labor de investigación certera, logran rescatar para el público, enriqueciendo el legado creativo de sus autores. No, me refiero a esos otros textos que solo conoceremos por mediar la traición que llevaron a cabo herederos de algunos legados literarios, publicando textos poco afortunados de autores admirados y que nada aportaron ya, salvo quizás -a veces ni siquiera eso- unos suculentos beneficios . A lo largo de estos últimos años, como les decía al principio,  han proliferado los casos -para ser justos, unos  más justificables que otros- pero en  todos saltando por encima de la voluntad de sus autores –Hemingway, Verne, Huxley, Bolaño, etc.- que no pueden hacer nada para evitarlo, salvo revolverse en el lugar allá donde quiera que estén. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de marzo de 2018

EL LEGADO DE ISABELITA RUIZ


En la inauguración del Villamarta, en febrero de 1928, salió a escena como primera bailarina una “jerezana de piernas monumentales” en presencia de Primo de Rivera. Eso escribía Rodrigo de Molina en este Diario a finales de los ochenta. Miguel Mendizábal la vio bailar en el “Olimpia” de París junto a la Meller, y al día siguiente escribe en “El Universal”: “¡Vaya hembra española!”. Otros hablaron de su cuerpo como “una divina escultura que soñara Pigmalión”, y en otra crónica avisan: “vayan a verla bailar y saldrán del teatro próximos al suicidio”. Juan de La Plata  la conoció, y quedó impresionado no solo por su porte, -al que se refieren los comentarios anteriores-, sino por sus extraordinarias dotes para la danza. Hablo de Isabelita Ruiz, nacida en 1902 según su DNI, o en 1908 según los artículos sobre ella en la prensa local, que junto a una entrada en “Wikipedia” y un rótulo con su nombre en una calle cercana a la plaza del Caballo, es todo lo que hay sobre la cupletista. Bueno, todo no. Hay un considerable volumen de documentación sobre ella en la Biblioteca Municipal Central que recogió el Cine Club Popular del asilo de las Hermanas de la Cruz en 1996, cuando Isabel falleció en ese centro benéfico. En estas líneas no pretendemos una semblanza biográfica al uso, sino una somera descripción de este interesante Legado, cuyo contenido hemos clasificado según su naturaleza. Entre los “documentos oficiales” hay muchos de su hermana María, que también flirteó con el mundo de la farándula en Brasil, a juzgar por una tarjeta profesional fechada en Rio en 1934 en el que consta como “cantora”, aunque en un certificado del Consulado de 1932 la catalogan como “modista”. De Isabelita lo más llamativo es un contrato de trabajo firmado en París con el director del “Scala Theater Berlin”, el banquero judio Jules Marx, en 1925, por el que la artista cobraría treinta mil pesetas al mes por interpretar “danzas españolas”. Toda una fortuna. Está también su cartilla de ahorros de finales de los 70, cuyas cantidades nos reservamos por decoro, pero que ni por asomo reflejan lo que ganó en sus años mozos. Otro bloque lo encuadramos en “recuerdos y recortes de prensa”, con innumerables artículos de otras tantas actuaciones en Roma, París, Berlín, Santiago de Chile, Italia, Portugal, etc., donde la alaban de todas las formas posibles, como Alvaro Retana, que la llamó “una bolchevique de la coreografía, por haber revolucionado los principios más fundamentales de la danza española”. Completan el paquete una cantidad cercana al centenar de fotografías, como la que les mostramos, una veintena de piezas de música impresa y una serie de correspondencia dividida entre cartas oficiales y familiares. En 1995 se le tributó un cariñoso homenaje en el hogar de las monjas. Nosotros, acercándonos a su Legado, ponemos nuestro granito de arena para que Isabelita Ruiz sea para los jerezanos algo más que un rótulo colocado en una calle de Jerez. Y en la Biblioteca seguiremos encargándonos de que su recuerdo permanezca para siempre. NATALIO BENITEZ RAGEL 

LIBERTAD


“Le pondré un ejemplo: imagínese que hay dos aviones en una pista de despegue de Madrid con destino a Barcelona. Uno de ellos se somete a un control muy estricto: se cachea a todos los pasajeros, uno a uno, y se pasan todas las maletas por el escáner. En cambio, en el segundo avión se puede embarcar sin ningún tipo de control de seguridad. ¿Cuál de los dos escogería?”. Este párrafo está extraído de la entrevista que se incluye como apéndice en el libro ‘El caso Collini’, y el autor tanto de esta novela como de las palabras antes citadas es Ferdinand Von Schirach, escritor y abogado alemán, nacido en Múnich en 1964. Ponía el ejemplo Von Schirach al hilo de una reflexión que hacía sobre una encuesta que se había realizado recientemente, y en la que al parecer los ciudadanos preferían la seguridad a la libertad, “Esto me parece muy peligroso: si perdemos la libertad, acabaremos perdiendo también la seguridad”, comentaba el escritor. Vuelvo al ejemplo. La pregunta de la elección de avión se me antoja ociosa, aunque Schirach piense que es muy peligroso perder la libertad en beneficio de la seguridad. Quizá habría que darle la vuelta a esta relación de conceptos y plantearla al revés: si perdemos la seguridad, perdemos con ella la libertad. La permanente amenaza del terrorismo en que desde hace unos años vive Europa, y que se ha manifestado con los terribles atentados sufridos en Francia, Inglaterra y en nuestro propio país, es razón más que suficiente para invertir la reflexión de Schirach. Pero el terrorismo no es el único causante de nuestra inseguridad; los niños no pueden jugar como antes en las plazas de sus barriadas; las jóvenes no pueden volver a sus casas solas los fines de semana; e incluso todo un barrio puede estar atemorizado por la presencia de vecinos indeseables; ni en nuestra propia casa disfrutamos de la seguridad que nos ofrece la puerta blindada. Vivimos en una sociedad y en unos tiempos inseguros, donde el peligro nos acecha por todas partes. Y cuando sentimos miedo, está claro que no somos libres, libres de pasear por la calle a la hora que me apetezca, sea hombre, mujer, niño o niña. Está claro el avión que yo elegiría, y en el caso de que no tuviera elección, saludaría al pasajero de al lado con las palabras de Aby Warburg: “vive y no me hagas daño”. José López Romero.

viernes, 2 de marzo de 2018

145 AÑOS DE LECTURA PÚBLICA EN JEREZ: LOS INICIOS II


Terminábamos el primer artículo de esta serie dedicada a la lectura  en nuestra ciudad, preguntándonos por qué la Biblioteca Municipal de Jerez, es hoy la única –de las cerca de un centenar inauguradas- que sobrevivió a esa iniciativa del ministerio de Fomento dirigido por Ruiz Zorrilla durante la primera República, con la loable intención de hacer llegar la lectura y el libro, y en definitiva la cultura, a las clases más desfavorecidas. Apuntábamos algunas conclusiones: muchos  ayuntamientos a los que se les dejó la gestión de dichas bibliotecas nunca estuvieron seriamente comprometidos con la iniciativa, justificándolo por lo gravosa que resultaba para las arcas municipales. Por tanto, las colecciones empezaron a desactualizarse, pero es que además  la mayoría de los locales dedicados a biblioteca eran espacios cedidos dentro de una escuela local, y que en muchos casos carecían de las mínimas condiciones para el servicio. Una tras otra esas bibliotecas fueron cerrando. Pero el golpe definitivo vendría tras la Restauración y la orden de restituir a la iglesia los fondos bibliográficos incautados, muchos de ellos depositados en los recién inaugurados centros bibliotecarios. Es cierto que estos fondos antiguos no representaban un estimulo para los posibles lectores, pero sumado al nulo incremento de las colecciones a lo  que  se habían comprometido los ayuntamientos, el resultado era inevitable: el cierre. En Jerez la restauración obligó igualmente al Consistorio a devolver los importantes fondos con los que la Biblioteca Municipal se había enriquecido, y que procedentes de la Colegial –hoy Catedral- fueron devueltos. Ello provocó  un momentáneo cierra en 1875. Pero en Jerez a diferencia de otras ciudades, la creación de la Biblioteca popular, luego municipal, contó con un potente respaldo público al frente del cual estuvieron personajes emblemáticos de la cultura y la política  local como Ramón de Cala. Ello impidió que la Biblioteca que se quería inaugurar fuera, como en otras localidades, instalada en un anexo de una escuela pública, y propició que el Consistorio se implicara con entusiasmo en la tarea, con el alcalde Revueltas y Montel al frente, cediendo para la iniciativa un edificio emblemático el antiguo Consistorio en la plaza de la Asunción (en la imagen). Pero como decíamos antes, todos estos esfuerzos pudieron venirse abajo con la Restauración y la consiguiente devolución de los ingentes fondos procedentes de la Colegial. Pero también en ese año clave de 1876, apareció una figura que hizo cambiar el sino de la biblioteca de Jerez, evitando que esta siguiera el mismo destino que el resto de bibliotecas  populares creadas durante la primera república: José de la  Herrán. Este, en un bando antológico, animó a la población a donar libros para cubrir los vacios dejados por la salida de los libros de la Colegial. La llamada tuvo éxito al implicarse toda la sociedad jerezana, y convirtiéndola a día de hoy en la única representante del movimiento bibliotecario surgido en 1868 (continuará). RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

DIOS


Una leyenda escrita con spray en la parte de atrás del refugio de la parada del autobús atrajo su atención. «Dios no cree en Dios». A la cual una mano más humilde, usando únicamente una tiza roja, había añadido la palabra nuestro: «Dios no cree en nuestro Dios».” Leí este párrafo hace un tiempo en un texto de George Steiner, que ahora no logro localizar. Y me viene este fragmento a la memoria con más intensidad después de ver en los medios de comunicación que el inefable Trump quiere que maestros y profesores lleven armas, como única solución a las frecuentes matanzas de jóvenes en los centros de enseñanza de su país. Yo no sé qué lee el presidente de los EE.UU. ni qué come, ni quiénes son sus consejeros, pero algo raro le pasa a ese hombre en la cabeza para no solo tener una idea como esa, sino incluso para atreverse a decirla, sobre todo por ser quién es y la responsabilidad que su cargo comporta. Pero cuando seguimos la información de los medios y a la idea de Trump se le añade la diaria víctima de violencia de género, uno de los grandes males de nuestra sociedad, y a esta le siguen los bombardeos sobre Siria, que se llevan por delante a niños y personas indefensas, o vemos el drama de la emigración en nuestras costas, o las bombas humanas que destrozan a cientos de civiles en Akganistán o Irak, sin duda la frase de Steiner adquiere todo su terrible y angustioso sentido. Algo se ha roto en la cadena genética del ser humano, en nuestra relación con Dios, que nos ha llevado a esta sociedad enferma y podrida que solo genera la violencia y que no encuentra otra solución a esta que más violencia, con la única diferencia de que esta está legitimada por la ley, como si un profesor con una pistola al cinto o un fusil al hombro fuera el mejor ejemplo para un escolar. Alguien debería parar todo esto y empezar de cero, quizá volver a las cavernas, o a esa edad de oro que tanto añoraba en su incomparable discurso el bueno de don Quijote. Pero ya no puede ser Dios el que nos guíe, porque “Dios ya no cree en nuestro Dios”, definitivamente aquel Dios nos ha abandonado. José López Romero.


viernes, 23 de febrero de 2018

FILOSOFÍA


“La Historia y la Filosofía se diferencian en que la Historia cuenta cosas que no conoce nadie con palabras que sabe todo el mundo; en tanto que la Filosofía cuenta cosas que sabe todo el mundo con palabras que no conoce nadie”. Esta frase, extraída de ‘La fugitiva’, extraordinaria novela (reseñada aquí hace unas semanas) del escritor nicaragüense Sergio Ramírez, premio Cervantes del pasado año, no por ingeniosa esconde menos verdad. Algunas áreas del saber se recrean en la complejidad, en la oscuridad del discurso para hacerlas más difíciles de entender por el común de los mortales, en ese prurito por dotar de prestigio a un conocimiento que de antemano ya los iniciados y expertos en estas materias consideran para pocos. La retórica ha sido de siempre un arte especialmente indicado y dominado por encantadores de serpientes o charlatanes de feria. ¡Cuántos votos no habrán conseguido algunos políticos solo con esa verborrea ampulosa pero hueca! ¡Divina la palabra! Y viene todo esto a relación por un breve artículo que José Luis Melero dedica a Juan Benet, incluido en su libro ‘La vida de los libros’ (de muy recomendable lectura). “Si me pidieran que hiciera un listado de mis libros favoritos, en él figuraría sin duda en lugar destacado ‘Otoño en Madrid hacia 1950’ de Juan Benet. Cómo alguien capaz de escribir ese libro extraordinario escribió a sus vez otros muchos completamente ininteligibles es cosa misteriosa que a mí se me escapa”, dice Melero en su texto. Y viniendo de quien venía esta opinión, de un acabado ejemplo de lector sin remedio como Melero, en ella he hallado gran consuelo porque a Juan Benet lo tengo apuntado en esa libreta negra que anda por casa, y que he titulado “escritores a los que no entiende ni su puñetera madre”; no pude en su momento con ‘Volverás a Región’ que creo recordar fue lectura obligatoria de algún curso de aquel lejano y llorado COU, para martirio de estudiantes, hoy convertidos en desertores de la lectura, y solo aguanté ‘El aire de un crimen’ y en cuanto leí a Melero me hice con un ejemplar de ‘Otoño en Madrid hacia 1950’ por ver si paso a Benet a otra libreta, aunque sea gris. Porque hay escritores que, como la Filosofía, piensan que más arte tienen cuanto más oscuro y enrevesado es su estilo, y cuentan esas cosas que todo el mundo sabe de una forma que no entiende nadie. Y como en la Literatura, en cualquier manifestación artística. Por eso también mucho consuelo me acaba de dar el gran Boadella, flamante presidente de Tabarnia, al comentar que las tres cuartas partes de las pinturas de Picasso son “una mierda” (literal). Y yo ya no sé si este consuelo mío responde a un sentir general, aunque silencioso (recuérdese el tradicional cuento del traje inexistente del rey, a quien nadie se atrevía a decirle que iba desnudo), o a una incapacidad personal por gozar de un arte solo para entendidos y apasionados diletantes. En cualquier caso, yo prefiero los potajes a lo Galdós, que las exquisiteces de Benet, quien por cierto despreciaba el arte para todos del “garbancero”. José López Romero.


NOTICIAS RELEVANTES


No ha estado huérfana la actualidad informativa de noticias culturales de cierta trascendencia. Junto a ellas, era inevitable, han llegado a la superficie otras más propia de un sainete, pero que sin embargo han protagonizado las conversaciones fugaces en las barras de los bares, ante ese café mañanero, como la de las “portavozas”, grito que rechina aún en nuestros oídos,  lanzado en una comparecencia en el Congreso por la diputada Irene Montero. Afortunadamente no son estos los hechos relevantes en la actualidad cultural de este país, aunque su monopolio de portadas en los medios de comunicación así nos lo hiciera parecer. Cuando hablo de noticias relevantes me refiero a algunas como la que nos da cuenta de que el historiador Santos Juliá ha sido galardonado con el premio Francisco Umbral. El motivo, la publicación de “Transición. Historia de una política española (1937/2017)”. Premio que aunque solo reconoce la aportación que se hace a nuestra historia colectiva en un excepcional texto –que algunos vaticinan pudiera ser considerado para el galardón de Premio al libro del año- , todo apunta a que es  también un reconocimiento a toda una obra. Pero la noticia que más me ha interesado estos días es la llegada –por fin- de   los archivos privados del gran escritor español Arturo Barea a la Biblioteca Bodleian de Oxford.  Esta importante donación ha estado potenciada con la realización de una importante serie de actos de homenaje a este escritor muerto en el exilio, y al que se deben libros como “La forja de un rebelde” o “La raíz rota”, la mayoría de ellos auspiciados por el Instituto Cervantes y localizados en Londres y Oxford, lugares representativos en su exilio británico. Pero lo que no podemos olvidar es la muy interesante exposición “Arturo Barea, la ventana inglesa”,  inaugurada el pasado diciembre en la sede madrileña del mencionado Instituto y a la que aún quedan algunas semanas para la clausura. Una propuesta esta indispensable para todo aquel que se quiera aproximar no solo a la figura de este escritor, sino a lo que significó el exilio para la historia de la cultura reciente de nuestro país. Ramón Clavijo Provencio

sábado, 10 de febrero de 2018

MÁS SOBRE JOYAS CARTOGRÁFICAS

Un mapa antiguo, tal como escribíamos en mayo del pasado año, puede ofrecernos valiosa información no solo geográfica sino también histórica, política o administrativa. Cambios de régimen político, alteración de los límites administrativos territoriales, desarrollo de campañas bélicas, progresos de las infraestructuras viarias, ubicación de lugares o monumentos desaparecidos, etc., son aspectos fácilmente legibles en cualquier mapa realizado con un mínimo rigor científico. En aquella ocasión, nuestro artículo abordaba algunos de los ejemplares más interesantes que conserva la Biblioteca Municipal Central de nuestra ciudad. Pero contamos con otra valiosa colección de estos materiales en la Municipal del Coloma, donde custodiamos el fondo antiguo del Instituto más antiguo de nuestra provincia, y seguramente de Andalucía. Concretamente son catorce las piezas de esta naturaleza, cuatro del siglo XVIII y el resto del XIX. Si existe algún colectivo profesional que se haya beneficiado especialmente de la aparición de Internet, éste es sin duda el de los bibliotecarios. Hemos llevado a cabo una exhaustiva búsqueda por las principales bases de datos bibliográficas que existen, tanto nacionales como extranjeras: la red de bibliotecas públicas del Estado, el catálogo colectivo del patrimonio bibliográfico español, la red de bibliotecas universitarias,la Biblioteca Nacional de España, la Library of Congress, la British Library, la Nacional de Francia o metabuscadores como “el buscón”, entre otros recursos. Gracias a esta labor de rastreo podemos afirmar con rotundidad que cinco de los ejemplares que conservamos pueden catalogarse como una rareza, por ejemplo la “Geographie moderne” del francés Jean Baptiste Clouet, publicado en París en 1793, un detalle del cual ilustra este artículo. Los sesenta y ocho mapas,  impresos a doble hoja de gran formato, están enmarcados por orlas adornadas con motivos marinos y vegetales. Además de nosotros, solo lo tiene la Biblioteca Pública del Estado en Ávila. Sin embargo, no es la pieza más rara de la colección. Ese honor se lo lleva el “Grand atlas de geographie physique et politique ancienne et moderne”, una edición parisina de P. Lethielleux que no hemos hallado en ningún otro centro por más que hemos buscado. Tampoco es que sea el mapa más llamativo ni más vistoso, ni siquiera el más antiguo, pues el impresor ejerció a principios del siglo XX, pero por escaso es siempre valioso. El más atractivo es otro que solo hallamos en la Nacional de España, el “Orbis vetus”, una obra monumental del cartógrafo de Luis XV de Francia, Didier Robert de Vagaundy. El “Atlas zu Alexander Humboldt's kosmos” (Stuttgart, 1861), otra de las muestras, solo está en la British Library. El  “Atlas del itinerario descriptivo de España”, de Laborde (Valencia 1826), o la serie, en tela desplegable, del“Atlas de España y sus posesiones de Ultramar”, de Francisco Coello (Madrid, 1848-1870), aunque presentes en muchas bibliotecas, son otras de las  joyas cartográficas conservadas en la Red de Bibliotecas Municipales, en particular en la del centro docente P.L. Coloma. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.    

PRESTIGIO

“Y en cuanto a los pequeños libros que todo el mundo llamaba ya aldinos, de formato octavo, era evidente que habían cambiado el modo de leer de la gente… ¿Cuándo se había visto a tantas personas presumiendo con su libro bajo el brazo por la calle, lejos de los oscuros gabinetes?, ¿y las jóvenes leyendo en sus jardines libros que no son rezos? Sentían que los libros los dignificaban.” Este pasaje está extraído de la novela ‘El impresor de Venecia’, de Javier Azpeitia, que recrea la vida de Aldo Manuzio, el impresor que, como bien dice el texto, cambió la historia del libro con sus formatos en octavo, que ahora llamaríamos “libros de bolsillo”. Manuzio no hace mucho también apareció por esta página. Pero no es del impresor del que pretendo que trate este artículo, sino del prestigio del libro. Aún conservo el recuerdo de cómo en aquellos turbulentos años de la década de los setenta (últimos de la dictadura y los iniciales de la transición), la gente (jóvenes y maduritos) sacaban a pasear sus ediciones de Antonio Machado, o de Cernuda, o de algún autor por tanto tiempo perseguido y prohibido por un régimen que, como su caudillo, agonizaba, estaba herido de muerte o había tocado a su fin. En los bares del centro de la ciudad se sentaban aquellos lectores, con sus no menos célebres chaquetas de pana como signo de distinción, “presumiendo con su libro” que exhibían, más que ojeaban a la vista de todos en ese valor de “prestigio” que le confería no solo el libro, sino también y sobre todo su autor. ¿Qué habrá sido de aquellos exhibicionistas o lectores de ocasión? Cuando, con el correr de los años, pasear libros en las terrazas de los bares ya no era signo de prestigio, de la misma manera que desapareció la chaqueta de pana, aquella gente cambió el libro por el periódico, órgano de difusión de otro régimen, y ahora es el móvil de última generación el signo de una distinción artificial y ridícula. Pero no de dignidad. ¡Si Aldo Manuzio levantara la cabeza!  José López Romero.

viernes, 2 de febrero de 2018

ADICCIÓN

Cada vez soporto menos las conferencias o actos culturales en los que, durante un tiempo que se nos hace interminable, un señor o señora se dedica a martirizar a su auditorio con la exposición de un tema que solo a él le interesa, o incluso ni a él o ella siquiera. El formato de monólogo está ya fuera de lugar en una sociedad que se define como la sociedad de la comunicación, y en la que cada vez se exige más la interacción con el público o, si me apuran, al menos la confrontación de distintas opiniones o ideas a través de otras formas de intercambio. Un auditorio sumido en el silencio, siempre incómodo, no puede entenderse si no es porque ya sean familiares del conferenciante, amigos u organizadores del evento (de estos, pocos son los que asisten). Y cuando por los imponderables de la cortesía, formo parte del grupo de “amigos”, me paso toda la conferencia pensando en lo bien que estaría en mi casa leyendo. Y así, la voz monótona que inunda la sala, pero a la que apenas hago caso, se va haciendo cada vez más lejana, distante, como un arrullo… y termino algunas veces por dar una cabezada involuntaria, de la que pronto me repongo, para sumirme de nuevo en ese sueño, ya despierto, de deseadas lecturas. Leer en soledad, al calor de tu mesa y tu flexo, con una taza de café o de té, es un placer incomparable, al que debes renunciar a veces por una insufrible conferencia. ¿Para qué leemos? Nos podemos preguntar. “Leo ficción, dice Philip Roth, para liberarme de mi perspectiva sofocantemente estrecha de lo que es la vida y para entrar en simpatía imaginativa con un punto de vista narrativo distinto del mío. Es la misma razón por la cual escribo”, y continúa Juan Gabriel Vásquez, en su libro ‘El arte de la distorsión’: “El lector de ficciones es un inconforme, un rebelde, y la razón de su rebeldía y su inconformismo es la insoportable camisa de fuerza de la vida humana: el hecho de que esta vida sea sólo una —es decir, que no haya otra después de la muerte—, y además sea sólo una —es decir, que no podamos ser más de un hombre al mismo tiempo”. Es la misma idea que expone con insistencia Vargas Llosa en la serie de textos recogidos en su pequeño gran libro ‘Elogio de la educación’. Leemos novelas para vivir otras vidas que no nos han sido dadas, para imaginarnos paisajes que quizá no veamos nunca, para conocer mundos, ciudades que no podremos visitar. Y a pesar de que todo ello nos pueda crear insatisfacción, o precisamente por nuestra insatisfacción es por lo que leemos, la lectura es un acto que llena todo nuestro tiempo porque nos hace distintos y libres. Leemos para ver con otros ojos, para escuchar con otros oídos. No es un tiempo perdido, como el de las conferencias, sino vivido con la intensidad de nuestra imaginación. Por eso, y como dice Vásquez, “la lectura de ficción es una droga; el lector de ficciones, un adicto”. José López Romero.

PASIÓN POR EL LIBRO

Puede parecer que en esta sociedad que nos ha tocado vivir, donde los medios tecnológicos cada vez copan más parcelas de nuestro quehacer diario, ciertas aficiones o, mejor dicho, pasiones, van quedando desplazadas y pueden ser hoy una rareza o curiosidad en vías de extinción. ¿Es este el caso de la Bibliofilia? Sorprendentemente, y según mi experiencia, la pasión por los libros, el interés y casi necesidad por poseer ediciones en papel que destacan por su belleza, rareza o antigüedad, siguen estando muy presentes y dan sentido a la vida de más personas de las que podríamos pensar por lo dicho inicialmente. Personas que hoy podrían equipararse a bibliófilos de antaño como el marqués de Chalambre que murió de un ataque de desesperación al no poder adquirir un ejemplar de cierta obra que jamás había existido: una Biblia que en un momento de humor había inventado Charles Nodier. También tragico fue el destino de otro bibliófilo, Alejandro Timore. “Timore -en palabras de Javier Lasso- vivía en París con una renta exigua. Su dominio de las lenguas le permitía dar clases particulares que solo le daban lo suficiente para subsistir. En cierta ocasión le visitó en su domicilio de la calle Vieux-Augustins su amigo M. Blanchard, y le encontró trabajando en su biblioteca temblando de frío y envuelto prácticamente en unos harapos que en otro tiempo bien pudiera haber sido una manta”. El círculo de esta precaria vida se cerró definitivamente, cuando la pensión que recibía en cierta ocasión se demoró más de la cuenta, y encontraron al bibliófilo días después muerto por inanición entre sus libros. ¿Por qué Timore no fue capaz de desprenderse de algunas de las piezas valiosísimas que conservaba en su biblioteca, para salir de aquella situación de penuria que finalmente le llevó a la muerte?. Alguien escribió que “el fuego de la bibliofilia no muere sino con el mismo bibliófilo. La edad por tanto no tiene hielo para enfriar esta pasión”. Realmente son muchas las personas enamoradas del libro como pieza  de arte - la mayoría por supuesto sin llegar al sentido trágico de los ejemplos arriba apuntados,-  y que aun hoy sacrifican muchas cosas en pro de esa pasión. Ramón Clavijo Provencio 

viernes, 26 de enero de 2018

145 años de Lectura Pública en Jerez: Los inicios (I)

Este año conmemoramos en nuestra ciudad el 145 aniversario de la creación de la Biblioteca Municipal de Jerez, y no es este un hecho anecdótico ni carente de importancia, pues con el correr del tiempo esta institución se ha convertido en la más antigua de las que dependen de corporaciones locales en nuestro país. El implacable tiempo también vio desaparecer otras bibliotecas públicas, en sus inicios denominadas populares, y  que fueron surgiendo antes o a la par que la de Jerez, en aquella iniciativa pionera en España  que se iniciaba en 1868 con el propósito de ir creando una red de lectura pública, como instrumentos complementarios a la labor de los centro educativos, y con objetivos muy distintos de los de otros tipos de bibliotecas entonces existentes como las Nacionales o Provinciales, dependientes de instituciones privadas o de la Iglesia. Aquel loable propósito que abanderó el ministerio de Fomento de la primera república, especialmente con el ministro Ruiz Zorrilla (en la imagen), tuvo una suerte dispar. La ley Zorrilla pretendía ni más ni menos que “las bibliotecas populares suplan  la falta de comunicaciones, vida científica y literaria y de todos aquellos elementos que abundan en  las naciones más adelantadas y que llevan la instrucción con muy diversos aspectos y motivos a los pueblos más apartados y de menos vecindario”.  La preocupación por la culturalización de las clases menos favorecidas se extendía por Europa –incluso se consideró seriamente que el fomento de la lectura pública combatiría lacras tan extendidas entonces como el alcoholismo-, y la mencionada ley de Ruiz Zorrilla materializaba en nuestro país dichas preocupaciones, reservando un papel muy relevante a las bibliotecas populares, de las que se crearon un centenar por la geografía española en el periodo 1868/73 entre ellas, la de Jerez. Pero lo que empezó siendo un revulsivo cultural comenzó a diluirse. Primero por la inestable situación política española del último tercio del siglo XIX, también por la falta de colaboración de muchos Ayuntamientos implicados en el mantenimiento de los centros bibliotecarios y, por qué no decirlo, debido al poco atractivo para el público al que iban destinadas estas bibliotecas de los libros allí dispuestos –muchos de ellos procedentes de la expropiación de fondos bibliográficos de la Iglesia- , a lo que había que sumar los elevados índices de analfabetismo de la sociedad española de la época. Una tras otra aquel centenar de bibliotecas fueron cerrando sus puertas, y sus libros empezaron a deteriorarse no por el manoseo de sus muchos lectores, sino por el polvo que se les iba acumulando. Sin embargo la Biblioteca Municipal de Jerez que era inaugurada un 23 de abril de 1873 por el alcalde Revueltas y Montel, resistió las duras pruebas que fueron cruzándose en su camino hasta el día de hoy (continuará). Ramón Clavijo Provencio

LA FAMILIA

Cuando el padre murió, los hijos ya bien sabían que apenas la casa familiar y unas cuantas acciones les iba a dejar por herencia. Las acciones se venderían sin problemas, y la casa, donde había vivido toda la familia durante varias décadas, estaba muy bien situada, era espaciosa, y seguro que también se vendería a buen precio. El pobre anciano había dejado este mundo con la misma discreción y modestia como había vivido durante toda su vida. Solo una cosa incomodaba a la familia: la enorme cantidad de libros que había ido acumulando en la casa y que ahora cubrían por completo las paredes de casi todas las habitaciones, solo la cocina y los baños apenas se libraban de tal invasión. A medida que sus hijos habían ido abandonando la casa, el padre no había hecho más que meter estanterías en sus cuartos para albergar lo que había sido su única afición, o incluso vicio: los libros. No se le había conocido a aquel señor otra afición que la lectura, y a ella se había dedicado en los ratos libres que le dejaba su profesión. ¿Qué hacer con tantos libros? Se preguntaban los familiares, porque la casa se debe poner a venta totalmente vacía. Y lo que había sido un alivio (papá se entretiene con sus libros, no necesita que lo visitemos), ahora se había convertido en un problemas de enormes dimensiones. Hasta que alguien hizo una propuesta: crear cuadrillas para ir poco a poco tirando los libros a los contenedores de basura con “nocturnidad y alevosía”, como apostilló queriendo hacer la gracia fácil y grosera. Todos se miraron y no encontraron otra solución. Así, tres días a la semana, para no levantar muchas sospechas, cuatro miembros de la familia se turnaban y sacaban en cajas aquellos libros y los tiraban sin contemplaciones en los contenedores de basura más cercanos. Cuenta la leyenda que avisado por un conocido, un bibliotecario del municipio esperaba pacientemente, protegido por la oscuridad, a que la familia hiciera su trabajo, se acercaba al contenedor y recogía los libros. A los pocos meses, el diario local se hacía eco del hallazgo en la basura de un incunable de la Gramática de Nebrija de valor incalculable.  José López Romero.