“¿Usted también escribe?” es el título de uno de los
artículos de Jorge Ibargüengoitia incluido en el volumen “Revolución en el
jardín”, que reseñamos en esta misma página. Y aunque recomiendo la lectura de
todo el artículo y, por supuesto, de todo el libro por la fina ironía con que
suele el escritor mexicano acompañar sus textos, para esta ocasión me interesa
el dato con que inicia el artículo: “En Estados Unidos el número de personas
que han escrito una novela es monstruoso. Muchas veces mayor, por supuesto, al
número de personas que han publicado una novela”. En los años en que
Ibargüengoitia escribió este texto sin duda era una evidencia (de ahí su “por
supuesto”) que el número de novelas escritas en los EE.UU. fuera infinitamente
mayor que el de las publicadas. En la actualidad, esta diferencia con ser
también evidente no solo en los EE.UU., sino en todas las partes del mundo,
incluida España, se está acortando, está disminuyendo con inusitada rapidez. Y
buena culpa de ello la tienen dos elementos que de alguna manera están
provocando que la edición de un libro, sea del tipo o género que sea, no se
convierta en una tortura para su autor que le conduzca incluso, en casos
extremos, a la propia muerte, como a John Kennedy Toole. Por un lado, los
portales que en Internet se ofrecen para alojar cualquier tipo de publicación,
en los que el escritor puede ofrecer su libro ya sea bajo pago o de forma
gratuita; en este sentido, quizá sea Amazon, la empresa más fiable en todos los
aspectos. Por otro, si el autor quiere darse un pequeño capricho, o la propia
familia hacerle un regalo al joven (o no tan joven) literato, por un módico
precio muchas editoriales (modestas pero de calidad) ponen al alcance una
edición de 100 ejemplares en papel con los que puede felicitar Navidades a
familiares, amigos e incluso a enemigos. ¡Todo un regalo… envenenado! José
López Romero.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
viernes, 6 de marzo de 2015
domingo, 1 de marzo de 2015
BIBLIOTERAPIA
“Novelas que curan”, “la biblioterapia literaria”, así se
titulaba un reportaje que hace unas semanas leía en una de esas revistas
dominicales, como si el psicólogo al que hace referencia el dicho reportaje
hubiese inventado o hecho el descubrimiento del siglo. Es más, en el mismo
texto se hacía alusión a como en el antiguo Egipto ya se consideraba la lectura
como medicina para el alma. El método, según declaraciones del doctor Berthoud,
consiste en pasarle al paciente previamente un cuestionario en el que este
indique gustos y hábitos literarios y, ya metidos en faena psicológica,
explique el momento vital por el que atraviesa; y tras una entrevista o sesión
de unos 50 minutos, el paciente se lleva su tratamiento en el que se incluye la
medicación y seis o siete libros para leer y posteriormente dar su opinión
sobre ellos. Así, dice el propio Berthoud, los pacientes tienden a hablar con
más distensión y naturalidad de sus problemas personales si toman como
referencia los problemas de los personajes de las novelas recetadas. Porque
descubrir las obsesiones o los defectos en los demás, aunque sean seres de
ficción, y analizar y hasta criticar su
comportamiento, son formas que nos ayudan a superar nuestras propias carencias
o debilidades. Nada nuevo bajo el sol, de ahí la alusión a los egipcios para
los que ya la lectura, sin necesidad de indicaciones médicas, era por sí misma
una fuente de salud. No hace falta demostración ninguna para afirmar
categóricamente que las artes en general tienen propiedades terapéuticas, la
música es un ejemplo palpable de ello, como la contemplación de una hermosa
pintura o escultura produce en sanos y enfermos efectos medicinales; sin
embargo, de la literatura estas cualidades no se habían puesto tan de
manifiesto o no se les había dado la importancia que se les había concedido a
las artes antes citadas. Y en cuanto se publique en español el libro “The Novel
Cure”, que ya está al caer, y cuya autoría comparte Berthoud con su compañera
de estudios de Literatura Inglesa en Cambridge Susan Ederkin, a nadie debería
extrañar que las librerías cambiaran la distribución de libros en sus anaqueles
en lugar de géneros, por enfermedades, y que a aquellas acudieran los pacientes
con recetas médicas. O incluso que en las farmacias dedicaran algunas de sus
estanterías a libros. O, echando más imaginación, las bibliotecas públicas se
lleguen a convertir en hospitales. Pero
mucho me temo que en este país en el que tan poco nos gusta ir al médico, pero
colapsamos las urgencias, terapias como la lectura de libros tienen los días
contados. Ya me imagino a más de uno que ante un tratamiento de choque de cinco
libros, con el fin de mitigar sobre todo su ignorancia y de paso algún complejo
mal curado en su infancia, le rogará al
doctor “¿y no tendría usted aunque fueran unos supositorios?”. José López
Romero.
NAUFRAGIOS
Tuve el
privilegio de escuchar a Manuel Ravina –archivero, bibliófilo, reputado
investigador de la cultura y magnífico orador- en la intervención que realizó
hace unos días dentro del ciclo organizado por el Archivo Histórico de Jerez,
sobre patrimonio documental. En la mencionada intervención –cargada de
información relevante, pero a la vez con la amenidad que sólo un humanista como
él puede lograr- el actual director del Archivo General de Indias nos descubría
a los allí presentes, qué colecciones documentales depositadas en el mencionado
archivo son relevantes para la historia de nuestra ciudad. Ravina, orador curtido
en mil batallas, sabe captar la atención del público, y en esta intervención a
la que me estoy refiriendo un elemento para ello era detenerse en la interesante
figura del jerezano Álvar Núñez Cabeza de Vaca. No reproduciré aquí lo que de relevante,
y fue mucho, se nos desveló sobre el personaje, aunque sí
resaltar la apasionada reivindicación que el conferenciante realizó de un
libro, “Naufragios”, escrito por nuestro paisano. Ravina reivindicó con
vehemencia, y muchos se lo agradecíamos en silencio, un libro tan admirado
fuera de nuestras fronteras - en Estado
Unidos es normal encontrarlo entre las lecturas escolares recomendadas en los
planes de estudios- como olvidado por estos lares. Es cierto que Cátedra lo
incluye entre sus colecciones y que Edhasa
publicaba recientemente otra edición con el atractivo de estar presentada por
José María Merino. Pero no es menos cierto que la gesta de Álvar, pese a la
increíble odisea que protagonizó, es poco conocida en sus detalles por el
lector de este país, grado de
desconocimiento igualmente aplicable a la ciudad de Jerez donde al
menos, hace unos años, se erigió una
escultura en su honor. Lo cierto es que
a los 473 años de la publicación de “Naufragios”
(1542) tuvo que venir Manuel Ravina –todo un lujo- a recordarnos la importancia
de un libro que podría ser la mejor novela de aventuras escrita jamás, si no
fuera por el nada baladí detalle de que todo lo relatado en él es real. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
domingo, 22 de febrero de 2015
APUNTES DE VIAJE
Entre 1880 y 1923 se publicaba “Madrid cómico: periódico festivo ilustrado”,
que dirigió Isidro Sinesio Delgado García desde el 83 hasta el 97. Dramaturgo
poco conocido, con una buena dosis de gusto artístico y un entusiasmo poco
común al decir de sus propios enemigos, a él se debe la creación de la Sociedad
de Autores Españoles en 1895, germen de la actual SGAE. Por el periódico
referido, de marcado cariz satírico, desfilaron firmas tan significativas como
las de Clarín, Pardo Bazán o Ramón Cilla, dibujante salmantino. Pese a que el
paso del tiempo ha ido oscureciendo la figura de Sinesio, este palentino de
nacimiento y médico de formación, colaboró en numerosas publicaciones
periódicas: ABC, Blanco y Negro o El
Imparcial. Autor teatral, cuenta con más de cien obras en su haber, como “Lucifer”, o “La infanta de los bucles de oro”. Pero vamos a lo que nos interesa:
cuando a finales de siglo deja el semanario, de la mano de Cilla comienza un
recorrido de cuatro años por España con su afilada pluma y la cámara de Ramón.
En el prólogo afirma su propósito: que las generaciones venideras conozcan “la generación presente con sus tipos, sus
trajes, sus costumbres, sus viviendas, sus monumentos..., la intimidad de los
hogares, la alegría y el dolor, las virtudes y los defectos”. Sin embargo
la crónica de aquel viaje fue cayendo en el olvidó, como la de sus autores, y
pasa por ser hoy una rareza codiciada por bibliófilos y amantes de la
literatura viajera. Un botón demuestra: Bajando en la estación de El Puerto de
Santa María, toma el vaporcito a Cádiz donde de seguro debieron empinar el codo pues “nos llevaron al paseo del Parque Genovés....
y nos atiborraron de cañas de manzanilla a las puertas de una tienda de
montañés”. A los gaditanos los tilda de alegres, expansivos, galantes y
hospitalarios, “si acaso no tan sinceros
y constantes como los habitantes de las comarcas del norte”. Lo clavó. Y
por fin llega a Jerez, donde lo que más atrae su atención son las “gorilas” ( “muchachas de vida alegre que andan sueltas y no lo son oficialmente”),
los guardias, con “americana negra,
sombrero de hongo y sable de caballería”, y los serenos, con “kepis de visera recta, poncho y carabina con
bayoneta calada”. Como para olvidarse de la llave a las dos de la mañana.
Visitó los casinos y Cilla inmortalizó con su cámara la entonces Colegial, la
Biblioteca Pública o la fachada del palacio Riquelme. El mencionado libro es
pues, insistimos, un ejemplar raro, curioso y codiciado del que por suerte
existe un ejemplar en el legado Soto
Molina, que custodia la Biblioteca Municipal. NATALIO BENITEZ RAGEL
SILENCIO
A mi compañero de página le escuché hace ya tiempo la
anécdota de aquel lord inglés que cuando el servicio le avisaba del pavoroso
incendio que se había declarado en la casa, con la célebre flema británica le
recriminaba al mayordomo que cuántas veces le tenía que decir que no quería ser
molestado cuando leía. Una anécdota que por exagerada no deja de esconder su
buena parte de razón: la lectura es una actividad que exige concentración y
para ella, nada mejor que el silencio o la ausencia de cualquier accidente que
perturbe la estrecha relación que debe mantener el lector con su libro.
Confieso que las pocas veces que he intentado leer en otras condiciones que no
sea rodeado de ese silencio cómplice, por ejemplo, delante de la televisión, no
he llegado a enterarme ni de la primera línea, por lo que he desistido de hacer
dos cosas a la vez, quizá sea debido esto a mi condición de hombre, como
seguramente me diría mi mujer si esto estuviera leyendo, pero esta vez no se la
voy a poner como a Felipe II. Mi sillón, mi mesa, solo la luz del flexo
iluminando el tablero, la persiana echada y, ahora con el frío, sobre las
piernas la mantita de lana que me ha hecho mi cuñada Encarna, y por supuesto un
buen libro, son las condiciones perfectas para una buena y larga sesión de
lectura que puedo acompañar con una humeante taza de café o de té. Pero está
claro que no siempre disponemos de esos momentos extraordinarios, y de ahí que
tengamos que aprovechar cualquier tiempo vacío o de espera para disfrutar de la
lectura. Renuevo mi admiración por aquellos lectores que se concentran (como
los que son capaces de dormirse) en cualquier situación o circunstancia, aunque
ahora a los que veíamos en los transportes públicos lamentablemente han
cambiado el libro por el móvil. Seguro que más de uno si se le quema la casa le
hará un vídeo con el teléfono y se lo mandará por whatsapp a sus contactos.
¡Qué tiempos! José López Romero.
domingo, 8 de febrero de 2015
U.R.S.S.
Uno de los acontecimientos más importantes que trajo como
consecuencia la Revolución rusa de 1917, fue la creación años más tarde
(diciembre de 1922) de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La muerte
de Lenin en 1924 sirvió en bandeja todo el poder y el dominio de aquella enorme
extensión al norte de Europa a Stalin. En 1928, cuatro años más tarde, Stefan
Zweig viajaba a Rusia invitado por el gobierno para participar en las fiestas
conmemorativas del nacimiento del gran escritor Leon Tolstoi. De este viaje
Zweig dejará una interesante crónica en el volumen “Tiempo y mundo”, que
reseñamos aquí hace varias semanas. Lo cerca y lo distante en tantas cosas que
Rusia puede parecer de Europa es uno de los rasgos que Zweig destaca a primera
vista; y una vez ya familiarizado con la idiosincrasia del alma rusa, admira en
ella su sufrimiento, su exquisita sensibilidad hacia el arte, su cortesía hacia
el extranjero; su conmovedora dignidad ante la falta de lo más esencial para la
supervivencia, ante el hambre de todo un pueblo. A pesar de que el propio Zweig
denuncia las carencias de los intelectuales, “no han mejorado ni en su forma de
vida ni en disponer de una mayor libertad, sino que más bien han retrocedido a
condiciones de vida más oscuras y opresivas y a un grado inferior de libertad
material y espiritual”, la sensación que nos deja la crónica de Zweig es la del
intelectual que confía en la Rusia nueva, y recrimina al orgullo occidental la
hostilidad contra el bolchevismo. Vasili Grossman, el escritor de la célebre
“Vida y destino”, moría en 1964 sin ver publicada su novela “Todo fluye”. En
esta descarnada y terrible narración, Grossman va desgranando todos los
crímenes, los genocidios, las masacres de campesinos que morían de hambre, las
delaciones que condenaban a los campos de concentración a científicos e
intelectuales, el estado del terror, en definitiva, que durante todo su mandato
impuso a sangre y fuego Stalin. Iván Grigórievich, protagonista del relato,
vuelve a su casa, en Moscú, después de haber pasado en un gulag treinta años, a
consecuencia de su activismo político en la universidad. La novela alcanza sus
momentos de mayor espanto cuando relata Grossman cómo mueren pueblos enteros de
campesinos por hambre hacia 1930: “Para entonces tampoco quedaban gatos ni
perros, los habían matado. Y eso que cazarlos era difícil: los animales tenían
miedo de las personas, cuyos ojos se habían vuelto salvajes”. Entre la crónica
de Zweig y el relato de Grossman muy poco tiempo ha pasado y, sin embargo, qué
distintas las dos Rusia que cada uno describe, aunque ambos coinciden en la
enorme capacidad de sufrimiento del pueblo ruso. Precisamente fue occidente, al
que recrimina Zweig su hostilidad hacia el nuevo régimen, quien miró hacia otro
lado, como tuvo ocasión de denunciar George Orwell, cuando se sabía con todo
detalle lo que hacía Iósif Vissariónovich Stalin, uno de los grandes genocidas
del siglo XX. José López Romero.
CAMINO A LA ESCUELA
Son días pródigos en noticias relevantes en relación
al libro. Unas desazonadoras, otras emocionantes, alguna inquietante. Entre las primeras el escaso eco que ha despertado entre los
medios el pavoroso incendio que asoló la biblioteca moscovita de Información científica y Ciencias Sociales.
No es una biblioteca cualquiera con sus 14 millones de piezas, algunas
irreemplazables como manuscritos medievales o impresos de los primeros tiempos
de la imprenta. Pero la noticia no fue relevante para ocupar –salvo en medios
locales- la portada de algún periódico europeo de relevancia. Aunque la
Academia de Ciencias rusas se apresuraba a declarar el suceso como
catástrofe, yo me preguntaba al leer la
noticia -perdida en la esquina de una página interior de un diario nacional-,
qué relevancia hubiera tenido si en vez de una biblioteca hubiera sido un
emblemático estadio de fútbol. Quizás en esa biblioteca –seguro- están
depositadas algunas ediciones del Yo,
robot de Asimov, pues pese a ser una obra de ficción los mensajes que este
prolífico genio de la cultura nos legó siempre han sido muy tenidos en cuenta
por científicos reputados y no digamos en USA o Rusia su patria de origen.
Cuando hace décadas se publicó aquel libro pocos se paraban a pensar que sus
vaticinios pudieran llegar a cumplirse, es decir que la Inteligencia Artificial
(IA) pudiera ser una realidad cotidiana. Hoy la misma ciencia opina otra cosa
(Stephen Hawking), o personajes tan relevantes como Bill Gates: “no entiendo a las personas que
no dan importancia a la posibilidad de que en un futuro cercano los robots (IA)
puedan competir en inteligencia con los seres humanos”. Yo, Robot, un modesto libro de ficción, hoy oráculo del futuro.
Pero ¿qué libros llevarán camino de la escuela –a cuatro kilómetros- esos dos
esforzados hermanos que empujan la silla de ruedas del tercero y más pequeño?
El documental “Camino a la escuela” de Pascal Plisson -esta es la noticia
emocionante- nos devuelve la esperanza sobre la cultura, sobre el libro. El menospreciado y vilipendiado libro.
RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
sábado, 31 de enero de 2015
COLOMA
Todos los
años están plagados de efemérides, muchas de ellas extrañas, inútiles y de las
que somos incapaces de encontrar alguna justificación para su celebración. Esta
moda invasiva parece calar también en el universo de las letras, y rara es la
semana donde no hemos descubierto una
nueva “efemérides” , ya sea la conmemoración del día en el que un convaleciente y debilitado
Stevenson llega a Samoa, o la de la jornada conmemorativa de cómo Hemingway
inició el maridaje del ron cubano con la escritura. Bromas aparte este año
2015, intentamos entre los árboles ver
el bosque, o lo que es lo mismo que entre tantas propuestas descabelladas no
olvidemos dos dignas de ser recordadas. Por un lado, la conmemoración del
cuarto centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote, motivo por
el que se espera la publicación en abril de una nueva edición del libro
dirigida por el gran especialista cervantino y académico Francisco Rico y
auspiciada por la RAE; y por otro, el
centenario de la muerte del escritor jerezano Luis Coloma. Hoy nos detendremos
en esta última. No creo faltar a la verdad si afirmo que no parece que Coloma
haya sido profeta en su tierra. Más allá de que un instituto lleve hoy su nombre, pocas han sido las
iniciativas propiciadas desde su ciudad natal. Tan solo el intento del profesor
José López Romero de divulgar el verdadero valor de su obra, a través de
impecables reediciones de algunos de los libros del escritor, sea el ejemplo
más meritorio y destacable de lo que por estos lares se ha hecho en torno a
Coloma. Siempre he percibido una cierta incomodidad a la hora de tratar sobre
este escritor –no sé si debida al perfil religioso que adquiere su biografía a partir de 1873, o
su vinculación a la Corte- lo que ha ocultado
valores de una obra literaria esencial para entender la literatura
española de finales del XIX. En 2009 tuve la fortuna de colaborar, -en el que
se puede considerar el último intento de reivindicar su figura desde nuestra
ciudad- con el profesor López Romero y con Adolfo Carmona, conservador del
fondo bibliográfico y documental del escritor, en una exposición, Redescubrimiento de Luis Coloma, de la
que se publicó un magnífico catálogo en el que colaboraron entre otros el
profesor Jesús M. Zuleta, y las bibliotecarias Carla Puerto y Amparo Gómez en
la catalogación y descripción de muchas piezas hasta entonces desconocidas para
el gran público. Fue un primero paso. Esperemos que este recién iniciado 2015
culmine lo que hace cinco años fue un
intento loable y objetivo de acercamiento a la figura de un escritor de
Jerez, hasta hace bien poco la única referencia literaria reconocible de esta
ciudad cara al exterior. RAMÓN CLAVIJO
PROVENCIO
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






