LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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viernes, 24 de noviembre de 2017

OBSESIÓN

Fue por casualidad, como tantas otras veces en que había seguido la pista de un libro hasta lograr poseerlo. Quizá fuera en una conversación en un congreso de bibliófilos, círculos que frecuentaba por esa obsesión ya tan suya de hacerse con una pieza codiciada, que se enteró de la existencia de un magnífico ejemplar de los ‘Adagia’ de Erasmo, en aquella edición que en 1508 saliera de los talleres de Aldo Manuzio, al cuidado del propio autor. Conocía la historia de aquella edición: el gran humanista había renunciado a su proyectado viaje a Roma con tal de trabajar en la imprenta de Manuzio, de quien admiraba sus tipos y el tamaño de su letra. Erasmo quería un libro manejable y de bajo coste, y solo en los talleres del veneciano podía conseguirlo, como sabía que de su relación con Aldo podía salir buena parte de su obra, siempre bajo su cuidado y atención. Aquel ejemplar de los ‘Adagia’ era una pieza a la que no iba a renunciar y, conocido el poseedor, de inmediato pasó a la estrategia. Y como si de un asesino por encargo se tratase, lo primero fue informarse y seguir a la víctima: su vivienda, sus costumbres, sus amistades, sus gustos, hasta que a través de amigos comunes, lograra introducirse en la casa, y ya allí localizar el preciado tesoro. Por los datos que había recabado, el trabajo no parecía muy complicado, su víctima era un hombre de negocios, que solía invertir parte de su dinero en obras de arte, sobre todo pintura, y seguramente convencido por algún amigo se habría hecho con aquel ejemplar aldino. Su incursión en este mundo del libro antiguo se reducía prácticamente a este texto de Erasmo. Lo que significaba que no era uno de esos bibliófilos profesionales obsesionados por la posesión de libros valiosos. Y dio su último paso: se hizo invitar a una de esas fiestas que aquel hombre celebraba con cierta asiduidad, y una vez en la casa, paseando por sus inmensos salones, descubrió dentro de un mueble, y reposando sobre un atril el maravilloso volumen en 8º. Observó si tenía alguna medida de seguridad que no fuera exclusivamente la cerradura de la vitrina y no vio ningún cable que se conectara a una alarma. “El trabajo va a ser más sencillo de lo que me esperaba”, pensó. En el descuido del anfitrión que se multiplicaba por atender a sus invitados, cerró la puerta del salón y con una simple ganzúa pudo abrir la puerta de cristal que lo separaba de su preciada presa. Cuando tuvo el libro en sus manos, no se resistió a abrirlo, pasar sus dedos por las páginas y acercar su nariz para oler el fuerte aroma a humanismo que desprendía. Pasado aquel momento de éxtasis, se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, salió del salón y se incorporó a la masa de invitados que en amenas conversaciones se repartían por toda la casa. Cuando, transcurrido el tiempo oportuno, fue a despedirse de su incauta víctima, esta, al saber de su afición por los libros antiguos, le comentó con cierta complicidad: “Nunca perdonaría al que roba obras de arte o libros por negocio, pero puedo perdonar al que lo hace por el deseo de poseerlo, porque usted y yo sabemos que la posesión y la contemplación de lo deseado no tiene precio, solo es pecado. Dentro de dos semanas doy otra fiesta; espero que venga.” José López Romero.


DEL GONCOURT A ANA FRANK

Hace unos días nos enterábamos con cierta sorpresa, debo confesar, que el premio Goncourt, el más prestigioso del país vecino, se le concedía a la novela “El orden del día” de Eric Vuillard. La sorpresa no era tanto por el autor del que conocemos algo de su obra, sino por la temática de la novela premiada que se detiene en la reconstrucción de los primeros días del régimen nazi,  su evolución imparable hasta el fatídico año de 1939 y el inicio de la II G.M. Por supuesto en este momento desconozco las excelencias de la novela, de la que ya prepara una edición en castellano la editorial Tusquets, pero  es una prueba más de que aún a inicios del siglo XXI seguimos mirando con intensidad hacia acontecimientos de los que nos separan más de setenta años, lo que no deja de ser inquietante. ¿Por qué?  Asistimos en la actualidad -aunque pensemos que vivimos en un mundo muy distinto al de los años 30, que son en los que  hurga la novela, y por tanto estamos a salvo de sus consecuencias - al auge de fenómenos como el autoritarismo, la xenofobia, los nacionalismos, las desigualdades etc., que  acercan la realidad que vivimos a aquel mundo que creíamos haber dejado atrás y superado.  Está claro que no lo hemos superado. Un botón de muestra, entre otros muchos, es la polémica por la mofa que hicieron de Ana Frank  algunos “hooligans” del equipo de fútbol la Lazio de Roma, a los que en una sentencia ejemplar se les obligó a visitar  posteriormente el campo de exterminio  de  Auschwitz. Pedía hace poco Guillermo Atares leer el Diario de Ana Frank, repartirlo entre los trenes de línea alemanes, en vez de la pretensión de  la “Sociedad de Ferrocarriles Alemanes” de poner su nombre a uno de ellos. En definitiva, quizás el que la literatura siga fijando su atención con tanta intensidad en aquellos años –como hace  la novela premiada con el Goncourt- con su poder de llegar al gran público, sea un buen instrumento para que no olvidemos aquella gran tragedia que se empezó a gestar en 1933, además de antídoto para evitar  parecidos errores futuros. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO