sábado, 9 de febrero de 2019

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL


Los que hemos dedicado toda nuestra vida académica, a mucha honra y satisfacción, a explicar los saberes inútiles, hemos tenido que aguantar durante años la preguntita de marras que tarde o temprano se le ocurría a uno de esos escolares entre cuyas virtudes no se encontraban la brillantez y el entendimiento despierto: “¿y esto para qué sirve?”. Una pregunta cuya sorna se hacía más frecuente y virulenta, y por ello más hiriente, en asignaturas como el latín y el griego, lenguas que además sufrían el apelativo de “muertas”. De este vilipendio saben mucho mis queridos amigos Juan Cienfuegos y Paco Antonio García Romero, excelentes profesores de ambas disciplinas y hombres cuya dedicación a ellas es digna de todo encomio. Incluso en alguna que otra ocasión, otro de esos alumnos aventajados en el arte de la ignorancia y la vacuidad intelectual, me ha llegado a insinuar que la Literatura es una materia más propia del género femenino, por lo que no la aprobaba no fuera a ser que se viera menoscabada su masculinidad, que aquel mastuerzo solo localizaba en su entrepierna, sin entender siquiera que ser hombre es mucho más que nacer con unos atributos. Pues bien, y como todos necesitamos a veces un cañonazo de autoestima, no he encontrado en los últimos tiempos mejor medicina, respuesta más acertada a la preguntita antes citada que el libro titulado “La utilidad de lo inútil” del profesor Nuccio Ordine (editorial Acantilado), al que subtitula “manifiesto” porque no deja de ser una excelente defensa de los estudios a los que se han dedicado los humanistas que a lo largo de los siglos desde que el hombre tiene conciencia de su capacidad intelectual, y que han ocupado su vida en el desarrollo de las artes, en todos esos conocimientos que no tienen al dinero o a la utilidad práctica como único objetivo y propósito. Saberes que han engrandecido al ser humano porque una pintura, una escultura o un poema,  por poner solo tres ejemplos, no pueden cifrarse en dinero porque su valor es incalculable. Muchos de ellos, de los que Ordine va repasando sus opiniones, sus pensamientos sobre este asunto, desprecian el dinero por corromper lo que más acerca al hombre a Dios: su poder de crear la belleza. No falta tampoco la crítica, bastante dura, a la universidad convertida esta en una empresa, los estudiantes en clientes y los profesores en simples burócratas. Termina Ordine su libro con la reimpresión del artículo titulado “la utilidad de los conocimientos inútiles” que publicara en 1939 el profesor Abraham Flexner, en el que se da cuenta de cómo la inutilidad de investigar por investigar ha llevado al hombre a descubrir e inventar cosas tan útiles que ahora seríamos incapaces de vivir sin ellas. Reproduzco un fragmento del dramaturgo Ionesco recogido en el libro: “Mirad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia adelante, sin mirar ante sí, pues recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. En todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo. El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.” Pregunta contestada. José López Romero.


KONDO


La que muchos consideran gurú del orden, la nipona Marie Kondo, levantaba ampollas recientemente en el mundo de la cultura con su  rotunda afirmación de que en una casa no debe haber más de treinta libros. Por supuesto no se hizo esperar la reacción de miles de personas que en los medios de comunicación convencionales, pero también y sobre todo en las redes sociales opinaban sobre el tema. Lo cierto es que tras la rotunda afirmación de la Kondo se esconde una tendencia actual que es la de ir barriendo visualmente al libro físico del espacio doméstico, condenándolos al exterminio o como mucho al último rincón de la casa. Si hasta hace relativamente poco era algo lógico, además de estar bien visto, dejar espacio en nuestros domicilios para los libros, ahora con el creciente protagonismo de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, parece ir imponiéndose la idea contraria: si todo lo podemos tener al alcance de un click o almacenar en un artilugio electrónico ¿para qué entonces destinar en nuestros cada vez más exiguos domicilios, espacios  para almacenar libros? Y en esta dicotomía nada novedosa se ha colado el oportunismo de Marie Kondo, disfrazándolo de lógica, orden y pulcritud. Escribía Francisco Bejarano que “toda la literatura universal que nadie debería dejar de leer cabe en una covacha. Y sin embargo, aquí está uno revisando su biblioteca, quitando polvo y telarañas, estornudando con la casa patas arriba y encima sufriendo cuando se encuentra un ejemplar herido.” (‘Manual del lector y escritor modernos’. Renacimiento,1999). Y es que pese a que sean muy pocos los libros esenciales al igual que pocos también los que al cabo del año recordamos con agrado haber leído, los que disfrutamos y sufrimos con esa pasión que es la lectura –y no les digo ya los que se confiesan  bibliófilos, bibliómanos o coleccionistas-  seguiremos conservando físicamente esos libros con los que hemos topado en algún momento y nos han dejado una huella –literaria o emocional, ¿qué más da?-  en nuestras vidas. Y esto es imposible que lo puedan eliminar ni  nuevas tecnologías, modas o los oportunismos de gurús efímeros. Ramón Clavijo Provencio



viernes, 1 de febrero de 2019

EFÍMERA


Hubo una época donde la información contenida en la  prensa diaria apenas trascendía más allá de la fecha del calendario en la que se publicaba. Por ello era común hasta bien avanzada la mitad del siglo pasado, que los ejemplares una vez leídos y perdida aparentemente su utilidad, se destruyeran. Ello explicaría que no hayan llegado a nuestros días muchas y valiosas colecciones de periódicos y revistas, pese a que junto a la actualidad del día incluyeran artículos, relatos, o abundante material gráfico. Es decir todo un valioso material hoy día para la investigación, y que ha obligado a los centros bibliotecarios y de documentación  que conservan algunas de estas colecciones, a custodiarlas celosamente no solo por su fragilidad sino también por su rareza, siendo una de sus prioridades proceder a su digitalización (cuando los siempre escasos presupuestos lo permiten). Al igual que la prensa diaria, durante el siglo XIX y gran parte del siguiente se publicaban folletos y revistas efímeras por muy diversos motivos, en la mayoría de las ocasiones ligados a las fiestas locales. En Jerez destacarían “Solera Jerezana”, “Guión”, “Gran Feria de Jerez”, entre un listado interminable. En ellas junto a la información de ese calendario festivo, y si somos curiosos, encontraremos firmas destacadas de literatos, historiadores, publicistas, poetas, bibliófilos, como Pemán, Pérez Solero, Hipólito Sancho, Fernando Bruner Prieto entre otros muchos. A mí siempre me ha atraído hurgar en estas colecciones, pues no es raro encontrarse en ellas algún poema de sorprendente calidad o alguna narración corta que, como diría mi amigo Atanasio,  “se deja leer”. Hace poco hurgando en una colección de folletos encontré un curioso texto bajo el título de “Anécdotas y Chismorreos”, donde el autor escondido bajo las siglas J.M. dejaba, entre otras anécdotas, unas pinceladas gruesas sobre D. Gabriel de Soto y Lavaggi (cuñado de D. Manuel María González Ángel): “D. Gabriel era un solterón muy mujeriego, con queridas y constantes trajines en los diversos puntos donde vivía o por los que viajaba. El motivo de su muerte fue una enfermedad en el pene que le originó grandes dolores, por lo que fue operado en Jerez por el doctor D. Francisco Revueltas  Carrillo y Montel. Se dice que en la operación estuvo presente D. P.N.G., y cuenta este que estaba tan nervioso y preocupado  el paciente en los momentos previos a la operación, por su futuro  sin ese importante miembro de su anatomía,  que el doctor le intentó tranquilizar con estas palabras “No se preocupe Ud., que le dejaré útil para un blanqueo”. En otra ocasión  daré cuenta de otra historia impagable, la de “Perico rata”,  que era el fijador municipal de edictos y avisos, y que nos dejó para la posteridad otro nombre olvidado: A. Rodriguez-Pascual y Vega. Ramón Clavijo Provencio

TARDE


El pasado verano experimenté una sensación nueva (¡ya a mis años!) con respecto a la lectura (¡no se den tan pronto a la imaginación!). Cuando acabé tres novelas, las tres excepcionales, “El azar y viceversa” de Felipe Benítez Reyes, “Galíndez”, de Manuel Vázquez Montalbán, y “El día del juicio”, de Salvatore Satta, noté que quizá había llegado tarde a estas tres obras. De inmediato me consolé con el socorrido refrán: “más vale tarde que nunca”. Y ya más en frío me fui dando cuenta de que con otros libros y autores quizá había llegado demasiado temprano. Un ejemplo, “El Mercurio” de José María Guelbenzu fue una novela que leí demasiado pronto para mis capacidades lectoras; no entendí nada. Mucho más tarde, me reconcilié con el autor, aunque de forma más liviana, con la lectura de la segunda entrega que tiene como protagonista a la jueza De Marco, “La muerte viene de lejos”. No soy lector de novedades, a menos que haya una recomendación muy viva y fiable por medio, e incluso en este caso suelo enfriar la primera excitación por unos meses, para que el libro se oxigene un poco, y al final lo que suele pasar: se terminan por meter otros libros hasta llegar a olvidar los recomendados. La verdad es que de “El azar y viceversa” apenas han pasado dos años desde su primera edición (2016), unos ocho desde la publicación por Anagrama de “El día del juicio” (2010), pero la de “Galíndez” data de ¡1990! Y hasta hace unos meses no he podido disfrutar de sus lecturas. Y lo peor de toda esta reflexión no es el darte cuenta de la tardanza con que he llegado a estas novelas, sino de la cantidad de libros a los que ya empiezo a llegar también tarde, y más agobiante aún, a los que no podré ya leer. Parafraseando a Borges en un poema muy a propósito de lo que estoy escribiendo, diría: “este otoño he cumplido sesenta y dos años, la muerte me desgasta incesante”.  Menos mal que, según información digna de todo crédito, por ahí arriba (o por abajo), hay una biblioteca que regenta un tal Jorge de Burgos ¡Y no se rían!. José López Romero.


viernes, 25 de enero de 2019

MESSI Y LAS BIOGRAFÍAS


Cuando se publicó una de las primeras biografías del gran Lionel Messi, este apenas contaba veintitrés años, y lo primero que se me vino a la cabeza es si a tan corta edad ya daban sus andanzas por la vida para todo un libro, más teniendo en cuenta que no constaba que hubiera padecido hambre o necesidad en su infancia, ni hubiera tenido unos años adolescentes plagados de problemas; todo se reducía a sus primeros equipos en su Argentina natal, a su fichaje por el F.C. Barcelona y a los problemas de crecimiento que tuvo. Poco más. ¿Para un libro y de 288 páginas? Mucha imaginación tuvo que echarle el autor. Ya se sabe, los dioses y los santos tienen estas cosas. Más de dos siglos antes Leandro Fernández de Moratín, en su famosa comedia ‘El sí de las niñas’ (obra que bien merece una revisión periódica para darnos cuenta de dónde venimos y del camino ya afortunadamente andado en determinados asuntos, al menos en ciertas culturas), ridiculizaba hasta la exageración ese gusto desmedido de algunos por el género biográfico. Dª Irene, la madre de la casadera Dª Paquita, para hacer gala de su prosapia, de sus hombres ilustres (aunque familia venida a menos) y de la buena y cristiana educación de su hija, cita a modo de ejemplo a fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán, que murió en “olor de santidad” (magnífico el dardo en la palabra que Fernando Lázaro Carreter dedica a la distinción entre “olor de santidad” y “loor u olor de multitud”), y al que un familiar le está escribiendo una biografía de la que ya lleva nueve tomos, que recoge –como aclara la propia Dª Irene- los primeros nueve años del santo varón, porque el propósito del autor es dedicar un tomo por año de vida a quien vivió la friolera de ¡ochenta y dos años, tres meses y catorce días! “¿Quién sabe –suspira Dª Irene- que el día de mañana no se imprima, con el favor de Dios?” A lo que sentencia su interlocutor, el circunspecto D. Diego: “Sí, pues ya se ve. Todo se imprime”. ¿Todo se imprime o se imprimía en aquellos tiempos de la Ilustración? Pocos años antes de la redacción y estreno de ‘El sí de las niñas’, ya se había publicado la enorme ‘Enciclopedia’ de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, y casi un siglo antes ya la RAE había publicado la primera edición del Diccionario de Autoridades, por poner dos ejemplos de grandes obras llevadas a las prensas, y  aunque no comparables en ningún aspecto con la biografía de fray Serapión. En estos nuestros tiempos y con cierta periodicidad aparece alguien por los medios quejándose del exceso de publicaciones, de que apenas el mercado y los consumidores dan abasto para absorber un pequeño porcentaje de todo lo que se publica, sea ficción, ensayo, revistas, por no decir poesía. Y sin embargo, las editoriales siguen su frenética carrera de novedades, muchas de las cuales, nos tememos, no cubren ni los gastos de edición, por no hablar de promoción y publicidad. ¿Editar ahora, en la edad de Internet, enciclopedias? A nadie se le ocurre, porque ni para librerías de viejo. La biografía de fray Serapión tuvo su momento, cuando al decir de D. Diego, todo se imprimía. Hoy el santo varón sería carne, en el mejor de los casos, de wikipedia. ¿Y Messi? Va camino de un tomo por año. Es lo que tienen los dioses y los santos. José López Romero.

ECOS DE UN ESCRITOR


En el año 1949 salía publicada la novela del sevillano Manuel Halcón "La gran borrachera", novela que tuvo en su momento una cierta repercusión en nuestra ciudad, lugar donde trascurría la trama de la misma. Incluso en su momento el entonces alcalde de la ciudad Tomás García Figueras, se hizo eco del poco "cariño" con el que "La gran borrachera" había sido acogida en la ciudad, dedicando al escritor las siguientes líneas: "No sé de dónde sacaron que esta es una novela de clave. A algún jerezano conspicuo le molestó sin duda que la escribiese un sevillano. Tonterías". Pese a todo el libro fue bien recibido por la crítica en general, como la de José Luis Cano en la revista literaria "Insula",  en la que  venía a decir que no había leído un homenaje al vino de Jerez "tan valioso y delicado literariamente". Más allá de "La gran borrachera", que podríamos considerarla un texto menor en la obra literaria de Halcón, donde destacarían sobre todo “Recuerdos de Fernando Villalón” y “Monólogo de una mujer fría”, pero también de toda su obra, trasciende la propia figura de Manuel Halcón, un personaje fascinante en cuanto a su devenir personal en un periodo muy difícil de la historia española como fue el del primer franquismo, y que hace unos años reivindicaba un libro: "El novelista" de José Vallecillo López (U.S.2001). Muy cercano a los postulados del régimen franquista en su primera época, poco a poco se iría distanciando de estos hasta culminar su giro político -si lo podemos llamar de esa manera- firmando el llamado "manifiesto de los 27", en el que una serie de  procuradores en las Cortes franquistas del año 1943 dirigieron un escrito a Franco instándole a restaurar la monarquía. Por supuesto aquello terminó de la peor de las maneras posibles para los promotores de la iniciativa,  entre ellos Halcón, aunque quizás fue uno de los que salió mejor parado pues aunque fue borrado del mapa político, a partir de ese momento pudo dedicarse a sus quehaceres literarios que era lo que realmente le importaban, y a los que se dedicó intensamente hasta su muerte en 1989. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 18 de enero de 2019

ALUCINACIONES


A veces me asaltan preguntas absurdas o inquietantes, muchas relacionadas con mi pasión  por la lectura, como esta que cíclicamente vuelve una y otra vez  “¿qué libro será el que esté leyendo antes de irme para siempre?” Y lo peor es que cuando surge una de estas interrogantes, me provoca ella sola una cascada de nuevas interrogantes relacionadas con la primera cuestión. “¿Lo habré terminado, o lo abandonaré con el marcapáginas como mudo testigo de hasta dónde llegaron mis ojos?” “¿Será uno de esos libros que no terminan de captar mi atención y en los que busco un motivo para abandonar su lectura? ¿O será, en cambio,  todo lo contrario, de esos en los que  ralentizo la lectura para intentar alcanzar lo imposible: no llegar al punto final?” En un principio no le di excesiva importancia al asunto. “Con la edad, me decía un conocido afectado por otra manía (padece ataque breves de “déjà vu”. Piensa que lo que le pasa en un momento determinado ya lo ha vivido anteriormente), uno va explorando territorio desconocido, tanto en lo físico como en lo emocional, es cuestión de dominarla. Mira a Iñaki Gabilondo que le ha dado por preguntarse cómo será el mundo que vivimos “Cuando ya no esté”. Lo cierto es que he llegado a la conclusión de que con el pasar del tiempo y el aumento de los ataques, tengo alguna patología emocional, seguramente catalogada en algún manual, y que va camino, si no lo ha hecho ya, de cronificar. A veces los ataques traicioneros duran unos minutos; otras veces, como una terrible jaqueca, varias horas.  Es curioso, pero desde que arrastro estas  -no sé cómo definirlas- ¿molestias? he ampliado mi campo de lecturas, y he descubierto a Oliver Sacks lo que considero un verdadero regalo. Al principio con la seguridad de  que tan eminente neurólogo como excelente escritor me diera alguna pista a través de sus “Alucinaciones” (Anagrama. De sus varias ediciones leí la de 2013) o “Veo una voz” (Anagrama. 2015). Me convencí tras estas lecturas de que no tenía nada excepcional, por supuesto nada que ver  con síndromes como el que  hace tener la capacidad de imaginar olores (“Unos pocos nanogramos de vino”), o el aún más raro que te hace desdoblarte hasta verte como si tuvieras delante un espejo (“Doppelgängers”). También me tranquilicé al conocer que ilustres de la cultura y de la literatura también afrontaron en algún momento de sus vidas, alguna  -llamémosle “rareza emocional”- que fue determinante en su obra, y la lista de estos personajes –Dostoievski, Evelyn Vaugh, Henry James….- es tan larga según Sacks que necesitaríamos varios libros para recogerla. No, mi modesto síndrome de seguro no me hará escribir una obra maestra, aunque sí al parecer orientarme hacía buenas lecturas… y descubrir a Sacks. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

SUELTOS


Permítanme que les ponga en situación. Una chica cruza un semáforo y a la espera queda un coche con dos jóvenes dentro, y cuando la primera pasa y arranca de nuevo el vehículo, el copiloto le lanza un beso que encierra toda esa lascivia burda, soez y casposa, esa voz interior de la manada que termina siempre por aflorar en ciertos especímenes de la zoología humana. Y mi primera pregunta fue ¿tendrá madre, hermana y le gustaría que le dedicaran ese gesto?, y la segunda, por deformación de lector sin remedio: ¿qué lee ese bulto? Y mi respuesta o conclusión a esta es siempre la misma: afortunadamente, nada. Y digo “afortunadamente” porque nada gana la literatura o la cultura en general con que los ojos de ese individuo se posen en alguna página; todo lo contrario, la literatura perdería porque la mancharía. Mucho antes de que el Renacimiento y el hombre humanista, hicieran más accesible el libro a través de la imprenta, ya los grandes intelectuales de la Edad Media consideraban el libro como un bien que dignificaba al ser humano, que elevaba sobre los demás a aquellos que tenían la destreza de leer y escribir, como así lo certifican grandes intelectuales de nuestro tiempo como Jacques Le Goff o E. R. Curtius y tantos otros. Yo no quiero que ese individuo, el del beso baboso y repulsivo (“como el vientre viscoso y frío de un sapo”) lea, ni me gustaría siquiera que leyese este artículo, aunque solo fuera para reconsiderar su actitud y censurarse el gesto, no creo en ello. Hay edades o etapas en la vida de una persona en las que se deben hacer ciertas cosas, y cuando se pasa esa edad ya no hay remedio. Y está claro que nada vamos a sacar ya de un cerebro que no fue educado en su momento para la lectura, para que los libros le enseñen el respeto a los demás y las más mínimas normas de urbanidad. Rechazo, por supuesto, pero también preocupación. Como padre de una chica, me preocupa que elementos como esos anden sueltos. José López Romero.

sábado, 12 de enero de 2019

EL INVITADO


La casualidad, que es la madre de toda ciencia inexacta, hizo que se reencontraran aquellos viejos compañeros de colegio y en otro tiempo hasta amigos. Hacía unos años que no se veían, aunque uno sí sabía del otro por los libros que iba publicando, y que con perseverancia oriental había leído por aquello de la antigua amistad que siempre se recuerda con un punto de nostalgia. Aquellos libros se contaban por éxitos, aunque no tan enormes ni sonados como las expectativas formadas en torno al autor y su obra. Del cariñoso saludo se pasó al recuento somero de sus vidas y se emplazaron para una próxima ocasión que no debía tardar tanto. “Oye –le dijo el lector al escritor en el fragor de los abrazos-. Te tomo la palabra. Te invito el sábado que viene a mi casa, a cenar. Es una orden”, bromeó el primero. Y allí que se encajó el ilustre. Y como invitado se acompañó de una botella de buen vino (los deberes de la cortesía) y de cierta inveterada gazuza, porque la literatura siempre despierta un hambre ancestral, y naturalmente un ejemplar de su último libro dedicado. “Toma” -le dijo a su anfitrión nada más abrirle este la puerta de su casa. Pasaron al salón donde dejaron la botella encima de la mesa que ya estaba preparada para la cena; y el amigo abrió el libro, leyó con satisfacción la dedicatoria, le dio las gracias, y lo condujo a su estudio que hacía también de biblioteca. “Venga. Te toca ahora a ti –le dijo al escritor- elegir el lugar donde quieres colocar tu libro. Ten en cuenta que la disposición es cronológica, y aunque tus otras obras las tengo aquí –y le señaló un estante que se perdía en el abigarramiento de volúmenes, unos encima de otros; yo quiero que tú mismo coloques el que hoy me regalas”. El escritor se acercó a sus otros libros, lugar que consideraba el más natural, y se fijó en los autores de los textos que los rodeaban. “¡Pero, hombre, me has puesto al lado de Fulano! Muy buena persona, eso sí, pero de calidad poquita, muy poquita. Su último libro, una recopilación de relatos breves, es un bodrio de consideración. No tiene ni la menor imaginación, y de estilo anda muy cortito. Y ¡hala! Al otro lado mi amiga Menganita, la que se bebería el Nilo si fuera de whisky. Por otra parte, sus novelas no valen un pimiento; mucha retórica y poca sustancia; y escribe como una posesa…¡Y así escribe!... ¡Ah! Y un  poco más allá me tienes con Zutano, el poeta, al que le dieron un premio, el de la constancia de escribir; los otros tres que ha recibido estaban amañados, como todos. Poemas endeblitos que recuerdan a aquellas doloras de Campoamor, más cursis que un guante.” Y así fue repasando la estantería sin convencerle ningún emplazamiento posible, hasta que el escritor se fijó en una mesita que ocupaba un lugar destacado en el salón, encima de la cual y en un atril reposaba la Primera Parte de “El Quijote” en edición facsímil que publicó hacía ya unos años la RAE, se acercó, ojeó el volumen y quitando el tomo cervantino, dijo: “Aquí luce más mi libro. Así lo verás todos los días y recordarás nuestra amistad”. José López Romero.

PREMIOS DE INVESTIGACIÓN


Hemos asistido durante las últimas semanas en nuestra ciudad, a la publicación de interesantes trabajos de investigación sobre distintos aspectos de su historia. Historiadores como Fernado López Vargas Machuca, Javier Jiménez  López de Eguileta, Diego Caro o la aparición de un nuevo número de la “Revista de Historia de Jerez”, conteniendo en sus páginas 13 artículos de otros tantos historiadores y que exponen el fruto de sus estudios, nos dan prueba por un lado  de la vitalidad de la historiografía local, pero por otro lado nos da una visión engañosa de los medios y posibilidades que encuentran los estudiosos para dar a conocer el fruto en muchas ocasiones de años de arduo trabajo. Y digo todo esto porque hoy más que nunca sería interesante que esta ciudad viera surgir la convocatoria de un Premio de Investigación histórica o recuperara aquel premio "Manuel Esteve" que convocó el Ayuntamiento de nuestra ciudad desde1995 a 2007, y que  fue un estímulo para la investigación sobre la ciudad y su zona de influencia. Venía entonces el mencionado Premio a ocupar el hueco que dejaba otra convocatoria emblemática cual fue el Premio de Investigación de la Caja de Ahorros de Jerez.  Estuve colaborando con entusiasmo desde los orígenes con el "Manuel Esteve", y fui testigo como secretario del Jurado de aquellos premios de enconados debates, jocosas situaciones incluso de momentos de tensión entre los prestigiosos historiadores que siempre lo formaron. Pero sobre todo el recuerdo que me queda de aquellos premios es que se hacía una labor importante tratando de facilitar la salida a la luz de muy necesarios trabajos de investigación, y  que bien merecían ser conocidos y difundidos. Aquellos estudios firmados por Antonio Cabral, Jesús Manuel González, Diego Caro, José López, Manuel Romero o José A. Mingorance entre otros, son hoy referente para muchos historiadores que pudieron acceder a ellos gracias a la colección creada por el Servicio de publicaciones Municipal, y  que llegó a publicar los textos premiados de las siete convocatorias realizadas (una quedaría desierta). Ojalá  vuelva este tipo de iniciativas que auspiciadas por instituciones públicas o privadas apuesten otra vez por la Cultura con mayúsculas, mirando más allá de los efímeros ciclos festivos anuales. Ramón Clavijo Provencio.