viernes, 7 de junio de 2019

LA BOMBA


Todos guardamos en la memoria y, si no, ya las cadenas televisión se encargan de refrescárnosla con cierta periodicidad la gran, enorme seta que produjo la explosión de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, con la que se daba el aldabonazo definitivo a la Segunda Guerra Mundial. Esto sucedía el 6 y el 9 de agosto de 1945. Y permítanme mi ignorancia o desinformación, quizá consecuencia del rechazo que provoca o debería provocar en todo ser humano un acontecimiento tan terrible como el lanzamiento de aquellas bombas. Las imágenes de las dos ciudades japonesas convertidas en un amasijo de ruinas y cuerpos destrozados, carbonizados, y las posteriores consecuencias en la población que pudo sobrevivir a duras penas y con enormes y terribles malformaciones, siempre y a pesar del tiempo transcurrido nos estremecen y son un excelente motivo de reflexión sobre el horror que es capaz de generar el ser humano contra sí mismo, así como un ejemplo permanente de a lo que nunca debemos llegar. Pero todo esto viene a cuento no por lo obvio de lo que hasta aquí he escrito sino, y retomando lo antes dicho, por la sorpresa que me produjo (de ahí mi ignorancia o desinformación) cuando al leer ‘El arte de la distorsión’ del colombiano Juan Gabriel Vásquez (libro muy recomendable), y al hilo de unas traducciones sobre precisamente la bomba atómica, me entero de que los norteamericanos pudieron perfectamente prescindir del lanzamiento de estas, pues ya todos sabían que la rendición de Japón era inminente. He buscado en Internet (dónde si no) más información al respecto, para comprobar si J. G. Vásquez me había metido en uno de esos laberintos de ficción que tan magistralmente compone en sus novelas, una especie de distopía del horror, pues no daba crédito a lo que estaba leyendo. ¡La destrucción total de dos ciudades por el solo motivo de la disuasión! Ya había leído en la también estremecedora ‘Historia natural de la destrucción’ de W. G. Sebald cómo los bombardeos de los aliados habían tomado como objetivo 131 ciudades alemanas para lanzar indiscriminadamente su arsenal de muerte; resultado: unos seiscientos mil civiles alemanes muertos, ciudades arrasadas y millones de personas sin hogar. Y todo esto me hace recordar que en el hermoso libro ‘Los girasoles ciegos’, en su primer relato, el capitán Carlos Alegría se pasa el último día de la Guerra Civil española del bando franquista al republicano porque el vencedor no quería realmente ganar la guerra, sino aniquilar al enemigo. Ya sabemos lo que significa una guerra, lo hemos visto por desgracia demasiadas veces en la televisión, y el siglo pasado nos da ejemplos memorables de ello, desde sus inicios hasta el mismo fin de la centuria. Las bombas atómicas, como los bombardeos sobre población civil no hacen más que confirmar lo que sentía el heroico, el derrotado, el vencido capitán Alegría. Se pudieron haber evitado, se sabían perfectamente las terribles consecuencias y a pesar de ello se lanzaron.  No hay honor, no hay gloria en los vencedores, solo desolación y vergüenza. José López Romero.



PASIÓN POR LOS VIEJOS CÓMICS


Pasé una mañana entretenida. Hacía tiempo que no me marchaba de un mercadillo con la satisfacción de haber encontrado y adquirido algo interesante. En este caso algunos singulares materiales bibliográficos: dos ejemplares de Roy Rogers, un libro de la colección “Héroes” de Bruguera y por fin, quizás el que más satisfecho me había dejado, uno de los primero números de  ‘Pumby’, aquella publicación semanal que hizo las delicias de los más pequeños a mediados del pasado siglo,  generación que creció en los inicios de la televisión  y todavía alejados de la revolución que significaría la era digital. En este caso el mercadillo que había visitado era el que todos los domingos se levanta alrededor del edificio de Correos, anexo a la plaza de Las Flores de Cádiz. Ya lo conocía de alguna visita anterior, pero nunca tuve la suerte de encontrar aquel puesto abarrotado de viejos cómics, un material no precisamente fácil de encontrar, sobre todo si lo que buscamos como es mi caso, son ejemplares anteriores a los años 80 del pasado siglo.  Con este material bibliográfico ha pasado algo parecido a lo sucedido con la prensa hasta bien entrado el siglo XX. Es decir, al ser un material efímero y de rápido consumo   no se tuvo durante muchos años en cuenta la importancia de su conservación, algo que vendría mucho después. Así, de la misma manera que de históricas cabeceras de prensa es muy difícil encontrar colecciones completas, y en algunas incluso ejemplares, de estos cómics antiguos de los que les hablo y que siempre ejercieron sobre mí una especial fascinación, sucede otro tanto. Hoy día es complicado encontrar ejemplares de según qué colecciones, lo  que ha favorecido la edición de facsímiles. La búsqueda hay que realizarla más que en librerías de viejo, en colecciones de particulares que acepten el trueque, o en mercadillos. Qué duda cabe que el éxito de la actual novela gráfica ha devuelto el interés por el cómic en general, y en cierta manera por sus orígenes, y no son pocas las instituciones culturales y bibliotecas públicas las  que, a la vez que coleccionistas particulares, tratan de completar sus  escasas  colecciones para ponerlas a disposición de sus usuarios, lo que vaticinamos representará una grata sorpresa para las nuevas generaciones de lectores. Ramón Clavijo Provencio.



viernes, 31 de mayo de 2019

VOLVER POR LAS ACERAS SIN MEMORIA


Hace unas semanas se presentó en la Fundación Caballero Bonald el último libro de poemas de Pepa Caro Gamaza. Un conjunto de doce poemas más uno a modo de final, en los que Pepa recrea la personalidad y las vivencias, algunas compartidas por la propia autora, de doce mujeres. Es indisoluble en Pepa Caro dos facetas de su vida que se reflejan en su obra o, mejor dicho, son consustanciales a ella y a sus libros: su nacimiento en Arcos de la Frontera y su vocación de historiadora (es licenciada en Historia General por la UCA). Y de esos dos componentes o herencias (como los llamaría Marina: la biológica y la cultural), se nutren sus versos y su prosa; de ahí libros como ‘El exilio de Zaynab’ (prosa poética), ‘Con todo el invierno dentro’, ‘Las calles de la lluvia’, y finalmente este último titulado ‘Volver por las aceras sin memoria’, con prólogo del gran poeta también arcense Antonio Hernández. Las doce mujeres que Pepa Caro trae a sus versos son de Arcos y pueden dividirse en dos grupos: aquellas que Pepa conoció cuando ya eran mujeres adultas (Magdalena, Carmela, Jerónima, Frasquita…); y aquellas con las que compartió su infancia, adolescencia e incluso experiencias ya adultas, como la maternidad (Margarita, Mami, Laura…). Las primeras, vestidas de negro, con sus rodetes, sus canas, sus pañolones… son mujeres antiguas como sarmientos, como troncos de olivo que nos recuerdan a nuestras abuelas; las segundas, mujeres jóvenes herederas de esa tradición que va pasando de madres a hijas, de abuelas a nietas. Mujeres todas ellas abnegadas, fuertes, luchadoras, sufridas, trabajadoras de su casa, que se agrandan en las dificultades y que saben con ánimo y nobleza esperar y aceptar a la muerte, uno de los temas fundamentales del libro y que Pepa sabe describir con toda clase de imágenes. “Para que conociéramos el dolor / la muerte, el amor, la alegría”, dice uno de sus versos, y así es. ‘Volver por las aceras sin memoria’ recoge en los doce retratos de mujeres todos esos sentimientos y experiencias. El dolor por la pérdida de seres queridos (la viudez también presente en los poemas), por la pérdida prematura de Laura; y también el amor en todas sus versiones y manifestaciones: a la familia, a los hijos, a las amigas, a Dios y el amor conyugal (“…un buen día –era azul el cielo / e insolente la primavera-, / anudó la corbata / a su gentil esposo /y le dijo por primera vez / cuanto lo estaba amando / entre espadañas de Dios y campanas”). Y la alegría de los juegos infantiles, de la llegada de la Navidad, de los veranos que se acaban para “regresar a los cuadernos / o al inconfundible olor a la escuela”. Pepa Caro en la presentación y al hilo de la emotiva lectura de algunos poemas, fue desgranando la historia que se esconde en cada una de estas mujeres, historias llenas, como su verso dice, de dolor, de muerte, de amor y de alegría. Poesía de intimidad, de búsqueda de su infancia, su adolescencia, de sus raíces en esos retratos, en esas mujeres ejemplos de vida, para que a través de los versos de Pepa las aceras recobren su memoria. José López Romero.


HISTORIOGRAFÍA DEL JEREZ


Se celebraron la pasada semana en nuestra ciudad las XXV Jornadas de Historia de Jerez, la tradicional cita anual con la historia local y que en esta ocasión se dedican a la relación de la ciudad con el vino, o lo que es lo mismo “Jerez y el jerez: huellas de una relación histórica”. Esta relación histórica sin duda ha sido total impregnando, y no solo con los olores de los famosos caldos, que también, todos los aspectos de la vida local hasta convertir el vino en el sello distintivo de  Jerez y  que la identifica universalmente. Multitud de trabajos han ido escarbando en este apasionante mundo, y a lo largo de los años han ido aportando intensas visiones desde los más variados puntos de vista sobre esa relación de la que hablábamos antes. Sería ingenuo por mi parte pretender que en estas breves líneas podamos siquiera aproximarnos a dar cuenta de cada uno de estos trabajos, aunque sí nos atreveremos a continuación a relacionar algunos de los más representativos, teniendo en cuenta también la variedad de miradas con las que la investigación se ha acercado a este tema. Entre los trabajos decimonónicos el muy alabado en su día ‘Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid’ de Parada y Barreto. Por supuesto el ‘Jerez, Xerez, Sherry’ de González Gordon que significó un antes y un después en la investigación sobre el mundo del jerez, gozando de varias reediciones y convirtiéndose en casi un libro de culto. Avanzando mucho en el tiempo mencionar entre los muchos trabajos de Alberto García de Luján ‘La viticultura del jerez’, pero también la rigurosa y espléndida visión que nos deja Fernando Aroca  en ‘De la ciudad de Dios a la ciudad de Baco’, aspecto temático en el que ahonda también el arquitecto José Manuel Aladro con su libro ‘La Construcción de la ciudad Bodega’. Entre los numerosos trabajo de Javier Maldonado  destacaríamos el ya clásico ‘La formación del capitalismo en el marco del Jerez’ y por mencionar algún libro de autor foráneo que haya dejado huella ‘El vino de jerez’ de Julian Jeffs. Sin duda no están todos los que son pero sí son todos los que están. Ramón Clavijo Provencio.



viernes, 10 de mayo de 2019

EN LA NOCHE DEL MUNDO


A veces con el fin de reducir la poesía a sencillas operaciones, se habla de poetas que después de sus primeros poemas o libros no deberían de haber escrito nada más, y de esos otros que van envejeciendo como los buenos vinos, y los que fueron aquellos sus versos de juventud, se van transformando con el paso del tiempo (que es sabiduría, experiencia y dominio), en poemas de solera, que llenan el paladar más exigente. Mauricio Gil Cano pertenece a este segundo grupo de poetas, como así lo atestigua su último libro titulado ‘En la noche del mundo’ (ediciones Dalya, 2019. Con prólogo de Juan Diego Fernández). Con un valor añadido en el caso que nos ocupa y que ya he señalado en otra ocasión: Mauricio es de esos poetas que viven la literatura sin añadir a lo último ninguna preposición (ni “para” ni “por” y mucho menos “de”). Vida y literatura, sin más. Y de la misma manera que ya ha entrado de lleno en su madurez, de igual forma notamos una mayor conciencia, una maduración, un dominio del arte, el tono más personal, en definitiva, con el que el poeta se va sintiendo más a gusto. Y es entonces cuando el verso sale más reposado y sentido. ‘En la noche del mundo’ se divide en tres secciones: “Entre tinieblas”, “Lira cristiana” y “Homenajes”, aunque quizá habría que hablar de dos partes, más una coda en la que el poeta rinde su verso a amigos y familiares, de lo que después nos ocuparemos. La unidad del libro se puede observar en la tensión que se establece entre las dos primeras partes, una tensión que se resuelve en la contraposición “oscuridad/luz”. Una oscuridad en la que el poeta se pregunta por la existencia de Dios, lo que le lleva a hacerse las preguntas universales: y si no existe, ¿existimos nosotros? ¿podemos existir sin Dios? Como nos plantea en poemas “Muerte de una idea” o “Sobre la vida eterna”. Así, para Mauricio el hombre vive esa gran travesía del desierto en busca de un Dios como un ángel caído, en la oscuridad de noches sin sueños (“El verso que anuncia”). Un Dios que a veces es el del Antiguo Testamento, pero sobre todo ese Cristo al que ve el poeta sufrir en la cruz y con él se duele: “Traspásame, Señor, con esa lanza / y clávame la luz de tu armamento. / Inúndame de sol, de firmamento, / incéndiame los ojos de esperanza”. Y después de la tinieblas, la luz. La luz de ese Cristo convertido en un Dios amor, en la más pura tradición cristiana y a quien se acerca el poeta para beber de él la caridad, la belleza, todos los dones de la vida: “Hay que dar cada mañana /gracias a Dios por la vida -¡recuerde el alma dormida…!- / pedir al río que mana / que riegue cada besana. /Hay que pedir al buen Dios / ventura para ir en pos / de una nueva primavera, / por florecer a su vera / en la hora de nuestro adiós” (“Maitines”). Tres sonetos a su madre bajo el título de “Dios te salve” y el poema “La paz definitiva” dedicado a su hermana Mª del Carmen son los pasajes del libro más cargados de emotividad. Como emotivos y festivos son los homenajes que cierran el libro, entre los que destacan los  dedicados a Pilar Paz Pasamar y Vicenta Guerra. El gusto por los versos y estrofas clásicas, especialmente el soneto, es una constante en el libro, en el que también Mauricio va descubriendo a sus maestros y referentes de su poesía. Un poemario de madurez. José López Romero.

LOS LIBROS QUE NO LEEREMOS


No era la primera vez que escuchaba a alguien –esta vez a un conocido filólogo- afirmar que  no leía nada que hubiera sido editado “después de Quevedo”, aunque más que la afirmación lo que me sigue sorprendiendo es la utilización de este recurso  por parte de algunos, para manifestar su desdén por el panorama editorial actual. Todo es, por supuesto,  puro teatro y una forma de defensa, y por supuesto de crítica hacia la marea de publicaciones intrascendentes que nos inunda y que nada aportan al panorama literario salvo desvalorizarlo. Mucha culpa de ello, es evidente, está en la popularización de las nuevas formas de edición y comercialización,  y, en definitiva, a la falta de controles. Pero tampoco hay que ignorar que  desde siempre, no solo hoy día, a los lectores se les trata de engañar de muy diversas maneras, como  a aquel capitán Delano, creación de Melville, que al abordar el navío Santo Domingo trataba de descubrir a los amotinados de sus prisioneros. En relación a todo esto que decimos, y como contraste, me viene a la memoria un curioso personaje que conocí muchos años atrás. Ya anciano era muy popular entre un pequeño círculo de universitarios con pretensiones literarias, que frecuentábamos el bohemio local donde paraba. Tenía facilidad y conocimientos para hablar de los más diversos asuntos o personajes de la literatura, pero se mostraba reacio, incluso hostil cuando le pedíamos nos descubriera algunos de sus escritos. Cuando alguna vez lo hizo, siempre a regañadientes, acrecentaba su halo de misterio por la calidad y belleza de aquellos fragmentos.  Nunca confesó ambiciones literarias ni supimos de alguna creación suya que fuera editada. El tiempo pasó y  los paisajes y personajes que frecuentaba, como este del que les doy cuenta, fueron difuminándose y desapareciendo. Pero desde entonces no he dejado de preguntarme sobre cuántas obras anónimas habrían podido dejar su huella en la extensa historia de la literatura, si sus anónimos creadores como el anciano de mis recuerdos, no hubieran considerado el escribir más una condena que un camino hacia la gloria. Ramón Clavijo Provencio.



sábado, 27 de abril de 2019

DE JEREZ Y EL PAISAJE


Días atrás, en la inauguración de la exposición “Jerez y el Paisaje” en la Biblioteca Municipal, se comentaba  que gracias a exposiciones como la mencionada el “gran público” tiene la oportunidad de acercarse y descubrir el gran patrimonio que se esconde en los archivos y bibliotecas. A lo dicho habría que añadir que también estas exposiciones, independientemente de su temática o del mayor o menor atractivo visual de las piezas expuestas, son también otra manera de que seamos conscientes del incalculable valor de ese otro patrimonio, el bibliográfico y documental,  que sigue siendo sin duda el gran olvidado en muchos aspectos por los poderes públicos. Volviendo a la singularidad de la  mencionada exposición y en relación a lo que decíamos antes, podemos encontrar en ella desde documentos del siglo XV, hasta cartografía donde se pueden admirar mapas, que aparte de su belleza y enorme valor histórico nos muestran la evolución del término municipal de nuestra ciudad. Entre ellos destacar el de Tomás López de finales del siglo XVIII o el de Manuel Lechuga Florido de 1897, cuando el territorio jerezano abarcaba una superficie cercana a los 1.500 Kms cuadrados. En definitiva, en “Jerez y el Paisaje” lo que se intenta, es un recorrido por el término municipal para señalar sus características y qué transformaciones se han ido produciendo en él a lo largo de los siglos. En este sentido libros como ‘Paisaje y Naturaleza’ del jerezano Parada y Barreto publicado en 1870, y que sorprendentemente en tan lejana fecha ya muestra su preocupación por “la lenta agonía de la Naturaleza”, o el ‘Álbum descriptivo de la casa Domecq’ de principios del siglo XX, donde hemos encontrado y admirado fotografías y desconocidos grabados de la ciudad de Jerez y su entorno, redundan en lo que decimos y en el valor de lo que atesoran estas instituciones. También merece la pena mencionar el “guiño” que en esta exposición se hace a la figura del naturalista y cazador británico Abel Chapman consistente en exponer dos libros del mencionado autor: las primeras ediciones en inglés de ‘Wild Spain’ (‘La España agreste’) y ‘Unexplored Spain’ (‘La España desconocida’), auténticas joyas bibliográficas con textos e imágenes de un interés indudable para el conocimiento de la Naturaleza en nuestro país a finales del siglo XIX y principios del XX, y donde hay algunos pasajes referidos al término municipal de Jerez donde destacamos por su especial atractivo el capítulo XXV de ‘Wil Spain’ titulado “En busca del quebrantahuesos. Una cabalgada invernal por las sierras gaditanas” y que se inicia con estas evocadoras líneas: Hacia el final de Enero salimos para una exploración de dos semanas por las montañas de más allá del Tempul y Algar, una cabalgada de cuarenta millas al este de Jerez…” Ramón Clavijo Provencio.

EL RULETISTA


Hace unas semanas emprendí la lectura de la novela corta de Mircea Cartarescu que le da título a este artículo. Y a medida que la leía, más me llevaba ella a hacer una reflexión, a aplicar, como tantas veces debemos hacer, nuestras lecturas a nuestra vivencia personal. Les cuento. El narrador, un viejo escritor relata cómo fue adentrándose en los bajos ambientes de los ruletistas, personas captadas por los llamados “patrones” de entre los miserables, pordioseros y desarrapados para que se jueguen la vida ante un revólver con una sola bala en el tambor, a cambio de un poco de dinero, el que pueden conseguir de las apuestas si logran salir vivos del envite. El escritor nos va describiendo y analizando tanto los ambientes sórdidos en los que se celebra esta nueva danza macabra, así como los porcentajes de probabilidades que cada ruletista tiene, más cuando si reinciden en la provocación a su suerte. El narrador repite en varias ocasiones esa especie de risita que se le antoja el sonido del tambor al girar, ni escatima el detalle truculento de los sesos y astillas de huesos pegados a las paredes.  Hasta que se encuentra con un viejo amigo de la infancia, el ruletista por excelencia. Y es entonces cuando la narración entra en una espiral de acontecimientos que tienen a este protagonista como eje, sobre todo porque la terca reincidencia le va granjeando fama, dinero y con ello, el cambio de los sótanos asquerosos, viejos cascos de bodega plagados de cucarachas gigantes, a los salones burgueses y aristocráticos, en los que se van a celebrar los nuevos y más arriesgados envites del ruletista con la muerte. Ya no es una bala solo la que mete en el tambor, sino dos, y después serán tres, y cuatro…. Cuando terminé la lectura, no pude por menos que reflexionar sobre la cantidad de políticos que, como manual de resistencia o supervivencia, juegan a ser ruletistas pero con la sien de los demás, con la sien de todo un país. José López Romero.

viernes, 5 de abril de 2019

HOMENAJE


Casualmente en mis lecturas más recientes me he encontrado con varias frases sobre la muerte o, mejor dicho, sobre el ceremonial y las consecuencias de esta que me han llevado a la reflexión. En ‘La vida de Iván Ilich’, por seguir un orden cronológico, en el propio funeral del protagonista su amigo Piotr Ivánovich piensa: “Los funerales de Iván Ilich en ningún caso son motivo suficiente para alterar el orden del día, es decir, nada conseguirá impedir que esta misma tarde oigamos cómo cruje el envoltorio de un mazo de cartas al abrirse, mientras un criado dispone cuatro velas nuevas; en general, no hay motivo para suponer que este incidente se vaya a interponer en nuestro propósito de pasar la velada de un modo agradable”; y muy próximo en el tiempo a Tolstói, Eduard Von Keyserling en su novela breve ‘Olas’ hace decir a uno de sus personajes: “—Mi cuñado —prosiguió el consejero— decía a mi hermana: «Karoline, si yo muriera una mañana, eso no sería motivo para que aquel día la comida no se sirviera puntualmente a la hora acostumbrada; lo contrario aumentaría el desconcierto». ¿No es cierto?, y lo mismo pasa en un gran transatlántico que ha sufrido un accidente y en el cual, hasta el último momento, se sirve la comida con toda normalidad. En cierto modo es el símbolo del orden moral”. Y, finalmente, en ‘La investigación’ de Philippe Claudel, novela que tanto gusta a mi amigo Ramón, la Sombra comenta: “Ver morir a un hombre es muy desagradable. Casi insoportable. Ver u oír morir a millones diluye el horror y la compasión. Uno pronto se da cuenta de que ya apenas siente nada. La emoción está reñida con la cantidad”. Bien pensado, las tres frases tienen razón, aunque esta última nos pueda parecer sin duda muy cruel. Mantener la normalidad a toda costa. Quizá no sea la mejor manera de homenajear al fallecido seguir con la rutina diaria, pero a él poco ya le va a importar; sin embargo, a los vivos les reconforta mucho, o les sirve de evasión, seguir con sus vidas no como si nada hubiera pasado, sino como forma de volver inevitablemente a la realidad. No se trata, entiéndaseme bien, de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Las distintas culturas tienen formas variadas de homenajear a los muertos; la nuestra, la cristiana, se duele pero al mismo tiempo se alegra, pues los vivos perdemos a un ser querido, pero nos alegramos porque para el creyente aquel “pasa a mejor vida”. Una alegría que se manifiesta en forma de fiesta verbenera en países como México el Día de los Muertos, como así lo describe Lowry en su ‘Bajo el volcán’. Por estas tierras en las que disfrutamos de un vino sin igual en el mundo, llevamos muy a rajatabla el refrán “el que va a un entierro y no bebe vino, el suyo viene de camino”, e incluso más de una familia me consta que ha instaurado la tradición de irse a comer después del entierro de un familiar, lo que me parece una hermosa manera de homenajearlo. Por mi parte, si me muero alguna vez, me alegraría de que después de los correspondientes y obligados, pero poquitos, llanto y duelo, mis familiares y amigos se fueran a comer como testimonio del cariño y amor que nos tuvimos y que seguro permanecerán en la memoria. Pero, por favor, que no brinden a mi salud. Cachondeo, el preciso. José López Romero.


PAPER PASSION


Desde hace unos meses he cogido la costumbre, no sé si consecuencia de la edad que no perdona, de mirar la contraportada de los libros que me interesa adquirir,  para buscar información –que cada vez es más corriente- sobre  si  está fabricado con papel reciclado o ecológico. La última manía de lector que recuerdo antes de esta, fue cuando miraba el canto de estos para comprobar si estaban cosidos o pegados. El abaratamiento de las encuadernaciones ha hecho casi desaparecer la prestancia de los libros cosidos, y hoy  es común  la insufrible visión de los libros desencuadernándose a poco que por sus páginas pase más de un lector. Pero ahora, como les decía, me asalta esta otra manía, de tal manera que a veces estoy más pendiente de encontrar el dichoso sellito  “libre de cloro” que de  hojear y ojear como debe ser el libro que puedo adquirir. Todo esto me lleva a recordar la curiosidad que despertó hace unos años, la presentación de un perfume -Paper Passion- que  conseguía evocar el aroma que desprenden los libros, en este caso nuevos, y no el típico olor a viejo avainillado y dulzón que provoca con el tiempo la descomposición de la celulosa y la liberación de la lignina. En este caso se buscaba el olor que desprenden los compuestos utilizados para fabricarlo –papel, pegamento, diversos productos químicos y tinta- antes de su degradación, cuando se mezclan y volatilizan. El poner en un perfume el olor a libro nuevo, el Paper Passion, fue una idea del estilista, pero también gran bibliófilo, Karl Lagerfeld. Aquello tuvo un éxito efímero pero tenía su lógica: si el libro en papel desaparecía por la irrupción del libro electrónico, al menos para los nostálgicos  se preservarían sus olores. Ya les digo que el éxito fue fugaz, quizás porque lo que se vaticinaba como una guerra de exterminio - donde el exterminado sería el libro convencional- acabó dando  lugar a otro paisaje más llevadero, que no significa menos fácil, donde lo electrónico y el libro convencional tratan de coexistir. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 15 de marzo de 2019

LIBROS Y GUERRA


Hay un dato contrastado y que algunos de  los que lean estas líneas conocerán, a otros les sorprenderá, cual es que de la ingente producción editorial que nos inunda materialmente cada año, la temática más  repetida y sobre la que más se edita tanto en papel como en formato electrónico, es  la de la II GM seguida de los libros sobre la Guerra Civil española. Como les digo es algo que  se viene repitiendo sin altibajos desde hace años. ¿Tras el dato se esconde el síntoma de algo? Lo ignoro pero creo que es legítimo  interrogarse sobre ello pues, coincidirán conmigo, no es fácil admitir que tanto libro sobre los mencionados y trágicos acontecimientos de la primera parte del siglo pasado, se publiquen por casualidad, por moda o porque la investigación histórica sólo tenga puesto su foco de atención en dichos hechos. Tras ese dato existe sin lugar a dudas un deseo de conocer por parte de los lectores que va más allá de la simple curiosidad. Y mientras ese deseo no sea progresivamente satisfecho -aunque sospechamos que nunca se hallará una respuesta mágica que calme con rotundidad esas ansias de conocer el por qué de tanta tragedia- la obligación de los historiadores es seguir hurgando en ese pasado aún tan cercano. Es precisamente su cercanía la que en parte también explica esa  especie de atracción fatal que sentimos por los repetidamente mencionados hechos históricos, y que vienen a corroborar los datos estadísticos de la industria editorial,  pero junto a ella hay otra sensación más poderosa: un temor inconsciente a que estos fenómenos se pudieran volver a repetir,  pero no con sus mismas formas lo que resulta doblemente inquietante. Javier Cercas declaraba hace pocos días que “el 23 de febrero de 1981 terminamos con la Guerra Civil, pero aún no lo hemos digerido” (La Vanguardia). ¡A ver si va a tener razón! Un dato más:  la paulatina desclasificación de archivos oficiales, proceso más evidente y rápido en los países de nuestro entorno, está haciendo avanzar la investigación y haciendo aflorar aspectos hasta ahora desconocidos que van completando el rompecabezas de la primera mitad del pasado siglo. Muchos años han pasado y muchos datos han salido a la luz desde aquella  edición de Bruguera de comienzos de los años 70 del pasado siglo, del libro de H.G Dahns sobre la II G.M.,  hasta el relato que hoy nos deja sobre ese conflicto, pero también sobre la Guerra Civil española, el británico Anthony Beevor por poner solo un ejemplo. Tampoco podemos olvidar el papel de la buena literatura en su contribución de acercarnos de otra manera, más emocional si se quiere, a estos hechos con libros que ahora se reeditan como los de Chaves Nogales, especialmente a ‘Sangre y Fuego’ (Espuela de Plata. 2014), o la excepcional novela ‘Juventud sin Dios’ de Horváth (Nórdica, 2019), entre otros muchos. Ramón Clavijo Provencio

LA VIDA, LA OTRA


Quizá la viera anunciada en una revista, o en un escaparate o alguien, algún amigo (¿con mala intención?, ya sospechaba de todo) se la recomendara, lo cierto es que se compró aquella novela y a medida que iba leyéndola más se sorprendía del enorme parecido con su vida. La protagonista tenía un marido que se dedicaba a la misma profesión que el suyo, y dos hijos, un niño y una niña, que estaban en la misma edad escolar y practicaban los mismos deportes que los suyos; incluso estaba segura de que había escenas que ella había vivido. Su vida diaria parecía un calco de la protagonista de la ficción. Más de una vez, durante la lectura, se había asomado a la ventana para ver si alguien la espiaba desde otra ventana próxima, como aquella película de Hitchcock. Buscó en Internet a su autor y nada parecía que tuvieran en común, ni siquiera una amistad compartida que le sirviera de fuente de información; ¡imposible!, se decía, más cuando se describían escenas de una intimidad difícilmente conocida por alguien ajeno. Recordó que ya algunos escritores habían tenido problemas con amigos y familiares por basar sus relatos en ellos; sin ir más lejos James Salter perdió a unos amigos porque estos se vieron muy retratados, casi desnudos en su novela ‘Años luz’, y que el mismísimo Vargas Llosa tuvo problemas con su primera mujer, Julia Urquidi, que además era su tía, porque esta se vio demasiado reflejada en la protagonista de ‘La tía Julia y el escribidor’, por lo que incluso respondió al escritor con un libro titulado ‘Lo que Varguitas no dijo’. Un día al saber que el autor acudiría a la firma de ejemplares en una librería céntrica, se acercó hasta allí y cuando le tocó el turno, le espetó: “Te maldigo porque solo me has hecho vivir la vida real, pero no mis sueños, y esto es lo que debe hacer también la literatura, hacerle soñar al lector, hacerle vivir su vida, pero también la otra”. José López Romero.

sábado, 9 de febrero de 2019

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL


Los que hemos dedicado toda nuestra vida académica, a mucha honra y satisfacción, a explicar los saberes inútiles, hemos tenido que aguantar durante años la preguntita de marras que tarde o temprano se le ocurría a uno de esos escolares entre cuyas virtudes no se encontraban la brillantez y el entendimiento despierto: “¿y esto para qué sirve?”. Una pregunta cuya sorna se hacía más frecuente y virulenta, y por ello más hiriente, en asignaturas como el latín y el griego, lenguas que además sufrían el apelativo de “muertas”. De este vilipendio saben mucho mis queridos amigos Juan Cienfuegos y Paco Antonio García Romero, excelentes profesores de ambas disciplinas y hombres cuya dedicación a ellas es digna de todo encomio. Incluso en alguna que otra ocasión, otro de esos alumnos aventajados en el arte de la ignorancia y la vacuidad intelectual, me ha llegado a insinuar que la Literatura es una materia más propia del género femenino, por lo que no la aprobaba no fuera a ser que se viera menoscabada su masculinidad, que aquel mastuerzo solo localizaba en su entrepierna, sin entender siquiera que ser hombre es mucho más que nacer con unos atributos. Pues bien, y como todos necesitamos a veces un cañonazo de autoestima, no he encontrado en los últimos tiempos mejor medicina, respuesta más acertada a la preguntita antes citada que el libro titulado “La utilidad de lo inútil” del profesor Nuccio Ordine (editorial Acantilado), al que subtitula “manifiesto” porque no deja de ser una excelente defensa de los estudios a los que se han dedicado los humanistas que a lo largo de los siglos desde que el hombre tiene conciencia de su capacidad intelectual, y que han ocupado su vida en el desarrollo de las artes, en todos esos conocimientos que no tienen al dinero o a la utilidad práctica como único objetivo y propósito. Saberes que han engrandecido al ser humano porque una pintura, una escultura o un poema,  por poner solo tres ejemplos, no pueden cifrarse en dinero porque su valor es incalculable. Muchos de ellos, de los que Ordine va repasando sus opiniones, sus pensamientos sobre este asunto, desprecian el dinero por corromper lo que más acerca al hombre a Dios: su poder de crear la belleza. No falta tampoco la crítica, bastante dura, a la universidad convertida esta en una empresa, los estudiantes en clientes y los profesores en simples burócratas. Termina Ordine su libro con la reimpresión del artículo titulado “la utilidad de los conocimientos inútiles” que publicara en 1939 el profesor Abraham Flexner, en el que se da cuenta de cómo la inutilidad de investigar por investigar ha llevado al hombre a descubrir e inventar cosas tan útiles que ahora seríamos incapaces de vivir sin ellas. Reproduzco un fragmento del dramaturgo Ionesco recogido en el libro: “Mirad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia adelante, sin mirar ante sí, pues recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. En todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo. El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.” Pregunta contestada. José López Romero.


KONDO


La que muchos consideran gurú del orden, la nipona Marie Kondo, levantaba ampollas recientemente en el mundo de la cultura con su  rotunda afirmación de que en una casa no debe haber más de treinta libros. Por supuesto no se hizo esperar la reacción de miles de personas que en los medios de comunicación convencionales, pero también y sobre todo en las redes sociales opinaban sobre el tema. Lo cierto es que tras la rotunda afirmación de la Kondo se esconde una tendencia actual que es la de ir barriendo visualmente al libro físico del espacio doméstico, condenándolos al exterminio o como mucho al último rincón de la casa. Si hasta hace relativamente poco era algo lógico, además de estar bien visto, dejar espacio en nuestros domicilios para los libros, ahora con el creciente protagonismo de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, parece ir imponiéndose la idea contraria: si todo lo podemos tener al alcance de un click o almacenar en un artilugio electrónico ¿para qué entonces destinar en nuestros cada vez más exiguos domicilios, espacios  para almacenar libros? Y en esta dicotomía nada novedosa se ha colado el oportunismo de Marie Kondo, disfrazándolo de lógica, orden y pulcritud. Escribía Francisco Bejarano que “toda la literatura universal que nadie debería dejar de leer cabe en una covacha. Y sin embargo, aquí está uno revisando su biblioteca, quitando polvo y telarañas, estornudando con la casa patas arriba y encima sufriendo cuando se encuentra un ejemplar herido.” (‘Manual del lector y escritor modernos’. Renacimiento,1999). Y es que pese a que sean muy pocos los libros esenciales al igual que pocos también los que al cabo del año recordamos con agrado haber leído, los que disfrutamos y sufrimos con esa pasión que es la lectura –y no les digo ya los que se confiesan  bibliófilos, bibliómanos o coleccionistas-  seguiremos conservando físicamente esos libros con los que hemos topado en algún momento y nos han dejado una huella –literaria o emocional, ¿qué más da?-  en nuestras vidas. Y esto es imposible que lo puedan eliminar ni  nuevas tecnologías, modas o los oportunismos de gurús efímeros. Ramón Clavijo Provencio



