¿Se lee más o menos en Jerez que en otros sitios? Esta pregunta me la hacían hace unos días en un acto cultural centrado en la lectura. Mi respuesta fue rápida, y sin dudarlo contesté que “en eso no somos diferentes”. No me extrañó la pregunta, pues es casi un clásico en este tipo de reuniones, no importa la temática sobre la que se trate, ni la ciudad donde uno se encuentre. Lo cierto es que parece que estemos obsesionados en ser siempre distintos a los demás. Pues miren ustedes por donde, en el campo de la lectura no podemos ser chauvinistas ni para bien ni para mal, aunque no me cabe duda de que alguno hubiera preferido que la realidad fuera que en nuestra ciudad se lee menos que en ninguna parte, pues sería una manera de ser distintos. Bromas aparte, lo que sí es cierto es que no corren buenos tiempo para la lectura en nuestro país, y por si faltaba algo para enturbiar el panorama nos alcanzó esta crisis que nadie pareció, por lo menos por estos lares, ver llegar. Y es que la crisis, aparte de inspirar a algunos novelistas de reconocida fama como Petros Márkaris (ver la sección Reseñas) ha traído, eso sí, más usuarios a las bibliotecas públicas. Al menos es lo que parece interpretarse de las estadísticas que empezamos a conocer de estos dos últimos años. Ahora las bibliotecas suelen estar a rebosar a diario y no sólo en época de exámenes, cuando llegan legiones de estudiantes buscando un lugar para el estudio. Pero no nos engañemos, no son estos nuevos lectores los que dispararán hacia arriba las modestas cifras de lectura en nuestro país, sino aquellos que las abandonaron en tiempos de bonanza, y ahora no tienen más remedio que recurrir a ellas para acceder a tal o cual libro, o película, o para enganchar su portátil al wifi gratuito que normalmente se oferta en la mayoría de ellas, porque en casa nos hemos dado de baja en el ADSL, o ya no podemos comprar todos los libros que deseamos. Hoy las bibliotecas, eso sí, sin duda son más públicas y cosmopolitas que nunca. Ramón Clavijo Provencio.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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viernes, 11 de noviembre de 2011
EL CONDE TOKRAY
“Más de una vez he pensado volver. Incluso, dijo, he pensado ¿en qué podría trabajar yo? Y he tenido una idea. … yo mismo me podría convertir en un museo… bastaría que me instalaran en una habitación de alguno de los viejos palacios, que me rodearan de la decoración adecuada y de la servidumbre que se usaba entonces y yo podría ser un museo viviente de las costumbres y los modales de la antigua Rusia… Sería una instructiva experiencia para los jóvenes; yo podría ser visitado por escolares, delegaciones provinciales, incluso por turistas extranjeros”, dice el conde Tokray, un curioso personaje de la novela “Respiración artificial” de Ricardo Piglia. El pobre conde no tiene donde caerse muerto, vive del sablazo que puede darles a conocidos y amigos y, como pueden ver en el fragmento, se considera una pieza de museo, un objeto histórico en serio proceso de desaparición y, con él, buena parte de la cultura de todo un país: la Rusia zarista. Cuando visitamos los museos, los monumentos, iglesias, palacios, casas señoriales, etc. sólo apreciamos el continente, el espacio vacío que dejaron, hace ya mucho tiempo, las personas que en ellos habitaron; y sin embargo, los lugares son solo un elemento más de una historia cuyos principales protagonistas, aquellos que la escribieron, son los clérigos en sus monasterios e iglesias, los grande señores, los reyes en sus castillos. Tanto ayer como hoy con los denodados esfuerzos de investigadores, y ahora con las nuevas tecnologías, no es muy difícil hacer la reconstrucción de acontecimientos históricos que tuvieron lugar en esos espacios que ahora visitamos, incluso “las costumbres y los modales” a los que se refería el conde Tokray, sin necesidad que convertir las iglesias, castillos y palacios en museos vivientes, trabajo al que aspira el conde. Los mercadillos medievales o los servicios que ofrecen algunos paradores no son más que un atractivo, sin mayores pretensiones, que añadir a la oferta turística. Y sin embargo, a pesar de estas tan exactas recuperaciones del pasado que nos proporcionan los medios actuales, tenemos la sensación de que mucho de lo vivido se va perdiendo, irremisiblemente olvidando. El conde Tokray lo ha sabido ver perfectamente: detrás de las costumbres, de los modales, de los decorados y la servidumbre, está la persona y su conciencia del tiempo que le ha tocado vivir, la adaptación a ese tiempo, la actitud ante la vida y sus circunstancias; sus emociones, sus relaciones con los demás, es decir, esa intrahistoria que es imposible transcribir en palabras o reflejar en imágenes, a menos que nos traslademos al plano de la suposición. Es esa misma sensación de pérdida que observamos, siguiendo con la Rusia zarista, en Mijail Astrov, el médico de “Tío Vania”, el drama de Anton Chejov, para quien su refugio en la naturaleza es una forma de ponerse a salvo de un mundo en desaparición. Un tiempo muere, ¿cuánto se lleva con él? Tokray en su indigencia, o quizá por ella, lo sabe. José López Romero.
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