LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 25 de noviembre de 2016

CUSTOMIZAR

Hace unos días y paseando por los comercios de una de las grandes superficies de la ciudad, bajo la excusa de “hacer tiempo”, aunque ni mi mujer ni yo sabíamos para qué lo hacíamos, a la madre (que es una blanda) se le ocurrió comprarle una camisa a la niña. Cuando llegamos a casa, la niña cogió la camisa y unas tijeras, le cortó una manga, le hizo dos sietes por los costados, le puso tres cintas adhesivas y dos imperdibles y se la probó. A la camisa ya no la conocía ni la madre o el padre que la cosió. “Mira, mamá. Ya he customizado la camisa”. Menos mal que la madre (una mujer para un pobre), hizo de la manga sobrante un paño de cocina y le respondió a la niña: “Mira, niña. Ya he customizado la manga”. Y yo, que a todo esto asistía tan atónito como atento espectador, me pregunté para mis adentros: ¿podría yo hacer esto con algún poema o relato? ¿podría customizar una obra literaria hasta el punto de que no la conociera ni el padre o la madre que la escribió? Debo aclarar que derecho y veloz me fui al diccionario de la RAE y aún no se recoge en este un verbo tan lleno de posibilidades y tan rico en experiencias. La verdad es que la imitación ha sido desde que tenemos uso de conciencia literaria un concepto muy controvertido, venerado en otro tiempo pero perseguido desde que se impuso la originalidad como principio de creación. Hace ya unos años fuertes polémicas se levantaron en los ambientes literarios por un quítame allá estas customizaciones, que diríamos ahora. Porque de tomar prestados algún que otro verso o algún que otro párrafo, por no hablar de páginas, se trataba; es decir, ponerle dos o tres imperdibles a un poema o quitarle alguna manga al relato. Pocos intentos me bastaron para darme cuenta de las escasas aplicaciones que tiene el verbo customizar en literatura; en esa buena literatura que no consiente ni entiende de parches ni remiendos. José López Romero.


sábado, 12 de noviembre de 2016

PREMIOS

¡Las casualidades que tiene la vida! El mismo día en que los borrachuzos (Sánchez Dragó dixit) de la Academia Sueca anunciaban la concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, moría en Milán Darío Fo, el que recibiera el mismo premio en 1997. ¡Y qué diferencia! ¡Qué distinta, imposible de comparar, la talla literaria del escritor italiano con la del cantante, al que se le concede el premio por “haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”! En el fragor de las copas supongo que no encontraron algo más inteligente con que justificar la concesión. Hay años y galardonados en que se observa una peligrosa deriva de estos premios que lejos de mantener el prestigio, lo terminan por dilapidar. Pero volvamos a la Literatura. En unos pocos meses Italia, y con ella toda la cultura de nuestro occidente, se ha quedado huérfana de dos grandes escritores del siglo XX y comienzos de la actual centuria: el ya citado Darío Fo y el gran Umberto Eco (fallecido también en Milán, el 19 de febrero de este año). Ninguno de los dos, como los enormes clásicos de la cultura renacentista que nos regaló la Italia del Quattrocento y del Cinquecento, necesitan de presentación alguna. Fo es uno de los dramaturgos más influyentes e importantes de la segunda mitad del siglo XX, con obras como ‘Muerte accidental de un anarquista’ o ‘Aquí no paga nadie’, por no citar sus piezas cortas (algunas de ellas recogidas en su volumen ‘No hay ladrón que por bien no venga’), heredero de la más clásica tradición teatral occidental, desde las comedias latinas hasta el esperpento de Valle-Inclán; y Umberto Eco, quien al margen de su labor como novelista y su emblemática ‘El nombre de la rosa’, sigue siendo en sus trabajos la referencia obligada de los estudios semiológicos, porque nadie como él estudió la relaciones del arte y todas sus manifestaciones con el público; a sus tratados de semiología, habría que añadir ‘Apocalípticos e integrados’ o ‘Los límites de la interpretación’. Eco pertenece a esa otra lista de escritores damnificados (con Borges a la cabeza), a los que ni los efluvios etílicos consiguieron que le concedieran el premio Nobel; premio que se hubiera sin duda prestigiado por contar en su nómina de galardonados con este escritor. Y puestos a hablar de premios, ¿por qué las editoriales o ciertos organismos públicos no se dedican a instituir premios para escritores noveles, como hace unos días se quejaba en las páginas de este Diario el joven novelista jerezano Alejandro Berrquero? ¿por qué no hay un Planeta, o un premio nacional o de la crítica para una primera novela (opera prima)? No cabe duda de que es más fácil y seguro apostar por consagrados por aquello del balance final de resultados (ingresos – gastos). Y es que la literatura al fin y al cabo no deja de ser para muchos más que un producto comercial, como las canciones de Bob Dylan; y si no, que se lo pregunten a su cuenta corriente. José López Romero. 

FRENÉTICO

Desde que McLuhan predijo, allá por el año 1970, a través de su famoso tratado  ‘La Galaxia Gutemberg’, que el mundo que conocíamos, el que venía de aquel invento revolucionario y que lo trasformó todo cual fue la imprenta, desaparecería con la irrupción de las nuevas tecnologías, muchas cosa han pasado pero quizás la más evidente es que aquella extrema predicción del canadiense no se ha llegado a cumplir ni nada parece indicar que vaya a serlo alguna vez, al menos tal cual él lo imaginó. Durante décadas, y tras el libro de McLughan, las profecías en torno a la desaparición real del libro en papel proliferaron tanto como las que vaticinaban el fin de los tiempos, sin embargo aunque es evidente que aquellas profecías erraron en lo esencial, también lo es que algo -o más bien mucho-, está cambiando, y lo que es más importante: el ritmo del cambio es tan frenético que realizar hoy día vaticinios y  profecías sobre el futuro del libro tradicional - pero también sobre el  digital o los mismos sistemas y plataformas por donde accederemos a la información- resultan inútiles.  Prestemos atención al ritmo del cambio  que mencionamos: la escritura apareció alreddor de 4000 años ante de C. Los soportes de esta también evolucionaron desde la tablilla de arcilla hasta el papel, al igual que los sistemas de producción que sufrieron una revolución con la irrupción de la imprenta de tipos móviles. Finalmente  en el siglo XIX  las prensas de vapor empezaron a imprimir millones de libros y periódicos a la vez que se popularizaba la lectura entre las capas más desfavorecidas de la sociedad. Pues bien, si se necesitaron milenios para esta evolución, y solo han trascurrido unas décadas, desde 1974 en que apareció la versión más básica de internet, hasta el día de hoy para que el ritmo frenético de cambio de las nuevas tecnologías  vayan trasformando el paisaje - pero todo ello sin que el libro tradicional haya desaparecido- ¿alguien se atreve a vaticinar lo que nos deparará el inmediato futuro? RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO  

viernes, 28 de octubre de 2016

SENSACIONES CONTRAPUESTAS

(24 de octubre, Día  de La Biblioteca)

Recibí esta efeméride anual, el Día de la Biblioteca, con sensaciones contrapuestas. Por un lado, orgulloso de encontrarme en una ciudad que fue pionera en la implantación de la biblioteca pública en nuestro país, cuando la   lectura entre las clases populares y menos favorecidas era casi una quimera; pero por otro lado, con  tristeza al observar los menguantes recursos con que un año tras otro se dispone para unos servicios públicos que no han terminado de calar en España de igual forma que en otros países europeos, donde la biblioteca pública es algo pegado indisolublemente a la vida cotidiana de sus habitantes. Cuando observo y releo viejos documentos e  impresos  del año 1873, en los que se habla de los preparativos y posterior inauguración en Jerez de la que andando los años se ha convertido en la Biblioteca Municipal más antigua de Andalucía, aún siento una cierta emoción de que aquel hecho lo protagonizaran conciudadanos nuestros, que seguramente entonces no imaginaban que aquella modesta colección bibliográfica de apenas dos mil títulos, y especialmente creada para la instrucción y ocio de las clases populares, llegara a cumplir los 143 años con una colección que hoy supera los 100.000 volúmenes,  algunos piezas únicas de contrastado valor patrimonial. Pero también, por contra, me siento defraudado cuando observo cómo los ingentes esfuerzos realizados desde mediados de los años ochenta del pasado siglo por la administración en pro de una moderna, eficaz y bien dotada red de lectura pública en Andalucía, parecen no solo haber menguado, sino casi se han detenido desde finales de la década pasada, hecho que se deja notar sobre todo en las bibliotecas municipales. En nuestra ciudad,  que además de pionera, como decíamos al inicio de estas líneas, en la implantación de bibliotecas populares lo fue también en la provincia de Cádiz al poner en funcionamiento la primera red de bibliotecas urbanas, no solo sentimos como en otros lugares la virulencia de la crisis económica sobre  las bibliotecas, sino que esta además se vio agravada por decisiones políticas  cuando menos desafortunadas que penalizaron la cultura especialmente, convirtiendo la red de biblioteca públicas municipales en una sombra de lo que fue. Pasé pues el Día de La Biblioteca debatiéndome entre sensaciones contrapuestas, la de ser consciente de que hemos recibido un legado de valor incalculable que debemos preservar, y por otro, las que me provoca la indiferencia histórica de gran parte de nuestra clase dirigente -en esto poco europeístas- sobre esta institución, que sigue siendo tan necesaria en esta sociedad tecnológica como en aquella de 1873 cuando se inauguraban las primeras bibliotecas populares.  RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

POESÍA SOY YO

Título de la antología y también respuesta al propio editor del volumen, Chus Visor, quien el año pasado se dejaba caer con unas declaraciones sobre la poesía actual española, en la que venía a decir, entre otras perlas, que no hay grandes voces femeninas en la lírica española desde principios del siglo pasado. Lo curioso (el negocio induce a estas contradicciones) es que sea la editorial de Visor en la que se haya publicado esta recopilación a cargo de Raquel Lanseros y Ana Merino y que recoge una excelente muestra de la poesía femenina desde 1886 hasta 1960. Ochenta y dos mujeres tanto españolas como hispanoamericanas (“poetas en español del siglo XX” se subtitula la antología) bien representadas a través de sus poemas y que nos dan una visión bastante completa de casi toda una centuria de poesía femenina. Pero dos antologías más han venido en pocas fechas a sumarse a la de Lanseros y Merino: ‘(Tras)lúcidas’ (Barleby ediciones) coordinada por Marta López Vilar que viene casi a completar a aquella, pues el periodo que abarca es de 1980 a 2016, poesía última por tanto; y ‘20 con 20’, a cargo de Rosa García Rayego y Marisol Sánchez Gómez (Huerga & Fierro) y, sin olvidarnos de la ya lejana ‘Mujeres de carne y verso. Antología poética femenina del siglo XX’ (La esfera de los libros, 2002). Una respuesta en toda regla no solo a las declaraciones de Chus Visor, sino a todo (o a toda) aquel que piense que la poesía escrita por mujeres es de poco interés o que estas no alcanzan la altura de los hombres. En Literatura, como en casi todos los órdenes de la vida y sus actividades, establecer comparaciones sexistas poco provecho produce si no es la provocación por la provocación con los consiguientes conflictos, a los que esta sociedad actual tan sensible y tan alerta está, a menos que otros objetivos se persigan con ello, que al lector normalmente se le escapa. Pero tampoco caigamos en el victimismo bajo cuyo manto se esconde la mediocridad. José López Romero.  

viernes, 21 de octubre de 2016

MÁS QUE PALABRAS

Desde la pérdida, tan triste como irreparable, del gran maestro don Fernando Lázaro Carreter, y de ello ya hace una buena docena de años (2004), los que tenemos a nuestra lengua como profesión, y en algunos casos también como devoción, una sensación de cierta orfandad sentimos sin aquellos dardos en la palabra que don Fernando con tanto tino y pulso firme escribía y publicaba en la prensa, artículos que después reunió en dos volúmenes de obligada consulta para conocer los engranajes de nuestro idioma y el uso, muchas veces chirriante, que de este hacemos. Pues bien, el pasado verano la lectura de ‘Más que palabras’ del catedrático y académico Pedro Álvarez de Miranda, me ha devuelto ese gusto e interés por los asuntos y problemas lingüísticos con que leía los dardos de don Fernando. Y a la manera de estos, el libro de Álvarez de Miranda es una colección de artículos que su autor publicados previamente en otros medios, sobre todo en la revista ‘Rinconete’ del Centro Virtual Cervantes. Destaca, y de ahí también la referencia a los libros de Lázaro Carreter, la amenidad y, por momentos, la fina ironía con que Álvarez de Miranda aborda los problemas, la mayoría léxicos, que en sus artículos intenta aclarar y, especialmente, orientar al lector. Porque, y esta es otra de sus virtudes y principios que el propio autor defiende a lo largo del libro, no se trata en muchas ocasiones de aplicar la norma con todo su rigor, sino más bien de describir usos, costumbres, e incluso anomalías que una vez extendidas exigen cierto respeto, si no la condescendencia del especialista. Para ello, admiramos el rastreo que el lexicógrafo hace del origen de palabras y expresiones hasta llegar a la aclaración de su devenir a lo largo del tiempo (expresiones como “Así se las ponían a Fernando VII” o “pasarlas moradas”), o la divertida e interesante confusión por deficiente lectura del manuscrito de un verso de Lope, que da lugar a todo un altercado filológico; por no citar los artículos que dedica Álvarez de Miranda a analizar las distintas variantes de algunas palabras (“biruji”, “refanfinflar”), o el tan actual y lamentable problema del uso del femenino/masculino (verduga/verdugo; modisto/modista). Pequeños ensayos en los que, como decimos, el autor apenas quiere imponer la norma, aunque se muestra escrupulosamente respetuoso con ella, sino mostrarnos a través de la historia la plena vitalidad de una lengua. Y en esto Álvarez de Miranda nos da una lección de cómo las palabras, como en cualquier otra, nacen (motivo de júbilo), se reproducen (para nuestra satisfacción) y mueren, sin que tengamos la obligación de celebrar un duelo con su consiguiente funeral y entierro; y es labor del lexicólogo mostrarnos su procedencia, su uso, a ser posible el más correcto, y dejar que los hablantes la empleen de la mejor manera posible, sin rasgarnos las vestiduras. Un magnífico libro. José López Romero.

LIBRO Y PAISAJE

Me gustan esas imágenes donde tras las figuras de personajes anónimos o conocidos, aparecen estanterías repletas de libros. Me gustó la fotografía que se publicaba recientemente del  admirado poeta Francisco Bejarano, posando entre los libros de su biblioteca. Antes  este tipo de imágenes eran comunes, tan comunes como ver escenas callejeras donde los libros de una u otra manera aparecían y no nos llamaban la atención. Personas leyendo en los bancos de un parque público, o en el bus. Transeúntes portando algún libro o periódico cuando iban o volvían de algún lugar, pero con el deseo confesable o inconfesable de  que llegara pronto  el  momento para leer  las hojas de papel  que portaban con mimo, y a las que cualquier alto en el camino –un semáforo, o la espera en la marquesina de la línea 5, que cada vez se hace más larga- era una buena excusa para hojearlas rápidamente. Me gustan esas imágenes hoy, pero me invade cuando las contemplo una cierta melancolía, quizás tristeza, porque tras su belleza puesto que  los libros siguen teniendo un poder estético y evocador de difícil competencia,  comprendo  que el libro ha sido borrado de los hábitos cotidianos de una gran mayoría, y  pese a que aquella vieja  canción nos diga machaconamente en una de sus estrofas La vida sigue igual, la vida sigue igual…nada sigue igual.  Cuando paseo por mi ciudad no suelo ver paseantes con libros, todo lo contrario, también estos parecen haber desaparecido del paisaje cotidiano,  y si excepcionalmente en algún paseo público, cafetería o  cualquier otro lugar del entramado urbano  nos topamos con alguien ensimismado en la lectura, la singularidad de la imagen rápidamente atrae miradas furtivas de los paseantes. Me gustan esas imágenes donde en segundo plano, tras las figuras de personajes anónimos o conocidos aparecen libros, pero cuando estas  no son artificiales, incluso cuando estas son captadas con un sentido reivindicativo. Todo lo contrario de aquellas en las que una fauna variada se hacen cuando llega algunas efemérides o actos de homenaje a viejas  glorias de las  letras, pese a que no pisen desde hace años una biblioteca o en sus domicilios las librerías destaquen por su ausencia. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO


sábado, 8 de octubre de 2016

IMÁGENES AFRICANAS A TRAVÉS DE CUATRO ARTISTAS JEREZANOS

Uno se puede topar con temas  casi desconocidos, pero de indudable interés para la historia local -en este caso del arte- de la manera más inesperada. Temas sobre los que con sorpresa y a posteriori, comprobamos que no existe información, o esta es muy escasa, en las pocas monografías o revistas especializadas consultadas. Es lo que me sucedió hace algunos meses, cuando rastreando  el origen de algunos de los dibujos de temática africana del gran artista jerezano Teodoro Miciano, y publicados en el libro ‘Cuentos de Yeha’ de Tomás García Figueras, no solo comprobé que algunas de aquellas magníficas ilustraciones ya habían aparecido previamente, antes que en la publicación de D. Tomás, en la Revista ‘África’ y además que en las portadas de dicha revista -a la sazón medio de comunicación de las tropas coloniales españolas en África durante décadas- encontré más dibujos de Miciano, algunos prácticamente desconocidos. La serie de dibujos de Miciano aparecen entre los años 1929 los más antiguos, y 1934 los más recientes. Comprobando, portada tras portada, año tras año de la mencionada revista, me vi nuevamente sorprendido cuando descubrí en ellas dos artistas jerezanos más : el bibliotecario y arqueólogo municipal Manuel Esteve y el ilustrador Justo Lara Garzón, más conocido en los ambientes artísticos por el pseudónimo de “Ponito”. Tanto los dibujos de Miciano como de los dos últimos aparecen en la segunda época de la revista ‘África’, es decir aquella que coincide su publicación con los estertores de régimen monárquico en nuestro país y el inicio de la II República.  Animado y sorprendido me quedaba por comprobar un último detalle. Tenía entendido que casi durante el mismo periodo que se publicaba ‘África’ en Ceuta (1926/1936), en Tánger los padres Franciscanos editaban la revista ‘Mauritania’ (1928/1962). ¿Podría ser que en las portadas de dicha revista algún artista e ilustrador jerezano hubiera dejado su huella? No descubrí, pese a mis ilusiones iniciales, ninguna nueva obra de los artistas más arriba mencionados, pero sí que encontré en la mayoría de los números publicados entre los años 1943 y 1944 un nuevo nombre, el del  pintor Carlos Gallegos García Pelayo. Un repaso de las ilustraciones aportadas por estos artistas de Jerez en las revistas mencionadas – y que tenían en común aparte de su origen el que todos fueron grandes cartelistas, y protagonistas de unas artes gráficas que vivían una época dorada en nuestra ciudad-  nos dan una visión sorprendente, colorista, singular y sobre todo muy bella del N. de África. Sin duda una aportación merecedora de un estudio más en profundidad -estamos en ello-  y en todo caso que justifica la exposición que se prepara en la Biblioteca Muncipal –“imágenes africanas”- para finales del próximo mes de octubre. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO