LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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viernes, 5 de abril de 2019

HOMENAJE


Casualmente en mis lecturas más recientes me he encontrado con varias frases sobre la muerte o, mejor dicho, sobre el ceremonial y las consecuencias de esta que me han llevado a la reflexión. En ‘La vida de Iván Ilich’, por seguir un orden cronológico, en el propio funeral del protagonista su amigo Piotr Ivánovich piensa: “Los funerales de Iván Ilich en ningún caso son motivo suficiente para alterar el orden del día, es decir, nada conseguirá impedir que esta misma tarde oigamos cómo cruje el envoltorio de un mazo de cartas al abrirse, mientras un criado dispone cuatro velas nuevas; en general, no hay motivo para suponer que este incidente se vaya a interponer en nuestro propósito de pasar la velada de un modo agradable”; y muy próximo en el tiempo a Tolstói, Eduard Von Keyserling en su novela breve ‘Olas’ hace decir a uno de sus personajes: “—Mi cuñado —prosiguió el consejero— decía a mi hermana: «Karoline, si yo muriera una mañana, eso no sería motivo para que aquel día la comida no se sirviera puntualmente a la hora acostumbrada; lo contrario aumentaría el desconcierto». ¿No es cierto?, y lo mismo pasa en un gran transatlántico que ha sufrido un accidente y en el cual, hasta el último momento, se sirve la comida con toda normalidad. En cierto modo es el símbolo del orden moral”. Y, finalmente, en ‘La investigación’ de Philippe Claudel, novela que tanto gusta a mi amigo Ramón, la Sombra comenta: “Ver morir a un hombre es muy desagradable. Casi insoportable. Ver u oír morir a millones diluye el horror y la compasión. Uno pronto se da cuenta de que ya apenas siente nada. La emoción está reñida con la cantidad”. Bien pensado, las tres frases tienen razón, aunque esta última nos pueda parecer sin duda muy cruel. Mantener la normalidad a toda costa. Quizá no sea la mejor manera de homenajear al fallecido seguir con la rutina diaria, pero a él poco ya le va a importar; sin embargo, a los vivos les reconforta mucho, o les sirve de evasión, seguir con sus vidas no como si nada hubiera pasado, sino como forma de volver inevitablemente a la realidad. No se trata, entiéndaseme bien, de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Las distintas culturas tienen formas variadas de homenajear a los muertos; la nuestra, la cristiana, se duele pero al mismo tiempo se alegra, pues los vivos perdemos a un ser querido, pero nos alegramos porque para el creyente aquel “pasa a mejor vida”. Una alegría que se manifiesta en forma de fiesta verbenera en países como México el Día de los Muertos, como así lo describe Lowry en su ‘Bajo el volcán’. Por estas tierras en las que disfrutamos de un vino sin igual en el mundo, llevamos muy a rajatabla el refrán “el que va a un entierro y no bebe vino, el suyo viene de camino”, e incluso más de una familia me consta que ha instaurado la tradición de irse a comer después del entierro de un familiar, lo que me parece una hermosa manera de homenajearlo. Por mi parte, si me muero alguna vez, me alegraría de que después de los correspondientes y obligados, pero poquitos, llanto y duelo, mis familiares y amigos se fueran a comer como testimonio del cariño y amor que nos tuvimos y que seguro permanecerán en la memoria. Pero, por favor, que no brinden a mi salud. Cachondeo, el preciso. José López Romero.


PAPER PASSION


Desde hace unos meses he cogido la costumbre, no sé si consecuencia de la edad que no perdona, de mirar la contraportada de los libros que me interesa adquirir,  para buscar información –que cada vez es más corriente- sobre  si  está fabricado con papel reciclado o ecológico. La última manía de lector que recuerdo antes de esta, fue cuando miraba el canto de estos para comprobar si estaban cosidos o pegados. El abaratamiento de las encuadernaciones ha hecho casi desaparecer la prestancia de los libros cosidos, y hoy  es común  la insufrible visión de los libros desencuadernándose a poco que por sus páginas pase más de un lector. Pero ahora, como les decía, me asalta esta otra manía, de tal manera que a veces estoy más pendiente de encontrar el dichoso sellito  “libre de cloro” que de  hojear y ojear como debe ser el libro que puedo adquirir. Todo esto me lleva a recordar la curiosidad que despertó hace unos años, la presentación de un perfume -Paper Passion- que  conseguía evocar el aroma que desprenden los libros, en este caso nuevos, y no el típico olor a viejo avainillado y dulzón que provoca con el tiempo la descomposición de la celulosa y la liberación de la lignina. En este caso se buscaba el olor que desprenden los compuestos utilizados para fabricarlo –papel, pegamento, diversos productos químicos y tinta- antes de su degradación, cuando se mezclan y volatilizan. El poner en un perfume el olor a libro nuevo, el Paper Passion, fue una idea del estilista, pero también gran bibliófilo, Karl Lagerfeld. Aquello tuvo un éxito efímero pero tenía su lógica: si el libro en papel desaparecía por la irrupción del libro electrónico, al menos para los nostálgicos  se preservarían sus olores. Ya les digo que el éxito fue fugaz, quizás porque lo que se vaticinaba como una guerra de exterminio - donde el exterminado sería el libro convencional- acabó dando  lugar a otro paisaje más llevadero, que no significa menos fácil, donde lo electrónico y el libro convencional tratan de coexistir. Ramón Clavijo Provencio