LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 20 de abril de 2018

UN PERIODISTA SEVILLANO


La tarde del lunes 11 de mayo de 1801, José Delgado Guerra, Pepe-Hillo, no estaba en su mejor forma en Madrid. Ese día toreaba sesión doble, y en la corrida matutina había sufrido un puntazo en una pierna. No sabemos si al entrar a matar tiró la muleta y echó mano al reloj de su padre (“la suerte del reloj”), pero lo cierto es que “Barbudo” lo empitonó por el estómago por más de un minuto, destrozándolo por dentro ante el horror de la reina María Luisa, presente en la plaza, y la angustia de su amigo José de la Tixera, que describió la cogida con todo detalle. Casi cien años después, un periodista sevillano le rendía honores con un “Ensayo biográfico, histórico y bibliográfico”. Era Manuel Chaves Rey, nada que ver, ni él ni su hijo, el también periodista Chaves Nogales, con el personaje que hoy calienta banquillo no precisamente en el Sánchez-Pizjuán. Redactor en “El Liberal”, fue un escritor prolífico que abordó variadas disciplinas: historia, arte, crítica literaria, costumbres, arrimándose incluso a la poesía, la comedia y la zarzuela. El mundo cofrade de la ciudad aún disfruta con “La semana santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823”. Sucedió a Guichot como cronista oficial, y fue académico tanto de la Sevillana de Buenas Letras como de la Real de la Historia. En la Biblioteca conservamos una decena de sus obras, entre ellas “Historia y biografía de la prensa sevillana” (1896), “Bocetos de una época” (1892), o “Una carta del rey Neto” (1894), pero lo más singular son tres cuadernos manuscritos y dos “Newspaper cuttings”, unos álbumes plagados de recortes de prensa y sabrosas fotografías de la época. Estas piezas, además de únicas, son un interesante testimonio de la Sevilla de finales del XIX y principios del siglo XX: reuniones o banquetes de los partidos políticos, como el del Partido Liberal en 1909 con discurso de un tal Pedro Rodríguez de la Borbolla ; biografías manuscritas sobre sevillanos ilustres, efemérides, y sobre todo críticas de sus obras en periódicos como El Baluarte, El Noticiero Sevillano, El Cronista o El Universal, entre otros muchos. Chaves era auxiliar del Archivo y Biblioteca Municipal, donde había pasado años de sesudas indagaciones. De hecho, algunos contemporáneos vieron en él a un investigador serio y concienzudo más que a un consumado escritor, un “observador perspicaz y curioso, cuya constancia y laboriosidad para rebuscar y revolver los archivos y bibliotecas le dan una supremacía sobre sus méritos como buen literato”, según narraba El Progreso a propósito de su folleto “Pro-patria: dos héroes sevillanos” (1893). Lo cierto es que había empezado a escribir a muy temprana edad, pasando a mejor vida apenas cumplidos los cuarenta, por lo que si su legado no es de una excelente calidad literaria, sí constituye una generosa aportación a la cultura de la capital de Andalucía. Por eso se exponen algunos de sus cuadernos, incluido el dibujo que le hizo Diego Ballester que ilustra este artículo, en “No solo libros”, la muestra que se exhibe en la Biblioteca de Jerez. NATALIO BENÍTEZ RAGEL.

EL MÉTODO


“-Pá. Ya sé cómo nos vamos a hacer ricos”. Mi hijo siempre preocupado por los aspectos espirituales de la vida. “Ya sabes que ahora me ha dado por las novelas policiacas” (¡claro que lo sé! La madre, una blanda, no para de comprarle novelitas al niño). “Y después de unas diez que llevo, el método es el mismo, y como dice mamá: conocido el método… Pues bien, lo primero, el muerto, lo segundo el detective o policía, o mejor, una pareja de ellos, después la trama, y si esta es por intereses económicos o políticos, perfecto, y completan los personajes los típicos y siniestros asesinos a sueldo y los cabecillas cínicos y despiadados; desenlace final y a forrarnos”. Un discurso que, como puede comprobarse, desprendía literatura por todos sus poros. Y aunque parte de razón no le falta a mi hijo en lo que al método se refiere, porque buena parte del género negro está cortado por el mismo patrón, la categoría literaria de unos y otros autores marca la diferencia entre una buena novela y otras que podemos tirar a la basura sin remordimiento alguno. No es lo mismo, ni comparable, un González Ledesma que un Stieg Larsson. Y en esto de lo policiaco ha sido tanto el furor de la moda que todos (y cuando digo “todos” me refiero al género humano y no sé si incluir también al animal, porque hay novelas por ahí que no son humanas) se han lanzado a la frenética carrera de escribir un relato negro, y ¡así han salido algunos!. De tal manera que no hay país casi en el mundo que no tenga un buen elenco de escritores dedicados a la novela policiaca.  Por mi parte, también debo entonar el “mea culpa”, aunque compartido con mi amigo y compañero de página, Ramón Clavijo. “Bueno, y a todo esto, ¿a mí en qué me afecta “tu método” y tus ganas de forrarte?” “Pá, está claro. Yo pienso y tú ejecutas. Ya sabes, el principio universal de la idea y la acción.” “Entonces, si no he entendido mal, tú me cuentas la historia que te inventes y yo escribo la novela”. “Y vamos a 70-30. Ya estoy viendo la trilogía. Un pastizal, Pá.” “¿Y por dónde andas de la idea?”, “¡si empezamos con presión…!”. José López Romero.

viernes, 6 de abril de 2018

EL XEREZ DE LUIS PÉREZ SOLERO


El paso del tiempo va difuminando en muchas ocasiones iniciativas que, precisamente con el trascurrir de los años, van adquiriendo ante nuestros ojos una importancia que quizás en el momento que surgieron nunca se les reconoció. Una de estas iniciativas directamente relacionada con la difusión del vino de Jerez, y por tanto con poner en valor el que durante siglos ha sido el motor económico de la ciudad que le da nombre y su seña de identidad, nacería cuando aún no había terminado la Guerra Civil española, y fue debida al entusiasmo casi exclusivo de una persona: Luis Pérez Solero. No nos engañemos, quizás los aciagos años en los que surge el proyecto editorial “Xerez” auspiciado por la casa González Byass, explique el porqué años después conozcamos poco de aquella publicación seriada, incluso los ejemplares que se conservan sean raros y, por tanto, tentación no solo para los profesionales o amantes del vino universal que surge de la campiña jerezana, sino para bibliófilos y coleccionistas.  El proyecto que ideó Pérez Solero consistía en sacar a la luz doce cuidados álbumes, cada uno dedicado monográficamente a  un aspecto relacionado con el vino de Jerez, y que a lo largo de muy pocos años estuviera culminado. El proyecto no llegó a  realizarse según lo previsto por su creador, pero nos queda del mismo sus dos primeros números. Dos magníficas publicaciones: “Visitando la Bodega” de enero de 1938, y  “La Campiña Jerezana” de septiembre de ese mismo año. Cuando sale a la luz este segundo número ya su creador vaticinaba las dificultades que presentía para culminar el proyecto felizmente: “Por causas ajenas a mi voluntad, este número no pudo ser publicado a su debido tiempo. Espero, y Dios lo quiera, que los sucesivos aparezcan pronto….” Pérez Solero, como es sabido, era un burgalés que es contratado por los González en 1935 para impulsar la imagen de la marca, y cuya creación más conocida –y que quizás ha ensombrecido otros importantes logros conseguidos en su larga y brillante carrera profesional como publicista- fue la “humanización de la botella de “Tío Pepe”. Por tanto la revista “Xerez” es una de sus primeras y ambiciosas iniciativas, y que como decíamos al principio el paso del tiempo –y también para algunos, la nada disimulada inclinación de su fundador hacia el bando franquista- amenaza con difuminar. Los dos primeros números a los que nos referimos en este breve artículo, y salvo una pequeña colaboración del escritor Federico García Sanchíz, son en su totalidad fruto del espíritu creativo de Pérez Solero: cientos de fotografías y  dibujos junto a unos textos dignos de ser rescatados del olvido, logran mostrarnos lo que fue históricamente, pero también lo que significaba el vino de Jerez en el primer tercio del siglo pasado, y con él los personajes y paisajes vinculados a este universal mundo del “jerez” que tanto debe a un personaje singular y genial como Luis Pérez Solero. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO

RAP


“Father. Acabo de leer un libro de poesía, en el que se incluyen poemas para rap. Conque ya te puedes ir olvidando de tus Garcilasos, tus Góngoras, tus San Juan de la Cruz, y hasta de tus Machados y Salinas, te pones un poquito más moderno, que falta te hace (pulla gratuita), y empiezas a explicar en tus clases y a tu alumnado las nuevas direcciones, los caminos de la actual poesía”. “Hija mía, cuando te pones a leer, parece ser que no puedes resistirte a la crítica. Seguramente el libro que has leído se titula ‘Nosotros los de entonces’ de José Manuel Benítez Ariza. Como ves, estoy al tanto de esas moderneces que dices. Te agradezco el interés, pero permíteme que te recuerde quién en este asunto es el profesional”. Mi hijo, como ausente, pero atento: “Ahí ta dao, niña”. “Bueno, si quieres seguir aburriendo a las ovejas es tu problema o, mejor dicho, problema de tus alumnos ¡pobrecillos!” (ironía gratuita). “2 a 1”, mi hijo en modo marcador simultáneo. “Pues ya que tanto te interesan mis alumnos, te voy a dar una lección. Partiendo de la base de que hasta vuestras redacciones escolares (¡¡pocas redacciones se hacen en estos tiempos!!) con motivo del Día del Padre o de la Madre me parecían verdaderas obras de arte, porque las hacíais con el corazón, para mí cualquier texto escrito con sentimiento y que despierte en el lector cierta emoción, es digno de llamarse literario, aunque la verdadera calidad debe ir acompañada de la técnica, de esos mecanismos necesarios para que todo escritor se exprese de forma adecuada. Y eso es trabajo, esfuerzo, conocimiento… lo que Lorca definía de la siguiente manera: “No sé si soy poeta por la gracia de Dios o del diablo, pero mi trabajo me cuesta todos los días”, o la famosa frase de Picasso al decir que cuando le vinieran los musas a visitar, esperaba que lo cogiesen trabajando. El rap, como cualquiera otra manifestación artística tendrá esos mecanismos técnicos y merece respeto y reconocimiento, aunque confieso que soy más de boleros”. “Antiguo no, de parque jurásico, father”. “Razón lleva la niña, Pa. 3 a 2”. “La paga peligra”. “Pues dejémoslo en empate”. José López Romero.

viernes, 23 de marzo de 2018

FUEGO


Pasaba en su barrio por ser una mujer discreta, que no se metía en nada. Hacía ya más de veinte años que vivía en el mismo bloque desde que se instaló en aquella ciudad, a la que había llegado procedente de un traslado obligatorio y que había convertido con el paso del tiempo en su hogar. “No se es de donde se nace, sino de donde se pace”, les decía a sus amigos cuando le recordaban su procedencia para bromear con ella. Y ella se sentía cómoda, muy cómoda en una ciudad que lo tenía todo para disfrutar y ser feliz; una felicidad que no había querido la vida que compartiera con nadie, pero en su recalcitrante soltería a nada ni a nadie echaba en falta, tenía su buen trabajo y, sobre todo, una afición que le ocupaba esos restos del día en que más se puede echar de menos a alguien a su lado: los libros. Compartía su soledad con los personajes de las novelas que leía, con esa tranquilidad, con la serenidad y el sosiego que produce el sentirse a solas pero viva, intensamente viva y en paz. Pero un día, su librero le avisó: “Ten cuidado. Han venido preguntando por los clientes que compran libros en castellano”. El aviso solo le hizo confirmar algunas sospechas o impresiones que había tenido en las últimas semanas, cuando en la librería paseaba por los estantes y ojeaba algunos libros; más de una vez se le había acercado demasiado un individuo con mala pinta y casi había metido sus narices en el libro que tenía en las manos. E incluso, alguna vez había escuchado murmullos como “habrá que quemarlos todos”, y recordó de pronto una antigua frase que había leído no hacía mucho tiempo en una novela: “los que queman libros tarde o temprano llegan a quemar seres humanos”, que se titulaba ‘Asuntos de un hidalgo disoluto’ de un tal Héctor Abad Faciolince. Cuando llegó a su casa, empezó a notar una sensación que nunca hubiera creído que podría ser capaz de sentir: el miedo, el miedo a una ciudad que la había acogido como ella la había llegado a acoger en su corazón y la había hecho suya. Y de repente se le ocurrió una idea: la resistencia contra la maldad, contra los que lo mismo queman bibliotecas que personas, y recordó una forma ya antigua de conservar los libros, de ponerlos a salvo de la bestialidad humana: el emparedamiento; pero prefirió una variante, la que había leído en el libro de los libros, ‘El Quijote’, en el famoso escrutinio del cura y el barbero: tapiar una de sus habitaciones, aunque abrió por la contigua un acceso muy bien disimulado, y en aquella estancia fue metiendo sus libros en castellano al resguardo de la infamia. Un día, al volver del trabajo, se encontró la puerta del piso abierta, habían forzado la cerradura y el desorden de sus enseres indicaba que habían buscado a conciencia lo que no habían logrado encontrar. Ella sabía que tarde o temprano aquello sucedería y tenía la precaución todas las mañanas, antes de ir a trabajar, de esconder el libro que estaba leyendo y de dejar en la mesita de noche dos o tres a modo de trampa, en esta ocasión les había tocado a dos biografías de un entrenador de fútbol que siempre lucía un ridículo lazo amarillo, y una novela de un viejo cantautor venido a menos, libros en castellano que, por supuesto, no se atrevieron a tocar. Y entonces recordó una frase atribuida a Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”. José López Romero.

INÉDITOS


No sé si a todos nos pasa lo mismo, pero lo cierto es que me invaden extrañas sensaciones cuando me contemplo al cabo de los años en una vieja fotografía.   Primero   la   sorpresa   ante   la   juventud   ya   perdida,  pero luego algo más inquietante: la sospecha de tener poco que ver ya  con aquella imagen del pasado, y que el tiempo ha ido alejando irremediablemente del que ahora somos. Contemplamos a un desconocido. Algo parecido se nos antoja le sucede al escritor cuando  se topa con viejos manuscritos  de juventud inacabados algunos, desechados otros y que milagrosamente no han terminado en la papelera. ¿Escribí esto? imagino se preguntan algunos al toparse con esas antiguas creaciones. En ese fortuito encuentro algunos en un acto de sensatez destruirán lo encontrado, otros por nostalgia o cualquier otro inexplicable motivo volverán a cometer el error de devolverlos al cajón donde los encontraron, pensando con ingenuidad que allí permanecerán hasta el fin de los  tiempos. Digo todo esto a tenor de una práctica vieja pero que observamos con preocupación que va camino de cronificarse, cual es  la de dar a la imprenta  textos  de autores  desaparecidos pero que estos en vida descartaron publicarlos  por distintos motivos. No me refiero a aquellas obras perdidas fortuitamente y que hicieron lamentarse a más de uno por tan tremenda pérdida - que no se ven ya con fuerzas para reconstruir- pero que pasados los años alguien por azar o una labor de investigación certera, logran rescatar para el público, enriqueciendo el legado creativo de sus autores. No, me refiero a esos otros textos que solo conoceremos por mediar la traición que llevaron a cabo herederos de algunos legados literarios, publicando textos poco afortunados de autores admirados y que nada aportaron ya, salvo quizás -a veces ni siquiera eso- unos suculentos beneficios . A lo largo de estos últimos años, como les decía al principio,  han proliferado los casos -para ser justos, unos  más justificables que otros- pero en  todos saltando por encima de la voluntad de sus autores –Hemingway, Verne, Huxley, Bolaño, etc.- que no pueden hacer nada para evitarlo, salvo revolverse en el lugar allá donde quiera que estén. Ramón Clavijo Provencio

viernes, 16 de marzo de 2018

EL LEGADO DE ISABELITA RUIZ


En la inauguración del Villamarta, en febrero de 1928, salió a escena como primera bailarina una “jerezana de piernas monumentales” en presencia de Primo de Rivera. Eso escribía Rodrigo de Molina en este Diario a finales de los ochenta. Miguel Mendizábal la vio bailar en el “Olimpia” de París junto a la Meller, y al día siguiente escribe en “El Universal”: “¡Vaya hembra española!”. Otros hablaron de su cuerpo como “una divina escultura que soñara Pigmalión”, y en otra crónica avisan: “vayan a verla bailar y saldrán del teatro próximos al suicidio”. Juan de La Plata  la conoció, y quedó impresionado no solo por su porte, -al que se refieren los comentarios anteriores-, sino por sus extraordinarias dotes para la danza. Hablo de Isabelita Ruiz, nacida en 1902 según su DNI, o en 1908 según los artículos sobre ella en la prensa local, que junto a una entrada en “Wikipedia” y un rótulo con su nombre en una calle cercana a la plaza del Caballo, es todo lo que hay sobre la cupletista. Bueno, todo no. Hay un considerable volumen de documentación sobre ella en la Biblioteca Municipal Central que recogió el Cine Club Popular del asilo de las Hermanas de la Cruz en 1996, cuando Isabel falleció en ese centro benéfico. En estas líneas no pretendemos una semblanza biográfica al uso, sino una somera descripción de este interesante Legado, cuyo contenido hemos clasificado según su naturaleza. Entre los “documentos oficiales” hay muchos de su hermana María, que también flirteó con el mundo de la farándula en Brasil, a juzgar por una tarjeta profesional fechada en Rio en 1934 en el que consta como “cantora”, aunque en un certificado del Consulado de 1932 la catalogan como “modista”. De Isabelita lo más llamativo es un contrato de trabajo firmado en París con el director del “Scala Theater Berlin”, el banquero judio Jules Marx, en 1925, por el que la artista cobraría treinta mil pesetas al mes por interpretar “danzas españolas”. Toda una fortuna. Está también su cartilla de ahorros de finales de los 70, cuyas cantidades nos reservamos por decoro, pero que ni por asomo reflejan lo que ganó en sus años mozos. Otro bloque lo encuadramos en “recuerdos y recortes de prensa”, con innumerables artículos de otras tantas actuaciones en Roma, París, Berlín, Santiago de Chile, Italia, Portugal, etc., donde la alaban de todas las formas posibles, como Alvaro Retana, que la llamó “una bolchevique de la coreografía, por haber revolucionado los principios más fundamentales de la danza española”. Completan el paquete una cantidad cercana al centenar de fotografías, como la que les mostramos, una veintena de piezas de música impresa y una serie de correspondencia dividida entre cartas oficiales y familiares. En 1995 se le tributó un cariñoso homenaje en el hogar de las monjas. Nosotros, acercándonos a su Legado, ponemos nuestro granito de arena para que Isabelita Ruiz sea para los jerezanos algo más que un rótulo colocado en una calle de Jerez. Y en la Biblioteca seguiremos encargándonos de que su recuerdo permanezca para siempre. NATALIO BENITEZ RAGEL 

LIBERTAD


“Le pondré un ejemplo: imagínese que hay dos aviones en una pista de despegue de Madrid con destino a Barcelona. Uno de ellos se somete a un control muy estricto: se cachea a todos los pasajeros, uno a uno, y se pasan todas las maletas por el escáner. En cambio, en el segundo avión se puede embarcar sin ningún tipo de control de seguridad. ¿Cuál de los dos escogería?”. Este párrafo está extraído de la entrevista que se incluye como apéndice en el libro ‘El caso Collini’, y el autor tanto de esta novela como de las palabras antes citadas es Ferdinand Von Schirach, escritor y abogado alemán, nacido en Múnich en 1964. Ponía el ejemplo Von Schirach al hilo de una reflexión que hacía sobre una encuesta que se había realizado recientemente, y en la que al parecer los ciudadanos preferían la seguridad a la libertad, “Esto me parece muy peligroso: si perdemos la libertad, acabaremos perdiendo también la seguridad”, comentaba el escritor. Vuelvo al ejemplo. La pregunta de la elección de avión se me antoja ociosa, aunque Schirach piense que es muy peligroso perder la libertad en beneficio de la seguridad. Quizá habría que darle la vuelta a esta relación de conceptos y plantearla al revés: si perdemos la seguridad, perdemos con ella la libertad. La permanente amenaza del terrorismo en que desde hace unos años vive Europa, y que se ha manifestado con los terribles atentados sufridos en Francia, Inglaterra y en nuestro propio país, es razón más que suficiente para invertir la reflexión de Schirach. Pero el terrorismo no es el único causante de nuestra inseguridad; los niños no pueden jugar como antes en las plazas de sus barriadas; las jóvenes no pueden volver a sus casas solas los fines de semana; e incluso todo un barrio puede estar atemorizado por la presencia de vecinos indeseables; ni en nuestra propia casa disfrutamos de la seguridad que nos ofrece la puerta blindada. Vivimos en una sociedad y en unos tiempos inseguros, donde el peligro nos acecha por todas partes. Y cuando sentimos miedo, está claro que no somos libres, libres de pasear por la calle a la hora que me apetezca, sea hombre, mujer, niño o niña. Está claro el avión que yo elegiría, y en el caso de que no tuviera elección, saludaría al pasajero de al lado con las palabras de Aby Warburg: “vive y no me hagas daño”. José López Romero.