Como muchos de mi generación, encontré la puerta hacia la lectura en aquellos modestos cuadernos que editoriales como Bruguera publicaban semanalmente, y adquiríamos en los kioscos que entonces proliferaban en cualquier ciudad. En ellos descubrimos las aventuras de personajes como Jabato, El Cosaco Verde, Pantera Negra y tantos otros. A mediados de los sesenta aún no había estallado el mayo francés y muy tímidamente comenzaban a llegarnos los ecos musicales de grupos como aquellos Beatles (1964) de los que se hicieron eco hasta en el Carnaval de Cádiz de 1965, o los televisivos Monkees. En aquel mundo sin móviles ni internet, donde reinaba la radio junto al cine con sus espectaculares salas de proyección, y la televisión era más que marginal en nuestro país, los héroes de papel, aquellos que aparecían en esos cuadernillos de los que les hablo, vivieron su etapa de esplendor. En estos años un ilustrador de ya largo recorrido profesional por entonces, el veneciano Hugo Pratt, daba una vuelta de tuerca a aquel mundo de los héroes de papel y publicaba la primera de las aventuras de un personaje hoy convertido en una especie de leyenda: Corto Maltés. ¡Quién diría que de aquella primera edición de ‘La Balada del Mar Salado’ (1967) nos separan cincuenta y cinco años! ¡pero así de implacable es el tiempo! Seguí la deslumbrante obra de Hugo Pratt, junto a la de otros autores europeos, gracias a la editorial Totem que tuvo el acierto a principios de la década de los 70, de comenzar a publicar las historias de Pratt que tenían al aventurero nacido en Malta como protagonista. Hasta la muerte de su creador en 2020, son casi una treintena de historias las que llevan al lector en un viaje apasionante por distintos continentes durante el primer tercio del siglo XX. Cada una de ellas es hoy un tesoro por la visión, histórica y literaria, que nos dan de un mundo ya desaparecido, a través de los ojos de su peculiar personaje. En 2015 la editorial Norma publicaba ‘Corto Maltés. Bajo el sol de medianoche’, que firmaban Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero, en un intento de rescatar de nuevo al marino. Pero pese a la cuidada edición y el excelente trabajo de estos autores, que han publicado dos nuevas entregas protagonizadas por el marino, me temo que Corto Maltés se quedó en aquella última travesía en busca de “Mú: el continente perdido”, o en todo caso en la España de la Guerra Civil (si nos atenemos a una frase de otro personaje de Pratt, el polaco Koinsky, en ‘Los escorpiones del desierto’), por más que hoy se intente hacerlo protagonista de historias que nunca estuvieron en la cabeza ni en el espíritu de Pratt. Ramón Clavijo Provencio.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
viernes, 21 de enero de 2022
AUTOBOMBOGRAFÍAS
Vaya por delante la confesión: no he leído la flamante autobiografía de Miguel Bosé, y ni permita Dios que tal haga según las tres o cuatro noticias que han destacado todos los medios de comunicación antes y después de la presentación en la que la editorial Espasa, otrora seria editorial (pero el negocio es el negocio), no ha escatimado medios para la promoción y en la que el protagonista tampoco ha sido tacaño en el esfuerzo con esas dos o tres frases escandalosas que incitan a la lectura (Vade retro). Ya me topé hace un tiempo con esas autobiografías complacientes en las que el autohomenajeado casi acaba él solito con el régimen de Franco o prácticamente refundó el PCE en la mesa camilla de su sala de estar… Ya conocemos el paño que gastan estas autobombografías. Incluso cuando confiesan haber sido unos malotes, lo hacen con tanta vanidad que a cualquier lector le puede provocar arqueadas. Ahora Miguel Bosé se deja caer con una revisión en profundidad de las relaciones que mantuvo con sus progenitores, especialmente con el padre, quien por la sensibilidad a flor de piel del adolescente que cantaba “Linda” le advirtió a su madre: “Lucía, que el niño va a ser maricón” (sic). Eso de saldar cuentas con los padres cuando ellos ya están un poquito más que muertos, parece ser una constante, forma parte de los tópicos manejados para las autobombografías; pero seguramente si no se hubiera llamado Dominguín Bosé lo mismo “Linda” o “Bandido” las hubiera cantado en un club del tres al cuarto, por no decir de alterne. Además, ¿por qué en vez de Bosé no se puso como nombre artístico “La Bipolar” (tomo prestado el mote de una novela de E. Mendicutti)? ¿Qué esperaba Miguel de su padre, el que pregonó a los cuatro vientos que se había acostado con Ava Gardner en la plenitud del Franquismo? José López Romero.
viernes, 24 de diciembre de 2021
DEDICATORIAS PARALELAS
“A Pilarita Azlor Aragón y Guillamas y a Isabelita Silva y Azlor Aragón. En las largas y solitarias horas de esta mi última enfermedad me imaginaba algunos días que veníais las dos, como tantas otras veces, y apoyadas en mis rodillas me pedíais que os contara un cuento; y para realizar en parte esta dulce ilusión os escribí entonces esta historia de ‘Pelusa’. Creo que esto será lo último que escriba; y no porque piense colgar mi pluma como el bueno de Cervantes, sino porque la enfermedad me la arrebató ya de las manos, y la muerte se encargará pronto de tirarla a la basura, que es el lugar más adecuado…” Firmaba la dedicatoria “Luis Coloma, S. J. Madrid, 2 de noviembre de 1912 (P. Luis Coloma, ‘Cuentos para niños’. Ed. Peripecias). Dos años y medio aproximadamente tardaron sus vaticinios en cumplirse, pues el 10 de junio de 1915 el Padre L. Coloma daba su alma al descanso eterno, cuando ya contaba sesenta y cuatro años, quizá ni él mismo pensara llegar a tanta vida después de que a los veintiuno se pegara accidentalmente un tiro en el pecho, por el que estuvo al borde de la muerte. En su celda del convento de los jesuitas de Madrid, aquejado de cientos de achaques, esa “mala salud de hierro” que lo acompañó durante toda su vida, Coloma cerraba con aquella dedicatoria uno de sus cuentos infantiles, ‘Pelusa’, que fue escribiendo a lo largo de toda su vida y a los que tanto quería. A 2 de noviembre, con ese frío que anuncia la inminencia del invierno, consciente y resignado a dar por acabado el oficio que tanto tiempo le ocupó y en el que tanto amor volcó, la escritura, Coloma seguramente recordaría también a aquel “Carlitos X, ilustre general y revoltoso chicuelo” a quien dedicó su cuento ‘Periquillo sin miedo’ porque “una noche en que habías enredado más que de ordinario, te cogí por la manita sin decir palabra, y te llevé al famoso torreón moruno, terror de los revolucionarios del Colegio. Por el camino me dijiste que habías pensado ser un general muy valiente y que, por lo tanto, a nada temías”. Pero sobre todo, recordaría sin duda su cuento más emotivo, ‘Ratón Pérez’, para el rey Alfonso XIII, entonces príncipe, y publicado por vez primera en 1894. En la edición de 1911 Coloma se lo dedica a “Su Alteza Real el Serenísimo Señor Príncipe de Asturias, Don Alfonso de Borbón y Battenberg” con estas palabras: “Hace cerca de veinte años que escribí estas páginas para S. M. el Rey D. Alfonso XIII, vuestro augusto padre. Permitidme, señor, que, al reimprimirlas hoy, las dedique a V.A. deseoso de que arraiguen en vuestra alma, tan honda y fructuosamente como arraigó en vuestro padre, la sencilla y sublime idea de la verdadera fraternidad humana…”. En 1616, Cervantes ponía el punto final a su novela ‘Los trabajos de Persiles y Sigismunda’, que ofrecía a Don Pedro Fernández de Castro, séptimo conde de Lemos. En ella decía el más grande de los ingenios españoles. “Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa Vuesa Excelencia este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aun más allá de la muerte, mostrando su intención”. Cervantes daba su alma al eterno el 23 (22) de abril de 1616, cuando contaba sesenta y siete años de edad. José López Romero.
EMILIA PARDO BAZÁN, LA PIONERA
De la misma manera que parece haber un consenso entre los especialistas, en cuanto a atribuir los orígenes de la novela policiaca a aquellos espléendidos relatos cortos protagonizados por el detective Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, y que se publicarían entre 1841 (‘Los crímenes de la calle Morgue’) y 1844 (‘La carta robada’), publicándose en 1842 ‘El misterio de Marie Roget’, no parece que suceda lo mismo si nos referimos a nuestro país. Algunos autores han atribuido a García Pavón los orígenes tardíos del género en España, con su policía municipal de Tomelloso, Plinio, pero otros adelantan sus primeras manifestaciones incluso a 1853, con la aparición de ‘El Clavo’ de Pedro Antonio de Alarcón. Sin embargo sobre esta novela habría que decir que es evidente que está más cerca de esos relatos basados en hechos o sucesos reales de la época, que de las claves y características que hoy atribuimos al subgénero policiaco. Menos discusión parece despertar el caso de Emilia Pardo Bazán, que es autora de varios relatos que perfectamente encajan con lo que hoy entenderíamos por novela policiaca, como los titulados ‘Aljófar’ y ‘De un nido’, ambos publicados en sus ‘Cuentos’ (1902) y de los que el próximo año se cumplirán 120 años desde su edición. Sin embargo, quizás su relato policiaco de más fuerza e interés literario sea ‘La gota de sangre’ (1911), y donde el protagonista, haciendo gala de un gran poder deductivo, desvela el misterio de una muerte violenta a través de la mancha de sangre que aparece en una camisa. Esta escritora, conocedora de los relatos policiacos de Conan Doyle, aporta a este tipo de literatura más relatos como ‘La cana’ (1909) o ‘En coche cama’ (1914), entre otros. Antes pues de ese numeroso grupo de excelentes escritoras españolas que triunfan actualmente en la novela policiaca o negra, como Jiménez Bartlett o Dolores Redondo entre otras, ya Emilia Pardo Bazán a principios del siglo XX, elevaba el género en cuanto a calidad literaria e interés temático, dejándonos un ramillete de espléndidos relatos que aún hoy siguen despertando el interés de numerosos lectores, y la convierten en pionera de este subgénero literario en nuestro país. Ramón Clavijo Provencio
lunes, 13 de diciembre de 2021
PAISAJES CON HISTORIAS
Escribía el escritor jerezano Francisco Bejarano, en su recomendable libro ‘Manual del lector y escritor modernos’, que “Hay libros para leer, pero son los menos… tanto es así que el año que disfrutamos de verdad con la lectura de cuatro o cinco puede considerarse como excepcional”. Sobre este asunto hay una anécdota que protagonizó Umberto Eco. Un periodista le preguntó si todos los libros que tenía en su biblioteca los había leído, a lo que él respondió que “por supuesto que no. Cualquier lector preparado sabe que hay libros para leer, y otros que se tienen por diversas circunstancias”. Pues bien este libro de los hermanos José y Agustín García Lázaro, ‘Paisajes con historias en torno a Jerez (2)’, tiene esas cualidades que lo convierten en uno de esos escasos libros de imprescindible lectura que surgen cada año, y a los que nos referíamos antes. Una de ellas es la manera en que el texto nos atrapa y nos impulsa a seguir leyendo. En este sentido la barrera que muchas veces los lectores encontramos en demasiados libros, con un lenguaje excesivamente complejo y que los malogran, no lo encontraremos aquí. Cuando siendo un joven universitario inicié la lectura del libro ‘El hombre prehistórico’ de Robert J. Braidwood, aquel que temí fuera un tratado de difícil comprensión, me resultó la más placentera de las lecturas pese a la complejidad del tema que trataba. La explicación estaba en la claridad no exenta de belleza del texto. En ‘Paisajes con historias’ también encontraremos esta gran virtud de las que les hablo, y que hacen de él un libro para disfrutar leyendo. Pero hay otro motivo por el que acercarse a sus páginas: la de poner su foco de atención en esa parte de Jerez, la de su entorno, que precisamente ha estado fuera de foco, valga la redundancia, durante demasiado tiempo en nuestra historiografía. Poco sabemos aún de ese entorno y de los acontecimientos y empresas que en él se han llevado a cabo a lo largo de los siglos, y menos aún de esa huella en el medio, en el paisaje, que ha ido dejando dicha actividad humana. Los autores ponen remedio a esto con un libro de imprescindible lectura, de esos escasos, insisto, que surgen al cabo del año y continuación de aquel que también editara ‘Remedios, 9’ en 2020, surgido como este de ese bloc ya de culto, “En torno a Jerez”, creado también por los hermanos García Lázaro. Y llegado a este punto solo nos queda animaros a seguir el consejo de la periodista Anne Fadiman cuando recomienda la lectura “in situ”, es decir leer determinados libros, y este es sin duda uno de ellos, en los lugares que describen. Ramón Clavijo Provencio
SIGNOS
“¿Qué diferencia notas,
father?” Habíamos coincidido mi hija y yo en la librería de cabecera y la
preguntita hizo que girara a mi alrededor y al poco me di cuenta de que ¡toda
una estantería estaba vacía! Solo colgaba el nombre de la sección “Astrología”.
Ante la curiosidad, más que la sorpresa, el librero se adelantó a la pregunta:
“Sí. Hemos tenido que retirar todos los libros y especialmente los relativos al
zodíaco por obsoletos. Ha aparecido un nuevo signo y ya esos libros están
anticuados”. No daba crédito. Pero mi hija, siempre ella, me guardaba (esta vez
sí) la gran sorpresa. “Father, ¿y a que no sabes cómo se llama ese nuevo signo
y qué fechas del calendario ocupa? Cáete: se llama “ofiuco” y lo más grande:
¡tú perteneces a ese signo!” Uno, aunque nunca ha sido llamado por las
divinidades astrales por los caminos de la fe horoscopaliana, tiene su
corazoncito y sus años a la espalda para que ahora le digan que en vez de
sagitario eres un ofiuco indeterminado. La verdad es que, a pesar de mantener
la compostura, no me hizo la menor
gracia la novedad. ¿Eso quería decir que durante toda mi vida había tenido una
personalidad que no me correspondía? ¿Que respondía a unos rasgos emocionales,
intelectuales e incluso a una eventual fortuna que no eran los míos? ¿Sería
ahora compatible con mi mujer? ¿podría haberme tocado el euromillón si hubiera
sabido antes que era ofiuco? Demasiadas preguntas se me agolpaban en la cabeza,
demasiadas inquietudes. Tenía la sensación de haber vivido una vida impostada,
un engaño, una vida que no me correspondía. Y lo que es más grave ¿cómo es un
ofiuco? ¡Al menos para intentar dar el perfil y hasta la cara! Y llevar mi
nueva identidad con la dignidad requerida y con orgullo para que puedan decirme
“¡Pero qué ofiuco estás hecho!” José López Romero.
viernes, 26 de noviembre de 2021
COMUNEROS
Los que nacimos a mediados de los sesenta y cursamos la EGB recordaremos sin duda la asignatura llamada “Área Social”, un popurrí de historia, arte, civilizaciones..., adornado con capítulos para la formación del espíritu nacional, eso que hoy llamamos educación para la ciudadanía. Los “baby boomers” de hoy, que vivimos aquella época, memorizamos mucho rey godo, mucho Cid, mucha reconquista y mucho Reyes Católicos. Pero por otros asuntos (Inquisición, trato de los indígenas de América, expulsión de judíos y moriscos...), la materia pasaba de puntillas. Como también fue somera la información que recibimos de unos hechos que cumplen ahora quinientos años, las “Comunidades de Castilla”, más conocida como la revuelta de los “comuneros”. Se nos grabaron tres nombres: Padilla, Bravo y Maldonado. Y una batalla, Villalar, el pueblo donde el 24 de abril de 1521 los líderes del movimiento perdieron la cabeza y los herederos todos sus bienes. Era la primera vez que las ciudades, el poder local, plantaban cara a su rey, un extranjero que llegó a España con diecisiete años sin hablar una palabra de castellano y colocando a flamencos y borgoñones en las más altas magistraturas civiles y eclesiásticas. Y pidiendo dinero para costear su candidatura al trono imperial. Muchas ciudades castellanas se plantaron, estallando un conflicto que para algunos es la primera revolución moderna, con paralelismos con lo ocurrido en la Inglaterra del siglo XVII o en la Francia de finales del XVIII. Sobre el tema han corrido ríos de tinta, novelas incluidas, como la que en 1847 firma Víctor Du Hamel, “La Liga de Avila”, que llama a los comuneros los del “partido de la independencia”. Pero este quinto centenario está siendo especialmente fecundo en actividades culturales. La Junta de Castilla y León patrocina el proyecto “El tiempo de la libertad. Comuneros V Centenario”, que ha impulsado la ópera “Los Comuneros”, de Igor Escudero, que recorre las principales ciudades que vivieron la revuelta. El “Nuevo Mester de Juglaría” representó en junio en Segovia la versión sinfónica de una historia cantada que ya compusieran en 1972. Viajaba hacia Jaén Lorenzo Silva escuchándola cuando alumbró la idea de su última obra, “Castellano” (Destino, 2021). “Quizá se la pueda llamar novela. O quizá no. Decídalo quien la lea”, nos propone. Aunque nos dice que es el relato de un viaje, para mí serían dos, porque el autor madrileño con sangre andaluza recorre con los protagonistas los escenarios que vivieron los hechos, mientras se pregunta por la esencia de Castilla, de lo castellano. El periplo concluye en el Monasterio de la Mejorada, en Olmedo, donde el autor razona que podrían descansar los restos de Juan de Padilla, el primer comunero. Mientras aguardamos nuevos casos del sargento Bevilacqua, con “Castellano” Silva nos ha hecho la espera mucho más placentera. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.
APLAUSOS
“Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere. Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo personal.”, así comienza el libro titulado ‘Historia de la estupidez humana’ de Paul Tabori, y si a esta cita le añadimos la afirmación de que “Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.”, que podemos leer en ‘Las leyes fundamentales de la estupidez humana’ de Carlo M. Cipolla; y abundando en el asunto traemos aquí la idea de que la estupidez es otro de los factores que nos diferencian de las máquinas por su imprevisibilidad, que leemos en ‘Lo imprevisible’, libro muy recomendable, como los anteriores, de Marta García Aller, ya tendríamos, en tres notas, una buena definición de la estupidez humana. El catorce de octubre pasado, en sesión plenaria del Congreso de los Diputados, al bajar de la tribuna Alberto Rodríguez, que había sido condenado unos días antes por el Tribunal Supremo por patear en una manifestación a un policía, compañeros y compañeras de su partido y de la coalición, entre ellas la vicepresidenta del gobierno, le dedicaron un aplauso. Es decir, los representantes del pueblo, los supuestos garantes de la democracia y el cumplimiento de las leyes aplauden a un individuo que le pegó patadas a un policía. Una versión moderna de aquel viejo tópico del “mundo al revés”, el de los estúpidos. Un día antes, el eterno Alfonso Guerra lamentaba que algunos asistentes al desfile de la Hispanidad hubieran abucheado a Pedro Sánchez y aplaudido a una cabra. Pues si me dieran a elegir entre la cabra y Alberto Rodríguez… José López Romero.
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