LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 15 de marzo de 2019

LIBROS Y GUERRA


Hay un dato contrastado y que algunos de  los que lean estas líneas conocerán, a otros les sorprenderá, cual es que de la ingente producción editorial que nos inunda materialmente cada año, la temática más  repetida y sobre la que más se edita tanto en papel como en formato electrónico, es  la de la II GM seguida de los libros sobre la Guerra Civil española. Como les digo es algo que  se viene repitiendo sin altibajos desde hace años. ¿Tras el dato se esconde el síntoma de algo? Lo ignoro pero creo que es legítimo  interrogarse sobre ello pues, coincidirán conmigo, no es fácil admitir que tanto libro sobre los mencionados y trágicos acontecimientos de la primera parte del siglo pasado, se publiquen por casualidad, por moda o porque la investigación histórica sólo tenga puesto su foco de atención en dichos hechos. Tras ese dato existe sin lugar a dudas un deseo de conocer por parte de los lectores que va más allá de la simple curiosidad. Y mientras ese deseo no sea progresivamente satisfecho -aunque sospechamos que nunca se hallará una respuesta mágica que calme con rotundidad esas ansias de conocer el por qué de tanta tragedia- la obligación de los historiadores es seguir hurgando en ese pasado aún tan cercano. Es precisamente su cercanía la que en parte también explica esa  especie de atracción fatal que sentimos por los repetidamente mencionados hechos históricos, y que vienen a corroborar los datos estadísticos de la industria editorial,  pero junto a ella hay otra sensación más poderosa: un temor inconsciente a que estos fenómenos se pudieran volver a repetir,  pero no con sus mismas formas lo que resulta doblemente inquietante. Javier Cercas declaraba hace pocos días que “el 23 de febrero de 1981 terminamos con la Guerra Civil, pero aún no lo hemos digerido” (La Vanguardia). ¡A ver si va a tener razón! Un dato más:  la paulatina desclasificación de archivos oficiales, proceso más evidente y rápido en los países de nuestro entorno, está haciendo avanzar la investigación y haciendo aflorar aspectos hasta ahora desconocidos que van completando el rompecabezas de la primera mitad del pasado siglo. Muchos años han pasado y muchos datos han salido a la luz desde aquella  edición de Bruguera de comienzos de los años 70 del pasado siglo, del libro de H.G Dahns sobre la II G.M.,  hasta el relato que hoy nos deja sobre ese conflicto, pero también sobre la Guerra Civil española, el británico Anthony Beevor por poner solo un ejemplo. Tampoco podemos olvidar el papel de la buena literatura en su contribución de acercarnos de otra manera, más emocional si se quiere, a estos hechos con libros que ahora se reeditan como los de Chaves Nogales, especialmente a ‘Sangre y Fuego’ (Espuela de Plata. 2014), o la excepcional novela ‘Juventud sin Dios’ de Horváth (Nórdica, 2019), entre otros muchos. Ramón Clavijo Provencio

LA VIDA, LA OTRA


Quizá la viera anunciada en una revista, o en un escaparate o alguien, algún amigo (¿con mala intención?, ya sospechaba de todo) se la recomendara, lo cierto es que se compró aquella novela y a medida que iba leyéndola más se sorprendía del enorme parecido con su vida. La protagonista tenía un marido que se dedicaba a la misma profesión que el suyo, y dos hijos, un niño y una niña, que estaban en la misma edad escolar y practicaban los mismos deportes que los suyos; incluso estaba segura de que había escenas que ella había vivido. Su vida diaria parecía un calco de la protagonista de la ficción. Más de una vez, durante la lectura, se había asomado a la ventana para ver si alguien la espiaba desde otra ventana próxima, como aquella película de Hitchcock. Buscó en Internet a su autor y nada parecía que tuvieran en común, ni siquiera una amistad compartida que le sirviera de fuente de información; ¡imposible!, se decía, más cuando se describían escenas de una intimidad difícilmente conocida por alguien ajeno. Recordó que ya algunos escritores habían tenido problemas con amigos y familiares por basar sus relatos en ellos; sin ir más lejos James Salter perdió a unos amigos porque estos se vieron muy retratados, casi desnudos en su novela ‘Años luz’, y que el mismísimo Vargas Llosa tuvo problemas con su primera mujer, Julia Urquidi, que además era su tía, porque esta se vio demasiado reflejada en la protagonista de ‘La tía Julia y el escribidor’, por lo que incluso respondió al escritor con un libro titulado ‘Lo que Varguitas no dijo’. Un día al saber que el autor acudiría a la firma de ejemplares en una librería céntrica, se acercó hasta allí y cuando le tocó el turno, le espetó: “Te maldigo porque solo me has hecho vivir la vida real, pero no mis sueños, y esto es lo que debe hacer también la literatura, hacerle soñar al lector, hacerle vivir su vida, pero también la otra”. José López Romero.

sábado, 9 de febrero de 2019

LA UTILIDAD DE LO INÚTIL


Los que hemos dedicado toda nuestra vida académica, a mucha honra y satisfacción, a explicar los saberes inútiles, hemos tenido que aguantar durante años la preguntita de marras que tarde o temprano se le ocurría a uno de esos escolares entre cuyas virtudes no se encontraban la brillantez y el entendimiento despierto: “¿y esto para qué sirve?”. Una pregunta cuya sorna se hacía más frecuente y virulenta, y por ello más hiriente, en asignaturas como el latín y el griego, lenguas que además sufrían el apelativo de “muertas”. De este vilipendio saben mucho mis queridos amigos Juan Cienfuegos y Paco Antonio García Romero, excelentes profesores de ambas disciplinas y hombres cuya dedicación a ellas es digna de todo encomio. Incluso en alguna que otra ocasión, otro de esos alumnos aventajados en el arte de la ignorancia y la vacuidad intelectual, me ha llegado a insinuar que la Literatura es una materia más propia del género femenino, por lo que no la aprobaba no fuera a ser que se viera menoscabada su masculinidad, que aquel mastuerzo solo localizaba en su entrepierna, sin entender siquiera que ser hombre es mucho más que nacer con unos atributos. Pues bien, y como todos necesitamos a veces un cañonazo de autoestima, no he encontrado en los últimos tiempos mejor medicina, respuesta más acertada a la preguntita antes citada que el libro titulado “La utilidad de lo inútil” del profesor Nuccio Ordine (editorial Acantilado), al que subtitula “manifiesto” porque no deja de ser una excelente defensa de los estudios a los que se han dedicado los humanistas que a lo largo de los siglos desde que el hombre tiene conciencia de su capacidad intelectual, y que han ocupado su vida en el desarrollo de las artes, en todos esos conocimientos que no tienen al dinero o a la utilidad práctica como único objetivo y propósito. Saberes que han engrandecido al ser humano porque una pintura, una escultura o un poema,  por poner solo tres ejemplos, no pueden cifrarse en dinero porque su valor es incalculable. Muchos de ellos, de los que Ordine va repasando sus opiniones, sus pensamientos sobre este asunto, desprecian el dinero por corromper lo que más acerca al hombre a Dios: su poder de crear la belleza. No falta tampoco la crítica, bastante dura, a la universidad convertida esta en una empresa, los estudiantes en clientes y los profesores en simples burócratas. Termina Ordine su libro con la reimpresión del artículo titulado “la utilidad de los conocimientos inútiles” que publicara en 1939 el profesor Abraham Flexner, en el que se da cuenta de cómo la inutilidad de investigar por investigar ha llevado al hombre a descubrir e inventar cosas tan útiles que ahora seríamos incapaces de vivir sin ellas. Reproduzco un fragmento del dramaturgo Ionesco recogido en el libro: “Mirad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia adelante, sin mirar ante sí, pues recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. En todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo. El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es prisionero de la necesidad, no comprende que algo pueda no ser útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.” Pregunta contestada. José López Romero.


KONDO


La que muchos consideran gurú del orden, la nipona Marie Kondo, levantaba ampollas recientemente en el mundo de la cultura con su  rotunda afirmación de que en una casa no debe haber más de treinta libros. Por supuesto no se hizo esperar la reacción de miles de personas que en los medios de comunicación convencionales, pero también y sobre todo en las redes sociales opinaban sobre el tema. Lo cierto es que tras la rotunda afirmación de la Kondo se esconde una tendencia actual que es la de ir barriendo visualmente al libro físico del espacio doméstico, condenándolos al exterminio o como mucho al último rincón de la casa. Si hasta hace relativamente poco era algo lógico, además de estar bien visto, dejar espacio en nuestros domicilios para los libros, ahora con el creciente protagonismo de las nuevas tecnologías en nuestras vidas, parece ir imponiéndose la idea contraria: si todo lo podemos tener al alcance de un click o almacenar en un artilugio electrónico ¿para qué entonces destinar en nuestros cada vez más exiguos domicilios, espacios  para almacenar libros? Y en esta dicotomía nada novedosa se ha colado el oportunismo de Marie Kondo, disfrazándolo de lógica, orden y pulcritud. Escribía Francisco Bejarano que “toda la literatura universal que nadie debería dejar de leer cabe en una covacha. Y sin embargo, aquí está uno revisando su biblioteca, quitando polvo y telarañas, estornudando con la casa patas arriba y encima sufriendo cuando se encuentra un ejemplar herido.” (‘Manual del lector y escritor modernos’. Renacimiento,1999). Y es que pese a que sean muy pocos los libros esenciales al igual que pocos también los que al cabo del año recordamos con agrado haber leído, los que disfrutamos y sufrimos con esa pasión que es la lectura –y no les digo ya los que se confiesan  bibliófilos, bibliómanos o coleccionistas-  seguiremos conservando físicamente esos libros con los que hemos topado en algún momento y nos han dejado una huella –literaria o emocional, ¿qué más da?-  en nuestras vidas. Y esto es imposible que lo puedan eliminar ni  nuevas tecnologías, modas o los oportunismos de gurús efímeros. Ramón Clavijo Provencio



viernes, 1 de febrero de 2019

EFÍMERA


Hubo una época donde la información contenida en la  prensa diaria apenas trascendía más allá de la fecha del calendario en la que se publicaba. Por ello era común hasta bien avanzada la mitad del siglo pasado, que los ejemplares una vez leídos y perdida aparentemente su utilidad, se destruyeran. Ello explicaría que no hayan llegado a nuestros días muchas y valiosas colecciones de periódicos y revistas, pese a que junto a la actualidad del día incluyeran artículos, relatos, o abundante material gráfico. Es decir todo un valioso material hoy día para la investigación, y que ha obligado a los centros bibliotecarios y de documentación  que conservan algunas de estas colecciones, a custodiarlas celosamente no solo por su fragilidad sino también por su rareza, siendo una de sus prioridades proceder a su digitalización (cuando los siempre escasos presupuestos lo permiten). Al igual que la prensa diaria, durante el siglo XIX y gran parte del siguiente se publicaban folletos y revistas efímeras por muy diversos motivos, en la mayoría de las ocasiones ligados a las fiestas locales. En Jerez destacarían “Solera Jerezana”, “Guión”, “Gran Feria de Jerez”, entre un listado interminable. En ellas junto a la información de ese calendario festivo, y si somos curiosos, encontraremos firmas destacadas de literatos, historiadores, publicistas, poetas, bibliófilos, como Pemán, Pérez Solero, Hipólito Sancho, Fernando Bruner Prieto entre otros muchos. A mí siempre me ha atraído hurgar en estas colecciones, pues no es raro encontrarse en ellas algún poema de sorprendente calidad o alguna narración corta que, como diría mi amigo Atanasio,  “se deja leer”. Hace poco hurgando en una colección de folletos encontré un curioso texto bajo el título de “Anécdotas y Chismorreos”, donde el autor escondido bajo las siglas J.M. dejaba, entre otras anécdotas, unas pinceladas gruesas sobre D. Gabriel de Soto y Lavaggi (cuñado de D. Manuel María González Ángel): “D. Gabriel era un solterón muy mujeriego, con queridas y constantes trajines en los diversos puntos donde vivía o por los que viajaba. El motivo de su muerte fue una enfermedad en el pene que le originó grandes dolores, por lo que fue operado en Jerez por el doctor D. Francisco Revueltas  Carrillo y Montel. Se dice que en la operación estuvo presente D. P.N.G., y cuenta este que estaba tan nervioso y preocupado  el paciente en los momentos previos a la operación, por su futuro  sin ese importante miembro de su anatomía,  que el doctor le intentó tranquilizar con estas palabras “No se preocupe Ud., que le dejaré útil para un blanqueo”. En otra ocasión  daré cuenta de otra historia impagable, la de “Perico rata”,  que era el fijador municipal de edictos y avisos, y que nos dejó para la posteridad otro nombre olvidado: A. Rodriguez-Pascual y Vega. Ramón Clavijo Provencio

TARDE


El pasado verano experimenté una sensación nueva (¡ya a mis años!) con respecto a la lectura (¡no se den tan pronto a la imaginación!). Cuando acabé tres novelas, las tres excepcionales, “El azar y viceversa” de Felipe Benítez Reyes, “Galíndez”, de Manuel Vázquez Montalbán, y “El día del juicio”, de Salvatore Satta, noté que quizá había llegado tarde a estas tres obras. De inmediato me consolé con el socorrido refrán: “más vale tarde que nunca”. Y ya más en frío me fui dando cuenta de que con otros libros y autores quizá había llegado demasiado temprano. Un ejemplo, “El Mercurio” de José María Guelbenzu fue una novela que leí demasiado pronto para mis capacidades lectoras; no entendí nada. Mucho más tarde, me reconcilié con el autor, aunque de forma más liviana, con la lectura de la segunda entrega que tiene como protagonista a la jueza De Marco, “La muerte viene de lejos”. No soy lector de novedades, a menos que haya una recomendación muy viva y fiable por medio, e incluso en este caso suelo enfriar la primera excitación por unos meses, para que el libro se oxigene un poco, y al final lo que suele pasar: se terminan por meter otros libros hasta llegar a olvidar los recomendados. La verdad es que de “El azar y viceversa” apenas han pasado dos años desde su primera edición (2016), unos ocho desde la publicación por Anagrama de “El día del juicio” (2010), pero la de “Galíndez” data de ¡1990! Y hasta hace unos meses no he podido disfrutar de sus lecturas. Y lo peor de toda esta reflexión no es el darte cuenta de la tardanza con que he llegado a estas novelas, sino de la cantidad de libros a los que ya empiezo a llegar también tarde, y más agobiante aún, a los que no podré ya leer. Parafraseando a Borges en un poema muy a propósito de lo que estoy escribiendo, diría: “este otoño he cumplido sesenta y dos años, la muerte me desgasta incesante”.  Menos mal que, según información digna de todo crédito, por ahí arriba (o por abajo), hay una biblioteca que regenta un tal Jorge de Burgos ¡Y no se rían!. José López Romero.


viernes, 25 de enero de 2019

MESSI Y LAS BIOGRAFÍAS


Cuando se publicó una de las primeras biografías del gran Lionel Messi, este apenas contaba veintitrés años, y lo primero que se me vino a la cabeza es si a tan corta edad ya daban sus andanzas por la vida para todo un libro, más teniendo en cuenta que no constaba que hubiera padecido hambre o necesidad en su infancia, ni hubiera tenido unos años adolescentes plagados de problemas; todo se reducía a sus primeros equipos en su Argentina natal, a su fichaje por el F.C. Barcelona y a los problemas de crecimiento que tuvo. Poco más. ¿Para un libro y de 288 páginas? Mucha imaginación tuvo que echarle el autor. Ya se sabe, los dioses y los santos tienen estas cosas. Más de dos siglos antes Leandro Fernández de Moratín, en su famosa comedia ‘El sí de las niñas’ (obra que bien merece una revisión periódica para darnos cuenta de dónde venimos y del camino ya afortunadamente andado en determinados asuntos, al menos en ciertas culturas), ridiculizaba hasta la exageración ese gusto desmedido de algunos por el género biográfico. Dª Irene, la madre de la casadera Dª Paquita, para hacer gala de su prosapia, de sus hombres ilustres (aunque familia venida a menos) y de la buena y cristiana educación de su hija, cita a modo de ejemplo a fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán, que murió en “olor de santidad” (magnífico el dardo en la palabra que Fernando Lázaro Carreter dedica a la distinción entre “olor de santidad” y “loor u olor de multitud”), y al que un familiar le está escribiendo una biografía de la que ya lleva nueve tomos, que recoge –como aclara la propia Dª Irene- los primeros nueve años del santo varón, porque el propósito del autor es dedicar un tomo por año de vida a quien vivió la friolera de ¡ochenta y dos años, tres meses y catorce días! “¿Quién sabe –suspira Dª Irene- que el día de mañana no se imprima, con el favor de Dios?” A lo que sentencia su interlocutor, el circunspecto D. Diego: “Sí, pues ya se ve. Todo se imprime”. ¿Todo se imprime o se imprimía en aquellos tiempos de la Ilustración? Pocos años antes de la redacción y estreno de ‘El sí de las niñas’, ya se había publicado la enorme ‘Enciclopedia’ de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, y casi un siglo antes ya la RAE había publicado la primera edición del Diccionario de Autoridades, por poner dos ejemplos de grandes obras llevadas a las prensas, y  aunque no comparables en ningún aspecto con la biografía de fray Serapión. En estos nuestros tiempos y con cierta periodicidad aparece alguien por los medios quejándose del exceso de publicaciones, de que apenas el mercado y los consumidores dan abasto para absorber un pequeño porcentaje de todo lo que se publica, sea ficción, ensayo, revistas, por no decir poesía. Y sin embargo, las editoriales siguen su frenética carrera de novedades, muchas de las cuales, nos tememos, no cubren ni los gastos de edición, por no hablar de promoción y publicidad. ¿Editar ahora, en la edad de Internet, enciclopedias? A nadie se le ocurre, porque ni para librerías de viejo. La biografía de fray Serapión tuvo su momento, cuando al decir de D. Diego, todo se imprimía. Hoy el santo varón sería carne, en el mejor de los casos, de wikipedia. ¿Y Messi? Va camino de un tomo por año. Es lo que tienen los dioses y los santos. José López Romero.

ECOS DE UN ESCRITOR


En el año 1949 salía publicada la novela del sevillano Manuel Halcón "La gran borrachera", novela que tuvo en su momento una cierta repercusión en nuestra ciudad, lugar donde trascurría la trama de la misma. Incluso en su momento el entonces alcalde de la ciudad Tomás García Figueras, se hizo eco del poco "cariño" con el que "La gran borrachera" había sido acogida en la ciudad, dedicando al escritor las siguientes líneas: "No sé de dónde sacaron que esta es una novela de clave. A algún jerezano conspicuo le molestó sin duda que la escribiese un sevillano. Tonterías". Pese a todo el libro fue bien recibido por la crítica en general, como la de José Luis Cano en la revista literaria "Insula",  en la que  venía a decir que no había leído un homenaje al vino de Jerez "tan valioso y delicado literariamente". Más allá de "La gran borrachera", que podríamos considerarla un texto menor en la obra literaria de Halcón, donde destacarían sobre todo “Recuerdos de Fernando Villalón” y “Monólogo de una mujer fría”, pero también de toda su obra, trasciende la propia figura de Manuel Halcón, un personaje fascinante en cuanto a su devenir personal en un periodo muy difícil de la historia española como fue el del primer franquismo, y que hace unos años reivindicaba un libro: "El novelista" de José Vallecillo López (U.S.2001). Muy cercano a los postulados del régimen franquista en su primera época, poco a poco se iría distanciando de estos hasta culminar su giro político -si lo podemos llamar de esa manera- firmando el llamado "manifiesto de los 27", en el que una serie de  procuradores en las Cortes franquistas del año 1943 dirigieron un escrito a Franco instándole a restaurar la monarquía. Por supuesto aquello terminó de la peor de las maneras posibles para los promotores de la iniciativa,  entre ellos Halcón, aunque quizás fue uno de los que salió mejor parado pues aunque fue borrado del mapa político, a partir de ese momento pudo dedicarse a sus quehaceres literarios que era lo que realmente le importaban, y a los que se dedicó intensamente hasta su muerte en 1989. Ramón Clavijo Provencio