“No hay nada tan desnudo como los ojos de los seres humanos”, dice un personaje de “La flecha del tiempo” de Martin Amis (¡cómo se empeñan algunos escritores y sus novelas en complicarle la vida al sufrido lector!), frase que en modo alguno se refiere, aunque alguna relación tiene con ese aparatito (“no más grande que un receptor de radio”) que nos describe Arturo Roa Bastos en su obra “El fiscal”, uno de los más eficaces y sofisticados artilugios de tortura utilizado por la Técnica , policía secreta en la dictadura paraguaya del general Stroessner, el “tiranosaurio”, “se trataba de un proyector de enceguecedores rayos blancos e infrarrojos que queman las retinas y produce atroces dolores y perturbaciones en el cerebro al mismo tiempo que una parálisis completa del cuerpo y del sistema respiratorio”. Pero una cosa es la indefensión de nuestros ojos ante cualquier ataque o, peor aún, cruel tortura, y otra muy distinta es esa mirada limpia que sólo los niños tienen, aunque cada vez la van perdiendo a edad más temprana. Una variante adulta es la expresión “creía haberlo visto todo ya, pero…” con la que expresamos nuestra infinita capacidad de sorpresa o asombro, porque este mundo nos depara nuevos acontecimientos que despiertan ese fondo inocente que creíamos ya agotado. Les pongo en situación. Acto solemne de despedida de una promoción de universitarios que acaban de terminar sus carreras. Impresionante auditorio lleno hasta la bandera de jóvenes felices y no menos felices familias; como impresionante era el escenario en el que se ubicaba la mesa presidencial, donde se codeaban, literalmente, autoridades políticas (¿qué hacían allí?), académicas y profesores. Y el comienzo no pudo ser más ilustrativo de lo que le esperaba al paciente e ingenuo público: el discurso del representante de los alumnos, por cuya edad ya le habría dado tiempo a terminar dos licenciaturas y un doctorado, fue un acabado prodigio de retórica en el que lo más refinado fue el “¿cómo están ustedes?” inicial, en consonancia con su atuendo de progre indignado contra el protocolo y el buen gusto. Pero el postre fue el señor decano. Bajo la apariencia de figurante en el banquete nupcial de los Corleone o de cantante de verbena estival napolitana, repartió mieles a una autoridad en avanzado estado de descomposición política y hieles reivindicativas a la representante del gobierno municipal; ni las mieles ni las hieles venían a cuento. Lo mejor, los discursos de los propios alumnos; unos, con mucha gracia, otros, ajustados al academicismo del acto, y sobre todo, el homenaje sincero y cariñoso de los universitarios a una profesora que se jubilaba. Lo demás, para olvidar. Una tortura para los ojos (y que me perdone Roa Bastos), un insulto a la inteligencia y un desprecio supino al decoro que exigía la solemnidad del acto y que se debían exigir a sí mismas aquellas autoridades por las instituciones que representaban. Una universidad que hace cateta esta banda de patanes. Natalio Benítez Ragel.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 8 de octubre de 2011
MARKETING
Sorprender a un famoso leyendo un determinado libro se ha convertido en una posibilidad de hacer fortuna, y hacerse un hueco efímero en el difícil Olimpo literario. No han sido pocas las veces en las que una vez desvelado qué libro leían fulanito, actorcillo de moda, o menganita, novia de un torero de tronío, mientras tomaban el sol, o paseaban ojeándolo, se han agotado ediciones ante la sorpresa de propios y extraños. Y es que muchos de los compradores de esos libros (tengo prevención en decir lectores) con los que fueron sorprendidos estos u otros famosos, no perseguían tanto conocer lo que en ellos se decía sino más bien alimentar el morbo de pasear la mirada por los textos sobre los que también se pasearon visualmente sus ídolos. Es evidente, pues, que a estos lectores ocasionales les puede dar lo mismo que las lecturas de sus admiradas y efímeras “estrellas” fueran una novela de Auster o un libro de autoayuda de autor desconocido. Pero sobre este asunto el que me puso al día, fue Atanasio, amigo del que en alguna ocasión les he dado cuenta, y que hace unas semanas me confesaba que había escrito una novela negra. ¡Pero qué me dices! Me dejas de piedra. Ignoraba que tuvieras aficiones literarias. Para ser sincero Ramón, lo que espero es tener visión comercial, cosa que en estos tiempos que corren no me vendría nada mal. Pues sí, amigo- prosiguió mi interlocutor-, he invertido una pequeña cantidad en autopublicarme la novela, y ahora espero colocarla. ¿Colocarla? –Le contesté- ¿Te refieres al escaparate de una librería para su venta?. ¿Pero qué dices, Ramón? Ahí no tengo nada que hacer. En cambio, si encuentro al famosillo adecuado y logro pasarle mi libro con la pretensión de que me firme un autógrafo mientras me hacen la foto de rigor, portada de libro incluida, ¡eso sí que sería un triunfo! Bien pensado, Atanasio -no me atreví a contradecirlo- pero deberías darte prisa, pues como sigan imponiéndose los libros electrónicos me temo que va a ser complicado llevar a la práctica tu novelesca “operación marketing”. Ramón Clavijo Provencio.
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