LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 6 de marzo de 2015

EDICIONES

“¿Usted también escribe?” es el título de uno de los artículos de Jorge Ibargüengoitia incluido en el volumen “Revolución en el jardín”, que reseñamos en esta misma página. Y aunque recomiendo la lectura de todo el artículo y, por supuesto, de todo el libro por la fina ironía con que suele el escritor mexicano acompañar sus textos, para esta ocasión me interesa el dato con que inicia el artículo: “En Estados Unidos el número de personas que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al número de personas que han publicado una novela”. En los años en que Ibargüengoitia escribió este texto sin duda era una evidencia (de ahí su “por supuesto”) que el número de novelas escritas en los EE.UU. fuera infinitamente mayor que el de las publicadas. En la actualidad, esta diferencia con ser también evidente no solo en los EE.UU., sino en todas las partes del mundo, incluida España, se está acortando, está disminuyendo con inusitada rapidez. Y buena culpa de ello la tienen dos elementos que de alguna manera están provocando que la edición de un libro, sea del tipo o género que sea, no se convierta en una tortura para su autor que le conduzca incluso, en casos extremos, a la propia muerte, como a John Kennedy Toole. Por un lado, los portales que en Internet se ofrecen para alojar cualquier tipo de publicación, en los que el escritor puede ofrecer su libro ya sea bajo pago o de forma gratuita; en este sentido, quizá sea Amazon, la empresa más fiable en todos los aspectos. Por otro, si el autor quiere darse un pequeño capricho, o la propia familia hacerle un regalo al joven (o no tan joven) literato, por un módico precio muchas editoriales (modestas pero de calidad) ponen al alcance una edición de 100 ejemplares en papel con los que puede felicitar Navidades a familiares, amigos e incluso a enemigos. ¡Todo un regalo… envenenado! José López Romero. 


domingo, 1 de marzo de 2015

BIBLIOTERAPIA

“Novelas que curan”, “la biblioterapia literaria”, así se titulaba un reportaje que hace unas semanas leía en una de esas revistas dominicales, como si el psicólogo al que hace referencia el dicho reportaje hubiese inventado o hecho el descubrimiento del siglo. Es más, en el mismo texto se hacía alusión a como en el antiguo Egipto ya se consideraba la lectura como medicina para el alma. El método, según declaraciones del doctor Berthoud, consiste en pasarle al paciente previamente un cuestionario en el que este indique gustos y hábitos literarios y, ya metidos en faena psicológica, explique el momento vital por el que atraviesa; y tras una entrevista o sesión de unos 50 minutos, el paciente se lleva su tratamiento en el que se incluye la medicación y seis o siete libros para leer y posteriormente dar su opinión sobre ellos. Así, dice el propio Berthoud, los pacientes tienden a hablar con más distensión y naturalidad de sus problemas personales si toman como referencia los problemas de los personajes de las novelas recetadas. Porque descubrir las obsesiones o los defectos en los demás, aunque sean seres de ficción, y analizar y hasta criticar  su comportamiento, son formas que nos ayudan a superar nuestras propias carencias o debilidades. Nada nuevo bajo el sol, de ahí la alusión a los egipcios para los que ya la lectura, sin necesidad de indicaciones médicas, era por sí misma una fuente de salud. No hace falta demostración ninguna para afirmar categóricamente que las artes en general tienen propiedades terapéuticas, la música es un ejemplo palpable de ello, como la contemplación de una hermosa pintura o escultura produce en sanos y enfermos efectos medicinales; sin embargo, de la literatura estas cualidades no se habían puesto tan de manifiesto o no se les había dado la importancia que se les había concedido a las artes antes citadas. Y en cuanto se publique en español el libro “The Novel Cure”, que ya está al caer, y cuya autoría comparte Berthoud con su compañera de estudios de Literatura Inglesa en Cambridge Susan Ederkin, a nadie debería extrañar que las librerías cambiaran la distribución de libros en sus anaqueles en lugar de géneros, por enfermedades, y que a aquellas acudieran los pacientes con recetas médicas. O incluso que en las farmacias dedicaran algunas de sus estanterías a libros. O, echando más imaginación, las bibliotecas públicas se lleguen a convertir en hospitales.  Pero mucho me temo que en este país en el que tan poco nos gusta ir al médico, pero colapsamos las urgencias, terapias como la lectura de libros tienen los días contados. Ya me imagino a más de uno que ante un tratamiento de choque de cinco libros, con el fin de mitigar sobre todo su ignorancia y de paso algún complejo mal curado en su infancia,  le rogará al doctor “¿y no tendría usted aunque fueran unos supositorios?”. José López Romero.

NAUFRAGIOS

Tuve el privilegio de escuchar a Manuel Ravina –archivero, bibliófilo, reputado investigador de la cultura y magnífico orador- en la intervención que realizó hace unos días dentro del ciclo organizado por el Archivo Histórico de Jerez, sobre patrimonio documental. En la mencionada intervención –cargada de información relevante, pero a la vez con la amenidad que sólo un humanista como él puede lograr- el actual director del Archivo General de Indias nos descubría a los allí presentes, qué colecciones documentales depositadas en el mencionado archivo son relevantes para la historia de nuestra ciudad. Ravina, orador curtido en mil batallas, sabe captar la atención del público, y en esta intervención a la que me estoy refiriendo un elemento para ello era detenerse en la interesante figura del jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca. No reproduciré aquí lo que de relevante, y  fue mucho,  se nos desveló sobre el personaje, aunque sí resaltar la apasionada reivindicación que el conferenciante realizó de un libro, “Naufragios”, escrito por nuestro paisano. Ravina reivindicó con vehemencia, y muchos se lo agradecíamos en silencio, un libro tan admirado fuera de nuestras fronteras  - en Estado Unidos es normal encontrarlo entre las lecturas escolares recomendadas en los planes de estudios- como olvidado por estos lares. Es cierto que Cátedra lo incluye entre  sus colecciones y que Edhasa publicaba recientemente otra edición con el atractivo de estar presentada por José María Merino. Pero no es menos cierto que la gesta de Álvar, pese a la increíble odisea que protagonizó, es poco conocida en sus detalles por el lector de este país, grado de  desconocimiento igualmente aplicable a la ciudad de Jerez donde al menos, hace unos años,  se erigió una escultura en  su honor. Lo cierto es que a los 473  años de la publicación de “Naufragios” (1542) tuvo que venir Manuel Ravina –todo un lujo- a recordarnos la importancia de un libro que podría ser la mejor novela de aventuras escrita jamás, si no fuera por el nada baladí detalle de que todo lo relatado en él es real. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

domingo, 22 de febrero de 2015

APUNTES DE VIAJE

Entre 1880 y 1923 se publicaba “Madrid cómico: periódico festivo ilustrado”, que dirigió Isidro Sinesio Delgado García desde el 83 hasta el 97. Dramaturgo poco conocido, con una buena dosis de gusto artístico y un entusiasmo poco común al decir de sus propios enemigos, a él se debe la creación de la Sociedad de Autores Españoles en 1895, germen de la actual SGAE. Por el periódico referido, de marcado cariz satírico, desfilaron firmas tan significativas como las de Clarín, Pardo Bazán o Ramón Cilla, dibujante salmantino. Pese a que el paso del tiempo ha ido oscureciendo la figura de Sinesio, este palentino de nacimiento y médico de formación, colaboró en numerosas publicaciones periódicas: ABC,  Blanco y Negro o El Imparcial. Autor teatral, cuenta con más de cien obras en su haber, como “Lucifer”, o “La infanta de los bucles de oro”. Pero vamos a lo que nos interesa: cuando a finales de siglo deja el semanario, de la mano de Cilla comienza un recorrido de cuatro años por España con su afilada pluma y la cámara de Ramón. En el prólogo afirma su propósito: que las generaciones venideras conozcan “la generación presente con sus tipos, sus trajes, sus costumbres, sus viviendas, sus monumentos..., la intimidad de los hogares, la alegría y el dolor, las virtudes y los defectos”. Sin embargo la crónica de aquel viaje fue cayendo en el olvidó, como la de sus autores, y pasa por ser hoy una rareza codiciada por bibliófilos y amantes de la literatura viajera. Un botón demuestra: Bajando en la estación de El Puerto de Santa María, toma el vaporcito a Cádiz donde de seguro debieron empinar el codo pues “nos llevaron al paseo del Parque Genovés.... y nos atiborraron de cañas de manzanilla a las puertas de una tienda de montañés”. A los gaditanos los tilda de alegres, expansivos, galantes y hospitalarios, “si acaso no tan sinceros y constantes como los habitantes de las comarcas del norte”. Lo clavó. Y por fin llega a Jerez, donde lo que más atrae su atención son  las “gorilas” ( “muchachas de vida alegre que andan sueltas y no lo son oficialmente”), los guardias, con “americana negra, sombrero de hongo y sable de caballería”, y los serenos, con “kepis de visera recta, poncho y carabina con bayoneta calada”. Como para olvidarse de la llave a las dos de la mañana. Visitó los casinos y Cilla inmortalizó con su cámara la entonces Colegial, la Biblioteca Pública o la fachada del palacio Riquelme. El mencionado libro es pues, insistimos, un ejemplar raro, curioso y codiciado del que por suerte existe un ejemplar en el legado Soto Molina, que custodia la Biblioteca Municipal. NATALIO BENITEZ RAGEL

SILENCIO

A mi compañero de página le escuché hace ya tiempo la anécdota de aquel lord inglés que cuando el servicio le avisaba del pavoroso incendio que se había declarado en la casa, con la célebre flema británica le recriminaba al mayordomo que cuántas veces le tenía que decir que no quería ser molestado cuando leía. Una anécdota que por exagerada no deja de esconder su buena parte de razón: la lectura es una actividad que exige concentración y para ella, nada mejor que el silencio o la ausencia de cualquier accidente que perturbe la estrecha relación que debe mantener el lector con su libro. Confieso que las pocas veces que he intentado leer en otras condiciones que no sea rodeado de ese silencio cómplice, por ejemplo, delante de la televisión, no he llegado a enterarme ni de la primera línea, por lo que he desistido de hacer dos cosas a la vez, quizá sea debido esto a mi condición de hombre, como seguramente me diría mi mujer si esto estuviera leyendo, pero esta vez no se la voy a poner como a Felipe II. Mi sillón, mi mesa, solo la luz del flexo iluminando el tablero, la persiana echada y, ahora con el frío, sobre las piernas la mantita de lana que me ha hecho mi cuñada Encarna, y por supuesto un buen libro, son las condiciones perfectas para una buena y larga sesión de lectura que puedo acompañar con una humeante taza de café o de té. Pero está claro que no siempre disponemos de esos momentos extraordinarios, y de ahí que tengamos que aprovechar cualquier tiempo vacío o de espera para disfrutar de la lectura. Renuevo mi admiración por aquellos lectores que se concentran (como los que son capaces de dormirse) en cualquier situación o circunstancia, aunque ahora a los que veíamos en los transportes públicos lamentablemente han cambiado el libro por el móvil. Seguro que más de uno si se le quema la casa le hará un vídeo con el teléfono y se lo mandará por whatsapp a sus contactos. ¡Qué tiempos! José López Romero.


domingo, 8 de febrero de 2015

U.R.S.S.

Uno de los acontecimientos más importantes que trajo como consecuencia la Revolución rusa de 1917, fue la creación años más tarde (diciembre de 1922) de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La muerte de Lenin en 1924 sirvió en bandeja todo el poder y el dominio de aquella enorme extensión al norte de Europa a Stalin. En 1928, cuatro años más tarde, Stefan Zweig viajaba a Rusia invitado por el gobierno para participar en las fiestas conmemorativas del nacimiento del gran escritor Leon Tolstoi. De este viaje Zweig dejará una interesante crónica en el volumen “Tiempo y mundo”, que reseñamos aquí hace varias semanas. Lo cerca y lo distante en tantas cosas que Rusia puede parecer de Europa es uno de los rasgos que Zweig destaca a primera vista; y una vez ya familiarizado con la idiosincrasia del alma rusa, admira en ella su sufrimiento, su exquisita sensibilidad hacia el arte, su cortesía hacia el extranjero; su conmovedora dignidad ante la falta de lo más esencial para la supervivencia, ante el hambre de todo un pueblo. A pesar de que el propio Zweig denuncia las carencias de los intelectuales, “no han mejorado ni en su forma de vida ni en disponer de una mayor libertad, sino que más bien han retrocedido a condiciones de vida más oscuras y opresivas y a un grado inferior de libertad material y espiritual”, la sensación que nos deja la crónica de Zweig es la del intelectual que confía en la Rusia nueva, y recrimina al orgullo occidental la hostilidad contra el bolchevismo. Vasili Grossman, el escritor de la célebre “Vida y destino”, moría en 1964 sin ver publicada su novela “Todo fluye”. En esta descarnada y terrible narración, Grossman va desgranando todos los crímenes, los genocidios, las masacres de campesinos que morían de hambre, las delaciones que condenaban a los campos de concentración a científicos e intelectuales, el estado del terror, en definitiva, que durante todo su mandato impuso a sangre y fuego Stalin. Iván Grigórievich, protagonista del relato, vuelve a su casa, en Moscú, después de haber pasado en un gulag treinta años, a consecuencia de su activismo político en la universidad. La novela alcanza sus momentos de mayor espanto cuando relata Grossman cómo mueren pueblos enteros de campesinos por hambre hacia 1930: “Para entonces tampoco quedaban gatos ni perros, los habían matado. Y eso que cazarlos era difícil: los animales tenían miedo de las personas, cuyos ojos se habían vuelto salvajes”. Entre la crónica de Zweig y el relato de Grossman muy poco tiempo ha pasado y, sin embargo, qué distintas las dos Rusia que cada uno describe, aunque ambos coinciden en la enorme capacidad de sufrimiento del pueblo ruso. Precisamente fue occidente, al que recrimina Zweig su hostilidad hacia el nuevo régimen, quien miró hacia otro lado, como tuvo ocasión de denunciar George Orwell, cuando se sabía con todo detalle lo que hacía Iósif Vissariónovich Stalin, uno de los grandes genocidas del siglo XX. José López Romero.

CAMINO A LA ESCUELA

Son días pródigos en noticias relevantes en relación al libro. Unas desazonadoras, otras emocionantes, alguna   inquietante. Entre las primeras el escaso eco que ha despertado entre los medios el pavoroso incendio que asoló la biblioteca moscovita de Información científica y Ciencias Sociales. No es una biblioteca cualquiera con sus 14 millones de piezas, algunas irreemplazables como manuscritos medievales o impresos de los primeros tiempos de la imprenta. Pero la noticia no fue relevante para ocupar –salvo en medios locales- la portada de algún periódico europeo de relevancia. Aunque la Academia de Ciencias rusas se apresuraba a declarar el suceso como catástrofe,  yo me preguntaba al leer la noticia -perdida en la esquina de una página interior de un diario nacional-, qué relevancia hubiera tenido si en vez de una biblioteca hubiera sido un emblemático estadio de fútbol. Quizás en esa biblioteca –seguro- están depositadas algunas ediciones del Yo, robot de Asimov, pues pese a ser una obra de ficción los mensajes que este prolífico genio de la cultura nos legó siempre han sido muy tenidos en cuenta por científicos reputados y no digamos en USA o Rusia su patria de origen. Cuando hace décadas se publicó aquel libro pocos se paraban a pensar que sus vaticinios pudieran llegar a cumplirse, es decir que la Inteligencia Artificial (IA) pudiera ser una realidad cotidiana. Hoy la misma ciencia opina otra cosa (Stephen Hawking), o personajes tan relevantes como  Bill Gates: “no entiendo a las personas que no dan importancia a la posibilidad de que en un futuro cercano los robots (IA) puedan competir en inteligencia con los seres humanos”. Yo, Robot, un modesto libro de ficción, hoy oráculo del futuro. Pero ¿qué libros llevarán camino de la escuela –a cuatro kilómetros- esos dos esforzados hermanos que empujan la silla de ruedas del tercero y más pequeño? El documental “Camino a la escuela” de Pascal Plisson -esta es la noticia emocionante- nos devuelve la esperanza sobre la cultura, sobre el  libro. El menospreciado y vilipendiado libro. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

sábado, 31 de enero de 2015

COLOMA

Todos los años están plagados de efemérides, muchas de ellas extrañas, inútiles y de las que somos incapaces de encontrar alguna justificación para su celebración. Esta moda invasiva parece calar también en el universo de las letras, y rara es la semana donde no hemos descubierto  una nueva “efemérides” , ya sea la conmemoración del  día en el que un convaleciente y debilitado Stevenson llega a Samoa, o la de la jornada conmemorativa de cómo Hemingway inició el maridaje del ron cubano con la escritura. Bromas aparte este año 2015, intentamos entre los árboles  ver el bosque, o lo que es lo mismo que entre tantas propuestas descabelladas no olvidemos dos dignas de ser recordadas. Por un lado, la conmemoración del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, motivo por el que se espera la publicación en abril de una nueva edición del libro dirigida por el gran especialista cervantino y académico Francisco Rico y auspiciada por la RAE; y por otro,  el centenario de la muerte del escritor jerezano Luis Coloma. Hoy nos detendremos en esta última. No creo faltar a la verdad si afirmo que no parece que Coloma haya sido profeta en su tierra. Más allá de que un instituto  lleve hoy su nombre, pocas han sido las iniciativas propiciadas desde su ciudad natal. Tan solo el intento del profesor José López Romero de divulgar el verdadero valor de su obra, a través de impecables reediciones de algunos de los libros del escritor, sea el ejemplo más meritorio y destacable de lo que por estos lares se ha hecho en torno a Coloma. Siempre he percibido una cierta incomodidad a la hora de tratar sobre este escritor –no sé si debida al perfil religioso  que adquiere su biografía a partir de 1873, o su vinculación a la Corte- lo que ha ocultado  valores de una obra literaria esencial para entender la literatura española de finales del XIX. En 2009 tuve la fortuna de colaborar, -en el que se puede considerar el último intento de reivindicar su figura desde nuestra ciudad- con el profesor López Romero y con Adolfo Carmona, conservador del fondo bibliográfico y documental del escritor, en una exposición, Redescubrimiento de Luis Coloma, de la que se publicó un magnífico catálogo en el que colaboraron entre otros el profesor Jesús M. Zuleta, y las bibliotecarias Carla Puerto y Amparo Gómez en la catalogación y descripción de muchas piezas hasta entonces desconocidas para el gran público. Fue un primero paso. Esperemos que este recién iniciado 2015 culmine lo que hace cinco años fue un  intento loable y objetivo de acercamiento a la figura de un escritor de Jerez, hasta hace bien poco la única referencia literaria reconocible de esta ciudad cara al exterior. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO