LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
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sábado, 14 de mayo de 2016

MITOS (14)

“Un hombre de buen gusto no vive ya a mi edad”, confesaba Imre Kertész en una reciente entrevista publicada en una revista cultural, pocos días antes de su reciente fallecimiento, sucedido el pasado 31 de marzo. Esta frase del escritor húngaro, premio Nobel de Literatura del año 2002, me recordó en cuanto la leí que en parecidos términos se pronunciaba un Miguel Delibes “puesto ya el pie en el estribo”, a sus casi noventa años que no llegaría a cumplir. A sus ochenta y seis años, Kértesz consideraba ya por simple cuestión de elegancia y caballerosidad no molestar más a la humanidad con su presencia, y para eso acababa de publicar en Acantilado “La última posada” o, lo que es lo mismo, sus diarios que abarcan la primera década del siglo actual. Y cuando alguien a esa edad ya piensa dar por cerrada su vida, sus familiares, incluso él mismo, se consuelan ante la plenitud de una existencia vivida hasta el final: ha crecido, ha formado una familia, ha visto crecer a sus hijos, y en estos casos (el de Kertész, el de Delibes) han sido testigos privilegiados de su tiempo, que han sabido con maestría literaria plasmar en sus obras, convertidas así en crónicas, a veces descarnadas de unos acontecimientos que también les tocó sufrir. Porque esa vida plena también se ha cobrado su buena parte de desgracias: ambos escritores fueron víctimas cuando aún eran unos niños de los estragos de la guerra, y en el caso de Kertész hasta la deportación en los campos de exterminio nazi. Testigos de un tiempo no siempre amable para ser vivido, pero también protagonistas de otros momentos que inscriben a ambos autores con letras de oro en la historia de la literatura. Quizá un hombre de buen gusto no quiera ya vivir a los años que cargaba a sus espaldas Imre Kertész, pero sus lectores le agradeceremos de seguro su obra, su compromiso humano, el ejemplo en definitiva que nos ha ido dando a lo largo de toda su vida, el mismo ejemplo que admiramos en Delibes. Porque a un escritor, como a cualquier profesional, no se mide solo por la calidad de su obra, sino también por la trascendencia de esta en sus contemporáneos y en las generaciones futuras, y en esto tanto Kertész como Delibes alcanzan una altura impresionante. Pero a los sesenta y ocho años no debemos aún consentir a la muerte que se lleve a uno de los más grandes, no debe darse por acabado el tiempo, no es de buen gusto que te llegue la hora tan temprano. Fue a esa edad hace unos meses que nos dejó Johan Cruyff, sin duda un Nobel del fútbol, protagonista de excepción de una época de este deporte, cuya influencia como jugador y como entrenador aún perdura, y que también ha plasmado en libros (unos cinco he contado en la red). Y los que somos amantes del balompié y vimos jugar y sufrimos, por nuestros colores, a Cruyff no dejamos de reconocer que es una figura excepcional del deporte, como Kertész, como Delibes para la literatura. José López Romero.  

ANSIEDAD

Finalmente, el escritor que ocupaba el estrado,  procedió a revelarnos al grupo de oyentes que casi llenábamos la sala una  iniciativa que se había decidido llevar a cabo hacia unos meses, con objeto de demostrar algo sobre lo que pivotaba su intervención en aquella tarde desapacible en el exterior, pero interesante  y entretenida  en aquel circulo literario: la accesibilidad generalizada a los instrumentos de edición y distribución estaba  desprestigiando la literatura, y hasta cierto punto acabando con ella. “Envié un original mío –explicaba el escritor- a no menos de una decena de editoriales. Modestas algunas, otras de cierto prestigio  pero desechando las grandes y  por supuesto bajo pseudónimo. Sobre aquella pequeña colección de relatos que envié - viejos textos por mí desechados hacía tiempo y que no tenía ninguna intención de publicar-, casi la mitad contestaron. De ellas solo una razonaba el por qué no aceptaba el manuscrito, sus puntos flacos- cosa que yo mismo ya había descubierto hacía meses-. Las restantes, igualmente desechaban la publicación, pero para mi sorpresa sugerían que podían hacerse cargo del manuscrito a través de su división de auto edición, donde tras un necesario repaso de sus correctores, podían por un módico precio poner el libro, en una muy cuidada edición en la calle. El costo  por supuesto podría subir dependiendo del número de ejemplares, de qué tipo de distribución y campaña publicitaria se hiciera, etc. En definitiva –sentenciaba el escritor - publicar hoy no es tanto cuestión , como antaño, de un lento, difícil y largo proceso selectivo, donde intervenía una depurada y prestigiosa maquinaria humana,  publicar hoy depende cada vez más de los  recursos económicos de los que pueda disponer el autor. Y nos referimos tanto a las ediciones en papel como digitales: más recursos más visibilidad. El resultado el desconcierto de los lectores ante tanto libro absurdo,  inútil, imposible”. No aprendí nada nuevo de aquella charla, pero  sí medité sobre el peligro de que esta fácil accesibilidad a la edición a veces resulte tan tentadora, que incluso los que siempre hemos aceptado sus tradicionales reglas del juego tratemos ahora de eludirlas, dando un regate tramposo  ante las ansias de publicar. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO