LECTORES SIN REMEDIO

Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.

viernes, 22 de abril de 2022

HOY COMO AYER

“Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio.”. Así se lamentaba con más resignación que amargura don Miguel de Cervantes en su prólogo a las ‘Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados’ que publicara en 1615 (en M. de Cervantes, ‘Comedias y tragedias’, Madrid, RAE, Espasa, 2015). Más de una veintena o treinta contaba el propio D. Miguel que había escrito en la década de 1580 y que habían logrado la aceptación general del público (“que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas”). Pero es en el mismo prólogo a las ‘Ocho comedias…’ donde termina reconociendo la irrupción como si de un terremoto para los corrales de finales del siglo XVI se tratara del gran Lope de Vega: “y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado.” Con todo, nunca Cervantes despreció o tuvo en menos sus propias obras en comparación con las ajenas, e incluso se arrogó ciertas innovaciones (“me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes.”), ni abjuró de un arte de hacer comedias y tragedias con buen gusto y honesto propósito, que alegraran, admirasen y suspendieran a los espectadores. Y, por el contrario, se lamentaba del éxito de “las comedias actuales: llenas de disparates y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera.”. Cuatro siglos más tarde leemos. “Si un editor tiene un libro entre las manos que sabe que es venenoso, pero se trata de un veneno que el público demanda, lo editará. Si a un escritor se le ofrece redactar quinientas páginas repletas de clichés y fórmulas oxidadas con que envenenar a sus lectores, y si ese ofrecimiento comporta una suma nada despreciable de dinero, lo escribirá” (Carlos Segovia, “Morirás envenenado”, en AA.VV. ‘Nueva carta sobre el comercio de libros’, Playa de Ákaba, 2014). Hoy como ayer “lo serio es vender productos, hacer caja a base de nombres, rostros, textos de fácil digestión y rápida evacuación. Para qué empeñarse en hacer las cosas bien cuando lo malo vende más y mejor”. José López Romero.

JEREZ, PRIMAVERA DE 1983 EN LA BIBLIOTECA MUNICIPAL

En estos días de primavera donde se celebran numerosos actos en torno al libro, y este 23 de abril la biblioteca Municipal de nuestra ciudad alcanza los 149 años desde su inauguración, me vienen los recuerdos de otra primavera ya lejana, la de 1983, en la que a principios del mes de junio me incorporé como bibliotecario a la mencionada biblioteca y en la que se desarrollaría a partir de entonces  mi vida profesional. No eran buenos tiempos aquellos para esta institución centenaria, ya que desde inicios del año 1983 permanecía cerrada. Los primeros meses de dicho año se había producido el traslado desde su antigua sede en Plaza de la Asunción a la que sería la nueva situada en el edificio  del Banco de España en Jerez, y que al cerrarse dicho banco se cedían al Ayuntamiento para equipamiento cultural. Pero para abrir al público como biblioteca todavía tenían que realizarse unas importantes obras de adaptación del edificio, que aún cuando yo me incorporaba aquel mes de junio no habían comenzado. Por tanto, no había mucho que celebrar en torno al libro aquella primavera en Jerez, salvo que se cumpliera la ansiada apertura del edificio como biblioteca, lo que no sucedería hasta 1986. Realmente el único que tenía algo que celebrar  era yo, incluso me sentía eufórico  en ese mi primer día de trabajo como bibliotecario, aunque en aquel recorrido con el por entonces director de la biblioteca Manuel A. García Paz como guía, solo pude contemplar un edificio solitario con parte de los fondos almacenados en cajas precintadas, esperando el que se preveía inmediato traslado para facilitar las obras previstas. Pero aquella primavera ha permanecido imborrable en mi memoria por otro detalle: contemplar por vez primera el fondo bibliográfico patrimonial de la biblioteca jerezana, y que entonces se custodiaba en los sótanos del edificio, en el interior de lo que una vez fue la caja fuerte del Banco de España. Aún recuerdo con total nitidez aquella escena… Empujamos la pesada puerta de acero inglés que daba acceso a aquella enorme zona del edificio. Cuando terminamos de abrir aquel coloso de metal, la visión de los miles de libros custodiados en su interior encuadernados en piel o pergamino, fue un regalo tan inesperado como impagable, un tesoro en papel al que dedicaría el resto de mi vida profesional, aunque esto último entonces aún no lo intuyera. Ramón Clavijo Provencio

