LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

lunes, 20 de junio de 2022

CASTIGO

 

“Hoy se cumplen (21 de octubre) doscientos ochenta y siete años que tuvo lugar en Madrid, un hecho que me place ahora recordar, por lo que fuere. Un hombre que había sido el favorito de un rey y el magnate más notorio de su tierra fue condenado a «morir degollado en cadalso por la garganta». Hablo del muy poderoso señor D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias [en la imagen], cuyo aniversario necrológico celebra hoy la iglesia, no sé bien si con Tedeums o MisereresUno de los cargos principales acumulados contra D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y ex secretario de Cámara, fue el «haber hecho sobre su corto patrimonio una opulenta fortuna». Pero, ya queda dicho, del trágico acontecimiento van transcurridos centenares de años, y centenares de ministros, no menos venales que D. Rodrigo Calderón, han hundido sus manos avarientas en las arcas del Tesoro, sin que hayan sido segadas jamás”. Así contaba el gran bohemio Alejandro Sawa en su magnífico libro ‘Iluminaciones en la sombra’ la suerte de este personaje que, efectivamente, murió degollado, como correspondía a un noble, en la plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621, recién iniciado el reinado de Felipe IV. Y no menos cierta es la opinión o lamento del ilustre escritor, muerto él mismo en la más absoluta pobreza, de que ya han pasado por la historia de este país no cientos, sino miles de ministros y  personajes políticos de diverso pelaje y de la peor estofa que se han llenado los bolsillos, “han hundido sus manos avarientas en las arcas del Tesoro” y aquí no ha pasado nada. Nada más que con la historia más reciente, la de nuestra democracia, se podría haber inundado de sangre varias veces la plaza Mayor, si la Historia, como se lamenta Sawa, no nos diera con el famoso marqués lecciones vanas de ejemplaridad. En estos días en que se debate tanto entre lo legal y lo moral, ético e incluso estético, que algunos han llegado a esgrimir, lo cierto es que, como todos sabemos, lo legal lo deciden las leyes y quienes tienen que administrarlas, con lo que ya empezamos con los problemas, porque en este país la aplicación de las leyes deja mucho que desear; y sobre lo moral, ético o estético algunos opinan que cada ciudadano tiene su propio y particular concepto de ello. Y es posible que así sea, porque siendo legal un buen negocio nuestra moral, ética o estética es inversamente proporcional al volumen de nuestros bolsillos. No acudamos al tópico ya manido de que todos tenemos un precio, cambiemos “precio” por “dignidad”; y si esta no fuera suficiente, cambiémosla a su vez por “fama” u “honra”, aquella que daba o quitaba la pública opinión. Y hoy son los medios de comunicación los que se han apropiado de esa “pública opinión” y, en esto, como en las leyes, ya empezamos con los problemas. ¡Qué razón tenía Sawa! José López Romero. 

CÉSAR


El primer libro en el que descubrí a Julio César, un poco antes de recibir aquellas clases de latín de la gran Pilar Cortiles, fue la mediocre biografía titulada ‘Julio César’ de Enrico Farinacci, publicada en la editorial Bruguera en su mítica colección de novelas gráficas, en la que muchos empezamos a descubrir el placer de la lectura. Algún tiempo después me enteraba de que el tal Farinacci no era sino uno de los muchos pseudónimos que utilizaba Enrique Fariñas, uno de tantos de aquellos olvidados escritores que a lo largo de los años 60 tocaban todos los palos literarios, para cubrir los encargos de las editoriales sacrificando vocación por subsistencia. Creo, sin embargo,  que aquella más que discreta biografía de César es la responsable de mi posterior interés y fascinación por el personaje histórico. En este ya largo recorrido como lector me he encontrado, como podrán suponer de todo, desde grandes libros (‘César’. Adrian Goldsworthy) hasta textos infames. Curiosidades que captaron mi atención en su momento como aquella biografía novelada, ‘El Joven César’ de Rex Warner, luego continuada en ‘César Imperial’ (ambas en Edhasa), hasta ese ‘César Imperator’ (Planeta) del admirado Max Gallo que tan buenos ratos de lectura me proporcionó. Pero con  lo que no me había topado en todos estos años es con la coincidencia en el tiempo de la publicación de tres apuestas, a cual más ambiciosa, en torno a este personaje al que dedicamos estas líneas, lo que aparte de la curiosidad  dibuja  una batalla bibliográfica donde también habrá vencedores y vencidos. Como ya habrán adivinado me refiero al libro ‘Roma soy yo’ (Ediciones B), primero de una serie de seis firmado por el popular Santiago Posteguillo. A la mencionada aproximación novelada del español le ha salido un competidor en el libro de Andrea Frediani titulado ‘La sombra de Julio César’ (Espasa), que parece también será el primero de otra serie. Y por fin el ensayo histórico de Patricia Southern ‘Julio César’ (Desperta Ferro), libro este último por el que he comenzado el reto lanzado a los lectores y que presumo me va a tener entretenido por un tiempo. Ramón Clavijo Provencio

 

 

sábado, 4 de junio de 2022

PATÉTICO

En más de una ocasión he acudido a una de las conclusiones a las que llegaba Francisco Ruiz Ramón (en su magnífico libro ‘Historia del teatro español’, vol. 1), para explicar el fracaso de la tragedia renacentista en España, en concreto, al diseño de los personajes, cuyo exceso trágico terminaba por convertirlos en  “seres desmesurados, a todas luces más dignos de un disparatado tratado de patología que de una tragedia”. Al leer alguna novela me he acordado de esta afirmación. El autor o la autora ha cargado tanto las tintas en algunos aspectos psicológicos de sus criaturas que ha terminado por convertirlos en monstruos, de tan ridículos que acaban siendo patéticos. La última, ‘Los días perfectos’ de Jacobo Bergareche. Una novela bien construida en dos cartas escritas por Luis, el protagonista, una dirigida a su amante, Camila, y la otra, más breve (¡faltaría más!) a su mujer, Paula. Hasta aquí todo correcto e interesante, incluso las cartas de William Faulkner que está consultando en el Harry Ransom Center de Austin y que le sirven a Luis como hilo conductor de las suyas. La narración o, mejor diríamos, confesión a las dos mujeres de su vida fluye con excelente estilo, con reflexiones que le llevan a lector a pensar en el paso del tiempo, en la memoria de las relaciones personales, en las complicidades necesarias en toda pareja para no caer en el “tedio”, en esas cenas en celebración de San Valentín tan tristes que terminan con el acta de defunción de una vida juntos que ya no tiene ningún sentido. Si la novela, como en alguna ocasión ha confesado el propio autor, pretende ser una reflexión sobre el desgaste del amor en pareja, podemos decir que el objetivo a primera lectura está conseguido. Y sin embargo… El personaje de Luis es tan excesivo que pasa de patético a gilipollas en unas cuantas páginas iniciales, perfil que mantiene e intensifica a lo largo de toda la novela. Entre las “virtudes” que adornan al personaje se puede contar el desprecio hacia los demás, en particular el insulto gratuito a la compañera de trabajo, la gorda tetona, con quien en un momento de debilidad provocado por el alcohol mantuvo relaciones sexuales, cuyo recuerdo ahora le asquea; o tildar de pedófilo a un compañero de su amante, porque este ha pretendido invitarla a una copa. Descalificaciones de toda punto innecesarias pero que ya nos advierten de la catadura moral de quien le está confesando a su amante (otro rasgo de cinismo) que sus días perfectos son pasarlos en la cama con ella, pues la relación que mantiene con su mujer ya es una pesada carga de la que no puede o no sabe desprenderse. Y en el colmo de la gilipollez esnobista, el amigo Luis se dedica a reparar y pintar en sus ratos libres motos antiguas y a hacer escabeches para sus amigos. Y así a lo largo de toda la novela, hasta convertirse en un ridículo insufrible. Todo un personaje el tal Luis. Pero no nos equivoquemos, la culpa, evidentemente, no la tiene Luis, sino su creador, que ha querido hacer una novela sobre el desgaste del amor en pareja, y le ha salido como el culo. ¡Ah! Por cierto, no se pierdan la crítica a esta novela en el Diario de Sevilla (1-08-2021). Sin palabras. José López Romero.   

  

A CUATRO MANOS

Cuando José López Romero y yo publicamos nuestra primera novela de la serie del inspector Castilla, ‘Asta Regia’, muchos se sorprendieron pero no tanto porque investigadores hasta ese momento centrados individualmente en dar a la imprenta publicaciones de sus respectivas especialidades se pasaran a la novela policiaca, sino sobre todo por el hecho de que esas novelas se escribieran a “cuatro manos” como popularmente se suele decir. A partir de ahí  cada nueva novela de la saga mencionada ha venido acompañada irremediablemente por un rosario de repetitivas preguntas sobre cómo lo hacemos o cuál es nuestro método de trabajo, que tratamos de sobrellevar con humor mientras nos vamos acostumbrando a ello. Pero pese a todo nos sigue sorprendiendo tanto a Pepe como a mí, tanta curiosidad por un asunto, este de escribir  novelas por dos autores, que pese a todo no es  nuevo en la historia de la literatura y cualquiera que hurgue un poco en ello lo comprobará. Incluso podemos mencionar casos verdaderamente curiosos y hasta cierto punto poco conocidos, como es el protagonizado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, cuando a mediados de los cincuenta del siglo pasado crearon al singular personaje de Isidro Parody que protagonizaría varias historias resolviendo intrincados casos policiales, claro que lo hicieron escondidos bajo el pseudónimo de Bustos Domecq.  A mediados de los 70 muchos recordamos con agrado aquella pareja formada por Dominique Lapierre y Larry Collins un auténtico fenómeno de masas para la época, tras la publicación de libros como ‘Oh, Jerusalén’ o ‘Arde París’.  Más recientemente y ya en nuestro país la pareja formada por Andreu Martin y Jaume Ribera iniciaron una fructífera colaboración cuyo exitoso resultado es la serie protagonizada por el detective Ángel Esquius. Pero de todos los casos que podríamos poner, el que personalmente me atrae más  es el de la sociedad formada por los italianos Giacometti y Ravenne que siguen publicando novelas entre lo policiaco y fantástico entre las que destacaría la primera de ellas, ‘La mujer del domingo’, que luego sería llevada al cine en una película del mismo título, protagonizada por Marcello Mastroianni y Jacqueline Bisset. Ramón Clavijo Provencio.

viernes, 20 de mayo de 2022

PASIÓN POR LA NOVELA NEGRA


Con su ‘Diccionario apasionado de la novela negra’, Pierre Lemaitre (en la imagen)  deja por esta vez la ficción con la que ha conquistado a miles de lectores -es el caso de la saga protagonizada por el comandante Camille Verhoeven, o las espléndidas novelas ‘Nos vemos allá arriba’ o ‘Tres días y una vida’-, para ofrecernos ahora una visión muy particular de ese universo que tan bien conoce como es el de  la novela policiaca. La subjetividad del libro es sin duda uno de  sus atractivos y pese a que esta característica lo aparta por otro lado de la exhaustividad de datos que quizás algunos esperarían hallar en un diccionario, el buen lector pronto encontrará sobrados motivos para disfrutar con la lectura. Sí, es este un libro nada convencional, y es que Lemaitre huye de una excesiva erudición para, en cambio, seguir sin titubeos sus gustos y emociones, siendo esta la prioridad para dar a conocer al lector  historias impagables. Su eclecticismo al abordar el tema le hace citar por ejemplo series de televisión policiacas, estén o no basadas en una novela previa, aunque tampoco se olvida Lemaitre de repasar un buen ramillete de películas basadas, estas sí, en novelas de afamados escritores del género negro. Impregnándolo todo está el humor, mucho humor, lo que es  un acierto si se maneja con maestría como es el caso. Todos estos aspectos comentados enriquecen notablemente este sin duda brillante y muy personal repaso de lo más destacado del género, y en mi caso particular me compensa con creces  de la poca presencia de autores españoles (no todo comienza y acaba en Montalbán) o  extrañas ausencias como las de Philip Kerr. Entre los temas que aborda este ‘Diccionario apasionado’ está el muy interesante de las sagas protagonizadas por  personajes que alcanzaron un enorme éxito, pero que a la muerte de sus creadores los herederos de su legado decidieron, por distintos motivos, continuar esas historias que se habían quedado huérfanas de autor. Lemaitre nombra dos casos en concreto: la serie Millenium de Stieg Larsson  continuada tras su fallecimiento, con un éxito más discreto, por David Lagercrantz, y las novelas protagonizadas por el inefable Pepe Carvalho, ahora continuadas, tras la muerte de su creador, Manuel Vázquez Montalbán, por el excelente autor barcelonés Carlos Zanón. Se podrían nombrar infinidad de casos aparte de estos que recoge Lemaitre, pero sirva de botón de muestra el protagonizado por el escritor Benjamin Black (pseudónimo de John Banville) y responsable de la muy recomendable serie que tiene al patólogo forense Quirke como protagonista, que fue el elegido por los herederos del legado del gran Raymond Chandler para continuar la serie protagonizada por el icónico Philip Marlowe. De este acuerdo surgió la excelente novela ‘La rubia de ojos negros’  que no desmerece las que nos legara el admirado autor norteamericano. Ramón Clavijo Provencio.

  

CHINO

Aunque soy arte y parte en este asunto, aunque muy indirecta, no me resisto a dedicar este breve artículo a una iniciativa que, con objetividad, me atrevería a calificar de interesante y provechosa. Me refiero a los cuatro libros o cuatro traducciones que lleva ya publicados el Aula Confucio del I.E.S. Padre Luis Coloma, en una línea de publicaciones que en estos cuatro años ha tenido como objetivo unir la cultura jerezana con la lengua china. De acuerdo con ese propósito, mis adjetivos adquieren todo su sentido: interesante y provechoso. Empezamos con un texto emblemático, el cuento por excelencia más conocido del autor que le da nombre al centro ‘Ratón Pérez’ (editorial Peripecias, 2018); seguimos al año siguiente con una selección de los aforismos de José Mateos que el propio autor tituló ‘Silencios escogidos’, una antología de sus textos que obtuvo el Premio Torino in Sintesi y que cuidó el mismo Mateos (editorial Canto y Cuento, 2019); el pasado 2020 vio la luz la traducción al chino del poemario de Pepa Parra ‘De profesión, viajera’ (ed. Canto y Cuento 2020), que había obtenido dos años antes el XI Premio de poesía para niños “El Príncipe Preguntón”. Después de un curso condicionado por la pandemia, a finales del mes pasado se presentó con motivo de la Semana Cultural China en el I.E.S. P. L. Coloma la traducción de ‘El pacto y otras novelas cortas’ de Sebastián Rubiales Bonilla, editado también por Canto y Cuento. Tanto José Mateos como Pepa Parra y Sebastián Rubiales mantuvieron con las traductoras chinas no pocas y complicadas conversaciones para explicarles el sentido de sus textos. La implicación y trabajo de los autores y de las profesoras de chino, con Jinliang Li a la cabeza, en estos proyectos han sido encomiables. Y sus frutos son los textos en edición bilingüe que han visto la luz. Una iniciativa ya consolidada que es uno de los emblemas del Aula Confucio del I.E.S. Padre Luis Coloma. Un magnífico grano de arena en esa interculturalidad de que tan necesitados estamos. José López Romero. 

viernes, 22 de abril de 2022

HOY COMO AYER

“Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio.”. Así se lamentaba con más resignación que amargura don Miguel de Cervantes en su prólogo a las ‘Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados’ que publicara en 1615 (en M. de Cervantes, ‘Comedias y tragedias’, Madrid, RAE, Espasa, 2015). Más de una veintena o treinta contaba el propio D. Miguel que había escrito en la década de 1580 y que habían logrado la aceptación general del público (“que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas”). Pero es en el mismo prólogo a las ‘Ocho comedias…’ donde termina reconociendo la irrupción como si de un terremoto para los corrales de finales del siglo XVI se tratara del gran Lope de Vega: “y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado.” Con todo, nunca Cervantes despreció o tuvo en menos sus propias obras en comparación con las ajenas, e incluso se arrogó ciertas innovaciones (“me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes.”), ni abjuró de un arte de hacer comedias y tragedias con buen gusto y honesto propósito, que alegraran, admirasen y suspendieran a los espectadores. Y, por el contrario, se lamentaba del éxito de “las comedias actuales: llenas de disparates y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera.”. Cuatro siglos más tarde leemos. “Si un editor tiene un libro entre las manos que sabe que es venenoso, pero se trata de un veneno que el público demanda, lo editará. Si a un escritor se le ofrece redactar quinientas páginas repletas de clichés y fórmulas oxidadas con que envenenar a sus lectores, y si ese ofrecimiento comporta una suma nada despreciable de dinero, lo escribirá” (Carlos Segovia, “Morirás envenenado”, en AA.VV. ‘Nueva carta sobre el comercio de libros’, Playa de Ákaba, 2014). Hoy como ayer “lo serio es vender productos, hacer caja a base de nombres, rostros, textos de fácil digestión y rápida evacuación. Para qué empeñarse en hacer las cosas bien cuando lo malo vende más y mejor”. José López Romero.

JEREZ, PRIMAVERA DE 1983 EN LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

En estos días de primavera donde se celebran numerosos actos en torno al libro, y este 23 de abril la biblioteca Municipal de nuestra ciudad alcanza los 149 años desde su inauguración, me vienen los recuerdos de otra primavera ya lejana, la de 1983, en la que a principios del mes de junio me incorporé como bibliotecario a la mencionada biblioteca y en la que se desarrollaría a partir de entonces  mi vida profesional. No eran buenos tiempos aquellos para esta institución centenaria, ya que desde inicios del año 1983 permanecía cerrada. Los primeros meses de dicho año se había producido el traslado desde su antigua sede en Plaza de la Asunción a la que sería la nueva situada en el edificio  del Banco de España en Jerez, y que al cerrarse dicho banco se cedían al Ayuntamiento para equipamiento cultural. Pero para abrir al público como biblioteca todavía tenían que realizarse unas importantes obras de adaptación del edificio, que aún cuando yo me incorporaba aquel mes de junio no habían comenzado. Por tanto, no había mucho que celebrar en torno al libro aquella primavera en Jerez, salvo que se cumpliera la ansiada apertura del edificio como biblioteca, lo que no sucedería hasta 1986. Realmente el único que tenía algo que celebrar  era yo, incluso me sentía eufórico  en ese mi primer día de trabajo como bibliotecario, aunque en aquel recorrido con el por entonces director de la biblioteca Manuel A. García Paz como guía, solo pude contemplar un edificio solitario con parte de los fondos almacenados en cajas precintadas, esperando el que se preveía inmediato traslado para facilitar las obras previstas. Pero aquella primavera ha permanecido imborrable en mi memoria por otro detalle: contemplar por vez primera el fondo bibliográfico patrimonial de la biblioteca jerezana, y que entonces se custodiaba en los sótanos del edificio, en el interior de lo que una vez fue la caja fuerte del Banco de España. Aún recuerdo con total nitidez aquella escena… Empujamos la pesada puerta de acero inglés que daba acceso a aquella enorme zona del edificio. Cuando terminamos de abrir aquel coloso de metal, la visión de los miles de libros custodiados en su interior encuadernados en piel o pergamino, fue un regalo tan inesperado como impagable, un tesoro en papel al que dedicaría el resto de mi vida profesional, aunque esto último entonces aún no lo intuyera. Ramón Clavijo Provencio