LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 1 de junio de 2018

ANTONIO OLMEDO ESTEVE, BIBLIÓFILO


Al historiador de carrera no le gusta el intrusismo. Cuando cualquier aficionado firma un artículo de periódico o de revista como “historiador”, está usurpando de un plumazo cinco años, como poco, de interminables sesiones ante la mesa de estudio. Don Joaquín Portillo, aunque autodidacta, no era ningún aficionado, y reconoce abiertamente, al final de sus “Noches jerezanas” (1839): “estoy muy lejos de haber adquirido el título de historiador, no soy literato ni tengo los conocimientos necesarios … un deseo puro por las glorias de mi pueblo … son las causas que me han movido a llevar adelante mi plan”. Todo un señor, este bibliófilo con librería abierta en la calle Francos. La bibliofilia se atisba ya en la Grecia Clásica, pero eclosiona en la Francia de la Ilustración con personajes como Louis de La Valliere. En Jerez también proliferaron los coleccionistas de libros: el marqués de Villapanés o Juan Díaz de la Guerra en el siglo XVIII ; Manuel Bertemati, José Piñero o el propio Portillo en el XIX ; Paco Bejarano, José Mateos, José Manuel Sanz Zamorano o Fernández Lira ya en época reciente, etc. Hoy abordamos una figura poco conocida fuera de los círculos culturales, el maestro don Antonio Olmedo Esteve, que recaló en Jerez siendo un adolescente cuando a su padre, también maestro nacional en un pueblo de León, lo destinaron aquí. En la imagen, un retrato de 1949, tiene veintisiete años, ejerciendo ya la docencia en una escuela de la calle Juan de Abarca, muy cerca de la Catedral. En las aulas estaría unos veinte años, pues ganó una nueva oposición y pasó el resto de su vida profesional como secretario de la inspección educativa de educación primaria. No abandonaba la lectura ni paseando por la calle. Y tenía donde escoger en una gran biblioteca que fue formando a lo largo de toda su vida. Una edición de la ‘Argonautica’ de Valerio Flaco de 1548, impresa en Lyon por Sebastian Greiff, que introdujo en Francia los tipos itálicos de Aldo Manuzio, es la obra más antigua de la colección. Solo la hemos encontrado catalogada en la Library of Congress de Washington, estando ausente de bibliotecas importantes como la British Library o la Nacional francesa. Una obra sobre mitología, “De Incredibilibus”, de un griego del siglo IV a.C. llamado Palaephatus, es una auténtica rareza que solo hemos localizado en la Princeton University y en la Osterreichische Nationalbibliothek. Está impreso en 1649 por Luis Elzeviro, de la prestigiosa familia de tipógrafos holandeses del siglo XVII, que tuvieron casa abierta en Amsterdam hasta 1680 y en Leiden hasta 1712. Las “Cartas familiares” de Cicerón de 1600, la “Imitatio Christi” de Kempis de 1724,  las “Recitationes” de Heinecio de 1826, grandes obras como la “Monarchia hebrea” de 1760, colecciones de novelas, clásicos españoles y extranjeros, misales y libros de horas…, son otros tantos ejemplos de una biblioteca que sobrepasa con creces los diez mil volúmenes y convierten a don Antonio, que nos dejó en 2002, en un claro referente de la  bibliofilia jerezana. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

PRESENCIAS


Cuando terminé de leer hace ya unos años ‘La fiesta del chivo’, una de las novelas más impresionantes en todos los sentidos de la ya por sí misma impresionante producción literaria de Vargas Llosa, me picó la curiosidad de cuánto había de ficción y cuánto de historia en aquel por momentos estremecedor relato; pero mi interés no fue más allá que algunas comprobaciones a vuela-ratón por Internet. No me pasó lo mismo con algunos personajes de aquella monumental ‘Bomarzo’, a los que les seguí la pista para verificar hasta dónde Mujica Lainez había sido fiel a ese pasado, a esa Italia del Renacimiento que recrea de forma magistral. Todo esto viene a cuento porque leyendo uno de los excelentes artículos que Juan Bonilla incluye en su ‘Biblioteca en llamas’ que dedica a la extraña identidad de Matilde Urbach, debo confesar que yo también caí en la seducción de aquella inquietante mujer, de quien alguien reconocía que a pesar de haber sido tantos hombres, no fue nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía la citada. Una seducción que no me indujo a rastrear la identidad de la Urbach, como lo hiciera Bonilla en un juego literario, tan de su gusto (como él mismo reconoce), y que ahora al parecer se ha convertido en fe de vida incuestionable hasta para los más sesudos borgianos. A veces leer libros en los que se mezclan personajes reales con ficticios, o al leer un poemario en el que aparece un nombre determinado, nos deja siempre esa inquietud por saber algo más de ellos, su referencia histórica o su vinculación con el poeta, y no digamos si el personaje tiene su punto de perversión o si las relaciones con el escritor no son precisamente amigables, lo que añade esa dosis de morbosidad que incita con más intensidad a la investigación. Volviendo a Matilde Urbach, reconozco que en otro tiempo utilizaba el dístico de Borges en mis clases, y siempre había algún alumno o alumna que hacía la pregunta inevitable: ¿quién es Matilde Urbach? Ahora, después de leer a Bonilla, ya estoy en disposición de explicárselo ¿o no?. José López Romero.


jueves, 24 de mayo de 2018

LAPSUS


“Se dice que cuando Eva Perón visitó España en 1947 un conocido periódico madrileño hubo de retirar a toda prisa la edición porque un pie de foto en el que se había escrito “Eva Perón frunce el ceño” acabó convertido en “Eva Perón frunce el co…”. Esta es la primera anécdota que nos cuenta José Luis Melero al inicio de un breve artículo titulado “Erratas” incluido en su ‘La vida de los libros’, magnífico ensayo como lo son también ‘Escritores y escrituras’ y ‘El tenedor de libros’ (muy recomendables los tres para todo lector que se interese por los azares más delirantes de autores y textos). Y en una sola página que ocupa el artículo, Melero nos va contando anécdotas a cual más divertida sobre esos errores o erratas tipográficas que se suelen cometer de forma involuntaria, o quizá no tanto habida cuenta de cómo se las gastaba la gran dama argentina. De “maldición de los escritores” las define Melero, pero lo cierto es que desde que se inventó la imprenta, y si me apuran desde los principios de la escritura, las erratas forman parte consustancial de toda publicación e incluso ellas mismas terminan por convertirse en libro, al modo de los repertorios de barbaridades de los exámenes de Selectividad, o al menos en artículos como el de Melero. Ya hemos visto cómo el cambio de una grafía puede hacer que se retire toda le edición de un periódico por la transformación en el significado que sufre la oración entera, pero si esto por anecdótico llega a ser hasta divertido, menos gracia, por no decir, ninguna, tienen las faltas de ortografía gratuitas de que algunos libros están plagados. ¿Culpa? En primer lugar y sin duda del autor. Me comentaba hace unas semanas un escritor famoso que el corrector que le tiene asignado su editorial era realmente escrupuloso en su trabajo y le llenaba las galeradas de rojo, no solo por alguna falta de la que nadie está libre, sino por expresiones que podían ser poco inteligibles para ciertos lectores; y sin embargo, en una novela no se dio cuenta de que en una escena el nombre de un personaje no se correspondía con el que el autor le había dado a lo largo de la narración. El escritor había cambiado el nombre del personaje pero se le había olvidado en aquellas páginas que pasaron desapercibidas para el corrector, menos para un lector amigo que le avisó de la errata. Contar con un corrector de cabecera no es habitual salvo en las grandes editoriales; es más, parece como si el descuido o despreocupación por la ortografía, uno de los males del actual sistema educativo, se haya extendido a las publicaciones de todo tipo. Un ejemplo: ahora estoy leyendo un libro de poemas cuya introducción y textos líricos están plagados de erratas ortográficas imputables todas a la persona que ha hecho el estudio previo y ha cuidado (o descuidado) los poemas, licenciada o incluso doctora en Filología para más descrédito. Si “las faltas de ortografía son el mal aliento de la escritura”, como dice el hidalgo disoluto de Héctor Abad Faciolince, algunos libros padecen de halitosis crónica. José López Romero.


LITERATURA Y TRANSICIÓN


Desde hace muy poco tiempo son notables los estudios que centran su atención sobre la denominada transición política española y el fin del periodo franquista. El último de ellos es el notable trabajo de investigación firmado por el prestigioso historiador Santos Juliá titulado precisamente Transición (Galaxia Gutenberg, 2017). Cuando nos separan cuarenta años de aquel periodo, en Jerez tanto la Fundación Caballero Bonald, por un lado, analizando lo que significó la Literatura, Cultura y el Arte y, por otro, las XXIV Jornadas de Historia de Jerez introduciéndonos en la política, sociedad, economía y transformación urbana (CEHJ/CEP), nos dejarán una visión bastante completa de aquellos años decisivos en nuestra ciudad. Pero estas líneas no van precisamente destinadas a hacer un repaso sobre los trabajos de investigación que se han realizado sobre el mencionado periodo histórico, y que como les decía van en aumento, sino sobre la visión de la literatura con respecto a la mencionada transición. En este sentido podemos hacer un cierto paralelismo sobre lo que sucedió  con la posguerra española: mientras durante mucho tiempo escasearon estudios serios sobre la misma, sin embargo la Literatura pronto la hizo escenario de muchas y notables novelas.  Algo parecido, pues, sucede con la Transición. Pocos son los estudios de peso aún, como el nombrado al inicio de estas líneas sobre la Transición, sin embargo la Literatura desde el primer momento empezó a aportarnos una visión de la misma que no encontrábamos en los estudios históricos. Una visión que ha ido migrando desde la aceptación de la “versión oficial” de la Transición hasta posiciones más críticas sobre la verdadera realidad y significado de la misma. En este último sentido no podemos olvidar las novelas de Manuel  Vázquez  Montalbán o Juan Marsé, desconfiados con los rasgos de ese cambio político. Más recientemente Isaac  Rosa (El vano ayer. 2004) o el auténtico aldabonazo que supuso la publicación de Anatomía de un instante de Javier Cercas (2009). A partir de ahí un número creciente de autores – Martínez de Pisón, Benjamín Prado, Rafael Chirbes o Javier Calvo entre una extensa nómina- han anclado sus historias en este aún poco hurgado periodo, reflexionando desde distintos puntos de vistas lo que significó  aquel momento y lo que ha influido en nuestra realidad presente.  Ramón Clavijo Provencio

domingo, 20 de mayo de 2018

NUESTRA PRÓXIMA NOVELA: "LA CIUDAD QUE NO SUEÑA"

PRESENTACIÓN:
DÍA: 7 de junio, jueves.
HORA: 21:00 horas.
LUGAR: Claustros de Santo Domingo.


El 6 de mayo de 1943, el General Franco visita Jerez de la Frontera. Alrededor de esta visita, los autores de LA CIUDAD QUE NO SUEÑA desarrollan una trama sobre el negocio de libros antiguos. El crimen de un modesto impresor, miembro de un órgano creado por el Régimen para requisar libros y papeles subversivos, será el detonante de una historia trepidante, verosímil y bien documentada. En estas páginas el lector se encontrará, además, con algunos de los personajes destacados que han hecho de Jerez la ciudad que hoy es: Manuel Esteve, Julián Pemartín, el Marqués de Villapanés o Soto Molina, entre otros.

jueves, 17 de mayo de 2018

PEREIRAS


Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el eco de los “grandes” nunca se extingue. A quince años de su fallecimiento uno de esos “grandes” a los que me refería, Eduardo Pereiras Hurtado, nos dejó muchos recuerdos, pero los recuerdos pecan de ser muy sensibles al paso del tiempo y se ven trasformados por la visión subjetiva de los que los compartieron con él. Otra cosa es el eco de su obra y las pruebas materiales por las que hoy día sigue estando vigente y con la fuerza que para sí quisieran otros creadores aún en activo. Eduardo como todos los grandes estuvo siempre muy por encima de los localismos. Nacido en Arcos, pero muy vinculado a Jerez desde su adolescencia, su obra fotográfica trasciende más allá de estas poblaciones y desborda la campiña jerezana o la bahía de Cádiz. De familia de fotógrafos, algunos del prestigio y la influencia de su propio padre Manuel Pereiras Pereiras, del que adquirió sus grandes conocimientos técnicos, la obra que nos ha dejado Eduardo va más allá del legado fotográfico aún cuando este sea magnífico (en imagen uno de sus retratos), y donde su manera de captar la luz, a decir de los entendidos como el añorado Adrián Fatou, fue  una de sus señas de identidad. Multitud de premios a nivel nacional corroboran lo que decimos. Pero hay otra faceta de Eduardo que con el paso del tiempo se nos antoja trascendental: la de investigador de la historia de la fotografía. Profundo conocedor de los fondos de numerosos archivos y bibliotecas de nuestro país,  no era extraño observarlo en la sala de investigadores de la Biblioteca Municipal jerezana repasando las colecciones de prensa antigua o de “Folletos varios. Gracias a su minuciosidad y tesón hoy disponemos de un legado  de obligada consulta para todo investigador que quiera profundizar en esta parcela de la historia.  En 1986 publica su primer libro “Donde Jerez sueña”, libro para disfrutar visualmente de lo que hasta ese momento había sido su obra fotográfica. Pero será el año 2000 el que verá aparecer sus dos más relevante estudios. El primero “Andalucía en blanco y negro” (Espasa. Con la colaboración de Manuel Holgado Brenes) y “La Fotografía en el Jerez del siglo XIX” (Servicio de Publicaciones Ayuntamiento de Jerez). Aún poco antes de su fallecimiento nos dejaba otro libro para recordar o, mejor, para volver a releer y contemplar: “Rota, el esplendor de ayer” (2002). Todos libros esenciales hoy día para desentrañar los orígenes y evolución de la fotografía en Andalucía y sus protagonistas. Hombre inquieto, Eduardo nos dejó muestras de  su buen hacer en el campo de la pintura con un estilo personal y reconocible. Como todo maestro dejó discípulos. En el campo de la investigación el más destacado y prematuramente desaparecido Adrián Fatou, que cogió su testigo con acierto y ambición y siguió hurgando en una historia en la que quedaban aún muchos puntos que documentar. En definitiva,  el eco de los “grandes” nunca se extingue. Gracias, Eduardo. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO


CIEGO


“¿Adónde nos llevas, ciego?”. Recuerdo que con esta frase el pueblo polaco mostró su desprecio, y quizá también su miedo, cuando el general Jaruzelski impuso la ley marcial en el país (13 de diciembre de 1981- 22 de julio de 1983), con el fin de acabar con las revueltas sociales dirigidas por el sindicato Solidaridad de Lesch Walesa. Y no es que fuera ciego el militar, sino que usaba gafas con unos gruesos cristales ahumados que le daban esa apariencia. Y cada vez que me acuerdo de la frase, pintada en las paredes de toda Varsovia, siempre la relaciono con el ‘Lazarillo’ y las enseñanzas que recibió de su primer amo, el ciego. Todo un símbolo de que un ciego no puede enseñar el buen camino a un niño, de que no se puede aprender nada bueno de quien necesita ser dirigido, del que no ve. Jaruzelski era, para sus paisanos polacos, ese ciego que por la fuerza quería dirigir una nación, sin distinguir siquiera el camino correcto. Y yo, que por circunstancias familiares, he mantenido contacto directo con personas invidentes, puedo asegurar que si les falta un sentido, lo suplen a la perfección con una mayor agudización de los demás. Ser ciego, a pesar de la tradición literaria, no es hoy, ni tampoco ayer, motivo para incapacitar a una persona para dirigir a un país. Calificar al militar golpista de ciego en aquella frase, más tenía de crítica hacia su comportamiento político (ciego ante unos acontecimientos que el tiempo confirmó imparables), que de un insulto a su aparente discapacidad. El ciego del ‘Lazarillo’ no deja de ser un tipo literario, es decir, un modelo o ejemplo de esa enorme masa popular que pedía limosna por todas las ciudades de España en aquellos siglos del imperio, muchos de ellos inválidos por las inacabables guerras. O también podría ser que sus padres lo hubieran cegado a corta edad para mover a mayor compasión limosnera. Sea como fuere, Lázaro de Tormes aprendió de su primer maestro a valerse por sí mismo y a desconfiar de todos, incluso de alguien que no veía pero que le enseñó a base de golpes, lágrimas y hambre. La buena enseñanza no depende de la ceguera física, sino de la integridad moral, ¡a cuántos políticos de hoy habría que gritarles “¿Adónde nos llevas, ciego?!”. José López Romero.

viernes, 27 de abril de 2018

B.A.E.


El 25 de enero de 1856 Cándido Nocedal, a la sazón miembro del Partido Moderado, presentaba en el Congreso de los Diputados una proposición: el gasto a cargo del presupuesto del Ministerio de Fomento de 400.000 reales para la compra de ejemplares de la Biblioteca de Autores Españoles (B.A.E.), que serían repartidos entre los centros de enseñanza de todo el país. Argumentaba dicha inversión el político en los siguientes términos: “mientras haya en el mundo un resto de buen gusto, mientras haya amor a las letras, mientras haya afición al estudio, no se borrarán jamás nuestros monumentos literarios. Allí donde no llega nuestra espada, allí donde no alcanza nuestra influencia política, allí llegará el nombre glorioso e inmortal de Cervantes y de Lope, de Calderón y Quevedo. En vano es que se hayan borrado nuestras conquistas; no por eso ha desaparecido nuestra nacionalidad, porque no estaba en nuestras conquistas ni en nuestras influencias: estaba en nuestros monumentos literarios”. Tenía claro Nocedal o, al menos, se puede deducir de sus últimas palabras que la cultura de un país es lo que realmente lo identifica como nación y, por ello, es responsabilidad de los políticos preservar y proteger cualquier manifestación cultural, en este caso la célebre Biblioteca de Autores Españoles, como medio de difusión de nuestros clásicos, esos escritores por los que somos conocidos en todo el mundo. Al mismo tiempo, con aquella subvención o compra de ejemplares se mejoraba la economía de la editorial de Manuel Rivadeneyra, que publicaba la colección y que no atravesaba por sus mejores  momentos. Hoy, todas las campañas de fomento o animación a la lectura, desprovistas ya de ese matiz patriótico tan del gusto decimonónico, tienen como fin la mejora de la competencia lectora especialmente de niños y jóvenes, cuyos índices de lectura por sus bajos porcentajes llegan a producir cierta alarma entre las autoridades culturales y docentes. Pero ¿hay alguna iniciativa que podamos comparar con aquella del diputado Nocedal? Es ya una resignada afirmación de que cuando faltan o escasean los dineros públicos, los grandes damnificados son los proyectos culturales, que de inmediato pasan a los cajones de los políticos sin muchos remordimientos de conciencia; y así, en los centros educativos desde hace sus buenos años no se reciben ni libros ni una dotación especial para su compra, con lo que las modestas bibliotecas escolares se nutren o con cargo al presupuesto general del centro, cada vez más menguado, o con la aportación de las sufridas Ampas. Dicho de otro modo, las campañas de animación a la lectura, presentadas a bombo y platillo, dependen de la voluntad, gratia et amore, de los que en ellas participan; y en las aulas, de los profesionales que a pesar de los escasos medios, no dejan de predicar en el desierto las bondades de la lectura a un público cada vez más desafecto a ella. Hoy, como a mediados del siglo XIX, podemos seguir pensando, al igual que Cándido Nocedal, que en la cultura residen las señas de identidad de una nación, y en los niveles de lectura un elocuente indicador de aquella. Leer el discurso de aquel político moderado en la sesión del 25 de enero de 1856, es un ejercicio muy recomendable para los políticos de hoy. José López Romero.