“¡Qué lástima que los libros no sean de marca, porque así el regalo tendría otro caché!”, le oí sorprendido a una señora que rodeada de bolsas de todas las marcas se tomaba una copa de vino blanco en la mesa de al lado. Su interlocutora no le iba a la zaga en esto de las bolsas y las tonterías. “¡Huy, hija, con lo que algunos libros cuestan ya podrían ser de Armani o de Loewe!” Ni imaginarme puedo que los libros fueran editados por los sellos de esas empresas del diseño y de la moda, y en lugar de Anagrama o de Seix Barral, de Alianza o de Cátedra, habláramos del último Loewe, o de las novedades de Chanel o de la última novela de Versace o de Gucci. Y todo por hacer del libro un objeto de regalo más glamouroso (palabra cursi donde las haya). La obsesión por las marcas en esta sociedad de hoy no tiene límites y la ansiedad por hacerse con uno, aunque sólo sea uno, de los ya prohibitivos objetos que estas marcas comercializan, seguro que ha llevado a más de una señora o señor al límite de alguna enfermedad tan absurda como incurable. Pero los libros, a pesar del lamento de aquella señora, sí tienen marca que no es la de la editorial que lo publica y comercializa, sino del autor que lo ha escrito. Y así, si en lo tocante a libros no hablamos de un Armani, sí hablamos de un Vargas Llosa, o de un Pérez Reverte, o de un Delibes o un Javier Marías. Son las marcas y en ellas, como en las otras, ponemos toda nuestra confianza de que el producto que compramos no nos va a defraudar, muy al contrario, se convertirá en un signo de distinción, de elegancia. Y en esa obsesión por las marcas, la lectura para algunos termina por convertirse en un acto comparable al estreno de una camisa de Tommy Hilfiger o de Saint Laurent. Para estos frívolos lo importante no es leer, sino exhibir, hacer ostentación de la lectura; y para eso, uno no puede escoger cualquier escritor, como no puede elegir cualquier corbata. No se dan cuenta de que para leer, como también para vestir, hay que tener clase, la que uno tiene, no la que te da la marca. José López Romero.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
sábado, 10 de marzo de 2012
LA BROMA
Desde el mismo momento en que le entregaron aquel paquete conteniendo el libro, debió de sospechar, pero salvo la extrañeza por lo inesperado del presente no le dio más importancia. Había signos que le debían haber puesto en guardia. Y es que ¿a cuento de qué venía un regalo anónimo? ¡Un libro! Él que no era precisamente un ejemplo de lector. Era evidente que ignoraba que los libros se compran o prestan. Se roban e incluso se regalan, pero nunca de forma anónima. Luego estaba lo de entrar en la librería que había camino de su trabajo. Precisamente un lugar en el que voluntariamente nunca se hubiera aventurado. Tenía la costumbre de pararse unos minutos y mirar el escaparate, pero más que por interesarle verdaderamente los libros allí expuestos, por hacer algo de tiempo antes de entrar en el edificio cercano donde trabajaba. Es más, si aquel negocio hubiera sido una zapatería o un bazar chino, lo mismo le hubiera dado. Fue un poco violento que el librero, gremio por el que no tenía mucho aprecio, lo llamara para pasarle aquel paquete con la leyenda manuscrita en grandes caracteres de “para el paseante que todas las mañanas se detiene ante el escaparate”. Pero quizás de todos los signos que lo debían haber inquietado, el más extraño, fue el libro en sí. De pequeño formato, encuadernado en piel ya oscurecida por el paso de los años. Porque, a todo esto, era un libro al parecer bastante antiguo. De papel verjurado, de muy buena calidad, según le comentó el librero, conocedor del mercado del libro antiguo (aunque él como profano en la materia, todo lo hubiera dado por bueno). Poco más le pudo decir, salvo corroborar que el libro en cuestión debía ser una rareza de indudable valor sobre la que le prometió indagar más adelante. Aquello debía valer un “pastón”. A partir de aquel momento todo cambió. Al principio de manera imperceptible incluso para él, pero pasado un par de meses nadie hubiera reconocido al otrora despreocupado y superficial personaje, amante de las apariencias, siempre vestido de “punto en blanco” y como buen hipocondríaco habitual de siempre tediosos ciclos de medicina (única mancha cultural en su expediente), con aquella taciturna sombra, ahora abnegado aprendiz de navegante por tratados bibliográficos en los que esperaba encontrar el porqué de aquel misterioso regalo y, por supuesto, su valor monetario. Algún tiempo después, el librero volvió a llamarlo cuando pasaba ante su local. Le habían dejado otro paquete. En esta ocasión la leyenda manuscrita rezaba: “Para el imbécil que todas las mañanas se detiene ante el escaparate”. Salió con rapidez, ajeno al insultante calificativo, sólo ansioso por descubrir el nuevo regalo, por lo que no advirtió la sardónica sonrisa del librero … RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
sábado, 25 de febrero de 2012
COLECCIONISTAS
Recientemente se han recuperado unos manuscritos e impresos datados entre los siglos XVI y XVIII, robados de varias iglesias palentinas. Todo gracias a la investigación policial que, hurgando en Internet, logró descubrir el “pastel” cuando los ladrones intentaban vender las piezas a través de este transitado medio, tratando de pasar desapercibidos. Igualmente Internet es un curioso cajón de sastre donde cada vez más, en esta ocasión de manera legal, se fraccionan, difuminan, y definitivamente pierden grandes colecciones, sobre todo buenas bibliotecas privadas de las que fallecido el propietario, los herederos tratan de sacar con la más absoluta discreción, pingües beneficios. Hablando de colecciones, siempre me han atraído los coleccionistas, esas personas que en un momento determinado de sus vidas dedican todos su esfuerzos (no escatiman dinero pero en ocasiones tampoco riesgos personales), para conseguir ese elemento que siempre les falta para completar su colección, aunque misterios de la vida, nunca parece ser el último para cerrar definitivamente la misma. Es más, en ciertos momentos de mi vida he podido pasar por un aprendiz de ellos. Recuerdo cuando me dio por comprar viejos álbumes de cromos, y llegué a reunir una pequeña colección. No dio tiempo para más pues rápidamente me atacó la fiebre de comprar tebeos antiguos, de los que reuní algunas colecciones completas. Pero no había manera, todo lo que empezaba terminaba siendo relegado por una nueva afición. Tapones de botellas de champagne, pin de feria, libros impresos con marcas de agua en el papel, soldaditos de plomo… He tardado mi tiempo pero he descubierto finalmente que no tengo madera de coleccionista. Me falta lo esencial, la constancia y un nivel de disponibilidades económicas que nunca alcanzaré. Pero volviendo a los coleccionistas, lo que me maravilla de estos que lo sacrifican todo para conseguir la mejor colección de lo que sea, cuadros, coches de época, una biblioteca de incunables, es que parecen no escarmentar de la experiencia. No conozco ningún gran coleccionista cuyo legado tenga el reconocimiento de los futuros herederos. Si acaso para deleitarse cuando desmembrado el “tesoro” lo ofrezcan, quizás por Internet, para que otros ¿coleccionistas? se hagan con los jirones y la rueda pueda seguir girando. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
ENGAÑO
Nathan Glass, el protagonista de la excelente novela “Brooklyn Follies” de Paul Auster, que ha trabajado durante treinta años en una compañía de seguros, intenta abrirle los ojos a su sobrino, recién reencontrado, Tom: “La pasión por el engaño es universal, muchacho, y cuando alguien le coge el gusto, ya no hay remedio que valga. El dinero fácil: no hay mayor tentación que ésa. Fíjate en todos esos listos que montan simulacros de accidentes de coche en los que resultan falsamente heridos… el gran espectáculo de la falta de honradez…”. Más razón que un santo. Es más, tío y sobrino tendrán que mediar en un timo de grandes proporciones del que no sale precisamente airoso su amigo Harry Brighman. Pero no hay que irse a lo universal para comprobar lo que dice Nathan, amparado en su dilatada experiencia en seguros. Con cierta periodicidad los medios de comunicación nos ofrecen reportajes de individuos que estando de baja en sus trabajos, se dedican a hacer otros por su cuenta y su beneficio, mientras cobran sus sueldos. Por eso no estoy totalmente de acuerdo con el protagonista de “Brooklyn Follies” cuando eleva a lo universal lo que él considera “la pasión por el engaño” o afirma rotundamente que no hay mayor tentación que el dinero fácil. Por el contrario, pienso que es una cuestión más de educación personal, que de naturaleza humana; y si me apuran y para utilizar palabras del propio Nathan: de honradez, virtud poco frecuente en estos tiempos; aunque el engaño elevado a una de las categorías de las bellas artes ya se encuentra en los genes de esa parte de lo español sinvergüenza y maleducada, de ahí el género picaresco o la inabarcable lista de timos que hemos sido capaces de crear y perpetrar a lo largo de la historia, costumbre que sigue gozando de una espléndida salud. Y en esa falta de honradez es donde el engaño se convierte en la estrategia diaria, el mecanismo para aprovecharse de los demás, no cumplir con su trabajo, y hasta robar si fuera necesario, porque una forma de robar es también no hacer lo que uno debe. La mentira es otra forma, perversa cuando se utiliza también en beneficio propio, del engaño. ¿Dónde están ahora los que han arruinado a entidades financieras y disfrutan de indemnizaciones millonarias, los que han arruinado a su ciudad, a sus regiones, a la nación entera; todos aquellos que consintieron o participaron en los enchufes masivos, los sindicatos los primeros? Qué son sino unos profesionales del engaño, unos timadores, unos golfos en definitiva. ¡Y ninguno en la cárcel! No cabe duda de que nos han tocado vivir malos tiempos, en malas compañías y con los peores gobernantes, y hay que aprender a vivir sin ilusiones, como diría uno de los personajes de “Respiración artificial” de Ricardo Piglia, porque la ilusión no puede crearse si no es en una sociedad sana y honrada. Pero tampoco vamos a pedir una cerveza y una ginebra doble, porque esa mezcla fuera el recurso recomendado por Dickens a quienes están a punto de suicidarse. Por cierto, ¿han visto el despliegue en los medios de comunicación por el bicentenario del nacimiento de Dickens? Y Jovellanos y Unamuno celebrados en familia. ¡Qué engaño de país! José López Romero.
sábado, 18 de febrero de 2012
-Father, una preguntita. (¡el diminutivo amenazador!) – Una y que no sea muy difícil, porque no está la cosa para gastar ni una neurona. - ¡Tan borde como siempre mi father! Pues como tu amigo Ramón y tú habéis conseguido ese rollito de publicar esa novelita (el diminutivo irónico) en Amazon, “Asta Regia” dices que se llama, había pensado (¡mi hija pensando!) que me podrías ayudar a publicar mis mejores tuits, una selección de mis momentos estelares con mis amiguetes y con ese lenguaje que tanto te gusta de las k, los xk, etc. ¿Qué te parece? – Pues lo de comparar tus tuits siderales con nuestra novela, un insulto; y lo de publicarlos, un atentado contra el género humano del que no quiero ser cómplice. - ¡Ese es mi father! ¡Anda, que no tienes precio como animador de iniciativas personales y para apoyar a la familia! ¿Qué quería que le dijera? Desde que hace una semana mi compañero de página comentaba la compra por Ediciones B de novelas previamente publicadas en Internet, donde habían obtenido un gran éxito, con el fin de editarlas en papel, no hay día en que no lea o escuche en los medios de comunicación alguna noticia al respecto. Es cierto que la edición digital, gratuita en la mayoría de los casos, siempre y cuando el autor no tenga más pretensión que poner el texto al alcance de cualquier lector a módico precio, es la salida de muchos escritores, noveles y no tan noveles, en busca de la gloria literaria, la cual sería plena si viniera acompañada de algún ingreso económico. Aunque más de uno no se fía ni de la suerte de los textos colgados, y menos aún de la devolución de los pagos de los lectores que descargan los libros. Pero lo peor de todo sería que cuando viajemos al espacio nos encontremos con nuestros libros digitales, los tuits de mi hija, vagando por la atmósfera como esos residuos o basura que han ido dejando las naves espaciales y que ahora amenazan con caernos encima. ¿Se imaginan que estemos tranquilos en la playa y nos caiga en la cabeza, como llovida del cielo o del basurero espacial, una novela de Falcones? ¡No lo permita Dios! José López Romero.
INVISIBLES
Nos desayunábamos hace unos días con una noticia cuando menos sorprendente, y es la adquisición por parte de Ediciones B de los derechos de publicación de una serie de novelas de autores desconocidos. Bueno, lo sorprendente no es esto que les acabo de comentar, sino el hecho de que esas novelas no eran inéditas sino que llevaban un tiempo circulando en su versión digital en Amazon, y con unos resultados de venta que ascendían a miles de copias. Cuando vender dos mil ejemplares de una novela puede ser considerado como un éxito en este país (y no digamos en Andalucía, donde la última estadística vuelve a situarnos como la comunidad menos lectora), estos libros adquiridos por Ediciones B (para sacar una edición de bolsillo en primavera), rondan de media una venta de dos mil ejemplares por mes. Y de sus autores, pues sinceramente hasta no leer sus nombres en la noticia recogida en los medios de comunicación no tenía ni idea (César García Muñoz, Fernando Trujillo, entre otros). Es curioso cuando menos que ahora que se habla tanto de como muchos autores, y cada vez más los consagrados, empiezan a considerar en serio la edición digital, el éxito de algunos escritores desconocidos está llevando a algunos al proceso inverso: tener éxito en digital parece garantizar una edición impresa, con lo que de alguna manera estamos pregonando que al menos todo libro, tenga el éxito que tenga, tendría que tener una versión, aunque fuera una tirada simbólica, en papel. Pero hay otra lectura que hacer de esta noticia de la que me hago eco: la mayor invisibilidad de la edición digital. Frente a sus indudables ventajas, (la más evidente la de poner a disposición de cualquiera, los medios de autoedición que finalmente propician que tengamos el libro del que somos autor, sin coste alguno, en librerías virtuales), existen inconvenientes con los que el autor novato se topará una vez pasada la inicial euforia de ver su libro colgado en Internet, ante un potencial mercado de miles y miles de lectores. Si ya las librerías tradicionales tenían y tienen ese problema, de buscar hueco en sus escaparates y expositores para las novedades, ¿qué decir de esa librería virtual donde cada minuto nuevas obras van engrosando su catálogo? Este nuevo mundo virtual obliga al autor, no sólo a confiar en el interés de su libro cara a los lectores, sino a diseñar técnicas distintas que lo hagan visible en estas plataformas: abaratando precios, jugando con el atractivo u originalidad de las presentaciones, etc. Algo nada fácil, pero los autores rescatados de este mundo virtual por Ediciones B, han dado con esas claves para alcanzar el éxito y de camino lograr ese gran sueño que siempre tuvieron: publicar en papel. Tener entres las manos su libro. Por algo dicen que los caminos del señor son inescrutables…Ramón Clavijo Provencio
viernes, 10 de febrero de 2012
INÉDITOS
Alexander Slidell Mackenzie viajó a España por vez primera en 1827 y de aquel viaje surgiría el libro "A year in Spain", una obra maestra de la literatura viajera y hoy prácticamente desconocida, por circunstancias que se nos hacen inexplicables, para el lector español. Richard Ford, que no era precisamente muy dado a alabanzas gratuitas, elogió sin reservas el libro pues abría al público británico extensas zonas geográficas de la península, muy especialmente del mundo rural, poco tenidas en cuenta por anteriores viajeros. Pero pese al interés de este libro y del éxito que alcanzó en los países anglosajones (dos ediciones norteamericanas, y una inglesa), cuando se cumplen los 185 años de aquel viaje que lo propició no contamos con ninguna versión en castellano. En “A year in Spain” se dedican casi todos los capítulos del 2º volumen a las provincias andaluzas, especialmente al Reino de Sevilla, pero también a algunas poblaciones de Cádiz, como Sanlúcar, El Puerto o la misma Cádiz. La realidad que vive esta última ciudad cuando la visita el norteamericano, y así se nos lo refleja leyendo su obra, es la una ciudad ocupada por las tropas francesas para ayudar a restaurar el poder absoluto de Fernando VII, una vez acallados los ecos constitucionalistas del “12” que en estas fechas conmemoramos. Las calles están llenas de uniformes militares franceses y el contrabando es una de las principales fuentes de ingresos, en la que competirá con Gibraltar. Mackenzie, tras visitar Cádiz, pretendió dirigirse a Gibraltar por barco, pero el fuerte levante le hizo decidirse por la ruta terrestre lo que nos ha permitido tener una singular visión del paisaje costero hasta Gibraltar. Años después de este relato, Mackenzie volvería a la Península , sorteando la prohibición que sobre él pesaba dictada por las autoridades españolas, descontentas con la visión que de España dejaba su primer libro, y de ahí surgiría “Spain revisited”, también con los favores de critica y público e igualmente inédito en castellano. Ambos libros se conservan en la Biblioteca Municipal de Jerez, que es una de los pocos centros que tienen el privilegio de conservar ejemplares de sus ediciones originales, en este caso de la inglesa (Murray, Londres 1831 ). Ramón Clavijo Provencio
DOS EJEMPLOS
Aún no habíamos dado por finiquitado el pasado año, cuando se levantaron, aunque tímidamente, algunas voces lamentando la ocasión perdida: apenas se habían celebrado el bicentenario de la muerte de Gaspar Melchor de Jovellanos y los setenta y cinco años de la muerte de Miguel de Unamuno. ¡A buenas horas mangas verdes!. Sólo un casi familiar, por lo íntimo y sobrio, homenaje rendido en la Universidad de Salamanca a su insigne rector, algún artículo disperso por periódicos y revistas especializadas, y poco más. Parece como si la dichosa crisis se hubiera llevado por delante, arrasado o aniquilado las pocas ganas que a cualquiera le quedan para celebraciones, y menos efemérides de difuntos, por muy ilustres que éstos sean o hayan sido. “El olvido del bicentenario de Jovellanos por nuestra clase política es un fallo muy elocuente”, se lamentaba Ignacio García de Leániz en las páginas de un diario nacional el 28 de diciembre. Está claro que si aún viviesen catedráticos de la talla de José Caso González, especialista en la obra del gran reformista gijonés, o José Antonio Maravall, estudioso del pensamiento ilustrado de nuestro siglo XVIII, de seguro que la conmemoración no hubiera caído en el olvido. Entonces ¿error sólo de los políticos? Las figuras de Jovellanos y de Unamuno traspasan los siempre estrechos límites de la política, para elevarse a la categoría de lo social y de lo humano. Porque ambos personajes tuvieron en común su permanente preocupación por España y su compromiso con un país con todos sus defectos, que lejos de ocultar, denunciaron para corregirlos, y con todas sus virtudes, porque fueron también hombres que depositaron una enorme confianza en la regeneración española. La labor que ambos intelectuales desempeñaron como políticos de su tiempo, Jovellanos en los diferentes cargos que ocupó, entre ellos el de ministro de Gracia y Justicia, y Unamuno como concejal del ayuntamiento de Salamanca, diputado a Cortes por la misma ciudad y rector de su universidad, se caracteriza por las medidas de reforma que impulsaron, la fe en la modernización de un país que precisamente no pasaba a finales del XVIII y en la primera mitad del XX por sus mejores momentos. Y es por ello que el ejemplo de su obra y de su actitud ante el problema español nos sea tan necesario en estos tiempos que corren. A quién sino a estos dos grandes intelectuales de nuestra historia podemos acudir en momentos de tanta dificultad y zozobra. El natural novelero nos hace mirar al exterior y abrazar la causa de esos profetas del tres al cuarto que siempre están al acecho de la masa inconformista e indignada, cuando en nuestra cultura, la de verdad, la que nos hace ver la viga en nuestro ojo y nos ofrece la solución a nuestros problemas permanece en el olvido. Pero, claro, hay que hacer el esfuerzo de leer sus obras y seguro que a algunos no les gusten ni lo que éstas nos plantean, ni las soluciones que nos proponen; entre ellas el ejemplo de honradez que ambos escritores dieron durante toda su vida, del que tanto carecemos en estos tiempos. José López Romero.
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