sábado, 26 de octubre de 2019

EL DOCUMENTO


Hace unos días me topé con un documento que pese a ser testimonio de un acontecimiento de relevancia en la historia cultural de la ciudad, permanecía olvidado en un viejo archivador del año 1975. El documento en cuestión describía el estado en que se encontraba la Biblioteca Municipal y el Museo Arqueológico un 26 de julio del mencionado año en el que Manuel Esteve Guerrero, hasta ese momento su director, ponía fin a su carrera profesional por jubilación tras 42 años al frente de ambas instituciones. Al pie del papel las firmas del secretario general del Ayuntamiento, del que sería su sustituto D. Manuel Antonio García Paz, y de él mismo. La sensación que me produjo la lectura de aquel documento oficial y de apenas un folio de extensión, fue de sorpresa no exenta de amargura. ¿En aquel folio de un papel que ya amarilleaba por el paso del tiempo se podía condensar una vida profesional tan rica como la de Esteve? Lo cierto es que tras aquellas líneas mecanografiadas, tan detallistas como frías, donde se daba cuenta del número de obras que conservaba la biblioteca y su organización, o de las piezas más representativas del Museo y su procedencia, era muy difícil encontrar al Esteve que entre las lomas de Asta se convertiría con el paso del tiempo en recordatorio de lo que aún queda por hacer en pro del conocimiento de nuestra historia, o del bibliotecario que durante décadas luchó contra los imponderables, poniendo los cimientos de un servicio bibliotecario útil para los ciudadanos y garante de su patrimonio bibliográfico. A propósito de todo esto me viene a la mente una de las tantas anécdotas que nos han llegado en torno a Esteve. Transcurría 1952 y se editaba por el Instituto General Franco de estudios e investigación Hispano Árabe (Editora Marroquí. Tetuán) el libro de Juan José Jáuregui ‘Posible localización del mítico Tartessos’ donde se defendía la ubicación del legendario reino en la desembocadura del Guadiana, en Castromarín. Dos años antes Manuel Esteve había concluido su tercera campaña de excavaciones en Asta (en la imagen) con muy escasa financiación y buscaba editar los resultados de las mismas. La publicación de aquel libro de Jáuregui por el Instituto General Franco a la sazón dirigido por Tomás García Figueras, mientras el arqueólogo municipal mendigaba ayuda institucional para publicar el resultado de su última campaña en Asta y encontrar financiación para la siguiente, que sería finalmente la última, provocó un poco conocido desencuentro entre estos referentes de la cultura  de nuestra ciudad. Sin duda  aquel documento  transmitía en su brevedad y concreción más de lo que a simple vista se leía. Lo devolví al archivador y medité sobre si alguna vez alguien volvería a posar su mirada sobre él. Ramón Clavijo Provencio.

AQUÍ NO LEE NADIE


“Al final va a tener razón el protagonista de ‘Intento de escapada’, una excelente novela de Miguel Ángel Hernández, cuando asegura que nadie lee nada”, se me lamentaba el otro día un compañero de profesión y amigo. Y añadía en un monólogo que más tenía de resignación que de rebeldía: “¡pues no se me ocurre preguntar en los primeros días de clase a los alumnos qué han leído en verano y apenas me levantan la mano unos cinco! Pero lo más grave, con serlo, no es esto, lo peor vino después… Me voy a tomar un café y me encuentro con algunos compañeros, entre ellos una profesora de Lengua y por empezar una conversación se me ocurre la dichosa preguntita, y cáete al suelo: ¡no había leído nada!”. Hay personas como este mi compañero que siguen manteniendo una cierta capacidad, cada vez más menguada, de sorpresa y, lo que es peor, una, cada vez también más disminuida, confianza en el ser humano y, en particular, en los compañeros de profesión. Eso de que la lectura se le presupone al profesor de Lengua es una afirmación de otro tiempo, del mismo en que también el valor se le presuponía al soldado. Hoy las cosas han cambiado mucho en todos los órdenes y disciplinas. Hoy basta con saber lo que pone el libro de texto o manual para dar una clase, porque nadie te exige que sepas más que eso. Hoy, basta con tener unos índices de aprobado acordes con lo esperado por el sistema para que se enmascare el fracaso escolar, unas estadísticas que de ninguna manera representan lo que sabe un alumno o alumna, sino un aprobado bajo el que se esconde a veces la mediocridad del profesor. “Esa profesora –concluía mi amigo- terminará por saber a lo largo de toda su carrera profesional como mucho el manual de la asignatura, ayudada claro está por el solucionario de las actividades, y con eso se pasará años y años”. No pude por menos que darle la razón, aunque le aclaré acudiendo al refranero que esa golondrina no hace verano. No sé si le sirvió como consuelo a su desolación profesional. José López Romero.

sábado, 5 de octubre de 2019

MÁS SORPRESAS


El año pasado casi por estas mismas fechas publicaba, a modo de inicio del curso y cierre del periodo veraniego y vacacional, un artículo en el que confesaba una de las sorpresas que me habían deparado las lecturas de aquel ya lejano verano: el retraso con que a veces llega uno a ciertos libros. Y ponía como ejemplo ‘El azar y viceversa’ de Felipe Benítez Reyes y, sobre todo, ‘Galíndez’ de Manuel Vázquez Montalbán (lecturas que sigo considerando muy recomendables). Al menos me consolaba con el socorrido refrán “más vale tarde que nunca”. Pues bien, esa misma sensación he experimentado con otro libro este verano: ‘Las armas y las letras’ de Andrés Trapiello. Quizá sea por una tan subjetiva como absurda prevención contra este escritor (a veces demasiado oportunista en sus publicaciones), o porque lo primero que leí de él fue uno de sus infinitos en número volúmenes de sus diarios (todos bajo el título genérico de ‘El salón de los pasos perdidos’), lo cierto es que no le tenía yo mucha afición ni ganas de seguir leyéndolo; sin embargo, ‘Las armas y las letras’ ha sido sin duda mi gran descubrimiento, tardío ya lo sé, de este verano y que no me he resistido a reseñar en esta misma página. Pero estos últimos meses han dado para mucho más, hasta el punto de que he descubierto otra sensación con las lecturas (¡a mi edad!, como decía el año pasado): la inutilidad de ciertos libros. Tan interiorizada tenía la máxima de Plinio el Joven de que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno, que nunca me he parado a pensar en que pudiera haber libros prescindibles, inútiles, que si no se hubieran escrito no habría pasado nada, incluso el mundo sería algo mejor (exagero, porque esto no hay quien lo arregle). Esa sensación, aunque no logré entenderla del todo, ya la tuve hace unos años con ‘Zonas húmedas’ de Charlotte Roche, una novela ordinaria y de mal gusto, propia de esa literatura que se publicita bajo el calificativo de “transgresora” ¿Y con qué libro he tenido este verano esa sensación? Pues lo voy a decir aunque ello me cueste alguna reprimenda: la novela ‘Lejos de Veracruz’ de Enrique Vila-Matas. De este escritor me gustaron y mucho dos obras: ‘Bartleby y compañía’ e ‘Historia abreviada de la literatura portátil’; pero no me gustó nada ‘Aire de Dylan’ y esta última incursión en su novelística me ha resultado decepcionante. Quizá el comienzo de la novela atrape al lector, pero después resulta insulsa, con poca gracia y apenas interés. Ya sé que Vila-Matas es para muchos un escritor de los llamados “de culto” (otra denominación que hay que poner en cuarentena o bajo sospecha) y quizá yo me tenga que aplicar la variante de Óscar Wilde a la frase de Plinio: “La verdad es que no hay libros malos, lo que hay son malos lectores” y yo sea un mal lector de Vila-Matas. Pero ‘Lejos de Veracruz’, se pongan como se pongan Plinio y Wilde, es un pestiño. José López Romero.

CÓMICS


Durante la guerra de Cuba el potentado americano William Randolph Hearts, dueño de un imperio empresarial  que incluía  28 periódicos, y que sirvió de modelo  para el genial Ciudadano Kane de Orson Welles, fue un elemento decisivo para mover la opinión pública de su país a favor de una guerra contra España. Una opinión pública en principio bastante tibia y despreocupada por lo que acontecía en la mayor de las Antillas. En esa campaña propagandística contra los españoles, en la que también tuvo mucho que ver otro magnate americano Joseph Pulitzer, alcanzó mucho éxito el personaje de “The Yellow Kid” (El Chico amarillo), unas tiras protagonizadas por Mickey Dugan y donde se manipulaba la realidad, lo que fue el origen de lo que andando el tiempo se denominó despectivamente “prensa amarilla”, por el color del personaje de aquellas tiras. Desde entonces el atractivo pero también el poder de los cómics o historietas no paró de crecer, primero como un elemento más de la prensa para criticar o caricaturizar, en lo que conocemos como prensa satírica, la realidad política o social de un país, luego independizándose con publicaciones propias y de temática muy variada, muchas de ellas orientadas al público infantil pero sin desdeñar al adulto para el que fueron andando los años ofertándose cada vez más publicaciones. Durante el largo tiempo trascurrido desde la aparición de aquel “Chico amarillo” estadounidense, o las tiras que aparecían en la británica “Punch”, pasando por la española “La Flaca” o el jerezano Don Fastidio, hasta hoy han ido calando en la memoria colectiva nombres ya míticos de cabeceras de revistas de cómics como “Pilote”, “Cimoc”, “Madriz”, y una interminable lista de superhéroes o aventureros surcando los más diversos escenarios y épocas hasta llegar a la eclosión de la novela gráfica. La novela gráfica  en la actualidad  con la edición de títulos como ‘Persepolis’, ‘Maüs’ o, entre los españoles, ‘Los surcos del azar’, ha llevado al género a sus cotas más altas. A partir del 24 de octubre, la Biblioteca Municipal de Jerez recorrerá en una pequeña pero muy interesante exposición, los principales hitos de esta historia. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de agosto de 2019

LECTURAS DE VERANO III


Una hermosa doncella

Joyce Carol Oates. Debolsillo, 2015.
Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York. 1938) forma parte de esa estirpe de excelentes escritoras norteamericanas que con sus obras llenan las páginas más ilustres de la literatura del siglo XX, entre las que se encuentran Margaret Atwood, Alice Munro o la poeta Sylvia Plath. ‘Una hermosa doncella’ es un relato de esos que desde su comienzo ya empieza a inquietar al lector. El encuentro del viejo Marcus Kidder con la joven niñera, solo dieciséis años, Katya Spivak, da lugar a toda una historia en la que se mezclan el latente erotismo, las diferencias de clase, una educación familiar deficiente y falta de valores… Es decir, todos los ingredientes para que esa relación entre el rico, esteta y manipulador Marcus y la interesada y falta de cariño Katya se vaya desarrollando por unos caminos tortuosos sin que el lector sepa claramente cuál es la meta hasta el final. Un relato en el que Oates nos da una lección de análisis de los personajes. J.L.R.

La oficina de estanques y jardines

Didier Decoin. Alfaguara, 2017


A veces hay que volver sobre determinados libros.  No importa que el tiempo nos aleje de su fecha de edición, pues lo hacemos con la convicción de que hay historias que no pueden o deben pasar al olvido, para dejar paso a la marabunta de  nuevas ediciones, la mayoría de una mediocridad hiriente. Este es uno de esos raros libros con los que a veces nos topamos, y nos convencen de que la literatura es un país para ser transitado por pocos. Didier Decoin no es un desconocido, premio Goncourt en 2017, es toda una institución en las letras francesas que ahora se adentra con especial maestría   en   un   mundo   singular,   el   del   Japón   del   siglo   XII.   El   viaje   de   la protagonista   Miyuki,   la   viuda   que   sorteando   inconvenientes   y   peligros   se aventura   en   un   largo   viaje   a   llevar   las   carpas   cultivadas   con   mimo   por   su difunto marido al estanque real, me ha recordando relatos como   ‘El rumor del Oleaje’  de Mishima. Una bella historia  sustentada en  un estilo fruto de la más elevada literatura. R.C.P.

jueves, 1 de agosto de 2019

LECTURAS DE VERANO II


El primer asesinato de Franco

Ángel Viñas. Crítica, 2018
Por una u otra cosa la figura del general Franco sigue gravitando sobre nuestra historia reciente, y a ello también contribuyen los innumerables estudios que tratan de explicar el porqué controló los destinos de nuestro país con puño de hierro durante casi cuarenta años. Uno de esos estudios es este fruto de una meticulosa investigación de un grupo multidisciplinar dirigido   por el historiador Ángel Viñas. En algunos aspectos nos recuerda el estilo de ese otro historiador Max Gallo en “La noche de los cuchillos largos”,  y en todo caso la de aquellos investigadores –Antony Beevor es uno de sus máximos representantes- que logran ese difícil equilibrio entre rigor, pulso narrativo y amenidad. Ya trató Viñas en un libro anterior  -“La conspiración del General Franco”- la muerte del general Balmes en un oscuro accidente días antes de la sublevación militar del 36. Pero  lo que antes era una hipótesis ahora se convierte en certeza. R.C.P.



Galíndez

Manuel Vázquez Montalbán. Debolsillo, 2004.

Más tiempo del que debería ha pasado esta novela en la estantería siempre expectante a ver si un día me daba por cogerla y leerla. Hasta que hace unos días me decidí a ello, y desde la primera página hasta la última no he dejado de alegrarme de esta decisión. Conocía al Vázquez Montalbán, al margen de su Carvalho, a través de una novela que me impresionó en su momento y de la que guardo un excelente recuerdo, Los alegres muchachos de Atzavara, y esta de Galíndez me ha terminado por confirmar que Vázquez Montalbán es mucho más y mejor escritor que aquel reconocido por sus novelas negras. La reconstrucción de la muerte de Jesús Galíndez, personaje real que vivió en la República Dominicana del general Trujillo y que fue secuestrado por un comando en su piso de la Quinta Avenida de Nueva York, torturado y asesinado por los esbirros de Trujillo, es sencillamente impecable y narrativamente de una gran intensidad. Muy buena. J.L.R.

martes, 16 de julio de 2019

LECTURAS DE VERANO I


Miedo


Stefan Zweig. Acantilado, 2018.

Ya a estas alturas hablar de la maestría de Stefan Zweig se nos antoja un tanto ocioso; maestría en todo y cada uno de los géneros que a lo largo de su dilatada carrera como escritor tocó, y a los que engrandeció como muy pocos escritores han logrado: ensayos, biografías y, en este caso, en la novela corta, un género en el que siempre descubrimos algo más de Zweig. Si enormes son la “Partida de ajedrez”, o “Cartas a una desconocida”, o “Mendel el de los libros”, por citar solo tres, esta que reseñamos “Miedo” nos ofrece un análisis psicológico de la protagonista que pocas veces, si no es en los grandes maestros, podemos leer. Irene Wagner empieza a ser chantajeada por la que dice ser novia de su amante; chantaje al que accede para no perder su privilegiada posición social, pero que la hace caer en la angustia y la desesperación. Otra obra maestra de Zweig. J.L.R.


El Dolor de los demás

Miguel Ángel Hernández. Anagrama, 2018.


Han pasado algunos meses desde la presentación de esta novela. Con algunos libros pienso hay que mantener alguna distancia temporal, sobre todo con aquellos en los que hay una  fuerte reacción -positiva o negativa- de crítica y lectores como es el caso. Hay que tratar de no verse excesivamente contaminado de lo que otros han encontrado o dejado de encontrar en una historia, lo que a veces no es fácil.  Pero entre tantas opiniones sobre este libro, yo he llegado tras su lectura a mis propias conclusiones. Y la primera es la de haberme topado con una historia excepcionalmente contada. Y es ese estilo singular el que dota de mayor fuerza de la que ya tenían de por sí,  a unos hechos trágicos perdidos en la memoria del autor: aquel viejo  amigo que se había suicidado tras asesinar a su hermana. La búsqueda del por qué, tras veinte años, de aquel suceso, es un viaje  en el que el autor logra la compañía entusiasta del lector. R.C.P.

viernes, 21 de junio de 2019

INTRODUCCIÓN A LA HISTORIOGRAFÍA JEREZANA (S. XXI)


En un artículo publicado en la ‘Revista de Historia de Jerez’ del año 2000, Ramón Clavijo y quien suscribe hacíamos un somero repaso a la historiografía local hasta finales del siglo XX. Tenía un carácter divulgativo, en un intento de “acercar el trabajo del investigador al gran público”. Comentábamos que fue don Tomás García Figueras, en los años sesenta, quien abrió la veda a esta clase de estudios, apartándose del clásico manual de historia para adentrarse en los entresijos de la personalidad de los historiadores valorando sus aportaciones al conocimiento de la trayectoria de nuestra ciudad a través de la Historia. Es cierto que a finales del XIX el ‘Discurso sobre las historias y los historiadores de Jerez’, de Manuel Bertemati Troncoso, podría considerarse un trabajo historiográfico, si bien está a medio camino entre el ensayo y el estudio científico. Tras ese artículo que mencionamos al principio, los mismos autores ofrecimos dos conferencias sobre el mismo asunto, en 2001 y en 2011, haciendo un recorrido por los personajes más señalados que se habían ocupado de Jerez, desde Herodoto o Theopompos (S. V-IV a. C.) hasta los historiadores más recientes como Caro Cancela o Cabral Chamorro. En la actualidad, cuando ya gastamos casi dos décadas del siglo XXI, la historiografía de nuestra localidad ha crecido vertiginosamente, no solo en monografías sino en innumerables artículos en revistas especializadas. Y el abanico de temas ha trascendido lo puramente histórico: arte, patrimonio, demografía, educación, biografías, urbanismo, e incluso fotografía. Consignar todo lo escrito hasta hoy rebasa los límites de estas líneas. A modo de ejemplo: ‘Historia general del libro y de la cultura en Jerez’ (2003), de varios autores; ‘De la ciudad de Dios a la ciudad de Baco’ (2007), de Aroca Vicenti; ‘175 años de fotografía: una mirada desde los fotógrafos de Jerez’ (2014) del desaparecido Adrián Fatou ; ‘La parroquia de San Mateo de Jerez de la Frontera ...’ (2018), coordinado por Javier Jiménez López de Eguileta; ‘Inscripciones latinas de Jerez de la Frontera’ (2016), de Ruiz Castellanos, García Romero y Vega Geán, etc. Tiempo habrá de ir desgranando la mayoría de las publicaciones locales y abundando en algunas. Nos detenemos en dos de ellas. En primer lugar, el volumen que recoge las ponencias de las I Jornadas de Historia Contemporánea, celebradas en nuestra ciudad en octubre de 2015 y publicadas bajo la coordinación de Diego Caro Cancela y José A. Mingorance Ruiz, que versaron sobre ‘El movimiento obrero en la historia de Jerez y su entorno (siglos XIX y XX)’ y en el que participaron historiadores como Enrique Montañés Primicia, Fernando Romero Romero o Lola Lozano Salado. Y en segundo lugar, un libro de arte divulgativo, ‘Iglesias y conventos de Jerez’ (2018) de Romero Bejarano (cuya cubierta ilustra este artículo), una monografía absolutamente recomendable para conocer nuestro patrimonio y saber qué estamos viendo cuando paseamos por el rico casco antiguo de la ciudad de Jerez. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

PIGCASSO


Hace unas semanas era noticia en los medios de comunicación una cerda que pinta cuadros, a la que han bautizado con el nombre de “Pigcasso”. No sé cómo anda la cosa por las compatibilidades y semejanzas en el ADN de cerdos y humanos, lo mismo solo nos diferenciamos en un gen, el que convierte a algunos humanos en cerdos y a algunos cerdos en humanos. En cualquier caso, este Pigcasso es una vuelta de tuerca más en ese famoso dicho, que yo suscribo totalmente, de que del cerdo se aprovecha hasta sus andares. Lo cierto es que la artista tiene ya página web y de que sus cuadros se cotizan a más de mil euros, dinero que se ingresa al parecer en una institución o asociación dedicada al cuidado de animales. En unas declaraciones de su dueña, esta comentaba que en los cuadros se podían apreciar los distintos estados de ánimo de la cerda, a la que se le veía en la televisión enfrascada con pincel en la boca ante un lienzo que iba cubriendo de líneas y colores. Al margen de la trascendencia o interés que les podamos conceder a la noticia y a su protagonista, estas no dejan de ser un perfecto ejemplo de hasta dónde hemos llegado en el comercio del arte. Que un cuadro de Pigcasso pueda alcanzar los cuatro mil euros es sin duda un insulto a la pintura y al arte en general, y a la capacidad intelectual del ser humano, representado en el comprador, cuando tantos artistas andan por el mundo sin que se les reconozca su arte y cuando la historia de la cultura está llena de agravios, genios incomprendidos en sus respectivas épocas. Por mi parte, el día en que un cerdo escriba un poema o una novela y haya un editor decidido a publicarlos, no me quedará más remedio que replantearme mi relación con la literatura y, de inmediato y muy a mi pesar, hacerme vegetariano, a ver si por unas malas en una loncha de jamón o de lomo me esté comiendo al Cervantes de la piara porcina. José López Romero.


viernes, 7 de junio de 2019

LA BOMBA


Todos guardamos en la memoria y, si no, ya las cadenas televisión se encargan de refrescárnosla con cierta periodicidad la gran, enorme seta que produjo la explosión de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, con la que se daba el aldabonazo definitivo a la Segunda Guerra Mundial. Esto sucedía el 6 y el 9 de agosto de 1945. Y permítanme mi ignorancia o desinformación, quizá consecuencia del rechazo que provoca o debería provocar en todo ser humano un acontecimiento tan terrible como el lanzamiento de aquellas bombas. Las imágenes de las dos ciudades japonesas convertidas en un amasijo de ruinas y cuerpos destrozados, carbonizados, y las posteriores consecuencias en la población que pudo sobrevivir a duras penas y con enormes y terribles malformaciones, siempre y a pesar del tiempo transcurrido nos estremecen y son un excelente motivo de reflexión sobre el horror que es capaz de generar el ser humano contra sí mismo, así como un ejemplo permanente de a lo que nunca debemos llegar. Pero todo esto viene a cuento no por lo obvio de lo que hasta aquí he escrito sino, y retomando lo antes dicho, por la sorpresa que me produjo (de ahí mi ignorancia o desinformación) cuando al leer ‘El arte de la distorsión’ del colombiano Juan Gabriel Vásquez (libro muy recomendable), y al hilo de unas traducciones sobre precisamente la bomba atómica, me entero de que los norteamericanos pudieron perfectamente prescindir del lanzamiento de estas, pues ya todos sabían que la rendición de Japón era inminente. He buscado en Internet (dónde si no) más información al respecto, para comprobar si J. G. Vásquez me había metido en uno de esos laberintos de ficción que tan magistralmente compone en sus novelas, una especie de distopía del horror, pues no daba crédito a lo que estaba leyendo. ¡La destrucción total de dos ciudades por el solo motivo de la disuasión! Ya había leído en la también estremecedora ‘Historia natural de la destrucción’ de W. G. Sebald cómo los bombardeos de los aliados habían tomado como objetivo 131 ciudades alemanas para lanzar indiscriminadamente su arsenal de muerte; resultado: unos seiscientos mil civiles alemanes muertos, ciudades arrasadas y millones de personas sin hogar. Y todo esto me hace recordar que en el hermoso libro ‘Los girasoles ciegos’, en su primer relato, el capitán Carlos Alegría se pasa el último día de la Guerra Civil española del bando franquista al republicano porque el vencedor no quería realmente ganar la guerra, sino aniquilar al enemigo. Ya sabemos lo que significa una guerra, lo hemos visto por desgracia demasiadas veces en la televisión, y el siglo pasado nos da ejemplos memorables de ello, desde sus inicios hasta el mismo fin de la centuria. Las bombas atómicas, como los bombardeos sobre población civil no hacen más que confirmar lo que sentía el heroico, el derrotado, el vencido capitán Alegría. Se pudieron haber evitado, se sabían perfectamente las terribles consecuencias y a pesar de ello se lanzaron.  No hay honor, no hay gloria en los vencedores, solo desolación y vergüenza. José López Romero.



PASIÓN POR LOS VIEJOS CÓMICS


Pasé una mañana entretenida. Hacía tiempo que no me marchaba de un mercadillo con la satisfacción de haber encontrado y adquirido algo interesante. En este caso algunos singulares materiales bibliográficos: dos ejemplares de Roy Rogers, un libro de la colección “Héroes” de Bruguera y por fin, quizás el que más satisfecho me había dejado, uno de los primero números de  ‘Pumby’, aquella publicación semanal que hizo las delicias de los más pequeños a mediados del pasado siglo,  generación que creció en los inicios de la televisión  y todavía alejados de la revolución que significaría la era digital. En este caso el mercadillo que había visitado era el que todos los domingos se levanta alrededor del edificio de Correos, anexo a la plaza de Las Flores de Cádiz. Ya lo conocía de alguna visita anterior, pero nunca tuve la suerte de encontrar aquel puesto abarrotado de viejos cómics, un material no precisamente fácil de encontrar, sobre todo si lo que buscamos como es mi caso, son ejemplares anteriores a los años 80 del pasado siglo.  Con este material bibliográfico ha pasado algo parecido a lo sucedido con la prensa hasta bien entrado el siglo XX. Es decir, al ser un material efímero y de rápido consumo   no se tuvo durante muchos años en cuenta la importancia de su conservación, algo que vendría mucho después. Así, de la misma manera que de históricas cabeceras de prensa es muy difícil encontrar colecciones completas, y en algunas incluso ejemplares, de estos cómics antiguos de los que les hablo y que siempre ejercieron sobre mí una especial fascinación, sucede otro tanto. Hoy día es complicado encontrar ejemplares de según qué colecciones, lo  que ha favorecido la edición de facsímiles. La búsqueda hay que realizarla más que en librerías de viejo, en colecciones de particulares que acepten el trueque, o en mercadillos. Qué duda cabe que el éxito de la actual novela gráfica ha devuelto el interés por el cómic en general, y en cierta manera por sus orígenes, y no son pocas las instituciones culturales y bibliotecas públicas las  que, a la vez que coleccionistas particulares, tratan de completar sus  escasas  colecciones para ponerlas a disposición de sus usuarios, lo que vaticinamos representará una grata sorpresa para las nuevas generaciones de lectores. Ramón Clavijo Provencio.



viernes, 31 de mayo de 2019

VOLVER POR LAS ACERAS SIN MEMORIA


Hace unas semanas se presentó en la Fundación Caballero Bonald el último libro de poemas de Pepa Caro Gamaza. Un conjunto de doce poemas más uno a modo de final, en los que Pepa recrea la personalidad y las vivencias, algunas compartidas por la propia autora, de doce mujeres. Es indisoluble en Pepa Caro dos facetas de su vida que se reflejan en su obra o, mejor dicho, son consustanciales a ella y a sus libros: su nacimiento en Arcos de la Frontera y su vocación de historiadora (es licenciada en Historia General por la UCA). Y de esos dos componentes o herencias (como los llamaría Marina: la biológica y la cultural), se nutren sus versos y su prosa; de ahí libros como ‘El exilio de Zaynab’ (prosa poética), ‘Con todo el invierno dentro’, ‘Las calles de la lluvia’, y finalmente este último titulado ‘Volver por las aceras sin memoria’, con prólogo del gran poeta también arcense Antonio Hernández. Las doce mujeres que Pepa Caro trae a sus versos son de Arcos y pueden dividirse en dos grupos: aquellas que Pepa conoció cuando ya eran mujeres adultas (Magdalena, Carmela, Jerónima, Frasquita…); y aquellas con las que compartió su infancia, adolescencia e incluso experiencias ya adultas, como la maternidad (Margarita, Mami, Laura…). Las primeras, vestidas de negro, con sus rodetes, sus canas, sus pañolones… son mujeres antiguas como sarmientos, como troncos de olivo que nos recuerdan a nuestras abuelas; las segundas, mujeres jóvenes herederas de esa tradición que va pasando de madres a hijas, de abuelas a nietas. Mujeres todas ellas abnegadas, fuertes, luchadoras, sufridas, trabajadoras de su casa, que se agrandan en las dificultades y que saben con ánimo y nobleza esperar y aceptar a la muerte, uno de los temas fundamentales del libro y que Pepa sabe describir con toda clase de imágenes. “Para que conociéramos el dolor / la muerte, el amor, la alegría”, dice uno de sus versos, y así es. ‘Volver por las aceras sin memoria’ recoge en los doce retratos de mujeres todos esos sentimientos y experiencias. El dolor por la pérdida de seres queridos (la viudez también presente en los poemas), por la pérdida prematura de Laura; y también el amor en todas sus versiones y manifestaciones: a la familia, a los hijos, a las amigas, a Dios y el amor conyugal (“…un buen día –era azul el cielo / e insolente la primavera-, / anudó la corbata / a su gentil esposo /y le dijo por primera vez / cuanto lo estaba amando / entre espadañas de Dios y campanas”). Y la alegría de los juegos infantiles, de la llegada de la Navidad, de los veranos que se acaban para “regresar a los cuadernos / o al inconfundible olor a la escuela”. Pepa Caro en la presentación y al hilo de la emotiva lectura de algunos poemas, fue desgranando la historia que se esconde en cada una de estas mujeres, historias llenas, como su verso dice, de dolor, de muerte, de amor y de alegría. Poesía de intimidad, de búsqueda de su infancia, su adolescencia, de sus raíces en esos retratos, en esas mujeres ejemplos de vida, para que a través de los versos de Pepa las aceras recobren su memoria. José López Romero.


HISTORIOGRAFÍA DEL JEREZ


Se celebraron la pasada semana en nuestra ciudad las XXV Jornadas de Historia de Jerez, la tradicional cita anual con la historia local y que en esta ocasión se dedican a la relación de la ciudad con el vino, o lo que es lo mismo “Jerez y el jerez: huellas de una relación histórica”. Esta relación histórica sin duda ha sido total impregnando, y no solo con los olores de los famosos caldos, que también, todos los aspectos de la vida local hasta convertir el vino en el sello distintivo de  Jerez y  que la identifica universalmente. Multitud de trabajos han ido escarbando en este apasionante mundo, y a lo largo de los años han ido aportando intensas visiones desde los más variados puntos de vista sobre esa relación de la que hablábamos antes. Sería ingenuo por mi parte pretender que en estas breves líneas podamos siquiera aproximarnos a dar cuenta de cada uno de estos trabajos, aunque sí nos atreveremos a continuación a relacionar algunos de los más representativos, teniendo en cuenta también la variedad de miradas con las que la investigación se ha acercado a este tema. Entre los trabajos decimonónicos el muy alabado en su día ‘Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid’ de Parada y Barreto. Por supuesto el ‘Jerez, Xerez, Sherry’ de González Gordon que significó un antes y un después en la investigación sobre el mundo del jerez, gozando de varias reediciones y convirtiéndose en casi un libro de culto. Avanzando mucho en el tiempo mencionar entre los muchos trabajos de Alberto García de Luján ‘La viticultura del jerez’, pero también la rigurosa y espléndida visión que nos deja Fernando Aroca  en ‘De la ciudad de Dios a la ciudad de Baco’, aspecto temático en el que ahonda también el arquitecto José Manuel Aladro con su libro ‘La Construcción de la ciudad Bodega’. Entre los numerosos trabajo de Javier Maldonado  destacaríamos el ya clásico ‘La formación del capitalismo en el marco del Jerez’ y por mencionar algún libro de autor foráneo que haya dejado huella ‘El vino de jerez’ de Julian Jeffs. Sin duda no están todos los que son pero sí son todos los que están. Ramón Clavijo Provencio.



viernes, 10 de mayo de 2019

EN LA NOCHE DEL MUNDO


A veces con el fin de reducir la poesía a sencillas operaciones, se habla de poetas que después de sus primeros poemas o libros no deberían de haber escrito nada más, y de esos otros que van envejeciendo como los buenos vinos, y los que fueron aquellos sus versos de juventud, se van transformando con el paso del tiempo (que es sabiduría, experiencia y dominio), en poemas de solera, que llenan el paladar más exigente. Mauricio Gil Cano pertenece a este segundo grupo de poetas, como así lo atestigua su último libro titulado ‘En la noche del mundo’ (ediciones Dalya, 2019. Con prólogo de Juan Diego Fernández). Con un valor añadido en el caso que nos ocupa y que ya he señalado en otra ocasión: Mauricio es de esos poetas que viven la literatura sin añadir a lo último ninguna preposición (ni “para” ni “por” y mucho menos “de”). Vida y literatura, sin más. Y de la misma manera que ya ha entrado de lleno en su madurez, de igual forma notamos una mayor conciencia, una maduración, un dominio del arte, el tono más personal, en definitiva, con el que el poeta se va sintiendo más a gusto. Y es entonces cuando el verso sale más reposado y sentido. ‘En la noche del mundo’ se divide en tres secciones: “Entre tinieblas”, “Lira cristiana” y “Homenajes”, aunque quizá habría que hablar de dos partes, más una coda en la que el poeta rinde su verso a amigos y familiares, de lo que después nos ocuparemos. La unidad del libro se puede observar en la tensión que se establece entre las dos primeras partes, una tensión que se resuelve en la contraposición “oscuridad/luz”. Una oscuridad en la que el poeta se pregunta por la existencia de Dios, lo que le lleva a hacerse las preguntas universales: y si no existe, ¿existimos nosotros? ¿podemos existir sin Dios? Como nos plantea en poemas “Muerte de una idea” o “Sobre la vida eterna”. Así, para Mauricio el hombre vive esa gran travesía del desierto en busca de un Dios como un ángel caído, en la oscuridad de noches sin sueños (“El verso que anuncia”). Un Dios que a veces es el del Antiguo Testamento, pero sobre todo ese Cristo al que ve el poeta sufrir en la cruz y con él se duele: “Traspásame, Señor, con esa lanza / y clávame la luz de tu armamento. / Inúndame de sol, de firmamento, / incéndiame los ojos de esperanza”. Y después de la tinieblas, la luz. La luz de ese Cristo convertido en un Dios amor, en la más pura tradición cristiana y a quien se acerca el poeta para beber de él la caridad, la belleza, todos los dones de la vida: “Hay que dar cada mañana /gracias a Dios por la vida -¡recuerde el alma dormida…!- / pedir al río que mana / que riegue cada besana. /Hay que pedir al buen Dios / ventura para ir en pos / de una nueva primavera, / por florecer a su vera / en la hora de nuestro adiós” (“Maitines”). Tres sonetos a su madre bajo el título de “Dios te salve” y el poema “La paz definitiva” dedicado a su hermana Mª del Carmen son los pasajes del libro más cargados de emotividad. Como emotivos y festivos son los homenajes que cierran el libro, entre los que destacan los  dedicados a Pilar Paz Pasamar y Vicenta Guerra. El gusto por los versos y estrofas clásicas, especialmente el soneto, es una constante en el libro, en el que también Mauricio va descubriendo a sus maestros y referentes de su poesía. Un poemario de madurez. José López Romero.

LOS LIBROS QUE NO LEEREMOS


No era la primera vez que escuchaba a alguien –esta vez a un conocido filólogo- afirmar que  no leía nada que hubiera sido editado “después de Quevedo”, aunque más que la afirmación lo que me sigue sorprendiendo es la utilización de este recurso  por parte de algunos, para manifestar su desdén por el panorama editorial actual. Todo es, por supuesto,  puro teatro y una forma de defensa, y por supuesto de crítica hacia la marea de publicaciones intrascendentes que nos inunda y que nada aportan al panorama literario salvo desvalorizarlo. Mucha culpa de ello, es evidente, está en la popularización de las nuevas formas de edición y comercialización,  y, en definitiva, a la falta de controles. Pero tampoco hay que ignorar que  desde siempre, no solo hoy día, a los lectores se les trata de engañar de muy diversas maneras, como  a aquel capitán Delano, creación de Melville, que al abordar el navío Santo Domingo trataba de descubrir a los amotinados de sus prisioneros. En relación a todo esto que decimos, y como contraste, me viene a la memoria un curioso personaje que conocí muchos años atrás. Ya anciano era muy popular entre un pequeño círculo de universitarios con pretensiones literarias, que frecuentábamos el bohemio local donde paraba. Tenía facilidad y conocimientos para hablar de los más diversos asuntos o personajes de la literatura, pero se mostraba reacio, incluso hostil cuando le pedíamos nos descubriera algunos de sus escritos. Cuando alguna vez lo hizo, siempre a regañadientes, acrecentaba su halo de misterio por la calidad y belleza de aquellos fragmentos.  Nunca confesó ambiciones literarias ni supimos de alguna creación suya que fuera editada. El tiempo pasó y  los paisajes y personajes que frecuentaba, como este del que les doy cuenta, fueron difuminándose y desapareciendo. Pero desde entonces no he dejado de preguntarme sobre cuántas obras anónimas habrían podido dejar su huella en la extensa historia de la literatura, si sus anónimos creadores como el anciano de mis recuerdos, no hubieran considerado el escribir más una condena que un camino hacia la gloria. Ramón Clavijo Provencio.



sábado, 27 de abril de 2019

DE JEREZ Y EL PAISAJE


Días atrás, en la inauguración de la exposición “Jerez y el Paisaje” en la Biblioteca Municipal, se comentaba  que gracias a exposiciones como la mencionada el “gran público” tiene la oportunidad de acercarse y descubrir el gran patrimonio que se esconde en los archivos y bibliotecas. A lo dicho habría que añadir que también estas exposiciones, independientemente de su temática o del mayor o menor atractivo visual de las piezas expuestas, son también otra manera de que seamos conscientes del incalculable valor de ese otro patrimonio, el bibliográfico y documental,  que sigue siendo sin duda el gran olvidado en muchos aspectos por los poderes públicos. Volviendo a la singularidad de la  mencionada exposición y en relación a lo que decíamos antes, podemos encontrar en ella desde documentos del siglo XV, hasta cartografía donde se pueden admirar mapas, que aparte de su belleza y enorme valor histórico nos muestran la evolución del término municipal de nuestra ciudad. Entre ellos destacar el de Tomás López de finales del siglo XVIII o el de Manuel Lechuga Florido de 1897, cuando el territorio jerezano abarcaba una superficie cercana a los 1.500 Kms cuadrados. En definitiva, en “Jerez y el Paisaje” lo que se intenta, es un recorrido por el término municipal para señalar sus características y qué transformaciones se han ido produciendo en él a lo largo de los siglos. En este sentido libros como ‘Paisaje y Naturaleza’ del jerezano Parada y Barreto publicado en 1870, y que sorprendentemente en tan lejana fecha ya muestra su preocupación por “la lenta agonía de la Naturaleza”, o el ‘Álbum descriptivo de la casa Domecq’ de principios del siglo XX, donde hemos encontrado y admirado fotografías y desconocidos grabados de la ciudad de Jerez y su entorno, redundan en lo que decimos y en el valor de lo que atesoran estas instituciones. También merece la pena mencionar el “guiño” que en esta exposición se hace a la figura del naturalista y cazador británico Abel Chapman consistente en exponer dos libros del mencionado autor: las primeras ediciones en inglés de ‘Wild Spain’ (‘La España agreste’) y ‘Unexplored Spain’ (‘La España desconocida’), auténticas joyas bibliográficas con textos e imágenes de un interés indudable para el conocimiento de la Naturaleza en nuestro país a finales del siglo XIX y principios del XX, y donde hay algunos pasajes referidos al término municipal de Jerez donde destacamos por su especial atractivo el capítulo XXV de ‘Wil Spain’ titulado “En busca del quebrantahuesos. Una cabalgada invernal por las sierras gaditanas” y que se inicia con estas evocadoras líneas: Hacia el final de Enero salimos para una exploración de dos semanas por las montañas de más allá del Tempul y Algar, una cabalgada de cuarenta millas al este de Jerez…” Ramón Clavijo Provencio.

EL RULETISTA


Hace unas semanas emprendí la lectura de la novela corta de Mircea Cartarescu que le da título a este artículo. Y a medida que la leía, más me llevaba ella a hacer una reflexión, a aplicar, como tantas veces debemos hacer, nuestras lecturas a nuestra vivencia personal. Les cuento. El narrador, un viejo escritor relata cómo fue adentrándose en los bajos ambientes de los ruletistas, personas captadas por los llamados “patrones” de entre los miserables, pordioseros y desarrapados para que se jueguen la vida ante un revólver con una sola bala en el tambor, a cambio de un poco de dinero, el que pueden conseguir de las apuestas si logran salir vivos del envite. El escritor nos va describiendo y analizando tanto los ambientes sórdidos en los que se celebra esta nueva danza macabra, así como los porcentajes de probabilidades que cada ruletista tiene, más cuando si reinciden en la provocación a su suerte. El narrador repite en varias ocasiones esa especie de risita que se le antoja el sonido del tambor al girar, ni escatima el detalle truculento de los sesos y astillas de huesos pegados a las paredes.  Hasta que se encuentra con un viejo amigo de la infancia, el ruletista por excelencia. Y es entonces cuando la narración entra en una espiral de acontecimientos que tienen a este protagonista como eje, sobre todo porque la terca reincidencia le va granjeando fama, dinero y con ello, el cambio de los sótanos asquerosos, viejos cascos de bodega plagados de cucarachas gigantes, a los salones burgueses y aristocráticos, en los que se van a celebrar los nuevos y más arriesgados envites del ruletista con la muerte. Ya no es una bala solo la que mete en el tambor, sino dos, y después serán tres, y cuatro…. Cuando terminé la lectura, no pude por menos que reflexionar sobre la cantidad de políticos que, como manual de resistencia o supervivencia, juegan a ser ruletistas pero con la sien de los demás, con la sien de todo un país. José López Romero.

viernes, 5 de abril de 2019

HOMENAJE


Casualmente en mis lecturas más recientes me he encontrado con varias frases sobre la muerte o, mejor dicho, sobre el ceremonial y las consecuencias de esta que me han llevado a la reflexión. En ‘La vida de Iván Ilich’, por seguir un orden cronológico, en el propio funeral del protagonista su amigo Piotr Ivánovich piensa: “Los funerales de Iván Ilich en ningún caso son motivo suficiente para alterar el orden del día, es decir, nada conseguirá impedir que esta misma tarde oigamos cómo cruje el envoltorio de un mazo de cartas al abrirse, mientras un criado dispone cuatro velas nuevas; en general, no hay motivo para suponer que este incidente se vaya a interponer en nuestro propósito de pasar la velada de un modo agradable”; y muy próximo en el tiempo a Tolstói, Eduard Von Keyserling en su novela breve ‘Olas’ hace decir a uno de sus personajes: “—Mi cuñado —prosiguió el consejero— decía a mi hermana: «Karoline, si yo muriera una mañana, eso no sería motivo para que aquel día la comida no se sirviera puntualmente a la hora acostumbrada; lo contrario aumentaría el desconcierto». ¿No es cierto?, y lo mismo pasa en un gran transatlántico que ha sufrido un accidente y en el cual, hasta el último momento, se sirve la comida con toda normalidad. En cierto modo es el símbolo del orden moral”. Y, finalmente, en ‘La investigación’ de Philippe Claudel, novela que tanto gusta a mi amigo Ramón, la Sombra comenta: “Ver morir a un hombre es muy desagradable. Casi insoportable. Ver u oír morir a millones diluye el horror y la compasión. Uno pronto se da cuenta de que ya apenas siente nada. La emoción está reñida con la cantidad”. Bien pensado, las tres frases tienen razón, aunque esta última nos pueda parecer sin duda muy cruel. Mantener la normalidad a toda costa. Quizá no sea la mejor manera de homenajear al fallecido seguir con la rutina diaria, pero a él poco ya le va a importar; sin embargo, a los vivos les reconforta mucho, o les sirve de evasión, seguir con sus vidas no como si nada hubiera pasado, sino como forma de volver inevitablemente a la realidad. No se trata, entiéndaseme bien, de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Las distintas culturas tienen formas variadas de homenajear a los muertos; la nuestra, la cristiana, se duele pero al mismo tiempo se alegra, pues los vivos perdemos a un ser querido, pero nos alegramos porque para el creyente aquel “pasa a mejor vida”. Una alegría que se manifiesta en forma de fiesta verbenera en países como México el Día de los Muertos, como así lo describe Lowry en su ‘Bajo el volcán’. Por estas tierras en las que disfrutamos de un vino sin igual en el mundo, llevamos muy a rajatabla el refrán “el que va a un entierro y no bebe vino, el suyo viene de camino”, e incluso más de una familia me consta que ha instaurado la tradición de irse a comer después del entierro de un familiar, lo que me parece una hermosa manera de homenajearlo. Por mi parte, si me muero alguna vez, me alegraría de que después de los correspondientes y obligados, pero poquitos, llanto y duelo, mis familiares y amigos se fueran a comer como testimonio del cariño y amor que nos tuvimos y que seguro permanecerán en la memoria. Pero, por favor, que no brinden a mi salud. Cachondeo, el preciso. José López Romero.


PAPER PASSION


Desde hace unos meses he cogido la costumbre, no sé si consecuencia de la edad que no perdona, de mirar la contraportada de los libros que me interesa adquirir,  para buscar información –que cada vez es más corriente- sobre  si  está fabricado con papel reciclado o ecológico. La última manía de lector que recuerdo antes de esta, fue cuando miraba el canto de estos para comprobar si estaban cosidos o pegados. El abaratamiento de las encuadernaciones ha hecho casi desaparecer la prestancia de los libros cosidos, y hoy  es común  la insufrible visión de los libros desencuadernándose a poco que por sus páginas pase más de un lector. Pero ahora, como les decía, me asalta esta otra manía, de tal manera que a veces estoy más pendiente de encontrar el dichoso sellito  “libre de cloro” que de  hojear y ojear como debe ser el libro que puedo adquirir. Todo esto me lleva a recordar la curiosidad que despertó hace unos años, la presentación de un perfume -Paper Passion- que  conseguía evocar el aroma que desprenden los libros, en este caso nuevos, y no el típico olor a viejo avainillado y dulzón que provoca con el tiempo la descomposición de la celulosa y la liberación de la lignina. En este caso se buscaba el olor que desprenden los compuestos utilizados para fabricarlo –papel, pegamento, diversos productos químicos y tinta- antes de su degradación, cuando se mezclan y volatilizan. El poner en un perfume el olor a libro nuevo, el Paper Passion, fue una idea del estilista, pero también gran bibliófilo, Karl Lagerfeld. Aquello tuvo un éxito efímero pero tenía su lógica: si el libro en papel desaparecía por la irrupción del libro electrónico, al menos para los nostálgicos  se preservarían sus olores. Ya les digo que el éxito fue fugaz, quizás porque lo que se vaticinaba como una guerra de exterminio - donde el exterminado sería el libro convencional- acabó dando  lugar a otro paisaje más llevadero, que no significa menos fácil, donde lo electrónico y el libro convencional tratan de coexistir. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 15 de marzo de 2019

LIBROS Y GUERRA


Hay un dato contrastado y que algunos de  los que lean estas líneas conocerán, a otros les sorprenderá, cual es que de la ingente producción editorial que nos inunda materialmente cada año, la temática más  repetida y sobre la que más se edita tanto en papel como en formato electrónico, es  la de la II GM seguida de los libros sobre la Guerra Civil española. Como les digo es algo que  se viene repitiendo sin altibajos desde hace años. ¿Tras el dato se esconde el síntoma de algo? Lo ignoro pero creo que es legítimo  interrogarse sobre ello pues, coincidirán conmigo, no es fácil admitir que tanto libro sobre los mencionados y trágicos acontecimientos de la primera parte del siglo pasado, se publiquen por casualidad, por moda o porque la investigación histórica sólo tenga puesto su foco de atención en dichos hechos. Tras ese dato existe sin lugar a dudas un deseo de conocer por parte de los lectores que va más allá de la simple curiosidad. Y mientras ese deseo no sea progresivamente satisfecho -aunque sospechamos que nunca se hallará una respuesta mágica que calme con rotundidad esas ansias de conocer el por qué de tanta tragedia- la obligación de los historiadores es seguir hurgando en ese pasado aún tan cercano. Es precisamente su cercanía la que en parte también explica esa  especie de atracción fatal que sentimos por los repetidamente mencionados hechos históricos, y que vienen a corroborar los datos estadísticos de la industria editorial,  pero junto a ella hay otra sensación más poderosa: un temor inconsciente a que estos fenómenos se pudieran volver a repetir,  pero no con sus mismas formas lo que resulta doblemente inquietante. Javier Cercas declaraba hace pocos días que “el 23 de febrero de 1981 terminamos con la Guerra Civil, pero aún no lo hemos digerido” (La Vanguardia). ¡A ver si va a tener razón! Un dato más:  la paulatina desclasificación de archivos oficiales, proceso más evidente y rápido en los países de nuestro entorno, está haciendo avanzar la investigación y haciendo aflorar aspectos hasta ahora desconocidos que van completando el rompecabezas de la primera mitad del pasado siglo. Muchos años han pasado y muchos datos han salido a la luz desde aquella  edición de Bruguera de comienzos de los años 70 del pasado siglo, del libro de H.G Dahns sobre la II G.M.,  hasta el relato que hoy nos deja sobre ese conflicto, pero también sobre la Guerra Civil española, el británico Anthony Beevor por poner solo un ejemplo. Tampoco podemos olvidar el papel de la buena literatura en su contribución de acercarnos de otra manera, más emocional si se quiere, a estos hechos con libros que ahora se reeditan como los de Chaves Nogales, especialmente a ‘Sangre y Fuego’ (Espuela de Plata. 2014), o la excepcional novela ‘Juventud sin Dios’ de Horváth (Nórdica, 2019), entre otros muchos. Ramón Clavijo Provencio

LA VIDA, LA OTRA


Quizá la viera anunciada en una revista, o en un escaparate o alguien, algún amigo (¿con mala intención?, ya sospechaba de todo) se la recomendara, lo cierto es que se compró aquella novela y a medida que iba leyéndola más se sorprendía del enorme parecido con su vida. La protagonista tenía un marido que se dedicaba a la misma profesión que el suyo, y dos hijos, un niño y una niña, que estaban en la misma edad escolar y practicaban los mismos deportes que los suyos; incluso estaba segura de que había escenas que ella había vivido. Su vida diaria parecía un calco de la protagonista de la ficción. Más de una vez, durante la lectura, se había asomado a la ventana para ver si alguien la espiaba desde otra ventana próxima, como aquella película de Hitchcock. Buscó en Internet a su autor y nada parecía que tuvieran en común, ni siquiera una amistad compartida que le sirviera de fuente de información; ¡imposible!, se decía, más cuando se describían escenas de una intimidad difícilmente conocida por alguien ajeno. Recordó que ya algunos escritores habían tenido problemas con amigos y familiares por basar sus relatos en ellos; sin ir más lejos James Salter perdió a unos amigos porque estos se vieron muy retratados, casi desnudos en su novela ‘Años luz’, y que el mismísimo Vargas Llosa tuvo problemas con su primera mujer, Julia Urquidi, que además era su tía, porque esta se vio demasiado reflejada en la protagonista de ‘La tía Julia y el escribidor’, por lo que incluso respondió al escritor con un libro titulado ‘Lo que Varguitas no dijo’. Un día al saber que el autor acudiría a la firma de ejemplares en una librería céntrica, se acercó hasta allí y cuando le tocó el turno, le espetó: “Te maldigo porque solo me has hecho vivir la vida real, pero no mis sueños, y esto es lo que debe hacer también la literatura, hacerle soñar al lector, hacerle vivir su vida, pero también la otra”. José López Romero.

sábado, 9 de febrero de 2019

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL


Los que hemos dedicado toda nuestra vida académica, a mucha honra y satisfacción, a explicar los saberes inútiles, hemos tenido que aguantar durante años la preguntita de marras que tarde o temprano se le ocurría a uno de esos escolares entre cuyas virtudes no se encontraban la brillantez y el entendimiento despierto: “¿y esto para qué sirve?”. Una pregunta cuya sorna se hacía más frecuente y virulenta, y por ello más hiriente, en asignaturas como el latín y el griego, lenguas que además sufrían el apelativo de “muertas”. De este vilipendio saben mucho mis queridos amigos Juan Cienfuegos y Paco Antonio García Romero, excelentes profesores de ambas disciplinas y hombres cuya dedicación a ellas es digna de todo encomio. Incluso en alguna que otra ocasión, otro de esos alumnos aventajados en el arte de la ignorancia y la vacuidad intelectual, me ha llegado a insinuar que la Literatura es una materia más propia del género femenino, por lo que no la aprobaba no fuera a ser que se viera menoscabada su masculinidad, que aquel mastuerzo solo localizaba en su entrepierna, sin entender siquiera que ser hombre es mucho más que nacer con unos atributos. Pues bien, y como todos necesitamos a veces un cañonazo de autoestima, no he encontrado en los últimos tiempos mejor medicina, respuesta más acertada a la preguntita antes citada que el libro titulado “La utilidad de lo inútil” del profesor Nuccio Ordine (editorial Acantilado), al que subtitula “manifiesto” porque no deja de ser una excelente defensa de los estudios a los que se han dedicado los humanistas que a lo largo de los siglos desde que el hombre tiene conciencia de su capacidad intelectual, y que han ocupado su vida en el desarrollo de las artes, en todos esos conocimientos que no tienen al dinero o a la utilidad práctica como único objetivo y propósito. Saberes que han engrandecido al ser humano porque una pintura, una escultura o un poema,  por poner solo tres ejemplos, no pueden cifrarse en dinero porque su valor es incalculable. Muchos de ellos, de los que Ordine va repasando sus opiniones, sus pensamientos sobre este asunto, desprecian el dinero por corromper lo que más acerca al hombre a Dios: su poder de crear la belleza. No falta tampoco la crítica, bastante dura, a la universidad convertida esta en una empresa, los estudiantes en clientes y los profesores en simples burócratas. Termina Ordine su libro con la reimpresión del artículo titulado “la utilidad de los conocimientos inútiles” que publicara en 1939 el profesor Abraham Flexner, en el que se da cuenta de cómo la inutilidad de investigar por investigar ha llevado al hombre a descubrir e inventar cosas tan útiles que ahora seríamos incapaces de vivir sin ellas. Reproduzco un fragmento del dramaturgo Ionesco recogido en el libro: “Mirad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia adelante, sin mirar ante sí, pues recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. En todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo. El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.” Pregunta contestada. José López Romero.


KONDO


La que muchos consideran gurú del orden, la nipona Marie Kondo, levantaba ampollas recientemente en el mundo de la cultura con su  rotunda afirmación de que en una casa no debe haber más de treinta libros. Por supuesto no se hizo esperar la reacción de miles de personas que en los medios de comunicación convencionales, pero también y sobre todo en las redes sociales opinaban sobre el tema. Lo cierto es que tras la rotunda afirmación de la Kondo se esconde una tendencia actual que es la de ir barriendo visualmente al libro físico del espacio doméstico, condenándolos al exterminio o como mucho al último rincón de la casa. Si hasta hace relativamente poco era algo lógico, además de estar bien visto, dejar espacio en nuestros domicilios para los libros, ahora con el creciente protagonismo de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, parece ir imponiéndose la idea contraria: si todo lo podemos tener al alcance de un click o almacenar en un artilugio electrónico ¿para qué entonces destinar en nuestros cada vez más exiguos domicilios, espacios  para almacenar libros? Y en esta dicotomía nada novedosa se ha colado el oportunismo de Marie Kondo, disfrazándolo de lógica, orden y pulcritud. Escribía Francisco Bejarano que “toda la literatura universal que nadie debería dejar de leer cabe en una covacha. Y sin embargo, aquí está uno revisando su biblioteca, quitando polvo y telarañas, estornudando con la casa patas arriba y encima sufriendo cuando se encuentra un ejemplar herido.” (‘Manual del lector y escritor modernos’. Renacimiento,1999). Y es que pese a que sean muy pocos los libros esenciales al igual que pocos también los que al cabo del año recordamos con agrado haber leído, los que disfrutamos y sufrimos con esa pasión que es la lectura –y no les digo ya los que se confiesan  bibliófilos, bibliómanos o coleccionistas-  seguiremos conservando físicamente esos libros con los que hemos topado en algún momento y nos han dejado una huella –literaria o emocional, ¿qué más da?-  en nuestras vidas. Y esto es imposible que lo puedan eliminar ni  nuevas tecnologías, modas o los oportunismos de gurús efímeros. Ramón Clavijo Provencio



viernes, 1 de febrero de 2019

EFÍMERA


Hubo una época donde la información contenida en la  prensa diaria apenas trascendía más allá de la fecha del calendario en la que se publicaba. Por ello era común hasta bien avanzada la mitad del siglo pasado, que los ejemplares una vez leídos y perdida aparentemente su utilidad, se destruyeran. Ello explicaría que no hayan llegado a nuestros días muchas y valiosas colecciones de periódicos y revistas, pese a que junto a la actualidad del día incluyeran artículos, relatos, o abundante material gráfico. Es decir todo un valioso material hoy día para la investigación, y que ha obligado a los centros bibliotecarios y de documentación  que conservan algunas de estas colecciones, a custodiarlas celosamente no solo por su fragilidad sino también por su rareza, siendo una de sus prioridades proceder a su digitalización (cuando los siempre escasos presupuestos lo permiten). Al igual que la prensa diaria, durante el siglo XIX y gran parte del siguiente se publicaban folletos y revistas efímeras por muy diversos motivos, en la mayoría de las ocasiones ligados a las fiestas locales. En Jerez destacarían “Solera Jerezana”, “Guión”, “Gran Feria de Jerez”, entre un listado interminable. En ellas junto a la información de ese calendario festivo, y si somos curiosos, encontraremos firmas destacadas de literatos, historiadores, publicistas, poetas, bibliófilos, como Pemán, Pérez Solero, Hipólito Sancho, Fernando Bruner Prieto entre otros muchos. A mí siempre me ha atraído hurgar en estas colecciones, pues no es raro encontrarse en ellas algún poema de sorprendente calidad o alguna narración corta que, como diría mi amigo Atanasio,  “se deja leer”. Hace poco hurgando en una colección de folletos encontré un curioso texto bajo el título de “Anécdotas y Chismorreos”, donde el autor escondido bajo las siglas J.M. dejaba, entre otras anécdotas, unas pinceladas gruesas sobre D. Gabriel de Soto y Lavaggi (cuñado de D. Manuel María González Ángel): “D. Gabriel era un solterón muy mujeriego, con queridas y constantes trajines en los diversos puntos donde vivía o por los que viajaba. El motivo de su muerte fue una enfermedad en el pene que le originó grandes dolores, por lo que fue operado en Jerez por el doctor D. Francisco Revueltas  Carrillo y Montel. Se dice que en la operación estuvo presente D. P.N.G., y cuenta este que estaba tan nervioso y preocupado  el paciente en los momentos previos a la operación, por su futuro  sin ese importante miembro de su anatomía,  que el doctor le intentó tranquilizar con estas palabras “No se preocupe Ud., que le dejaré útil para un blanqueo”. En otra ocasión  daré cuenta de otra historia impagable, la de “Perico rata”,  que era el fijador municipal de edictos y avisos, y que nos dejó para la posteridad otro nombre olvidado: A. Rodriguez-Pascual y Vega. Ramón Clavijo Provencio

TARDE


El pasado verano experimenté una sensación nueva (¡ya a mis años!) con respecto a la lectura (¡no se den tan pronto a la imaginación!). Cuando acabé tres novelas, las tres excepcionales, “El azar y viceversa” de Felipe Benítez Reyes, “Galíndez”, de Manuel Vázquez Montalbán, y “El día del juicio”, de Salvatore Satta, noté que quizá había llegado tarde a estas tres obras. De inmediato me consolé con el socorrido refrán: “más vale tarde que nunca”. Y ya más en frío me fui dando cuenta de que con otros libros y autores quizá había llegado demasiado temprano. Un ejemplo, “El Mercurio” de José María Guelbenzu fue una novela que leí demasiado pronto para mis capacidades lectoras; no entendí nada. Mucho más tarde, me reconcilié con el autor, aunque de forma más liviana, con la lectura de la segunda entrega que tiene como protagonista a la jueza De Marco, “La muerte viene de lejos”. No soy lector de novedades, a menos que haya una recomendación muy viva y fiable por medio, e incluso en este caso suelo enfriar la primera excitación por unos meses, para que el libro se oxigene un poco, y al final lo que suele pasar: se terminan por meter otros libros hasta llegar a olvidar los recomendados. La verdad es que de “El azar y viceversa” apenas han pasado dos años desde su primera edición (2016), unos ocho desde la publicación por Anagrama de “El día del juicio” (2010), pero la de “Galíndez” data de ¡1990! Y hasta hace unos meses no he podido disfrutar de sus lecturas. Y lo peor de toda esta reflexión no es el darte cuenta de la tardanza con que he llegado a estas novelas, sino de la cantidad de libros a los que ya empiezo a llegar también tarde, y más agobiante aún, a los que no podré ya leer. Parafraseando a Borges en un poema muy a propósito de lo que estoy escribiendo, diría: “este otoño he cumplido sesenta y dos años, la muerte me desgasta incesante”.  Menos mal que, según información digna de todo crédito, por ahí arriba (o por abajo), hay una biblioteca que regenta un tal Jorge de Burgos ¡Y no se rían!. José López Romero.


viernes, 25 de enero de 2019

MESSI Y LAS BIOGRAFÍAS


Cuando se publicó una de las primeras biografías del gran Lionel Messi, este apenas contaba veintitrés años, y lo primero que se me vino a la cabeza es si a tan corta edad ya daban sus andanzas por la vida para todo un libro, más teniendo en cuenta que no constaba que hubiera padecido hambre o necesidad en su infancia, ni hubiera tenido unos años adolescentes plagados de problemas; todo se reducía a sus primeros equipos en su Argentina natal, a su fichaje por el F.C. Barcelona y a los problemas de crecimiento que tuvo. Poco más. ¿Para un libro y de 288 páginas? Mucha imaginación tuvo que echarle el autor. Ya se sabe, los dioses y los santos tienen estas cosas. Más de dos siglos antes Leandro Fernández de Moratín, en su famosa comedia ‘El sí de las niñas’ (obra que bien merece una revisión periódica para darnos cuenta de dónde venimos y del camino ya afortunadamente andado en determinados asuntos, al menos en ciertas culturas), ridiculizaba hasta la exageración ese gusto desmedido de algunos por el género biográfico. Dª Irene, la madre de la casadera Dª Paquita, para hacer gala de su prosapia, de sus hombres ilustres (aunque familia venida a menos) y de la buena y cristiana educación de su hija, cita a modo de ejemplo a fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán, que murió en “olor de santidad” (magnífico el dardo en la palabra que Fernando Lázaro Carreter dedica a la distinción entre “olor de santidad” y “loor u olor de multitud”), y al que un familiar le está escribiendo una biografía de la que ya lleva nueve tomos, que recoge –como aclara la propia Dª Irene- los primeros nueve años del santo varón, porque el propósito del autor es dedicar un tomo por año de vida a quien vivió la friolera de ¡ochenta y dos años, tres meses y catorce días! “¿Quién sabe –suspira Dª Irene- que el día de mañana no se imprima, con el favor de Dios?” A lo que sentencia su interlocutor, el circunspecto D. Diego: “Sí, pues ya se ve. Todo se imprime”. ¿Todo se imprime o se imprimía en aquellos tiempos de la Ilustración? Pocos años antes de la redacción y estreno de ‘El sí de las niñas’, ya se había publicado la enorme ‘Enciclopedia’ de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, y casi un siglo antes ya la RAE había publicado la primera edición del Diccionario de Autoridades, por poner dos ejemplos de grandes obras llevadas a las prensas, y  aunque no comparables en ningún aspecto con la biografía de fray Serapión. En estos nuestros tiempos y con cierta periodicidad aparece alguien por los medios quejándose del exceso de publicaciones, de que apenas el mercado y los consumidores dan abasto para absorber un pequeño porcentaje de todo lo que se publica, sea ficción, ensayo, revistas, por no decir poesía. Y sin embargo, las editoriales siguen su frenética carrera de novedades, muchas de las cuales, nos tememos, no cubren ni los gastos de edición, por no hablar de promoción y publicidad. ¿Editar ahora, en la edad de Internet, enciclopedias? A nadie se le ocurre, porque ni para librerías de viejo. La biografía de fray Serapión tuvo su momento, cuando al decir de D. Diego, todo se imprimía. Hoy el santo varón sería carne, en el mejor de los casos, de wikipedia. ¿Y Messi? Va camino de un tomo por año. Es lo que tienen los dioses y los santos. José López Romero.