viernes, 1 de febrero de 2019

EFÍMERA


Hubo una época donde la información contenida en la  prensa diaria apenas trascendía más allá de la fecha del calendario en la que se publicaba. Por ello era común hasta bien avanzada la mitad del siglo pasado, que los ejemplares una vez leídos y perdida aparentemente su utilidad, se destruyeran. Ello explicaría que no hayan llegado a nuestros días muchas y valiosas colecciones de periódicos y revistas, pese a que junto a la actualidad del día incluyeran artículos, relatos, o abundante material gráfico. Es decir todo un valioso material hoy día para la investigación, y que ha obligado a los centros bibliotecarios y de documentación  que conservan algunas de estas colecciones, a custodiarlas celosamente no solo por su fragilidad sino también por su rareza, siendo una de sus prioridades proceder a su digitalización (cuando los siempre escasos presupuestos lo permiten). Al igual que la prensa diaria, durante el siglo XIX y gran parte del siguiente se publicaban folletos y revistas efímeras por muy diversos motivos, en la mayoría de las ocasiones ligados a las fiestas locales. En Jerez destacarían “Solera Jerezana”, “Guión”, “Gran Feria de Jerez”, entre un listado interminable. En ellas junto a la información de ese calendario festivo, y si somos curiosos, encontraremos firmas destacadas de literatos, historiadores, publicistas, poetas, bibliófilos, como Pemán, Pérez Solero, Hipólito Sancho, Fernando Bruner Prieto entre otros muchos. A mí siempre me ha atraído hurgar en estas colecciones, pues no es raro encontrarse en ellas algún poema de sorprendente calidad o alguna narración corta que, como diría mi amigo Atanasio,  “se deja leer”. Hace poco hurgando en una colección de folletos encontré un curioso texto bajo el título de “Anécdotas y Chismorreos”, donde el autor escondido bajo las siglas J.M. dejaba, entre otras anécdotas, unas pinceladas gruesas sobre D. Gabriel de Soto y Lavaggi (cuñado de D. Manuel María González Ángel): “D. Gabriel era un solterón muy mujeriego, con queridas y constantes trajines en los diversos puntos donde vivía o por los que viajaba. El motivo de su muerte fue una enfermedad en el pene que le originó grandes dolores, por lo que fue operado en Jerez por el doctor D. Francisco Revueltas  Carrillo y Montel. Se dice que en la operación estuvo presente D. P.N.G., y cuenta este que estaba tan nervioso y preocupado  el paciente en los momentos previos a la operación, por su futuro  sin ese importante miembro de su anatomía,  que el doctor le intentó tranquilizar con estas palabras “No se preocupe Ud., que le dejaré útil para un blanqueo”. En otra ocasión  daré cuenta de otra historia impagable, la de “Perico rata”,  que era el fijador municipal de edictos y avisos, y que nos dejó para la posteridad otro nombre olvidado: A. Rodriguez-Pascual y Vega. Ramón Clavijo Provencio

TARDE


El pasado verano experimenté una sensación nueva (¡ya a mis años!) con respecto a la lectura (¡no se den tan pronto a la imaginación!). Cuando acabé tres novelas, las tres excepcionales, “El azar y viceversa” de Felipe Benítez Reyes, “Galíndez”, de Manuel Vázquez Montalbán, y “El día del juicio”, de Salvatore Satta, noté que quizá había llegado tarde a estas tres obras. De inmediato me consolé con el socorrido refrán: “más vale tarde que nunca”. Y ya más en frío me fui dando cuenta de que con otros libros y autores quizá había llegado demasiado temprano. Un ejemplo, “El Mercurio” de José María Guelbenzu fue una novela que leí demasiado pronto para mis capacidades lectoras; no entendí nada. Mucho más tarde, me reconcilié con el autor, aunque de forma más liviana, con la lectura de la segunda entrega que tiene como protagonista a la jueza De Marco, “La muerte viene de lejos”. No soy lector de novedades, a menos que haya una recomendación muy viva y fiable por medio, e incluso en este caso suelo enfriar la primera excitación por unos meses, para que el libro se oxigene un poco, y al final lo que suele pasar: se terminan por meter otros libros hasta llegar a olvidar los recomendados. La verdad es que de “El azar y viceversa” apenas han pasado dos años desde su primera edición (2016), unos ocho desde la publicación por Anagrama de “El día del juicio” (2010), pero la de “Galíndez” data de ¡1990! Y hasta hace unos meses no he podido disfrutar de sus lecturas. Y lo peor de toda esta reflexión no es el darte cuenta de la tardanza con que he llegado a estas novelas, sino de la cantidad de libros a los que ya empiezo a llegar también tarde, y más agobiante aún, a los que no podré ya leer. Parafraseando a Borges en un poema muy a propósito de lo que estoy escribiendo, diría: “este otoño he cumplido sesenta y dos años, la muerte me desgasta incesante”.  Menos mal que, según información digna de todo crédito, por ahí arriba (o por abajo), hay una biblioteca que regenta un tal Jorge de Burgos ¡Y no se rían!. José López Romero.


