LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 12 de diciembre de 2020

LA LITERATURA DE MI YO

Emmanuel Carrère
Tenía el propósito de dedicar este artículo a un grupo de escritores franceses que en los últimos años he ido siguiendo y que merecen al menos una recomendación a los lectores. Iba a citar a Philippe Claudel, a Pierre Michon, a la siempre pasional Delphine de Vigan, o los entrañables Inés Cagnati y Philippe Delerm, por no citar al ya clásico Michel Houellebecq y al deslumbrante Pierre Lemaitre, y tantos otros. Pero se me han cruzado últimamente dos novelas a las que no me resisto dedicar al menos uno de estos artículos. Las dos están en la misma línea narrativa: la novela autobiográfica (otro ejemplo, el descarnado relato ‘Nada se opone a la noche’ de la Vigan), y las dos en la misma línea, en mi opinión, intencional. Me refiero a ‘Un buen hijo’ de Pascal Bruckner y a ‘Una novela rusa’ de Enmanuel Carrère. Con la primera ya me despaché a gusto en una entrada de mi blog (http://colomapepelopez.blogspot.com/) y a ella remito al lector curioso. Y así como no pude dejar pasar la ocasión con la de Bruckner tampoco me resisto, como he dicho, a la segunda. Y la verdad es que empieza bien. La historia del húngaro loco que ha permanecido yo no sé cuántos años en un manicomio de la ciudad rusa de Kotelnich y ahora devuelto a una casa y una familia que ya ha olvidado en calidad del “último prisionero de la II Guerra Mundial” tiene, no lo niego, cierto interés. Pero aquí se acaba este y empieza la larga travesía de una lectura que termina por ser insufrible. ¿Motivo de este cambio tan radical? La literatura de “mi yo”. A partir de aquí la novela “rusa” es una sucesión de acontecimientos que, bajo la supuesta intención de saldar cuentas con su familia de origen ruso, especialmente con un antepasado precisamente gobernador de Kotelnich y, sobre todo, con su abuelo materno, dichos acontecimientos solo sirven para que Carrère nos haga una exaltación de su “yo” en sus más variados registros: familiar, personal, social, literario… Y que tiene como uno de los sucesos más importantes su relación amorosa con la joven Sophie; una muchacha hermosa pero con un lamentable complejo de inferioridad, porque (¡claro!) está muy buena, pero es de extracción plebeya, con amigos de cultura justita que no les llegan a la suela del zapato intelectual a los amigos de Carrère. Que la pobre Sophie no haya seguido al pie de la letra las indicaciones, escrupulosamente preparadas por su amante, para leer en un tren un relato erótico (incluido en la novela) que había publicado ex profeso en Le Monde, desencadena una tormenta emocional que termina con la ruptura de la pareja. Un análisis de las turbulencias sentimentales en el que se recrea el autor que resulta por momentos patética. Como patético es el rodaje de una película sobre Kotelnich que también nos describe Carrère, aunque bordeando ya el ridículo son las referencias que va incluyendo en el relato, en pleno tormento pasional, de los correos de admiración que recibe de los lectores que tuvieron la oportunidad de leer el relato erótico de marras. En resumidas cuentas, una novela en la que el autor no para de decirnos lo encantado que está de conocerse y de lo agradecidos que debemos estar los demás mortales por sus novelas. Pues con su yo se lo coma. José López Romero.

 

CULTURA Y FARÁNDULA

Hace tiempo me detuve en este libro, ‘Farándula’ (Anagrama.  Premio Herralde de novela 2015),  en el que vamos descubriendo a través del texto de esta brillante escritora que es Marta Sanz, la visión personal de la autora – realista y nada subjetiva- sobre el teatro. ‘Farándula’ esconde una historia por momentos divertida, pero que como toda buena novela no olvida tampoco situaciones oscuras, dramáticas y reivindicativas, manteniendo intacto el interés de los lectores hasta el final. Hoy vuelvo la mirada a esta novela, pero por otro motivo. El libro en cuestión, pese a centrarse en el teatro, realmente es un brillante alegato, o al menos es lo que entendemos, del papel que le corresponde a la cultura en nuestra sociedad. En estos oscuros tiempos de la pandemia, pero  que parecen iniciarse con el nuevo siglo, la situación de la cultura es tan secundaria y confusa, que incluso hay que reivindicar - lo que se me antoja incluso kafkiano- la recuperación de la denominación “Cultura” a secas para tantos entes administrativos – desde ministerios a  instituciones territoriales de más bajo rango- que  a lo largo de las últimas décadas han ido añadiendo al término, una serie de apellidos que con el paso del tiempo han  distorsionando  la finalidad originaria  de los mismos. No creo que sea una barbaridad decir  en el momento presente, que la palabra “cultura” es en muchas ocasiones  solo una excusa para hablar de otras cosas que siempre han sido secundarias. Para mí la Cultura con mayúsculas siempre la asimilé a dotarnos de buenos museos y  bibliotecas, a la protección del  cine y teatro, pero también al fomento de la lectura entre los más pequeños o  incentivar  la investigación. Cultura es  proteger la cadena de comercialización del libro, especialmente  librerías o  la inversión en proyectos patrimoniales… Por supuesto que la cultura es más, pero por ser un concepto amplio y de difícil definición se impone reivindicar su esencia hoy salpicada y desplazada por sus aspectos más anecdóticos y superficiales. Por todo ello libros como  ‘Farándula’ son hoy de tan necesaria lectura… o relectura. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO 

  

viernes, 27 de noviembre de 2020

REVERTE Y LA LITERATURA DE VIAJES EN ESPAÑA


Hasta hace relativamente poco tiempo, nuestro país no se había caracterizado por tener una relevante presencia en la literatura viajera contemporánea. En esto siempre envidié a los maestros británicos, que han seguido manteniendo  hasta la actualidad un más que nutrido ramillete de autores, que nos han ido dejando a lo largo de los años libros hoy considerados obras cumbres de la literatura de viajes. La obra de Bruce Chatwin o Patrick Leigh Fermor, por nombrar dos de los más admirados de entre los contemporáneos, son una pequeña muestra de lo que decimos. Bueno, esto fue  así hasta que un aún joven Javier Reverte publica en 1994 ‘El sueño de África’, iniciando una trilogía que dejaría huella entre miles de lectores de todo el mundo y, lo que es más importante, volcándose a partir de entonces a compartir con esos lectores su especial mirada sobre los lugares que visitaba, materializándola con pasión sobre el papel. Es cierto, no lo negaré, que la literatura española contemporánea también ha dado libros de viaje que trascienden al tiempo, recordemos algunos de los escritos por Blasco Ibañez (‘La vuelta al mundo de un novelista’), Cela (‘Viaje a la Alcarria’),  Manu Legineche (‘Hotel Nirvana’) o Julio Llamazares (‘El río del olvido’) entre otros, pero también hay que decir que ninguno de ellos consiguió acercar a este género literario, que hasta la irrupción de Javier Reverte era poco visible en las librerías españolas, a tantos lectores como él. Reverte recorrió  el planeta viajando solo, como los grandes escritores viajeros, lo que justificaba con estas  palabras: “cuando viajas solo la gente te toma por un poco idiota y te protege, así es más fácil hacer amistad y obtener material para escribir” (“Los viajes de Javier Reverte comienzan en las librerías”. Juan J. Gómez. El País. 28 de agosto de 2000). Poco  a poco fueron editándose más libros suyos de temática viajera, libros que acrecentaban su prestigio al mismo tiempo que iban aumentando los apasionados por la literatura de viajes en nuestro país: ‘Corazón de Ulises’, ‘El río de la desolación’, ‘El río de la luz’…Reverte tocó también otros géneros literarios, incluso sus novelas sobre la guerra civil tuvieron un importante eco como  ‘El tiempo de héroes’ , ‘Banderas en la niebla’ o ‘Venga a nosotros tu reino’, pero sin duda donde deja un hueco difícil de llenar es en un género: el de viajes. Solo nos queda un consuelo momentáneo,  disfrutar de ese libro que dejó preparado antes de su fallecimiento, y en el que plasmaría su punto de vista sobre el que ya sería su último gran viaje recorriendo Irán y Turquía, pues como él decía, “Si la literatura de viajes gusta, es porque en ella prima lo subjetivo. El punto de vista del escritor es lo que despierta la emotividad. Si viajas cargado de emoción, la aventura siempre será extraordinaria”. Ramón Clavijo Provencio. 

CENTENARIO


Está pasando con mucha más pena que gloria (ninguna) el centenario de la muerte de don Benito Pérez Galdós. Una lástima. Una lástima, digo, para este país tan necesitado de que grandes, enormes autores como Galdós se conviertan en lectura obligatoria para cualquier ciudadano o ciudadana con derecho a voto (otro gallo nos cantaría). Galdós ya en vida no logró la aclamación de sus iguales (aunque pocos estaban a su altura literaria), ya se sabe: la envidia patria. Y con el correr del tiempo, lo que fue una injusticia se ha ido convirtiendo en una costumbre. Más de un escritor, de esos que van o iban por ahí vanagloriándose de su pedigrí intelectual, no hace mucho tiempo le negó el pan y la sal al que estudiosos, sobre todo extranjeros, consideran a la altura de los grandes novelistas del XIX: Dickens, o su amigo Wilkie Collins, Tolstoi, Balzac, Zola o Eça de Queirós. Está claro, no tengo ninguna duda de ello, de que si Galdós hubiera nacido en Inglaterra o en Francia sería una gloria nacional, uno de los grandes clásicos al que todos venerarían. Pero no es el caso en este país que prefiere enterrar a sus grandes hombres antes incluso de que mueran. Por mi parte, desde este verano me estoy dedicando a rendir mi particular homenaje al gran Galdós. Leí ‘La incógnita’ y ‘Realidad’ (reseñadas en esta página), seguí con ‘Las novelas de Torquemada’ y estoy finiquitando ‘Miau’. Y de las cuatro obras puedo decir lo mismo: enseñan y entretienen, que es la máxima clásica por excelencia de la literatura. Otros, los sesudos intelectuales de pedigrí podrán pensar que la literatura no es eso, sino una lucha sin cuartel entre un autor que se las da de intelectual y el pobre lector indefenso ante páginas y páginas en las que el punto y aparte brilla por su ausencia. Allá ellos con sus platos exquisitos de narraciones huecas. A pesar de las circunstancias, que siempre para estas cosas son adversas, yo sugiero a los lectores que se paseen por las páginas de cualquier obra de Galdós. No les va a defraudar. Será un merecido homenaje, el que siempre le niegan. José López Romero.

  

viernes, 6 de noviembre de 2020

LA PEQUEÑA MOIRA

 


Así como la lectura de unos libros te llevan a otros, hay libros y autores o autoras que te llevan a reflexionar sobre estilos, corrientes, formas de entender la literatura, en definitiva. La lectura de ‘La pequeña muerte de Moira Molloney’, segunda novela que publica Mariela Arévalo Barquero, no solo te traslada a ese mundo entre fantasía, sueños y cruda y dura realidad que ya forma parte o incluso define un tipo de literatura especial, que no es de este tiempo, sino de mucho tiempo atrás. Ya en la primera novela, ‘Los hombres de los ojos violetas’ nos había dado muestras inequívocas Mariela de por dónde quería y sabía llevar su literatura: por la senda de una sensibilidad que tiene sus referentes más insignes en esas grandes escritoras del siglo XIX, especialmente las inglesas, nos estamos refiriendo a las hermanas Brönté o Jane Austen. No establecemos comparaciones; solo señalamos una corriente o una visión de la literatura en la que prevalecen los sentimientos, las relaciones personales y, sobre todo, una enorme y sin fisuras confianza en el ser humano por encima de las dificultades, de las circunstancias y de la maldad. Porque esta se entiende siempre no como propia de la naturaleza humana, sino como consecuencia de la ignorancia o del momento que a cada uno le ha tocado vivir. Moira Molloney es un espíritu puro, que irradia felicidad y belleza interior dentro de su mundo perfecto en un pueblo de su Irlanda natal. Hasta que la niña se muere “un poco”. Es a partir de aquí que comienza el largo calvario de la familia Molloney. La ausencia del padre, Dorran, es la que marca ese largo y doloroso camino de desgracias que va asolando a la familia. Pero Dorran no ha abandonado a su única hija, se ha ido a luchar por unos ideales, por dejarle a ella un mundo mejor, más libre, más igualitario y más justo. Por eso lucha en la Guerra Civil española y más tarde se enrola en la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial. Y mientras, los latidos de vida de Moira se acompasan al ritmo de esa ausencia, es decir, su corazón se ha muerto un poco. Pero dos serán las fuerzas que se conjuran para sacar a Moira de ese estado: la medicina convencional, representada por los médicos Ryan Byrne, amigo de la infancia de la muchacha, y el doctor MacGrath, y sobre todo la medicina natural, esa fuerza de la naturaleza a la que invoca la sanadora o curandera Biddy. Así contada, a grandes y gruesos trazos, y sin desvelar los acontecimientos que desencadenan el final de la narración, podemos confirmar la afirmación anterior: estamos ante una novela de pura sensibilidad, de personajes generosos, que se duelen y se compadecen con el dolor de los demás. Estamos ante un tipo de literatura que nos hace mejores cuando la leemos, porque nos toca las fibras más sensibles de nosotros mismos, y sobre todo le agradecemos a la autora, a Mariela Arévalo, que nos ponga por delante esta pequeña muerte de Moira Molloney para devolvernos nuestra confianza en el ser humano, tantas veces y por tantos motivos perdida. José López Romero.

PERÓN Y EL BIBLIOTECARIO

 


Días atrás celebrábamos el Día de la Biblioteca en nuestro país, y aquí, en Jerez, se inauguraba con tal motivo, en la biblioteca Municipal Central, una singular exposición titulada “Escritores y bibliotecas”, donde se trata de desvelar el poco conocido pasado bibliotecario de algunos afamados escritores y escritoras. Entre ellos no podía faltar Borges. El autor de La Biblioteca de Babel o El libro de arena entre otras asombrosas historias, tiene también un pasado bibliotecario como se nos desvela en la mencionada exposición, y que creemos  oportuno ampliar en las líneas que siguen. En más de una ocasión el escritor argentino, mucho tiempo después de dejar de trabajar en la biblioteca Municipal “Cané” de Buenos Aires, comentaría algunas anécdotas relacionadas con aquella época que duró casi una década, donde como auxiliar de la biblioteca repartía su tiempo entre las obligaciones que aquel cargo implicaba y una prolífica etapa creativa, en la que fueron germinando libros cautivadores como Ficciones o El Aleph. Sin embargo se conoce poco su salida de la biblioteca “Cané”, que coincidió con la subida al poder en Argentina de Juan Domingo Perón en 1946. Por aquellos años Borges ya era un conocido escritor y no precisamente peronista. ¿Qué mejor forma de castigarlo que apartarlo de aquella biblioteca?, seguramente pensó algún oscuro dirigente del régimen. Sobre la forma que se hizo corren todo tipo de conjeturas. Una de ellas, la que hizo más fortuna y nunca desmentida por el escritor, nos dice que Borges fue trasladado, como castigo por su militancia política, al departamento encargado de la inspección de aves y conejos en los mercados de la ciudad. Real o inventada aquella historia, lo cierto es que Borges pronto abandonaría el Ayuntamiento y afortunadamente para todos los lectores del mundo se dedicó a hacer lo que mejor sabía: tejer historias maravillosas. En su etapa de madurez, y fuera Perón del poder, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional  de Argentina, cargo en el que estuvo desde 1955 a 1973. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 23 de octubre de 2020

APUNTES PARA UNA BIBLIOGRAFÍA JEREZANA DEL SIGLO XXI


 No era sencillo, hace poco más de un cuarto de siglo, documentarse históricamente sobre Jerez para un trabajo fin de carrera, una tesis doctoral o la preparación de oposiciones. Cierto que no eran pocos los fondos locales de la Biblioteca o del Archivo Municipal, y allí acudíamos en su busca. No teníamos teléfonos móviles para reproducir imágenes, tan solo la socorrida fotocopiadora, si bien pocos no todos los libros podían pasar por ella. Así que bolígrafo, papel y copiando que es gerundio. De este modo íbamos repasando los vetustos volúmenes de temática local que custodiaba nuestra centenaria Biblioteca: Rallón (S. XVII), Bartolomé Gutiérrez (S. XVIII), las guías de Cancela y Ruiz o de Bustamante y Pina (S. XIX), el “Discurso sobre las historias...” de Bertemati (1883), los “Materiales para la historia...” de Góngora Fernández (1901), etc. La “Historia de Jerez” de Sancho de Sopranis (1964) era muy demandada, pues aunque discutida y ya superada, era mucha la documentación acopiada por este portuense de los libros y legajos que le servía su buen amigo Manuel Esteve. En 1999, el catedrático Caro Cancela coordinó una historia integral de la ciudad en la que intervinieron historiadores locales como Aroca Vicenti, Aguilar Moya, De los Ríos Martínez o Rosalía González. Estos tres volúmenes publicados por la Diputación son, hoy por hoy, referencia bibliográfica insustituible sobre nuestra ciudad. Cuando empezaba el siglo, Clavijo Provencio y yo mismo recogimos lo más destacado de la historiografía local hasta esa fecha en el número seis de la Revista de Historia de Jerez. A partir del año 2000, los estudios y los estudiosos han eclosionado. Recién salido del horno están los “Apuntes para el urbanismo en Jerez durante el siglo XIX” (Tierra de Nadie), de Caballero Ragel, doctor en Arte, cuya tesis doctoral (2013) versó sobre este mismo tema. Ya han aparecido varias recensiones sobre esta obra, algunas de ellas en este mismo medio, por lo que no voy a describirla en detalle. Ciertamente, si los historiadores conocen el XIX por el “siglo de las revoluciones”, en Jerez debían llamarlo “el siglo de las obras”. Caballero ha peinado varios archivos históricos (Ayuntamiento, Diputación, el Histórico Provincial) y la hemeroteca municipal para hacer un concienzudo estudio sobre las nuevas infraestructuras con que se fue dotando a la ciudad y trasladarnos a una urbe en crecimiento: el empedrado y la rotulación de las calles con placas de cerámica (1852) o de hierro fundido (1857), la traída de aguas de Tempul (1869), la laboriosa construcción del mercado de abastos (1885), el antiguo teatro de la calle Mesones (1885), el alumbrado eléctrico (1893), la proliferación de las bodegas… En definitiva, todos los ingredientes para pasear en el tiempo por una ciudad que se iba transformando camino del Jerez de hoy. Eso sí, siempre subyaciendo el raquitismo endémico de las arcas municipales. Hay cosas que nunca cambian. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

CABEZA DE VACA


 Quizá por Cabeza de Vaca muchos de nuestros paisanos no logren identificar al personaje, y a algunos solo les traiga ecos de un ilustre apellido jerezano que se pierde en los laberintos de una historia ya casi olvidada. Pero si le anteponemos el nombre y su primer apellido: “Álvar Núñez”, ya muchos identificarán al personaje con el centro de enseñanza al que le da nombre o con el monumento sito en la calle Ancha, el mismo que ha sido mutilado en varias ocasiones, sin que en ello hubiera reivindicación racial, sino por puro vandalismo, que es otra manera (o la misma) de reivindicar la procedencia de algunos especímenes de la fauna humana. Álvar Núñez realizó dos viajes a las Indias, de cuyos trabajos y enormes vicisitudes que padeció, sobre todo en el primero, nos dejó cumplida crónica en dos relaciones, del primero en sus ‘Naufragios’ y del segundo en la titulada ‘Comentarios’. Dos magníficos ejemplos de ese género que proliferó a lo largo del siglo XVI y que se dio en llamar las “Crónicas de Indias”, y en el que se inscriben todos aquellos que tuvieron un papel importante y trascendente en el descubrimiento y posterior conquista de América, escritores como el Inca Garcilaso de la Vega, Bernal Díaz del Castillo, el mismo Hernán Cortés o el padre fray Bartolomé de las Casas, por citar algunos. La aventura de Álvar Núñez ya había sido novelada por el escritor argentino Abel Posse con el título ‘El largo atardecer del caminante’ y ahora, dentro de unos días, se va a presentar en nuestra ciudad la novela ‘Cabeza de Vaca’ del periodista Antonio Pérez Henares, quien aprovecha su narración no solo para presentarnos a Álvar Núñez desde su niñez en Jerez y su juventud en Italia y en la guerra de las Comunidades de Castilla, sino que nos ofrece un cuadro muy acabado de lo que fueron aquellas expediciones hacia las Indias, sus preparativos, su salida desde Sanlúcar de Barrameda, hasta los graves padecimientos que sufrió nuestro protagonista en su primer viaje a las órdenes de don Pánfilo de Narváez. Una novela en la que descubrimos a uno de nuestros grandes paisanos. José López Romero.