  

viernes, 8 de abril de 2022

LECTURAS MUY PERSONALES SOBRE EL VINO DE JEREZ

Qué duda hay que entre los libros de culto en torno al “jerez”, sigue destacando el ‘Jerez, Xerez, Sheris’ de Manuel María González Gordon. Fue este libro el que desbancó al que hasta ese momento era referencia obligada para los lectores y curiosos interesados en conocer este universo, y que durante tanto tiempo fue el ‘Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid’ de Diego Ignacio Parada y Barreto. Volviendo al de González Gordon, recuerdo que  el acto de presentación en Jerez de  su última reedición en el año 2005, y que contó con la intervención del historiador Hugh Thomas, congregó a cientos de asistentes, lo que puede resultar sorprendente para un libro cuya primera edición data del lejano 1935, detalle que quizás se explique porque su lectura hoy sigue siendo igual de cautivadora que entonces. A estas alturas ya habrán adivinado que estas líneas van de recuerdos, de buenos recuerdos lectores, por lo que volviendo sobre estos, me viene a la memoria otra publicación, ‘Xerez’, que en formato de revista me cautivó cuando en mis inicios de bibliotecario la descubrí entre los fondos de la Biblioteca Municipal de Jerez. ‘Xerez’ fue un proyecto de Luis Pérez Solero que pretendía en doce entregas plasmar el rico universo vinícola de esta ciudad. Finalmente, solo saldrían dos números “Visitando la  Bodega” y “La Campiña jerezana”, que pese a sus maravillosos textos y sorprendente material gráfico, hoy solo son una rareza bibliográfica. En estos apresurados recuerdos de lector también hay espacio para la desilusión, pues fue eso lo que quedó de lecturas como ‘La Bodega’ de Blasco Ibáñez, ‘La gran borrachera’ de Manuel Halcón o la ‘Vida y milagros del vino de Jerez’, libro curioso y divertido pero poco más, de José y Jesús de las Cuevas, pero que me conduciría a sus novelas en torno al jerez. Luego vendría la maestría de Pemartín con su ‘Diccionario del vino de jerez’ y el esplendor de Bonald en ‘Dos días de septiembre’, pero también ese ‘Jerez de los bodegueros’ de Francisco Bejarano, donde la historia y la literatura se funden para brindarnos una visión fascinante de una ciudad cuya razón de ser es el vino. Este último libro lo leí al unísono de ‘Sherry’ de Julián Jeffs, y hoy me resulta divertido recordar cómo libros tan distintos, permanecen ya  como compañeros de viaje en mi memoria. Pero los libros no se detienen empeñados unos más que otros en dejarnos alguna muesca de su paso por nuestras vidas, como es el caso, de ‘Viaje sentimental en torno al jerez’ del que es autor José Vicente Quirante. Me ha traído este libro al instante, ecos de aquellos escritos que nos dejaron los viajeros románticos que recorrieron nuestra ciudad atraídos por el jerez, y donde los sentimientos generados por su descubrimiento superaban, para gozo de los lectores, a cualquier otra motivación. Ramón Clavijo Provencio. 

No. Decididamente no. Ella era una escritora de éxito. Y no pocos sacrificios y penalidades le había costado llegar hasta allí. Pero lo que cada vez le provocaba más pereza era la exposición pública. Eso de estar siempre atenta al lacito que debía ponerse en la solapa; eso de firmar manifiestos que le ponían por delante, sin leer siquiera; y eso de asistir a las manifestaciones en contra de lo que fuera o a favor de ya no sabía qué causa, pero siempre en primera línea para que la viesen bien y poder rentabilizar su presencia, cada vez le resultaba más molesto y hasta ingrato. ¡Y ahora la maldita guerra! Y para colmo a un loco, a un descontrolado se le había ocurrido preguntar públicamente qué estaban haciendo los intelectuales, los artistas los escritores de este país por los millones de víctimas, por los refugiados, por las familias que lo han perdido todo, por los miles de niños sin hogar; que no bastaba firmar documentitos y manifiestos, con ponerse un lacito en la chaqueta con los colores de Ucrania, que eso de asistir a las manifestaciones tras de una pancarta ya no era suficiente, que había que dar un paso al frente y ayudar económicamente, acoger a esas familias… sobre todo ellos, que disfrutaban de una posición desahogada, que vivían mimados por el nuevo régimen que pagaba escrupulosamente los servicios prestados con premios y galardones. Y ella se removía en su sofá de cuero leyendo en el periódico la soflama de aquel energúmeno que reclamaba tamaño sacrificio, porque todos debíamos arrimar el hombro –decía-, y que ahora era el tiempo de la solidaridad, de la generosidad, palabras con las que tanto se les había llenado la boca. No. Ella no estaba dispuesta a ese sacrificio, a complicarse la vida metiendo en su casa a una familia, por muy refugiada que fuera. En todo caso, se indignaba, que las acojan esas políticas, las de la diplomacia de precisión, así les darían un sentido a sus vidas, se decía con sarcasmo mientras su mirada se perdía en un hermoso atardecer frente al mar. José López Romero. 

viernes, 25 de marzo de 2022

INVASIÓN

En septiembre de 1540 una armada turca, al mando de Acenagaga, uno de los hombres de confianza de Barbarroja, el gran almirante y corsario otomano invadía o, mejor dicho, hacía una incursión en las costas españolas, en concreto en Gibraltar, plaza de ubicación estratégica, entrada al continente africano y vigía de los movimientos de las continuas armadas que se preparaban sobre todo en Argel y que no tenían otro objetivo que hostigar las costas cristianas del mediterráneo. Del saco que sufrió la plaza, en pérdida de vidas, prisioneros para ser vendidos como esclavos y todos los bienes que pudieron robar los turcos, nos da cumplida cuenta el escritor Pedro Barrantes Maldonado en su ‘Diálogo entre Pedro Barrantes Maldonado y un caballero extranjero’ (editorial Renacimiento, Espuela de Plata, 2009). Un Barrantes que unía a su actividad de escritor la de soldado (según el modelo del caballero renacentista: las armas y las letras) y que intervino en la campaña de defensa y socorro de Gibraltar en aquellas jornadas, ya que por aquel año residía en Sanlúcar de Barrameda, al servicio del Duque de Medina Sidonia, a quien acompañó en tal empresa. Por carta del propio Duque conocemos que “Por la hora que me vino el aviso de lo de Gibraltar, me partí con toda la gente de pie y de caballo de esta mi tierra para allá, lo mismo hizo la ciudad de Jerez. Llegado a Medina eran salidos cien lanzas y quinientos peones a socorrer aquella ciudad y que de Jimena, que está cinco leguas de ella, había ido toda la gente de caballo y de pie con muchos bastimentos y con otras provisiones”. Y la misma ayuda prestó la ciudad de Sevilla, que días después del saco, envió una carta al emperador Carlos con la súplica de que atendiera la necesidad de fortificar la plaza “y proveerla de armas y de gente que convenga para su guarda y defensa”. La incursión, como era habitual en la época, apenas duró una jornada, el tiempo necesario para hacerse con un suculento botín en seres humanos y bienes materiales. Pero en este caso, la jugada no les salió a los turcos tan a su gusto como se felicitaban satisfechos después del saqueo y ya en alta mar, pues a su encuentro salió don Bernardino de Mendoza, general de la armada de España, y en combate naval “venció, mató y cautivó la mayor parte dellos, y les tomó diez navíos y libertó setecientos y cincuenta cristianos”, como nos cuenta Barrantes en la segunda parte de su libro. Esta crónica que ahora leemos por una parte como pieza de valor literario, pues es un excelente ejemplo y modelo de uno de los géneros renacentistas por excelencia como es el diálogo, y por otra, como una página más de nuestra historia, de un tiempo ya lejano y cerrado, se vuelve trágicamente a abrir, alcanza  terrible vigencia y actualidad porque siempre, sea el tiempo que sea, hay un monstruo que en su delirio de locura decide una y otra vez repetir hechos históricos que creíamos que solo pertenecían ya a la literatura. José López Romero.

  

LAS VIAJERAS Y EL OLVIDO

En la ponencia que desarrollé recientemente, en el curso organizado por la UCA (Campus de Jerez) y el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, titulada “Los viajeros y la imagen de España: miradas viajeras sobre la provincia de Cádiz”, creí oportuno detenerme en un apartado hasta hace muy poco tiempo olvidado por la historiografía, cual es el de los testimonios de las viajeras románticas que visitaron nuestro país  entre 1830 y 1930. Resulta curioso cómo la historiografía al analizar este fenómeno de los testimonios extranjeros sobre nuestro país en el periodo antes mencionado, y que tanta relevancia ha tenido en la proyección posterior de la imagen de España en el exterior y que aún pervive, poca atención ha prestado a los testimonios de esas damas viajeras. Numerosos investigadores e investigadoras, entre los que me incluyo, analizaron el fenómeno a lo largo del último tercio del siglo pasado, pero hay que reconocer que en esos estudios poca atención se les ha prestado a esos testimonios de mujeres, que no solo viajaron cuando el viaje era una experiencia de riesgo, sino que por el hecho de ser mujeres las dificultades en forma de incomprensión social era evidente. Es cierto que esa investigación tiene una dificultad también añadida: muchos de esos libros que las damas viajeras publicaron, lo hacían en tiradas muy cortas y limitadas a círculos de distribución cerrados, lo que dificulta hoy la localización de algunas de esas ediciones. En todo caso y desde hace solo unos pocos años la historiografía española parece querer recuperar el tiempo perdido en libros como ‘Viajeras románticas en Andalucía’ de Alberto Egea o en artículos como el de Lola Escudero ‘Las ladies viajeras en España’ (Boletín de la Sociedad geográfica española, 2022) o en el caso de Jerez el titulado ‘Jerez y sus vinos visto por las extranjeras viajeras’ de José Luis Jiménez (Diario de Jerez. 2018). Los anteriores trabajos entre otros, van descubriéndonos el hasta ahora desconocido papel en el fenómeno viajero, de intrépidas mujeres como Louisa Tenison, Josephine Brickman, Elizabeth Herbert o Alice Illimworth, entre otras muchas,  cuyos testimonios deben completar esa visión viajera que de la  España decimonónica hasta ahora se nos había trasladado. Ramón Clavijo Provencio

 

domingo, 13 de marzo de 2022

EL MODESTO BÁLSAMO DE LA LECTURA

The Old Country’, en su primera edición de 1917 de Ernest Rhys,  e impreso en Londres y París por J.M. Dent and Songs y en Nueva York por P. Dutton, es un viejo libro que conservo en mi biblioteca. No lo menciono ahora por ser este impreso una rarísima edición codiciada por los bibliófilos y que un día llegó hasta mí tras una larga historia que quizás en otra ocasión me anime a relatar, lo traigo a colación por otro motivo cual es el ser una prueba material del poco conocido y menos valorado papel de los libros en los conflictos bélicos, y que la guerra en Ucrania ha puesto de nuevo trágicamente de actualidad. En la contraportada del ‘The Old Country’ que poseo se puede observar aún un llamativo sello, en el que aparece un soldado con uniforme estadounidense. Este soldado carga al hombro un pesado rifle con la bayoneta calada y sostiene entre sus manos una numerosa pila de libros. La leyenda que acompaña la imagen y que traduzco, dice: “Biblioteca del servicio de guerra. Este libro está donado por el pueblo norteamericano a través de la Asociación de Bibliotecarios de América, para la lectura de sus soldados y marinos”. Millares de libros como este que les menciono fueron editados y distribuidos durante la  Primera Guerra Mundial, la más devastadora guerra que vivió la humanidad hasta ese momento, entre las tropas del contingente norteamericano destinado en Europa. Libros que fueron organizados en bibliotecas itinerantes y que luego servían para contribuir al ocio de las tropas, en un intento de que se evadieran de la tragedia en las que eran protagonistas, para ejecutar las inexplicables decisiones de sus gobernantes. Estos “libros de la guerra” existieron en todos los bandos contendientes, y no hace falta tirar de imaginación sino que existen testimonios gráficos de aquellos trágicos años donde se observa a soldados en sus tiendas, incluso en las infernales trincheras del frente de  Francia, con un libro o una revista entre las manos. Cuando vuelvo a hojear este “The Old Country” es inevitable que me asalten pensamientos sobre qué ojos se posarían en él tratando de huir a través de sus ahora quebradizas páginas, o a cuántos seres habrá reconfortado en tan aciagos días. Había olvidado que poseía este libro pero me lo recordó hace unos días aquella imagen fugaz, de esas de tantas que las cadenas de televisión van mostrándonos de los escenarios devastados de lo que alguna vez fueron bulliciosas ciudades ucranianas, donde me pareció distinguir en un segundo plano a un par de soldados o milicianos, ignoro el bando contendiente al que pertenecían, sentados sobre los bordillos de una acera y enfrascados en la lectura de sendos libros. Libros como este ‘The Old Country’ y que hubiera preferido siguiera olvidado en los anaqueles de mi biblioteca. Ramón Clavijo Provencio 

LA FAMILIA

“Estoy ahora leyendo con mi hija ‘El buscón’ de Quevedo”, me dijo el otro día un compañero en las siempre sufridas labores de la docencia, aunque no de la literaria. Y pensé que aquella lectura al alimón entre padre e hija no era mal método para iniciar a los jóvenes en el gusto por los clásicos, tan olvidados en estos tiempos. Y el comentario sobre el manejo de ediciones de obras, como esta de don Francisco, que requieren de un buen aparato de notas aclaratorias al texto, por la cantidad de giros, de modismos propios de la época, trajo de la mano el lamento, por frecuente ya tópico, de ese destierro que padecen nuestro clásicos en aras de al menos conseguir lectores con productos de entretenimiento, muchos de ellos de dudosa calidad. Todo sea por hacer lectores, aunque a costa de lo más sagrado.  ¡Animación a la lectura! es el grito desesperado que se oye en las aulas, en las bibliotecas públicas... La lectura como el medio para desarrollar las capacidades lingüísticas, las escritas y las orales, en franco y casi irreversible retroceso entre nuestros jóvenes. Eran sin duda otros tiempos en los que el alumnado disfrutaba de un buen análisis de ‘La Celestina’, por poner un ejemplo que me trae, nostálgico, recuerdos conmovedores. ¡Qué podemos esperar de estos tiempos de ahora, en los que nuestros menores se pasan más de 730 horas al año colgados de Internet, es decir, más de un mes de cada año de sus vidas! Tiempo que hurtan a otras actividades, sean deportivas o lectoras, tan sanas ambas. Consintamos pero negociemos. Acojamos a Internet como uno más de la familia y sentemos incluso a la mesa a los móviles, pero a cambio dediquemos un mueble, al menos una estantería de nuestras casas a los libros, y reservemos un anaquel para los clásicos. Quizá un día los leamos con nuestros hijos. Porque como la educación, el hábito de leer debe adquirirse y traerse de casa. José López Romero.