viernes, 25 de enero de 2019

MESSI Y LAS BIOGRAFÍAS


Cuando se publicó una de las primeras biografías del gran Lionel Messi, este apenas contaba veintitrés años, y lo primero que se me vino a la cabeza es si a tan corta edad ya daban sus andanzas por la vida para todo un libro, más teniendo en cuenta que no constaba que hubiera padecido hambre o necesidad en su infancia, ni hubiera tenido unos años adolescentes plagados de problemas; todo se reducía a sus primeros equipos en su Argentina natal, a su fichaje por el F.C. Barcelona y a los problemas de crecimiento que tuvo. Poco más. ¿Para un libro y de 288 páginas? Mucha imaginación tuvo que echarle el autor. Ya se sabe, los dioses y los santos tienen estas cosas. Más de dos siglos antes Leandro Fernández de Moratín, en su famosa comedia ‘El sí de las niñas’ (obra que bien merece una revisión periódica para darnos cuenta de dónde venimos y del camino ya afortunadamente andado en determinados asuntos, al menos en ciertas culturas), ridiculizaba hasta la exageración ese gusto desmedido de algunos por el género biográfico. Dª Irene, la madre de la casadera Dª Paquita, para hacer gala de su prosapia, de sus hombres ilustres (aunque familia venida a menos) y de la buena y cristiana educación de su hija, cita a modo de ejemplo a fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán, que murió en “olor de santidad” (magnífico el dardo en la palabra que Fernando Lázaro Carreter dedica a la distinción entre “olor de santidad” y “loor u olor de multitud”), y al que un familiar le está escribiendo una biografía de la que ya lleva nueve tomos, que recoge –como aclara la propia Dª Irene- los primeros nueve años del santo varón, porque el propósito del autor es dedicar un tomo por año de vida a quien vivió la friolera de ¡ochenta y dos años, tres meses y catorce días! “¿Quién sabe –suspira Dª Irene- que el día de mañana no se imprima, con el favor de Dios?” A lo que sentencia su interlocutor, el circunspecto D. Diego: “Sí, pues ya se ve. Todo se imprime”. ¿Todo se imprime o se imprimía en aquellos tiempos de la Ilustración? Pocos años antes de la redacción y estreno de ‘El sí de las niñas’, ya se había publicado la enorme ‘Enciclopedia’ de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, y casi un siglo antes ya la RAE había publicado la primera edición del Diccionario de Autoridades, por poner dos ejemplos de grandes obras llevadas a las prensas, y  aunque no comparables en ningún aspecto con la biografía de fray Serapión. En estos nuestros tiempos y con cierta periodicidad aparece alguien por los medios quejándose del exceso de publicaciones, de que apenas el mercado y los consumidores dan abasto para absorber un pequeño porcentaje de todo lo que se publica, sea ficción, ensayo, revistas, por no decir poesía. Y sin embargo, las editoriales siguen su frenética carrera de novedades, muchas de las cuales, nos tememos, no cubren ni los gastos de edición, por no hablar de promoción y publicidad. ¿Editar ahora, en la edad de Internet, enciclopedias? A nadie se le ocurre, porque ni para librerías de viejo. La biografía de fray Serapión tuvo su momento, cuando al decir de D. Diego, todo se imprimía. Hoy el santo varón sería carne, en el mejor de los casos, de wikipedia. ¿Y Messi? Va camino de un tomo por año. Es lo que tienen los dioses y los santos. José López Romero.

ECOS DE UN ESCRITOR


En el año 1949 salía publicada la novela del sevillano Manuel Halcón "La gran borrachera", novela que tuvo en su momento una cierta repercusión en nuestra ciudad, lugar donde trascurría la trama de la misma. Incluso en su momento el entonces alcalde de la ciudad Tomás García Figueras, se hizo eco del poco "cariño" con el que "La gran borrachera" había sido acogida en la ciudad, dedicando al escritor las siguientes líneas: "No sé de dónde sacaron que esta es una novela de clave. A algún jerezano conspicuo le molestó sin duda que la escribiese un sevillano. Tonterías". Pese a todo el libro fue bien recibido por la crítica en general, como la de José Luis Cano en la revista literaria "Insula",  en la que  venía a decir que no había leído un homenaje al vino de Jerez "tan valioso y delicado literariamente". Más allá de "La gran borrachera", que podríamos considerarla un texto menor en la obra literaria de Halcón, donde destacarían sobre todo “Recuerdos de Fernando Villalón” y “Monólogo de una mujer fría”, pero también de toda su obra, trasciende la propia figura de Manuel Halcón, un personaje fascinante en cuanto a su devenir personal en un periodo muy difícil de la historia española como fue el del primer franquismo, y que hace unos años reivindicaba un libro: "El novelista" de José Vallecillo López (U.S.2001). Muy cercano a los postulados del régimen franquista en su primera época, poco a poco se iría distanciando de estos hasta culminar su giro político -si lo podemos llamar de esa manera- firmando el llamado "manifiesto de los 27", en el que una serie de  procuradores en las Cortes franquistas del año 1943 dirigieron un escrito a Franco instándole a restaurar la monarquía. Por supuesto aquello terminó de la peor de las maneras posibles para los promotores de la iniciativa,  entre ellos Halcón, aunque quizás fue uno de los que salió mejor parado pues aunque fue borrado del mapa político, a partir de ese momento pudo dedicarse a sus quehaceres literarios que era lo que realmente le importaban, y a los que se dedicó intensamente hasta su muerte en 1989. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 18 de enero de 2019

ALUCINACIONES


A veces me asaltan preguntas absurdas o inquietantes, muchas relacionadas con mi pasión  por la lectura, como esta que cíclicamente vuelve una y otra vez  “¿qué libro será el que esté leyendo antes de irme para siempre?” Y lo peor es que cuando surge una de estas interrogantes, me provoca ella sola una cascada de nuevas interrogantes relacionadas con la primera cuestión. “¿Lo habré terminado, o lo abandonaré con el marcapáginas como mudo testigo de hasta dónde llegaron mis ojos?” “¿Será uno de esos libros que no terminan de captar mi atención y en los que busco un motivo para abandonar su lectura? ¿O será, en cambio,  todo lo contrario, de esos en los que  ralentizo la lectura para intentar alcanzar lo imposible: no llegar al punto final?” En un principio no le di excesiva importancia al asunto. “Con la edad, me decía un conocido afectado por otra manía (padece ataque breves de “déjà vu”. Piensa que lo que le pasa en un momento determinado ya lo ha vivido anteriormente), uno va explorando territorio desconocido, tanto en lo físico como en lo emocional, es cuestión de dominarla. Mira a Iñaki Gabilondo que le ha dado por preguntarse cómo será el mundo que vivimos “Cuando ya no esté”. Lo cierto es que he llegado a la conclusión de que con el pasar del tiempo y el aumento de los ataques, tengo alguna patología emocional, seguramente catalogada en algún manual, y que va camino, si no lo ha hecho ya, de cronificar. A veces los ataques traicioneros duran unos minutos; otras veces, como una terrible jaqueca, varias horas.  Es curioso, pero desde que arrastro estas  -no sé cómo definirlas- ¿molestias? he ampliado mi campo de lecturas, y he descubierto a Oliver Sacks lo que considero un verdadero regalo. Al principio con la seguridad de  que tan eminente neurólogo como excelente escritor me diera alguna pista a través de sus “Alucinaciones” (Anagrama. De sus varias ediciones leí la de 2013) o “Veo una voz” (Anagrama. 2015). Me convencí tras estas lecturas de que no tenía nada excepcional, por supuesto nada que ver  con síndromes como el que  hace tener la capacidad de imaginar olores (“Unos pocos nanogramos de vino”), o el aún más raro que te hace desdoblarte hasta verte como si tuvieras delante un espejo (“Doppelgängers”). También me tranquilicé al conocer que ilustres de la cultura y de la literatura también afrontaron en algún momento de sus vidas, alguna  -llamémosle “rareza emocional”- que fue determinante en su obra, y la lista de estos personajes –Dostoievski, Evelyn Vaugh, Henry James….- es tan larga según Sacks que necesitaríamos varios libros para recogerla. No, mi modesto síndrome de seguro no me hará escribir una obra maestra, aunque sí al parecer orientarme hacía buenas lecturas… y descubrir a Sacks. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

SUELTOS


Permítanme que les ponga en situación. Una chica cruza un semáforo y a la espera queda un coche con dos jóvenes dentro, y cuando la primera pasa y arranca de nuevo el vehículo, el copiloto le lanza un beso que encierra toda esa lascivia burda, soez y casposa, esa voz interior de la manada que termina siempre por aflorar en ciertos especímenes de la zoología humana. Y mi primera pregunta fue ¿tendrá madre, hermana y le gustaría que le dedicaran ese gesto?, y la segunda, por deformación de lector sin remedio: ¿qué lee ese bulto? Y mi respuesta o conclusión a esta es siempre la misma: afortunadamente, nada. Y digo “afortunadamente” porque nada gana la literatura o la cultura en general con que los ojos de ese individuo se posen en alguna página; todo lo contrario, la literatura perdería porque la mancharía. Mucho antes de que el Renacimiento y el hombre humanista, hicieran más accesible el libro a través de la imprenta, ya los grandes intelectuales de la Edad Media consideraban el libro como un bien que dignificaba al ser humano, que elevaba sobre los demás a aquellos que tenían la destreza de leer y escribir, como así lo certifican grandes intelectuales de nuestro tiempo como Jacques Le Goff o E. R. Curtius y tantos otros. Yo no quiero que ese individuo, el del beso baboso y repulsivo (“como el vientre viscoso y frío de un sapo”) lea, ni me gustaría siquiera que leyese este artículo, aunque solo fuera para reconsiderar su actitud y censurarse el gesto, no creo en ello. Hay edades o etapas en la vida de una persona en las que se deben hacer ciertas cosas, y cuando se pasa esa edad ya no hay remedio. Y está claro que nada vamos a sacar ya de un cerebro que no fue educado en su momento para la lectura, para que los libros le enseñen el respeto a los demás y las más mínimas normas de urbanidad. Rechazo, por supuesto, pero también preocupación. Como padre de una chica, me preocupa que elementos como esos anden sueltos. José López Romero.

sábado, 12 de enero de 2019

EL INVITADO


La casualidad, que es la madre de toda ciencia inexacta, hizo que se reencontraran aquellos viejos compañeros de colegio y en otro tiempo hasta amigos. Hacía unos años que no se veían, aunque uno sí sabía del otro por los libros que iba publicando, y que con perseverancia oriental había leído por aquello de la antigua amistad que siempre se recuerda con un punto de nostalgia. Aquellos libros se contaban por éxitos, aunque no tan enormes ni sonados como las expectativas formadas en torno al autor y su obra. Del cariñoso saludo se pasó al recuento somero de sus vidas y se emplazaron para una próxima ocasión que no debía tardar tanto. “Oye –le dijo el lector al escritor en el fragor de los abrazos-. Te tomo la palabra. Te invito el sábado que viene a mi casa, a cenar. Es una orden”, bromeó el primero. Y allí que se encajó el ilustre. Y como invitado se acompañó de una botella de buen vino (los deberes de la cortesía) y de cierta inveterada gazuza, porque la literatura siempre despierta un hambre ancestral, y naturalmente un ejemplar de su último libro dedicado. “Toma” -le dijo a su anfitrión nada más abrirle este la puerta de su casa. Pasaron al salón donde dejaron la botella encima de la mesa que ya estaba preparada para la cena; y el amigo abrió el libro, leyó con satisfacción la dedicatoria, le dio las gracias, y lo condujo a su estudio que hacía también de biblioteca. “Venga. Te toca ahora a ti –le dijo al escritor- elegir el lugar donde quieres colocar tu libro. Ten en cuenta que la disposición es cronológica, y aunque tus otras obras las tengo aquí –y le señaló un estante que se perdía en el abigarramiento de volúmenes, unos encima de otros; yo quiero que tú mismo coloques el que hoy me regalas”. El escritor se acercó a sus otros libros, lugar que consideraba el más natural, y se fijó en los autores de los textos que los rodeaban. “¡Pero, hombre, me has puesto al lado de Fulano! Muy buena persona, eso sí, pero de calidad poquita, muy poquita. Su último libro, una recopilación de relatos breves, es un bodrio de consideración. No tiene ni la menor imaginación, y de estilo anda muy cortito. Y ¡hala! Al otro lado mi amiga Menganita, la que se bebería el Nilo si fuera de whisky. Por otra parte, sus novelas no valen un pimiento; mucha retórica y poca sustancia; y escribe como una posesa…¡Y así escribe!... ¡Ah! Y un  poco más allá me tienes con Zutano, el poeta, al que le dieron un premio, el de la constancia de escribir; los otros tres que ha recibido estaban amañados, como todos. Poemas endeblitos que recuerdan a aquellas doloras de Campoamor, más cursis que un guante.” Y así fue repasando la estantería sin convencerle ningún emplazamiento posible, hasta que el escritor se fijó en una mesita que ocupaba un lugar destacado en el salón, encima de la cual y en un atril reposaba la Primera Parte de “El Quijote” en edición facsímil que publicó hacía ya unos años la RAE, se acercó, ojeó el volumen y quitando el tomo cervantino, dijo: “Aquí luce más mi libro. Así lo verás todos los días y recordarás nuestra amistad”. José López Romero.

PREMIOS DE INVESTIGACIÓN


Hemos asistido durante las últimas semanas en nuestra ciudad, a la publicación de interesantes trabajos de investigación sobre distintos aspectos de su historia. Historiadores como Fernado López Vargas Machuca, Javier Jiménez  López de Eguileta, Diego Caro o la aparición de un nuevo número de la “Revista de Historia de Jerez”, conteniendo en sus páginas 13 artículos de otros tantos historiadores y que exponen el fruto de sus estudios, nos dan prueba por un lado  de la vitalidad de la historiografía local, pero por otro lado nos da una visión engañosa de los medios y posibilidades que encuentran los estudiosos para dar a conocer el fruto en muchas ocasiones de años de arduo trabajo. Y digo todo esto porque hoy más que nunca sería interesante que esta ciudad viera surgir la convocatoria de un Premio de Investigación histórica o recuperara aquel premio "Manuel Esteve" que convocó el Ayuntamiento de nuestra ciudad desde1995 a 2007, y que  fue un estímulo para la investigación sobre la ciudad y su zona de influencia. Venía entonces el mencionado Premio a ocupar el hueco que dejaba otra convocatoria emblemática cual fue el Premio de Investigación de la Caja de Ahorros de Jerez.  Estuve colaborando con entusiasmo desde los orígenes con el "Manuel Esteve", y fui testigo como secretario del Jurado de aquellos premios de enconados debates, jocosas situaciones incluso de momentos de tensión entre los prestigiosos historiadores que siempre lo formaron. Pero sobre todo el recuerdo que me queda de aquellos premios es que se hacía una labor importante tratando de facilitar la salida a la luz de muy necesarios trabajos de investigación, y  que bien merecían ser conocidos y difundidos. Aquellos estudios firmados por Antonio Cabral, Jesús Manuel González, Diego Caro, José López, Manuel Romero o José A. Mingorance entre otros, son hoy referente para muchos historiadores que pudieron acceder a ellos gracias a la colección creada por el Servicio de publicaciones Municipal, y  que llegó a publicar los textos premiados de las siete convocatorias realizadas (una quedaría desierta). Ojalá  vuelva este tipo de iniciativas que auspiciadas por instituciones públicas o privadas apuesten otra vez por la Cultura con mayúsculas, mirando más allá de los efímeros ciclos festivos anuales. Ramón Clavijo Provencio.