Cervantes le dedicó la primera parte del “Quijote” a don Álvaro López de Zúñiga, duque de Béjar, noble que por aquellos años de principios del siglo XVII se contaba entre los más ensalzados por los escritores de la época, pues Góngora ya le había dedicado las “Soledades” y él había costeado las “Flores de poetas ilustres”, reunidas por Pedro de Espinosa. El mismo Góngora años después redactaría su “Panegírico al duque de Lerma”, en alabanza al que fuera inepto privado o valido de Felipe III. Famosa fue también la amistad, teñida para algunos de alcahuetería, que mantuvo Lope de Vega con el duque de Sessa, de la que se conserva un sustancioso epistolario. Y para no ser menos, aunque en este caso no fuera por necesidad, Quevedo siempre defendió al duque de Osuna, al que acompañó en calidad de secretario a Nápoles y con quien salió de aquel virreinato con más pena que gloria. Las relaciones de los escritores con la nobleza, las dedicatorias a sus más insignes representantes o, de forma más general, la estrecha dependencia de las artes con la aristocracia a través del mecenazgo, no es más que la prueba palpable de que en aquellos tiempos la literatura, el arte en general, no daba ni para malvivir sino, en todo caso, para bien morir… de hambre. De ahí que no hubiera otro remedio a la necesidad que buscarse el amparo o la protección del rico, aunque a veces ésta llegara tarde o nunca. Hoy a nadie se le ocurriría, aunque ganas seguro que no faltan, dedicarle una novela a las grandes fortunas de este país (que las hay), sean o no de noble cuna. La literatura, el arte, por fortuna, da para más que para sobrevivir, aunque no a todos los que a ello se dedican por profesión. Pero sí hay otra forma más sofisticada de solicitar el amparo ya no del noble o del adinerado, sino del poderoso, sin necesidad de acudir a la tradicional dedicatoria. Es esa forma rastrera, pelota y mezquina de adulación al político con que muchos hoy disfrutan de una buena posición económica. ¡Qué lejos de estos escritorzuelos del pesebre queda ya la necesidad de nuestros clásicos! José López Romero.
Una biblioteca es lo más parecido a un laberinto, un laberinto lleno de libros, de mundos por descubrir.En homenaje a las bibliotecas y a la lectura , preside la cabecera de este blog un dibujo del pintor jerezano Carlos Crespo Lainez: "Noche de lectura".
LECTORES SIN REMEDIO
Este blog tiene su origen en la página semanal de libros de "Diario de Jerez", "lectores sin remedio", que llevamos escribiendo desde el año 2007. Aunque el blog no es necesariamente una copia de la mencionada página, en él se podrán leer artículos que aparecen en ella. Pero el blog, por supuesto, pretende ser algo más... Los responsables son los dos lectores sin remedio, de los que facilitamos la siguiente información: Ramón Clavijo es Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla y es actualmente Técnico Superior Bibliotecario del Ayto. de Jerez de la Frontera. Está especializado en fondos bibliográficos patrimoniales. José López Romero es Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla y actualmente es Catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S. Padre Luis Coloma de Jerez de la Frontera. Especializado en la literatura dialógica del s. XVI y en la novela del s. XIX.
sábado, 10 de diciembre de 2011
MAQUILLAJE
El éxito literario de un libro viene determinado por una confluencia de factores unos más decisivos que otros que hace finalmente que este acabe en manos de los lectores. En este caso nos referimos al título, diseño de la portada o los mensajes que tratan de captar a los lectores desde su solapa, entre otros. En otras épocas no tan lejanas estos aspectos eran casi despreciados, pues poco más que contaban para tener éxito el nombre del autor y, por supuesto, la bondad de su historia, que ya los críticos se encargarían de bendecir o condenar. Pero hoy día, pocos son los que despreciarían el papel de estos elementos “secundarios”, incluidos los autores consagrados, conscientes de que cada vez es más difícil abrirse paso o mantenerse en un mercado cada vez más competitivo, y donde el libro debe abrirse camino utilizando todos los recursos, incluso los aparentemente más superficiales. Pudiera parecer que esto se contradice en algunos casos, y que autores ya consagrados siguen sin necesitar este maquillaje externo para sus obras, confiando sólo en el nombre, como en tiempos pasados. Un ejemplo entre muchos: parece que no se hayan preocupado mucho de la portada de “Némesis”, la última obra de Philip Roth, y sí en cambio de destacar el nombre del autor sobre todo lo demás. Pero incluso en diseños tan simples, apenas unas manchas de color sobre las que destacan nombre y título de la obra, aparece un elemento que atrae aún más la atención del posible comprador, y lo hace de una manera irresistible, una llamativa solapa donde algunos autores consagrados como J.M. Coetzee, cantan las virtudes de la obra. Hoy día aparte de la fuerza de un nombre, no se deja nada al azar. Un libro no debe esperar el veredicto de la crítica, o de la fuerza de la campaña de presentaciones en las que se pasea al autor por tal o cual geografía. Hoy día el libro comienza a captar lectores desde que aparece en los escaparates, en los estantes de las librerías, en las portadas y páginas de las revistas literarias en papel o digitales. Y ahí se juega con todo. Confieso que no me hubiera acercado a la novela de J.M. Guelbenzu “El hermano pequeño”, si antes de tener alguna referencia de ella a través de la crítica, no me hubiera atraído esa portada maravillosa que reproduce la pintura “Playing de party game” de Jack Vettriano, independientemente de que después resultara ser una gran novela. Lo mismo me sucedió con “La estrategia del agua” de Lorenzo Silva, con esa deslumbrante portada reproduciendo un cuadro de Ángel Mateos Charris (ilustración). Algunas veces estos reclamos harán equivocarnos. Los impulsos, las corazonadas, tienen esos aspectos peligrosos, pero ese juego es lícito y un atractivo más para los lectores en nuestra eterna búsqueda de historias. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
sábado, 26 de noviembre de 2011
DONDE SE GUARDAN LOS LIBROS
Jesús Marchamalo se dedica desde hace algunos años a darnos consejos sobre nuestros libros: cómo tratarlos, qué hacer con ellos, en qué condiciones alojarlos…Ahora, además nos viene a mostrar en su nuevo libro “Donde se guardan los libros” algunas bibliotecas de amigos suyos, normalmente escritores de reconocido prestigio. Lugares en la mayoría de los casos celosamente resguardados hasta ahora de la curiosidad ajena. Hace unos días, con motivo de la presentación de dicha obra, Marchamalo declaraba que cuando una biblioteca pierde a su creador queda como algo sin vida, pese a que se intente conservarla. Estos últimos días he tenido personalmente la oportunidad de corroborar la realidad de dichas palabras. He estado realizando algunos trabajos de reorganización sobre una importante biblioteca privada que ya desgraciadamente no cuenta con su creador. Esta, pese a conservar su unidad, se me presentaba como algo que había perdido el propósito que justificaba su existencia, pese a que algunos como yo tutelemos el que siga teniendo una utilidad futura. Y es que cada biblioteca crece al ritmo y según las claves impuestas por su propietario. Claves difícil de descifrar una vez éste ha desaparecido. Podemos conservar su biblioteca pero esta ya no responderá al inicial propósito. Volviendo a Jesús Marchamalo, releyendo las páginas de su interesante libro, me pregunto si estos consejos y esas historias que nos cuenta sobre las bibliotecas de sus amigos, no serán con el paso del tiempo y para un lector futuro, como un viaje a un mundo extraño, el de los libros en papel…De un tiempo a esta parte son cada vez más los que me consultan sobre qué hacer con su biblioteca, la que han ido formando a lo largo de los años. Suelen ser buenos lectores, pero carecen del romanticismo que algunos le presuponemos a la lectura, y sin ese rasgo es lógico que no deseen seguir acumulando libros en papel, simplemente porque ya hay otra alternativa. En todo caso leo los últimos consejos de Marchamalo y los paseos visuales por las bibliotecas de sus conocidos, invadido por la nostalgia que desprende un mundo que parece transformarse definitivamente. RAMÓN CLAVIJO PROVENCIO
EN LA MISMA CAMA
“En nuestra casa yo dormía al lado de mi mujer. Enseguida se vio que tenía un sentido muy desarrollado de lo doméstico… Entonces me di cuenta de por qué las mujeres aman a sus casas y sus hogares más que a sus maridos. Son ellas las que preparan el nido para los que han de venir, y las que con inconsciente alevosía enredan al hombre en una complicada red de pequeñas y diarias obligaciones, de las que ya nunca se pueden deshacer… Era nuestra casa, era mi mujer. La cama se vuelve un hogar secreto… y amamos a la mujer que nos espera allí sencillamente porque está mano. Allí está ella disponible a todas horas de la noche.” Se me ocurrió no sé cómo (a veces se cometen unas imprudencias que después cuestan mucho esfuerzo hacerte perdonar) leerle a mi mujer este pasaje de la novela “La Cripta de los Capuchinos” de Joseph Roth, y la mirada que me echó no es para describirla ni compararla. Si yo suscribía –me reprochó- esa definición de matrimonio, que estaba muy equivocado y que eso de estar a mano y disponible a todas horas de la noche no era precisamente un halago. “Tú no ves. Con maridos como esos que piensan así, no me extraña que una mujer quiera más a su casa que al mastuerzo que se acuesta a su lado.” El chorreo que me cayó tampoco es para contarlo. Está claro que desde 1938, año en que se publica “La Cripta de los Capuchinos”, la relaciones de género han cambiado y, si por algo se puede caracterizar el siglo XX, además de las terribles guerras, es en lo positivo por el paso adelante de la mujer en la sociedad reclamando el sitio de privilegio que le corresponde. Digamos que, aunque todavía queda mucho camino por recorrer, el “sentido de lo doméstico” es compartido. Como también, entrando ya en terreno de las teorías sociológicas, tanto el hombre como la mujer buscan para “dormir a su lado” a alguien lo más parecido a ellos en estudios, economía, familia, etc. Algunos hasta de su propio barrio. Cada uno busca su igual hasta en lo físico, me atrevería a apuntar. A pesar de que una de las grandes lacras de esta sociedad actual sigue siendo la llamada “violencia de género” que lejos de mitigar, lamentablemente aumenta. Y viene esto a cuento porque no sé dónde he leído que en las escuelas se está observando un rebrote de machismo, hasta en las adolescentes femeninas, que podría parecer a estas alturas más propio de las cavernas. ¿Un problema más que añadir al sistema educativo? ¿cuánta responsabilidad tenemos profesores, padres, sociedad en general y medios de comunicación en la transmisión de valores? El protagonista de Joseph Roth sufre el declive de su mundo aristocrático e indolente de la Viena de la Primera Guerra Mundial, nosotros, a un siglo de distancia, asistimos con la misma irresponsabilidad y dejadez a la misma destrucción de nuestro mundo, a la pérdida de una ética que no somos capaces de transmitir a nuestra juventud. “A propósito. ¿No has leído hoy en el periódico la historia de Patrizia Reggiani, la viuda asesina de Gucci?” –me soltó como al desgaire mi mujer. Todavía no me explico ese “A propósito”. José López Romero.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
REFLEXIÓN
De entre los misterios o problemas que la historia de la literatura aún tiene por descifrar o resolver, hay especialmente uno que trae a la investigación desde hace años de cabeza: un pequeño pasaje que, curiosamente, se repite en dos obras a la vez: “Un mundo feliz” de Aldous Huxley y “1984” de George Orwell. Sin duda son dos ediciones espurias de estas dos magníficas obras en las que algún editor o escritor metió la pluma sin que a ciencia cierta se pueda saber quién está detrás de este breve añadido. Al ser el mismo texto, todo hace suponer que estemos ante una sola autoría y muchos han apuntado el nombre de Steven Lukes, famoso autor del “Viaje del profesor Caritat o las desventuras de la razón”. Pero ¿en qué consiste el dichoso pasaje? Lo mejor será que lo transcriba literalmente para que cada lector saque sus propias conclusiones. Se trata, como verán, de una reflexión o monólogo. “El domingo iré a votar. Seguro que cuando llegue al colegio electoral tendré que guardar cola, y que seguramente no conoceré, ni de vista, al ciudadano o la ciudadana (¡qué hermosas palabras!) que estará delante o se pondrá detrás de mí. Pero me entrarán unas ganas enormes de preguntarle qué libro está leyendo ahora, qué ha leído en los últimos cinco meses y si suele leer el periódico a diario y ver o escuchar algún informativo de televisión o radio. Yo querría que la persona que va a votar conmigo, y cuyo voto tiene el mismo valor que el mío, ejerza su derecho con un mínimo de conocimiento de causa. No pido mucho más. Yo querría que los votantes fueran ciudadanos con un mínimo de instrucción y que tengan también una mínima conciencia de lo que están haciendo al echar su papeleta en la urna. Pero mucho me temo que no sea así, que ese conciudadano de la cola no habrá leído ni la papeleta que ha metido en el sobre y, ya poniéndonos en lo peor, sólo ve en la tele “Sálvame de luxe” o cualquier otra porquería del mismo estilo, y que un libro es para él una especie de ovni. La democracia, sin duda, tiene sus servidumbres, deudas que todos debemos pagar, pero a veces, como en estos últimos años, el sacrificio ha sido excesivo. Y lo que nos queda por delante.”. José López Romero.
ALDO Y LOS CLÁSICOS
Hay obras literarias que todo el mundo admira, pero que nadie ha leído. Esta frase de Hemingway la recordaba Caballero Bonald en el XIII Congreso de la Fundación que lleva su nombre, celebrado a finales de octubre bajo el título “Releer a los clásicos”. Genial idea la de los organizadores para proponer, en palabras del autor jerezano, “algunas soluciones u ofrecer determinadas pistas en este sentido”. Nada fácil, eso de acercar al gran público la Farsalia de Lucano, la Eneida de Virgilio o El criticón de Gracián, por poner algunos ejemplos. Pero nadie dijo que fuera fácil. Y tampoco que este intento de acercamiento a los clásicos sea nuevo. A finales del siglo XV se estableció un impresor en Venecia, llamado Aldo Manucio, con el fin primordial de publicar ediciones críticas de los clásicos. Se trataba de satisfacer nuevas modalidades de lectura, facilitando una colección de libros personales que iban destinados a colmar las apetencias del hombre culto. En un principio, Aldo siguió utilizando los formatos corrientes, el cuarto y el folio, pero con una edición de Virgilio de 1501 rompió abruptamente con las tradiciones y se dedicó a imprimir clásicos en un formato reducido, en octavo, que pueden ser llamados “libros de bolsillo”. La reducción del tamaño de las encuadernaciones repercutió en una bajada de precios de los impresos, lo que contribuyó aún más a la difusión de los “aldinos”. Estos libros destacaban por la cuidadosa preparación y corrección del texto. El propio Aldo, que había estudiado tanto griego como latín, se cuidó del necesario trabajo filológico, pero cuando la imprenta fue creciendo, tuvo que buscar colaboradores y recurrir a un cuerpo de filólogos, la “Aldi Neacademia”, a cuyo cargo corría la selección de los autores y el estudio de los manuscritos más autorizados. Y así fue poniendo al alcance de los limitados recursos económicos de muchas personas cultas y sensibles, buenas ediciones de los mejores autores. Manucio fue también el primero en utilizar un tipo de letra más inclinada, conocida como “itálica” y que ha llegado a nuestros días con el nombre de “cursiva”. Actualmente, cuando hablamos de libros “aldinos”, pensamos particularmente en estas pequeñas ediciones de clásicos impresas en cursiva. No son fáciles de encontrar, lógicamente. La red de bibliotecas municipales de Jerez tiene la suerte de contar con un “aldino”, que perteneció al bibliotecario del marqués de Villapanés, Francisco de Paula Peralta, y que hoy descansa en los anaqueles de la Biblioteca Municipal de Distrito “Padre Luis Coloma”. En España, hemos rastreado este ejemplar en otras seis bibliotecas públicas, entre ellas las de las universidades de Granada y Valencia o la pública de Toledo. En el exterior, solo lo encontramos en Inglaterra, donde la British Library también conserva una muestra del mejor de los editores educadores. NATALIO BENITEZ RAGEL
viernes, 11 de noviembre de 2011
¿DIFERENTES?
¿Se lee más o menos en Jerez que en otros sitios? Esta pregunta me la hacían hace unos días en un acto cultural centrado en la lectura. Mi respuesta fue rápida, y sin dudarlo contesté que “en eso no somos diferentes”. No me extrañó la pregunta, pues es casi un clásico en este tipo de reuniones, no importa la temática sobre la que se trate, ni la ciudad donde uno se encuentre. Lo cierto es que parece que estemos obsesionados en ser siempre distintos a los demás. Pues miren ustedes por donde, en el campo de la lectura no podemos ser chauvinistas ni para bien ni para mal, aunque no me cabe duda de que alguno hubiera preferido que la realidad fuera que en nuestra ciudad se lee menos que en ninguna parte, pues sería una manera de ser distintos. Bromas aparte, lo que sí es cierto es que no corren buenos tiempo para la lectura en nuestro país, y por si faltaba algo para enturbiar el panorama nos alcanzó esta crisis que nadie pareció, por lo menos por estos lares, ver llegar. Y es que la crisis, aparte de inspirar a algunos novelistas de reconocida fama como Petros Márkaris (ver la sección Reseñas) ha traído, eso sí, más usuarios a las bibliotecas públicas. Al menos es lo que parece interpretarse de las estadísticas que empezamos a conocer de estos dos últimos años. Ahora las bibliotecas suelen estar a rebosar a diario y no sólo en época de exámenes, cuando llegan legiones de estudiantes buscando un lugar para el estudio. Pero no nos engañemos, no son estos nuevos lectores los que dispararán hacia arriba las modestas cifras de lectura en nuestro país, sino aquellos que las abandonaron en tiempos de bonanza, y ahora no tienen más remedio que recurrir a ellas para acceder a tal o cual libro, o película, o para enganchar su portátil al wifi gratuito que normalmente se oferta en la mayoría de ellas, porque en casa nos hemos dado de baja en el ADSL, o ya no podemos comprar todos los libros que deseamos. Hoy las bibliotecas, eso sí, sin duda son más públicas y cosmopolitas que nunca. Ramón Clavijo Provencio.
EL CONDE TOKRAY
“Más de una vez he pensado volver. Incluso, dijo, he pensado ¿en qué podría trabajar yo? Y he tenido una idea. … yo mismo me podría convertir en un museo… bastaría que me instalaran en una habitación de alguno de los viejos palacios, que me rodearan de la decoración adecuada y de la servidumbre que se usaba entonces y yo podría ser un museo viviente de las costumbres y los modales de la antigua Rusia… Sería una instructiva experiencia para los jóvenes; yo podría ser visitado por escolares, delegaciones provinciales, incluso por turistas extranjeros”, dice el conde Tokray, un curioso personaje de la novela “Respiración artificial” de Ricardo Piglia. El pobre conde no tiene donde caerse muerto, vive del sablazo que puede darles a conocidos y amigos y, como pueden ver en el fragmento, se considera una pieza de museo, un objeto histórico en serio proceso de desaparición y, con él, buena parte de la cultura de todo un país: la Rusia zarista. Cuando visitamos los museos, los monumentos, iglesias, palacios, casas señoriales, etc. sólo apreciamos el continente, el espacio vacío que dejaron, hace ya mucho tiempo, las personas que en ellos habitaron; y sin embargo, los lugares son solo un elemento más de una historia cuyos principales protagonistas, aquellos que la escribieron, son los clérigos en sus monasterios e iglesias, los grande señores, los reyes en sus castillos. Tanto ayer como hoy con los denodados esfuerzos de investigadores, y ahora con las nuevas tecnologías, no es muy difícil hacer la reconstrucción de acontecimientos históricos que tuvieron lugar en esos espacios que ahora visitamos, incluso “las costumbres y los modales” a los que se refería el conde Tokray, sin necesidad que convertir las iglesias, castillos y palacios en museos vivientes, trabajo al que aspira el conde. Los mercadillos medievales o los servicios que ofrecen algunos paradores no son más que un atractivo, sin mayores pretensiones, que añadir a la oferta turística. Y sin embargo, a pesar de estas tan exactas recuperaciones del pasado que nos proporcionan los medios actuales, tenemos la sensación de que mucho de lo vivido se va perdiendo, irremisiblemente olvidando. El conde Tokray lo ha sabido ver perfectamente: detrás de las costumbres, de los modales, de los decorados y la servidumbre, está la persona y su conciencia del tiempo que le ha tocado vivir, la adaptación a ese tiempo, la actitud ante la vida y sus circunstancias; sus emociones, sus relaciones con los demás, es decir, esa intrahistoria que es imposible transcribir en palabras o reflejar en imágenes, a menos que nos traslademos al plano de la suposición. Es esa misma sensación de pérdida que observamos, siguiendo con la Rusia zarista, en Mijail Astrov, el médico de “Tío Vania”, el drama de Anton Chejov, para quien su refugio en la naturaleza es una forma de ponerse a salvo de un mundo en desaparición. Un tiempo muere, ¿cuánto se lleva con él? Tokray en su indigencia, o quizá por ella, lo sabe. José López Romero.
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