LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 25 de marzo de 2022

INVASIÓN

En septiembre de 1540 una armada turca, al mando de Acenagaga, uno de los hombres de confianza de Barbarroja, el gran almirante y corsario otomano invadía o, mejor dicho, hacía una incursión en las costas españolas, en concreto en Gibraltar, plaza de ubicación estratégica, entrada al continente africano y vigía de los movimientos de las continuas armadas que se preparaban sobre todo en Argel y que no tenían otro objetivo que hostigar las costas cristianas del mediterráneo. Del saco que sufrió la plaza, en pérdida de vidas, prisioneros para ser vendidos como esclavos y todos los bienes que pudieron robar los turcos, nos da cumplida cuenta el escritor Pedro Barrantes Maldonado en su ‘Diálogo entre Pedro Barrantes Maldonado y un caballero extranjero’ (editorial Renacimiento, Espuela de Plata, 2009). Un Barrantes que unía a su actividad de escritor la de soldado (según el modelo del caballero renacentista: las armas y las letras) y que intervino en la campaña de defensa y socorro de Gibraltar en aquellas jornadas, ya que por aquel año residía en Sanlúcar de Barrameda, al servicio del Duque de Medina Sidonia, a quien acompañó en tal empresa. Por carta del propio Duque conocemos que “Por la hora que me vino el aviso de lo de Gibraltar, me partí con toda la gente de pie y de caballo de esta mi tierra para allá, lo mismo hizo la ciudad de Jerez. Llegado a Medina eran salidos cien lanzas y quinientos peones a socorrer aquella ciudad y que de Jimena, que está cinco leguas de ella, había ido toda la gente de caballo y de pie con muchos bastimentos y con otras provisiones”. Y la misma ayuda prestó la ciudad de Sevilla, que días después del saco, envió una carta al emperador Carlos con la súplica de que atendiera la necesidad de fortificar la plaza “y proveerla de armas y de gente que convenga para su guarda y defensa”. La incursión, como era habitual en la época, apenas duró una jornada, el tiempo necesario para hacerse con un suculento botín en seres humanos y bienes materiales. Pero en este caso, la jugada no les salió a los turcos tan a su gusto como se felicitaban satisfechos después del saqueo y ya en alta mar, pues a su encuentro salió don Bernardino de Mendoza, general de la armada de España, y en combate naval “venció, mató y cautivó la mayor parte dellos, y les tomó diez navíos y libertó setecientos y cincuenta cristianos”, como nos cuenta Barrantes en la segunda parte de su libro. Esta crónica que ahora leemos por una parte como pieza de valor literario, pues es un excelente ejemplo y modelo de uno de los géneros renacentistas por excelencia como es el diálogo, y por otra, como una página más de nuestra historia, de un tiempo ya lejano y cerrado, se vuelve trágicamente a abrir, alcanza  terrible vigencia y actualidad porque siempre, sea el tiempo que sea, hay un monstruo que en su delirio de locura decide una y otra vez repetir hechos históricos que creíamos que solo pertenecían ya a la literatura. José López Romero.

  

LAS VIAJERAS Y EL OLVIDO

En la ponencia que desarrollé recientemente, en el curso organizado por la UCA (Campus de Jerez) y el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, titulada “Los viajeros y la imagen de España: miradas viajeras sobre la provincia de Cádiz”, creí oportuno detenerme en un apartado hasta hace muy poco tiempo olvidado por la historiografía, cual es el de los testimonios de las viajeras románticas que visitaron nuestro país  entre 1830 y 1930. Resulta curioso cómo la historiografía al analizar este fenómeno de los testimonios extranjeros sobre nuestro país en el periodo antes mencionado, y que tanta relevancia ha tenido en la proyección posterior de la imagen de España en el exterior y que aún pervive, poca atención ha prestado a los testimonios de esas damas viajeras. Numerosos investigadores e investigadoras, entre los que me incluyo, analizaron el fenómeno a lo largo del último tercio del siglo pasado, pero hay que reconocer que en esos estudios poca atención se les ha prestado a esos testimonios de mujeres, que no solo viajaron cuando el viaje era una experiencia de riesgo, sino que por el hecho de ser mujeres las dificultades en forma de incomprensión social era evidente. Es cierto que esa investigación tiene una dificultad también añadida: muchos de esos libros que las damas viajeras publicaron, lo hacían en tiradas muy cortas y limitadas a círculos de distribución cerrados, lo que dificulta hoy la localización de algunas de esas ediciones. En todo caso y desde hace solo unos pocos años la historiografía española parece querer recuperar el tiempo perdido en libros como ‘Viajeras románticas en Andalucía’ de Alberto Egea o en artículos como el de Lola Escudero ‘Las ladies viajeras en España’ (Boletín de la Sociedad geográfica española, 2022) o en el caso de Jerez el titulado ‘Jerez y sus vinos visto por las extranjeras viajeras’ de José Luis Jiménez (Diario de Jerez. 2018). Los anteriores trabajos entre otros, van descubriéndonos el hasta ahora desconocido papel en el fenómeno viajero, de intrépidas mujeres como Louisa Tenison, Josephine Brickman, Elizabeth Herbert o Alice Illimworth, entre otras muchas,  cuyos testimonios deben completar esa visión viajera que de la  España decimonónica hasta ahora se nos había trasladado. Ramón Clavijo Provencio

 

domingo, 13 de marzo de 2022

EL MODESTO BÁLSAMO DE LA LECTURA

The Old Country’, en su primera edición de 1917 de Ernest Rhys,  e impreso en Londres y París por J.M. Dent and Songs y en Nueva York por P. Dutton, es un viejo libro que conservo en mi biblioteca. No lo menciono ahora por ser este impreso una rarísima edición codiciada por los bibliófilos y que un día llegó hasta mí tras una larga historia que quizás en otra ocasión me anime a relatar, lo traigo a colación por otro motivo cual es el ser una prueba material del poco conocido y menos valorado papel de los libros en los conflictos bélicos, y que la guerra en Ucrania ha puesto de nuevo trágicamente de actualidad. En la contraportada del ‘The Old Country’ que poseo se puede observar aún un llamativo sello, en el que aparece un soldado con uniforme estadounidense. Este soldado carga al hombro un pesado rifle con la bayoneta calada y sostiene entre sus manos una numerosa pila de libros. La leyenda que acompaña la imagen y que traduzco, dice: “Biblioteca del servicio de guerra. Este libro está donado por el pueblo norteamericano a través de la Asociación de Bibliotecarios de América, para la lectura de sus soldados y marinos”. Millares de libros como este que les menciono fueron editados y distribuidos durante la  Primera Guerra Mundial, la más devastadora guerra que vivió la humanidad hasta ese momento, entre las tropas del contingente norteamericano destinado en Europa. Libros que fueron organizados en bibliotecas itinerantes y que luego servían para contribuir al ocio de las tropas, en un intento de que se evadieran de la tragedia en las que eran protagonistas, para ejecutar las inexplicables decisiones de sus gobernantes. Estos “libros de la guerra” existieron en todos los bandos contendientes, y no hace falta tirar de imaginación sino que existen testimonios gráficos de aquellos trágicos años donde se observa a soldados en sus tiendas, incluso en las infernales trincheras del frente de  Francia, con un libro o una revista entre las manos. Cuando vuelvo a hojear este “The Old Country” es inevitable que me asalten pensamientos sobre qué ojos se posarían en él tratando de huir a través de sus ahora quebradizas páginas, o a cuántos seres habrá reconfortado en tan aciagos días. Había olvidado que poseía este libro pero me lo recordó hace unos días aquella imagen fugaz, de esas de tantas que las cadenas de televisión van mostrándonos de los escenarios devastados de lo que alguna vez fueron bulliciosas ciudades ucranianas, donde me pareció distinguir en un segundo plano a un par de soldados o milicianos, ignoro el bando contendiente al que pertenecían, sentados sobre los bordillos de una acera y enfrascados en la lectura de sendos libros. Libros como este ‘The Old Country’ y que hubiera preferido siguiera olvidado en los anaqueles de mi biblioteca. Ramón Clavijo Provencio 

LA FAMILIA

“Estoy ahora leyendo con mi hija ‘El buscón’ de Quevedo”, me dijo el otro día un compañero en las siempre sufridas labores de la docencia, aunque no de la literaria. Y pensé que aquella lectura al alimón entre padre e hija no era mal método para iniciar a los jóvenes en el gusto por los clásicos, tan olvidados en estos tiempos. Y el comentario sobre el manejo de ediciones de obras, como esta de don Francisco, que requieren de un buen aparato de notas aclaratorias al texto, por la cantidad de giros, de modismos propios de la época, trajo de la mano el lamento, por frecuente ya tópico, de ese destierro que padecen nuestro clásicos en aras de al menos conseguir lectores con productos de entretenimiento, muchos de ellos de dudosa calidad. Todo sea por hacer lectores, aunque a costa de lo más sagrado.  ¡Animación a la lectura! es el grito desesperado que se oye en las aulas, en las bibliotecas públicas... La lectura como el medio para desarrollar las capacidades lingüísticas, las escritas y las orales, en franco y casi irreversible retroceso entre nuestros jóvenes. Eran sin duda otros tiempos en los que el alumnado disfrutaba de un buen análisis de ‘La Celestina’, por poner un ejemplo que me trae, nostálgico, recuerdos conmovedores. ¡Qué podemos esperar de estos tiempos de ahora, en los que nuestros menores se pasan más de 730 horas al año colgados de Internet, es decir, más de un mes de cada año de sus vidas! Tiempo que hurtan a otras actividades, sean deportivas o lectoras, tan sanas ambas. Consintamos pero negociemos. Acojamos a Internet como uno más de la familia y sentemos incluso a la mesa a los móviles, pero a cambio dediquemos un mueble, al menos una estantería de nuestras casas a los libros, y reservemos un anaquel para los clásicos. Quizá un día los leamos con nuestros hijos. Porque como la educación, el hábito de leer debe adquirirse y traerse de casa. José López Romero.

  

domingo, 27 de febrero de 2022

DOS PÁGINAS DE LA MISMA HISTORIA

“¡Ah, viejo de la barca! ¿No oyes? Espera, no te partas, respóndeme a lo que quiero preguntarte”. “¿Quién será este presuntuoso arrogante que con tanta furia camina y con tanta priesa me llama?... Estraño debe ser este. Sin pies ni manos camina, la cabeça hendida… degollado y con dos estocadas por los pechos… Camina, si quieres, que me haces perder el tiempo… entra y dime quién eres”. “¿Acaso no conoces a don Pedro Luis Farnesio, hijo natural de Alejandro Farnesio, que fuera Papa bajo el título de Paulo III, y que por obra y gracia de mi ilustre padre soy duque de Castro, de Parma y Piacenza, marqués de Novara, capitán general y confalonier de la Iglesia?”. “¡Ya, ya! Pues cómo tu padre con toda su dignidad no te avisó y protegió de la desastrada muerte que por tu aspecto has tenido y de este último viaje en esta barca y con esta canalla a la que ahora, con todos tus títulos, perteneces? Toma asiento y cállate” (‘Diálogo entre Caronte y el ánima de Pier Luigi Farnesio’ S. XVI). Con un gesto de desprecio y no sin altanería, el Farnesio se dispuso a cumplir con su postrer destino. Mientras, su cabeza no paraba de rumiar su triste suerte, de lamentar cuantas acciones o traiciones le habían llevado hasta allí y en aquellas condiciones. Sin duda el emperador estaba detrás de todo aquello. Sí. Aunque no era para menos –ahora lo reconocía-. Su padre que lo había llenado de títulos, honores y riquezas también le había encomendado quehaceres e intrigas que él sabía no le iban a llevar a buen fin. Y aunque por los años 1527-1528 había ayudado a Carlos V en las guerras contra los franceses en la Italia meridional, e incluso años más tarde había participado activamente en las negociaciones de paz entre Francisco I, el rey francés, y el emperador español, este no le había perdonado a Paulo III su sospechosa neutralidad y, por consiguiente, su falta de apoyo a la política imperial, sus intrigas con Francisco I y, lo que era más grave, ¡había llegado a entablar conversaciones con el Turco! Que al llegar a oídos de Carlos V lo había tomado como una traición a toda la Cristiandad que debía tener su cumplida respuesta y sus consecuencias. Y el castigo a tanto despropósito y tantas ambigüedades le había tocado a él. El 10 de septiembre de 1547, era asesinado en la fortaleza de Piacenza el duque Pier Luigi Farnesio a manos de Ferrante Gonzaga y de un grupo de nobles plasentinos, bajo cuyas manos manchadas de sangre se puede adivinar la sombra alargada y todopoderosa del emperador Carlos V que, con la muerte del bastardo, castigaba el nepotismo, la ambición sin límites y las intrigas de su padre Alejandro Farnesio, el papa Paulo III. “La cabeça hendida, degollado y con dos estocadas por los pechos”. Casi cuatro siglos más tarde, el 28 de abril de 1945, Benito Mussolini, el Duce, era sumariamente ejecutado. Su cuerpo y el de Claretta Petacci, su amante, fueron trasladados a Milán y “abandonados en la plaza de Loreto, para que una muchedumbre enfurecida los insultase y maltratase físicamente. Después fueron colgados boca abajo de una viga de metal sobre una gasolinera en la plaza. Los cadáveres fueron azotados, disparados y golpeados con martillos”. Seguramente Caronte ya no se extrañaría del aspecto de sus nuevos pasajeros. José López Romero. 

"FIEBRE" POR LA LITERATURA VIAJERA SOBRE ESPAÑA

 

Hoy día es rara la editorial de nuestro país que no incorpore en su catálogo una colección de literatura viajera y, sin embargo, hasta no hace mucho el interés de los lectores españoles por estos libros era  más bien tibio. Esto comenzará a cambiar en el primer tercio del siglo XX, cuando una serie de intelectuales se proponen rescatar del olvido libros escritos casi un siglo antes, y que describían experiencias viajeras por España. Uno de eso intelectuales fue Manuel Azaña que tradujo por vez primera al castellano el libro de George Borrow  ‘The Bible in Spain’ en 1921. A partir de ahí ese interés por los testimonios de viajeros extranjeros no ha dejado de crecer, pues ¿cómo se podía ignorar un fenómeno que dio a la imprenta miles de libros, y fue en parte responsable de la imagen que de España se trasladaba a los lectores europeos? Lo cierto es que a mediados de los años 80, gracias al impulso de congresos nacionales como el celebrado en Madrid a principios de esa década “La Imagen Romántica de España”, o el de Ronda de 1985 “La imagen de Andalucía en los viajeros románticos”,  se editan en castellano por vez primera libros que habían tenido un enorme éxito entre los lectores europeos y norteamericanos, y que a partir de ese momento comienzan a despertar el interés del público español. Libros como ‘La Bahía de Cádiz’ de Antoine Latour, ‘Manual para viajeros por España y lectores en casa’ de Richard Ford, o ‘De París a Cádiz’ de Dumas por nombrar algunos ejemplos. Hoy afortunadamente ese interés se sigue manteniendo, tanto con la continuada publicación de estudios sobre el fenómeno viajero y de los que son ejemplo los ya clásicos ‘Del Támesis al Guadalquivir’ de Alberich o ‘Los curiosos impertinentes’ de Iam Robertson,  como por las nuevas transcripciones al castellano de los muchos libros que aún no conocemos en este idioma, como es el caso del escrito por Vizetely ‘Hechos sobre el vino de Jerez’, y que con traducción y comentarios de Beltrán Domecq la editorial Peripecias tuvo el acierto de incluir en su catálogo el año pasado. Ramón Clavijo Provencio.

viernes, 4 de febrero de 2022

TRAS LA MÁSCARA

A lo largo de la historia de la literatura no son pocos los autores, que por distintas motivaciones se han escondido tras un seudónimo. En la gran mayoría de casos estos han sido de mujeres, que para evitar las convenciones sociales de épocas pasadas, creyeron que  un seudónimo masculino las protegía de aquella triste sensación que de forma tan realista describiera Rosalía de Castro: “los hombres miran a las literatas peor que mirarían al diablo”. En definitiva, unas jamás se desprendieron de tal lastre como George Eliot (Mary Ann Evans) y otras fueron  descubiertas muy a su pesar, como Elena Ferrante  (Anita Raja), aunque  su motivación para el seudónimo en este caso no fuera su condición de mujer, de hecho el seudónimo era femenino, sino un evidente deseo de anonimato personal. También muchos escritores recurrieron a este recurso, unos tratando en sus inicios literarios de esconder la vocación literaria a los progenitores, y otros, más pusilánimes, para protegerse de esa ansiedad provocada por la lucha entre la pasión literaria y la de desvelar su identidad ante la sociedad. Pero también encontramos más motivos, entre los que no son pocos los  provocados por cuestiones políticas o pasionales. Pero  hay un género literario en el que se ha recurrido al seudónimo con frecuencia: la novela, y dentro de este el de la novela policiaca o negra. Quizás una cierta infravaloración del género, pero con gran tirón popular, llevó a escritores de renombre a esconderse bajo otra identidad. Es el caso del símbolo de la bohemia parisina Boris Vian, que cuando ya tenía un cierto prestigio no dudó en ocultarse tras el nombre de Vernon Sullivan, para publicar la novela policiaca ‘Escribiré sobre vuestras tumbas’. Otro dato curioso y poco conocido es el de que Paul Auster inició su carrera literaria en el género policiaco. Sí, ‘Jugada de presión’ fue su primera novela pero la publicaría bajo el alias de Paul Benjamín, aunque su obra posterior, ya con su nombre real, siguiera otros derroteros. ¿Y qué decir del exquisito John Banville, que se refugia en Benjamin Black para transitar por lo policiaco, y luego nos lega el fascinante patólogo forense Quirke, elevando a cotas insospechadas la calidad del género? Y así podríamos seguir con una sucesión interminable de casos, como el de la ya muy popular J.K. Rowling cuando crea la irregular  saga protagonizada por el detective Cormoran Strike, bajo el seudónimo de Robert Galbraith, o de la exitosa Anne Perry, nombre bajo el que se escondía Juliet Hulme para ocultar su oscuro pasado delictivo. Y así llegamos, era inevitable, a esa Carmen Mola (J. Díaz, A. Martínez y A.Mercero) que provocó una “tormenta”  en el pasado premio Planeta, y que nos demuestra por si faltaba algo,  que tras un seudónimo también podemos encontrarnos motivaciones más prosaicas como, una elaborada operación de marketing. (Ilustración: “Autorretrato”. Mica Popovic)  Ramón Clavijo Provencio 

DON ANTONIO PRIETO

El pasado 23 de noviembre moría en Madrid don Antonio Prieto. Los medios de comunicación, sobre todo escritos, le dedicaron la consabida necrológica, unas más emotivas que la mayoría, las cuales destacaron haber sido uno de los primeros Premios Planeta con su novela ‘Tres pisadas de hombre’. Poca letra impresa para quien fue mucho más que el ganador de dicho premio en 1955, tiempos en los que el Planeta aún no se había bastardeado. Nada que ver con el reguero de tinta, papel y tiempo que les suelen dedicar los medios a otras figuras de nuestras letras; homenaje merecido sin duda, nada que objetar, pero en los que se ven los agravios comparativos. Aunque ya se sabe: en este país no basta con ser un buen escritor, excelente filólogo, catedrático de Literatura Española de la Universidad Complutense y tener un enorme bagaje de publicaciones sobre nuestra literatura áurea, porque si no has aparecido en los medios de comunicación oficiales del nuevo régimen, si solo has permanecido en el silencio de las salas de investigadores de las bibliotecas y te has consagrado a tus clases, si no has levantado la voz para nada, si no has llevado ningún lacito en la solapa de la chaqueta, si no has tenido a tu disposición el diario boletín oficial del gobierno, te caes muerto y ni te miran o te escribe la necrológica el becario de turno. Porque todo eso fue y no quiso ser Antonio Prieto. Un humanista moderno, un sabio de nuestra literatura clásica, un hombre encerrado en sus estudios literarios, de los que destacamos los dos tomos dedicados a la poesía española del siglo XVI, publicados ambos en Cátedra, estudios en los que muchos aprendimos a profundizar en los grandes poetas de nuestro Renacimiento; o el tomo sobre la prosa del XVI (también en Cátedra), ensayos en los que Antonio Prieto vertió lo mejor de su saber sobre una época literaria que conocía como pocos. Descanse en la paz y en el silencio de los sabios. José López Romero.