LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 23 de febrero de 2024

EL INSPECTOR CASTILLA Y EL ROBO EN LA BIBLIOTECA (I)

Aunque hasta ahora los sucesos contenidos en la novela ‘Asta Regia’ (Editorial Canto y Cuento, 2021) se consideran el primer caso del inspector Castilla en el Jerez de los años cuarenta del pasado siglo, la aparición de unos archivadores conteniendo documentación de muy distinto tipo en la reforma de una vieja finca de la calle Porvera, desmienten dicho dato. Entre esa documentación, en una carpeta de un azul desvaído con el título manuscrito a pluma de “Robo en la Biblioteca. 1942”, se detalla en poco más de dos folios unos hechos que sucedieron hace ahora ochenta años y que podríamos considerar como el primer caso en el que interviene el inspector Castilla, recién trasladado a Jerez desde la Comisaria de fronteras de Tetuán en el antiguo Protectorado español de Marruecos.  Lo cierto es que el contratista de aquella reforma más arriba mencionada, viejo conocido y seguidor de las aventuras del inspector, al toparse con  aquella colección de papeles, en los que el policía parecía tener algo que ver, decidió ponerse en contacto con los que firman este escrito, una vez que los nuevos propietarios de la finca le comunicaron su desinterés por los documentos. Tras estos necesarios preliminares, pasamos ahora a reconstruir los hechos que quedan reflejados en esos dos folios de la carpeta titulada “Robo en la biblioteca. 1942”, aunque el motivo de que Castilla ocultara aparentemente estos documentos, desgajados de ese otro manuscrito mal encuadernado, conteniendo otros casos del policía, y que la fortuna hizo que los descubriéramos en una vieja librería de lance, es algo que ignoramos (curiosamente, hace solo unas semanas la misma Biblioteca sufría un extraño intento de robo, aunque separado por décadas del que aquí relatamos)… “Las tinieblas nocturnas habían dejado paso a una densa niebla que caía sobre la ciudad aquel 16 de febrero de 1942. Apenas eran las 10, cuando colgó el teléfono tras despachar con su jefe, el comisario Elíseo Soriano. Por el ventanuco del despacho apenas se divisaba la fachada de las Bodegas Maestro Sierra que daban a la plaza de Peones,  tal era el espesor todavía de aquella cortina blanca, pero realmente su atención no estaba centrada en aquel fenómeno meteorológico, sino en resolver cuanto antes el suceso del que acababa de darle cuenta el comisario: un  intento de robo en la Biblioteca Municipal, que aquella misma mañana había aparecido con la puerta de entrada que daba a la plaza Revueltas y Montel forzada,  y con signos evidentes de haber sido “visitada” sin permiso por uno o varios desconocidos. Aunque Castilla llevaba apenas unos días incorporado a la comisaria tras su traslado forzoso desde Tetuán, no era un novato. Además, aún no tenía asignado ningún caso y ocupaba aquellos primeros días en Jerez en asuntos meramente burocráticos. Sí, se dijo el comisario Soriano cuando colgó el teléfono, Castilla era su hombre…” (continuará). Ramón Clavijo/ José López.

OSAKA

“El surrealista momento de Naomi Osaka en pleno partido en Australia: saca un libro… ¡y se pone a leer!”, leo en la página web de un periódico digital. Es decir, para el autor de la noticia leer en los descansos entre juego y juego es “surrealista”. Menos mal que la cuenta de X del Grand Slam australiano se ha apresurado a afirmar que “nunca es mal momento para un buen libro” (como se recoge también en la página del periódico). Y más razón que un santo tiene la declaración oficial. Es más, si proliferara este tipo de actos, sobre todo protagonizados por deportistas de élite, otros y muy distintos serían los índices de lectura no solo en España, sino en todo el mundo. Ya he confesado en múltiples ocasiones que, modestamente, y sin pretender compararme con el gesto de la gran tenista japonesa, siempre he llevado y llevo conmigo un libro que leo en las consultas de los médicos a las que acudo (cada vez con más frecuencia), o cuando en otro tiempo esperaba a mis hijos que salieran del colegio o ante cualquier circunstancia que me obliga a esperas indefinidas. Y en cierta ocasión recuerdo que glosé, en esta misma página, la fotografía de El Fari, en bañador, junto a una piscina, con un libro en la mano (la imagen puede buscarse con facilidad en Google), pero no me consta que ante la publicación de mi artículo cerraran antes de su hora las librerías de este país por haber agotado las existencias. Pero no en menos ocasiones he insistido en que si la rivalidad entre Messi y CR7 se hubiera trasladado también a sus respectivas bibliotecas (¡en la confianza de que las tengan!), y los medios de comunicación hubieran pregonado a los cuatro vientos los gustos lectores de ambos astros (¡en la confianza de que los tengan!), cualquier campaña de animación a la lectura se vería sobrepasada ante el fervor lector de sus seguidores. El gesto de Naomi Osaka bien pudiera o debería ser el primero de toda una serie de tenistas y deportistas famosos que ante las cámaras ocupan sus momentos de descanso con la lectura. Yo lo veo, en mi infinita confianza. José López Romero.

  

viernes, 9 de febrero de 2024

PARALELAS ASIMÉTRICAS

El 21 de agosto de 1622 moría asesinado en Madrid, a la puerta de su palacio, sito en la mismísima calle Mayor, don Juan de Tassis y Peralta, el conde de Villamediana, correo mayor del reino, poeta culterano y satírico, de vida licenciosa y de amoríos escandalosos, a los que no eran ajenos la propia reina doña Isabel. Una personalidad tan impetuosa como turbulenta, empecinada en granjearse enemistades que terminaron por llevarle a la muerte, en la que parece ser intervino el propio rey Felipe IV. Fama fue, aunque consta como leyenda, que el 8 de abril de 1622 al estrenarse su comedia ‘La gloria de Niquea’ en Aranjuez ante la presencia de la reina, el mismo marqués quemó el teatro para poder salvar a doña Isabel entre sus brazos. Aunque también se vio envuelto en un caso, que provocó mucho ruido en la Corte, de un célebre proceso por sodomía, por el que condenaron a la hoguera a cinco mozos cuando ya el conde criaba malvas. Quizá fueran los celos del rey, o los enemigos de toda laya que el conde se había ganado en amores y juegos, o quizá fuera por evitar el escándalo del pecado nefando, lo cierto es que el conde, uno de los grandes poetas del Barroco español, autor de sonetos, sátiras y de la ‘Fábula de Faetón’ (ver la edición de sus poesías de Juan Manuel Rozas en Clásicos Castalia), moría de varias puñaladas el domingo 21 de agosto de 1622. Tenía 40 años.

En la madrugada del 5 de mayo de 1976 desaparecía para nunca ser encontrado el escritor argentino Haroldo Conti, uno de los grandes narradores hispanoamericanos de finales del siglo XX. Tenía 50 años. Regresaba del cine con su compañera María Scavac, cuando un “grupo de tareas” del batallón 601 de Inteligencia del Ejército, en la última dictadura cívico-militar presidida por Jorge Rafael Videla, los sorprendió en su casa de la calle Fitz Roy, los golpearon, les robaron y se lo llevaron. Haroldo Conti, cuyas novelas ya habían sido calificadas por la censura como “marxistas”, era consciente de los tiempos oscuros que se avecinaban y, sin embargo, “se negó a exiliarse y continuó su militancia política y su denuncia contra la represión”. Después del secuestro se supo que estuvo en Campo de Mayo y, finalmente, en la cárcel de Villa Devoto, donde lo encuentran en muy mal estado. En una carta que reproduce la página web titulada “Se cumplen 45 años de la desaparición de Haroldo Conti”, de la que extraigo estos datos, el escritor le confiesa a su hija Alejandra: “Gracias por enseñarme a amar a todas las pequeñas cosas de este mundo. Gracias por ser hermosa y dulce y acaso parecida a este loco vagabundo que no merece pero que todos los días se maravilla de ser tu padre. Recuérdame siempre con ternura, que es lo que ha olvidado el mundo”. Un hombre que escribe esto, nunca muere. José López Romero.

  

NOVELA NEGRA ESPAÑOLA Y FRANQUISMO

Algunos autores mantienen que la literatura negra, esa evolución de la tradicional novela policíaca iniciada en el primer tercio del siglo XIX, comienza en España una vez muerto Franco. Lo cierto es que durante el largo periodo de la dictadura franquista la novela negra que circuló en nuestro país fue sobre todo importada (castigadas por la censura las versiones originales de los grandes clásicos norteamericanos), o la que se encontraba en los llamados “libros de a duro” donde muchos autores represaliados escribían para subsistir unas muy descafeinadas novelas policíacas, que no negras, donde la crítica social, la violencia o el sexo estaban reducidos a la mínima expresión. Esa situación siguió inalterable hasta los estertores del franquismo donde encontramos autores que publicaron novelas que contienen todos los elementos del subgénero negro. Algunos de estos autores fueron personajes vinculados al Régimen como Wenceslao Fernández Flórez o Tomás Salvador, mientras que en el caso de Francisco García Pavón esa vinculación no es nada clara salvo que vivió el momento más brillante de su carrera literaria durante el periodo franquista. Estos tres autores nombrados son los que de alguna manera desmontarían la teoría que comentábamos al principio, de que solo se empieza a escribir novela negra en España a partir de la Transición democrática. Sin embargo, al final del periodo franquista Tomás Salvador, ex inspector de policía, y que llevaba una brillante carrera literaria a sus espaldas, ya había publicado sorteando la censura las excelentes ‘Cuerda de presos’ y ‘Los atracadores’, o más tarde García Pavón, escritor caído en el oscurantismo pese a no tener vinculación con el franquismo, nos presentaba a ese singular policía rural, Plinio, que hizo las delicias durante los setenta de muchos lectores de la época, anticipando además la reivindicación de lo rural ante la emigración hacia los espacios urbanos. Quizás el único de los escritores de novela negra de la dictadura de indiscutible ideología franquista fue Wenceslao Fernández Flórez, que creó en fecha tan temprana como finales de los años 30 al detective Ring (‘Los trabajos del detective Ring’), y al que su pasado político le pesó luego como una losa cuando llegaron los nuevos tiempos democráticos (aunque de manera tímida se volvió a redescubrir su obra tras la versión del cineasta José Luis Cuerda del libro ‘El bosque animado’). Ramón Clavijo Provencio.

viernes, 26 de enero de 2024

LEYENDO SIN PRISAS

Terminé la lectura de ‘El estómago de los rumiantes’ la novela de Natividad Montaño, un libro merecedor de muchos lectores que, presiento recorrerán, como yo, la historia contenida en sus páginas con un interés creciente; una historia que se bifurca, como aquella de Borges, en otras historias donde la realidad y  la fantasía  son mundos fronterizos que se rozan y nos provocan una cascada de sensaciones: el de esa Tata de piel morena y orígenes caribeños que ella cree conservar en la frágil lima plantada en una lata, y a la que seguimos en su peregrinaje de un lugar a otro confiada y a merced de lo imprevisible donde se esconde la tragedia, y el de la Niña ingrávida e invisible a los mortales que recorre estancias y paisajes y observa a los seres conocidos y desconocidos – como el fugitivo que se esconde en la casona, soñando revoluciones que plasma con mano temblorosa sobre el papel, esperando una suerte que se intuye le será esquiva – mientras se pregunta por qué no los termina de dejar atrás. Son estos dos mundos personificados en las voces de la Tata y de la Niña el hilo conductor de esta novela reciente ganadora del XXVII Premio de novela corta “Salvador García de Aguilar”. Es decir, el descubrimiento del mundo a través de los ojos inocentes de la niña, y la desaparición de otro mundo ante los ojos llenos de decepciones y desgracias de la Tata. Un libro para leerlo sin prisas como antaño se escuchaban, en silencio y con atención, las historias que los abuelos contaban a nuestros padres cuando eran niños, cuando se tenía tiempo para contar y escuchar, también para soñar despiertos después de leer nuestros primeros libros (instante que de manera tan sugestiva ha sabido plasmar en algunos de sus cuadros el pintor norteamericano Jim Daly). No tener prisa no solo es una recomendación, es lo que merece un libro como este del que hablamos, es lo que merecen también sus historias marginales , algunas de ellas promesas de argumentos para nuevos libros como la de Miss Catherine, esa cantante de ópera en un trasatlántico que seguía la ruta de Liverpool a Valparaíso y un insospechado día terminó en Cádiz; o la de la biblioteca del abuelo José por la que teme  la niña, pues en días tan azarosos  leer a determinados autores es un peligro más; o la que nos lleva a conocer a Dominga la negra, una morena nacida en Bristol y que tras muchas vicisitudes y oficios termina por estos lares de la campiña jerezana sirviendo a doña Visitación, solterona que vive sola en una antigua mansión en la que alquila habitaciones para sobrevivir. Los tiempos son duros para los lectores apasionados, y son ellos los que no dejan sumirse en el olvido a tantos escritores y escritoras a los que el mercado editorial condena a la invisibilidad. Estos lectores que no se conforman con las listas de novedades con las que nos bombardean o atestan de forma efímera los escaparates de las librerías, que leen sin prisas, son los que con el boca a boca logran que no nos dejemos llevar por la corriente generalista. Sin duda es ‘El estómago de los rumiantes’ uno de esos libros con los que en un golpe de suerte un lector apasionado se topa muy de vez en cuando, y que en definitiva son los que nos hacen seguir creyendo en la literatura. Ramón Clavijo Provencio

 

  

SANGRE, SUDOR Y SEXO

“Padre (¡mi hijo!, posición de alerta) ¿cómo van esas “novelitas” (la ironía se mastica) con las que os entretenéis tu amigo Ramón y tú? Yo no les veo mucho color, sinceramente (ahora le ha dado al niño por la crítica literaria). Mira, sin ir más lejos, a Carmen Mola con ‘La novia gitana’ y dos o tres más y ya tienen el premio Planeta”. “Ahí te ha dado, father -mi hija, ¡extrañamente de acuerdo con el hermano! ¡el mundo al revés!- Y tiene toda la razón. En vuestras novelas se echa en falta más sangre, descuartizamientos, dos o tres hachazos en la yugular… (mi hija viniéndose arriba), que cuando el lector abra la novela le salpique…”, “y sexo -interviene mi hijo, con la única neurona que dicen que tenemos los hombres en plena ebullición-, que el pobre inspector Castilla le dé una alegría a ese cuerpo, que se enrolle de una vez con Lina y se peguen un buen revolcón, de esos que se le quitan a uno las penas del sentío” (mi hijo también viniéndose arriba). Después de esta lluvia de ideas familiar me acordé de cierta intervención de un director de cine (o era productor, no sé ni dónde ni a quién se la oí), que aseguraba que la base del éxito de una película estaba en las escenas de cama. Quizá este señor, e incluso mis hijos tengan razón, y no hay mejor fórmula para atraer a lectores y espectadores que una buena ración de sexo con sudor y unos buenos litros de sangre, que salpiquen de entre las páginas o corran pantalla abajo. En cualquier caso, halagar la rijosidad o la morbosidad del público con fines exclusivamente comerciales me parece falsear la literatura y el cine y engañar a los incautos o excesivamente morbosos, más cuando detrás del sexo, de su sudor, y la sangre no hay nada consistente, ni un buen guion, ni una buena intriga, ni siquiera un mínimo hilo narrativo y un diseño de personajes que salven la historia. “Entonces, padre, ¿qué? -insiste pertinaz la neurona de mi hijo- de sexo en vuestras novelitas ni hablamos”, “y de sangre menos, ¿no, father?”, mi hija que le ha dado hoy por la casquería. Pues creo que no, porque la sangre es muy escandalosa, y el sexo mejor en directo que en diferido. José López Romero.    

viernes, 12 de enero de 2024

LIBRERÍAS DE VIEJO Y EL TESORO ESCONDIDO

A mediados de los años setenta del pasado siglo comencé, como tantos universitarios sensibilizados con la realidad política del país, a frecuentar librerías como las gaditanas Petrarca o Mignon en busca de libros  de autores y temáticas nada bien vistos por un Régimen que ya agonizaba. También fue en aquella lejana época cuando buscando libros aún no comercializados en nuestro país, descubrí mi primera librería de viejo, aunque en realidad no era tal. Y es que en aquella vivienda señorial ubicada en la calle Rosario, su anciano propietario conservaba una bien nutrida biblioteca en parte heredada de generaciones anteriores, y para subsistir se iba desprendiendo de títulos imposibles de encontrar en el mercado librero oficial. En aquella biblioteca privada que de alguna manera funcionaba como librería a la fuerza, comencé a sentir interés por los viejos impresos a los que la imparable maquinaria editorial iba condenando al olvido salvo para bibliófilos o, como nosotros entonces, universitarios ansiosos por leer “libros prohibidos”, aún cuando aquello era una sensación más romántica que real pues la censura vivía ya una fase de evidente retroceso. Hoy las librerías de lance o de viejo son una rareza y en muchas ciudades han desaparecido de su entramado urbano, pero en aquellas que aún tienen la fortuna de conservar alguna, la experiencia para el visitante puede ser inolvidable y de seguro propiciará nuevas visitas. En Jerez, como en la vecina Cádiz, proliferó este tipo de negocios como lo hicieron al unísono pequeños talleres de encuadernación o empresas de artes gráficas, a los que la industria bodeguera hizo vivir una breve edad de oro durante el primer tercio del siglo pasado. En Jerez también proliferaron librerías de viejo como aquella de “Martínez de Pisón” en la calle Caballeros aunque hoy sus nombres son desconocidos para la mayoría. Sin embargo, en la actualidad aún podemos visitar dos singulares librerías de viejo en nuestra ciudad. Cercana a la plaza de Las Angustias, en un local situado en la calle Granados nos topamos con “La Luna Vieja” donde su propietario, el librero pero también artista y escritor, Evaristo Montaño, guía al visitante por los pasillos y calles de la misma. En las bien ordenadas colecciones de libros podemos descubrir ediciones que creímos para siempre desaparecidas, al mismo tiempo que nos envuelve esa atmósfera irreal que solo en estos últimos reductos de lo imposible podemos encontrar. En la plaza de Vargas el lector curioso encontrará “Planeta Zocar” donde Chencho, su apasionado e inquieto librero parece saber la ubicación exacta de los miles de libros, muchos auténticas rarezas, que se aprietan en un ordenado desorden. En fin, pasión por los libros y algo de tiempo es  de lo único que debemos ir provistos para vivir una experiencia inolvidable. Librerías de viejo, el tesoro escondido de algunas ciudades privilegiadas. Ramón Clavijo Provencio.

 

MARIPOSEO

“¡Cuántas veces me han confesado lectores sin remedio que recordaban como si fuera ayer el primer libro que leyeron o el que les deslumbró y lo convirtieron a esta religión, cada vez con menos vocaciones, que es la lectura!”, me comentaba el otro día una amiga, cuya profesión de fe quedaba fuera de toda duda. “¡Y, por el contrario, cuántos otros lectores que se pasan mariposeando de autor en autor, de género en género, de libro en libro, y nada. Que no dan con el que le produce ese chasquido en el corazón o en la cabeza que eleva a estos libros a esa categoría solo para elegidos de “libro de cabecera”! ¡Y mira si hay libros!”, seguía reflexionando en voz alta mi amiga. “Como en la vida, querida -quise cortar su monólogo-. Ese mariposeo me recuerda a un amigo que desde que falló un penalti (no sé si contra un equipo canario) está dando tantos bandazos que aún no ha encontrado lo que él llama “el libro de su vida”.  Con un gesto en el que adiviné un “¿a qué viene eso?”, prosiguió mi amiga sin prestarme mucha atención: “Nunca me ha gustado la literatura juvenil. En el colegio me obligaron a leer unos libros que casi me convierten al ateísmo lector; por aquellos tiempos yo era más de tebeos. Y sin embargo, ahora, a mis años, no me atraen como lectora las novelas gráficas, aunque reconozco que están muy bien conseguidas, e incluso versiones de clásicos realizadas con mucho arte. Fue ya en el Bachillerato cuando me puse a leer a los grandes autores. Me acuerdo -seguía mi amiga en su monólogo- la lectura de ‘San Manuel Bueno, mártir’ o ‘La Colmena’, o incluso ‘Tiempo de Silencio’, y la antología de la poesía del Siglo de Oro o ‘La Celestina’, pero fueron los comentarios en clase los que me hicieron profundizar en las claves de estas obras y apreciarlas en su excelente calidad. Libros que me llevan cada vez que puedo a dar testimonio permanente de mi fe: la lectura. Son los clásicos y eran otros tiempos, lo sé; pero a la buena literatura siempre se termina por llegar por cualquier camino y en cualquier momento”. José López Romero.