LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 12 de febrero de 2011

El misterio de los orígenes de la imprenta en Jerez


La aparición y difusión de la imprenta alrededor de 1469, significó una serie de cambios tanto  en torno a la difusión de la cultura como de los hábitos en torno a la lectura que, salvando las distancias, bien podrían recordarnos lo que hoy está sucediendo con las nuevas tecnologías. Apuntemos solo un dato para entender la magnitud del fenómeno: de los veinte millones de libros impresos en el siglo XV, el de la aparición del nuevo invento, se pasaría a 200 millones el siguiente. La imprenta se introduce en Andalucía alrededor de 1477, siendo Sevilla la primera población de nuestra comunidad en tener libros impresos en talleres asentados en la ciudad. Jerez será la quinta población (1564)  y la primera de la provincia de Cádiz, incluso adelantándose a ciudades como Córdoba o Málaga que verían la aparición de la imprenta mucho después. La explicación a la más o menos temprana introducción de la imprenta en las ciudades de la época, sin duda puede estar ligada a la pujanza de dichas ciudades cuando comienza a implantarse el nuevo invento. Sin duda Jerez a finales del siglo XV podría ser calificada como la más importante ciudad del suroeste peninsular, por lo menos hasta comienzos del siglo siguiente, donde la pérdida de su importancia estratégica y el consiguiente mayor empuje económico de algunas poblaciones costeras acabaron por arrinconarla. Por tanto, no puede extrañarnos que Jerez viera introducir la imprenta, el símbolo del avance tecnológico del momento, antes que otras muchas ciudades. Aunque como decíamos más arriba la fecha oficialmente aceptada para la introducción de la imprenta en Jerez es la de 1564,  hace años Antonio Rodríguez Moñino lanzó la hipótesis de que la misma pudo haberse introducido  en una fecha más temprana: 1485, lo que la convertiría en la segunda ciudad andaluza tras Sevilla. Moñino se basaba en una referencia publicada en la Bibliografía Iberia del siglo XV, editada en 1903, donde se hablaba de un impreso ,”Constituciones Sinodales del Obispo de Segorbe”, editado en Jerez en 1485. Sin embargo y hasta hoy, nunca se ha llegado a encontrar el mencionado impreso, lo que podría parecer imprudente aceptar el dato sin más, basándonos solo en referencias de terceros.  Como nos dice Rodriguez Moñino en su breve acercamiento a la historia de la Imprenta en esta ciudad,  en el próspero Jerez de finales del XV bien pudieron ubicarse  impresores itinerantes en un primer momento, y que luego se pudieron establecer en la misma huyendo de la excesiva competencia que había en Sevilla. Quizás esas “Constituciones Sinodales”  u otro impreso con el imprimátur en la ciudad de Jerez aparezcan algún día, dejando de ser una hipótesis esta historia  que acabamos de recordar sobre los orígenes de la imprenta en Jerez, y que expusiera hace ahora setenta años el gran bibliófilo Antonio Rodriguez Moñino en el libro “La Imprenta Xerezana. (1562-1699)”. Ramón Clavijo Provencio

VENENOSO

Últimamente suelo, antes de escribir estos artículos, coger un frasquito de cicuta que tengo guardado en uno de los cajones de mi mesa y, con la solemnidad de una ceremonia religiosa, me embadurno las yemas de los dedos con el veneno, como otros se pintarían las uñas. Una vez realizada la operación, me dispongo a aporrear el teclado de mi sufrido ordenador. Así me salen los dichosos articulitos. A veces creo notar, cuando el tono empieza a agriarse, como una resistencia en las teclas y las letras tardan más en salir en la pantalla, como si este aparato me estuviese avisando de que quizá me haya pasado en la dosis; pero también a medida que me voy calentando, noto que mis dedos son más rápidos y percuten en las teclas con más vigor, como si quisieran más que proyectar las palabras, grabarlas en negro sobre blanco. Sin duda que el veneno es un complemento perfecto para ciertas labores, una especie de motivador que desentumece cuerpo y mente, un a modo de bebida que en lugar de dar alas, genera en tu interior una sobredosis de mala leche. No hace ni dos minutos que me he sentado en la silla, delante del ordenador e iba a proceder a la ceremonia, iba a sacar el botecito y a extenderme una buena capa en los dedos ya dispuestos a la tarea. Hoy tenía ganas de escribir sobre algunos historiadores de Jerez, pero no merecen ni una gota de mi cicuta, o sobre política (ya noto cómo mis dedos van adquiriendo más velocidad), o sobre viejas instituciones culturales ancladas en un siglo que ya nadie recuerda, o de las mentiras y  de los mentirosos, o sobre la literatura de usar y tirar. Pero quizá tenga el día tonto y he cambiado de idea. No me interesa gastar mis pequeñas dosis de veneno en temas que ni me interesan ni merecen la pena que nos interesemos por ellos, no son tan importantes. Prefiero ponerme a leer “Respiración artificial” de Ricardo Piglia, o echarle un vistazo a algunos capítulos de “La biblioteca de noche”, de Alberto Manguel, cuya lectura tanto me gustó, o leer algunos poemas de Quevedo. Pero nunca me he mojado el dedo en la boca para pasar las páginas de un libro (buena lección la que aprendimos de “El nombre de la rosa”). Que hoy no me apetezca escribir, no quiere decir que me chupe el dedo. José López Romero.