LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 5 de diciembre de 2009

LA ESCUELA DE LA IGNORANCIA


El otro día comentábamos mi compañero y amigo Agustín y yo las deficiencias lectoras de los alumnos actuales, y él ponía un ejemplo muy claro: “si en una relato aparece –me decía- la expresión “un bosque de baobabs”, ¿qué puede ser un baobab? Les pregunto a mis alumnos, y ninguno es capaz de acertar con una respuesta; porque no saben relacionar el contexto: si es un bosque, el baobab no puede ser otra cosa que un árbol”. Y es curioso que leyendo un librito titulado “La escuela de la ignorancia” me encuentro con el siguiente párrafo: “En 1983, el rectorado de Niza realizó una encuesta a cerca de 12.000 alumnos de 1º de Enseñanza Secundaria. El 22,48% no sabía leer y el 71,59% era incapaz de comprender una palabra nueva a partir del contexto”. Han pasado 26 años entre la encuesta de los alumnos de Niza y la anécdota de mi amigo Agustín, y yo no sé cómo andará hoy en día el nivel lector de los franceses, pero sí conozco y me lamento del nivel de nuestros alumnos. Pero en esto de la educación lamentarse sirve de bien poco; es más, a veces para lo único que sirve es para cruzarse de brazos porque la solución es tan compleja –se excusan casi todos- que es inútil ni siquiera intentarlo. Y sin embargo, yo creo que por ser tan evidente y tan descaradamente sencilla, se le tiene miedo a ponerla en práctica. Basta con suprimir los manuales de la enseñaza primaria, y hasta de los dos primeros cursos de la E.S.O., y sustituirlos por un ordenador para que el alumno empiece a adquirir competencia en las nuevas tecnologías, periódicos en las aulas para que desarrollen un conocimiento de la realidad que les rodea y preparen su inteligencia crítica, y libros de lectura. ¿En clase? Lectura y escritura, sobre todo, y una enseñanza basada en ámbitos de conocimientos muy básicos. Tan sencilla la solución que da hasta vértigo. “La escuela de la ignorancia”, escrito por el francés Jean-Claude Michéa, es, más que un librito, una llamada de atención contra una escuela que ha dejado de dar ese servicio social que consistía en transmitir la cultura, formar el espíritu crítico y hacer a los hombres y mujeres libres, para convertirse en estabulación de analfabetos funcionales. El peligro del que nos avisa lo podemos resumir en otro fragmento: “Entendemos por “progreso de la ignorancia” no tanto la desaparición de los conocimientos indispensables… sino el declive de la “inteligencia crítica”; esto es, la aptitud fundamental del hombre para comprender a un tiempo el mundo que le ha tocado vivir y a partir de qué condiciones la rebelión contra ese mundo se convierte en una necesidad moral”. Quizá es eso lo que se pretende, porque la ignorancia es una manera, la más perversa, de esclavitud y dominio. José López Romero.

EL TIEMPO


Llega de manera inesperada a mis manos el libro de J.B. Priestley “La visita del Inspector”. Un clásico de las letras inglesas. Alguien lo ha dejado olvidado sobre la barra del bar donde suelo tomar el café mañanero, y como nadie parece interesado en él, termino por apurar mi taza de café hojeando la pequeña pieza teatral a la que alguien calificó en su momento de obra maestra. Caigo en la cuenta de que no he leído nada hasta ahora de Priestley, me refiero al Priestley autor teatral o de novelas, aunque sí me viene tímidamente a la memoria ahora, con este encuentro casual, aquel otro libro de este autor inglés titulado “El hombre y el tiempo”, y que por momentos me llegó a superar por su densidad. En él Priestley meditaba como ya habrán supuesto sobre el concepto del tiempo. También recuerdo vagamente como el autor mantenía que, de la misma manera que el espacio tiene tres dimensiones, el tiempo también tiene dimensiones adicionales. No lo sé, pero de lo que sí tengo la sensación es que para mí el tiempo parece pasar más deprisa desde hace unos años. El paso de los días parece ir acelerándose, nada que ver con aquella sensación de lentitud y eternidad de cuando éramos más jóvenes. Hace poco Iñaki Gabilondo declaraba que tenía el hábito diario de la lectura, lo que ya no decía es si sentía como yo cada vez más ansiedad por la lectura, como si se tuviera la sensación de que fuera faltando tiempo para leer todo lo que se desea. Y siguiendo con el tiempo, al que me ha conducido inesperadamente Pristley, me conseguían hace unos días el libro de Carlos Jurado Caballero “El año en que se paró el tiempo”. Se editaba en 1996 pero ya está descatalogado, por lo que sin la mediación de Cristóbal, mi librero de guardia, difícil hubiera sido poder leer una magnífica novela que nos da cuenta de la llegada de un viajero a una recóndita aldea situada en la región de La Sagra. Una aldea donde parece que el tiempo se hubiera detenido. Recordar este libro me lleva sobre un tema que logra enfadarme. ¿Cómo es posible que se siga reeditando tanta pseudoliteratura, mientras que para conseguir un solo ejemplar del libro de Carlos Jurado haya que buscarlo como si fuéramos argonautas? Ramón Clavijo Provencio