LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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viernes, 1 de noviembre de 2013

MAX BROD

En ‘Nombre falso’, que le da también título al volumen de relatos de Ricardo Piglia publicado en Anagrama, a Emilio Renzi (narrador y alter ego del propio Piglia), se le encomienda la recopilación y edición de los inéditos de Roberto Arlt, el célebre escritor argentino, autor de ‘El juguete rabioso’. En sus indagaciones de los textos de Arlt, Renzi se obsesiona por encontrar un relato titulado ‘Luba’, y todas sus pesquisas desembocan en un tal Kostia, que fuera amigo de Arlt en sus últimos años. Y cuando Renzi logra entrevistarse con Kostia, este para justificar el destino final de ‘Luba’ hace referencia a la no menos célebre orden o petición que le hace Kafka a su amigo Max Brod antes de la muerte del autor de ‘La metamorfosis’: quemar todos sus escritos. La anécdota o terrible decisión no es nueva en la historia de la literatura y más de un caso tenemos en la tradición de esos escritores que en el menosprecio de sus obras deciden darlas al fuego (¿cuántos versos y obras se han perdido por la incuria de sus propios autores?). Pero la historia de Kafka y Brod, quizá por más conocida, se ha convertido en una especie de tópico que el escritor actual utiliza a discreción, a modo de material de uso común o universal, como aquellas facecias renacentistas que tan donosamente insertaban los escritores en sus narraciones (‘El Lazarillo’). Si hace unos días la leía en ‘Nombre falso’, el verano pasado me la encontraba en ‘Lecciones de los maestros’ de George Steiner. Dos escritores y dos libros diferentes para dos visiones distintas del mismo hecho. Kostia, el personaje de Piglia, plantea la terrible disyuntiva de Brod: “Está obligado a elegir: ¿traicionar a su amigo o traicionar a la literatura?... Sin embargo no es aventurado pensar que la gran duda, la gran tentación de Max Brod no fue publicar los textos o quemarlos. En el juego de esta doble obediencia puedo pensar que la respuesta del enigma estaba en la orden misma: si Kafka hubiera deseado realmente destruir sus manuscritos, él mismo los habría quemado. Tampoco es aventurado pensar que otra duda asedió en algún momento a Max Brod. La duda fue (debió ser) esta: "Nadie -salvo yo, salvo Kafka que ha muerto- conoce la existencia de estos escritos. Entonces: ¿Publicarlos con el nombre de Kafka o firmarlos y hacerlos aparecer como míos? Estos textos ya no son de nadie: no son de su autor que no los quiso”. Una visión pícara que contrasta con la narración cruel de Steiner: “Brod llorando una noche lluviosa, en la calle de los alquimistas y los orfebres, detrás del castillo de Praga. Se encuentra con un conocido librero: - ¿Por qué llora, Max? – Acabo de enterarme de la muerte de Franz Kafka. -¡Oh! Lo siento. Sé cuánto apreciaba usted a ese joven. – No lo entiende. Me mandó quemar sus manuscritos. –Entonces el honor le obliga a hacerlo. – No lo entiende. Franz era uno de los más grandes escritores en lengua alemana. Un momento de silencio. – Max, tengo la solución. ¿Por qué no quema usted sus propios libros en lugar de los de él?”. José López Romero.

LOS OLVIDADOS

Me he topado casualmente con un libro, Tánger, de Tomás Salvador. Recordaba vagamente a este autor que hace décadas ocupaba en el panorama literario español de los años sesenta y setenta del siglo pasado, el equivalente a un Pérez Reverte  o una Julia Navarro entre los lectores actuales. Y todo por una serie de relatos que le dieron fama y dinero,  protagonizada por un tal Manolo,  simpático y gorrón personaje que alegró la gris realidad de millones de lectores en aquellos años del desarrollismo. Tomás Salvador, fue sin embargo, algo más , aunque hoy haya pasado al más cruel de los olvidos, pues quizás nadie como él en España  se  introdujera en la ciencia ficción con tanto acierto y calidad, dejándonos esa serie  de buenas novelas, -Y, T, K, y La nave-, que hoy son difíciles de encontrar en librerías de viejo y hace años que desaparecieron de los estantes de la mayoría de las  bibliotecas públicas (Alfredo Benítez, un jerezano ya desaparecido, y gran conocedor del género, nos dejó quizás el único  estudio sobre el personaje). Como Tomás Salvador muchos nombres que ocuparon un puesto relevante en la literatura popular de entonces, fueron pasando al olvido, Torcuato Luca de Tena, Fernando Díaz Plaja, García Pavón, Baltasar Porcel… Algunos más apreciados que otros por la crítica, pero todos reyes efímeros entre los autores más vendidos de la  España preconstitucional. Hoy, como les decía unas líneas más arriba, si tuviéramos que nombrar a los herederos de los Tomás Salvador y compañía, seguramente pensaríamos en Matilde Asensi, la ya mencionada Julia Navarro, en María Dueñas, pero sobre todo en Santiago Posteguillos. Ahora bien, si  entre aquellos autores de antaño algunos lograron, como Tomás Salvador, un reconocimiento por encima del aplauso popular, como fue el Nacional de Literatura, sus herederos, y, sobre todo, herederas de hoy se conforman con arrasar en las listas de ventas –lo que no es poco-, pues sus historias de costureras y gladiadores aún no dan para más, ni para menos. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO,