LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

sábado, 21 de enero de 2017

MUJERES

Si poco sentido, por no decir ninguno, tiene ya abrir la polémica de si existe una literatura femenina, menos aún lo tiene creer que para acercarse a la condición femenina habría que leer novelas escritas por mujeres. Grandes personajes como Emma Bovary o Ana Ozores, la regenta, por poner dos ilustres casos de heroínas decimonónicas creadas por hombres, desmontan cualquier teoría al respecto. Y para confirmar lo que estamos defendiendo, incluso para atrevernos a afirmar, yendo más lejos, que no hay mejor lectura sobre mujeres que la escrita por hombres, pongamos de ejemplo a Ángel Vázquez y las tres novelas que escribió. A Ángel Vázquez (Tánger, 1929 – Madrid, 1980) ya lo hemos traído a esta página en varias ocasiones porque es un escritor que, en nuestra opinión, merece urgentemente una reivindicación y un reconocimiento que aún, pese a sus publicaciones, no se le ha dado de forma unánime. Las tres novelas que escribió y publicó: ‘Se enciende y se apaga la luz’ (1962); ‘Fiesta para una mujer sola’ (1964) y ‘La vida perra de Juanita Narboni’ (1976), tienen como denominador común que sus protagonistas son mujeres, y como peculiaridad que por el mismo orden cronológico asistimos en la primera a una exultante joven Cristina; en la segunda, a una madura y espléndida Paula; y en la tercera, a una ya ajada y solitaria Juanita. De tal manera que podemos hacer un muy recomendable ejercicio lector sobre la condición femenina si leyésemos por ese orden las tres novelas citadas. Los titubeos y desorientación sufridos por Cristina, consecuencia de la educación recibida de su madre Isabel (otro magnífico carácter femenino de Vázquez), se convierten en seguridad, coqueteo con el peligro y cierto hastío en la madura Paula, para desembocar en la terrible soledad, en una decrepitud que nos anuncia una desolada vejez de Juanita. Con Tánger (ciudad natal del escritor) como fondo o incluso como un personaje más que imprime el carácter de sus habitantes (ciudad internacional, intercultural pero al mismo tiempo provinciana, con una separación muy clara de razas y clases sociales), las tres mujeres toman una postura distinta acorde con sus edades: más rebelde en Cristina, que empieza a cuestionarse el clasismo tan acentuado en su madre; actitud esta de Isabel que comparte Paula, que de ningún modo estaría dispuesta a renunciar a los privilegios de que disfruta por su posición social; mientras que en Juanita estamos ante un personaje en la decadencia plena: física, mental y, por desgracia, también social. Estos tres grandes caracteres femeninos dejan a los protagonistas masculinos en un segundo plano, como si fueran los complementos que utiliza Vázquez para redondear a sus heroínas: Julio, el padre de Cristina; Damián, el amante de Paula; o el padre de Juanita… La lectura de sus cuentos (‘El cuarto de los niños y otros cuentos’, ed. Pre-Textos) vendría a completar este repaso y el homenaje a la obra de Ángel Vázquez y sus personajes femeninos. Se lo debemos. José López Romero.


HISTORIAS DE LA LECTURA

Hace ahora un mes (16 de diciembre) se celebraba el Día de la Lectura en Andalucía, una efemérides que suele pasar desapercibida incluso entre los lectores empedernidos. Y sin embargo, si tenemos curiosidad y echamos la vista atrás, comprobaremos con sorpresa cómo algo que nos parece hoy básico como el acceso a la información, formación y  ocio -contenido tradicionalmente en el libro en papel y que hoy  coexiste en difícil equilibrio con  los formatos y plataformas digitales- , no fue algo generalizado, sino privilegio de algunos hasta hace bien poco. Realmente hasta finales del siglo XVIII, pero sobre todo ya avanzada la centuria siguiente, no empieza a visualizarse claramente lo que se denominó “lectura pública” y que tuvo como principal vehículo propagador otra institución milenaria, las bibliotecas, en este caso las llamadas “bibliotecas populares”. En estas últimas empezó a generalizarse el acceso al libro entre aquellas clases sociales  que durante la mayor parte de la historia habían estado marginadas en el acceso a la educación y a la cultura. En este camino que, como decimos, se inicia en nuestro país bien avanzado el siglo XIX, tendrá un papel relevante y poco conocido la ciudad de Jerez. Un ejemplo: entre el primer centenar de bibliotecas populares que se crean en España en el periodo 1868/1874 por el Ministerio de Fomento, bajo los ministros Ruiz Zorrilla y Echegaray, para el fomento de la lectura y el acceso generalizado al libro por parte de las clases populares, estaría la fundada en Jerez un 23 de abril de 1873. Esta biblioteca, denominada hoy Municipal, es  la única de aquellas bibliotecas pioneras que lograron llegar hasta nuestros días, pasando hoy día por ser la biblioteca municipal más antigua de España.  Otra iniciativa singular, esta de principios del siglo XX, en el fomento de la lectura en nuestro país fue la expansión de las llamadas “bibliotecas de jardines”, en realidad kioscos con libros que se disponían en alamedas y parques para ofrecer libros a los paseantes que así lo demandaran. En Jerez, pionera también en esta iniciativa, se abrieron tres kioscos bibliotecas lamentablemente desaparecidas durante la posguerra, aunque hoy se conservan sus libros en los fondos patrimoniales de la Municipal. Ramón Clavijo Provencio.


domingo, 15 de enero de 2017

RECOMENDACIONES

Botas de lluvia suecas
Henning Mankel. Tusquets, 2016
El malogrado autor sueco fallecido hace un año, rescata en este libro el personaje protagonista  de aquel otro de grato recuerdo titulado ‘Zapatos italianos’. La historia se sitúa diez años después de los hechos narrados en el libro mencionado, y nos adentra en una historia crepuscular donde Fredrik Welin, ya como médico jubilado,  vive en una pequeña isla de un archipiélago de la geografía sueca. La vieja casa familiar en la que habita, una noche es pasto de las llamas con él dentro. Escapa del suceso milagrosamente, pero a partir de ese momento se ve envuelto en el opresivo ambiente provocado por la investigación iniciada para esclarecer los hechos, y cuyas primeras conclusiones apuntan hacia él como sospechoso principal. Es este un libro de Mankel combina con gran maestría el misterio y la tensión propia del género negro, del que es maestro consumado, con una profunda y convincente inmersión en la decadencia física y mental de su protagonista. R.C.P.

El regreso de Titmuss

John Mortimer. Libros del Asteroide, 2014

Esta segunda entrega de la trilogía es tan buena como la primera, ‘Un paraíso inalcanzable’, que no es poco mérito porque ya se sabe: segundas partes… John Mortimer, polifacético escritor que ha obtenido grandes éxitos como guionista para la televisión, vuelve aquí sobre su protagonista, Leslie Titmuss, en la cima de toda su buena fortuna, es decir, ya convertido en ministro de Territorio, Urbanismo y Fomento, el que fuera en su juventud chico que cuidaba del jardín de los Simcox y meritorio aspirante a un cargo político en el partido conservador inglés que ya ha conseguido. Su segundo matrimonio con Jenny Sidonia y un problema urbanístico nos hacen profundizar en la psicología del siempre escandaloso Titmuss, así como en las vidas de los habitantes de Rapstone Fanner, con ese acerado humor y fina ironía de Mortimer. Una novela para divertirse. J.L.R.

