Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
viernes, 17 de febrero de 2023
LITERATURA Y FÚTBOL
viernes, 3 de febrero de 2023
TRISTE FIGURA
BUSCANDO EN JEREZ A JULIO VERNE
Cuando se habla de bibliófilos -por cierto, especie en peligro de extinción por la cada vez más agobiante deriva tecnológica- se tiende a simplificar imaginándolos a todos sin distinción, representados por esa pintura de Carl Spitzweg titulada “Ratón de biblioteca”, en la que se ve a un caballero sobre una elevada escalera, que a su vez se apoya en una enorme librería, y sobre la que hojea un libro; o esas descripciones sobre alguno de ellos que se recogen en el libro ‘Bibliofilia’ de Javier Lasso de la Vega. Pero no, bibliófilos hay de muy distintos tipos y ya autores como Díaz Maroto o Jesús Marchamalo entre otros, se han ido encargando de ir describiéndolos en algunos de sus escritos. Y digo todo esto a cuento de un lejano encuentro casual con uno de ellos. Este bibliófilo al que me refiero solo se interesaba por primeras ediciones de solo tres libros de Julio Verne: ‘La vuelta al mundo en ochenta días’, ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ y ‘De la tierra a la Luna’. Nunca me explicó el por qué solo ediciones de aquellas tres novelas, y aunque conozco a más bibliófilos que solo se interesan por la obra de un solo autor -como es el caso de F. R. que ha reunido una notable biblioteca de primeras ediciones de Alberti- este era mucho más selectivo como les he comentado sobre la de Julio Verne. En aquel encuentro en la Biblioteca Municipal, recuerdo que consultaba un raro ejemplar allí depositado de la ‘Vuelta al mundo en ochenta días’, en concreto la primera edición en castellano de la novela (Zaragozano y Jaime Editores. Madrid, 1873). Este año que se sigue celebrando el 150 aniversario de la publicación de dicha novela (en 1872 se publicó por entregas en la prensa, y en 1873 se editaba en formato libro), no puedo evitar imaginarlo atareado tratando de separar “el grano de la paja” de lo que le ofrecen, pues ya se sabe que para los sufridos bibliófilos las efemérides de sus autores de culto suelen ser nefasta para aumentar su colección, a riesgo de no quedarles un triste euro en sus bolsillos. Ramón Clavijo Provencio
domingo, 22 de enero de 2023
PASEO ENTRE LIBROS
Camino por calles bulliciosas. Hace algo de frío, un frío que ha llegado con retraso y que nos hace dudar en qué fechas del calendario estamos. Cosas del cambio climático. Paseo por el centro histórico de Jerez y decido acercarme a algunas de sus librerías (Ilustración: “Librería”. Ernest Descalls) donde se agolpan los libros de toda la vida, también esas novedades que parecen competir por alcanzar el liderato en las listas de los más vendidos. En la calle Remedios me detengo en “El Laberinto”, librería que gestiona Adrián Otero. Está concurrida y pregunto al librero sobre su interesante programa de exposiciones y el activo club de lectura allí ubicado. Tras un rato curioseando entre sus estantes decido seguir mi camino. Ya en la calle Algarve visito otra librería que regenta Margarita Lozano. Entre cliente y cliente me habla del éxito de esas visitas guiadas por la ciudad que ha puesto en marcha. Pero si “Algarve libros” se sumaba hace unos meses a la oferta librera de la ciudad también hay que recordar que cerró un emblemático lugar, “El árbol de las palabras”, lo que me hace reflexionar sobre el difícil día a día de un sector que es vital para mantener el pulso cultural de la ciudad. Otra vez en la calle mis pasos me llevan a la plaza General Primo de Rivera donde está situada la centenaria Biblioteca Municipal. Finalmente alcanzo la calle Eguilaz y entro en la librería “La Luna Nueva”, al frente de la cual están los libreros Natividad Montaño y Cristóbal Serna. Hablo con Cristóbal y cruzamos impresiones sobre los libros más vendidos -información que compartimos al final de estas líneas- pero también del panorama cultural, de sus luces y muchas sombras. Mi corto paseo termina aquí, aunque prometo continuarlo visitando el resto de librerías en una próxima ocasión. Ramón Clavijo Provencio.
LIBROS MÁS VENDIDOS (último trimestre 2022): LIBRERIA LABERINTO: ‘Oreo’ de Fran Ross, Pálido Fuego; ‘La familia’, Sara
Mesa, Anagrama; ‘Averno Verano’, Bárbara Espinosa, Altamarea; ‘El pasajero/Stella
Maris’, Cormac McCarthy, Random House/ Mondadori; ‘El Pacto’, Paco Sordo, Nuevo
Nueve; ‘Blade Runner el libro del 40 aniversario’, VVAA, Notorious; ‘Revolución’, Enzo Traverso, Akal; ‘Forajido
literario’ Ted Morgan, EsPop. ALGARVE LIBROS: ‘La ladrona de huesos’, Manuel Loureiro, Planeta; ‘La
ciudad bajo la luna’, Nerea Riesco,
Algaida; ‘El caballero de la Frontera’, M.
Lozano, Kaizen; ‘Noticias históricas de las calles y plazas de Jerez’, Agustín Muñoz, edición facsímil; ‘’Las
niñas del Altillo’, Begoña García. Canto
y Cuento. LA LUNA NUEVA: ‘Todo va a
mejorar’, Almudena Grandes, Tusquets;
‘Revolución’, Arturo Pérez Reverte, Alfaguara; ‘Lejos de Luisiana’, Luz Gabás,
Planeta; ‘Las madres’, Carmen Mola, Alfaguara; ‘La familia’, Sara Mesa,
Anagrama; ‘Personas Decentes’, Leonardo Padura, Tusquets; ‘Los vinos de Jerez’,
César Saldaña, Almuzara; ‘Juego de marionetas’, Ramón Clavijo/José López, Canto
y Cuento; ‘República y republicanos de Jerez’, Diego Caro, Tierra de Nadie.
LA COCHAMBROSA
Hay libros que solo por el título merecen la pena ser leídos. En mi memoria está siempre presente ‘La vida perra de Juanita Narboni’ de mi admirado Ángel Vázquez, cuyo magnífico título hace honor al texto. Pues bien, ‘La cochambrosa’ (ed. Renacimiento, 2018) forma parte de esta colección y, como el ejemplo anterior, título y texto constituyen una excelente simbiosis. Y si a esto le unimos el nombre de su autor, Pedro Luis Gálvez (Málaga, 1882-Madrid, 1940), estaríamos ante una conjunción planetaria similar a la que ya anunciara una exministra cuyo nombre vaga por la galaxia. Pedro Luis Gálvez, famoso en sus años de rebeldía juvenil por pertenecer a la más recalcitrante bohemia de entre siglos, y después célebre por su controvertida participación en la Guerra Civil, lo definió Andrés Trapiello en su imprescindible ‘Las armas y las letras’ como un “bandido. Con talento; de bandido y de escritor”. Todo un personaje. Y no le falta razón a Trapiello en lo de “talento de escritor” porque ‘La cochambrosa’ es una de estas novelas que se recrea en la truculencia, la fealdad y el tremendismo tan característicos de los epígonos del Naturalismo, es decir, de esa literatura de finales del XIX y principios del XX, sobre todo la que escribieron bohemios tan insignes como el gran Alejandro Sawa, cuyos títulos ‘Criadero de curas’ o ‘La mujer de todo el mundo’, o Eduardo López Bago con ‘La prostituta’ bien pueden formar parte también de esa colección que señalaba al comienzo de estas líneas. Pero si los títulos de Sawa y de López Bago no dejan lugar a la duda ni a la confusión, debo aclarar que ‘La cochambrosa’, como el pobre Elías Jiménez, su protagonista, declara al final del relato es “¡La Vida! ¡La gran Cochambrosa! ¡El humano Estercolero! ¡Todo es mierda!”. P. L. Gálvez sería fusilado en la cárcel de Porlier en 1940. Todo un visionario. José López Romero.
viernes, 9 de diciembre de 2022
DE MAGNETO A SHERLOCK HOLMES
Bromeaba con algunos amigos sobre si el personaje histórico que aparecía en aquella vieja y olvidada foto de los años treinta, no habría servido a Stan Lee y Jack Kirby para crear su luego famoso personaje de cómics de la Marvel “Magneto”. El personaje de la foto no era otro que el bibliotecario y arqueólogo municipal de Jerez Manuel Esteve, tocado con el casco griego en el año 1938 (ver: “Manuel Esteve y el casco griego: a propósito de una fotografía”. Diario de Jerez, 16 julio, 2022), y cuyo parecido con aquel Magneto era asombroso. Bromas aparte, días después, en la presentación de la última entrega de la serie de novelas de las que soy autor junto a José López Romero, y que tienen como protagonista al huraño y escéptico inspector Castilla, esperé que al final del acto, en el turno de preguntas, alguien hiciera una especialmente deseada por mí, sobre si nos habíamos inspirado en alguien real para crear al mencionado inspector de policía. Pero nadie la hizo, por lo que me vi obligado a dejar mi respuesta para mejor ocasión, aunque hoy, ya que estamos transitando por este apasionante asunto que no es otro que hurgar en la parte de realidad que se esconde tras muchos personajes de ficción, me van a permitir dar algunas pinceladas poco conocidas sobre dos de ellos: en 1870 el bostoniano George Francis Train emprendió el primero de sus tres viajes alrededor del mundo. Era la época de los globos aerostáticos, los barcos y locomotoras de vapor, lo último de la tecnología del transporte, y pese a todo una hazaña como la de Train era algo inusual, un auténtico reto. Sin embargo, pese al eco que en su momento tuvo aquella aventura del norteamericano, pronto cayó en el olvido aunque un avispado escritor francés, Julio Verne, tomaba muy buena nota de ella para escribir su universal ‘La vuelta al mundo en ochenta días’, y sobre todo para dotar al protagonista de aquella aventura, Phileas Fogg, de muchos de los rasgos de aquel Train que ya en su vejez se lamentaba con aquella frase que luego recogería el escritor Allam Foster: “Me ha robado la gloria. ¡Phileas Fogg soy yo!”. No le va a la zaga la historia que se oculta tras Sherlock Holmes, el sugerente detective victoriano que un día creara Arthur Conan Doyle. Al parecer tras el frío, asocial y deductivo personaje de Holmes había un alter ego real que no era otro que el por entonces afamado doctor escocés Joseph Bell, también dotado de grandes dotes de observación, y que no pasaron desapercibidas a Doyle como tampoco las características prendas de vestir de Bell (ver ilustración) entre otros muchos detalles, cosa que pareció no incomodar a aquel doctor que incluso prologó tiempo después uno de sus libros. Ramón Clavijo Provencio.
IDENTIDADES
“Todos los países tienen su lienzo grandioso, Sasha, la presunta obra de arte que cuelga en el salón sagrado y que resume la identidad nacional para las generaciones futuras. Para los franceses es La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix; para los holandeses, La guardia nocturna, de Rembrandt; para los estadounidenses, Washington cruzando el Delaware; ¿y para los rusos? Para los rusos son dos cuadros gemelos: Pedro el Grande interroga al zarévich Alekséi, de Nikolái Ge, e Iván el Terrible y su hijo, de Iliá Repin. Durante décadas, esos dos cuadros han sido venerados por nuestro público, elogiados por nuestros críticos y copiados por nuestros diligentes alumnos de Bellas Artes.” Le comenta su amigo Mishka al conde Aleksandr Ilich Rostov, el exquisito e ingenioso protagonista de ‘Un caballero en Moscú’, la exitosa novela de Amor Towles. Y cuando leí este pasaje, de inmediato pensé en el cuadro o cuadros que mejor podían expresar la identidad del español. En más de una ocasión he leído u oído que el famoso Duelo a garrotazos de Goya bien podría definir esa alma cainita que todo español llevamos en lo más profundo de nuestro ser; de ahí que tanto nos cueste cerrar heridas, olvidar ofensas; de ahí que guardemos el rencor hasta que nos pudre las entrañas. Las pinturas negras, en general, del genio aragonés son una buena imagen o definición de lo que somos. Y en esa misma línea de guerra y destrucción, que también señala Mishka como propia de la naturaleza rusa, puede incluirse entre nosotros el Guernica de Picasso. Y sin embargo, aun reconociendo un doloroso pasado, me resisto a reconocer que a estas alturas del siglo XXI sigamos pensando que el cuadro más definidor del ser español, el que “resume nuestra identidad nacional” sea el de dos hombres matándose a garrotazos, a menos que el cainismo siga reportando un buen rédito político. José López Romero.
viernes, 25 de noviembre de 2022
CULTURA O VIDA
“¡Entre cultura y vida… -comenzaba diciendo el Gordo, y Larisa remataba en el español que había aprendido en la cama-:… escoge vida!”, leo en ‘Las palabras perdidas’, una enorme novela del escritor cubano Jesús Díaz. El Gordo (con perdón por si acaso) se ha ligado a la angelical Larisa en un viaje cultural a Moscú, y ante la perspectiva de ver museos y bibliotecas o encamarse con la joven rusa, ninguno de los dos duda: ¡la vida! ¿Y por qué –me pregunto- esta disyuntiva excluyente? Hace unas semanas en un bar de cuyo nombre me acordaré siempre para no volver, pues una caña de cerveza estaba a precio de barril de petróleo o kilovatio hora, y todo porque te la servían en unos vasos de doble cristal que mantenía la cerveza siempre fría, precisamente en estos vasos –y vuelvo a cultura o vida- acompañando a la marca de cerveza, se podían leer distintas citas de escritores célebres. Ya saben, esas sentencias que pueden encontrarse en Internet a poco que pongamos en cualquier buscador “citas famosas de…”. Es decir, lo que en el siglo XVI eran centones y centones donde se recopilaban sentencias o frases famosas de los grandes clásicos griegos y latinos (un excelente ejemplo es el ‘Sententiarum volumen absolutissimum’ de Stephano Bellengardo), ahora con un solo clic podemos consultarlas por autores o por temas, según el gusto o el interés del usuario. A mí me tocó una de Henry David Thoreau, el famoso filósofo y naturalista norteamericano, y creo recordar que en otro vaso se recogía un pensamiento o consejo de vida de Concepción Arenal… Modestamente siempre he defendido y aplaudido todas las iniciativas que acerquen la cultura a las actividades más cotidianas de la vida. En cierta ocasión entoné un panegírico sobre el papel higiénico que se adornaba con versos de poetas célebres, aunque me abstuve de comprarlo por mi devoción por la literatura (¡cómo iba yo a caer en tamaña ofensa!). Por no decir la campaña familiar que emprendí en su momento, con escaso éxito (todo hay que reconocerlo), de pegar un poema en la puerta del frigorífico, el electrodoméstico sin duda más visitado en cualquier casa. Todos podemos hacer mucho más en nuestra vida diaria para que la cultura no se convierta en su dicotomía, sino todo lo contrario, en su mejor complemento o en un alimento básico. Y así como ahora ha proliferado toda clase de productos para seguir una alimentación sana, también podríamos buscar resortes o mecanismos para que de la misma manera incorporemos a lo más cotidiano de nuestra vida sana pequeñas o grandes porciones de cultura. Una cita serigrafiada en un vaso de cerveza es una más de las muchas iniciativas que pueden hacer que el Gordo y Larisa, en la novela de Juan Díaz, no tengan que elegir siempre vida. Aunque si tuviéramos que elegir entre el precio de la inolvidable cerveza cultural y las expectativas que se le abrían al Gordo en aquella cama y con aquella joven… José López Romero.