sábado, 17 de diciembre de 2016

ACTUALIDAD DEL DICCIONARIO DE RICO

El ‘Diccionario de los políticos’ de Rico, por lo vigente de sus “definiciones”, más bien parece escrito ayer mismo y no hace ciento sesenta años.  Abnegación: “cualidad desconocida en los políticos a pesar de que casi todos hacen alarde de ella”. Juan Rico y Amat no se andaba por las ramas en 1855, aprovechando que el “bienio progresista” había rebajado las calores de Isabel II, aquella que se autodefinía “española hasta las cachas”, esquivando así los peligros que para las opiniones arriesgadas conllevaba la anterior etapa política, la “década ominosa”. Alicantino y abogado de profesión, ya había desempeñado labores políticas en los gobiernos civiles de Zaragoza y Barcelona, de ahí el título alternativo de su Diccionario: “verdadero sentido de las voces y frases más usuales entre los mismos, escrito para divertimento de los que ya lo han sido y enseñanza de los que aún quieren serlo”. Los que se han dedicado a la cosa pública siempre han sido objeto de los envenenados dardos de sus contemporáneos, si bien nuestro autor parecía que más bien estuviese pertrechado con el “pilum” de las antiguas Legiones.  Habla de los “abusos” como una “hierba muy perjudicial que crece y se arraiga extraordinariamente en los campos de las gentes que mandan”. Lo clavó. La Constitución de entonces era la de 1845, la única hasta el momento que nació de acuerdo al procedimiento de reforma estipulado en la anterior. Todo un logro. Para nuestro autor, “no hay mucho malo en lo que encierra, lo rematadamente malo son los comentarios y aplicaciones que se hacen de sus doctrinas”. Hablamos de una carta magna que fue la encarnación más genuina del liberalismo doctrinario, que hacía descansar la soberanía nacional en las Cortes con el Rey y que disminuía el censo electoral hasta un raquítico uno por ciento de la población española. Cuando llega a la palabra “corrupción”, parece que escuchemos a un periodista de nuestros días: “epidemia contagiosa que provoca la marcha al extranjero, con objeto de cambiar de aires, de algún depositario de fondos públicos, atacado mortalmente de esa enfermedad”. Es justo lo que hizo, muchos años después, en 1937, el comunista Manuel Uribarri, recién nombrado jefe del Servicio de Investigación Militar (SIM), la policía política del gobierno Negrín, que acabó huyendo a Francia con un botín de 100.000 francos, un capital en aquellos tiempos, si acaso comparable al reunido por el “conseguidor” de los ERE o por algún que otro avispado tesorero. Tampoco se corta don Juan cuando define la “Diputación” como la “escuela de primera enseñanza donde se aprende por algunos el arte de hacer fortuna”. Hoy en día quizás deberíamos aplicar esta definición a la voz “Ayuntamiento”. Y así una infinidad de conceptos hasta completar una obra de 336 páginas que aguardan en los anaqueles del Legado Soto Molina de la Biblioteca Municipal a disposición del público investigador.  NATALIO BENITEZ RAGEL.    

PASIÓN Y PAISAJE

Con este título el poeta y profesor Jacobo Cortines presentó este mismo año en curso su poesía reunida (1975-2016). En la extensa e interesante “Adenda” final (“huellas de la creación”) Cortines va desvelando, a modo de diario, su proceso creador, las circunstancias que rodean la composición de muchos de sus poemas y, sobre todo, la lucha individual –pero en realidad universal- del poeta con la materia poética para hacerse con una voz personal. La finca familiar en Lebrija, “Micones”, los paisajes marineros vistos y sentidos desde la urbanización portuense de El Manantial, y especialmente la ciudad de Sevilla, en la que vive y en cuya universidad ha ejercido la docencia como profesor de Literatura Medieval, y por último su anhelada y soñada hacienda “El labrador” (magnífico el poema “Nombre entre nombres”), son los espacios en los que Cortines se inspira y trabaja para cincelar sus versos. El contacto tan íntimo con la naturaleza, campo y mar, pero también con los paisajes urbanos se dejan notar en unos poemas que tienen como constante esa relación entre sentimiento e imágenes y motivos naturales (pájaros, flores, árboles) o las calles y plazas de la ciudad, y también con el paso del tiempo; pero otras veces es solo al hombre y su doloroso vivir al que escuchamos y que él mismo desnuda en ese diario final. Poemas como “Reflejo en la ventana (autorretrato)”, o “Declaración”, o “Buenas noches”, por poner algunos ejemplos nos muestran su proceso de introspección. Sin olvidar tampoco la corriente social, el compromiso del escritor con su tiempo, en este caso ante la guerra (“Europa”). Finalmente, tanto en la esclarecedora introducción como en la “Adenda”, Cortines señala como punto de inflexión de su poesía la “Carta de junio” dedicada a su padre, un poema en tercetos endecasílabos que sin duda es el gran poema del libro. Cortines, fino traductor de Petrarca, nos deja un poemario de mesilla de noche. José López Romero.

sábado, 3 de diciembre de 2016

ARTE Y LITERATURA

Al hilo de algunas lecturas últimas y el lejano recuerdo de otras que más adelante citaré, me vino a la memoria el otro día la anécdota que Juan Mayorga incluye en su obra ‘El chico de la última fila’: le refería Juana, gerente de una galería de arte, a su marido Germán, un descreído del arte moderno, la historia de aquel artista que una vez pintadas unas acuarelas y grabadas en un CD la descripción de estas, había decidido destruirlas y exponer, como si de los cuadros se tratara, el disco que el espectador podía escuchar para hacerse una idea de lo que habían sido las pinturas. Ante tal ocurrencia no nos sorprende y hasta comprendemos la falta de fe y confianza del pobre Germán en una expresión artística que más tiene de boutade que de verdadero arte. Y esto me venía a la memoria porque la relación de las distintas artes con la literatura, con la lengua en general siempre ha sido muy estrecha, aunque no exenta de grandes dificultades; expresar con palabras los sentimientos, emociones o reacciones que despiertan en un espectador un cuadro o una escultura o, más difícil aún, la descripción de una pieza musical es un ejercicio literario que pone a prueba la pericia y, lo más importante, el dominio de la lengua y, sobre todo, la inspiración del escritor. ¿Cómo traducir en palabras las notas musicales que provocan en los oyentes  los más exquisitos y profundos sentimientos? Entre los ejemplos que a vuela pluma acuden a mi memoria lectora, el primero es la famosa ‘Oda a Francisco Salinas’ de fray Luis de León, por cuyos maravillosos acordes llegamos, llegaba el fraile poeta al conocimiento de Dios y a la perfección del mundo, movido a través de esa música celestial que salía del órgano de su amigo. La casualidad ha hecho que algunas de mis lecturas recientes aborden el tema que aquí tratamos: música y literatura. Muchos escritores han confesado la influencia de la música en su literatura, como tuvimos ocasión de comprobar en Cortázar, quien en su libro ‘Clases de literatura’ nos daba una lección de jazz; como delicada y atormentada era la música, la relación amorosa que nace y muere entre Erika y el joven violinista en la novela de Stefan Zweig ‘El amor de Erika Ewald’. Tonos grises, otoños e inviernos de aquella Viena de finales del XIX, música de nocturnos de Chopin, que transformamos en ragtime, en ritmos populares, en el más puro jazz en aquel barco, el Virginian, del que nunca saldrá Danny Boodman T.D. Lemon Novecento, el protagonista de la novela de Baricco; o los acordes de ‘norwegian wood’ que Reiko le saca a la guitarra en ‘Tokio blues’ de Murakami. Pero si un escritor tuviera que destacar, en mi opinión, de aquellos que convirtieron en palabras la música, me quedaría sin duda con Bécquer y su leyenda ‘Maese Pérez el organista’. Leer esta joya del relato corto es escuchar al mismo tiempo esa música extremada que nos transporta, como el órgano de Salinas a su amigo Luis de León, al cielo. Sin olvidarnos tampoco de ‘El Miserere’. ¡Y no hace mucho estas leyendas se leían en Secundaria! ¡Qué tiempos! José López Romero.  

PATRIA

Hay libros que no puede uno dejar pasar. Sin saber bien por qué, entre la marabunta amenazante que  nos sobrepasa, de repente destaca un título y uno siente la necesidad imperiosa de asaltar sus páginas, esperanzado y a la vez temeroso de acertar o errar en esa búsqueda incesante del  lector tras la buena literatura,  cada vez  más esquiva. Algo de eso me ha sucedido con ‘Patria’, la nueva novela de Fernando Aramburu, autor al que habíamos  perdido la pista desde aquel excelente ‘Años lentos’ publicado hace tiempo.  Tratar de explicar la atracción hacia un libro antes de leerlo puede ser compleja, o simplemente inexplicable. Otros libros, como ‘Patria’, que me he ido encontrando y seguiré encontrando en mi periplo de lector, también firmados por un escritor de prestigio, y que  trasladan al lector historias que  gozan del beneplácito unánime de público y crítica,  sin embargo no han logrado captar mi atención hacia ellos o, en todo caso, si finalmente los llegué a ojear o leer, lo fue más obligado por razones profesionales y de opinión que por atracción. Con ‘Patria’, como antes con ‘El mapa y el territorio’ de Houellebecq, ‘Némesis’ de Philip Roth, ‘La Fiesta del Oso’ de Soler o ‘Un año en la otra vida’ de José Mateos, entre otros,  todo vuelve a suceder de una forma tan natural como inexplicable, y en  mi simbiosis con el libro no han intervenido ni comentarios o escritos ajenos, ni tan siquiera el grato recuerdo que me dejó como lector aquel libro de Aramburu que antes mencionaba. ‘Patria’ una novela literariamente perfecta, nos hace llegar una historia pegada a un territorio y pese a ello sortea con maestría el riesgo del localismo para convertir un paisaje reconocible  en el escaparate de los valores y las miserias humanas universales. Pero no, no son estas breves líneas una reseña de esta singular novela, sí en cambio las que quieren dejar testimonio de ese misterio, el de volver a toparme con otro de esos libros que uno no puede dejar pasar, de esos que sin saber por qué te arrastran a asaltar sus páginas y reencontrarte con la cada vez más esquiva literatura. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

viernes, 25 de noviembre de 2016

CULTURA LOCAL: LIBRERÍAS (I)

 A estas alturas de mi vida, toda ella profesionalmente hablando, circunscrita a un ámbito muy concreto de la cultura cual es el mundo del libro, si algo creo haber alcanzado no es por supuesto fortuna o fama, sí en cambio el haber perfeccionado el instinto de  captar la realidad de ese mundo, libre de disfraces y artificios con los que algunos intentan disimular sus carencias, una  realidad  en nuestra país que tiene más de prosaica que  de poética. Si acotamos el espacio geográfico, pues lo que nos interesa es rastrear el peso que el mundo del libro tiene en esta ciudad, Jerez, nuestra atención se debe fijar ineludiblemente en dos elementos: las librerías y las bibliotecas. Por supuesto que hay otros agentes, pero estos dos son sin dudarlo los principales. En cualquier ciudad es fácilmente perceptible, incluso para un observador ocasional, el peso cultural del libro simplemente acercándose a sus librerías y bibliotecas, visita sin necesidad de guías   locales, donde percibiremos el calor o la indiferencia que la ciudanía o las autoridades locales muestran por la cultura, y por extensión por el libro. Jerez para un visitante cultural y ocasional se mostraría como una ciudad donde no proliferan las librerías -dejaremos las bibliotecas para una segunda entrega-, aunque no es este un dato singular pues es la tendencia general en un país donde ha bajado su número -por causas muy diversas, y no solo achacables a las nuevas tecnologías-. Sin embargo, y es este otro dato que no siempre se encuentra en las ciudades que el visitante cultural recorre, las librerías existentes, al menos la mayoría, se muestran como esos pozos de agua -permítaseme la comparación- que buscan los nómadas que atraviesan el desierto y sin los cuales no podrían culminar su viaje. Sería injusto decir que Jerez es un desierto cultural en lo que al libro se refiere, pero para ese visitante ocasional la existencia de un vocacional y apasionado  gremio de libreros locales ayuda a suavizar el paisaje. Es un gremio  digno de admirar por muchas razones, y no la menor por su templanza al tratar de evolucionar al ritmo de una sociedad cambiante, de hábitos lectores muy distintos a los que conocieron nuestros padres, y donde nadie es capaz de profetizar -acuérdense de McLuhan- hacia donde nos lleva esta sociedad de la información donde las nuevas tecnologías lo invaden todo. En Jerez el visitante cultural captará rápidamente que quedan pocas librerías, pero también reconocerá, afortunadamente, que las que quedan, la mayoría, son, aparte de lugares donde se comercializa el libro,  pequeños centros culturales que contrarrestan las carencias más que evidentes que los poderes públicos dejan en este aspecto de su paisaje urbano. (Ilustración: J.F. Petto) RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO